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César Rito Salinas

César Rito Salinas

Escritor y poeta oaxaqueño. Se ha desempeñado como reportero y colaborador cultural en diversas publicaciones, entre ellas el diario Noticias de Oaxaca y el periódico El Financiero y varias revistas. Actualmente es colaborador de Quadratín agencia de información y análisis, donde publica su columna literaria "Escafandra". Ha publicado, entre otro, los siguientes poemarios: El paso de los héroes por nuestra tierra, Poemas de la marinería, Teoría de la desgracia y Una escalera junto al mar, con el que obtuvo el Premio Latinoamericano de Poesía "Benemérito de América" 2003. En 2010, la Secretaría de Cultura le publicó Malcontento / Una esquina de tu cama.

 

 

Vacaciones largas de verano

César Rito Salinas

Se podría decir que son elegías

de un lúcido pesimismo.

Jorge Fernández Granados

Para los lectores sabatinos del Paseo Juárez

 

Metamorfosis

Un sueño, un murmullo

-quizá el hondo caer sobre uno mismo-,

el despertar sobre encendidas sábanas –acaso

más largas las piernas, más cortos los brazos.

 

Octubre

Como si el viento fuerte de la montaña

estuviera ahí –roja tierra,

Kava Teku- para que la humilde

mujer aparezca, de pronto,

entre la niebla

con estas palabras:

___ ¿Quiere rábanos?, ¿chile canario?

 

Destreza

El árbol rama torcida

-perros y pulgas, polvo seco que ahoga

los huesos,

manos vacías sobre insomnes ladridos-

pensativo invita sobre el abismo

a la contemplación.

 

Dudas

Me pregunto si el árbol

rama torcida, que se sostiene

junto al silencio de la tierra,

podría dar respuesta

a mis preguntas.

 

Imagen

La mesa, las patas largas

de la mesa, las tablas, los

clavos que se reparten

en la madera como secretos

lunares guardan,

como una imagen

que se olvida,

silencio.

 

El agua

La lluvia, su signo de pasos,

el nocturno cielo

marino,

el mar,

la marejada

de fondo que devuelve

con vida a los

ahogados,

los zancudos,

el vuelo rasante

de los pelícanos al caer la tarde

traen de vuelta

la lluvia del pasado.

 

Proverbio

Por el ojo el ojo trama venganza.

Primera ley: cuida lo que miras.

Ojo por ojo.

 

Infancia

La lluvia es un espectáculo,

llueve desde el inicio del olvido.

En la calle la gente corre, busca refugio

pero en la cantina, frente al vaso de cerveza,

la lluvia vuelve a ser un espectáculo

de la infancia.

 

Enamorados

Tú te formas una imagen,

algo que se levanta

como inspiración de la poesía,

algo que ya estaba ahí

en tu interior,

que como principio

de clarividencia.

 

Moda

Porque se puede hablar de la muerte

o de las ondas concéntricas

en el río, que se agitan

hasta integrarse

con el cauce.

 

Bipolar

Quizá el silencio sea una tarde,

la hora en que las agujas cambian,

quizá fuera la temperatura –la luz

que se niega a morir,

que arrastra sus miedos.

 

Imagen

Pongo un mar como imagen,

humedecidas piedras sobre la espuma,

la tarde puesta en el mar

(el nombre de la cosa, la cosa por el nombre).

 

Secretos

En el botecito de las vitaminas

reposa, en alcohol,

el puñito de mariguana.

Vacaciones largas de verano

Retumba el tumbo en la playa,

cielo azul contra el azul marino

-en la arena de pronto brotan

diminutas huellas

de gaviota.

 

La clasificación de Stern

El agua a los tinacos,

entre el tiempo de espera

no sube el agua a los tinacos.

Intento y espera,

significación.

 

Deseo

La pera, carnosa pera sobre la mesa.

 

A finales de septiembre en la Mixteca

César Rito Salinas*

 

 

Angélica 1

 

El mundo vendrá, ya es otro.

Nos tocamos las nalgas

antes del zumbar de la licuadora,

recién después de tu cara de sueño,

a la hora en que sobre Kaba Teku

la niebla atraviesa los árboles,

a la hora en que la gota de agua rompe estalla,

antes del juego de la mañana

nos tocamos las nalgas.

 

 

Angélica 2

 

De las cosas dolorosas nos salva el rostro

de la niña y el niño que fuimos,

que somos.

¿Qué nos lleva a recordar el pasado?

¿Qué amor nos pone ante la desgracia pasada?

Me dices de tu hermana,

de las horas de dolor buscando remedios,

del hábito carmelita que le hicieron portar

todo un año

mientras esperaban el milagro

de la muñeca que le regaló tu abuela

-dices muñeca y tus manos buscan entre

nuestra ropa recién lavada.

Puedo ver el amor,

el perdón que entregas a las horas ingratas.

El mundo vendrá con su carga del pasado,

será otro.

Puedo mirar en esta hora de la mañana

a la niña enferma,

al cordón de su hábito lleno de polvo.

El amor nos lleva a recordar las horas duras del pasado

para saber que nada pudo matarnos.

 

 

Angélica 3

 

Si pudiera decirte las cosas

que caben en una balada

te diría que la niebla avanza

sobre el camino

con su paso de flores azules,

si pudiera decirte algo, cualquier cosa,

esta noche en la que estás en la cama

y yo en la cocina.

Si pudiera decirte que necesito dormir

contigo, si pudiera

sólo hacer los pasos

hasta llegar a la cama

y abrir las sábanas

y descansar contigo.

Suena la balada triste.

Tú estás en la cama

y yo en la cocina.

 

 

Angélica 4

 

Hay un aire sagrado en cada intento

que nos conduce a la derrota.

Las flores crecen al borde del abismo.

Hay algo que se derrumba y nos contempla,

que nos mira

como si fuéramos viejos amigos.

Tal vez esta noche sólo puedo decir cosas tristes.

Tal vez esta noche sólo soy insomnio.

Quiero escribirte de las flores y el abismo,

quiero decirte que los aires del desastre

nos empujan –hay niebla, frío-,

puede ser que algo muera cuando estas letras nazcan.

El abismo llama a las flores,

la niebla empuja fuerte hacia el barranco.

Mi mano busca esta libreta como único

espacio para fugarnos.

 

 

Angélica 5

 

Quiero decirte esta mañana

que tus calzones vuelven por sus fueros.

La mañana ocurre entre rebuznos enamorados.

El sol se abre sobre nubes rojas, “hará calor”, dijiste,

La tierra arde desde lo diminuto,

así, como cuando tú pones

la planta de tus pies

sobre mi empeine.

Quisiera decirte que tus calzones azules

vuelven a enamorarme

con su justa tensión

sobre sobre tus nalgas.

Tu vientre entra a la tela

como un guante a la mano,

cabeza al sombrero,

espuma y arena.

Sales reina,

del cuarto de baño.

 

 

* Tehuantepec, Oaxaca, 1964.

 

 

Un poema y una carta para Eusebio Ruvalcaba

 Por César Rito Salinas, poeta de Oaxaca

 

 

 

 

Poema

 

¿Qué busca Eusebio Ruvalcaba al escribir sobre la muerte
de sus amigos?
Burlarse de la muerte.
La amistad es un asunto que trasciende la vida.
Una tarde me dijo
en su casa en Tlalpan,
“Cuando muera quiero que me entierren en Oaxaca”.
Eusebio es cordial con sus amigos,
se mantiene distante.
Un día celebré una de sus novelas,
“eso pasa cuando la escritura se publica”, dijo.
“La gente la celebra”.
Eusebio se burla en vida de sus amigos.
Se dice embajador del mezcal,
cuando bien sabe que cada hombre es una sombra de mosca
bajo la luz del mezcal.
Eusebio Ruvalcaba se ríe de sí mismo
al momento de empuñar la pluma,
“un músico aplica más tiempo en ensayos
que el hombre que escribe la gran obra”.
A Eusebio Ruvalcaba le apura el tiempo
y la intensidad de la vida,
escribe sonetos.
Un día dijo en público,
“con César tengo una competencia por saber quién bebe más,
quién muere primero”

 

Carta a Eusebio Ruvalcaba

 

Madrugada

El fuego que viene de muy lejos.
Que inició cuando naciste.
Beber es una necesidad que acompaña al hombre en esta vida.
Es el impulso que hace que te entregues a una mujer
que será la madre de tus hijos
o la que te recibe desnuda en la cama.
Todos los hombres que pasan por la tierra tienen sed.
Padecieron hambre, sueño y sed.
Enfrentaron la existencia con una copa en la mano.
¿Tú por qué habrías de ser la excepción?
Aquí no hay excepciones.

 

 

San Martín por la Secundaria, Oaxaca, enero 9, 2015.

 

Fotografía de cuerpo entero en la cantina

 

César Rito salinas

 

 

Odisea. ¿Qué lengua moderna no ha acogido,

en su léxico de todos los días,

esta palabra?

Manuel Alcalá

 

 

“Me sacan de quicio”, las cosas se mueven sobre un borde, como un texto, milímetro a milímetro, palabra por palabra hasta que se llega a un límite del aire, un dolor, una angustia, nada concreto, algo que viene de adentro y se visibiliza, se siente hasta que está ese borde, y lo rebasa como una oración, se vierte. Y entonces es cuando el que la sufre, al que sacan de quicio. Ella dijo me sacas de quicio. Y se marchó. Dialogo con tres sillas vacías, como si estuviera en La Guadalupana frente al cuadro con la fotografía de cuerpo entero de Silvestre Revueltas y pidiera al mesero dos copas de mezcal, y platicara con la foto del músico. Esta historia (las sillas enmarcan el tiempo, la espera y la esperanza de que ella vuelva), la del que bebe con el retrato de Revueltas, me la contó Eusebio Ruvalcaba, no es mía pero no encuentro nada más a qué pegarme en esta hora ingrata del rechazo, otra historia más que se suma a las historias que me contaron los escritores. Que para esto es todo esto de meterse en lecturas, autores, fechas, generaciones, países, continentes, para decir algo que pueda ser escuchado y ser utilizado, tiempo después, por ese desamparado que no tiene más relación real con el mundo que el mundo literario. Cuando platico con los escritores siento que mi vida crece palabra por palabra, historia por historia. Y salgo renovado y alegre de la conversación, convencido que nada me pasará porque ando armado de palabras. Ellos, los escritores, pondrán no tener la menor idea de lo que engrandece la vida del interlocutor cuando ellos van y cuentan su propia vida en la cantina, un bar, la puerta del auditorio donde dan sus lecturas públicas. Los burdeles. A Ruvalcaba fui a visitarlo un día a su casa, allá por Tlalpan. Lo saludé y nos metimos a un café que abría sus puertas en una calle empedrada. El dueño del local nos saludó cordialmente, como a viejos conocidos. Tomamos algo, quizá vodka con café negro. Luego caminamos a la escuela de su mujer, Coral. La roca coral. Seria, profesora de primaria o encargada de una primaria. Conocí ese día el lugar donde trabaja la mujer de Eusebio, luego salimos a comprar más vodka. Lo bebimos en su casa mientras se escuchaba La Muerte y la doncella, de Schubert. No se puede dejar de escuchar nunca la música, dijo Eusebio. Ahora que escribo esto escucho música, ahora que ella se fue sin avisar. Ahora que escucho a Silvestre revueltas, su cabello crespo, abultado el copete, su cara de niño. Eusebio me dijo que su padre Higinio Ruvalcaba, el violinista concertino de la sinfónica de México, fue muy amigo de Silvestre Revueltas, compañeros de parranda, de esos que te llevan en la ebriedad a tu casa y tocan el timbre, se asoma a la ventana tu mujer en pijama y tubos en la cabeza, te recargan en la puerta y huyen. Así era Higinio con Silvestre, muy amigo. A los dos músicos les gustaba cogerse a las señoras del mercado, dijo. Me contó que Carlos Chávez era malo, mandaba poner botellas de tequila, de las muestras, las pequeñitas, el las gavetas del escritorio en la oficinas de la Sinfónica porque sabía que Silvestre bebería todo el alcohol hasta incumplir con su trabajo. Eusebio siempre estaba con los desvalidos. A Eusebio le agrada contar historias de su padre y su madre, que era pianista, mientras ataca con paciencia y sabiduría su copa de tequila. O mezcal. O vodka. Nunca lo vi beber cerveza, era un hombre decente. Eusebio me resulta milagroso, al puro contacto de mis dedos con el teclado el mal de amores desaparece, el tiempo se compone y nace la esperanza de una vida mejor. ¿Cómo puedo explicar estas virtudes mágicas? Las cuento. La vez que lo conocí fue en Fortín de las Flores, una población cercana a Orizaba, por el rumbo de Córdova, Veracruz (las sillas con respaldo tubular, de estructura metálica adelantan la forma de esta narración, el relato. Y construyen el compás de espera, la incógnita que genera expectación). Como en una peli. Si, escribir una historia será como contar una peli a un ser amado, querido. Eusebio había llegado a dar una lectura en la sala de cabildos de esa población, me preguntó al teléfono ¿te queda cerca? Al terminar la lectura de sus poemas me presenté, sólo había hablado con él por teléfono. “Se me caen los calzones”, dijo Eusebio como expresión de bienvenida. Yo acababa de bajar del camión que me llevó del Istmo de Tehuantepec a Fortín. ¿Tú conoces este lugar?, preguntó ya en la calle. Ni idea, respondí, es la primera vez que estoy por estos rumbos. Espera, atajó, te voy a llevar al mejor burdel del lugar. Con la mano derecha levantada pidió un taxi. Una unidad, como salida de una película, se acercó en el acto (¿si lo recuerdas?, como salido de una película). O así lo recuerdo, una noche con lluvia en una ciudad desconocida.” ¿Nos podría llevar al mejor burdel de esta ciudad?”, Eusebio preguntó al conductor. Ya en la madrugada me dijo entre carcajadas, “no conozco Fortín”. Ese manejo suyo de las palabras le otorgaba una certeza, andaba por esta vida como un ángel que se sabe todas las historias de la humanidad y tiene conciencia de que son las palabras las que abren o cierran todas las puertas, los caminos. Del cielo y de los infiernos. Las palabras, el borde por donde andan las cosas y los hombres, las mujeres. Precisamente Eusebio, que era un enamoradizo, le gustaba hablar de sus maestras, de la ropa de sus profesoras de primaria, del color de sus ojos, del tamaño de sus pechos, las caderas. De niño arrojaba al piso los cuadernos para agacharse y ver los calzones de la maestra. Las piernas. Eusebio se sabe todo el recetario amoroso de los infantes que se enamoran de la profesora de cuarto grado. Si, las mujeres nos enseñan a leer, lo dice Piglia, desde luego, también nos enseñan las lides del amor, el amor como otra escritura que hay que leer con toda la piel. Uno es puro pendejo, y la mujer nos dice puntualmente dónde queda cada parte de su cuerpo, su anatomía, su función, el sitio del placer, y conduce hasta ahí nuestra desesperación. La anatomía femenina debería ser una asignatura obligatoria.  Ante una mujer desnuda el hombre teme, se aterra, se hace chiquito. Y la mujer con su mano maestra conduce, sabia, por la ruta del placer, profesora. Esto lo decía Eusebio. Escribo con audífonos. Para alejarme de esta escritura y dejar a las palabras que salten a su ritmo. Yo sólo escucho música, que es como abrir una puerta y dejar a las bestias que salgan a su trote, con su fuerza, con el puro impulso de la fuerza que crece entre ellas, una tras otra, como una canción que sale de madrugada en la rockola de la esquina hasta el pecho del que sufre, y se instala en la cabeza como una paloma blanca, bien amada. Eusebio me presentó a Víctor Roura, cuando trabajaban en la cultural del Financiero, me instaló en un hotel de putas de la colonia Pencil, bebimos con Rolando Rosas, el poeta, en un bar de la Colonia Obrera. Que esos eran los rumbos donde entregaban todas sus palabras los maestros. Yo sólo era su fiel provinciano que aprendía de sus borracheras todas las palabras. Un día Eusebio me presentó con Carlos López, de Praxis, preparamos un libro. Eusebio tenía un modo singular de hacer su escritura. Salía de la ruta que llevaba en su auto, se estacionaba en un café. Pedía su copa de ginebra y escribía en el mantel. Así las horas. Que no eran muchas, quizá dos, dos y media, tres a lo sumo el que duraba el congestionamiento vial, el tráfico rumbo a su casa. Entonces, como cualquier ciudadano que conduce su auto en la metrópoli pedía la cuenta, pagaba, salía con la mente clara y una historia, un poema, un libro entre sus papeles. No compraba libretas, nunca lo vi usarlas. Escribía sobre el papel que tenía al lado. Y escribía en un café, un restaurante, mientras se bebía su trago de ginebra. Me convenció su estilo, marcar la producción de su literatura por los atascos, el congestionamiento vial en la ciudad. Que es una forma efectiva de usar el tiempo, porque el asunto literario es un tiempo paralelo al tiempo que vivimos. La escritura se hace mientras pasa algo. En el caso de Eusebio él hacía su escritura mientras volvía la paz a las arterias de la ciudad, se terminaba el congestionamiento. La duda de todo hombre que quiere dedicar su vida a la literatura es llegar a saber cuándo deberá levantar su escritura, en qué tiempo. Los hombres se extravían en la búsqueda del tiempo para hacer la escritura. Si antes o después del trabajo, en el desayuno, en la noche, cuando todos duermen. Después de coger. Antes. La duda es qué tiempo aguanta el espíritu arrojando palabras al vacío. O hasta cuándo las palabras te colman la paciencia. ¿Qué tiempo tardas en escribir un poema? Cuántas horas necesita un humano para levantar mundos imaginarios, Joyce dijo que para escribir su Ulises tardó 20 mil horas. Los viejos escritores te recomiendan disciplina, disciplina y constancia como si fueras un noble bruto. Si, y no. Porque la disciplina es un plato que se pone agrio al contacto con el aire. Y ahí viene el conflicto cuando no se le otorga el suficiente tiempo a la propia escritura, la cosa no cuaja y terminas echando la culpa a la mujer, la casa, la familia, el trabajo, la querida; el futbol. La borrachera. No hay tiempo por más disciplinado que seas. No hay tiempo y gusto. La disciplina es mantequilla que se enrancia con la temperatura ambiente. Resulta un arma de los héroes, o de los dioses. Los padres de la patria. Uno debe saber que trabaja para levantar su patria, su escritura, sus palabras. El que escribe necesita saber, hacerse de un tiempo que le cuadre en su vida, las horas cotidianas, sus traslados y su deseo de llenar este mundo y los otros con sus letras. Entonces Eusebio descubre el caos vial, el conflicto, y su cerebro goza después de saturarse de acelerones y claxonazos de la vía atascada. Los necios. Los impertinentes. La inconciencia. Y en el restaurante sobre una servilleta de papel despliega plácido, su escritura; alegre, como el navío que vuelve a puerto. Y tiene el argumento para no llegar a pelear con la mujer, el reporte vial. El registro del caos. La televisión, la radio, todo emite reporte de las condiciones viales. Y la mujer se lo cree, y no pelea, no discute. Y uno llega a dormir tranquilo. Como marido honorable, padre de familia. Ya en la mañana, cuando la mujer se va a su trabajo, el hombre puede bajar los papeles del coche y dedicarse a capturar en la máquina toda esa escritura que se hizo en la hora de la angustia, la aflicción. El tráfico. Por eso Eusebio es un santo (aquí debo decir que las tres sillas son buenas conversadoras. Estoy solo e imagino que te cuento una peli. En el espacio de silencio que forman en triángulo se dicen muchas cosas, hablan, gritan, aúllan y nadie las escucha como el enamorado mal correspondido que necio y terco anda en la calle, bajo la ventana de la enamorada como si ella y todo el mundo tuvieran el suficiente tiempo para enterarse de sus cuitas de amor) que anda por la vida con su escritura, sus enseñanzas, y logra que el dolor cotidiano duela menos. O duela de forma compartida, que es un dolor nuevo, otro, menos trágico. Además tenía la cualidad que lo santificaba, era amigo de los niños. Que es como decir era amigo de los inmaduros emocionales, ebrios, bandidos, homicidas, ladrones o escritores. Prostitutas. Las palabras tienen una velocidad de salida. Recién vuelvo de la interrupción, pasó el panadero y salí a comprar el pan. Aquí estoy, vuelvo a escuchar la música, una música de las regiones, las autonomías, una cantante de fados. El hilo de la narración, la música que siguen las palabras se alteró. Podré a Schubert. Las palabras son celosas, se enojan. Se alteran. Y ya no salen, hurañas. Y la historia se interrumpe, por más que el autor tenga diseñada la estructura, el ritmo. Siempre sale algún detalle que altera la narración, y el que escribe sufre para volver a llegar a poseer el ritmo de las señoras palabras. Eusebio Ruvalcaba un día me dijo, “qué bueno que fumas puro”. Y me habló sobre la aristocracia del tabaco, “detesto la pipa”, dijo. Así era Eusebio, entregado, pasional, muy de sus gustos y del gusto de sus amigos. En una ocasión publicó un libro de sonetos dedicados a sus amigos, muchos, y una mujer. Una. Como todo bebedor era fiel a una bebida, su bebida. Pasó el tiempo del ron, el vino, vodka. El mezcal. Fue un tiempo difícil, se enamoraba en cada esquina de mujeres jóvenes, el mezcal le regresó la sangre al cuerpo. Lo nombraron embajador plenipotenciario del mezcal. Un cargo al que no pudo evadir. Llevó por años su nomenclatura, casi como un ministerio. Salió avante de aquella encomienda. Cuando le detectaron la diabetes me preguntó: ¿quién morirá primero? Otra noche, en mi casa, con su familia, en San Martín por la Secundaria, salió al patio y me dijo: “quiero que me entierren en Oaxaca”. Entendí que eran modos de un escritor, del que trabaja con las palabras. Las dice, las nombra como si desconociera el significado de lo que dice y sólo deseara en ese momento disfrutar el placer de escuchar las palabras, morderlas. Así va. Hay cierta oralidad en el gusto de las palabras escritas. Digo salmuera y mi lengua busca empujar entre mis labios el rizo del vello púbico. De alguna manera quien escribe no trasciende, está a medio camino, entre la oralidad de la tribu, el clan y la academia. Y la salida a ese no mundo es la palabra, la que se dice y la que se lee. Escribe. Para disfrutar el sonido, saborear las palabras. Escribe. Escucharlas, así sean mencionadas por boca propia. El que escribe habla. En otra ocasión le di a leer a Eusebio un poema donde el personaje vivía la angustia de no saber el sitio de la tumba en que enterraron a su padre, era el hijo del marino que falleció en el mar, una desgracia, un hundimiento. Eusebio, en un extremo de verdad y literatura se puso a llorar, dijo, “yo no podría vivir si no supiera el lugar donde descansa mi padre” (el silencio hace todo el amor, el amado accede al pasado de ella y a sus recuerdos, sus imágenes, puro silencio, que son como un lenguaje cifrado, muy personal, donde él lleva el registro donde anota todas las cosas grandiosas, ahí calificadas así como maravillosas, de ella y de los dos juntos, ahora ya el amado integrado a un pasado que no le pertenece. Levanta una nueva realidad donde entra la dicha. Un lenguaje inventado, feliz). La casa en que habito, San Martín por la secundaria, Monte Albán, tiene la presencia de Eusebio Rubalcaba. Aquí nos emborrachamos con mi perro Brandon. Unos días antes de que entregara en donación los archivos de su padre a la Fonoteca de la UNAM, los archivos completos del violinista Higinio Ruvalcaba, me entregó la letra de un danzón escrito de puño y letra de su padre. “Estas notas son para ti”, dijo y se puso a decir otras cosas, algo sobre los nuevos poetas de la nación o del rigor del sol en la costa del Pacífico. No sé, la partitura se quedó entre papeles, algún día la compartiré con un amigo músico y será interpretada en honor de Eusebio Ruvalcaba y su padre, Higinio. Yo vine a escribir de otras cosas, a ustedes les consta, de un desamor, del momento de la ruptura con la amada. De un instante insignificante te hace la dicha, o la destruye sin oportunidad para reconstruirla. La desdicha, el costado del poema. Salió todo esto, las palabras llevan el relato, esta una verdad grande que nadie mira.

Todo cabe en el vacío que existe entre el asiento y el respaldo de tres sillas rojas. Como la sangre, como la muerte, como el crimen inconfesable que se agita entre el silencio de los muros que esconden al criminal.

___ Sólo hablas de tus amigos los borrachotes –dijo ella.

Al volver del baño descubrí que ella se había marchado, ya no estaba, en la mesa sólo se quedó el puro, un lancero Cohiba, las dos tazas vacías de café que decían su nombre desde el fondo de la porcelana blanca.

San Martín por la Secundaria, Oaxaca, 2017.

 

 

 

 

Los poemas para Chánqueles

para Ángeles Ibarra

 

La estación del año

 

Ella comió pescado a las brasas.

Las piezas abiertas por el dorso,

la carne blanca dorada por el fuego.

Ella sabe encender el fuego.

Espero que cocinar resulte tan fácil

como utilizar el lenguaje literario

para expresar sentimientos.

La carne blanca luce bien como una luna grande de febrero

utilizada en un poema oriental

que ocupa la estación del año.

O como una vieja fórmula que hace el oro viejo.

 

 

Los que se caen de amor

 

Libros, libros en la cama.

En el sofá, en la mesa de la cocina.

Libros junto a los huesos estrellados.

Libros para apartarlos y depositar las nalgas de ella

en la taza del baño, lamerla junto a los libros.

Que los nombres de los autores y sus obras sepan de este amor.

Que las páginas se embarren de su jugo.

Que el olor de su ano humedecido brinque entre las hojas

como el mejor lenguaje para retener el tiempo y la alegría.

Que ese mismo olor una madrugada de insomnio me salve la vida

al pasar de una página a otra en medio de la tristeza insobornable.

La imagen de ella puesta de chivito en precipicio.

Libros cápsulas del tiempo en lugar de una flor seca.

Libros para transpirarlos,

gota a gota, que la transpiración de ella

resbale por el lomo de los libros, entre biodatas de los genios.

Libros para deshojarlos, coger entre subrayados será la forma pura

de hundirse en las aguas del amor para salir con el cuerpo

pintado de historias, la piel nueva.

Libros para subrayar con los huevos y el esfínter.

Libros en la recámara, el baño, las paredes del comedor.

Libros para sostener a los que se caen amándose.

San Martín por la Secundaria, Oaxaca, febrero 2017.

 

 

Sábado, 04 Febrero 2017 05:46

Serendipity

 

 

 

 

Serendipity

 

En la cocina

el arroz se desnuda

como ebrio en la cantina.

 

Deja que el público sume dos más dos,

ten cuidado de no escribir lo que el público ya sabe.

 

Hablar con el poema como se habla

con el vecino.

Hablar del tiempo y del calor

de los malos servicios municipales, quejarse

de la tardanza del verano, la lluvias, la infancia

lo corto de las vacaciones, el cuerpo protesta,

siempre protesta.

De lo cara que está la vida, lo poco que se logra con mucho esfuerzo

suficiente nunca es suficiente

Decirle al poema cosas que se quiere decir a los hijos

y que callas.

No me pienso bañar,

a veces temo llegar a la esquina,

quiero llenar la casa de perros.

Habla con el poema como hablas con la almohada.

Cuida con tu vida la libreta que está entre la funda.

 

Quiero una bicicleta.

No te puedo a abandonar.

 

Será necesario habitar el poema sin desconfianza.

Como lo hace mi amada cuando pone su mano en mi hombro.

Caminar lento, a ninguna parte.

Pisar su sombra sin maldad.

Beber su aliento como se bebe mezcal blanco,

con ojos cerrados.

 

En este momento en el país hay ocho mil ochocientas ochenta y ocho almas en busca del poema. No son muchas ni son pocas, son un montón. Son tiempos duros, hace falta vivir otra vida. Al mismo tiempo hay otras ocho mil ochocientas ochenta y ocho mentes que envidian con toda el alma la cifra de individuos que buscan escribir el poema. No son muchas ni son pocos, son los que son. A todo esto, llega puntual cada miércoles el camión de la basura. Hace sonar la campana que abre la puerta de todas las viviendas.

 

La gente puede aprender a pelear con toda el alma por lo que verdaderamente desea

(todo esto es lenguaje literario, pero mi alma desea que sea verdad)..

 

Todo esto ocurre en el preciso momento en que el gobierno emite ocho mil ochocientas ochenta y ocho convocatorias para participar en certámenes literarios donde ofrecen jugosos montos económicos como premio.

 

La vida es una, dicen los maestros del poema, toma las oportunidades que se levanten a tu paso.

 

Sube al árbol, escribe el poema.

 

Como el león de ojos grandes

que aguarda junto a la vereda

confiado en el temor de los pastores.

 

Yo leí la palabra Condenación en el marco superior de la puerta del castillo de popa. Le dije a mis superiores, pero no hicieron caso de la advertencia en medio de la noche marina.

 

Como la bisabuela, la abuela y mi madre escribo por hambre.

 

Iluminan la noche los relámpagos, caen los rayos.

¿Cuándo nos convertimos en dioses?

 

 

    San Martín por la Secundaria, Oaxaca, sep., 2016.

 

Lunes, 21 Noviembre 2016 03:46

TIEMPO PARTIDO



  

TIEMPO PARTIDO

 Poesía en español y zapoteco

 

Tie´ neza

Pinta callejera

César Rito Salinas

Versión zapoteco:

Ricardo Santos

 

 

 

Araña

 

La presencia de una araña. Intento mover los ojos para alejar los presagios en este final de fiesta. La mano sólo busca la puerta de salida entre cansancio, la angustia; la madrugada. La mano sólo quiere empujar la puerta. La araña, filo del aire aparece en el marco de la puerta. La araña trepa la puerta, ronda el marco de cedro, se deja ver. La mano busca el lapiz, el zapato, una silla. Encuentra el lapiz  en la cresta del ventilador empolvado, garabatea en la libreta. Nunca más que ahora el calor crece entre los huesos y la madrugada. La araña, la muy piernas largas ya no se encuentra por ningún lado. La busco. No aparece. Alcanzo a leer el letrero que cuelga de la puerta, “cerrado por fiestas de mayo”.   

 

 

 

 

Bidxiguií

 

Xquendaa nuu ti bidxiguí. Rune’  gunibe ca guie lua’

Ti che ‘e ca guenda sa ‘caxha ra guiluxe sa di.

Naa’  ruyubisì ndagayoo lade guenda ridxaga, ra`ga

ladxhi, nacannda. Naa` que racala`dxisi gucaanaa’ ndagayoo.   

Bidxiguí, lu xtuxu bi rihuinni ra rua ndagayoo

Bidxiguí riguiba lu ndagayoo, ru di

bieque  rua yaga guidxi, rusihuinni la`. Naa’ que

ruyubi yaga buu rutie ique guiba dxa yu rundubi bi, rucaa renda lu gui`chi libilizaa.

Qui huayú dxì tica yanna guiasa nandà lade dxita ne nacannda.

Bidxiguí nie ri siula ma qui rihuini raba`ti`.

Ruyube la´. Qui ridxela. Rugannda gunnda ti gui` chi` i ye nannda lu ndagayoo,

     “cegu` ti cayaca saa guidxi”.

 

 

 

 

Pinta callejera

 

Todos buscan algo en la vida

un perro

un cielo

el sombrero

todos buscan algo

un caracol

una vela

un camino

todos buscan

un libro donde aparezca escrito  lo que se busca en la vida

 

 

 

Tie´ neza

 

 

Guira´ruyubi xixha lu guedanabani

Ti bi´cu´

Ti guiba´

Guidi banda

Guira´ruyubi xixha

Ti bi´chube

Ti gui´ri´

Ti neza

Guira´ruyubi

Ti xquiapadidxha  ra guidxeela ca guenda ruyubi

lu guendanabani.

 

Madrugada

 

La luna sube desde el pescuezo de los perros.

 

 

Nu xcanda

Beu rigui´ba de´pe´ ya´ni ca bi´cu´

 

 

 

 

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