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Oliver Guevara

Oliver Guevara

(San Luis Potosí), es autor de Lagaña de perro, libro con el que obtuvo una Mención Honorífica en el Premio Nacional de cuento de Bellas Artes, San Luis Potosí 2012. En 2011 publicó el cuaderno de Poesía Sed del Alba. Estudió la licenciatura de Ciencias de la Comunicación en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Durante una década se desempeñó como periodista de Nota roja. Becario del PECDA en Categoría de Jóvenes Creadores. Premio de Literatura Manuel José Othón de poesía 2014 en el estado de San Luis Potosí.

 

 

Tinta

del libro La rabia y sus días

Oliver Guevara

 

 

Ya no puedo decir que nada existe

repoblamos el sueño y en la boca creció

de repente un pájaro el exiguo espacio

de un país”.

Alberto Raposo Pidwell Tavares

 

 

 

De la casa, recuerdo la luz tenue de una lámpara en la esquina, en una de las mesas donde debiera haber un teléfono. Un aromatizante de plástico con forma de hongo, expele de su superficie rugosa, como el interior de la jícama, un olor dulce, un tiempo elástico que hace mella cuando te sientas en la oscuridad y enciendes un cigarro. La mezcla es un aliciente para el paladar y el olfato. Mientras, Hiroshima, tu gato negro, pasea sensual entre mis piernas y ronronea. El mundo ha perdido sentido con la caída de la ceniza que dejas consumir. Me siento ansioso al ver que la televisión que está detrás de mí se enciende.

 

Quiero decir que somos otros. Ya no establecen reglas para premiar la derrota. El frío es un chico que te ofrece asear tu limpiaparabrisas, abres la ventana y listo, entra la corriente de aire que te regresa a dudar si en verdad mereces lo que tienes por lo que haces. Te preguntas en cuánto tiempo terminarían por olvidarte si de manera repentina, desapareces, quiero decir, no estar más. De inmediato. Respondes automáticamente.

 

La semana pasada llevé a Hiroshima a la casa de mis padres. Ellos viven solos desde que me casé. Amanda ha quedado embarazada y no quiere animales en la casa. La muda de pelo y esas situaciones. Mi hermana me regaló ese gato pardo con un ojo verde amarillento y otro azul. Cuando entro a la casa, mi padre duerme en el sillón individual y la televisión está encendida. Mi madre está recostada y se despierta cuando me oye entrar. Hiroshima salta al piso de mis brazos e inmediatamente va al balcón de la casa. Mis padres son desde hace dos años como los pasos silentes de ese gato con heterocromía. Desde que mi hermana desapareció pareciera como si el sueño hubiera inundado la casa y no pudieran sacudirse el sopor de la desesperanza y el dolor. Yo hace mucho tiempo que decidí no sufrir, siempre pensé que la voluntad es maleable. Por lo tanto, hoy decido no sufrir.

 

 

Después de instalar la caja de arena de Hiroshima y servirle pequeños trozos de carne que vienen en una pequeña bolsa, trato de hacer conversación con mis padres. Tras cuatro o cinco monosílabos que intercambiamos, me despido y prometo volver con más raciones y por noticias de ese gato que ahora se lame. Al bajar las escaleras, me topo con mi abuela.

-¡Hijo! ¿Cómo estás?

-Bien abuela, ¿cómo siguió de su pie?

Tarda en responder, se pone seria y luego de unos segundos sonríe pero con la mirada en otra parte.

-Ay hijo.

Cuando me doy cuenta que de esa boca que ríe y trata de hilvanar una frase ya no va a salir nada más comprensible, me agachó a la silla de ruedas y le doy un abrazo.

-Adios abuela.

-¡Que Dios te bendiga! -se despide mientras trata de aguantarse la risa. Yo salgo con prisa, el olor a orines es penetrante en la parte baja de la casa. El salitre ha acabado con el verde de la pintura en las paredes.

 

 

Cuando llegó a casa le cuento todo a Amanda, de la abuela y la sospecha que tengo que ya no se ha tomado su medicamento. De mis padres, que cada día parecen más muebles. Le digo que tal vez Hiroshima les de trabajo y algo en qué entretenerse. Luego de hacer café y regresar a la recámara, Amanda duerme abrazando su incipiente vientre. A su lado hay diversos folletos de maternidad y revistas con madres que sostienen niños rubios con relucientes ojos azules. Salgo de la habitación y voy al cuarto nuevo del bebé. La cuna vacía con los peluches y sus ojos vacíos dan un aspecto desolado, pareciera la habitación de alguien que acaba de abandonar el hogar.

En tan sólo tres meses habían encontrado los cadáveres de doce jóvenes en distintos puntos de la ciudad. Pareciera que se repoblaba el país entero. Sembraban mujeres, niñas. Todo era inútil, la tierra es infértil. Perdimos la esperanza cuando vinieron policías con una seriedad fingida y con la insinuación de que Angie se había ido con un novio. Lo que nos destrozó fue ya no tener noticia de ella.

 

 

Una noche soñé con ella. Subía una escalera. La casa estaba en penumbras,  vestía de negro y subía lentamente cada escalón. Yo la trataba de llamar pero no salía nada de mi boca. La clásica pesadilla. Pero cuando se me ocurrió seguirla, mis pies no fallaron. La alcancé y cuando toqué su hombro, ella volteó y sonrió, pero no era Angie sino mi abuela. Ahí estaba su retorcida sonrisa. Me desperté en sudor cuando empezaba a carcajearse.

 

Al paso de los días regresé a casa de mis padres para ver cómo seguía Hiroshima. Luego del pesado ritual de permanecer sentado en los sillones varios minutos sin decir nada, observando el televisor de pantalla plana que les había regalado el gobierno. Dejé un costal de comida para el gato que casualmente no se encontraba.

-Ya sabes. Sale por las noches y dormirá por ahí en los techos de día. –dijo mi madre sin despegar los ojos del televisor.

 

Cuando bajé las escaleras, pude ver que mi abuela caminaba con su bastón para llegar al baño. Esta vez se le veía más calmada y mientras la ayudaba para llegara al sanitario, me contó había dejado de tomar el medicamento porque en la noche escuchaba ruidos. Dijo que nunca los había escuchado antes. Habló de arañazos en la puerta de su cuarto y golpes secos, intermitentes, pausados. Le mentí para calmarla, le dije con los medicamentos sería mejor, que se sentiría con más energía y podría dormir mejor. Traté de explicarle que tal vez ahora necesitaba más dosis. Luego de dejarla en la puerta del baño. Me apretó la mano antes de soltarme y me sonrío como dándose cuenta que le mentía. Después di la media vuelta y me fui.

Al regresar a casa, Amanda estaba dormida en la silla de mecer del cuarto del bebé. Cerca de una mano colgante estaba un muestrario de ropa para recién nacido. Cuando la traté de mover para decirle que se fuera a acostar, se quejó amargamente y se volteó para evitarme. Fui a nuestra habitación por una cobija y se la acomodé. La lluvia comenzó luego de la humedad que asfixiaba. Tuve que insistirle para que fuera a la cama pero no pude despertarla del sueño profundo.

 

 

Lo vimos y nos pareció simpático. Aquél gato pardo temblaba a cada paso y cuando nos dimos cuenta de su peculiar característica, Angie no dudó en llevarse ese felino apretujado entre otros tantos en una caja de cartón tirada en el baldío cercano a la casa. Después de traerlo, nos enteramos que a los gatitos restantes les habían prendido fuego. Sólo por diversión. Como todo lo que ocurre últimamente en este país. Luego de imaginar las llamas, a mi hermana se le ocurrió nombrarlo Hiroshima. Angie tenía 21 años cuando entró a trabajar a la fábrica. Hace mucho que no la veíamos tan contenta. Aquella noche, cuando no regresó, mis padres recibieron una llamada telefónica. La voz al otro lado del teléfono no decía nada. Sólo escucharon una respiración. De mujer afirma mi madre. Después nada. Guardaron el número de teléfono e informaron a la policía. Nada, siempre nada. En ocasiones sorprendo a mi madre con el teléfono en el regazo y el número telefónico anotado en un papel. Sobra decir que manda a buzón de voz.

 

 

No sé si nombrar pesadilla a esa sensación. Cuando percibes un peso que se expande en el sueño poco  a poco. Como si la gravedad fuera motivo de terror. Como el volumen de un sonido grave perfecto. Sueño con un tatuaje. La aguja entra suave. Es un lápiz de punta fina que barrena milimétricamente la carne, el tejido. No hay mucha sangre. El tatuaje comienza a tomar forma. Un ave más grande, una más pequeña. Es una parvada.  En un descanso, me recuestó sobre el sillón y cierro los ojos por un momento. Después siento un peso en el pecho, me entra el pánico y pienso que me va a dar un infarto. Cuando abro los ojos me doy cuenta que Hiroshima está recostado en mi pecho y tiene plumas oscuras en el hocico. Despierto. Amanda está parada a un lado de la cama y oigo que dice mi nombre. Me levantó adormilado y mis pies dan con el líquido hemático que escurre de sus piernas. Como puedo me visto y la llevo al coche, todo parece ir en cámara lenta por más que me apuro. Al llegar a emergencias y  verla partir asistida por dos enfermeras inmutables, espero la respuesta que pronto se me da.

 

 

La rutina envilece. La cama nunca está hecha y Amanda siempre acostada, dándome la espalda. La habitación que sería el cuarto del bebé se ha convertido en la bodega de la casa. Ahora acumula las cosas inútiles, como cuerpos desmembrados que nadie reconoce y que esperan pudrirse hasta apestar y ser enterrados, descartables, olvidados. Yo también he dejado de ser lo que era, o mejor dicho, he salido realmente a flote. He vuelto a fumar y a contar compulsivamente números pares, todo lo trato de hacer par, las líneas de mis calcetines, las palabras que aparecen a la vista mientras voy manejando, las gotas de agua que resbalan por el limpiaparabrisas cuando el chico lanza el agua de su botella de plástico. -todo es plástico- me digo mientras retardo avanzar ante la luz verde del semáforo.

 

 

 

El gato no aparece. Mis padres me lo dicen como si me hubieran dejado un anuncio debajo de la puerta. Antes de ir a la casa materna, me asomó a la recámara del bebé. Amanda está recostada en la mecedora con la mirada perdida. Ya no me despido. Cierro la puerta lento en espera de que me diga algo. Sabe que estoy ahí. Comienza a mecerse más rápido entre los escombros de ropa, artilugios de crianza y regalos sin abrir con moños color rosa.

 

La televisión está encendida y hay un cigarro que se consume en el cenicero de latón en el centro de la mesa de la sala. Mis padres no fuman. Tras apagar el televisor buscó en las habitaciones rastro del felino para darles la noticia a los viejos para cuando lleguen. Luego de hacer sonar su plato de comida y esperar en el balcón por si lo veo atrás de otros gatos, nada. Vuelvo a la sala y un olor a orines envuelve el ambiente, se combina con el olor a cigarro.

-¿Estas pendejo o qué? –la anciana madre de mi padre está sentada en la oscuridad mientras sostiene un cigarro. Mueve su cabeza como queriendo ver detrás de mío. Hiroshima aparece con un pájaro que aún aletea en su hocico y después de rozar mis piernas, se dirige de un salto al regazo de mi abuela. El televisor se enciende nuevamente y la vieja queda con la cabeza de lado, esboza lentamente una sonrisa con la mirada fija en la pantalla. Antes de bajar las escaleras miró otra vez a la anciana, no se ha movido, el gato masculla con dificultad el ave que se retuerce para librarse.

Ya en casa me dirijo a la habitación del bebé. Me acuesto en la cama. No quiero ver a Amanda. La imagino recostada todavía, impasible en nuestra recámara hojeando revistas de hijos y padres. Recibo una llamada.

Bueno.

¿Señor Rodríguez? Tiene que venir, encontramos… Hay un tatuaje que queremos que vea. No contesto. Digo que sí luego de un silencio que parece disculpar la voz al otro lado del auricular.

Está bien. Lo esperamos.

 

Ya no la sigo. A pesar de que sé que esa cabellera rizada es de Angie, a pesar de que reconozco el color verde de su blusa favorita, ya no voy detrás de ella a pesar de que me llama y voltea con esa sonrisa cándida como cuando éramos niños. En el sueño me detengo, temo despertar o darme cuenta de que es otra persona. Ella corre con su falda del colegio, no la veo adulta, la veo como se manifiesta en mis tiempos de felicidad. Cuando se pierde en un punto luminoso, siento la garganta terrosa, inflamada, me duele pasar saliva y toco mi frente para medir mi temperatura. Lo que pareciera flema busca salida y comienza a moverse, siento unas extremidades que empujan las paredes de mi carne hasta sobresalir, no tengo más que abrir la boca, pero no lo hago, un aleteo que busca brotar es estrujado por mis dientes y lengua hasta que despierto. Amanda está parada frente a mí al lado de la cama y llora. Esta vez llora.

Lunes, 21 Mayo 2018 03:02

Zape / Oliver Guevara /

 

 

 

Zape

Oliver Guevara

 

 

 

 

Después de la cena, se preparara para dormir, su madre apaga las luces y le da un último beso, lo persigna y le dice que sueñe con los angelitos. Armando se recuesta y sube la sábana hasta su cara, se cubre mientras espera la visita de todos los viernes. Sus padres duermen en el cuarto contiguo que es separado sólo por una cortina verde y mientras aguarda la victoria del sueño, oye a las gallinas del corral inquietarse, escucha ladridos que se apagan a lo lejos, oye que la puerta principal se abre, sabe que no es su padre, él llega más tarde de la mina. Su madre corre a su lado y le cubre la cara subiéndole la camisa de su pijama.

 

-No te espantes. –Armando siente cuando su madre lo sujeta fuerte del brazo y no puede evitar que los ojos se le humedezcan.

 

Puede escuchar en pleno silencio como las sábanas son corridas, oye la voz de su madre cuando se queja, oye un rumor de hombre que se convierte en voz nítida, más fuerte y cercana. Después de unos minutos, la presencia se va, lo sabe porque siente cuando su peso se quita de la cama, su madre lo jala para sí y se escucha ahora la puerta principal cerrarse. Su madre también se va a la cama y ya acostada, le dice que se descubra, que todo ha terminado. En ocasiones, su madre no habla en todo el día, realiza las labores de casa en silencio, la mayoría de las veces, el agua que sale del grifo es su único acompañamiento y se queda ida mientras Armando se marcha a la escuela sin obtener respuesta al despedirse. Papá duerme hasta tarde para después introducirse en las entrañas de la tierra.A Armando lo molestan en la escuela después de contar que en su casa espantan, no escapa de la sorna y del insulto de los rapaces más crueles, comienza a aislarse, pasa largos minutos en el baño hasta que suena la chicharra que indica la hora de salida, hay ocasiones que escucha cuando intentan abrir la puerta del cubículo donde está recluido, alza la camisa blanca de algodón de su uniforme y se cubre la cara.

Después de asumir que los fantasmas son reales, deja de importarle demasiado, hay noches en que ya ni siquiera le importan los sollozos de su madre, el “no por favor” que a veces se le escapa mientras una respiración agitada parece bufar en la espalda, como un bisonte apunto del embiste. Ya no le importa quedarse despierto y salir a hurtadillas de su recámara para observar a su madre recostada de lado y en silencio, con la mirada en la pared, reconociendo el olor a tierra húmeda en los pantalones de su padre, colgados en una silla cercana.

Su padre es una bestia derrotada, su cuerpo llevado al límite dentro de las oscuras minas está a punto de sucumbir, su constante tos es el síndrome de la terquedad por llevar sustento a la mesa. En su casa no se habla más que de dinero y los silencios son rotos por conversaciones sobre enfermedades, doctores y remedios como toques eléctricos aplicados en las manos, para volverle la agilidad que ha perdido con los años y con los nervios.

 

-¿Dormiste bien? –Le dice en una ocasión ese hombre encorvado con más canas que ayer. Lo mira y Armando quiere contarle de espíritus, de cómo le afecta más a su madre, que el último zape que le dio en la nuca por llorar al pelear por un columpio, aún lo recuerda, que todo estará bien si se largan del polvoriento pueblo. Su madre se acerca para servir el plato a su padre que está a punto de irse, se detiene después de dejar la comida y fija la mirada en Armando, el niño no sabe interpretar si aquella mujer de ojos como piedra rugosa quiere que siga o si quiere que calle. La angustia convertida en cansancio y la boca apretada le dice que no diga más. Armando responde con un lacónico sí y después sale a ver a los animales del corral mientras lleva consigo los cubiertos que lavan en la llave de afuera, cerca de donde acumulan la leña que abunda en invierno, donde dejan los cantaros que se rompen.

Una tarde de viernes, no quiere regresar a casa, se atreve a introducirse más allá en las calles del pueblo, se asoma a los pocos aparadores y en uno de ellos, observa un vestido color azul turquesa. Imagina a su madre en él, la ve bailar en la sala de su casa mientras su padre está en un sillón con una sonrisa enorme, con los ojos cerrados, le place ver a su madre contenta, sin las noches de fin de semana en las que amanece fúnebre. Armando siente nauseas cuando ve que el sol se oculta con una velocidad inusitada, ahora imagina adquirir un gato y acariciarlo mientras duerme con él, atento a los ruidos que le avizoran presencias.

La oscuridad es un rumor que se hace voz, un aire agolpándose en las tablas de la casa, el tronido de las piedras que chocan en el río cercano, del rebuzne lejano. Oye que la puerta se abre, se cubre la cara como el ensayo forzoso en el que se ha convertido, siente a su madre recostarse en su cama, después siente una fuerza mayor que se apodera del cuerpo de su progenitora, nuevamente los gemidos y es entonces cuando se descubre, observa que un hombre yace sobre su madre que no deja de abrazarlo y decirle que todo va estar bien. Armando comienza a gritar y se apodera del tenedor que está bajo su almohada, lo hunde varias veces en la espalda del hombre que sigue en un vaivén frenético sobre su madre, después el intruso por fin se da cuenta del dolor ensimismado en el placer y es entonces que mira la figura del niño en la noche como un felino revolcándose patas arriba, decide salir y corre a la puerta, los viajes del tridente no se detienen y hacen mella en la humanidad de su progenitora quien alza las manos para tratar de evitar más heridas, rasguña el cuerpo de su hijo que no se detiene, que grita como animal nocturno hasta que siente que el tenedor ha dado con la dureza. Hace un alto, se dirige a la cama donde duermen sus papás y saca de su mochila una tela azul. Se sienta al borde la cama y espera a que papá regrese, se viste y empieza a bailar en la sala. No se detiene, oye que la puerta principal se abre nuevamente, la claridad está a punto de engullir el vacío y es entonces que huele la humedad de los pantalones de su padre, el olor a entrañas de la tierra.

 

Domingo, 29 Enero 2017 00:28

Mecánica de la Materia

 

 

Mecánica de la Materia

de Oliver Guevara

Piedra

Temíamos sus fauces

el vacío en carne

el líquido tibio en tierra

dolor hincado en huesos

sabíamos que un golpe bastaba

una carrera al doblar la esquina

Cuando abrió su hocico a la primera pedrada

fingimos que no escuchábamos

fúnebres

abrimos los puños

                                  dejamos caer todos nuestros muertos.

Asfixia

 

La euforia llegó

contemplé alas que se hacían tatuaje en arena

señales de asfixia que deja el insomne en caparazones

He observado ángeles aparearse

                                                           ahuyentar aves con ruido de polvo

¿A qué se debe el extravío eléctrico del pensamiento?

sentir escalofrío

                               Un pájaro con pesadillas sobre nosotros

Con sólo despertar no se descifra el día

Hay que asegurar el hábito de ser persona

                                                  partir de la oscuridad

                                                         atrás del sonámbulo que nos dibuja.

 

 

Doméstico

Desde entonces otros te oyeron

ofrecieron a las visitas el golpeteo de la mañana

vigilia de infancia que espera prolongada en telarañas

Decías que podían invocarse navíos

herencias de costa

fruto demorado que teme la demencia

No permitas a la materia ser perdurable

ejemplar de perro enterrando crías

no sucumbas al bullicio tras la ventana

Deja que la sábana te arda al día

alimente la cordura

                                   pasee tu alma

que el tiempo sea un caballo domesticado al hombro

que repita frases de tanto ir al hastío

que sea común perturbar la luz de los primeros mataderos

Dese entonces sopesas si decides llamarme por mi nombre.

 

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