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Jueves, 05 Septiembre 2019 04:25

La pelota. Edgar A. Rivera.

 

 

 

La pelota.

Edgar A. Rivera.

 

La pelota voló en curva y entró por una de las ventanas del segundo piso. Apenas dio el puntapié, al pobre niño le comenzaron a llover insultos y abucheos. La ventanita por la que el esférico se coló limpiamente no medía más de un metro y hacía tiempo que le habían quebrado los vidrios. Si alguna vez Miguel se hubiera propuesto hacer un tiro como ése, jamás lo habría logrado; intentaba meter el balón en la portería delimitada por dos piedras en la calle y no en la casa abandonada. La proeza era de una vergüenza enorme.

— ¡Ves por el balón Mantecas, rapidito! ¿Qué te quedas ahí parado? —lo presionaban sus compañeros de juego. —¡Muévete gordo!, el balón no se va a traer solo.

Miguel se acercó a la casa y permaneció unos instantes entre dos columnas de concreto que marcaban el límite entre la banqueta y aquel recinto. Era una casona tipo americana, de madera y techo alto de tejas que había quedado abandonada, y al cuidado único del tiempo durante años. Había sido la casa más hermosa del vecindario, con paredes rojas brillantes, un bello ante jardín de rosas y tulipanes, y un pórtico alto con columnas blancas donde todas las mañanas el aire se empapaba del canto de periquitos que revoloteaban dentro de sus jaulas. Eso fue años, antes de que Miguel naciera. Al día de hoy, las paredes apenas lucían un rosa muy pálido y eran poco a poco consumidas por el verde de enredaderas que crecían desde uno de los costados. Pocas de sus ventanas mantenían algún resto de vidrio empolvado. Era el tipo de casa de las que se inventan historias. Se decía que por las noches se escuchaban gritos y llantos provenientes de sus habitaciones, que era hogar de brujas horribles que se transfiguraban en lechuzas y salían volando de entre el tejado maltrecho; que había muerto un niño, que la habitaba la llorona, muchos cuentos.

Los padres prohibían a sus hijos entrar a esa casa. No les gustaba que jugaran cerca de ella, porque una casa abandonada suele atraer malos huéspedes. El papá de Miguel no hablaba mucho con su hijo y nunca le había explicado estas cosas, aun así, el chico sabía que no debía entrar.

Dudó y estuvo a punto de regresarse, pensó en lo mucho que le había rogado a su papá para que le comprara ese balón. Solo por eso los otros niños de la cuadra lo habían dejado jugar, ahora lo miraban y presionaban desde la calle. Gritaban los muchos apodos que le irritaban: dale Mantecas, apúrate Gorda, muévete Porky, te estás tardando. No podría aguantar que ahora le llamaran cobarde, no lo iba a permitir.

Atravesó la hierba que le llegaba por encima de los hombros y se le metía en los oídos. Llegó al pórtico, subió los cuatro escalones y se agachó para no golpear su frente con una parte del techo caído, sostenido apenas por la única columna que no había cedido a la gravedad. La puerta estaba entreabierta. Era muy pesada y le costó abrirla lo suficiente. Dio un paso dentro de la casa y agitó las manos bruscamente frente a su rostro tratando de quitarse las telarañas de la cara. Recordó, que, jugando con sus muñecos en el patio trasero de su casa, encontró uno de sus suéteres, tirado entre cajas, fierros y plásticos que acumulaba su papá. La prenda debió permanecer ahí durante meses y ni siquiera recordaba haberla perdido. Cuando la levantó estaba tiesa en la parte de arriba y mojada en la parte de abajo, cubierta de hongos y caca de pájaro, el olor lo había hecho arrojarlo lejos. Así apestaba la casa.

Observó las escaleras a su izquierda, metros adelante, y sin pensarlo dos veces se dirigió a ellas. La luz de la tarde filtraba entre las ventanas y agujeros en las paredes roídas; era muy poca

para iluminar el área, y no tardó en tropezar y golpear de cara al suelo. El cachete le ardió por el duro golpe y ahí tirado, sintió una pequeña corriente de aire que soplaba desde abajo. La casa tenía un sótano. Miró entre las comisuras y agujeros de las tablas, bajo sus manos había vacío negro que le pareció infinito. El miedo se apoderó de él y se levantó veloz. La rodilla le dolía un poco por el golpe, pero apresuró el paso y subió las escaleras, sosteniéndose fuerte del barandal y cuidando de pisar bien cada rechinante escalón.

En el segundo piso se sintió un poco más tranquilo, la luz del sol se colaba por las ventanas, paredes y tejado. La ventana por donde entró el balón estaba justo detrás de él. Caminó por un estrecho pasillo que conectaba tres habitaciones, todas sin puertas, abrigadas por el calor de la tarde. Supuso que su pelota debió rodar dentro de alguna. Se asomó en la primera. Encontró la pequeña base de una cama de metal oxidado, colgadas de las paredes (no supo decir si fueron verdes o azules), fotografías en las que podía distinguirse algunas siluetas. El techo tenía una gran abertura por donde caían las enredaderas. Observó bien cada rincón, su balón no estaba ahí.

Estaba a punto de entrar en la segunda recámara cuando escuchó un ruido en la habitación al final del pasillo. Tac, tac, tac. Algo golpeaba contra la madera. Tac, tac tac. Miguel permaneció inmóvil, tratando de borrar las muchas ideas que aparecían en su cabeza sobre lo que podría ser el ruido, y tratando de encontrar valor para ir a averiguarlo. Tac, tac, tac. El ruido se hizo más fuerte. Vio cruzar el umbral de la tercera habitación su pelota, rebotando una y otra vez. Tac, tac, tac, se hacía el eco cada vez que el balón bajaba. Tac, tac, tac. El balón botó otras tres veces frente a él, en el mismo sitio, antes de avanzar nuevamente hacia donde él se encontraba paralizado.

Quiso gritar, pero no salió nada de su boca. En un choque de adrenalina giró sobre sí mismo e intentó correr hacia las escaleras; pero era torpe y no presto atención al lugar donde pisaba. Una vez más, tropezó y cayó. Esta vez le pareció que se golpeó contra el suelo al menos dos veces. Cuando se levantó, ya era de noche. Se sentía confundido, pero no le dolía nada.

—Pensé que no te ibas a levantar.

Vio a un niño, más o menos de su edad, de ojos verdes y tristes, con uno de aquellos peinados de hongo con el que las mamás torturan a sus hijos; vestía con un overol y era bastante barrigón, como él.

—Es mi balón. Entré aquí buscándolo.

—No pensaba robártelo. Solo quería verlo. —le entregó el balón—Tus amigos ya se fueron.

—No son mis amigos.

—Yo tampoco tengo muchos amigos. De hecho, no creo que tenga uno.

Miguel sintió la tristeza en su voz. Le arrojó el balón y el otro niño lo atrapó.

—Si quieres podemos jugar un rato.

—Me gustaría.

El chico le regresó el balón arrojándolo por encima de su cabeza y Miguel apenas si lo atrapó. Se alejó un poco en aquel oscuro sótano y se lo regresó con fuerza.

—Soy Miguel, por cierto.

—Me llamo Rubén.

Ahí permanecieron los dos jugando durante horas, días, años. Nunca más se separaron.

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Sábado, 31 Agosto 2019 05:33

HUMANOS DE MENTIRAS. J. R. Spinoza.

 

 

HUMANOS DE MENTIRAS.

J. R. Spinoza.

 

 

Los budistas creen en la reencarnación, le llaman la rueda del Samsara, un ciclo de vida, muerte y encarnación, que estamos destinados a repetir hasta alcanzar la unión con Dios. Hace algunos años, durante su visita a Francia, un joven le preguntó al Dálai Lama:

—Si es real la rueda del Samsara, y los humanos reencarnamos, ¿por qué hay ahora más habitantes en el planeta que hace mil o dos mil años?, ¿de dónde salen esas personas?

El hombre santo respondió:

—Hay humanos de verdad y también humanos de mentiras.

El ambiente se puso serio por unos momentos; hasta que el viejo monje soltó una carcajada. Todos los presentes lo entendieron como un chiste y rieron también. Yo igual creí que fue una broma, hasta la semana pasada.

Tenía dolor en la garganta, estaba afectando mi tiempo de sueño, por lo que decidí sacar cita con el médico. La programé después de mi turno de trabajo. Luego de explicarle lo que me aquejaba, aquel sacó su bloc y comenzó a prescribir medicinas. Mientras esto ocurría, una persona entró al consultorio. Yo me encontraba de espaldas a la puerta, sólo pude ver la cara de molestia del doctor quien le dijo al hombre que si por favor podía esperar en la sala hasta que llegara su turno.

Lo que ocurrió aún no he podido sacármelo de la cabeza. Con el rabillo del ojo, me di cuenta de que era un hombre alto. A pesar de que el doctor le dijo que se marchara, se quedó quieto en la puerta. Viré y le observé, para saber por qué no se movía. Noté algo raro en su cara, como si estuviera borrosa, no podía distinguir sus facciones. Esto me confundió. Aparté la mirada, pero la curiosidad me llevó a volverlo a observar. E difícil ponerlo en palabras, pero era como si fuese un error o un glitch, una imagen corrupta de vídeo. La cara del hombre se mostraba con distintos colores y errores, como si estuviera pixelada. Esto ocurría de manera intermitente, podía ver su cara normal, con las cejas gruesas y el bigote negro, y por fracciones de segundo la distorsión se presentaba. No entendía, pero dejé de mirarle por miedo a que el hombre preguntara porque le veía. Quizás era una alucinación provocada por mi falta de sueño.

El hombre salió, cerrando la puerta tras él. Hubo un silencio largo, no me atreví a decirle nada al doctor, y este sólo veía su computadora. El médico miró sus apuntes, soltó el bolígrafo y me preguntó:

—¿Vio su cara?

Respondí que sí.

El doctor continúo contemplando sus apuntes y me dio las prescripciones. Comprendí que sea lo que sea que hayamos visto, el doctor no estuvo dispuesto a discutirlo, simplemente cambió el tema, me entregó los papeles y me pidió que me marchara.

Salí del consultorio y vi al hombre esperando en la sala, no era sólo él. La niña en brazos de una señora de diadema floreada. La enfermera que tomaba el pulso a un anciano. La mitad de las personas en la sala de espera tenían aquel glitch en la cara. A partir de ese día puedo ver a los humanos de mentiras.

 

 

 

 

 

 

 

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Martes, 13 Agosto 2019 04:46

No conozco a Paullete. / Zambra /

 

 

No conozco a Paullete.

Zambra

 

- Le juro señor que nunca la he visto, no la conozco. Le juro por mi madrecita santa que nunca la había visto.

 

- Mírala bien, tal vez la recuerdes.

 

- ¿Porque me obliga a hacerlo? no es agradable, ya le dije mil veces ¡no la conozco!

 

- ¿Por qué lloras? ¿Te da miedo el frío? ¿Qué no eres hombrecito?

 

- Es el frío de sus ojos lo que me da miedo, eso y nada más. Pero le juro que nunca la había visto. ¿Qué dios no me oye cada vez que digo lo mismo? ¿Cuántas veces le voy a repetir que no la conozco? Nunca la he visto.

 

- ¿A poco no la conocías cuando la seguías hasta la escuela?

 

 - ¡No la seguía! estudiábamos juntos pero nunca la seguía desde su casa. Nunca esperaba escondido tras la cerca a que saliera con su reluciente vestido blanco, le juro que no la conozco, señor.

 

- ¿Y por eso no la ves?

 

- ¿Cómo voy a verla, señor? Si ahora sus ojos están tristes, tan fríos, terroríficos. Antes brillaban más que el sol, iluminaban todo lo que se pusiera frente a ellos. ¿Cómo voy a verlos ahora, señor? Antes rogaba que me vieran y lloraba cuando no lo hacían. ¿Cómo voy a verlos si hoy están fríos y oscuros como la noche, señor?

 

- Ahora te pusiste romántico ¿Por qué no me dices la verdad de una vez por todas?

 

- La verdad, señor, es que no la conozco. La verdad está en sus labios, está en todo lo que dicen. Aun morados, sus labios solo reflejan verdad, ahí está la verdad en la forma que ella hablaba. Pero no me hablaba a mí. Y ahora menos que pueda.

 

- Deja de darle vueltas al asunto, cabrón, habla claro.

 

- ¿Qué más quiere que le diga, señor? no la conozco, nunca la he visto. Así como ella nunca lo hizo. Ni ayer que fui a buscarla a la escuela me vio. Ni cuando un día antes agarré a golpes a quien la hizo llorar. Me expulsaron, señor y nunca me extrañó pero yo si. Por eso regresé a buscarla pero nunca me vio y nunca la había visto, señor.

 

- ¿Te estás haciendo el gracioso o qué chingados?

 

- No señor, le juro que nunca la había visto, no la conozco. Así como ella tampoco me ha visto y tampoco me conoce. Ni cuando la seguí a su casa ese día, ni cuando la tomé de la mano sin que me notara.

 

-…

 

- No la conozco, señor y ella no me conoce. Ni me vio cuando la tomé por la fuerza ni me conoció cuando la obligué a verme y le arranque a mordidas su precioso vestido blanco. No la conozco, señor.

 

- No entiendo…

 

- ¿Qué es lo que no entiende? No entiende que no la he visto, que no pude verla a los ojos cuando grite su nombre y arranqué su deliciosa piel. No pude verla ni puedo verla hoy porque no la conozco, porque ella nunca me vio. Ni cuando le lloré sobre sus ojos de terror ni cuando le juré que la amaba. No puedo compartirla señor, si no es mía no es de nadie, porque no la conozco, nunca la he visto.

 

- ...

 

- Le juro por mi madre, señor, que no la he conozco, nunca la he visto. Le juro que no conozco a Paullete.

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Martes, 13 Agosto 2019 03:46

En algún lugar Daniel Verón

 

 

En algún lugar

Daniel Verón

 

 

El tiempo resultó ser, también, una estructura mucho más compleja de lo que parecía. Si bien hasta la 17º dimensión parecía ser circular y poder unir sus extremos, tal como hemos visto, más allá aparentaba tener otras formas. Para algunos sabios de esos milenios, el Tiempo, como un todo, poseía una estructura parecida a la de un 8 tridimensional, adonde se podía “subir” y “bajar” escalones de tiempo que representaban edades enteras. Para otros, en cambio, representaba alguna extraña estructura laberíntica pero “vertical” que permitía el ida y vuelta. Pero esto no era tan simple. Sus características parecían depender del punto de referencia que uno tomara. En otras palabras, el tiempo no parecía ser el mismo en las escaleras, en los túneles o en las galerías. En realidad, el tiempo se comportaba de acuerdo al medio, como si se tratara de algún elemento químico.

A esta altura es necesario decir que las galerías representaban unas macro-estructuras cósmicas que tenían la singularidad de englobar inmensidades de tiempo con ciertos objetos llamados Masas, cada uno de los cuales equivalía a miles y miles de universos. En base a ciertas observaciones, los sabios estimaban que las galerías conducían a sectores nuevos o diferentes de la Casa. Demás está decir que la polémica era grande sobre objetos tan increíblemente lejanos, pero resultaba apasionante. Aún en este tiempo estaban los partidarios de la existencia de una Habitación única y los que sostenían que había varias Habitaciones, llamando Casa a la totalidad. En este sentido también hay que decir que los apkon y los humanos colaboraron estrechamente en nuevas investigaciones.

Los viajes o traslaciones realizados a esas regiones fantásticamente lejanas fueron verdaderas aventuras en lo desconocido, ya que no había forma de saber algo como no fuera yendo personalmente. Es así que, luego de los viajes del comandante Sarrer, aparecen los del Supremo Irvins al mando de nuevas flotas de la Federación para acceder a esos lugares. Pensemos que, para entonces, se había convenido en medir las distancias por UL (Universos Locales); 1 UL era nada menos que unos 40.000 millones de años-luz. Pues bien; se creía que el acceso a las galerías estaba más allá de los 200.000 millones de UL. Sólo un dominio muy completo del mundo multidimensional posibilitaba traslados más o menos seguros y rápidos a esos lugares. El “salto” representaba, por lo tanto, ir mucho más allá de donde estaban los Señores de la Luz, por ejemplo.

La primera vez que la Flota llegó, pues, a una Masa de las primeras galerías que encontraron, Irvins y los demás se encontraron con algo que no esperaban. Ellos podían contemplar ese objeto que, potencialmente, era un Universo completo con trillones de formas vagamente equivalentes a galaxias y estrellas. Pero la gran novedad era que el tiempo no transcurría en absoluto. No se trataba, por lo visto, de un mero fenómeno local sino que, literalmente, estaban situados “afuera” de la corriente del tiempo. Desde luego, algo tan importante fue necesario comprobarlo una y otra vez en distintos viajes. La conclusión fue que, al parecer, en las galerías, el tiempo simplemente no existía. Lo que había era eternos ahora (EA, como fueron llamados para designarlos como unidad de medida). De modo que las galerías tenían bien puesto su nombre: era como corredores o pasillos para observar diferentes cuadros en un museo. Como es lógico, la realidad de cada pasillo nada tenía que ver con la de los cuadros expuestos. Estos cuadros eran, efectivamente, las Masas.

En las galerías, pues, las incontables Masas podían ser apreciadas en detalle sin que interviniera en lo más mínimo el paso del tiempo. Eran como “instantáneas”, como una foto sacada al paso de una escena cualquiera. Irvins se interesó particularmente en el por qué de estas galerías, cuál era su verdadera función y demás. Pare eso se realizaron diversas investigaciones en cada una de las Masas que iban encontrando. Para eso, también el instrumental debió ser muchas veces mejorado para que fuese útil. Las primeras observaciones dieron como resultado que, de alguna manera aún poco clara, las Masas mantenía alguna clase de interrelación con el resto de las estructuras de la Casa. Era difícil explicarlo, pero las Masas eran algo así como la cúpula de una habitación del lado de adentro, reflejando gran parte de todo lo que sucedía “abajo”.

Cuando los sabios de la flota se reunieron en pleno, la emoción era grande. Aparentemente habían descubierto, en ese tipo de objetos, algo que podía estar señalando uno de los límites de la Casa, algo así como el techo. Sobrevienen entonces interesantes debates cosmológicos sobre la naturaleza de tales estructuras, aunque los datos aún eran pocos. ¿Será que realmente estaban en el techo de la Casa o se trataba de una simple ilusión por el hecho de encontrarse tan distantes de todo? La acción continúa ahora con nuevas investigaciones. Los resultados siguen siendo sorprendentes. Al parecer, las Masas constituyen en sí mismas, unidades de tiempo estático (EAS) de cadenas de universos, como fotografías de la Totalidad, en un momento determinado, que luego hubiesen quedado allí para su exhibición. Por disposición de Irvins se investigó aún más. El sabio Agur, de los apkon, dio tal vez con la mejor definición: se trataba de universos de tiempo con fragmentos espaciales de ese único momento.

Lo más interesante vino cuando se empezó a estudiar el contenido de las Masas. Tal como sugerían los teóricos, estas contenían fragmentos temporales de cada región de nuestro Universo Local y, por supuesto, del de muchos otros, vaya a saber en qué cantidad. Como no se trataba de momentos elegidos al azar, lentamente fue quedando claro que había una Masa completa para un momento A de cadenas de universos, otra Masa para el momento B y así indefinidamente. Por lo tanto, intrínsecamente, las Masas conservaban todo lo que había sucedido en cada universo, incluyendo el nuestro. De algún modo misterioso, en una Masa se conservaba una escena determinada y luego, en otra Masa, venía su continuación.

Esto planteó nuevas posibilidades. Irvins se reunió de nuevo con los sabios para definir mejor qué era lo que tenían delante. Más allá de cuál fuera su mecanismo, las Masas de aquellas galerías conservaban el tiempo, algo que al hombre siempre le pareció tan fugaz. Daba la impresión que en aquellos parajes, ellos u otros podían volver a ver y recuperar cualquier momento en particular de la Historia Universal y del lugar que fuera. Era como la posibilidad de “manipular” el tiempo, no ya simplemente trasladarse por él. Pero no era todo. Las galerías eran muchas, incontables. Cierto censo realizado  más o menos al azar reveló, sin embargo, algo que parecía ser un ordenamiento inteligente, como todo lo que venían encontrando en la Casa. Las galerías, en cierto modo, también semejaban ser pisos, escalones o niveles en donde la ubicación dependía del pedazo de tiempo que contuvieran las Masas. Agur, una vez más, lo planteó de otra forma: las galerías eran como estantes de una biblioteca.

Irvins apenas lo podía creer. ¿Acaso estaban en frente de una colosal Biblioteca del Tiempo? Agur le asegura que esa es una buena analogía. Evidentemente allí el tiempo se conserva intacto y así lo demuestra una serie de sondeos realizados en las Masas. Una de ellas, específicamente, les mostró una “foto” de cómo era el Universo Local unos 3.000 M.A. después de su creación. Fácilmente se podían reconocer galaxias primitivas y condensaciones desiguales de materia que darían lugar, mucho después, a las Burbujas. En otro momento diferente, otra Masa les mostró nada menos que la Vía Láctea aproximadamente, en la época en que fue formado el Sol, hace ya 5.000 M.A. Al recoger estos datos, la visión que obtienen es muy curiosa. Todo se ve tan pequeño que necesita ser ampliado, y la única sensación de movimiento la dan las cámaras que recorren la imagen de una galaxia a otra. Todo lo demás permanece absolutamente estático.

Aquí se plantea de nuevo un importante debate. Si en el Universo Local la historia ha sido modificada, ¿cuál será la que se conserva aquí? ¿Persistirá el mal o no? Esto lleva a hacer nuevas investigaciones pero los métodos de que disponen son aún muy primitivos. De hecho, están en lugares que nadie sabía ni que existieran. Ahora bien; lo que sí descubren a través de ciertas mediciones es que, de alguna manera inexplicable, las Masas interactúan con los universos que reflejan. Este intercambio se produce a través de un elemento extremadamente sutil que apenas puede ser medido. Cierta vez que Irvins medita ante una imagen de un grupo de Masas de una galería en particular, Agur se acerca con las últimas noticias.

  • No sé cómo explicárselo, pero haré lo posible –asegura– Supremo Irvins, las Masas son “Filtros”.
  • ¿De qué? –interroga éste.
  • Algo que los humanos designan como almas, aquello que da conciencia a cada ser viviente, no sólo los humanos.

Irvins queda perplejo. Al igual que ellos contemplan las Masas, las almas se corporizan en los universos insertándose en las Masas para “caer” o aparecer o nacer en alguna parte. Esa es la interacción que hay entre las Masas y los universos. Ahora bien; ¿cómo se lleva a cabo este proceso? Por lo pronto, parece evidente que el origen de las almas se encuentra en otro lado y que las galerías son únicamente los lugares en donde se lleva a cabo la “selección” de adónde irán. Es algo así como si una persona que mirara un cuadro, de pronto se pudiera insertar  realmente en lo que el cuadro está mostrando. Además, Agur le comenta que tal vez ellos mismos estén en condiciones de “sumergirse” en cualquiera de las unidades de tiempo de las Masas.

Aunque para Irvins no es algo tan importante, Agur procede a demostrárselo. Una vez que es localizada una Masa con la “foto” del Universo Local, el apkon elige uno de los mundos clásicos de Tau Ballena. A través del haz que los conecta visualmente le demuestra, experimentalmente, que se puede enviar cualquier objeto allí, en el año 3500, sin que nadie lo note ni eso altere nada importante. Un alma, en cambio, no quedaría librada al azar sino que lo lógico es, que se inserte en el cuerpo en formación del vientre de una madre. Teóricamente, le demuestra que esa alma no puede recordar nada de dónde viene, porque es un espíritu sin memoria física; simplemente anhelará volver al lugar de donde supone que viene. Irvins lo interrumpe. Para él, eso también demuestra que las almas no hacen una elección voluntaria, sino que son instrumentos de la voluntad de otro. Lo que dice Agur es exacto, pero no sería ese el final de la cadena sino que las almas dependen, a su vez, de un poder superior. Tal vez de quien ha creado todo este andamiaje portentoso que constituye la Casa.

A continuación, Agur le demuestra que no todas las almas son iguales sino que poseen distintas categorías. Hay que averiguar cuáles son las que usan las Mentes Galácticas, por ejemplo, para compararlas con otras. Pero, además, es menester saber cuál es el motivo exacto por el que hay almas que parecen ser “escogidas” y otras no. Tema difícil si los hay. Por eso, Irvins decide asignar un cierto tiempo a estas y otras investigaciones. Están apenas en una parte de su misión. La idea es que, luego de explorar las galerías, deben seguir adelante rumbo a las nuevas estructuras que puedan encontrar en la Casa. La posibilidad de haber encontrado lo que podría ser uno de los límites es extremadamente interesante, ya que ahora parece más cercano el momento de establecer si se puede trazar un plano de la Casa o si fuera de esta existen todavía más cosas. A esta altura, los cosmólogos ya no estaban muy seguros. Todo lo encontrado hasta ahora no sólo revelaba una inteligencia infinita, sino una organización realmente admirable pero cuya finalidad y propósito estaban muy lejos de ser conocidos y entendidos. Nadie se explicaba realmente a qué obedecía la existencia de un Cosmos millones y millones de veces mayor de lo que se había creído por siglos o milenios de historia. Pero también quedaba claro que, efectivamente, alguna finalidad debía tener. Semejante ordenamiento de estructuras no podía existir sin que hubiera alguna razón verdaderamente importante.

Así es. Pensemos que, para entonces, la Federación y demás civilizaciones e Imperios aliados, sabían que nuestro Universo es sólo uno entre miles de millones, cada uno de un tamaño y complejidad equivalentes o mayor todavía. Por donde fueran siempre había algo más, de modo que cualquier conclusión a la que hubieran llegado hasta entonces siempre tenía que ser modificada por los nuevos descubrimientos. Pero he aquí, que iba a suceder algo importante que les iba a llevar a conocer misterios que, de otra manera, nunca habrían podido determinar por el simple hecho de viajar de un universo a otro. Sucedió que, después de un tiempo, Agur y sus colaboradores lograron explorar franjas del espectro electromagnético prácticamente ignoradas. De pronto, a bordo comenzó a sonar una especie de alarma proveniente del mismo instrumental. Irvins se presentó en el puente a ver qué era lo que sucedía. En varias generaciones de exploradores nunca se había dado un caso así. Lo increíble es que, a partir de ahí, una parte del instrumental comenzó a funcionar solo y las luces de a bordo comenzaron a apagarse. Lentamente, empezó a distinguirse una especie de figura delante de ellos, tremendamente luminosa, hasta resultar enceguecedora. Es allí entonces cuando se escucha claramente una peculiar voz que, les dice:

  • Bienvenidos. Sean ustedes muy bienvenidos.

Irvins no comprende y replica que en realidad ellos le dan la bienvenida, sea quien sea. Curiosamente, el otro replica que no es así.

  • Nos han encontrado –dice– Dígannos qué es lo que desean.
  • Nosotros no deseamos nada en particular, hace mucho tiempo que tenemos lo que queremos. Sólo me interesa saber quién o qué es usted.
  • Yo soy un alma superior. Nadie más ha llegado nunca hasta aquí. Es un honor recibirles.

La figura terminó de formarse delante suyo, con un aspecto vagamente humano. Los federales parecen haber descubierto algo completamente insospechado.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Martes, 13 Agosto 2019 02:38

Muda de piel / Saúl Martínez /

 

 

Muda de piel

Saúl Martínez

 

Desperté agitado y mi primer reflejo fue buscar mi arma. Acostado y adolorido miré para todos lados y a los pocos segundos me di cuenta que estaba en un hospital. “Cálmese, señor, todo está bien, está en el Seguro de Tijuana”, me dijo una enfermera que sujetó los hombros empujándome contra la cama mientras las patas rechinaban en el piso de linóleo. Comencé a calmarme y con los jadeos disminuyendo pude observar una pequeña mesa que tenía al lado de la cama, en la que solo había una botella de alcohol para untar, torundas de algodón, un catéter y lo que parecía mi cartera y mis cigarros. Cabrón, sí estaba en un hospital. A uno de los compañeros de la enfermera que iba entrando a la habitación le dijo con un gesto que ya no era necesaria su ayuda. Unos segundos después, la mujer regordeta y chaparrita salió del cuarto.

Las punzadas en mi cabeza arreciaron cuando la recargue de vuelta en la almohada. Traté de entender cómo había llegado ahí, pero las palpitaciones solo me hicieron cerrar los ojos y llevarme las manos a la cara. El aroma a formol, medicinas o quién sabe qué químicos me atascaron la nariz. Solo pude pensar en lo que me dijo la enfermera. Pero, ¿Tijuana? ¿Cómo chingados llegué a Tijuana? Al menos sabía dónde estaba, solo me faltaba saber qué día era y por qué me sentía todo puteado. ¿Dónde está mi arma?”, le pregunté a la enfermera cuando regresó al cuarto con una jeringa lista para clavármela en el brazo. “Eso no lo sé, oiga, y ya cálmese, ahorita viene un doctor a hablar con usted”, me respondió la señora sin verme a los ojos. Enfundada en una filipina color pistache, la mujer le quitó la tapa a la jeringa y limpió mi antebrazo con una bolita de algodón alcoholizado. La luz del sol entraba con madres por la ventana, pero dentro de la sala de recuperación el aire seguía bien pinche helado y sobre todo, hediondo a químicos y medicinas. Siempre asocié esos aromas con la muerte.

Traté de recordar y me esforcé por comprender, pero el dolor de cabeza me lo impidió. Lo que sea que haya tenido esa jeringa me hizo sentirme amodorrado. Mi malestar general iba disminuyendo y me costaba mantener los ojos abiertos, los sentía cada vez más secos y más pesados. Antes de caer rendido, intenté reconstruir lo último que mi memoria me permitía.

Me habían mandado a cumplimentar una orden de arresto por un robo con violencia. Ajá. Luego subí a la unidad con Ramírez. Ok. Fuimos al rancho en Tecate donde se supone que encontraríamos a un asaltabancos prófugo de Mexicali. Bien. Me tocó manejar, agarramos carretera temprano y nos acercamos a la entrada de un rancho, donde un hombre flaco de barbas canosas limpiaba el pastizal con un rastrillo. Sí. ¿Y luego qué? ¿Qué más? ¿Qué? ¿Eso fueron disparos? Balazos. Sí, fue eso. Finalmente me rendí tras unos breves segundos de agitación. No pude hilar más pensamientos. Me rendí al sueño.

 

Este tal “Poblano”, el asaltabancos, ya le traíamos la huella. Lo investigamos por tres robos en los bancos que están dentro de las tiendas Coppel, unas pinches tiendas con nada de seguridad y por más que se los hemos dicho, nomás no entienden. Hasta parece que quieren que estos cabrones les roben con lo fácil que se las ponen. En fin, al comienzo de las investigaciones de los casos que se habían denunciado meses antes, nunca nos pasó por la mente que estuvieran ligados entre sí. Más menos, siempre eran unos veinticinco mil pesos el botín. En los tres asaltos pensamos que los sospechosos eran distintos. Una mujer pelirroja, un cholo y una viejita. El error del “Poblano” fue haber dejado la peluca canosa en uno de los autos en los que huyó y que encontramos en el canal Tulichek. Al cabrón se le quedó un pelo en esa madre y cuando lo mandamos con los peritos lo pudimos identificar. Cuando supimos que andaba de vestida, nos pusimos a revisar los videos de circuito cerrado de otros casos. En todos los asaltos usó la misma

arma, una Desert Eagle con unas cruces grabadas, muy raras para estos rumbos. Las piezas del rompecabezas fueron embonando solitas. El caminado, alguna postura, la manera de sostener de lado el arma, la forma del mentón. Al final, por ese pelo lo identificamos. Antes de eso estuvimos como pendejos buscando a tres personas distintas.

 

Comencé a recobrar poco a poco la consciencia y la lucidez. Ramírez subió al cuarto a verme. Traía un collarín y un cabestrillo que le ayudaba a sostener su brazo derecho. Quise recomponer el rostro para preguntarle qué había ocurrido, pero su cara trataba de contener una carcajada burlona. “¿De qué te ríes, cabrón?”, le pregunté. “No mames, pareja, te ves bien chistoso en esa bata sin calzones, cabrón”, me respondió con una risa burlona que luego se convirtió en quejidos por un dolor en las costillas. “Ándale cabrón, síguete riendo”, reviré. “¿Qué fue lo que pasó, eh?”, le pregunté. “Híjole, pareja ¿en serio no te acuerdas?”, me cuestionó antes de sentarse en una silla al lado de la cama, estirar los pies y acomodarse el cabestrillo luego de un breve gimoteo. “Si me acordará no te estuviera preguntando, cabrón”, le respondí enojado. Se le borró la sonrisa de la cara, tomó algo de aire y comenzó a hablar.

Su explicación, duró menos de cinco minutos. Cuando nos acercamos con el señor que rastrillaba el pastizal a la entrada del rancho para preguntarle por el “Poblano”, notamos que una serpiente de cascabel se había escabullido inexplicablemente al interior de la cabina de la camioneta. La fobia que les tengo me hizo pisotear los pedales de la patrulla en un intento de evitar una mordida. Luego pisé el acelerador a fondo. También saqué la pistola y le comencé a disparar al suelo buscando matar a la culera. En mi episodio de pánico, la camioneta enfiló en dirección desconocida a alta velocidad. Chocamos contra una enorme piedra que adornaba la orilla de la carretera y que marcaba la entrada a la finca. Yo no llevaba el cinturón de seguridad

por si tenía que bajarme a prisa de la camioneta, ya saben, en caso de tener que actuar en la inminente detención. Por eso me llevé la peor parte cuando la cabeza se me estrelló en el parabrisas, aunque la bolsa de aire igual me dejó adolorido el torso. Mi compañero sí traía puesto el cinturón de seguridad y solo resultó con algunos golpes, nada grave. Tendrá que usar collarín y el cabestrillo por unos días. El jefe ahora anda valorando si debo pagar los daños de la patrulla y los de Asuntos Internos me abrieron un expediente, por si hay responsabilidad qué deslindar. Pendejos. Lo peor de todo fue que la serpiente había salido ilesa y había logrado escapar, al igual que el asaltabancos que buscábamos, según lo que me dijo Ramírez. Malditos.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

 

JEAN PIERRE NEDELEC

BENEFICIO

Traducción del francés de Marceau Vasseur y Miguel Ángel Real

 

(Extracto de Hiroshima Cap-Sizun, Ed. La Part Commune, Rennes, Francia, 2013)

 

 

¿Recuerda a ese muchacho? ¡Sí, sí! Haga un esfuerzo, pelirrojo apenas, con el pelo tan tenso como la claridad de su mirada. Era, en aquella época, algo así como un animalillo que se había escapado de la jaula, que sorprendía por esa indolencia que oponía frente a cualquier investigación.

Un buen chico.

En cuanto se sentó es lo que me dije: un tipo al pelo. Y fue solo después de que se fuera, tras haber estrechado esa mano franca, firme sin exceso, cuando me dije: un buen chico, sin duda. Que acababa de pasar unos años a la sombra, tal y como atenúa nuestra lengua para callar la violencia o lo inadmisible. Acababa de agotarse y después de rehacerse en chirona. Casi cinco años.

-Ya basta, me dijo, y el esbozo de su sonrisa se negaba a dejarse dominar por el rencor, lo bastante como para convertirse en un profesional de los muros, de ponerse en forma inútilmente y de los colmillos que crecen.

¿Se acuerda, digo? No de su dulzura; de su lentitud sin freno, sin tropiezos. Desenvoltura no le faltaba. No se precipitaba.

-No puedo decir que tenga tiempo. Más de cuatro años, cuando no te queda más que un poco de mar interior, te tuerces un poco, normal.

Comprendí que no había que ir demasiado lejos ni demasiado deprisa. Tal vez llegaría, pero a su antojo, el momento de hablar.

El que, de algún modo, me lo había confiado, y eso ocurría por teléfono, me aseguraba que aunque el muchacho sabía comportarse con dureza, no era necesario andarse con cuidado.

 

Como un choque. No amor, no. Deseo sin duda. En modo alguno por la piel. En lo que a mí respecta, por sus ojos, por la evidencia.

No entiendo que usted pretenda no acordarse de ese muchacho. Ese olvido, o más bien, se lo concedo, una omisión. Correr un velo es extraño. Es cierto que hablaba poco. No siempre. Elegía el silencio, radical, en cuanto alguien llegaba. Hubo momentos en que, sin gesticular, yo percibía una llama que se elevaba, que cualquier pequeña contrariedad -el paso de un desconocido, una voz, unas lejanas estridencias al teléfono...- apagaba.

Terminé por hablar. Con él. Sin el más mínimo reproche. Intentarlo. Valga como ejemplo sugerir que las mujeres y los hombres que por necesidad venían a encontrarnos, merecían nuestro interés y sin duda nuestra confianza.

Él no intenta negarlo.

-Pero, dice en cuanto viene alguien, alguien que habla, necesito escuchar. Cuestión de supervivencia.

-Nada le impide tomar parte en la conversación.

-Sin duda, pero entiéndame, todo me lo impide, puesto que no sé nada.

 

No era complicado. Aquella otra mañana, en cuanto cruzó la puerta, un brillo aparente:

-¡Todo va bien! ¡Hola!

Haga un esfuerzo. No lo comprendo. Ese muchacho, ese pelirrojo; no, no realmente rojo, ¡vivo! Los ojos, siempre esos ojos, imposible de decir azules, verdes, ni simplemente glaz1, aunque uno también percibiera en ellos un mar sombrío. Para simplificar, nuestra indolente imaginación se detendría en la imagen del lobo. Pero nada menos cierto. Una pizca de zorro, o más bien de un zorrillo sorprendido al final del día, una tarde de mayo.

-¡Ocho años!

El fiscal había pedido dos meses... por caja fuerte, como si no se tratara más que de una burda historia de corsario. Incluso perdonaba algunos meses, bromeando. “Un regalo, se había mofado, con una sonrisa mala, porque a pesar de ser tan dañino, no le faltaba talento.”

Veo que asiente. ¿Debo entender que por fin recuerda ese proceso?

 

Por mi parte, solo tuve que interesarme por este novelón (pues había una frecuencia bastante regular en las operaciones: primero cada quincena, luego, por prudencia o por necesidad de preparar mejor los golpes, cada mes) después de que hubieran abierto la quinta o sexta caja fuerte. La prensa comenzaba a mostrar su avidez. Se hablaba en los cafés, en los comercios, en la oficina. Uno sentía que las autoridades andaban alteradas, y nunca soy el último en alegrarme de los fracasos de los policías y de los gendarmes, y de las malas jugadas que esas instituciones traman entre sí. Lo reconozco, a partir de la vigésima caja fuerte, me quedé maravillado. ¡Treinta! ¡Cuarenta! Aún hoy sigo sin saber distanciarme de este relato, aunque no haya desempeñado ningún papel en él.

 


 (1) Palabra bretona que indica a la vez los colores verde y azul. 

 

Y la noche en que todo dio un vuelco. Acababa de encontrarla. Me había avisado de que no la asustara. O más bien había dicho:

-Ojo, que se las trae.

-¿Más que tú?

-Ha sufrido mucho

-¿Más que tú?

-Es una mujer...

 

Una historia de artista, si uno se fija bien. Uno de esos muchachos, salido de ninguna parte o casi, que aparecían de pronto en los talleres de Roma, de Florencia o incluso de Bassano, por el amor de los mármoles.

¡Cerrajero!

¡Ay!

En cuanto chilló “cerrajero” nos entró a los dos una carcajada...

¡Cerrajero!

-¡Ay!, dice sin aguantar la risa, me tenía que tocar a mí. El único artista que aún meten en la cárcel por su talento, al menos en este país.

 

¡Tiene usted que acordarse! Todos los artículos afirmaban que esa caja fuerte había sido perforada. El rumor lo desmintió rápidamente, hasta el punto de sospechar de antiguos colaboradores de la empresa, porque no hubo efracción. Un trabajo limpio y preciso. El segundo, por la zona de Lamballe. ¡Y luego, en Plougasnou! ¡En Porspoder! ¡Una caja fuerte en Porspoder2, se da usted cuenta!

Eso también hablaba de su firma; no atacar a las grandes sociedades, bien orondas en prósperas zonas industriales, vigiladas por múltiples servicios de seguridad; no se les esperaba en los pueblos.

La frecuencia fue disminuyendo. Había que aguardar; aguardábamos y, lo reconozco, esperábamos.

¡Y una nueva caja fuerte en  Carhaix, en Guéméné, en Pornic!2 Siempre en Bretaña.

Pasó lo de esa caja fuerte en Rezé2. Un periodista, delirando, llegó a insinuar que se trataba de una especie de manifiesto político, una manera de reivindicar el regreso del departamento del Loira-Inferior a su cuna histórica3, y estimaba que habría que esperar una próxima incursión en Machecoul, o mejor en Clisson... pero fue en Fougères.



(2)Localidades del oeste de Francia: Lamballe (13.000 habitantes), Plougasnou (2.800 h.), Porspoder (2000 h.), Carhaix, (7.000 h)y Guéméné (1000 h) están en Bretaña; Pornic (14.000 h), Rezé (40.000 h), Machecoul (6.000 h), Clisson (7.000 h) y Fougères (20.000 h) en el estuario del Loira (ver nota 3) 3Bretaña se compone de cuatro departamentos desde 1956, año en que el Loira Inferior (Actualmente “Loira Atlántico”) pasara a pertenecer a la región de “Países del Loira”. Se trata de un tema polémico puesto que ciertos movimientos políticos piden la reunificación administrativa de los cinco departamentos en una sola región Bretaña.

 

Ya ve usted que me entusiasmo  y termino yéndome por las ramas, pero creo haber guardado un recuerdo preciso de ese Tro Breizh4 del que nadie puede negar la originalidad. Pero ese muchacho, ese pelo rojo, tan breve, tan salvaje… Siento que su memoria se va despertando.

 

¡Cuarenta y ocho!

Había abierto cuarenta y ocho cajas antes… ¡Como la seda! Y la mayoría de las veces, no sólo dinero, sino también cosas embarazosas. De ahí la escasez de informaciones transmitidas por las autoridades, con el pretexto de que no se debía entorpecer la investigación.

 

En realidad, eso ocultaba sobre todo el desconcierto tanto de los investigadores, que no conseguían establecer un esquema creíble de búsqueda por falta de elementos que pudieran ser utilizados, como de las víctimas, más incómodas por la desaparición de ciertos documentos que por haber perdido dinero: un asunto de seguros.

Había comprendido, por otra parte, que sus cómplices reunían con esmero fotografías, películas, cintas de toda clase, informes diversos, planeando cómo negociar su devolución; lo cual no le agradaba mucho; le gustaba el trabajo limpio, claro, sin huellas, y llevarse esos elementos de los que presentía el hedor, significaba también ir almacenando huellas.

Si sólo hubiera dependido de él, habrían suspendido la serie. Pensaba además que habría bastado con desaparecer seis meses o un año, y los policías habrían archivado el informe, o al menos le habrían dedicado cada vez menos atención y medios, al tener otros asuntos que atender. Después de todo nunca mataron a nadie; ni siquiera hubo agresión alguna, exceptuando la de un perro con el que no habían contado durante los preparativos. Algo que le disgustó mucho.

Le gustaban los momentos de descanso. Un poco de pesca en un lugar tranquilo, en las rocas menos accesibles, no lejos de la Punta de la Jument5. Línea de fondo, solamente línea de fondo, para los dedos.

-¿Para los dedos?

-Por la sensibilidad. No vigilas un corcho, sino que sientes a distancia el más mínimo frote del pez en torno a tu cebo, las tentaciones, las ligeras mordeduras; los pellizcos. Se dan cuenta de que tu carnada no es ni católica ni ortodoxa, que no se presenta en condiciones normales. Hasta que la avidez se lo lleva todo. Y eso lo sientes, tu dedo obedece al impulso, y el pez muerde el anzuelo. Trabajo siempre como un reloj. Siguiendo sensaciones ínfimas. Nueve de cada diez veces, antes de que mi presa salga del agua, conozco la especie.

 


(4)Tro Breizh (Vuelta a Bretaña, en bretón), es una peregrinación catolica en torno a Breataña a través de las ciudades de los siete santos fundadores de la región. 5Nombre de diferentes promontorios en Bretaña

 

No comprendía esa relación entre el dedo y el reloj.

Todas las cajas fuertes tienen algo. Como tu abuela, o más bien su reloj, rio de buena gana. Recuérdalo. Ese suave “clic” que anunciaba la puesta en marcha del carillón. Apenas perceptible, y sin embargo notabas la diferencia cuando ibas a casa de una vecina. Apenas nada, y es esa nada lo que necesito oír… con los oídos o con la punta de los dedos.

 

Yo recordaba nuestros pecados de infancia en la Punta, o más a menudo sobre el malecón. Los anzuelos que recogíamos en bajamar, en los cabos apresados entre las rocas. Anzuelos oxidados por haber chupado el agua marina tanto tiempo. Y esa nada en la punta de los dedos, ese leve escalofrío, allá al fondo, esa curiosidad apenas perceptible sobre el cebo y ¡zas! ¡Te cogí, bonito! Casi una caricia del sedal en la yema del dedo.

Todo lo que dice le llega en violentas bocanadas, como una película en las tardes de mayo o junio. 

El oído, prosigue, pero también el tacto, como durante la pesca. Maravilloso, añade, cuando los dos sienten juntos. Sin diferencias. El dedo no se precipita. Si no, todo se va al traste. Imposible volver atrás. Imposible hallar de nuevo en un corto instante la armonía perdida. Un nivel más allá de esta unión, y es el divorcio.

Por mucho que se considerase experto en este arco mágico que unía en una red todos sus sentidos, siempre se había atascado no el cerebro sino los sesos, mi sesera en lo tocante a los hombres. Había dejado que se le acercaran dos tipos que le prometían maravillas, ya no tanto dinero, ni palacios, ni coches, ni trajes de chulos a los que veía como a magnates; había probado aquel mundo, por supuesto, no sin cierta ebriedad, pero tenía mucha prisa de volver cuanto antes a la orilla de su mar, al silencio, a ver algunos rostros familiares, o a los olores de la bajamar -violentos perfumes. También vinieron las mujeres. Las que le acompañaban en unas escapadas que él consideraba demasiado vistosas. A veces se había dejado deslumbrar, sintiéndose entonces irresistible, cuando dos años antes había vivido un martirio ante el despuntar del más mínimo deseo.

Aquello fue el principio del fin. Solo se dio cuenta de ello más tarde, durante los careos.

Una muchacha había sido castigada severamente por no haber respetado las reglas del juego. Él no sabía si era simpatía o piedad, o simplemente cansancio; ella no había fingido ser la chica cautivada por el encanto del artista de los dedos de oro. Había murmurado que estaba de servicio, que le habían pagado.

¡Qué palo! Todos sus miedos de adolescente remontaron al galope.

 

No es fácil hablar de un amigo. De éste aún menos que de los otros. Esperé. Una historia de mareas. No sé si usted puede entenderlo. El tiempo no borra gran cosa. Tantos objetos perdidos que el mar devuelve...

¿Por qué reprimí esta historia durante tanto tiempo? Se quedó enterrada como una moneda de oro que ha caído del bolsillo en la tierra del jardín se abraza al barro, lo penetra, desaparece hasta el olvido, hasta ese golpe de pala que voltea un terrón siglos más tarde.

 

Acabó en la cárcel. Ciudad de los Corsarios6. En el fondo, una celda bastante tranquila, pero una celda. Una carta de ciento en viento. Las más veces procedía de una desconocida. Nunca intentó comprender por qué. Había oído hablar vagamente de redes, pero sin prestar particular atención al sistema, por otra parte más bien agradable, aunque no pudiera corresponder a lo que él habría esperado de una correspondencia; y de todos modos, no esperaba nada.

Sin embargo, las leía todas, distraídamente. Un poco por buena conciencia, por el esfuerzo de la desconocida. Respondía poco, o de una manera que no invitaba a proseguir, con esa justa distancia que la destinataria notaría, con todo, como definitiva.

De pronto, una carta llegada de quién sabe dónde, tan distinta, que no anunciaba nada del sello particular de las buenas obras.

Sin caridad:

Nos hemos visto dos veces. En el hotel y en el despacho del juez. No me asusta una tercera vez.

 

¡La muy zorra! La muy zorra le escribía que gracias a él, por fin... porque había sufrido mucho a causa de él, a pesar de los golpes, las marcas, las amenazas, había dicho lo que había visto, poca cosa en realidad, bastante sin duda para desenmascarar a algunos de los cerdos que la habían lastimado: no había pretendido hacerle daño a él. Una vez que los que la atormentaban cayeron en la trampa, hubo que establecer lazos, seguir pistas, descubrir una parte del botín robado tras la apertura de las cajas y destinado a esos chantajes que dejaban mucho más que los valores que contenían, esas fotos que habían provocado a menudo tantas imaginaciones estratégicas. En fin... A ella le quedaban aún dos semanas en una Institución -ella escribía Institución, y él comprendía que no quería decir con las monjas -, había encontrado un trabajo, un estudio, y le gustaría, si a él le apetecía, visitarle. Se había informado. Era él quien debía solicitarlo al juez. Añadía también que no quería ponerle en una situación embarazosa.Una carta de verdad. Sin compasión, sin buena conciencia, sin segundas intenciones malsanas detrás de esas líneas.Escribió al juez ese mismo día, sin intentar ocultar quién era esa mujer para quien pedía (no solicitaba) un permiso de visita.


(6)Saint Malo, en el norte de Bretaña, donde se encuentra la cárcel del relat

 

 

Y tres días más tarde se produjo lo impensable. Acababa de tragarse ese brebaje, ese supuesto café, tan desleído que apestaba a desprecio.

-El Jefe le espera.

La carta sin duda, pensó. Sin embargo, no exponía nada en ella, y tal vez fuera por eso; ni la más mínima señal, ni la menor queja sobre la vida entre aquellos muros. Nunca había manifestado su impaciencia. Sino en silencio, sin señales visibles, desde aquella carta en la que no comprendía mucho, excepto que ella no pedía nada, o tan poco, pero sin saber por qué vislumbraba en ella una luz, un punto lejano hacia donde dirigirse, como el eje que traza la mirada atenta hacia una marca en la costa.

El Jefe está de pie. Es curioso. Normalmente se acomoda en su sillón. Su manera de afirmar lo firme de su posición. Incluso creyó que se disponía a estrecharle la mano. No estaba a gusto.

-¡Vayamos al grano! Le necesito a usted, a su talento. Para abrir una caja fuerte, ¿qué necesita?

-Yo no abro cajas, ya lo sabe.

-¡Vamos! ¡Vamos! No vamos a andarnos por las ramas. Lo juzgado, juzgado; pero necesitamos su ayuda.

-Es absurdo.

-En Rennes7. Hay que abrir una caja.

-No entiendo. ¿Por qué quiere usted ponerme a prueba a tan solo unos meses de mi libertad?

-En la prisión de mujeres. Una caja cerrada en un descuido, llaves dentro, combinación perdida.

-No es asunto mío.

-Mi colega acaba de llamarme, conoce su historial...

No es necesario extenderse sobre este instante. Mi amigo había comprendido perfectamente lo que estaba en juego. Pidió -con rudeza, recuerda- que le llevaran a su celda. Y después, antes de salir del despacho del Jefe:

-¿Quién está al tanto? Sólo quiero habar con el Juez (había dicho el JAP8). Volvió a su celda, con sus dos compañeros. No preguntaron nada. Comprendieron que pasaba algo anormal, grave tal vez. Respeto.


(7) Capital administrativa actual de Bretaña, 210.000 habitantes  (8)Juge d'Application des Peines,: Juez de Ejecución de Penas

 

Sobre las doce, vino un carcelero, uno diferente del de por la mañana.

-El Jefe quiere verle.

¡Que venga!

Jobig y Matou se retiraron, por instinto, al fondo de la celda.

Creo que tiene buenas noticias. El JAP está en su despacho.

Por poco salió corriendo, como un loco. Y ese otro en él, lo bastante fuerte como para agarrarle por el gabán.

No traicionarse. No aparentar nada.

-¡O.K.!

Conocía al Juez. Ya le había concedido algún beneficio penitenciario por buena conducta, y por un comportamiento que bien podía ser calificado de ejemplar, pero... había un pero... porque muchos de sus cómplices andaban aún sueltos, y algunos ni siquiera habían podido ser identificados. Que no contaran con él. Nunca había soltado nada.

El Juez no se anduvo con rodeos:

¡Tres meses de beneficio penitenciario si acepta ir a Rennes y abrir esa maldita caja!

Las palabras expresaban un malestar de circunstancias, pero su mirada lo desmentía.

Claramente, el Juez se reía en silencio.

Seis meses.

-No es posible.

-Carcelero, lléveme a la celda.

-Cuatro meses.

-Seis meses.

-Cinco y su silencio.

Aún no sabía cómo había podido contener esa deflagración de la cabeza a los pies, con el corazón saliéndosele del pecho: ¡su caja número cincuenta, a petición de aquéllos que le habían condenado! ¡En la cárcel! ¡Una caja! ¡En la cárcel! Y cinco meses de beneficio penitenciario, y esa chica al final, incluso antes del verano que se anunciaba.

De acuerdo. En cuanto reciba la notificación;

¡Carcelero!

 

Publicado en VENTANA FRANCESA
Viernes, 12 Julio 2019 03:07

UN GATO MUY GATO / SANDRA GALLARDO /

 

 

UN GATO MUY GATO

SANDRA GALLARDO

 

 

     “ ¡ A mí la muerte no me asusta!” Decía un viejo gato  que todas las tardes presumía  sus  pecados gatunos,  sobre el desvencijado tejado de una antigua casona. “He vivido  tanto que la muerte será  un paso más, algo así como comerme un plato de salmón y recordar los maullidos de mi  vecina; ella, a diario me despierta con sus  ronroneos amorosos, a pesar de que su dueña   arremete contra nosotros y escoba en mano me persigue a lo largo y ancho de su jardín y me recuerda mi plebeya estirpe. 

Justo en el momento en que el orgulloso                                                                       aventurero se lamía  los largos bigotes y sé acomodaba sobre sus  patas para sentirse cómodo y así,   repetir una vez más sus  correrías; un fuerte  temblor  sacudió la casa. La sacudida fue tan fuerte que  las enmohecidas  tejas sé desprendieron de las vigas,   sin salvarse,  aquella  donde el gato estaba sentado. Como impulsado por un resorte dio un  salto,   clavó las uñas  en la desgastada madera   y colgó peligrosamente.  Jalado por  su   peso  poco a poco perdió   terreno.  Su cuerpo se precipitó  al vacío. En un intento de protección,  imploró auxilio con un desgarrador maullido. En la penumbra, sus ojos   tenían un singular brillo, como  si quisieran iluminar  su muerte.  Frente a él, desfilaron  vertiginosamente sus correrías: los ojos verdes de su última novia, sus alegrías y tropiezos,  además su amado tazón  con leche que todos los días, la abuela dejaba  bajo la enredadera. Las multicolores luces de su desesperación lo cegaron y no supo más.

Tiempo después abrió los ojos, cauteloso se puso de pie,   se estiró  lentamente, en espera     de que algún  hueso le molestara; interrogante, observó temeroso, dio  unos pasos; sorprendido vio que todo estaba en calma,  la casona estaba intacta. Dando pequeños pasos caminó por la estrecha vereda  hasta el jardín: ahí, bajo la enredadera estaba el tazón  con leche, pasó sin tocarlo,  desvió la mirada,  cuándo una risueña gatita le envió un coqueto miauuu. Siguió de largo, hasta llegar al pie a la barda, todo indicaba que subiría a ella  para alcanzar el tejado y como era su costumbre exagerar sus pasados romances,  pero esta vez,  sólo se limitó a lanzar largos maullidos como si algo   lo detuviera; quizá era el resabio de su terrible pesadilla.

 

 

 

RETROSPECTIVA                                                        Dedicado a: Esaú Briones 

                                                                                  E. D.

 

 

A medida que avanzan las escenas                                            

cae el telón de los rostros

surjo   con mi silencio a cuestas.

De ayer a hay , hay muchas lunas rotas

huellas inscritas

en el anverso y   reverso de esta ciudad que soy,

vientos y tormentas

en la fachada de aquellos días de sol.

Cada línea es un surco, cada surco una zanja

hube de poner puentes y reforzar andamios,

con hierro y concreto levanté mis torres

el cielo se hizo estrecho  sin mis marquesinas.

Las horas opacas bañaron mis espejos

el negro-azul de mis cabellos

el brillo de mis niñas de miel sé hizo de noche.

Del diamante incrustado en la diáfana roca

sólo queda una piedra ya carente de brillo,

una carta lacrada con una firma rota

un amor en la niebla cada día más lejano.

Mas, bendigo de la vida todos los tiempos idos

porque el venero muere al producir arroyos

y los arroyos ríos para volverse mares,

son aguas subterráneas  cada vez más profundas

no sé ven, no sé tocan porque son invisibles

y sin embargo,  sin embargo,  están.         

 

 

 

PRESIDENTE DE ESCRITORES DEL GOLFO DE MÉXICO, A. C.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Viernes, 05 Julio 2019 05:01

EL OTRO ESCENARIO / Homenic Fuentes /

 

 

EL OTRO ESCENARIO

Homenic Fuentes

 

 

 

Esta vez, el último momento  de su transformación y el más placentero fue cuando acomodó la peluca en su cabeza. Dejaba de ser Fabián, para convertirse en uno de los tantos payasos del circo. Enseguida ajustó alrededor de su cuerpo los tirantes. En el camerino, las pinturas y cada uno de los utensilios para el maquillaje esperaban. Miró a través del espejo un rollo grande de cinta adhesiva y pensó brevemente que desentonaba con todos los objetos multicolores. Sin dejar de mirar en el espejo se llevó las manos al cuerpo, sintió una pesadez aprisionando el pecho y su espalda. Hecho un vistazo  al reloj,  un tic tac  no audible se aferró al corazón. Pero esta vez se sintió un payaso perfecto, los grandes zapatos. El enorme traje y  un mínimo movimiento de boca y las líneas marcaban uno redonda sonrisa. Hoy sería un gran día. Camino al escenario hizo un recuento de su viacrucis. Primero las vejaciones en los autobuses intentando hacer reír a todos los pasajeros, para luego recibir a cuenta indiferencias. Luego, las fiestas infantiles a domicilio, ¡cuantas veces lo habían echado a patadas por su aliento alcohólico. Después los burdeles precarios, oliendo a orines. Corriendo  la pintura del  rostro en una vagina oxidada. Las imágenes asquerosas de su vida, serían reivindicadas, nada ha sido en vano. Hoy será un gran día, el odio le brota como agua bendita de las heridas.

 

La función comienza, el payaso brinca, grita, se divierte por primera vez. Aplausos, bravos, carcajadas saliendo de su cauce. La rutina la sabe a la perfección, tantas veces al día, a la semana, al mes, al año… Las personas de pie aplauden, él logra ver los rostros alargados, los cuerpos doblados, y es entonces cuando entiende la verdadera razón del circo: desquiciar, al espectador llevarlo de la mano al sitio más oscuro de su ser para hacer brotar la gran verdad: el gran ridículo de nuestra especie.

 

Los hilos se mueven. El payaso siente un leve roce de la cinta adhesiva  pegado al cuerpo. Las luces se dirigen a él para la gran despedida. Levanta las manos, recibe  los últimos aplausos mientras un olor a pólvora lo desintegran. La explosión extiende sus dedos incandescentes. Hilos delegados de sangre brotan  a velocidad de los oídos, en seguida el circo destrozado, cuerpos mutilados, Mano, hígados, páncreas, dedos, ojos regados por el suelo. Los colores carmesí salpica la vista, el humo crece y forma una gran carpa espesa y negra sobre los cuerpos. El bullicio y la sicosis se desbordan y en el ambiente el gran acto: un payaso desde el otro escenario

                               cuelga

                                         efusiva

                                              carcajada.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Martes, 04 Junio 2019 04:43

Y SUS ÁNGELES Waldo Contreras López

 

Y SUS ÁNGELES

Waldo Contreras López

 

 

Un lugar para mal morir. Yo sólo he estado en uno varias veces y esos momentos fueron suficientes para enamorarme de este lugar sincero como una tumba. Ahí conocí a una multitud de almas que cierran sus ojos al vivir, que se aferran a la muerte, hombres y mujeres de índole depresiva y llenos de miedo, con afanes para la cuesta abajo; un ejército de ángeles de Tánatos que hicieron de este lugar mi llongo preferido para matar los fantasmas que me asediaban. Un lugar moribundo para siempre, un rincón luminoso y ebulliciente de vida artificial. La culera vida en toda su expresión: dolorosa, cruda, poética y vulgar. Un gargajo luminosos bajo la luz tenue y el ambiente aromado por la mariguana, la metanfetamina, cerveza y vino; el tabaco y los perfumes baratos de la mujer llonguera y despotricadora; una casa ambientada por las sonoridades de la música “oldie”, funky, balada pop en inglés, rock sesentero, chicano… y Chava Flores, siempre Chava Flores. Y todos nosotros "nadando" en la espeses cálida de ese gargajo. La voz pausada, baja, de palabra inteligente, hilada dentro de un escenario mesmérico, encerrada en cuatro paredes; esa voz de tonada profunda salida de un tipo alto, delgado, nariz ganchuda y ojos de lechuza; ese muchacho borroso a quien todos llaman Drea dice: la única realidad que vale la pena padecer es la que explota dentro de nuestra cabeza; esas imágenes que nosotros creamos, todos esos rostros, esas sonrisas que jamás alcanzamos a completar, esos besos que nunca podemos saborear, esos sexos que jamás acabamos de calentar… ese amor que nunca conseguimos dar sentido… eso es lo único que debemos padecer; no vale la pena algo que existe fuera de nosotros porque simple y llanamente no le pertenecemos. Nada. Lo que hay fuera de mí o de ti; lo que camina, respira o mira, todo aquello que se materializa fuera de estas cuatro paredes no vale la pena siquiera para verle más de tres segundos de estos largas horas que vivimos. Yo, al menos, nada fuera de mí necesito.

–¿Te has enamorado alguna vez, Drea? –pregunté.

–Sí, sí me sucedió una vez y fue algo hermoso. Aquella no quiso recibirme jamás. Le entregó mi amor a otro: ella lo besó y el mundo se volvió tan difícil de cargar… ahora estas cuatro paredes me han curado… un poco, sí, pero al menos me siento a salvo de todo.

–¿Y por qué no vuelves a intentarlo?

El Drea al fin terminó de preparar su paquete de cristal; dio fuego al encendedor y se puso entonces a combustir el foco. El humo tóxico daba vueltas como un huracán feroz encerrado dentro de la bola de vidrio. Y fumó y fumó.

–¿Volver a intentarlo? –se rió, una carcajada queda y sonoridades maníacas–, yo sigo amando lo que ella es hasta ahora –dijo–, no hay algo nuevo que intentar. Ella vive en mí… esta bola de cristal también me la trae enterita… esta bola de cristal… de un modo tan jijo que hasta siento palparla.

–¡No! Pero si no ha de ser igual, Drea. ¡Jamás podrá ser lo mismo!

–¿Para qué la quiero a ella, Camels? Mi amor es algo que nadie puede tocar o ver, es como el amor carnal ¿sabes?, como tenerla aquí y tocarla… es lo mismo, lo sé. Su cuerpo ya no me interesa. ¡Esta bola mágica es como vivir con ella!… es una lámpara de Aladino.

–Te volverás loco pronto, Drea.

–Tú estás igual que yo, deberías probar a ver si te quita esa cara de pendejo que traes. ¿A qué vienes por acá? ¡Estás tan mal ahora, Camels!, ¿te curas con mariguana, rivotril y cocaína y no alcanzas a llegar a algún lado? No vengas a chingar y corregirme pues tú está peor: tú huyes de las mujeres, yo amo.

Huir es una forma del amor. El Drea es un verdadero ángel de Tánatos. Un hombre loco que ha descubierto las formas internas de su cabeza para vivir de lo que necesita.

–Tú quieres su cuerpo ¿verdad, Camels? Entonces ¿por qué no vas por él?

No soy como el Drea, yo soy un pobre diablo de Eros quien lucha por sobrevivir a su herencia genética de amador animaloide: el amor me está matando. No puedo creer que un adicto a la metanfetamina haya encontrado su camino. Gracias a la vida y para la salvación de mi alma que no tardé mucho en dar cuenta de lo muy poco acertado que estaba con respecto a mi amigo. Thànatos no perdona.

–Le subiré el volumen a esta canción, Camels. Ahora callemos; yo fumaré mi astilla de hielo mientras tú has de reflexionar sobre la finalidad de tu presencia aquí. Esta canción viene muy al caso en este momento, escucha y verás que tiene sentido en tu situación –se ríe con sus formas maníacas–, no vayas a llorar, por favor, o tanta mariguana, cocaína, cerveza y rivotril vendrán a ser un triste desperdicio –me guiña uno de sus ojos de lechuza y las bocinas suenan a todo poder. Suena: “Baby come back”, una canción de amor fresa de los ya olvidados años ochenta y sus peinados acuanet, pantalones entallados y sexualidades reprimidas–, a ver quién se vuelve loco primero, Camels. A ver quién se pierde primero en este triste camino.

El Drea termina de hablar... me abandona entre los ecos de sus palabras. El Drea se mete dentro de su cabeza, a su mundo; se esconde tras su sonrisa de demonio y sus ojos profundos. Su mirar se larga lejos de aquí.

La casa del Drea es un llongo más en estos barrios suburbanos. Sus calles de arrabal poetizan el ánimo no obstante la posterior resaca mental. Esos terregales y sus ventarrones que llenan los dientes y los ojos de un polvo duro como lija. La casa de este loco hierve de adictos toda la noche y gran parte del día. La casa de cuatro cuartos y vitro-piso refleja el mundo de su habitante vicioso: en las paredes se pueden ver las pinturas groseras de una multitud de seres extravagantes. En una esquina se recarga un payaso llorón; en el techo hay un trío de humanoides alados, mujeres angélicas desnudas enrolladas por víboras que lamen con sus lenguas bífidas esos pequeños y erectos pezones. Hay, asomándose dentro el closet y tras los amontonados muebles: dragones, gárgolas, diablos y demonios, brujas y ninfas, cupidos, aves fénix. Se pueden ver también historias gráficas de horror: niños y niñas desnudos jugando con ogros y trôlls; hombres lobo mordiendo el cuello de infantas con senos espléndidos. Hay también hombres icónicos de la historia humana: Hitler, Atila, Napoleón, Pancho Villa, Emiliano Zapata, Ernesto Guevara, Albert Einstein... y, en medio de toda esta mancha de tinta colorera está él, resaltando frente a todo como si fuera uno héroe. Él es una pintura

grosera que evidencia la intención de plasmar una imagen con relieves y profundidad de campo detrás; sus ojos de lechuza relumbran como las explosiones de luz que contienen las lejanas galaxias que fotografiara el anciano Carl Sagan; y, adornando más humanamente toda esta imaginería, estamos todos nosotros... todos reunidos en torno a este pequeño fin del mundo, drogándonos hasta para pasar por encima de las más vieja enfermedad humana: la soledad, dura y pesada de nuestros cuerpos plenos de vacío, de seres fallidos... o mejor aún: de seres certeros en sus afanes: por allá está el Rafa “rolando” un cigarrillo de mariguana, serio, en su espacio, casi mudo, gesto petrificado; allá está “el chivo” y “el pitufo” dándoselas de gallones ante otros dos locos igual quienes les admiran con un temor patético; acá está “el toneladas”, la Tere y “el cáncer” disputando sexo y cristal; cristal y sexo… aquí llega el buen César rascándose los brazos y la cara con sus manías hechas de desesperación por una astilla; la Pita pasa en piyama y descalza, ignorándonos con un afán fingido; y aquí estamos este ángel de Tánatos y yo describiendo nuestros pensares, los cuales nos vienen tragando hasta las agallas y sin dar oportunidad de escape... sólo esto. Sólo esta amarga compañía fantasmagórica y oscura. Nuestro mundo apenas respira, tranquilo, fluyente, esperando el acabose.

Aquí pues todos disputan; disputas en una cárcel sin rejas, sin celadores, sólo vigilados por nuestras propias ansiedades y pánicos y los ojos muertos u opacos de todos esos seres en las paredes que nos observan casi con burla. El Drea es un gran artista: sabe muy bien que el mundo imaginario es una gran burla, una universal burla, un gran engaño.

Él jamás sale a la calle desde hace unos años. Ya no le importa caminar sobre estos polvos ardientes. Ahora sólo se asoma, se asoma a esta intemperie terrible, lo más lejos: la atisba desde la acera y cuando mira que algo ajeno al dominio de su mente se le acerca demasiado, retrocede unos pasos hasta alcanzar la puerta de la sala, se pone tras ésta, la entrecierra y desde ahí se cubre del miedo. Le teme a todo. Mi gran amigo ignora, por supuesto, que a la gente le importa un carajo sus ganas de estar fuera de estas paredes. Drea ignora que la gente le ignoraría hasta viéndolo atravesado en medio de una avenida transitada: un automovilista es capaz de pasarle por encima una y otra vez hasta sacarle las tripas y su cerebro por las cuencas de los ojos... esta es la disputa mental de mi amigo hijo de Tánatos... él es

terriblemente débil como un ángel sin cielo: tienes las alas pero carece de firmamentos y alturas que alcanzar.

Una disputa.

Una disputa física entre dos hombres perdidos en la misma obsesión; primero, un reto verbal: la grosería y desvirtúo. Luego llegan los jaloneos y golpes. Una pelea alucinada y en cámara lenta como si la escena se desarrollara dentro un sueño en el que los músculos apenas y responden al viaje imperativo-eléctrico del cerebro: “aquí van éstos locos”, dice el Drea con su voz profunda. Yo me quedo perplejo, con una emoción recia anudada como víbora en la boca del estómago... una náusea en el corazón quiere vomitar toda esta sangre contaminada de tristeza.

Ellos se pelean por un gramo de metanfetamina. El más urgido arenga al otro que tiene la posesión de la cachimba a que se apresure, que no sea tan goloso y díscolo; que no ha de ser justo si se la acaba pues resulta impensable salir a la calle con tanta adrenalina en la sangre y tanto policía queriendo joder a los jodidos: “apenas llevo dos fumadas, pinche joto”, le dice el poseedor de la droga y el artefacto, el desesperado intenta un asalto para arrebatarle la cachimba, el goloso esquiva el ataque y se pone de pie con gesto bravucón. Se manotean con agresividad afeminada, se enredan en un abrazo de fraternidad enferma. Forcejean. Se van ambos al suelo y se revuelcan como dos amantes en busca del placer efímero; ruedan enlazados por en medio de la habitación hasta que al fin, agotados, se ríen uno del otro, de su mierda, de su lodo; luego se sientan cada uno en su rincón, en silencio. Entonces el Drea se pone de pie enseguida y da con su voz altísona un discurso pasional y triste: “cómo valemos verga todos por acá, ¡mírense!, peleando en el infierno sin conseguir cansancio ni consuelo. ¡Debemos parar! ¡Esto es muy triste!... todos ustedes me ponen triste en esta casa culera. Debo aliviarme de este puto mundo; todos ustedes son unos grandes culeros que me lo recuerdan... debemos parar unos días… esta forma loca y suicida, nadie querrá mencionar nada de nuestra existencia”. Camina hacia el estéreo y pone un casette, una canción que lo hipnotiza: “El gato viudo”. Se acerca a la puerta, gira la perilla, da un paso afuera y mira. No hay luna, no hay gatos, no hay medicina, parece que va maullar, no hay cura al mal de amores, mi Drea, no hay cura. La luz del alumbrado público refleja su sombra al piso de la sala, es

un ángel que va a volar, lo miro y quiero seguirlo. La canción suena como las burlas que él me arremete sobre mi mal de amores. Ahora yo me rio.

Es el Rafa quien lo pone en su lugar con su muy poca palabra: “cállate la boca, pendejo, te estás muriendo de pie. No vengas a decir que paremos cuando no eres capaz de caminar siquiera un metro fuera de esta casa. No vengas a hacerte el mártir, pinche gato viudo. ¡Pásenle la bola al Drea para que se serene! –el Rafa se ríe a carcajadas.

Al fin le brindan la cachimba a nuestro loco anfitrión. Él la toma como dudando hasta de sí mismo y enciende el fuego. Todos le miramos con la respiración contenida mientras él fuma con sus ojos de lechuza entrecerrados: “así te vez mejor”, le juzga con su palabra mordaz el Rafa.

Yo le doy un manotazo en el hombro mientras le digo que todo será mejor mañana. Me forjo un cigarrillo de mariguana, trueno una rivotril con un vaso de cerveza; luego me siento a reflexionar acerca de esta vida de perros hambrientos y tripa vacía. Me miro dentro estas paredes, Pancho Villa me mira: “el mundo se está acabando. Nosotros somos la crónica de una tierra que agoniza sin la ilusión del amor mijo”, me dice.

Esta ciudad. Mi ciudad es un lugar que se pudre poco a poco. El amor está muriendo. El Drea, el chivo, el tonelada, la pita, el pitufo, el rafa: todos padecemos un amor muerto.

Pocos sobrevivimos en las afueras de aquel llongo hermoso; todos quienes recordamos aquella casa y sus últimos habitantes vivimos porque no hemos muerto. Todos amamos con toda el alma pero todos callamos ante la violencia y el atropello.

El Drea era amo de la palabra certera. Él enloqueció de tanta mierda; aquella mujer encerrada dentro esa bola mágica de cristal ha silenciado su voz profunda. Sus manos hábiles y artísticas ya no pueden tocar este mundo; ya no pueden dibujar seres extravagantes ni dudar de la existencia de las cosas. Mi amigo vive errante dentro de un perímetro que abarca tres calles. Pervive a la buena de Dios y a la poca piedad que le tienen sus vecinos. Sus cabellos largos y alambrados por una gruesa costra de mugres, sus ojos hundidos y extraviados girando de un lado a otro; su boca que vibra ante un mínimo esfuerzo, babeante; sus ropas sucias, hediondas que le cubren la piel pegada a los huesos. Él es un gran mártir de los barrios

suburbanos, completó al fin el pacto que Tánatos hizo con él. Si no me había equivocado, el dios de la muerte no perdona y yo vi a su ángel aquella noche.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

 

L'ombre de toi

Ramiro Padilla Atondo

Traduction de Miguel Ángel Real

 

 

Il y a juste un instant, ma mère parlait de ces choses étranges qui arrivent. Comme si elle voulait m'avouer quelque chose, maintenant que sa vie s'en va. Je l'ai trouvée très fatiguée. Elle ne sort presque plus de sa chambre. Elle a un parcours qu'elle compte de façon minutieuse. Quinze pas de son lit jusqu'au fauteuil du salon, une sorte d'habitude qu'elle a peu a peu élaborée avec le temps. Quand elle est devenue veuve, elle jura solennellement qu'elle rejoindrait mon père dans un mois, tout au plus. Elle était inconsolable. On a dû lui administrer des médicaments pour qu'elle se calme. Dix années sont passées. Je ne sais pas si cette affaire des longues relations atteindra ce niveau d'intimité où le couple ne peut pas survivre sans l'autre. Dans le cas de ma mère, au moins, ce mantra ne s'est pas avéré être vrai. D'abord elle a eu des doses de mélancolie, elle refusait de manger et nous devions la convaincre. La dame qui nous aide nous fut d'une grande utilité. Elle parle avec passion de la tragédie de sa vie. Elle dit à qui voudra l'écouter que son mari fut toujours un salaud et qu'il la battait. Ses enfants sont partis loin et d'une certaine façon nous jouâmes à l'adoption mutuelle. Elle commença à nous aimer comme la famille qu'elle avait toujours voulu avoir, et nous, comme le membre de la famille venu pour rester. Sa maison finit par être totalement occupée par une de ses filles dont le mari est un escroc qui lui rendait la vie impossible. Nous avions été mis au courant de cela quand elle respira enfin, soulagée, à la vue de sa chambre du deuxième étage, un endroit bien éclairé avec une large baie vitrée orientée vers l'est, où pointe le soleil. Elle nous disait toujours que c'était la meilleure vue qu'elle avait eue de sa vie. Et elle a raison. Quand mon père arriva dans cette ville avec sa valise et que son épouse enceinte réalisa la potentialité du secteur. Un quartier au nord de la ville sur un paysage surélevé. Les pluies n'inondaient pas les rues à cause du dénivelé et la vue sur la vallée était magnifique. C'est pour cela que la femme de ménage adorait qu'on lui ait attribué cette chambre du deuxième étage. C'était ma chambre d'étudiant, autrefois inondée de posters de groupes de rock progressif des années soixante-dix et quatre-vingts. Moi aussi, je l'avais toujours aimée. Surtout après les fêtes. Mon père n'accordait aucune importance à mon heure d'arrivée car à cette époque-là la ville était un havre de paix, loin de la violence qui résonnait au nord.

 

Ma mère refusa d'utiliser le déambulateur pendant quelques années. Nous considérâmes la possibilité de lui mettre un casque car elle avait tendance à tomber, sûre de la force de ses jambes qui pliaient sans la prévenir. La transition ne fut pas facile. La fierté lui disait que ce serait honteux que des amis et des membres de la famille la voient ainsi, harcelée par la sénilité sans aucun droit de réponse. Et nous ne pouvions pas rester tout le temps pour nous occuper d'elle. Mais l'idée du casque l'incommoda encore plus. Malgré son âge, sa vanité reste intacte. Ses cheveux blancs sont encore épais et elle adore les brosser. Le manuel des gens bien stipule qu'à un moment donné de la vie, les enfants deviendront les parents de leurs parents. Un retour à la graine de la vie, l'arbre qui dépérit mais qu'il faut encore arroser. L'arroser avec amour. Contrairement aux gringos, planificateurs experts de la sénilité.

 

Ma mère m'a demandé d'aller faire les courses. Elle ne peut plus cuisiner mais elle adore s’asseoir devant la table de la cuisine pour donner des indications à Lola, qui nous aide. Même si sa main tremble, elle a encore une écriture suffisamment claire pour noter ce qu'elle pense cuisiner dans la journée. La routine de se lever du salon jusqu'à la cuisine n'a pas changé. A 10:45 précises elle pointe son bras vers la personne la plus proche. Elle s'approche du déambulateur et dans un effort titanesque elle se dirige vers la cuisine. Cela fait déjà vingt ans, au début de la maladie de mon père, celui-ci disait que ce n'était plus possible d'inviter les gens de la rue à manger. C'était une coutume adoptée par ma mère à l'endroit où elle avait grandi. Elle nous avait toujours dit qu'on ne refusait jamais la nourriture à qui que ce soit, jusqu'à ce qu'ils se fassent cambrioler. Et elle vieillit soudainement après l'attaque. Et de façon inexplicable. Cela a peut être à voir avec la croissance des villes. Des quartier autrefois pacifiques sont aujourd'hui en proie à la délinquance. Il n'y a plus de voitures ouvertes ni de portes sans verrou. Plus de bicyclettes laissées dans la cour ni de réservoirs de gaz sans chaînes. Tout est parti à vau-l'eau. Ma mère explique à Lola les ingrédients et les quantités pour préparer un ragoût de poisson. C'est une recette qu'elle a inventée. Lola l'écoute attentivement même si elle a préparé ce ragoût plus de mille fois. Elle fait cuire les légumes et les assaisonne, fait goûter le bouillon à ma mère qui acquiesce et sourit. Il y a de l'amour entre elles. Je sors dans la rue et je descends le long de l'avenue. Mon père avait décrit le cambrioleur comme un type élancé et brun, avec un aspect particulier qui lui avait semblé intrigant. Il disait qu'il fallait être terriblement stupide pour traverser vie en cambriolant des gens avec un visage si bizarre. Et je m'en souviens juste maintenant. Après sa retraite, la vie de mon père subit peu de modifications. Il voyagea beaucoup et il rêva toujours de finir cette vie bohémienne, de s'asseoir dans le fauteuil pour regarder la télévision jusqu'à ce que ses yeux éclatent. Et il tint parole. C'est pourquoi l'attaque modifia sa routine de façon inattendue. Bien que vingt ans se soient écoulées depuis le cambriolage, son bagout est toujours là, rebondissant. Pendant des mois, mon père ne parla de rien d'autre. Il appela la police et raconta l'incident en long, en large et en travers. C'était un fanatique des films de détectives. Les policiers lèverent quelque peu les sourcils en entendant certains détails de sa description. Mais il racontait l'attaque avec une telle passion qu'on aurait dit qu'il voulait être cambriolé plus souvent. C'est pourquoi je m'en rappelle de façon aussi nette. Car cela devint son histoire préférée. Il marcha le long de la rue principale, autrefois un sentier. C'est ainsi qu'on y faisait allusion, le sentier, car il y a des noms qui sont là pour rester. Quand mon père put enfin construire les deux pièces de ce qui serait la première étape de la maison, cette partie de la ville n'avait pas encore de nom. Beaucoup la connaissaient comme le repaire des coyotes, les confins de la ville, et sa rue principale, c'était tout simplement le sentier. Même si avec les années et la croissance le quartier cessa d'être un repaire des coyotes, pour devenir un faubourg qui avec le temps deviendrait un boulevard dégagé, avec un nom de date historique : le 18 mai. Ce que mon père oublia de dire à la police était que c'était lui qui avait invité le cambrioleur à manger. Ce fut toujours la clé de l'affaire. Un type qui sonne à la grille, et ma mère qui sort avec son sourire. Cuisinant toujours des portions généreuses, congelant la nourriture dans des sacs en plastique pour la réchauffer à nouveau quand l'occasion se présenterait. Et mon père qui ouvrait la grille au type au sourire. Car les cambrioleurs, bien évidemment, doivent prendre un certain air innocent. Il y a peut-être un autre genre de voleurs, mais dans ce cas, le type grand et démuni qui parle à peine ne représenterait jamais une menace pour un couple qui a accueilli des douzaines de gens comme cela. Depuis ceux qui, en guise de simple remerciement nettoient la cour ou lavent les casseroles jusqu'à ceux qui, non contents d'avoir le ventre plein, ont le culot de demander de l'argent. Mon père  refusait toujours, même si ma mère essayait d'atteindre son porte-monnaie devant le regard assassin de mon père, qui lui disait qu'il suffisait de les nourrir. C'est pourquoi ils n'hésitèrent pas à lui demander de venir s'asseoir à table, car pour tuer l'ennui ils pouvaient parler avec quelqu'un de différent, dont la vie est une tragédie qui trouve, justement, un moment de paix à cette table où l'on partage la nourriture de façon généreuse. Des migrants et des drogués, des mères qui cherchent leurs enfants, des grand-parents abandonnés et ainsi de suite.

 

Et mes parents les écoutaient attentivement, en développant une tactique très efficace : se lever discrètement pour ouvrir la porte à l'invité et s'assurer que sa vie suive ce parcours tragique. Je ne sais pas si, en faisant cela, ils en tiraient une quelconque satisfaction.

 

Il n'y a plus d’échoppe, ni de marché. L'échoppe de Don Cosme disparut à cause de la chaîne de supermarchés qui dorénavant poussent comme l'herbe dans n'importe quel quartier. Les villes cessent d'avoir une âme, et deviennent des copies des autres. J'achète peu à peu les ingrédients pendant que les autres clients parcourent les rayons, chacun à leur rythme. Les bouchers agissent avec nonchalance, comme s'ils étaient les maîtres du temps des autres. C'est du moins ce que je pense, pendant qu'on me sert les escalopes de poulet désossées que ma mère avait commandé. Tout va dans le caddie. Mon père disait que le type les avait menacé avec son pistolet. Qu'il l'avait caché dans ses vêtements. Que qui était-il pour vérifier que les personnes invitées chez lui à manger ne portaient pas d'armes. C'est qu'il avait dit à la police. Il leur dit que l'attaque eut lieu quelques heures auparavant, mais comme il ne comprenait pas très bien ce qui s'était passé, il n'avait pas parlé immédiatement. Moi, je ne me suis jamais demandé pourquoi il avait pris son temps. Les vieux ont des façons d'agir différentes, ils voient le temps autrement, comme un triomphe. L'enfance est une période de journées interminables où ton corps change de façon imperceptible. La vieillesse, c'est être sûr de se lever le matin. C'est peut-être ta dernière journée. Je connaissais bien mon père et ses manies, voilà pourquoi je n'en fus pas étonné. Lola et ma mère avaient toujours refusé de parler de l'incident. Quand j'essayais de leur poser quelques questions, elles pleuraient. Je comprends que ce soit une affaire traumatisante, mais de mon point de vue, ce n'était qu'un cambriolage. C'est ce que je pense, et ensuite je pense que c'était stupide de ne pas avoir pris ma voiture. Maintenant, la maison est sur la colline et pour moi ce sera un test de monter avec les sacs des courses pleins. Mais les femmes ne pensent pas comme les hommes. Lola et ma mère sont assises en silence. Lola

lui caresse les cheveux. Ma mère sourit tristement. On dirait qu'elle va se mettre à pleurer. Elle fait un geste pour que j'approche une chaise et que je m'assoie face à elle :

-Le cambrioleur n'a jamais quitté la maison – me dit-elle en retenant ses larmes- ; il est enterré dans la cour.

 

 

La sombra de ti

 

 

Justo hace un rato mi madre hablaba de esas extrañas cosas que suceden. Como si quisiera confesarme algo ahora que se le va la vida.  La vi muy cansada. Casi no sale de su cuarto ya. Tiene un recorrido que cuenta de manera minuciosa. Son quince pasos de su cama al sillón de la sala, una suerte de costumbre que ha ido elaborando con los años. Cuando enviudó juró de manera solemne que alcanzaría a mi padre a más tardar en un mes. Estaba inconsolable. Tuvieron que medicarla para que se calmara. Han pasado diez años. No sé si este asunto de las relaciones largas llegue a ese nivel de intimidad en el que la pareja no pueda sobrevivir sin el otro. En el caso de mi madre al menos ese mantra ha resultado no ser cierto. Primero tuvo sus dosis de melancolía, se negaba a comer y teníamos que convencerla. La señora que nos ayuda resultó de gran ayuda. Platica con cierta pasión la tragedia de su vida. Dice a quien quiera escucharla que su marido siempre fue un cabrón y que la golpeaba. Sus hijos se largaron lejos y de cierta manera jugamos a la adopción mutua. Ella nos empezó a querer como a la familia que siempre deseó tener y nosotros como al miembro de la familia que llegó para quedarse. Su casa terminó por ser ocupada de manera total por una de sus hijas cuyo marido es un malandro que le hacía la vida de cuadritos. De eso nos enteramos después cuando por fin respiró aliviada ante la vista de su cuarto en el segundo piso, un lugar iluminado con un amplio ventanal  orientado hacia el este por donde el sol se asoma. Siempre nos dijo que esa era la mejor vista que había tenido en su vida. Y tiene razón. Cuando mi padre llegó a esta ciudad con su maleta y la esposa embarazada se dio cuenta del potencial de la zona. Una colonia en el norte de la ciudad en una zona elevada. Las lluvias no inundaban las calles por el declive y la vista al valle era preciosa. Por eso la señora de la limpieza adoraba el que se le hubiese permitido esa habitación en el  segundo piso.  Esa era mi habitación de estudiante, otrora inundada de posters de bandas de rock progresivo de los setentas y ochenta. A mí también siempre me gustó. Sobre todo después de las fiestas. A mi padre no le importaba mucho mi hora de llegada porque en ese entonces la ciudad era un remanso de paz, lejos de la violencia que se oía en el norte.

Mi madre se rehusó a usar la andadera por un par de años. Nos vimos en la disyuntiva de colocarle un casco por la proclividad a caerse, segura de la fuerza de unas piernas que fallaban sin avisar. La transición no fue tersa. El orgullo le decía que sería vergonzoso que amigos y familiares la vieran así, asaltada por la senilidad sin derecho a réplica. Y no podíamos estar todo el tiempo para cuidarla. Pero la idea del casco la incomodó aun más. A pesar de su edad tiene la vanidad intacta. Su cabello blanco aún es abundante y le encanta cepillárselo. El manual de los biennacidos indica que los hijos en alguna etapa de la vida se convertirán en padres de sus padres. Una vuelta a la semilla de la vida, el árbol que se marchita pero aún hay que regar. Regarlo con amor. Contrario a los gringos, expertos planificadores hasta de la senilidad.

Mi madre me ha pedido que vaya a la tienda. Ya no puede cocinar pero le encanta sentarse en la mesa de la cocina a darle indicaciones a Lola, la que nos ayuda. Aunque le tiembla la mano, tiene todavía la letra lo suficientemente clara para escribir lo que piensa cocinar en el día. La rutina de levantarse de la sala a la cocina no ha variado. Justo a las 10:45 estira el brazo a la persona más cercana. Arrima el andador y con un gigantesco esfuerzo se dirige a la cocina. Hace ya unos veinte años, en los albores de la enfermedad de mi padre,  él le dijo que ya no era posible invitar a gente de la calle a comer. Esa era una costumbre adoptada por mi madre en el lugar en el que creció. Siempre nos dijo que la comida no se le negaba a nadie hasta que los asaltaron. Y ella envejeció de repente después del asalto. Y de manera inexplicable.  Quizá  tiene que ver con el crecimiento de las ciudades. Barrios otrora pacíficos hoy son blanco de la delincuencia. Ya no hay carros abiertos y puertas sin seguro. Ya no hay bicicletas tiradas en el patio o tanques de gas sin cadena. Ya todo se fue al carajo. Mi madre le explica a Lola los ingredientes y sus cantidades para preparar un estofado de pescado. Es una receta que se le ocurrió a ella. Lola la escucha con atención a pesar de haber hecho ese mismo estofado más de mil ocasiones. Cuece los vegetales y los sazona, le da a probar el caldo a mi madre que sugiere y le sonríe. Hay amor entre ellas. Salgo a la calle y bajo la avenida. Mi padre describió al asaltante como a un tipo espigado y moreno, con una seña particular que le intrigó. Decía que había que ser inmensamente estúpido para ir por la vida asaltando gente con una cara tan rara. Y lo recuerdo justo ahora. Después de retirarse, la vida de mi padre se vio pocas veces alterada. Viajó mucho y siempre soñó con terminar esa vida gitana, con sentarse en el sillón a ver la televisión hasta que se le reventaran los ojos. Y lo cumplió. Por eso el asalto movió la rutina de manera inesperada. Aunque hayan pasado veinte años desde el asalto, su narrativa sigue ahí, rebotando. Durante meses mi padre no habló de otra cosa. Llamó a la policía y contó el incidente con pelos y señales. Era un fanático de las películas de detectives. Describió la escena con detalles que hicieron que los policías arquearan un poco las cejas.  Pero contaba el asalto con tanta pasión como si quisiera que lo asaltaran más seguido. Por eso lo recuerdo de manera nítida. Porque se convirtió en su historia favorita. Bajó a pie la calle principal, otrora una vereda. Así le decían, la vereda, porque hay nombres que llegan para quedarse. Cuando mi padre pudo al fin construir los dos cuartos de lo que sería la primera etapa de la casa, esa sección de la ciudad aun no tenía nombre. Muchos la identificaban como la coyotera, los confines de la ciudad, y su calle principal solo como la vereda. Aunque con los años y el crecimiento, la colonia dejó de ser la coyotera para convertirse en una colonia con nombre de héroe nacional, y la vereda pasó a ser una calle que con el tiempo se convertiría en un boulevard, claro, con nombre de fecha histórica, la 18 de mayo.  Lo que mi padre omitió decirle a la policía era que ellos habían invitado al asaltante a comer. Ese siempre fue el meollo del asunto. Un tipo que toca la reja y mi madre saliendo con su sonrisa. Siempre cocinando en generosas porciones, congelando la comida en bolsas de plástico para calentarla de nuevo cuando se diera la ocasión. Y mi padre abriéndole la reja al tipo que sonríe. Porque los asaltantes desde luego deben fingir cierta clase de inocencia. Quizá haya otro tipo de asaltantes, pero en este caso, el tipo alto y desvalido que a duras penas articula palabras jamás representaría una amenaza para un matrimonio que en su casa ha recibido decenas de su tipo. Desde aquellos que por puro agradecimiento limpian el patio o lavan los trastes hasta los que no contentos con tener la panza llena tienen el descaro de pedir dinero. Mi padre siempre se los negaba aunque mi madre hiciese el intento de alcanzar el monedero ante la mirada asesina de mi padre, que le decía que era suficiente con alimentarlos. Por eso no dudaron en sentarlo a la mesa, porque para matar la aburrición pueden hablar con alguien diferente cuya vida es una tragedia que tiene un momento de paz justo allí, en esa mesa donde se comparte la comida de manera generosa. Migrantes y drogadictos, madres que buscan a sus hijos, abuelos abandonados y un largo etcétera.

Y mis padres los escuchaban con atención, desarrollando una técnica muy efectiva, levantarse con discreción para abrirle la puerta al invitado, asegurarse de que su vida siguiera ese derrotero trágico. No sé si hacerlo les produjera alguna forma de satisfacción.

Ya no hay tiendita sino mercado. A la tiendita de Don Cosme la secó la cadena de supermercados que ahora se reproducen como la hierba en cualquier suburbio. Las ciudades dejan de tener alma y se convierten en copias unas de otras. Voy surtiendo los ingredientes mientras los demás clientes recorren a diferentes ritmos los pasillos. Los carniceros actúan con displicencia, como si fueran dueños del tiempo de los demás. Al menos eso pienso yo mientras me despachan las pechugas de pollo deshuesadas que me pidió mi madre. Todo va al carrito. Mi padre dijo que el tipo los amenazó con una pistola. Que la traía escondida en la ropa. Que quién era él para revisar que los invitados a comer en su casa no trajeran armas. Eso le dijo a la policía. Les dijo que el asalto ocurrió unas horas antes, pero como no comprendía bien a bien lo sucedido no habló de inmediato. Yo nunca me pregunté por qué tardó. Los ancianos tienen dinámicas diferentes, ven el tiempo de otra manera, como un triunfo. La niñez es un periodo de días interminables en los que tu cuerpo cambia de manera imperceptible. La vejez es cerciorarte de levantarte en la mañana. Quizá sea tu último día. Conocía bien a mi padre y sus manías, por eso no me extrañó. Lola y mi madre siempre se rehusaron a hablar del incidente. Cuando intentaba cuestionarlas lloraban. Entiendo que es un asunto traumático, pero desde mi perspectiva era solo un asalto. Eso pienso y luego pienso en la estupidez de no haber llevado mi coche. Ahora la casa está en la colina y será una prueba para mi condición subir con las bolsas del mandado llenas. Pero las mujeres piensan diferente de los hombres. Lola y mi madre  están sentadas en silencio. Lola  le acaricia el cabello. Mi madre sonríe con tristeza. Pareciese que está a punto de llorar.  Hace un gesto para que arrime una silla y me siente frente a ella:

—El asaltante nunca salió de la casa—me dice conteniendo las lágrimas—está enterrado en el patio.

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