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La Piraña - Elementos filtrados por fecha: Abril 2019

 

Literatura infantil y migración.

Un acercamiento a caminos de luces y sombras

Dra. Rocío García Rey.

 

Caminos de luces y sombras es un libro elaborado por la Organización Internacional para las Migraciones. Se trata de una edición del 2015. La coordinadora del programa es Sofía Salas Monge. El libro es una recopilación de testimonios migratorios de niñas, niños y adolescentes.

Generalmente los estudios que hay en torno a la migración versan más hacia los rubros demográficos o económicos. Sin embargo, cada migración tiene su historia y esta puede darle forma a miles de testimonios que nos permiten conocer lo que se considera la parte “privada” de la migración. Pero bien sabemos desde hace años, que lo público es privado y lo privado público. En este trabajo destacaremos tres historias de adolescentes que tuvieron que migrar debido al abuso sexual que vivieron.

Es mediante el discurso directo que los testimonios reproducen la voz de las adolescentes que se vieron forzadas a migrar de sus países de origen. En este caso no haremos un estado del arte en torno al testimonio, más bien nos apoyaremos en él como un anclaje de lo que no se redujo a la simple oralidad. Es por medio de los relatos incluidos en el libro que podemos afirmar que la migración unida a la violencia sexual imposibilita que las futuras adultas puedan ejercer lo que la filósofa Graciela Hierro llamó “La ética del placer”. Esto significa que la buena vida y el tránsito para construirnos “mujeres para sí”, como lo planteó Simon de Beauvoir sigue siendo una asignatura pendiente en la agenda de la comunidad.

Hay de facto varias deudas pendientes, pues podemos preguntarnos ¿cómo, en el caso de las mujeres, podemos devenir “mujeres para sí”, cuando los primeros derechos quedan en la utopía. Me refiero a los derechos de la niñez. No podría escribir este texto sin recordar que ya desde 1928, en Buenos Aires, Argentina, fueron expuestos por Gabriela Mistral, Los derechos de los niños. Noventa años han pasado sin que los gobiernos logren hacer realidad lo que en palabras de Mistral fue planteado como:

1.- Derecho a la salud plena, al rigor y a la alegría –lo cual significa derecho a la casa, no solamente salobre, sino hermosa y completa; derecho al vestido y a la alimentación mejores.

La infancia servida abundante, y hasta sucesivamente por el Estado, debería ser la única forma de lujo […] que una colectividad honesta se diera, para su propia honra y su propio goce […]

El cúmulo de deudas son la sumatoria de una sociedad desgastada que parece no poder ofrecer alternativas de crecimiento a la infancia ni a la adolescencia. Un ejemplo evidente es lo señalado por la UNICEF:

 

NUEVA YORK, 28 de noviembre de 2018 - “UNICEF está profundamente preocupado por la seguridad y el bienestar de los más de 1.000 niños migrantes que se desplazan por México o esperan en la frontera en Tijuana para que sus solicitudes de asilo sean escuchadas por las autoridades de inmigración en los Estados Unidos.

Estos niños tienen acceso limitado a muchos de los servicios esenciales que necesitan para su bienestar, incluidos nutrición, educación, apoyo psicosocial y atención médica. También corren el riesgo de ser explotados, abusados o de ser víctimas de trata durante su viaje o en las inmediaciones de los campamentos y centros de descanso en la frontera.

Estas condiciones tan difíciles se suman a su huida de la violencia, la extorsión, la pobreza devastadora y la falta de oportunidades en sus países de origen en el norte de América Central.

 

En Caminos de luces y sombras la mimesis constata que la voz con la que se arman las historias del libro dan cuenta que la literatura infantil y juvenil no es únicamente aquel cúmulo de cuentos clásicos ni de Hadas. El texto permite confirmar lo que Robert Darnton en “Los campesinos cuentan cuentos de mamá la Oca”, señala como la historia del cuento. El cuento y en este caso, los testimonios están tarde o temprano anclados a la sociedad, a su ethos y a la vida cotidiana. Es así que se comprende que la literatura infantil y juvenil no sea per se edulcorada ni bonita, no está llena de arcoíris y se va conformando con relatos, en el caso de Caminos de luces y sombras, de relatos donde los sueños no se cumplen. Las adolescentes narran los que pierden, lo que sienten y la salida de su país de origen. Es pues, el testimonio de lo vivido por miles de adolescentes que particularmente pertenecen a la región centroamericana.

 

El libro está disponible en formato digital y en de su origen podemos leer:

La OIM, a través del Programa Regional Mesoamérica (con fondos

de PRM), espera que este libro llegue a ser un material de apoyo en el

fortalecimiento de capacidades de personal de instituciones de gobierno

y sociedad civil en la región mesoamericana. Pero más aún,

aspira a que los caminos de luces y de sombras de 15 niñas, niños y

adolescentes migrantes de la región que aquí se relatan, refuercen en

quien los lea, su compromiso por trabajar a partir de enfoques de derechos

, género, diversidad, interculturalidad e interés superior

del niño/a, incidiendo positivamente en la calidad de vida de las

personas menores de edad.

Para la elaboración de este material se contó con la valiosa colaboración

de los institutos de niñez y adolescencia de diferentes países de

la región mesoamericana, así como de organizaciones de la sociedad

civil, albergues y centros de atención de niñas, niños y adolescentes,

que por su labor cotidiana, tienen mayor proximidad con la realidad

de estas personas.

 

LA INFANCIA COMO CONSTRUCTO

En este trabajo queremos mostrar cómo la adolescencia y la infancia se vuelven sujetos de enunciación. Cabe decir que esto es posible porque vivimos en un tiempo en que infancia y adolescencia son construcciones sociales legitimadas y, por tanto, reconocidas. En este caso los testimonios que presentaremos se remiten a abusos sexuales como parte de un entramado patriarcal que no sabe diferenciar el respeto del sometimiento.

Se rompe así la construcción de la niña y del adolescente feliz. El libro aquí estudiado, rompe así un estereotipo y de esta manera se visibiliza, entre otras, la infancia y la adolescencia vulnerable.

Pero qué pasa cuando un niño o adolescente se convierte en sujeto de enunciación. Representa la voz que ha parecido ha permanecido en la guarida del silencio y de la invisibilidad. Es con publicaciones como Caminos de luces y sombras que se legitima una versión extra oficial de la historia contemporánea de niños y adolescentes.

Era un vecino que hacía todos los arreglos en la escuela donde yo estudiaba. Un día, me esperó a la salida y me arrastró hasta un lugar feo y oscuro donde abusó de mí, amenazándome de que no podía decir nada de lo que había pasado. Pero yo le conté todo a mi papá, y él buscó al tipo y le reclamó por lo que me había hecho. Sin importarle nada, el hombre atacó a mi papá con un cuchillo y hasta amenazó con matarlo”.

Para salvar su vida, el padre de Alicia tuvo que huir a los Estados Unidos, acogiéndose a la esperanza de encontrar un mejor futuro para él y su familia. Mientras tanto, Alicia vivía angustiada por las amenazas que recibía. “Ese hombre que me agredió y apuñaló a mi papá siguió haciéndole daño a mi familia. A una de mis primas la secuestró por 13 días y su mamá y su papá tuvieron que pagarle los 15.000 (moneda local) que pidió para devolverla. Después, hizo lo mismo con otra prima, advirtiéndome que él no estaba jugando conmigo y que yo nunca podría escapar de él. Toda la familia estaba en peligro. Hubo un momento en que me sentí valiente y puse la denuncia contra ese hombre en el Ministerio Público, pero me fue peor, porque amenazó con matar a mi familia, yo ya no sé qué hacer, no tengo salida”. Fue entonces cuando Alicia, impulsada por el miedo y la necesidad de encontrarse a salvo, decidió migrar.

 

Por lo anterior podemos decir que se presentan historias de una adolescencia rota, resquebrajada. Por desgracia textos como estos, quizá no causen más que conmiseración. Esto se debe a que seguimos pensando en la infancia y adolescencia como etapas edulcoradas, en la que se es feliz por el hecho de ser joven. Leamos parte de la historia de Mónica:

Como me abandonaron fui entregada a una señora que dijo que era mi abuela… Pero eso no era cierto. Ella me explotaba y luego de                                     

aprovecharse de mí, también me abandonó.                      

Luego de todas estas experiencias de rechazo y dolor, Mónica se encontraba sin casa, sin hogar, sin familia y sin aspiraciones, llena de desilusión y tristeza, solo conservaba una pequeña luz de esperanza que la impulsó a migrar, sentía que aún no debía resignarse. Pero mientras atravesaba el país vecino del norte, fue detenida por las autoridades migratorias por su condición irregular. ¿A dónde iría ahora?

 

  Estos relatos no son sino la versión contemporánea -sin hablar en este momento del canon literario- de historias de Caperucitas mexicanas o centroamericanas cuyo camino se ha visto empañado por los lobos posmodernos que siguen el patrón heteropatriarcal llevado a la hiperbolización.

Una migración, seguramente debe ser dura de afrontar, mayormente cuando se está sola y no se tiene la experiencia ni la madurez de vida para afrontar los avatares. Por ello se entiende que el lugar de enunciación sea desde la vulnerabilidad de estas niñas y adolescentes. La inseguridad ante la vida es el factor omnipresente en estos testimonios. He aquí parte del testimonio de Daniela:

Mi papá se fue para los Estados Unidos buscando una mejor vida. Yo estaba tan pequeña que ni me acuerdo de él. Mi mamá se puso a buscar trabajo, pero solo lo consiguió en un bar. A mis hermanas las llevaron a un Hogar, porque no había quién las cuidara, entonces yo me fui a vivir con unas amigas que también se habían quedado solas”.

Pero esa no era la vida que Daniela quería para ella, entonces despertó la ilusión de encontrar a su padre, del que apenas tenía un vago recuerdo. Decidió emprender el viaje, lleno de penurias y dificultades para una adolescente de apenas 15 años. Ella no contaba con que su precaria salud la traicionaría y truncaría su sueño a mitad del camino. Cansada, con fiebre y con asma, fue incapaz de continuar la aventura y fue detenida. En ese país, la llevaron a un albergue para personas migrantes, donde se sintió triste, sola y

enferma, sin nadie a quien acudir ni nadie que la reclamara. Ella no quería que la regresaran a su país con su madre y fue entonces cuando vino a su mente un recuerdo lleno de color: “En esos momentos de soledad y angustia, una imagen vino a mi

rescate: ¡El abuelo! lo sentía tan cerca, recordaba su nombre y su corazón

amoroso. En el albergue en el yo que estuve me ayudaron a buscarlo,

porque estábamos en el mismo país en que él vivía”.

Es por medio de la escritura que estos relatos provocan a la memoria y a la visibilización de la otra, la subalterna: la niña - adolescente migrante que no es vista en su subjetividad porque generalmente nos perdemos en cifras de por sí alarmantes, pero en pocas ocasiones nos preguntamos por las historias de vida y los quehaceres de la historia oral que rescata una anécdota inmediata. La oralidad también permite prender un foco de alarma para darnos cuenta cómo se han normalizado las historias presentadas. Así que no deberíamos conformarnos con conocer y re-conocer la otra cara de la historia de las mujeres. El conocimiento de estos casos nos exige en términos axiológicos echar a andar estrategias como sociedad para impedir la propagación de vidas rotas.

 

Con lágrimas en los ojos, Anita evoca lo vivido a lo largo de sus 14 años, mientras su mirada se pierde entre confusos recuerdos que, en ocasiones, no logra hilar correctamente. Ella era una niña cariñosa, con ilusiones, como cualquier otra niña, a quien le gustaba jugar, correr y estudiar. También era confiada y creía en las personas que la rodeaban, especialmente en su familia, donde se sentía segura, como debería ser.

Apenas cumplía los 7 años, cuando fue abusada sexualmente por su tío, un hombre adulto que vivía en la misma vecindad que ella. “Al principio yo trataba de defenderme, de gritar y pedir ayuda. Pero él me amarraba las manos y me tapaba la boca. Conforme pasó el tiempo, entendí que no tenía salida, y que no podía hacer nada para evitarlo. Entonces ni siquiera tuvo necesidad de amarrarme para lastimarme.

Yo se lo conté a una amiga de la escuela y ella me aconsejó denunciarlo y me animé a decírselo a mi mamá y mi papá. Jamás me imaginé que iban a reaccionar así: mi mamá me regañó y me dijo que toda la culpa era mía y mi papá me empezó a tratar mal y me prohibió jugar con mis hermanitas. Eso me dolió tanto, yo necesitaba que me protegieran ¿Por qué no entendían que yo no quería que me abusaran? ¡Yo intenté evitarlo! Pero no pude ¿Por qué me trataban así?”. Tantas críticas y desprecios llenaron

la casa de oscuridad, así como a Ana, quién poco a poco fue apagando su luz. Como muñeca de cuerda debía girar de acuerdo a la voluntad de los demás, ya no tenía vida propia. ¿A quién podría recurrir Ana en estas circunstancias? La confianza dejó de tener sentido para ella. No confiaba en su familia y tampoco en sí misma.

[…]

 

“Yo seguí en la escuela y ya tenía 13 años. Un día, unos amigos de la escuela me invitaron a dar un paseo en lugar de entrar a clases, insistieron tanto que me convencieron. Me sentía bien decidiendo por mí misma, parecía una aventura divertida, casi una travesura. Entonces empezamos a caminar, pero cuando los caminos se pusieron cada vez más solitarios, comencé a sospechar que algo no estaba bien.    

Llegamos a una casa alejada del pueblo, sentí miedo, pero ya no sabía

qué hacer ni cómo volver, fue entonces que los cinco abusaron de mí…

me dijeron que sabían que mi tío ya me había “iniciado”.

No sé cómo la Directora de la escuela se enteró de lo sucedido y

habló con mi mamá, pero de nuevo, mi mamá me culpó a mí. Alguien denunció mi caso al Ministerio Público y de ahí en adelante, me separaron de mi familia y me llevaron a diferentes hogares y refugios, donde seguí sufriendo maltratos y abusos. Una vez hasta fui violada por un grupo de niñas sin que nadie hiciera nada para defenderme.

Por eso, me escapé varias veces de esos lugares, huyendo en busca de otra salida.

[…]

Fue entonces cuando Ana tomó las pocas fuerzas que tenía y la fantasía de una vida mejor y las metió en una mochila liviana, junto a una blusa, una foto y un cuaderno, en el cual escribiría su travesía. Migrar era su forma de huir, de empezar una nueva vida, alejándose de su pasado cruel. Cuando el sol le quemaba la piel y el cansancio se reflejaba en las ampollas de sus pies, cerraba los ojos por unos minutos y se repetía a sí misma que podía lograrlo. (Ana 38-40)

 

La subjetividad de las niñas entra al texto y en él se despliega para mostrar una parte más de lo que Focault llamó “la prosa del mundo”. He aquí que el mundo se despliega en su historia cotidiana como una suma de acontecimientos donde ora la infancia, ora la adolescencia puede posicionarse como sujeto de la historia en tanto su palabra es considerada para que por medio de la escritura quede fijada su narración y relato de vida. La escritura de Caminos de luces y sombras legitima, así la palabra que durante mucho tiempo ha sido ausente: la de la infancia. Por ello suscribimos lo escrito por Daniela Brito Contreras:

[El testimonio] al ser un género que muestra otra realidad y le da voz a los sujetos subalternos que han sido históricamente silenciados por los demás géneros literarios y por las instancias de poder plantea una revisión del canon literario.

El testimonio retrata la historia viva, a diferencia de la historia a largo plazo que trabaja con el mundo de los muertos, como señala Certeau. Por el contrario, las que hemos presentados son las narraciones de aquellas mujeres que luchan por que no las alcance la muerte. Se trata de niñas y adolescentes auto- representadas en un presente en el que lo principal es sobrevivir.

Podemos decir que exhortos y bregas propiamente latinoamericanas con respecto a darle la voz a la infancia, han quedado completamente inhumados en el mundo líquido. En la ignorancia o en el olvido hemos dejado palabras como las que José Martí escribió en 1889, en su revista La Edad de Oro, para incentivar a los niños a escribir cartas que serían publicadas en la revista. Otro olvido más, ya lo hemos mencionado son los Derechos de los niños proclamados por Mistral.

Creo que Latinoamérica debe colocar en su agenda una pronta revisión de propuestas ya reformuladas que por desconocer o por creer que son decadentes, hemos tirado al olvido.

Es urgente que todas y todos los migrantes puedan emitir su testimonio de vida para que no nos quedemos únicamente con la lectura desde los cubículos. En este sentido bien nos haría recordar y poner en práctica las siguientes palabras de Freire:

Los hombres no se hacen en el silencio, sino en la palabra, en el trabajo, en la acción, en la reflexión. Mas si decir la palabra verdadera, que es trabajo, que es praxis, es transformar el mundo, decirla no es privilegio de algunos hombres, sino derecho de todos los hombres. Precisamente por esto, nadie puede decir la palabra verdadera solo, o decirla para los otros, es un acto de prescripción con el cual quita a los otros el derecho a decirla. Decir la palabra referida al mundo que se ha de transformar, implica un encuentro de los hombres para esa transformación.

Se trata, entonces de que las voces sean eso, una colectividad para que, en este caso, en América Latina la vida de la infancia y adolescente migrante no queden como una noticia más de un diario que se perderá en la triste noche de la indolencia colectiva.

 

ANTI-HAIKÚES

Daniel Olivares Viniegra

 

 

 

Dos jacarandas

 

I

 

Natural vitral

difunde por y a través de ti

amatista encriptada.

 

 

II

 

Añil irradia su mirada

sábana derrámase santa

jacaranda enamorada.

 

 

Viento de marzo

 

Dulce arpegio de amor

así tu canto ardoroso

rival del sol.

 

 

 

                                                URBA—NOS

 

Palmera urbana

estrella el metrobús

en la mirada.

 

*

 

Entre el esmog

fieras en celo viajan

en el camión.

 

*

 

 

Ecología

baila en el parabrisas

el mediodía.

 

*

 

 

Primaveral (I)

 

Loca, una vez más, 

Natura quiere

reemprender su danza:

 

Primavera en bonanza.

 

*

 

Discreta murmura

una flor mensajera

el primer secreto de esta primavera.

 

*

 

Fragancia renace

aún borracha de luz

entra por esa puerta

 

… después de soñar

(nueve meses...)

que estaba despierta.

 

*

 

 

Primaveral (II)

 

Sin frío ahora;

pero ya ganoso,

busco a mi compañera

y sollozo.

 

(Y soy oso...)

 

 

 

 

 

Publicado en OIDOS NEGROS(Poesía)
Jueves, 04 Abril 2019 07:08

PARQUES EN GUERRA / Víctor Hugo Díaz /

 

PARQUES EN GUERRA

Víctor Hugo Díaz

 

 

 

 

PARQUES EN GUERRA I

 

“Todo lo que miras…. lo vuelves un vicio”

 

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                           MADRE

 

 

 

El calor seco ya está en retirada

y un sol de Paz abandona el campo de juego

 

                                 Los vehículos estacionados

son relojes de sombra

que sólo se rigen por el horario

en que excretan los pájaros

 

                                             manecillas

que pueden cambiar de pista     

                                              /detenidas   

sin moverse a exceso de velocidad

 

Por la ventanilla botan envases

                           con sobras de música

 

Dejan atrás obstáculos

                                   /exhalan su edad

                                       /la marca

                                          /el Modelo y número

hasta que la tarde se convierte

en un bello y violento paseo por el Parque

 

Los disparos vienen desde todos los flancos

Son municiones de Agua   

                                        /de bajo calibre

que precipitan sobre el césped en guerra

 

Junglas del Sudeste asiático

                                 /vistas desde un Drone

a la Altitud de estos ojos

 

Batallas en miniatura

donde las mangueras de riego hacen nudo

                                      /tendiendo emboscadas

 

dibujando los frentes de combate

mientras sus gotas impactan en tobillo y muleta

                                              en aluminio y huesos

 

Selva húmeda en rehabilitación

                                                     /a cada paso.

 

 

 

 

PARQUES EN GUERRA II

 

                                                            Mangueras de regadío      municiones de Agua

                                                                        de bajo calibre      Parques en Guerra

                                                                        Selva húmeda

 

El regalo en boca

es la pesca industrial que deja el sabor

 

Plástico en la carnada      letras de canciones

que quedan atrapadas en las redes

junto al cardumen de Bancas del Parque numeradas

desde donde ver los combates de la tarde

                                        … Tan lejos del frente

pero igual habitadas de algas y tiroteos

 

Bancas ancladas en terreno alto

                                           /lejos de las gotas

donde todo lo que sucede y no se mueve

sirve de Blanco a los francotiradores

 

Ocupan buenas posiciones frente a la escena

                                          desplegadas sobre el Campo

según las órdenes que dicta el Manual

 

según el Diagrama hablado en sonido bajo

 

siguiendo los Planos de Construcción

del único secreto proyectado en el césped

                                      /luces

                                               /Gigantografía

La cara de Los Andes en cartón piedra

                                      /que mira a la ciudad

 

Ahí se exhibe la Colección de Armas:

herramientas culpables de falsas torturas

Planes de ataque que el enemigo conoce

 

algunos microgramos de Realidad

 

Papelillos de realidad, adulterados

el día en que se inaugura una Carretera Privada

 

camuflada con señaléticas y tatuajes

que por hoy

                    /hasta ahora

 

indican gratis por dónde no hay que ir.

 

Parques en Guerra       tobillo y muleta

                                    /huesos y aluminio

Selva húmeda en rehabilitación

                                                    /a cada paso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Del libro en Construcción: SELLADO AL VACIO

 

Publicado en OIDOS NEGROS(Poesía)

 

 

L'ombre de toi

Ramiro Padilla Atondo

Traduction de Miguel Ángel Real

 

 

Il y a juste un instant, ma mère parlait de ces choses étranges qui arrivent. Comme si elle voulait m'avouer quelque chose, maintenant que sa vie s'en va. Je l'ai trouvée très fatiguée. Elle ne sort presque plus de sa chambre. Elle a un parcours qu'elle compte de façon minutieuse. Quinze pas de son lit jusqu'au fauteuil du salon, une sorte d'habitude qu'elle a peu a peu élaborée avec le temps. Quand elle est devenue veuve, elle jura solennellement qu'elle rejoindrait mon père dans un mois, tout au plus. Elle était inconsolable. On a dû lui administrer des médicaments pour qu'elle se calme. Dix années sont passées. Je ne sais pas si cette affaire des longues relations atteindra ce niveau d'intimité où le couple ne peut pas survivre sans l'autre. Dans le cas de ma mère, au moins, ce mantra ne s'est pas avéré être vrai. D'abord elle a eu des doses de mélancolie, elle refusait de manger et nous devions la convaincre. La dame qui nous aide nous fut d'une grande utilité. Elle parle avec passion de la tragédie de sa vie. Elle dit à qui voudra l'écouter que son mari fut toujours un salaud et qu'il la battait. Ses enfants sont partis loin et d'une certaine façon nous jouâmes à l'adoption mutuelle. Elle commença à nous aimer comme la famille qu'elle avait toujours voulu avoir, et nous, comme le membre de la famille venu pour rester. Sa maison finit par être totalement occupée par une de ses filles dont le mari est un escroc qui lui rendait la vie impossible. Nous avions été mis au courant de cela quand elle respira enfin, soulagée, à la vue de sa chambre du deuxième étage, un endroit bien éclairé avec une large baie vitrée orientée vers l'est, où pointe le soleil. Elle nous disait toujours que c'était la meilleure vue qu'elle avait eue de sa vie. Et elle a raison. Quand mon père arriva dans cette ville avec sa valise et que son épouse enceinte réalisa la potentialité du secteur. Un quartier au nord de la ville sur un paysage surélevé. Les pluies n'inondaient pas les rues à cause du dénivelé et la vue sur la vallée était magnifique. C'est pour cela que la femme de ménage adorait qu'on lui ait attribué cette chambre du deuxième étage. C'était ma chambre d'étudiant, autrefois inondée de posters de groupes de rock progressif des années soixante-dix et quatre-vingts. Moi aussi, je l'avais toujours aimée. Surtout après les fêtes. Mon père n'accordait aucune importance à mon heure d'arrivée car à cette époque-là la ville était un havre de paix, loin de la violence qui résonnait au nord.

 

Ma mère refusa d'utiliser le déambulateur pendant quelques années. Nous considérâmes la possibilité de lui mettre un casque car elle avait tendance à tomber, sûre de la force de ses jambes qui pliaient sans la prévenir. La transition ne fut pas facile. La fierté lui disait que ce serait honteux que des amis et des membres de la famille la voient ainsi, harcelée par la sénilité sans aucun droit de réponse. Et nous ne pouvions pas rester tout le temps pour nous occuper d'elle. Mais l'idée du casque l'incommoda encore plus. Malgré son âge, sa vanité reste intacte. Ses cheveux blancs sont encore épais et elle adore les brosser. Le manuel des gens bien stipule qu'à un moment donné de la vie, les enfants deviendront les parents de leurs parents. Un retour à la graine de la vie, l'arbre qui dépérit mais qu'il faut encore arroser. L'arroser avec amour. Contrairement aux gringos, planificateurs experts de la sénilité.

 

Ma mère m'a demandé d'aller faire les courses. Elle ne peut plus cuisiner mais elle adore s’asseoir devant la table de la cuisine pour donner des indications à Lola, qui nous aide. Même si sa main tremble, elle a encore une écriture suffisamment claire pour noter ce qu'elle pense cuisiner dans la journée. La routine de se lever du salon jusqu'à la cuisine n'a pas changé. A 10:45 précises elle pointe son bras vers la personne la plus proche. Elle s'approche du déambulateur et dans un effort titanesque elle se dirige vers la cuisine. Cela fait déjà vingt ans, au début de la maladie de mon père, celui-ci disait que ce n'était plus possible d'inviter les gens de la rue à manger. C'était une coutume adoptée par ma mère à l'endroit où elle avait grandi. Elle nous avait toujours dit qu'on ne refusait jamais la nourriture à qui que ce soit, jusqu'à ce qu'ils se fassent cambrioler. Et elle vieillit soudainement après l'attaque. Et de façon inexplicable. Cela a peut être à voir avec la croissance des villes. Des quartier autrefois pacifiques sont aujourd'hui en proie à la délinquance. Il n'y a plus de voitures ouvertes ni de portes sans verrou. Plus de bicyclettes laissées dans la cour ni de réservoirs de gaz sans chaînes. Tout est parti à vau-l'eau. Ma mère explique à Lola les ingrédients et les quantités pour préparer un ragoût de poisson. C'est une recette qu'elle a inventée. Lola l'écoute attentivement même si elle a préparé ce ragoût plus de mille fois. Elle fait cuire les légumes et les assaisonne, fait goûter le bouillon à ma mère qui acquiesce et sourit. Il y a de l'amour entre elles. Je sors dans la rue et je descends le long de l'avenue. Mon père avait décrit le cambrioleur comme un type élancé et brun, avec un aspect particulier qui lui avait semblé intrigant. Il disait qu'il fallait être terriblement stupide pour traverser vie en cambriolant des gens avec un visage si bizarre. Et je m'en souviens juste maintenant. Après sa retraite, la vie de mon père subit peu de modifications. Il voyagea beaucoup et il rêva toujours de finir cette vie bohémienne, de s'asseoir dans le fauteuil pour regarder la télévision jusqu'à ce que ses yeux éclatent. Et il tint parole. C'est pourquoi l'attaque modifia sa routine de façon inattendue. Bien que vingt ans se soient écoulées depuis le cambriolage, son bagout est toujours là, rebondissant. Pendant des mois, mon père ne parla de rien d'autre. Il appela la police et raconta l'incident en long, en large et en travers. C'était un fanatique des films de détectives. Les policiers lèverent quelque peu les sourcils en entendant certains détails de sa description. Mais il racontait l'attaque avec une telle passion qu'on aurait dit qu'il voulait être cambriolé plus souvent. C'est pourquoi je m'en rappelle de façon aussi nette. Car cela devint son histoire préférée. Il marcha le long de la rue principale, autrefois un sentier. C'est ainsi qu'on y faisait allusion, le sentier, car il y a des noms qui sont là pour rester. Quand mon père put enfin construire les deux pièces de ce qui serait la première étape de la maison, cette partie de la ville n'avait pas encore de nom. Beaucoup la connaissaient comme le repaire des coyotes, les confins de la ville, et sa rue principale, c'était tout simplement le sentier. Même si avec les années et la croissance le quartier cessa d'être un repaire des coyotes, pour devenir un faubourg qui avec le temps deviendrait un boulevard dégagé, avec un nom de date historique : le 18 mai. Ce que mon père oublia de dire à la police était que c'était lui qui avait invité le cambrioleur à manger. Ce fut toujours la clé de l'affaire. Un type qui sonne à la grille, et ma mère qui sort avec son sourire. Cuisinant toujours des portions généreuses, congelant la nourriture dans des sacs en plastique pour la réchauffer à nouveau quand l'occasion se présenterait. Et mon père qui ouvrait la grille au type au sourire. Car les cambrioleurs, bien évidemment, doivent prendre un certain air innocent. Il y a peut-être un autre genre de voleurs, mais dans ce cas, le type grand et démuni qui parle à peine ne représenterait jamais une menace pour un couple qui a accueilli des douzaines de gens comme cela. Depuis ceux qui, en guise de simple remerciement nettoient la cour ou lavent les casseroles jusqu'à ceux qui, non contents d'avoir le ventre plein, ont le culot de demander de l'argent. Mon père  refusait toujours, même si ma mère essayait d'atteindre son porte-monnaie devant le regard assassin de mon père, qui lui disait qu'il suffisait de les nourrir. C'est pourquoi ils n'hésitèrent pas à lui demander de venir s'asseoir à table, car pour tuer l'ennui ils pouvaient parler avec quelqu'un de différent, dont la vie est une tragédie qui trouve, justement, un moment de paix à cette table où l'on partage la nourriture de façon généreuse. Des migrants et des drogués, des mères qui cherchent leurs enfants, des grand-parents abandonnés et ainsi de suite.

 

Et mes parents les écoutaient attentivement, en développant une tactique très efficace : se lever discrètement pour ouvrir la porte à l'invité et s'assurer que sa vie suive ce parcours tragique. Je ne sais pas si, en faisant cela, ils en tiraient une quelconque satisfaction.

 

Il n'y a plus d’échoppe, ni de marché. L'échoppe de Don Cosme disparut à cause de la chaîne de supermarchés qui dorénavant poussent comme l'herbe dans n'importe quel quartier. Les villes cessent d'avoir une âme, et deviennent des copies des autres. J'achète peu à peu les ingrédients pendant que les autres clients parcourent les rayons, chacun à leur rythme. Les bouchers agissent avec nonchalance, comme s'ils étaient les maîtres du temps des autres. C'est du moins ce que je pense, pendant qu'on me sert les escalopes de poulet désossées que ma mère avait commandé. Tout va dans le caddie. Mon père disait que le type les avait menacé avec son pistolet. Qu'il l'avait caché dans ses vêtements. Que qui était-il pour vérifier que les personnes invitées chez lui à manger ne portaient pas d'armes. C'est qu'il avait dit à la police. Il leur dit que l'attaque eut lieu quelques heures auparavant, mais comme il ne comprenait pas très bien ce qui s'était passé, il n'avait pas parlé immédiatement. Moi, je ne me suis jamais demandé pourquoi il avait pris son temps. Les vieux ont des façons d'agir différentes, ils voient le temps autrement, comme un triomphe. L'enfance est une période de journées interminables où ton corps change de façon imperceptible. La vieillesse, c'est être sûr de se lever le matin. C'est peut-être ta dernière journée. Je connaissais bien mon père et ses manies, voilà pourquoi je n'en fus pas étonné. Lola et ma mère avaient toujours refusé de parler de l'incident. Quand j'essayais de leur poser quelques questions, elles pleuraient. Je comprends que ce soit une affaire traumatisante, mais de mon point de vue, ce n'était qu'un cambriolage. C'est ce que je pense, et ensuite je pense que c'était stupide de ne pas avoir pris ma voiture. Maintenant, la maison est sur la colline et pour moi ce sera un test de monter avec les sacs des courses pleins. Mais les femmes ne pensent pas comme les hommes. Lola et ma mère sont assises en silence. Lola

lui caresse les cheveux. Ma mère sourit tristement. On dirait qu'elle va se mettre à pleurer. Elle fait un geste pour que j'approche une chaise et que je m'assoie face à elle :

-Le cambrioleur n'a jamais quitté la maison – me dit-elle en retenant ses larmes- ; il est enterré dans la cour.

 

 

La sombra de ti

 

 

Justo hace un rato mi madre hablaba de esas extrañas cosas que suceden. Como si quisiera confesarme algo ahora que se le va la vida.  La vi muy cansada. Casi no sale de su cuarto ya. Tiene un recorrido que cuenta de manera minuciosa. Son quince pasos de su cama al sillón de la sala, una suerte de costumbre que ha ido elaborando con los años. Cuando enviudó juró de manera solemne que alcanzaría a mi padre a más tardar en un mes. Estaba inconsolable. Tuvieron que medicarla para que se calmara. Han pasado diez años. No sé si este asunto de las relaciones largas llegue a ese nivel de intimidad en el que la pareja no pueda sobrevivir sin el otro. En el caso de mi madre al menos ese mantra ha resultado no ser cierto. Primero tuvo sus dosis de melancolía, se negaba a comer y teníamos que convencerla. La señora que nos ayuda resultó de gran ayuda. Platica con cierta pasión la tragedia de su vida. Dice a quien quiera escucharla que su marido siempre fue un cabrón y que la golpeaba. Sus hijos se largaron lejos y de cierta manera jugamos a la adopción mutua. Ella nos empezó a querer como a la familia que siempre deseó tener y nosotros como al miembro de la familia que llegó para quedarse. Su casa terminó por ser ocupada de manera total por una de sus hijas cuyo marido es un malandro que le hacía la vida de cuadritos. De eso nos enteramos después cuando por fin respiró aliviada ante la vista de su cuarto en el segundo piso, un lugar iluminado con un amplio ventanal  orientado hacia el este por donde el sol se asoma. Siempre nos dijo que esa era la mejor vista que había tenido en su vida. Y tiene razón. Cuando mi padre llegó a esta ciudad con su maleta y la esposa embarazada se dio cuenta del potencial de la zona. Una colonia en el norte de la ciudad en una zona elevada. Las lluvias no inundaban las calles por el declive y la vista al valle era preciosa. Por eso la señora de la limpieza adoraba el que se le hubiese permitido esa habitación en el  segundo piso.  Esa era mi habitación de estudiante, otrora inundada de posters de bandas de rock progresivo de los setentas y ochenta. A mí también siempre me gustó. Sobre todo después de las fiestas. A mi padre no le importaba mucho mi hora de llegada porque en ese entonces la ciudad era un remanso de paz, lejos de la violencia que se oía en el norte.

Mi madre se rehusó a usar la andadera por un par de años. Nos vimos en la disyuntiva de colocarle un casco por la proclividad a caerse, segura de la fuerza de unas piernas que fallaban sin avisar. La transición no fue tersa. El orgullo le decía que sería vergonzoso que amigos y familiares la vieran así, asaltada por la senilidad sin derecho a réplica. Y no podíamos estar todo el tiempo para cuidarla. Pero la idea del casco la incomodó aun más. A pesar de su edad tiene la vanidad intacta. Su cabello blanco aún es abundante y le encanta cepillárselo. El manual de los biennacidos indica que los hijos en alguna etapa de la vida se convertirán en padres de sus padres. Una vuelta a la semilla de la vida, el árbol que se marchita pero aún hay que regar. Regarlo con amor. Contrario a los gringos, expertos planificadores hasta de la senilidad.

Mi madre me ha pedido que vaya a la tienda. Ya no puede cocinar pero le encanta sentarse en la mesa de la cocina a darle indicaciones a Lola, la que nos ayuda. Aunque le tiembla la mano, tiene todavía la letra lo suficientemente clara para escribir lo que piensa cocinar en el día. La rutina de levantarse de la sala a la cocina no ha variado. Justo a las 10:45 estira el brazo a la persona más cercana. Arrima el andador y con un gigantesco esfuerzo se dirige a la cocina. Hace ya unos veinte años, en los albores de la enfermedad de mi padre,  él le dijo que ya no era posible invitar a gente de la calle a comer. Esa era una costumbre adoptada por mi madre en el lugar en el que creció. Siempre nos dijo que la comida no se le negaba a nadie hasta que los asaltaron. Y ella envejeció de repente después del asalto. Y de manera inexplicable.  Quizá  tiene que ver con el crecimiento de las ciudades. Barrios otrora pacíficos hoy son blanco de la delincuencia. Ya no hay carros abiertos y puertas sin seguro. Ya no hay bicicletas tiradas en el patio o tanques de gas sin cadena. Ya todo se fue al carajo. Mi madre le explica a Lola los ingredientes y sus cantidades para preparar un estofado de pescado. Es una receta que se le ocurrió a ella. Lola la escucha con atención a pesar de haber hecho ese mismo estofado más de mil ocasiones. Cuece los vegetales y los sazona, le da a probar el caldo a mi madre que sugiere y le sonríe. Hay amor entre ellas. Salgo a la calle y bajo la avenida. Mi padre describió al asaltante como a un tipo espigado y moreno, con una seña particular que le intrigó. Decía que había que ser inmensamente estúpido para ir por la vida asaltando gente con una cara tan rara. Y lo recuerdo justo ahora. Después de retirarse, la vida de mi padre se vio pocas veces alterada. Viajó mucho y siempre soñó con terminar esa vida gitana, con sentarse en el sillón a ver la televisión hasta que se le reventaran los ojos. Y lo cumplió. Por eso el asalto movió la rutina de manera inesperada. Aunque hayan pasado veinte años desde el asalto, su narrativa sigue ahí, rebotando. Durante meses mi padre no habló de otra cosa. Llamó a la policía y contó el incidente con pelos y señales. Era un fanático de las películas de detectives. Describió la escena con detalles que hicieron que los policías arquearan un poco las cejas.  Pero contaba el asalto con tanta pasión como si quisiera que lo asaltaran más seguido. Por eso lo recuerdo de manera nítida. Porque se convirtió en su historia favorita. Bajó a pie la calle principal, otrora una vereda. Así le decían, la vereda, porque hay nombres que llegan para quedarse. Cuando mi padre pudo al fin construir los dos cuartos de lo que sería la primera etapa de la casa, esa sección de la ciudad aun no tenía nombre. Muchos la identificaban como la coyotera, los confines de la ciudad, y su calle principal solo como la vereda. Aunque con los años y el crecimiento, la colonia dejó de ser la coyotera para convertirse en una colonia con nombre de héroe nacional, y la vereda pasó a ser una calle que con el tiempo se convertiría en un boulevard, claro, con nombre de fecha histórica, la 18 de mayo.  Lo que mi padre omitió decirle a la policía era que ellos habían invitado al asaltante a comer. Ese siempre fue el meollo del asunto. Un tipo que toca la reja y mi madre saliendo con su sonrisa. Siempre cocinando en generosas porciones, congelando la comida en bolsas de plástico para calentarla de nuevo cuando se diera la ocasión. Y mi padre abriéndole la reja al tipo que sonríe. Porque los asaltantes desde luego deben fingir cierta clase de inocencia. Quizá haya otro tipo de asaltantes, pero en este caso, el tipo alto y desvalido que a duras penas articula palabras jamás representaría una amenaza para un matrimonio que en su casa ha recibido decenas de su tipo. Desde aquellos que por puro agradecimiento limpian el patio o lavan los trastes hasta los que no contentos con tener la panza llena tienen el descaro de pedir dinero. Mi padre siempre se los negaba aunque mi madre hiciese el intento de alcanzar el monedero ante la mirada asesina de mi padre, que le decía que era suficiente con alimentarlos. Por eso no dudaron en sentarlo a la mesa, porque para matar la aburrición pueden hablar con alguien diferente cuya vida es una tragedia que tiene un momento de paz justo allí, en esa mesa donde se comparte la comida de manera generosa. Migrantes y drogadictos, madres que buscan a sus hijos, abuelos abandonados y un largo etcétera.

Y mis padres los escuchaban con atención, desarrollando una técnica muy efectiva, levantarse con discreción para abrirle la puerta al invitado, asegurarse de que su vida siguiera ese derrotero trágico. No sé si hacerlo les produjera alguna forma de satisfacción.

Ya no hay tiendita sino mercado. A la tiendita de Don Cosme la secó la cadena de supermercados que ahora se reproducen como la hierba en cualquier suburbio. Las ciudades dejan de tener alma y se convierten en copias unas de otras. Voy surtiendo los ingredientes mientras los demás clientes recorren a diferentes ritmos los pasillos. Los carniceros actúan con displicencia, como si fueran dueños del tiempo de los demás. Al menos eso pienso yo mientras me despachan las pechugas de pollo deshuesadas que me pidió mi madre. Todo va al carrito. Mi padre dijo que el tipo los amenazó con una pistola. Que la traía escondida en la ropa. Que quién era él para revisar que los invitados a comer en su casa no trajeran armas. Eso le dijo a la policía. Les dijo que el asalto ocurrió unas horas antes, pero como no comprendía bien a bien lo sucedido no habló de inmediato. Yo nunca me pregunté por qué tardó. Los ancianos tienen dinámicas diferentes, ven el tiempo de otra manera, como un triunfo. La niñez es un periodo de días interminables en los que tu cuerpo cambia de manera imperceptible. La vejez es cerciorarte de levantarte en la mañana. Quizá sea tu último día. Conocía bien a mi padre y sus manías, por eso no me extrañó. Lola y mi madre siempre se rehusaron a hablar del incidente. Cuando intentaba cuestionarlas lloraban. Entiendo que es un asunto traumático, pero desde mi perspectiva era solo un asalto. Eso pienso y luego pienso en la estupidez de no haber llevado mi coche. Ahora la casa está en la colina y será una prueba para mi condición subir con las bolsas del mandado llenas. Pero las mujeres piensan diferente de los hombres. Lola y mi madre  están sentadas en silencio. Lola  le acaricia el cabello. Mi madre sonríe con tristeza. Pareciese que está a punto de llorar.  Hace un gesto para que arrime una silla y me siente frente a ella:

—El asaltante nunca salió de la casa—me dice conteniendo las lágrimas—está enterrado en el patio.

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