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La Piraña - Elementos filtrados por fecha: Septiembre 2019
Miércoles, 25 Septiembre 2019 05:49

LA VENTANA. / Viviana Carvajal. /

 

 

LA VENTANA.

Viviana Carvajal.

 

 

¡Siempre he estado aquí! Vacío llenando vacíos… espacio al recibo de espacios. Flanqueada en la inercia de los tiempos por cuatro poderosos brazos. Testigo activo de todo cuanto ocurre dentro y fuera de los muros que me contienen. Siempre he estado aquí, Ellos no. Sólo hemos coincidido en los instantes en que mi oquedad ha podido llenar la guarida de sus ansias y penas. Sus afectos han cambiado, se han dormido siendo amables y despertaron siendo ajenos.

Mi primer encuentro con Ellos fue queriendo llenar su corazón. Más habiendo concebido un hijo, los encontré ocupados. El único hueco que descubro está en ellos mismos, cuando recargan en mí su mirada gris y sus ojos como peces alargan la vista más allá de lo que el don de mi oblicuidad me permite alcanzar. Él, su índice y su medio van del cenicero a sus labios y de sus labios hasta el centro de sus suspiros. Ella, su vientre y sus rodillas pueblan de rocío la almohada y sus espacios interiores.

¡Cuántas veces en la transparencia de mi espacio han buscado el plateado resplandor de estrellas sobre el adoquín! ¡Lagos de luna y ríos en las calles húmedas de escarcha y llanto! El cristal de mi vestido se confunde con el ropaje de su tristeza y el total abandono. La pared que me sostiene: gruesos muros remendados y pintados tantas veces que ocultan por decoro las historias. Ella de pie, yo, depositada en la ausencia que de ella misma hace ella misma, me convierto en mensajera y la veo morir a cada instante. En su rictus de dolor descubro mi puesto de vigía. Contempla caer la tarde. La languidez de su mirada serpentea y se detiene en las figuras que al amparo de las sombras se prometen eternas. Con la llegada del anochecer, llega también el anonimato. Desde su acomodo, la calle se alarga hasta perderse.

Fuera de casa, una enredadera cubre partes del deterioro que ensombrece la fachada. Sus hojas tienen los tonos del limón y la pradera, y son sus puntas semejantes a las de una bailarina. En las formas caprichosas con que se sostiene altiva asoman, albas y pequeñas, las flores que inocentes anhelan completar el eterno ciclo de la vida. Él aguarda en su propia oscuridad. Yo puedo encontrar mi camino en el hueco que ha dejado el licor dentro de la botella. Todo se distorsiona desde aquí y el rostro que antes parecía bello, ahora tiene el metal de su mirada perdido en la distancia que hay desde su sitial hasta la cama donde Ella posa. El horizonte se dibuja entre sus dedos en el ir y venir del cigarrillo.

Los pliegues del cortinaje se deslizan con la brisa del amanecer invitándome a suplir con mis cuencas, sus lunas pasajeras. Vibran las notas del deseo y dentro de sí, destinan mi morada. Como si el sol quisiera participar en la danza del arrebato, resplandece; y junto a ellos, soy juguete del amor entre sus rayos. Se repite, se desdobla, multiplica y vuelve a casa, al rincón de los alivios, al traspatio del mañana, a las voces del sollozo que desgarra los recuerdos. Los amantes destierran el adiós continuo y eterno. Ya no hay brincos, y un descanso inesperado hace un alto manifiesto entre las sábanas. Observo de soslayo las figuras que se esfuman entre la pintura y sus capas. Me sorprenden ojos y tristes alas, ¡largas alas fugaces que se pierden entre los caprichos de otras formas!

Siempre he estado aquí. Son las sombras las que se han marchado. Es el viento que ha movido las íntimas honduras de mi yo aferrado al espejo de otros seres. ¡No habrá más camisas de fuerza en cada espacio, en cada amor que reúna, en cada amante que castre o en cada diluvio

que beba! Demandaré mi sitio al atardecer de mis mañanas y al amanecer de mis recuerdos: ¡todo! Mientras tanto… ¡sigo aquí!

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

 

UNA EXTRAÑA PETICIÓN EN UN PIANO BAR.

M.G. Olvera.

 

 

Te costó más de cuatro décadas deshacerte, o acaso todavía no, de los prejuicios heredados por tu madre; porque cuando estabas cruzando el portal y te recibía una chica de breve falda y profundo escote, recordabas que el pecado es un invento redituable, que allá donde estaba tu madre, se repetía día a día. Sólo veía al altísimo y escuchaba al mismísimo Handel dirigiendo la orquesta de ángeles y querubines interpretando El Mesías.

Ella, entrenada como estaba para detectar mojigatos de cartera abultada, cogió tu brazo. Imposible evitar el calosfrío que recorrió tu cuerpo al sentir la carne firme y cálida de su pecho izquierdo junto a tu brazo mientras te conducía en la semioscuridad del bar. Te ofreció la diminuta mesa que quedaba oculta tras el cubertero de los meseros, te sentó a contraluz y frente a ti apoyó los codos en la mesa al tiempo que juntaba sus manos provocando alevosamente levantar sus pechos.

Mientras intentabas desviar la mirada de su hipnótico escote, con voz juvenil llamó al mesero. Él te reconoció de inmediato, y ofreció una disculpa al tiempo que con un ademán le indicaba a Ella que se retirara. Bajo el efecto de su par de prominencias y en un intento de seguirla, con torpe movimiento tumbaste la mesa. El ruido atrajo las miradas que te llenaron de pánico; tropezaste con una de las patas y poco faltó para que cayeras encima de una mujer de considerable volumen que te miraba con desprecio; los rápidos reflejos del mesero los salvó a ambos. Acomodaste tus gafas y, vacilante, te dejaste conducir por él hasta la lustrosa barra donde te recargaste sintiendo de pronto un agudo dolor en el tobillo. El sonido de los hielos en el vaso que acercó el barman despejó tu mente. Levantaste la cara y en el reflejo de la vitrina del bar buscaste a Ella. La misma treta que hacías de niño en la sala de la casa donde vivías con tu madre y tu abuela, para mirar el carnaval. Aquella casa en Manuel Velazco 803, de grandes ventanales y gruesas cortinas grises. Te estaba prohibido siquiera asomarte a la ventana. La música tropical, el pecado, los carros alegóricos, el pecado, la gente paseando, el pecado, Juan Carnaval, el Rey Feo, los vendedores ambulantes, los turistas bebiendo, el pecado, las comparsas, los hombres y las mujeres semidesnudos bailando, el pecado, las mujeres de suaves curvas, el sudor sobre sus cuerpos bronceados, el pecado, tu madre y tu abuela horrorizadas alejándote de la ventana.

Se juntaron tu mirada y la de Ella al tiempo que el administrador te indicaba por dónde subir al reducido escenario. Sentado frente al piano sentiste el hormigueo en tus dedos, y al alma regresar al cuerpo. Te olvidaste de Ella y tocaste, tocaste para ti, tocaste hasta que el abucheo fue tal que el administrador tuvo que subir al escenario para pedirte que intentaras con otra canción.

—¿Otra canción?. Preguntaste asombrado. Solo traje las partituras del concierto Número 21 de Mozart.

—¿Las partiqué..?— Preguntó al tiempo que fruncía el entrecejo y levantaba su ancha nariz. La rapidez con la que cambió su rostro, cual si se hubiese puesto una máscara para voltear hacia los clientes que esperaban que bajaras del escenario, te heló la sangre. La cara de odio de tu abuela al acercarse a ti, y de completa adoración al instante siguiente para contemplar a tu madre. Tu instinto de conservación te ordenó correr escaleras abajo, pero tu adolorido tobillo no obedeció; quedó torcido de tal manera que el astrágalo casi rompe tu calcetín de vicuña.

Fue Ella quien reconoció en tu mirada el dolor intenso; subió al escenario y te entregó un viejo violín. De pie junto a ti atrajo las miradas del público. Cuando el silencio se hizo fue Ella la que, primero tímidamente y después dominando el piano bar, cantó. Como víctima de un hechizo sentiste el hormigueo en tus dedos y una corriente recorrer tu médula espinal.

El efecto del Requiem aeternam dona eis, Domine et lux perpetua luceat eis siempre te ha hecho levitar; levitar y olvidar al resto del mundo. Olvidar a tu abuela, a tu madre, a tu abuela embelesada frente a tu madre desnuda, y tocaste, tocaste para ti. Ésta vez no hubo abucheo, el asombro dominó al público y cuando, exhaustos tú y Ella, dejaron flotando en el escenario la última nota, fue la mujer de enorme volumen la que, de pie sobre la mesa los vitoreaba. Como salido de un letargo, poco a poco fuiste consciente de lo sucedido. Ésta vez pudiste levantarte y sin soltar el violín bajar del escenario para contemplar a Ella desde abajo. Fue ese gesto tuyo el de darle todo el crédito a Ella el que hizo que las demás mujeres que lo presenciaron te cercaran hipnotizadas. Poseso como estabas, de la figura de Ella en el escenario, no sentiste la humedad de los labios ni las manos impúdicas que tocaron tu cuerpo. Fue solo hasta que el administrador con voz de maestro de ceremonia, pidiendo una ovación para el recién descubierto dueto, rompió el hechizo. De nuevo fuiste el blanco de las miradas. Te faltó aire y te flaquearon las piernas, y otra vez la oportuna intervención del mesero te salvó. Ya en la barra y con un torito en la mano pudiste soportar la cercanía de Ella. El estremecimiento que provocó su aliento cálido cercano a tu oreja se convirtió en rigidez completa que sólo pudo vencer el asombro que te provocó la más extraña petición que alguien te hubiera hecho.

Con un fino y estudiado movimiento de su mano, fue la mujer obesa la que levantó tu quijada para cerrar tu boca; con delicado tacto te retiró las gafas empañadas. Por reflejo natural parpadeaste repetidamente y, girando levemente tu cara en movimiento zigzagueante, contemplaste alternadamente los rostros de las dos. Una mirada de complicidad había en ellas. Tu desamparo y el alcohol se combinaron. Volviste a no existir entre las dos presencias. Tu madre en éxtasis reposando en el chaise longue; tú sentado con los pies de tu madre sobre tus piernas y tu abuela hincada sobre la alfombra de chenilla lamiendo los pezones erectos de aquella.

No fuiste capaz de negarte, te resignaste al destino de la insignificancia; las seguiste al fondo del piano bar. Entraron por una puerta que conducía a una bodega oscura, ibas detrás de ellas. En el umbral dudaste. Con un movimiento grácil de su hombro Ella te animó a seguirlas; hipnotizado por su mirada avanzaste. Con su enorme cuerpo la mujer te impedía retroceder, Ella se acercó a ti y pasó sus manos por detrás de tu nuca; el filo de sus uñas en tu cuero cabelludo te provocó una corriente eléctrica que recorrió tu cuerpo desde el lóbulo parental hasta el calcáneo. Tu adolorido cuerpo, presa del deseo no satisfecho y prensado entre los cuerpos, creció hasta no caber en tus Hermes. Fue Ella la primera en notarlo. Con cara de fingida inocencia se apartó de ti para soltar la cinta que sujetaba su abundante cabello, con apretado nudo la sujetó a tu nuca; se aseguró también de que tus ojos estuvieran cerrados bajo la cinta. La sangre bombeaba dentro de ti; parecía reventar tus oídos y no te fue posible escuchar los pasos a tu alrededor ni identificar de dónde procedía la voz de Ella cuando te pidió que la besaras; sentiste unos cálidos labios sobre los tuyos y un líquido caliente bajar por tus piernas. Tu abuela encolerizada obligándote a permanecer de pie sobre el charco de orín que dejabas en su amplia habitación cuando con su lengua recorría la entrepierna de tu madre, y tú debías repetir sin parar el Ave María.

—¡Qué asco! Escuchaste decir al tiempo que de un empujón te tiraron al piso.

 

 

 

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

MICRORRELATOS PARA LEER UNA NOCHE LLUVIOSA

 José N. Méndez

 

ANIVERSARIO

 

- Esto es una soberana estupidez, bailar el día de tu aniversario de bodas es lo más normal del mundo – Protestó Doña Eloísa mientras el policía la esposaba.

- Pero no a mediodía sobre la tumba de su esposo, señora – Le aclaró el agente.

 

REMAKE

 

Era demasiado tarde ¿Cómo explicarle al mundo que Santa Claus se había convertido en el almuerzo del “Coco”? Y todo por anhelar una festividad distinta a la más importante de su reino.

 

No había tiempo para lamentos, afuera las hordas de Jack Skellington fracasaban en la distribución de regalos, pero daban crisis nerviosas e infartos a granel.

 

EMPRENDIMIENTO

 

Poco importaba el aporreo que se estaba llevando por parte de los elementos de seguridad; nunca lanzó un escupitajo de manera tan gustosa como aquél que se estrelló en el rostro del que durante 10 años fuera su jefe y al que hoy presentaba su renuncia.

 

Según sus cálculos, el insomnio que desarrolló debido al estrés laboral y el inmisericorde estado de ansiedad que ya llevaba consigo desde la adolescencia; le había dado suficiente materia prima como para vivir de la venta de las ovejas que estuvo contando para combatirlo.

 

SEXENIOS

 

Entre los más adeptos a teorías de conspiración se corría el rumor de que los moradores con el paladar menos refinado de la nación NOPASANADA, le eran suministrados nanoborradores de memoria que se alojaban en su sistema nervioso gracias a que podían confundirse fácilmente con el sabor del queso de puerco en una de esas tortas típicas de evento político; estos estaban programados para activarse cada seis años y orillarlos a repetir sus errores, elección tras elección.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Miércoles, 25 Septiembre 2019 04:56

Cuando la vida te llora / Martha Miranda /

 

Cuando la vida te llora

Martha Miranda

 

 

Reminiscencias

 

Soy ese ser humano,

con alas en los ojos

escondiéndome de la niebla,

en brazos de los mezquites

más allá de la montaña,

pero la niebla me alcanza

humedece mis recuerdos niños.

Ahí en esas calles lucidas,

he perseguido escarabajos

soñando otras vidas,

pero aún sigo en esta tierra

el espejo muestra mi otro rostro,

siento como se desgajan mis alas.

 

 

 

 

Ausencias

 

Todo animal salvaje,

habita ese silencio

que también me habita,

a ratos es mi casa

mi camino, mi río,

mi último viaje.

 

A deshoras está conmigo,

teje un poco de mí

un poco de mi muerte,

un poco de esta vida envejecida

entre adioses y ausencias.

 

 

 Ganarle al tiempo

 

He de llenarme las manos de llovizna,

cargar en hombros al aire

ganar tiempo a mis últimos pasos,

antes de ser nada, ni siquiera polvo.

 

Nada entre las piedras de mi camino,

nada sólo esta soledad, esta ausencia

irremediable dentro de mis ojos,

dentro de cada lágrima y su vacío.

 

 

Sitiada

 

Poco a poco,

se irán sitiando mis manos

de toda forma acariciada,

quedará el tibio silencio

guardado en mis noches,

mis palabras en la lengua

saltarán en el aire,

mi cuerpo enjuto estará seco

arderá en la niebla de la montaña,

arderá con la guitarra vieja,

en el último suspiro de la noche

arderá en el sol que olvidé cuando niña,

poco a poco estaré lejos de mí.

Publicado en OIDOS NEGROS(Poesía)

 

 

 

Antología de José M. Viniegra

El abrazo de la noche y otros poemas

 

Cuánta falta hacía

que llevase entre mis sueños

el abrazo de tu noche

 

*

 

Mía a ratitos

en momentos chiquitos

Ancho es el instante a su lado

 

 

En Villa de Madrid una chica

de aquellas que inoculan la vista

bendice el instante más que Cibeles

 

Fulgurosa al paso impacta

y hace cráter

en el lado oscuro de mi corazón

 

 

*

 

 

No se ama embutiéndo ardores

ni sacacorchando memorias

de un miocardio sangrón

 

 

 

Publicado en OIDOS NEGROS(Poesía)

 

 

 

La Ciudad Efímera y ese raro Espejismo que es Auror.

Waldo Contreras López

 

 

"Es soledad antigua,
soledad de mí, de la mitad que soy siempre.
Pasando sin quedarme.
Soledad de niño que crece.
Soledad de adulto.
Una furiosa soledad de vino tinto
que se hace viejo, diariamente"

AE Quintero.

 

Las ciudades nunca le gustaron tanto como para sostener la idea de que se podía vivir mucho tiempo dentro de alguna. Esa niñez. Lo mas que estuvo habitando en alguna calle ciudadana fueron escasos nueve dias en una urbe fronteriza, en la parte mas septentrional del pais. Auror siempre se recuerda mas bien sobre la vieja chevrolet vans de su padre, devorando kilometros y kilometros; siempre dejando nada atrás; siempre huyendo quien sabe de qué. Bella ignorancia. Un niño que nunca hizo preguntas pues sus padres tenían mas tensas preocupaciones que tiempo para dedicarle al menos una caricia, mucho menos unas palabra y menos aun, una respuesta. No era necesario preguntar siquiera. Se acostumbró a jamás tener amigos, a nunca conocer las empatías y jamás elucubrar una certeza. Auror miraba pasar el tiempo a través del zumbido de los coches, la acuosa reverberación del sol reflejándose en el asfalto, el adiós de las luces de una ciudad anónima y la bienvenida de la otra. "You say goodbye, i say hello; hello hello". Le gusta mucho esa canción. Recuerda a su padre cantando siempre con la vista en el camino, sosteniendo el mundo por medio del volante, la parte trasera de su cabeza; su nuca y ese cuello delgado y tierno, pálido y de piel como gallina desplumada. Los beatles y su padre en intentos enajenados para paliar esa inocente soledad de las pocas certezas de la noche. El canto de su padre era triste, distante y aún más solitario que la intemperie. A Auror por eso le daba un poco de desconsuelo y mejor miraba por las ventanillas. Se preguntaba porqué siempre corrían de noche. Esperaba encontrar respuesta en las luces lejanas que atisbaba a traves de los vidrios de la vieja camioneta: "adiós", decía al darse cuenta que aquella lejana luciérnaga se llevaba su interrogante a través de la velocidad. Adiós, decía; y se sobreponía al desengaño buscando mas luces pasajeras. Un dia se puso a imaginar mundos, hogares y personas tras la helada pantalla de la noche y con esto encontró consuelo. "dentro aquella luz hay un hogar; un papá y una mamá. Hay un niño por allí esperando un postre, un abrazo o un largo cuento para dormir. esos papás son buenos. Quisiera tener un par de señores así, conmigo". A esa edad temprana creyó de verdad que el camino un dia se acabaría en un bonito y populoso lugar o, al menos, en una buena casa con un patio enorme para jugar con sus familias imaginadas. Eso nunca sucedió al lado de esas personas tan distantes. Auror no estaba harto de su vida pero aquellas ensoñaciones al menos le daban la respuesta que sus padres le venían debiendo acerca de los devenires en esa carretera. Podía decirse que le gustaba el camino y con el tiempo esto se hizo amor y a las ciudades les tomó recelo. Su madre siempre decía que entre esas calles habitan bestias dispuestos a aplastarlos. -"Algo de sabias tienen las madres" -se dijo años después -"ellas saben todo sobre los hábitats puesto que nos incubaron durante meses dentro de ellas"

Un día, esa mujer de piel blanca y ojos marrón se murió. Su padre dijo que de un mal susto. Le dijo que se murió de miedo. Desde ese día, ya no se detuvieron en ningún lugar en donde hubiera más de diez casas. Tomaron los caminos del desierto y ya nunca regresaron a las ciudades. El día de la muerte, entre las últimas horas de sosegada agonía, su padre le contó que en algún lugar cerca del mar había un tesoro enterrado. Le dejó un legajo de papeles y entre estos habia un mapa graficando de forma grosera e infantil el lugar donde estaba esperándole la riqueza. Estaba también, escrita con tinta azul de bolígrafo corriente, la explicación de sus orígenes. Sus padres eran hermanos entre sí y fueron perseguidos desde su procreación por el repudio familiar, las amistades y la moral de una sociedad amante de los tabúes, los pecados y esos castigos éticos de la buena vecindad. Desde entonces huyeron avergonzados y convencidos de que el peso de su sangre no los dejaría en paz ni con el fin del mundo, ni aun cuando el mismísimo Dios bajara del trono para redimirlos pues, sabido es de la errónea concepción que la gente le viene otorgando a ese ente quesque creador de todo lo visto e invisible, lo que es y lo que tiene que ser. Veían y trataban con recelo al producto del agravio y no lo veían como un hijo sino mas bien como una luz inocultable que tenían que explicar. Intentaron evitar la explicación poniéndole un nombre adecuado para la argucia. Fue su madre, a quien en un largo viaje de asfalto y mariguana se le ocurrió el nombre: Auror. Fue bautizado con arena de la Reserva Del Pinacate y al ritmo de My Wild Love, de Jim Morrison. "agnus deus, quitolli Peccata Mundi" dijo su madre, y lo bañó con esa ardiente lefa dorada y vitrea.


Auror conocía mucho, por boca de su madre, de la índole falsa y traidora conque mucha gente suele conducirse. A su padre le escuchaba muchas historias inventadas. Creyó que esta era otra de esas cosas de ficción. Creyó siempre que todo eso en los papeles y esa relación prohibida era una mentira tejida sin mucha aguja para que siguiera rodando por el mundo buscando una fantasía y vagando sin amigos, padres y hermanos. Una venganza parental contra él por no permitirles vivir a este hombre y esa loca mujer a modo: sin urgencias, idas, venidas y sobresaltos nocturnos. "lo peor del incesto fraterno es procrear un hijo. Pero del incesto se debe esperar poca cosa buena y larga" -le oyó decir a su padre en un soliloquio de sobre cama. ¿para qué detenerme? -se preguntó al sepultar a su padre bajo el desierto. Nunca los extrañó pues no sé puede extrañar a los extraños. Nunca le hicieron falta y lo mejor: Auror nunca se dió cuenta de esto. Vagó durante algunos años viendo como el tiempo se desgranaba hasta que esté le dejó el corazón como una piedra pelada: al ras del pellejo. Ahora, hecho ya un hombre de treintaidós años en su cabeza, al fin había decidido detener las manecillas de su brújula sin norte. Lo del tesoro era cierto: tres costales de monedas de oro que estuvieron ocultos bajo tierra durante la larga travesia a bordo de coches desvencijados. Dinero robado a sus abuelos. Levantó una vasta edificación a setentaisiete kilómetros de una gran urbe. Construyó aquella enorme casa en la parte más alta de la vertiente montañosa que da cara al infierno amarillo oro. Desde ahí se dedicó a extender su circunscrito imperio de pacotilla para empezar a imaginar gente feliz. En el día extraviaba sus ojos en el deslumbrante espejo de la Laguna Salada que en las noches se transforma en un enorme lienzo blanco, acogiendo la luz de la luna. Más allá, está la mole hecha de luciérnagas haciendo volar sus anhelos más emotivos. Una hermosa via láctea hecha de niebla, polvo y smog. Le gusta ver cuando de ese dentro salen y entran los ojos vivaces de los coches y esto le hace recordar los viajes silenciosos con sus padres huyendo del agravio, el pecado y el castigo. Ellos una gente exiliada como los antiguos hijos de Abraham o de Sodoma y Gomorra. Estatuas de Sal hechos de la arena del desierto. "soy como Lot, observando el caer y resurgir de las ciudades" le decía a su sirvienta, una indígena de sangre cucapá muy condescendiente hasta con los grillos. Rosalía le contestaba entonces que asemeja más bien al milenario Centinela que resguarda la cordillera de rocas más que una estatua bíblica; un monolito humanoide atisbando el horizonte llano y amarillo con esa nostálgica seriedad. Ella, con un afán de falso interés le secundaba con historias de ancestros que atravesaron la inmemorial presencia de la laguna en sus pleitos con los apaches, soldados y otras enemistades antiquísimas, todas estas escaldadas por la rumia de la extinción inminente. Auror le contaba entonces sobre las miles, millones de historias que habitaban dentro de tantas luces. Le describía hombres y mujeres, hermosos y llenos de calidez. Niños y niñas felices dentro de hogares olorosos a pan y leche. Allá no existen las culpas. Pensaba. Allá no hay porqué huir. La extrañó poco cuando ella se fue. Supo que ya no estaba aquella oscura tarde de vientos de Santa Ana: la arena invadia la casa y el helar del aire besaba las paredes interiores. Rosalía tenía la costumbre de no cerrar las puertas, indígena y ajena a las manías ciudadanas de encerrarse tras pestillos y llaves. No se ocupó de ella pues sabía que al igual que él, jamás iría a buscar la ciudad. Por eso le interesó nada su camino. Pensaba en lo simple que sería tener un amigo que se ocupara de llegar-ir-volver de la mole ciclopea que tenía enfrente y le contara todo sobre esta para seguir enriqueciendo su delirio agorafóbico y plenarlo de cosas paradisíacas. La tierra prometida. Le urgía una persona que fuera lo contrario a la sopenca de Rosalía y sus historias maníacas y odiantes sobre extinciones de pueblos. Un hombre o mujer que le trajera noticias frescas para ir armando su ciudadela utópica. Así que se puso a esperar a tal persona. Veía como una luz se desprendía de aquella galaxia y la vigilaba hasta que la escuchaba zumbar bajo su ventana. Veía descender los enormes camiones de carga con sus tristes luces laterales, lentos y mugiendo como demonios que nunca le dedicaron una sílaba certera. Los ecos de esos gritos retumbaban en toda la montaña rompiendo el rumor exasperante de aquella masa gigante y señorial de rocas blancas; pero esos mugidos mecánicos nunca se detuvieron un instante a rebotar en los muros para hacerle sentir que algo había más allá que valiera la pena atravesar la puerta y bajar de la montaña sin volver la vista. No llegaba esa persona y de verdad comenzó a creer que la gente no existía ya; se le encogía el alma de pensar que se habían extinguido y nunca se dió cuenta cabal de aquello. Un día el esperado visitante llegó. Lo escuchó sobre la gravilla de la entrada: de un fulgurante Volkswagen sedán 67 color azul plomizo descendió un viejo flaco y alto, muy parecido al Quijote de Cervantes. Sus pasos eran los de un hombre que aún no se encontraba. Su piel era un desgaste despreciado por miles de personas: "me llamo Óscar y necesito me ayudes pues mi coche falla y no podrá ascender más por ahora" -le dijo. Auror lo notó trémulo, nervioso y con una urgencia de muerte en el hablar. Lo dejó pasar sin mucha esperanza. Óscar le habló durante días y noches sobre las mujeres: sus aromas diferidos, sus miradas de soslayo y satanistas, el abismo de sus muslos, el pérfido monte de sus senos y la llanura desértica de sus espaldas. Era un hombre recién abandonado por alguna mujer. Se fue al cabo de una semana dejándolo con la creencia de que las ciudades no son para hombres; con la idea de que esos puñados de luces son como aquella mítica y remota isla gobernada por amazonas: un lugar donde los hombres no deben entrar y salir ilesos.

Se le estaba agotando la utopía y le comenzaba a escozer la idea de que un lugar como ese ha de ser lo más aburrido del mundo. Comenzaba a ganarle de nuevo la costumbre de mirar las luces de los coches y a retomar la infantil tarea de atisbar una luz única en la oscuridad y divagar acerca de tridentes familiares perfectos cuando otro coche llegó: Un Mustang concept 69' color rosa metálico con tres mujeres muy jóvenes a bordo. Blancas corporaciones olorosas a hierba y humo. Con sus cabellos dorados, negros y barcinos. Con sus senos jóvenes, piernas sin piedad y el arco de la pelvis palpitando para lanzar un flechazo. Razón tenía Óscar para huir: un trío de cosas del demonio lejano a lo bueno, certero y sin algo que esperar. Las miró deambular desnudas por toda la casa. Las sorprendió retozando sobre su propia lumbre. Las vio florecer y rociar sus pieles. Las oyó carcajear y sus gritos en las noches le erizaban los cabellos. Ellas por su parte, no le tuvieron asomo de respeto y solo pretendieron antojarlo con sus hedorosos duraznos para jamás permitirle morder el postre almibarado de sus entrepiernas. Auror no sufrió nunca por ello pues no relacionaba las erecciones del pene con la humedad de esas bocas desdentadas y peludas. Un día, llegaron tres hombres bronceados como las piedras y se las llevaron aullando como lobos. Solo quedaron los ecos de sus estridencias eróticas. Iban felices, ajenas a sus horizontes cruzados por tormentas ocre y cactus acá y allá. Frente a la ventana sonreía y todavía los vio a todos decirle adiós cuando tomaron la última curva del descenso; levantó su mano y respondió sin saber bien de qué se trató todo eso. Caía la noche y siguió los ojos rojos del coche hasta ver que la ciudad los devoraba. Tardó mucho en reponerse bien del sobresalto. La sensación de vacío y enfermedad le duró nueve días, pero la tristeza se alargaba junto con las sombras de los picos más altos de aquella sierra, durante muchas tardes.

En la ciudad pasaban cosas que él no podía vivir. Jamás antes sintió lo que solo hubo escuchado de su padre cuando mamá murió. En esos días Auror conoció la soledad. Una primicia que le costaba trabajo conmutar, preferir y desechar. Al borde del derrumbe, vio llegar un fulgurante Coronet superbee. De este descendió un joven con chamarra de piel, botas negras, camisa blanca y pelo con corte militar. Se presentó y entro a su casa como si se hubieran conocido de toda la vida. Rigoberto tiene un carácter explosivo y llenó de ruidos la casa. Abría las puertas del coche y ambos se desvelaron escuchando a The Doors, Beatles, Creedence, Grateful Dead, Canned heat, Jefferson Airplane y The budos band durante muchas noches. Rigoberto estuvo casi dos meses acompañándolo. Auror empezó a conocer la amistad. Un día, ese loco compañero le ofreció algo sacado de una pequeña bolsa de polietileno. Le dijo: "inhala fuerte" -y auror inhaló. Sintió una euforia. Sintió deseos de gritar por primera vez en su vida. Deseos de correr, de volar. Estuvieron semanas drogándose y bebiendo alcohol. Auror se sintió junto al padre que nunca tuvo, cantando hasta el amanecer "Hello, goodbye". Un día le contó de aquellas mujeres y Rigoberto solo le contesto; "así son ellas: llegan y se van siempre; si regresan, jamás lo hacen igual y solo te echan un poco de lo mucho mal que vienen cargando". Así de triste es la vida -pensó- como el pasar fantasmagórico de los coches sobre el asfalto, veloces y sin dejar algo más que la vaga sensacion de esa fugaz presencia con su ruido, calor y ese aroma, esa estela que se va difuminando mientras uno suspira como para contenerlos un poco más debajo de la piel. Rigoberto hubo de irse un día. Se fue dejándole un poco más de esa certidumbre vivida antes. Hubiera preferido que no se despidiera como lo hiciera Rosalía aquel día de vientos de Santana. Conoció otro escalón de la soledad. Más infame y duradera esta. Más insoportable, inconmutable e inaplazable. Estuvo a punto de ir tras él pero Rigoberto remontó la cadena montañosa, del lado contrario al enjambre de luciérnagas: "voy a la esquina del mundo y quizás jamás descienda". Le dejó cincuenta bolsas de cocaína la cual, con cada inhalada, le hizo sentirse cada dia peor de esa cosa anudada en el cuerpo. No iría tras el aunque lo extrañara pues tomó un rumbo fuera de su mapa miserable. Un día vio llegar a un hombre a pie. Este no le dijo su nombre. Estuvo encerrado y expectante durante varias noches. Supo que se llama Pedro cuando la policía pasó preguntando por un fulano pintado en una foto. Pedro resultó ser un prófugo de la justicia: Un ex-pistolero de un gobernador del Estado. Había sido acusado de acopio de armas y lo vinculan con el asesinato de un periodista. Pedro le resultó agradable no obstante su manía de espiar todo el tiempo por las ventanas mientras le hablaba de la infinita variedad de mujeres que había en el mundo. Un día le dijo: "estás muy solo" y luego le mostró un álbum lleno de mujeres desnudas muy jóvenes. Hubo una que le recordó su niñez pues se parecía mucho a una niña que vivía de vender chicles en una estación de gasolina. Le dijo: "puedes quedarte con algunas. Yo ya las usé. Tengo que recurrir a estas engañifas pues poco tiempo tengo de parar y cortejar alguna. Mis enemigos me pisan los talones día y noche". De ahí en fuera le pareció un hombre de hábitos aburridos. Ahora que sabía lo que decían de él le pareció un hombre tan solitario como venía siendo el mismo desde hacía años: su manía de espiar el mundo por las ventanas y vivir de asuntos que no se pueden tocar con las manos y no existen más allá de las narices. Hasta le provocó ternura pensar en Pedro como un hombre que tenía que estar huyendo siempre con su álbum de fotos escondido en la chaqueta. Recordó a su padre. Lo extrañó un poquito; mucho comparado con la nada que siempre fue aquel hombre borroso que un día de noviembre lo engendró. Así que esto es a lo que se puede aspirar en las ciudades? Así que todo esto se trata de huir por siempre y las mujeres? Es que el mundo de los hombres no existe y debemos ser para siempre los errantes? -se preguntaba Auror. Mucha gente siguió pasando por su casa después de Rigoberto: lo visitó un evangelizador adicto y luego unos traficantes de armas; un asesino de esposas; un suicida fallido, un poeta nunca leído y una mujer abandonada; un hombre traicionado y un mancornador buscado a muerte por un marido ofendido; Un mormón canadiense sin siete mujeres pero con un pareja guatemalteco; un albañil muerto de hambre y una prostituta venida a menos a causa de un amor esquivo. Lo costo trabajo creer que esta fauna maldita pudiera existir y pervivir de formas tan al pairo. Así era imposible creer en una buena ciudad. Su difunta madre tenía razón: las ciudades no son lugares seguros. Las madres tienen razón pues tienen útero; esa cosa galáctica. Pero un día vio llegar el mismo coche donde llegaron aquellas mujeres de aroma aduraznado. Era la de cabello barcino. Se veía triste y desmadejada. Sus ojos mostraban el cansancio de vivir luces y sonidos de la ciudad. Parecía no haber dormido desde el día que partió con sus amigas húmedas y aquellos morenos como piedras. Ella no le dijo nada. Solo se desnudó ante su vista. Lo miró de forma rara. Auror comenzó a temblar como la flama de una vela atacada por la ligereza del viento. No supo nunca de que forma terminó con la falta del aliento, bañado en un sudor pegajoso, de aroma raro. No supo como llegó a ese estado de reflexión profunda y esa sensación de acabo del mundo. Se sintió borracho por un aroma que se le quedó enganchado en lo más profundo del corazón y la carne. Algo lo azotaba por dentro. Tuvo conocimiento de sí mismo hasta que escuchó la voz de aquella madeja de sensaciones:

-qué placer encuentras mirando siempre el desierto y estas rocas?

-encuentro siempre un lugar donde habitar. Veo la llegada y la ida de tantas cosas y entre esas ideas y llegadas siempre hay un mundo esperando para hablarme.

-por Dios, muchacho! Qué conoces del mundo si veo que tus manos son torpes y no encuentras ni mis labios ni mis dentros?

-Eres como una ciudad, mujer. En ti he visto luces que jamás imaginé existieran. Si se puede volar, esto es lo más cerca que he estado. Sentí en tu cuerpo como cuando sacaba el rostro por la ventanilla de la camioneta y enfrentaba el viento húmedo de la noche y este me asfixiaba de forma placentera.

-me doy cuenta que acabo de convertirte en hombre. Soy la primera mujer que abraza tu carne.

-eso pasó.

-cuantas veces quieras.

Ella se levantó de un salto y caminó hacia la ventana que daba a la ciudad. La luz tenue iluminaba su rostro y recortaba perfecto su figura espléndida. "Si es cierta la poesía, estoy muy cerca. Si se puede alcanzar el cielo con un suspiro ahora lo he tocado" -se dijo Auror, aún tratando de sobreponerse a ese cataclismo en el corazón con resabio a mujer. Se llamaba Nubia. Se quedó casi para siempre junto a Auror no obstante la lejanía conque sus ojos habitaban aquella palpitante enjambre de luciérnagas. No obstante el punto ordinario de las maneras de este hombre con nombre de mago. No obstante que ella necesitaba un buen fuelle para su maquinaria hecha de huesos, carne y humedales. Se quedó a pesar de que Auror era un perplejo y con una vocación muy arraigada por la soledad. Se quedó lo suficiente a pesar de que algo se quedó allá, lejos, donde habitan las luces. Nubia hizo todo lo posible con su corazón para que aquella relación no fuera un bodrio más en sus larga lista de desastres construida con una nómina que sin querer seguía cargando. Hizo lo posible para que el nombre de Auror no se le revolviera con los nombres de su lista inacabada. Un día Nubia se dió cuenta que le costaba medir sus sentimientos y la perspectiva de las cosas sin la presencia de este hombre. Una paz le invadió y al fin se sintió apropiada y propietaria de algo. Auror se veía feliz y sonreía cada vez más. Ambos habían descubierto esa rara afinidad sexual que todos buscan en el otro: mientras él encontraba habilidad en el descubrimiento, ella encontraba la maestría que le hizo falta en la cándida respuesta libidinal de él. No podían estar ya el uno sin el otro y cuando menos pensaron ya habían comido juntos durante cinco largos años que se fueron suspirando vertiginosos como el más largo de los orgasmos o los pasajes oníricos.

Pero la ciudad seguía torturando a Auror. Tenía una deuda con su pregunta de antaño y ahora tenía una compañera para ir a buscar la respuesta. Nubia se vio preocupada al principio. No quería volver jamás a la urbe que la malparió dejándola con el ánimo roñoso, escaldado y marcado por esas laceraciones que suelen provocarse algunas personas. Redobló su vocación para el amor y el sexo tratando de nublar el empecinamiento de aquel hombre pero a poco se dió cuenta que no lo lograría. Entonces, trató por todos los medios del discurso el convencer a aquel delirio infantil que en las ciudades no hay nada que sea más importante que el amor. Él solo guardó silencio y empezó otra vez a atisbar la ciudad por las noches y a buscar luces solitarias entre las hebras oscuras de la distancia.

-que no es suficiente? un día me dijiste que soy con mi cuerpo y mi vaho como una ciudad con la luz más intensa.

-lo eres. Pero te hace falta esa complejidad que suelo construir desde niño. Te hace falta completar aquello que no conozco. Eres también así como aquello en la distancia: Una cosa luminosa e imaginada.

Nubia se le fue encima poniendo su sexo aduraznado en aquellos labios que le clamaban. Ese pobre hombre terminó bañado en llanto.

-La ciudad real te hará llorar de formas peores.

-No creo que algo superé esto.

-como vas a saberlo si veo también que es la primera ves que lloras? No tienes nada para comparar.

-ayúdame a descubrirlo.

-Lo haré.


Nubia desapareció a los pocos días. Se quedó completamente desolado y con algo atorado en la garganta. Recordó algo de las últimas palabras de aquella mujer mojada: El nunca antes había llorado. Este recuerdo lo llevó a otro escondido bajo los relojes de arena que hubo dejado atrás. Recordó que su madre un día le dijo que había llorado mucho en su vientre. Le dolió no recordarlo y esto significó que el llanto que Nubia le provocará aquel último día del durazno en sus labios había sido el más grande de su vida. Extrañó entonces cada pliegue en la carne de aquella mujer; cada calosfrio; cada suspiro y cada sensación de ahogo que aquella flaca de piernas recias, senos duros, pequeños y vulva petrificada le prodigara. Extrañó su voz y la forma en que ella le miraba cada que la hacía caer en el abismo poderoso de la novedad, la necesidad, el apremio, la necedad y el aprendizaje. Se dió cuenta que estaba en los umbrales del enamoramiento y la dependencia de algo tan grande como el amor y las mujeres. Auror se estaba empezando a descubrir cómo un hombre. Un hombre como su padre quien sostuvo durante kilómetros el vientre famélico de su madre, partiendo el mundo en dos con el filoso cuchillo de granito que es la carretera y la seguridad pasmosa del volante. Un hombre como aquel gañán que nunca se rindió hasta que aquella hippie rubia se murió. Auror se perdió durante días con la vista sobre la ciudad: día o noche, no importaba. Aquella mole ciclopea se le volvió un abismo oscuro en vez de una parvada de luces. Necesitaba caer en aquello. La nostalgia se volvió desespero, el desespero se volvió necesidad, la necesidad se volvió ansia, la ansiedad se le transformó en enfermedad y la enfermedad se supervino en vértigo. El vértigo lo jalaba con su mano larga: caer en el abismo de una búsqueda sin lugar ni pista alguna.

Desempolvó la vieja Chevrolet Vans y una noche en la que los fantasmas cucapás que Rosalía describía estuvieron muy animosos provocando tolvaneras en la Laguna Salada, Auror partió rumbo a aquella ciudad de tabicretos en pos de su mujer. Dejó la casa encargada a Rigoberto quien hubo regresado a su órbita de planeta solitario después de haber cerrado chuecos y jugosos trueques en Tijuana. Le dió indicaciones que siempre mantuviera las luces encendidas por si acaso se perdía esta le sirviera de faro en este bello mar de arena.

Se sintió perdido al llegar a Mexicali, no por ser la primera vez que la pisaba y respiraba, sino más bien porque tanto resplandor le borró para siempre el rumbo de su casa la cual no podía atisbar desde esa distancia enceguecida por más que se esforzaba. No nomás estaba solo y desorientado sino que aún peor, estaba lejos de su fortaleza de concreto y ladrillos; peor aún, del aroma aduraznado de Nubia, el cual siempre creyó que era único, estaba embarrado por todos lados.Toda la ciudad tenía ese olor. Todas las calles están llenas de mujer, de mujeres como ella. Suspiró largamente mientras pensaba que no era él quien estaba en otro dirección entre tanta calle sino que era su casa la que había salido huyendo de él; que su casa había cambiado de domicilio a otro país y que él, era pues, la casa más solitaria del mundo, sin nada que le calentara.

Al principio se sintió abrumado por el ruido, la peste a cloaca, humo agasolinado y la nauseabunda soledad de los callejones hediondos a orina y excremento humanos. Tuvieron que pasar pocos días para darse cuenta del porqué de las ciudades. Se dió cuenta que le sería difícil encontrar al motivo de su peregrina aventura pues a poco encontró que el aroma de Nubia no era un rastro sino más bien la característica de las mujeres ciudadanas del desierto. Todas tenían ese olor invasivo a sudor y azúcar, un almíbar que se cocía a cuarentaiocho grados de temperatura. Rentó un cuartucho soporifero muy cerca del centro desde el cual no se podía ver el cielo. Se puso pues a vivir la ciudad llena de gente.

Camino la primera caída de la tarde en aquel cemento. Un expendio de burritos, un restaurante de comida china de la sexta generación de inmigrantes fundadores de las cadenas Chong-Delice. Hamburguesas americanas aroma a plástico. Pizzerías con horno de piedra como si no fuera suficiente reposar la masa en los mediodía que cargaban en sus vientos fuego a 52 grados de temperatura seca como las peñas superpuestas parecidas a los carbones de braseros, en la cadena montañosa de la Rumorosa. Los sobre ruedas vendiendo ropa traída desde las fábricas de Zapotlanejo exhibidas como marcas americanas importadas de San Diego o Huntington Park, L.A. Música Nortec y un idolo local borracho y metanfetaminoso llamado Juan Cirerol; Tacos de vapor (el único vapor real en el desierto además de las entrepiernas sudorosas femeninas que le dan a la urbe un ambiente marino) al ritmo de Chalino Sánchez, "El Gallo" Elizalde, los tigres del norte y el reguetón de Maluma, Daddy Yanquee y Pit-bull. Hombres tatuados y perforados, mujeres en micro-shorts y micropunto sonriendo como pendejas electrificadas del cerebro, pocos viejos y mucho niño armado; anhelos, sueños, mentiras a la americana y realidades crudas; negros cantando salmos afroantillanos sobre éxodos, rechazos, racismo a la mexicana; haitianos y hondureños víctimas de la puta Tijuana gay-gringo-xenofóbica y entre todo este maremágnum está persistiendo siempre Nubia, la perdida y recordada; la buscable, la del ahora aroma incierto.

"Dónde estás Nubia, caray?" Suena
"Olvídela compa", desde un taxi al pasar. En la acera de enfrente un viejo gringo baby boomer suena desde su tienda de acetatos "girl of The North country" Un vagabundo jadea con el gesto desencajado y tez pálida sentado en la acera mientras murmura entrecorto para sí: "no. No es nada. Solo es un poco de café con alcohol. No me estoy muriendo"; una mujer flaca como una rana disecada al rayo del demonio grita: "Dios! Apaga este horno del infierno, me siento como un bollito que nadie quiere comer"; Luego, vio a una loca prostituta sentada sobre la acera más mugrosa, tan mugrosa como ella al grado que parecían ser una sola cosa con un peso poderoso en aquel rincón del mundo. La mujer vociferaba con dolor: "por favor! Ayuda! Una moneda para ir con un médico y me desentierre este picahielo que traigo ensartado desde meses en mi pobre corazón", Un papá y una hija pasaron bajándose con asco de la acera y padre murmuró: 'Debes cuidarte desde hoy. No me gusta nada tu novio narcojunior que se ve ha de ser de la misma estofa que esta piltrafa. Mira bien, porque en esto puedes terminar al lado de ese traficante". Auror caminó y caminó embelesado ante tanto poema digno de Dante. Entró a una zona menos astrosa y vio a una jovencita fuera de una tienda departamental, posando sobre una improvisada pasarela, vestida con ropa muy entallada y corta estampada con flores multicolor. Dos hombres la comian:

-mírala. Tan bella y fresca. Jamás la tocaría con uno de mis dedos siquiera. Solo me masturbaría ante esos ojos superfluos para que viera el poco poder que tiene ese bello cuerpo de muñeca.

-Vámonos. Esa muchacha no nos saludaría nunca ni aunque nos conociera. Es vergonzoso ese empleo. Ya me deprimí.
Se encontró con un dandy payasesco y mugroso que bailaba con una bombilla de vidrio en sus manos, feliz y locuaz. Cuando estuvo frente a él, el tipo dió un giro teatral, le apuntó con la bombilla y le dijo: hey, dame una moneda. Vengo desde Tijuana y acabo de ver el fin de la humanidad; el hongo, esa cárcel de perros está tan vacía medio de la noche con sus luces encendidas. Dentro de poco, quienes gobiernan el mundo ya no nos meterán en esas bolas de cristal-laboratorios del Estado. Nos matarán pues sería darnos demasiada importancia a los rebeldes del país al encarcelarnos. Bienvenido a la era moderna. Estos perros del mal ya comenzaron. Hay mucho por temer pues la limpia ha iniciado por el norte. Las escaleras se barren de arriba hacia abajo"

Más delante se encontró con una fila de limpia botas que juraron amar el dinero y el mezcal, mientras contaban leyendas pochas, como juglares al son de los claxon y el zumbido de las narco-motos.
Auror caminó y caminó hasta llegar a una cantina al lado de la carretera: Bar Rancho Grande. Sonaba música de los ochenta. Entró y lo primero que vio fue a dos hombres bailando canciones de The Cure. Sonaba: "close to me" Un hombre lo vio desde lejos. Un viejo. Le hizo una seña de convite. Lo invitó a jugar baraja. Don Chuy traía en sus ojos todas las medidas de mundos habidos y por haber. Supo que ese viejo con nombre de gurú le ayudaría a magnetizar su brújula atrofiada por el miedo y la exigencia de la soledad más desesperada.

-necesito me ayude a buscar una mujer.

-la vida es un juego de azar. Las mujeres son lo mismo. Parte la baraja. Este documento nos dirá que hacer.
Jesús repartió el juego. "Destapa tu carta" -le ordenó con una sonrisa de misterio. Apareció la reina de corazones. "Brujo! Mañana nos vamos a buscar eso que perdiste" -le increpó con un manotazo en la espalda.


Ese viejo era un papelazo: A veces era un Tiresías llevándolo a los más hondos infiernos; a veces era un Salomón: experto en mujeres y conocedor de los siglos; un Nabuconosor, rey del desierto y constructor de prostíbulos lejanos a Dios; un Lot perseguidor de perversidades sexuales; un Odiseo, experto en aventuras valientes, astutas y amante de las diosas; un Homero contador de historias y pocas veces, un hombre común y corriente cuando se le acababa la cocaína. Con el conoció todas las mujeres paridas por la frontera; gracias a Jesús fue armando poco a poco y sin agotarse el ingente rompecabezas que era Nubia. Pero al paso de los años, le faltó la última pieza para completar la hermosa pintura que es su amada. Faltaba ese olor que ahora sabía, siempre fue único. Faltaba el beso y todo aquello que no le permitía arrancarse para siempre de la mollera a aquella cosa de pelo barcino. Las aventuras sexuales le fueron cansando al no encontrar el gancho para quedarse colgado en un lugar como el que siempre anheló y un día se encontró de nuevo pensando en las luces. Estuvo vagando en la ciudad buscando hogares felices olorosos a pan y leche. Rodaba de calle en calle, entre la bruma insidiosa de la soledad, los vapores del alcohol y los pulsos de la coca. Así fue Auror con el corazón durante un par de meses hasta que una noche en que las nostalgias lo estaban ahorcando con un nudo que le impedía hasta respirar sorprendió a un niño a través de una ventana. Sus miradas se encontraron durante unos segundos. Auror busco un reflejo de si mismo en aquel rostro, el pequeño estaba boquiabierto y pálido; no pudo más, le hizo un saludo trémulo y le sonrió de forma grotesca. El niño se puso igual a temblar y gritó con toda la fuerza de sus pulmones: "papá". Todo el barrio salió alarmado y luego fúrico. Tuvo que correr con todas las fuerzas del terror para escapar de la muchedumbre; se metió por callejones, saltó bardas y cercas, se arrastró entre coches y desagües pluviales hasta que su carrera se detuvo frente a una enorme barda rayoneada con palabras bravuconas en espanglish. Se recargó sobre esta respirando como toreo de lidia, transpirando adrenalina pura y hedionda a miedo; escuchó el murmullo y los pasos silenciosos de sus perseguidores. Volteó para enfrentarlos; ellos lo vieron con ojos de consideración pero aún así lo golpearon hasta el desmayo. La policía llegó para evitar lo mataran. Estuvo preso un par de años hasta que se comprobó que no era ni robachicos, ni ladrón y mucho menos un degenerado amante de los niños. Solo estaba buscando el anhelo que años atrás hubo perdido entre las piernas de las mujeres y las utopías infernales de su viejo compañero Jesús. Fue el quién pagó la fianza y lo recibió de nuevo en su casa. Le consiguió trabajo en aquella cantina de carretera donde se escucha música de los ochenta y las prostitutas se marchitan como flores por los besos del viento ardiente, la arena, los cada vez más escasos clientes y sus vicios; mujeres paseándose hasta el fin de los tiempos bajo la luz blanca de las lámparas tubulares, como gatas pegadas a las paredes esperando que alguien les arroje aunque sea para un mal taco.


Ya no podía soportar el dolor. Entre la cerveza, la cocaína y las prostitutas, la carne que le envolvía la poca alma que hubo formado en los días de la carretera se estaba pudriendo en un sarcoma insoportable. Un día intentó platicar sobre su padecimiento con Don Pancho Felix, el bar-man, y este le comentó con un discurso poco motivador mientras picaba hielo para helar las cervezas: "Así es mi querido Auror, a veces el cargo de una ausencia es tan jodido que se parece mucho a...tener un...picahielo ensartado en el fundillo el cual no te permite ni estar acostado, ni parado, ni sentado y mucho menos caminando. Así es de culero eso de perder una mujer. Un picahielo en el culo el cual te cobra dolor hasta por suspirar un recuerdo. Sí señor"
Se derrumbó a llorar al imaginar que al parecer ni la coca, ni las cervezas y las muchachas tendrían el poder de desenterrarle el dichoso picahielo.

"Te lo sacarán cuando mueras", le reveló don Pancho dándole una palmada en la espalda.

Rigoberto lo encontró al borde del colapso. Jesús tuvo que llamarle pues creyó que iba a morir. Cuando salían de la ciudad, Auror le preguntó por el destino -vamos a casa- le dijo Rigoberto -pensé que íbamos a mí entierro- le contestó con acento desalentado. Cuando estaban sobre la carretera, Auror se sintió sobrecogido en medio de la oscuridad. Rigoberto puso música en su Coronet superbee. Un hombre cantaba: "fíjate Juan, las noches en buenos aires no llevan estrellas" Sacó la cabeza por la ventana y sonrió al volver a vivir el ahogo que experimentó cuando niño. Miró el cielo. Se sintió feliz al ver de nuevo el firmamento cuajado de luciérnagas. Entonces vio una luz en la lejanía y lloró entonces de felicidad. Todas sus nostalgias le cayeron encima como una suave sábana. Luego se quedó dormido.


Rigoberto lo observó durante varios intervalos hasta llegar a casa. Auror siempre fue un niño, pensó. Mal le hizo todo mundo al despertarlo de ese sueño que es vivir dentro de un corazón inocente y nada sabio. Don Jesús, Nubia y él solo habían destruido mucho de lo que este infante hubo construido para sobrevivir con el alma intacta. Fue como liberar un ave para que las tormentas, los soles, las aguas y hasta las suaves ventiscas le desplumaran las alas y le postraran para morir sobre el desierto. Creyó de verdad que su amigo estaba agonizando y sintió vergüenza al ser invadido por una extraña alegría: al fin Auror descansaría rodeado de aquello que siempre careció.Cuando él abrió los ojos con ese estar pálido y la mirada brillante puesta en un reanudo del camino, Rigoberto supo que aún faltaba mucho que escuchar: Su amigo había renacido para seguir reinando su imperio niño.A los pocos días recobró el ánimo de otear por las ventanas con rumbo a la ciudad.

-que es lo que esperas ahora?

-no lo sé. Solo sé que es inevitable que algo llegue.

Y aquella gente se encontró sin querer con la familia que nunca pudo encontrar en las ciudades. Rigoberto, Rosalía y las visitas cada fin de semana de don Jesús le daban al ambiente un calor muy parecido al hogar que todos añoraban. Auror se había perdido años buscando esto y ellos lo encontraron sin querer, queriendo poner a vivir a un hombre que buscaba utopías escondidas tras las luces. Rosalía y Rigoberto terminaron maridados por un amor más allá que la carne, un amor reconcentrado y dirigido hacia aquel niño de cincuentaidós años de edad. Don Jesús era la figura abuelesca que contaba las historias al nieto mientras sus hijos aromaban la casa a pan y leche. Ese tridente paternal comenzó a comprender a Auror cuando divisaban la casona desde la laguna salada y sentían una paz inmensa acompañada de deseos de llegar más rápido antes de que las luces brujas de la ciudad reclamaran su presencia. Auror parecía envejecer en sentido contrario. Cada día parecía ser más un niño.


Un día veinticuatro de diciembre, las estrellas brillaban como nunca después de que una insidiosa tolvanera de Santa Ana estuvo barriendo el desierto toda la tarde. Rosalía le dijo a Auror que iba a nevar. Cenaron juntos para celebrar la navidad. Don Jesús había llevado unos pavos cocinados en la cantina y Rigoberto había comprado dulces y conservas de papaya y camote. Rosalía sacó una botella de whiskey de la alacena. En punto de las doce todos se sentaron frente al ventanal para escuchar la tronadera de cohetones, rifles, metralletas y pistolas; para deslumbrarse al ver los juegos pirotécnicos tocar el cielo. Fue una velada grandiosa.Después de las dos de la mañana, Auror al fin estaba callado. No había parado de reír y confirmar las epopeyas personales y propias de don Jesús. Callado y con una fascinación en la mirada dirigida a la ciudad. Se puso de pie y dando la espalda al horizonte cuajado de luces y humo les dijo con una mano en el corazón: "Nubia acaba de morir" y se puso entonces a llorar. Luego les dió la espalda y recargado en el postigo de la ventana su puso a cantar aquella canción de la niñez: "you Say goodbye, i Say hello. Hello, hello". Se veía feliz a pesar del pesar.Su amada había muerto, lo sabía. No le pesaba no haberla visto de nuevo con esos ojos viejos. Se puso a buscarla en cada una de las luces de la ciudad. Se angustió un poco al caer en la cuenta que estaba de nuevo queriendo partir allá, pero se recobró cuando, una a una, las luces se fueron apagando. Una a una y despacio, tan despacio que hasta pudo contarlas. Las contaba hasta que solo una quedó. Una luz hermosa y fuerte que de repente se expandió por todo el firmamento en una maravilla multicolor. Auror sintió entonces viajar de nuevo a toda velocidad por una carretera. Sacó la cabeza por la ventana para sentir con todo su ser esa dulce asfixia que le hizo tan feliz en los años de su niñez. Cuando se recuperó de tal ensoñación, todo estaba en silencio. Sus amigos ya no estaban, la ciudad había desaparecido. Solo él y aquella casa en las alturas y esa suave brisa que lo abrazaba haciéndole creer que podía volar. Levantó los ojos para buscar estrellas pero no las encontró. Sintió miedo. Quiso llamar a sus amigos. Quiso llamar a Rigoberto pero no pudo recordar su nombre; intentó llamar a don Jesús pero no pudo recordar siquiera ese rostro de Tiresías. En ese minuto ni la sopenca cucapá existía ya; ni la laguna salada, ni la carretera que pasa frente a su casa ni las rocas gigantescas que forman esa montaña. Solo él y ese vivir. Un sopor lo estaba invadiendo. Intentó cerrar los ojos para que lo oscuro le ayudara a recordar y no pudo siquiera dar un pestañazo. Antes que dejar de poder hacer cualquier cosa clamó con todas la fuerzas de su pensamiento hasta que una existencia explotó, dijo con lo que le quedaba de aliento: "Nubia" Entonces ella apareció: "vamos a buscar aquello que tenemos pendiente. Acá el tiempo nos sobra", le dijo con una sonrisa.

Don Jesús dice que ese hombre ha cambiado mucho desde aquella navidad. Se siguen desvelando pero ahora Auror ya no nubla la mirada ni busca luces. Solo lamenta lo lejos que está del pulso que tuvo en esos años de búsqueda en el desierto.Rigoberto dice que su hermano al fin se encuentra en un lugar que si bien nos es aquello oloroso a pan y leche, es algo así como lo más cercano al cielo y no está solo pues Auror jura que al fin encontró a su amada Nubia.La Cucapá nada les cree con sus ínfulas de indígena. Pero dice de un fantasma que a veces se ve a través de las ventanas si pones atención cuando empiezas el ascenso a la casona. Incluso asegura lo ha encontrado charlando con los fantasmas que noche a noche atraviesan la laguna salada en sus pleitos antiquísimos contra apaches, soldados y otras enemistades escaldadas por la rumia de la extinción.

Rosalía lo encontró muerto aquella madrugada de navidad, con la vista fija en el amanecer, una sonrisa inolvidable y cubierta la cabeza de una fina capa de nieve. No lo pudieron sepultar hasta seis días después, ya que dejó de caer esa tormenta invernal y se pudo al fin salir de aquella mole de piedras superpuestas. Poco a poco, los integrantes de esta familia fraterna han dejado de resistirse al adiós de Auror, ese hombre que fue un espejo de todos a la vez que un espejismo raro que nunca terminó de existir completamente.
Todo aquel que remonta la rumorosa en medio de la noche puede ver esa casona pues sus luces jamás se apagan y dicen, que a este lugar puedes llegar y sentirte como nunca en ningún lugar del mundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

 

MARILYNE BERTONCINI / WANDA MIHULEAC

Poemas de “Sable”

Traducción de Miguel Ángel Real

 

 

Les éditions Transignum 2019.

Textos de Marilyne Bertoncini. Fotografía de Wanda Mihuleac ©

 

 

 

 

© FOTOGRAFÍA  Wanda Mihuleac

 

 

La mer respire

lente changeante

expire et lèche le rivage

où la marée laisse imprimé

un humide trémail

 

J’y pose à plat le filet à crevettes -

grises et vitreuses comme le sable

elles gigotent entre les mailles et les plis

prises dans le croissant du carrelet

et s’échappent entre mes doigts d’enfant

 

le sable aspire ma cheville

aspire ma mémoire

l'empreinte de mon pied s’emplit d’un éclat de miroir

minuscule

et la vague suivante l’engloutit et remporte

les algues rejetées du filet

les poulpes transparents

et les méduses glauques

 

 

 

La mar respira

lenta cambiante

expira y lame la orilla

donde la marea deja impreso

un húmedo trasmallo

 

Dejo la red para las gambas -

grises y virtuosas como la arena

patalean entre las mallas y los pliegues

atrapadas en la media luna del salabre

y se escapan entre mis dedos de niña

 

la arena aspira mi tobillo

aspira mi memoria

la huella de mi pie se llena de una esquirla de espejo

minúsculo

y la ola siguiente se la traga y se lleva

las algas que la red rechaza

los pulpos transparentes

y las medusas glaucas

 

 

 

**

 

 

Chaque vague soulève à grand-peine

une nappe emporte

la trame des mots

l’efface et seule reste une trace

mémoire de sable

 

crissant glissant soie

au cri déchiré

menus murmures comme

des pas d’oiseau

la dentelle des coquilles vides

sur la grève l’arène ourdie de temps

 

lourde draperie de dunes et d’estran

plis sur plis où se dissout le vent

du souvenir

 

 

 

 

Cada ola levanta a duras penas

un manto se lleva

la trama de las palabras

la borra y solo queda una huella

memoria de arena

 

rechinando deslizándose seda

de grito desgarrado

menudos murmullos como

de pasos de pájaro

el encaje de las conchas vacías

en la playa la arena urdida de tiempo

 

pesado tapiz de dunas y mareas

pliegue sobre pliegue donde se disuelve el viento

del recuerdo

 

 

**

 

 

Elle est allongée comme la dune aussi

nue

ses pieds touchent la mer

 

et les mains de Sable racinent

s'allongent

elles s'allongent sous le sable

écrivent les liserons rampants

la bugrane épineuse aux fleurs de papillon

 

le mandala de l'espérance

chemin barbelé vers

la sortie du labyrinthe

de solitude et de souffrance

 

et Sable ouvre ses yeux-fleurs

blêmes comme un ciel de plomb

étoiles mortes et inversées

battues par le vent sidéral

 

et la bouche d'Elle sans cesse tente

le cri qu'étouffe toujours

le sable qui volète

 

 

 

 

Ella, tumbada también como la duna

desnuda

sus pies tocan la mar

 

y las manos de Arena se enraízan

se alargan

se alargan sobre la arena

escriben las campanillas rampantes

la gatuña espinosa con flores de mariposa

 

el mandala de la esperanza

camino de púas hacia

la salida del laberinto

de soledad y sufrimiento

 

y Arena abre los ojos-flores

lívidos como un cielo de plomo

estrellas muertas e invertidas

sacudidas por el viento sideral

 

y la boca de Ella sin cesar intenta

el grito que ahoga siempre

la arena que revolotea

 

 

 

 

**

 

Lovée au creux des dunes

le nez contre le sable humide à peine sous

les touffes de carex

comme au creux d'une aisselle au parfum minéral

intense et fade dans la mémoire

caresse rêche animale et poudreuse

 

je sais qu'Elle respire

de nous de notre rire

 

je déboule dévale le long du flanc de Sable

et la dune s'écroule émue de son écume sèche

 

je déboule dévale du giron de la dune

et ma main écorchée à sa couronne barbelée

 

saigne couleur de rouille sur l'éclatant

cristal

de silice

 

Je suis fille de Sable

mais les mots

m'appartiennent

 

Je crie

j'écris

 

 

 

 

Acurrucada entre las dunas

su nariz contra la arena húmeda apenas bajo

las matas de carrizo

como en el hueco de una axila de perfume mineral

intensa y desabrida en la memoria

caricia áspera animal y polvorienta

 

yo sé que Ella respira

de nosotros de nuestras risas

 

me lanzo me abalanzo por la pendiente de Arena

y la duna se derrumba emocionada por su espuma seca

 

me lanzo me abalanzo desde el regazo de la duna

y mi mano desollada en su corona-alambrada

 

sangra color de óxido sobre el deslumbrante

cristal

de sílice

 

Soy hija de Arena

pero las palabras

me pertenecen

 

 

Es grito

escrito

Publicado en VENTANA FRANCESA
Miércoles, 18 Septiembre 2019 04:29

SUEÑO DE OTRO SIGLO / Ginevra Sofia Avella /

 

 

SUEÑO DE OTRO SIGLO

Ginevra Sofia Avella

 

Sueño de otro siglo,

de otro barrio.

 

Una ciudad de mar rasgada por tranvías

nos quita los labios.

 

Allá donde el cielo cae

desde el azul hasta la lluvia en los cafés.

 

Lisboa revisited?

 

Un mercado de París,

tu comunismo negociado por las pulgas.

 

– Paris is burning –

 

Allá donde duerme el dios de los viajeros,

en el próximo rincón escondido,

nos vamos a quemar

al borde de tu mapa calcinado.

 

PECES

 

Transcripción oval de un mal sueño sin ventanas:

 

Solo unas rosas derrotadas,

solo tinta caducada,

viejas huellas en el camino.

 

Esta luna que susurra

entre los dientes de la noche

al viejo aliento cortado

en las alturas.

 

De todos estos poemas

solo quedará mi boca.

 

MAYAKOVSKI Y MI AMOR

 

Repartir el fuego.

Masticar los huesos de la oscuridad.

Una cicatriz compartida, quebrada.

 

Pequeñas muertes en el cielo

de este país lejano sin estrellas.

 

La noche me atrapará donde no quiero,

me descubrirá dentro de una botella vacía,

dentro de un poema mudo,

al borde de un ojo roto.

La noche me atrapará entre tus piernas.

 

¿Dónde iremos?

Última carta, puerto nocturno y borracho.

 

Ocultaré las horas en mi garganta,

sinfonía de farolas e instrumentos del viento.

 

Todos los veranos del mundo, cerillas en tus bolsillos.

Dejaremos al mundo nuestro incendio.

 

 

Publicado en OIDOS NEGROS(Poesía)
Miércoles, 18 Septiembre 2019 04:15

Leer en los aeropuertos Adán Echeverría.

 

Leer en los aeropuertos

Adán Echeverría.

 

Mi trabajo me hace viajar en ocasiones. Matamoros tiene la tragedia de ser una ciudad fronteriza a la que no le interesa mucho tener intercambios con la Ciudad de México o el sureste del país. Consciente de que su mundo económico tiene su base en el Norte (Monterrey, Saltillo) o del otro lado del Río Bravo, ha menospreciado tener un aeropuerto que sea funcional. Una línea aérea única en el aeropuerto de la ciudad, hace que los matamorenses tengan que viajar a Reynosa para tomar el avión, o ir a Monterrey. En Reynosa tampoco se soluciona el asunto, la aerolínea de tarifas económicas apenas hace un único vuelo los miércoles, jueves y viernes. Volver de la Ciudad de México un viernes en la noche se hace complicado. Deja uno el hotel a las 13 horas y tiene que esperar en el aeropuerto hasta las 20 horas para abordar. Y eso si no se nos atrasan los vuelos, como ha ocurrido en muchas ocasiones. Uno vuelve a Matamoros a eso de la 1 de la mañana del sábado.

Cuando uno es lector saber utilizar las horas. Las librerías son una muy buena oferta en el aeropuerto de la CDMX, y sabedor de ello me di a la tarea de conseguirme el nuevo libro que reúne los cuentos del escritor uruguayo Mario Levrero (1940-2004), pero —para no variar— el encarado de la librería dice que no tiene idea de quién es dicho autor. Tuve que deletrearle su apellido, para que me diga: “Ah, es con UVE, no con BE. No tengo ningún título con su nombre”, lo cual me pareció una tragedia, porque encontré dos reseñas de este libro incluso en la revista que la aerolínea pone a disposición de los pasajeros. Así que tuve que buscar para ver qué libro podría llamar mi atención.

Intento que mis lecturas me permitan usar los libros para ilustrar ejemplos en mis tardes de taller literario, y me topé con una Antología de la prosa breve mexicana, titulada “El vuelo del colibrí” (coedición de Secretaría de Cultura y Editorial Atrament, 2018), coordinada por Beatriz Espejo, y cuya selección de textos corrió a cargo de Ana Rosa Suárez Argüelles, Halina Vela y la propia Espejo, y cuenta con una nota introductoria de Jesús Gómez Morán.

A los 44 años, y después de quince años de impartir talleres literarios, dirigir revistas de creación literaria, editar revistas y libros, uno lee de forma diferente. Quise saber quiénes estaban incluidos en el libro, cuál era el alcance; y con revisar un poco vi la primera enorme ERRATA. El último autor que se enlista en la página 320 es Armando Alanís, y dice que nació en 1986.

En México uno se topa con dos autores con el nombre Armando Alanís, un narrador y microficcionista, y el gran poeta de Nuevo León que incluye en su firma su segundo apellido: Pulido, quien es el creador del proyecto Acción Poética. Uno tiene que valorar muy poco a los escritores mexicanos contemporáneos para no saber esto. Ninguno de los dos Armandos Alanís, es nacido en 1986. Ninguno. Así que quise ver su ficha, que encontré en la página 265, y efectivamente se trata del narrador y microficcionista, nacido en Saltillo, Coahuila en 1956.

El error no queda solamente como anécdota de edición, sino que al final de las “Justificaciones previas”, en las páginas 15 y 16, y firmadas por Beatriz Espejo, menciona: “El primer escritor que aparece nació en 1803 y el último en 1986”, lo que hace evidente que Beatriz Espejo no conoce el libro que coordinó, puesto que corregido el error de la fecha de nacimiento de Arnando Alanís en su ficha, la antología no contempla a ningún autor nacido en 1986, haciendo que Alberto Chimal nacido en 1970 sea el escritor más joven que fue incluido.

Más adelante incluyen el cuento “Días de Feria”, de Carlos Martín Briceño, del cual dicen al menos dos veces, primero en la página 104, y después en la página 324 que es un texto inédito, cuando pertenece al cuentario “Al final de la vigilia (Editorial Dante, 2002), que además ha sido recogido en la antología que junta su obra titulada “De la vasta piel” (Editorial Ficticia, 2017), un excelente texto breve de Carlos, que los yucatecos que conocemos su obra reconocemos de manera inmediata. Pero que en una antología nacional señalen que es un texto inédito, me hace creer en la falta de profesionalismo respecto de los antologadores que acompañan a Beatriz Espejo en este proyecto. Uno puede encontrar hasta diversos ensayos publicados en diversas revistas, como el de Mauricio Carrera en la revista Casa del tiempo, donde se habla de la obra de Martín Briceño y se menciona el cuento que se incluye en esta antología coordinada por Espejo. Pero más allá de estas erratas, que evidencian la soberbia —y falta de profesionalismo— que siempre validará a algunos antologadores, y muchos compiladores, uno tiene que quedarse con las obras, los autores y sus obras. Razón que tiene que importarnos más a los lectores.

Al mismo tiempo, y aprovechando los atrasos en el aeropuerto, me di a la tarea de comenzar a leer “Perorata” (Editorial Abismos, 2019), es el más reciente libro de cuentos del autor Luis Felipe Lomelí (Jalisco, 1975). Y tengo que reconocer que me costó mucho leer el cuento ‘Arandas’, con el que se abre el cuentario. Más allá de que en la siguiente entrega presentaré el análisis de este libro, no puedo dejar de apuntar alguna línea de ese cuento que me parecen errada en su redacción, la reproduzco tal como está publicadas “La deja abierta porque eso no es todo, no basta con mantenerse despierto aunque sea lo primero”. (¿Y?) Sin embargo, hay que añadir que el cuento ‘Verde era el color que era’, es un cuento interesante que promete, por lo que abundaremos en esta lectura.

Publicado en La pluma sobre el ojo

 

 

 

El Requiem de una Plegaria Muda

Angélica Pineda-Silva

 

Concédeles el descanso eterno, Señor,

y que brille para ellos la luz perpetua.

 

Requiem æternam dona eis,

Domine, et lux perpetua luceat eis.1

 

...Es un día frío con una nata gris que recubre el cielo; el viento helado que corre y “cala en los huesos”, así como el amago de lluvia que amenaza, me obligan a acelerar el paso para calentar mi cuerpo y llegar pronto a mi destino. Despacio, avanzo por la escalera de la galería que conduce al segundo piso. A medida que subo los escalones, veo como sobresalen unas piezas2 de madera por toda la sala. Nueve piezas se encuentran en un espacio que parece estrecho para contener los “muebles” que están allí. Es una visión un tanto escalofriante. Tengo la impresión de una tierra árida en la que, sin embargo, de manera tímida se cuela la vida representada en pequeños brotes de hierba que crecen abriéndose paso entre la madera. Hay una luz tenue que refleja ciertas sombras sobre los objetos dándoles un aura de desolación. Me parece la escena de un velorio.

 

Lentamente me desplazo por el lugar. El piso de madera vieja cruje bajo mis pies y entonces trato de moverme de manera más pausada; no quiero que el sonido que provocan mis pasos interrumpa el silencio profundo que reina en el lugar. Me acerco con cautela a una pieza y la observo detenidamente. Encima de una mesa que parece desgastada y vieja, hay un bloque de tierra de aproximadamente veinte centímetros de ancho, sobre el cual, una segunda mesa se encuentra patas arriba anulando con su presencia la función de la que está debajo. Cada unidad de las nueve presentes, tiene aproximadamente las mismas dimensiones de un ataúd estándar. Las mesas que se sobreponen crean una imagen especular, es decir, a manera de espejo, lo que hace parecer que el espacio luzca mucho más ocupado de lo que en realidad está. Una sensación de claustrofobia me invade, me ahoga, un suspiro se quiebra en mi garganta, tengo ganas de llorar. En el extremo izquierdo de la sala veo una puerta que en ese instante se transforma para mí en una salida, me dirijo allí y abandono por un momento  la estancia que se ha cubierto de un halo lúgubre, triste y solitario. Me tomo unos minutos para sentir, pensar y reflexionar sobre la obra.

 

 

Plegaria Muda (Doris Salcedo, 2008-2010)

 

 

La escena resulta siniestra; percibo la familiaridad del silencio melancólico de un cementerio en un día de visita sin lágrimas ni sollozos desgarradores por el que acaba de partir, y a la vez, el asombro de que estos sarcófagos estén allí expuestos, como si esperaran ser llevados a otro lugar. La disposición repetida de las mesas-ataúdes me recuerda un camposanto. Todas ellas están ordenadas y puestas de tal forma que desde cualquier lugar de la sala se puede apreciar la simetría del orden impuesto. Sin embargo, a diferencia de los cementerios que suelen ubicarse en vastas extensiones de terreno, llenos de árboles y olor a flores muertas, este lugar solo tiene un sutil olor a tierra; no hay árboles ni flores, es un cuadrado que resulta estrecho, asfixiante, y que de alguna forma me oprime, como si tuviera que andar por allí con la cabeza gacha, disminuyendo al máximo la presencia de mi cuerpo. La pintura blanca, demasiado blanca de las paredes, hace parecer el lugar más bien un limbo. Aunque puedo caminar por la sala sin seguir ninguna ruta demarcada, quedo paralizada en un mismo lugar por un tiempo que parece eterno, como si mis pies se plantaran en el suelo para hacer compañía a los solitarios féretros que yacen patas arriba semejando un insecto muerto.

 

Recuerdo el título de la obra Plegaria muda, y siento con todo su peso la necesidad de guardar silencio como manifestación de un profundo respeto. Detallo la hierba que crece a pesar de que la tierra está cubierta por una capa de madera, es una imagen que me parece hermosa y esperanzadora; pero a la vez, pienso que el pasto que se alza de manera triunfal por lo que parece ser la tapa de un féretro, no solo cubrirá las mesas patas arriba, también cubrirá lo que yace debajo. Como señala Mieke Bal, “antes de la esperanza está la tragedia” 3.

 

En varias entrevistas he escuchado a Doris Salcedo decir que todas sus obras parten de un testimonio4, y justo allí, con esta indicación, un desfile de recuerdos me deja inquieta y pensativa. Recuerdo, por ejemplo, la historia de la muñeca descabezada  que encontró una niña de La Palma, luego de volver a su casa tras abandonarla debido a que un grupo de paramilitares se tomó la vereda donde ella vivía. Luego del horrible hallazgo, la niña descabeza a cada muñeca que le regala su madre, quizá, en un intento de aliviar el dolor y la rabia fruto de la pérdida de su hijita imaginada. También acude a mi memoria la historia de don Pepe, hombre de unos cincuenta años que llego a Viotá desplazado por la violencia del Urabá antioqueño; del caserío prospero donde vivía no quedó ni el rastro. La violencia convirtió a la pequeña población en un caserío fantasma donde no es posible acercarse porque los muertos no enterrados todavía andan por ahí y asustan. La historia de Simón no es menos trágica y escabrosa: el niño, de apenas cinco años, vio como unos uniformados les arrancaban la vida a su madre y a su padre, asesinándolos y dejando sus cuerpos como carroña para los chulos.5

 

Doris Salcedo considera que “Colombia es el país de la muerte insepulta, la fosa común y los muertos anónimos” 6. En esta vía, toda su obra gira en torno a la violencia política que infligen aquellos que detentan poder, sobre la vida de quienes no tienen como defenderse. Plegaria muda, en particular, está inspirada en la muerte de miles de jóvenes que fueron ejecutados a manos de miembros del ejército, bajo la política de seguridad democrática del expresidente de Colombia Álvaro Uribe Vélez, durante sus dos periodos de mandato (2002–2006 y 2006–2010). Oficiales del ejército colombiano asesinaron a civiles inocentes con el objetivo de hacerlos pasar como guerrilleros muertos en combate, y así exponer resultados en la lucha contra la guerrilla. A mayores resultados mostrados, es decir, a mayor número de “bajas”, los miembros de las diferentes brigadas obtenían prebendas del Estado como ascensos o permisos. La indignante verdad salió a la luz a finales de 2008, gracias al insistente reclamo de un grupo de madres de Soacha, quienes se habían encontrado en la búsqueda de sus hijos desaparecidos meses atrás; hijos que fueron sepultados como N.N. en el lejano municipio de Ocaña, a cientos de kilómetros de donde ellos vivían.7 

 

La artista colombiana entrevistó a un grupo de madres sobre la terrible labor de búsqueda de sus hijos desaparecidos y luego, las acompañó en el proceso de reconocerlos en las fosas comunes donde habían sido enterrados por sus verdugos; también las acompañó en su largo y tortuoso duelo, y en el intento vano de reclamar justicia al Estado colombiano por la barbarie cometida. “La muerte de cada joven genera una ausencia y cada ausencia demanda una responsabilidad con respecto a los ausentes, ya que su única posibilidad de existir es dentro de nosotros, en el proceso mismo de la elaboración del duelo. Plegaria Muda es un intento de elaboración de dicho duelo, un espacio demarcado por el límite radical que impone la muerte. Un espacio fuera de la vida, un lugar aparte, que recuerda a nuestros muertos”.8

 

Después este recorrido, puedo preguntarme, ¡podemos preguntarnos! ¿para qué?  Para recordar que “el deber de la memoria es el deber de los desendientes" 9;  resulta imperioso escuchar para convertirnos en testigos y así subjetivar la experiencia dolorosa, permitir que nos traspase, que la cifra, el número, la estadística tengan un rostro, miles de rostros, y por medio de la memoria impedir su olvido. Como dice Giorgio Agamben recordando a Primo Levi: “y con este malestar a sus espaldas tuve ocasión de encontrarme con él […] Podía sentirse culpable por haber sobrevivido, no por haber prestado testimonio. Estoy en paz conmigo mismo porque he testimoniado” 10.

 

Posdata 1.

Mantra Performático, a víctimas y sobrevivientes...

 

Habitar el cuerpo, habitar la calle, habitar el cuerpo, habitar la calle. Ritornelo, mantra incesante, condensación de ritual irrepetible que ocurre cuando nos juntamos. Acción vertiente en el rugir vacío espacio tiempo. Marcas del goce tatuadas en mi cuerpo para obligarme a recordar esa inmensidad efímera, ahora tan distante. Simulación de una cartografía psíquica activada con el vaivén de los cuerpos expectantes. Dejo de ser yo para ser yo. Desciendo por en medio del gentío, no hay vuelta atrás, no podemos destejer lo ya tejido. Llevo en la mano derecha tres cadenas y el puño izquierdo cerrado. Te busco entre la gente pero no te encuentro, no estas, no importa ¿Importa? Sí, sí importa. El mareo y la sed desaparecen, ahora mi corazón quiere salirse por la boca. Inhalo, inhalo profundo para anudar el nudo que estrangula tu garganta y así poder petrificar con mi mutismo la libertad del pájaro que vuela. Desgarro tu humanidad al violar el velo que te cubre, tapo tus ojos con una venda negra, ato tus manos con cadenas. ¡Silencio he dicho! Me baño en sangre. No me preguntes donde están tus muertos, no voy a decírtelo. Calla, calla de una vez. Río abajo pulula la infamia. Me corroe. Odio y espanto, la sed de sangre no se acaba con el llanto. Y entonces cantas y danzas y te elevas con el viento huracanado de tu lamento acuoso. Ahora tengo que gritar, parar, detener la acción que se me ha vuelto insoportable, un dos tres germina, ¡germina ya!.. Regálame el novilunio de tu asombro para cabalgar la pesadilla. Recuerda: siempre habrá otro cielo, más allá del cielo que tomemos por asalto.

 

 

Posdata 2.

Chichagüi

 

En mi tierra llaman Chichagüi  a una llaga que pulula, un fermento que se tiene que extirpar. Suele sembrarse profundo y aprovechar cualquier lesión para anidarse, es una postema inmunda que solo abandona a su víctima acosta de lágrimas, hijueputazos y unas gotas de sudor revueltas con sangre y valentía. La liberación de semejante engendro exige la arrasadora invocación de la bravura. El asunto es que rasca aquí y allá pero en ningún lado, porque tienen comezón el cuerpo y el alma. La fístula podrida transforma la libertad de natura en el intercambio de lozanos billeticos de colores, es una estéril y nauseabunda podredumbre manoseada por un sinfín de entes silentes. ¡Qué feliz me siento de pertenecer a la distinguidísima suciedad de la ficción!, se le oye susurrar al Chichagüi   mientras chilla atronadoramente: ¡ámenme, que significativo, hermoso y exitoso! Repite la letanía una y otra vez mientras se encona y de rojo pasa a verde y de verde a pus espeso y blanquecino. La brújula que guía el despertar tropieza con la torpeza codiciosa del equívoco. Sonrisas de catálogo barato como plastas incrustadas en medio de unos ojos que no ven, una nariz que no huele, unos oídos que no oyen, unas entrañas que no sienten. ¡Cuidado! Chichagüi  no se anda con rodeos. Para deshacerse del mal póngale fe, basta que se quede tranquilito y preste atención al síntoma, dele calorcito y vera los buenos resultados, recuerde que solo perdido en el laberinto podrá encontrar la salida.

 

1 Concédeles el descanso eterno, Señor, y que brille para ellos la luz perpetua.

2 La obra Plegaria muda consta originalmente de 166 piezas. Entre el 22 de febrero y el 29 de marzo de 2014, la Galería Flora Ars+Natura trajo a Bogotá, Colombia, una muestra conformada por nueve de ellas.

3 Mieke Bal, De lo que no se puede hablar, el arte político de Doris Salcedo (Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 2014), 259.

4 Fundación Razón Pública y Corporación Post Office Cowboys, “Serie arte, violencia y memoria, Doris Salcedo” https://www.youtube.com/watch?v=q88Oq3p9iOQ (consultado 24 de diciembre de 2018).

5 Creo importante señalar que estos testimonios han sido recogidos en el trabajo de Tejidos del Viento que es una fundación de la que hago parte, y que trabaja con víctimas de la violencia política en Colombia. Tejidos del Viento, Telares de vida: construcciones itinerantes (Bogotá: A muchas manos, 2013).

6 Doris Salcedo, “Plegaria muda” http://arteflora.org/2014/02/doris-salcedo-plegaria-muda/ (consultado el 17 de abril de 2014).

7 Retratos de familia [Documental], Alexandra Cardona Restrepo, producción Karamelo producciones, Colombia, 2013. (91 min).

8 Doris Salcedo, “Plegaria muda” http://arteflora.org/2014/02/doris-salcedo-plegaria-muda/ (consultado el 17 de abril de 2019).

9 Marc Auge, Las formas del olvido (Barcelona: Editorial Gedisa, 1998), 102.

10 Giorgio Agamben, Lo que queda de Auschwitz, el archivo y el testigo, Homo Sacer III (Valencia: Pre-Textos, 2010), 34.

 

 

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