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Elementos filtrados por fecha: Marzo 2019

 

JEAN ROUDAUT

La vida dichosa

(de « L’art de la conversation », Editions Empreintes, Moudon – Francia, 2009)

Traducción de Marceau Vasseur y Miguel Ángel Real

 

 

Ella no habla.

Él no habla de ella.

Él habla en su ausencia.

 

Hoy están solos en el cuarto.

A la muerte de uno seguirá la del otro.

Se olvidan del verano.

 

No hay conversación entre vivos.

No hay amor.

Se habla luego para permanecer, atravesado el arroyo.

 

En el espacio de cerradas ventanas.

Más allá de los cristales, de las hojas marchitas

Gracias por lo que fue.

 

En el día

Velar

Como si fuera de noche.

 

Y mentir.

Pues lo que se escribe

Es ajeno a lo que se vive.

A lo que muere, lo que sobrevive.

No se concibe resurrección

Sino guardar la inquietud de una eternidad.

 

El labio de granito

No habla.

Esos granos de lluvia sobre la losa.

 

 

 

 

Ella opinaba sobre las cosas lo mismo que él ahora. Levantando el hombro izquierdo lentamente para fingir recobrar, con una falsa timidez, la niña que fue. Tenía razón de no creer lo que le decían, al otro lado del arroyo blanco del mantel, y se le escapaba una lágrima, que enjugaba enseguida. Apenas tenía energía para comer lo que le gustaba. “Cómo quisiera tener una parte de tu fuerza vital”, le decía ella. Ella juzgaba su cuerpo como si se le hubiera vuelto extraño.

Toda su vida, sin decirlo, solicitando el cuidado amoroso. ¿A quién quiere él responder hoy? Evoca tu indigencia. Di el viento, al que no le falta fuerza. ¿Dónde estaríamos los vivos sin nuestros muertos; dónde, inquietos, sin los que deliran?

Los granos de arena chirrían en las articulaciones; los estupefacientes asustan; el corazón tropieza; un velo de agua sobre las pupilas vuelve imprecisas las distancias. No volveréis a conocer el perdón que se conceden los amantes al llorar.

 

“Usted ha golpeado a aquélla con quien que compartía el pan… Nada quería tanto como perder y reconquistar la soledad… Y odiaba que ella tuviera la visión clara de lo feliz que usted era al encarcelarse… Que este hombre se destruyera sin fin…” Por permanecer, él proclama su culpa. Ella ha alcanzado el mundo inocente de los muertos.

 

Ante el Hotel de la Marina, un vuelo de grifos y de peces voladores atravesaba el cielo de junio. Un moño recatado. Una boca como un caramelo rosa. Una falda amplia de algodón vichy. Gafas negras con gruesas monturas para ocultar una vida sensata. Una joven de buena familia se abría paso por la rue Royale, entre miles de caballos. Un vuelo de brujas cruzaba el cielo de la plaza de la Concordia.

 

En un solo día, más tarde, su rostro se frunció como un paño de lino húmedo.

 

Su casa era su libro de cabecera. Ella subrayaba, desarrollaba, exiliaba. Prefería lo acogedor a lo útil, la luz a las colgaduras, los espejos a las pinturas, lo seguro a lo que se improvisaba. Amplió su feudo; el mar y los árboles vinieron a bordear los muros. Terminó de ordenar un último capítulo. “Más tarde, no cambiarás nada, verdad, en la disposición del cuarto.”

 

Preocupante, una tormenta de rayos estalla en pleno oeste. La tierra del terror está coronada de fuego. Pero en lo más alto del zénit, no hay más que negrura.

 

A ella le gustaba ver cómo resaltaba de las brumas, y después del mar, con la marea baja, una roca sin vegetación, que surgía de los fondos marinos o caía del cielo. Nada en esa roca, según aquellos que en verano tenían como objetivo el alcanzarla en barco, llevaba la huella de un paso humano. Ni los legionarios romanos, ni los marinos del rey Gradlon1 habían trabajado allí. Es un islote magníficamente inútil, de injustificada presencia. Para evitar que derivara, la roca recibió el nombre, transmitido de generación de pescadores en generación de insatisfechos, de “Piedra profunda”. Así concebimos nuestra vida, sumergible y despejada, con la espuma como adorno.

 

Él era sedentario. Le bastaba con considerar lo inútil de los flujos y la belleza de los naufragios. Ella era de alma nómada, y deseaba pasar de llanura a archipiélago, incapaz de permanecer en su sitio, en la misma habitación, sobre la misma silla. Fue la primavera de su vida. Jugaron a la rayuela de ciudad en ciudad, en la Europa eterna de los días de posguerra. Los nombres les atraían, las Puertas de Hierro, el Valle de Tempe, el Cuerno de Oro (se quedaron en la reserva Valparaíso, Arkangelsk, Vancouver). Viajaban, con bastante juventud para ser indiferentes a la soledad de aquellos que dejaban atrás.

 

Escalaron siete de las Siete colinas, y se quedaron contemplando la ciudad desde San Pietro in Montorio: “Toda la Roma antigua y moderna, desde la antigua Vía Apia con las ruinas de sus tumbas y de sus acueductos, hasta el magnífico jardín de Pincio construido por los franceses, se extiende ante ustedes.” En el Tempieto de Bramante, recuerda Stendhal al comienzo de la Vida de Henry Brulard, estuvo largo tiempo expuesto La Transfiguración, el cuadro pintado por Rafael. Ya no se puede ver; se le llama por su ausencia, y su título evoca lo que se configura cuando se le recuerda a la memoria lo vivido. Stendhal acaba de tener cincuenta años; considera el paisaje y su vida como si estuviera situado no al otro lado del Tíber, sino del Estix. El paisaje queda incluso recompuesto, transfigurado.

 

Soñaban con Oriente, con ir hacia Oriente donde el sol siempre es naciente. En el mismo paisaje, la magnificencia y la gracia estarían unidas. En el mundo que dejaban, las fuentes de vida habían sido cambiadas por botellas con chapa, las aves del paraíso por buitres, el porfirio por ladrillos. Atravesaban la pobreza en la profusión, el polvo se levantaba al otro lado de los cristales cerrados. Desembarcaron en un gran campamento nómada. Aprendieron a ser de otra manera. Dejaban tras ellos las ciudades-fortaleza, que con su forma daban testimonio de un sueño de la conciencia soberana. Perdieron la seguridad que procura la idea que tanto el mundo como uno mismo tienen un centro. Las sensaciones se dispersaban; la persona se esparcía. Con la mente desordenada, descubrieron la belleza de lo que falta y sufrieron por ello.

 

A lo largo de las calles polvorientas, ella llevaba al hijo sobre su cadera, buscando con él lugares de sombra. Frecuentaban el mercado por las especias y los cobres rojos, las iglesias por los mosaicos y el olor del incienso. Cada mañana, como orantes, seguían la emergencia del Olimpo por encima de la bruma blanca. El monte parecía una piedra profunda sobresaliendo de un enorme cuenco de leche.

Al anochecer, solían subir la colina hasta las Siete Torres de la fortaleza, bordeando las tapias encaladas. Se equivocaban en un cruce de callejuelas y se encontraban aislados en un callejón sin salida. Había que volver a bajar, y retomar la ascensión en otro sentido, sin que la nueva elección tuviera mayor fundamento. En el jardín del convento de Vlatadon, sobre la hierba, los pavos lucían los tizones de sus ojos. Sus gritos eran tan desagradables que despertaban deseos de matar; su carne había sido considerada como imputrescible. Todavía no había amanecido cuando descansaban al borde de la terraza. Cerca de ellos, sobre el banco de piedra, se sentaba la vieja guardiana del lugar. Vestida de negro hasta los pies, ponía la llave de la puerta en su regazo, entre sus rodillas, y silenciosa y recogida, dejaba gotear entre sus dedos las perlas de su komboloi. Desde la explanada, miraban la oscuridad que tomaba lentamente posesión de la ciudad. Mezclados con las brumas del mar, cubriendo los tejados de tejas marrones con sus harapos, de sus banderolas de andrajos surgían formas bárbaras. Y bruscamente se hallaban en la noche.

Y ambos, en el banco de piedra, con un estupor tranquilo, miraban a lo lejos sin distinguir ya nada. Un niño, cerca, buscaba en la hierba carbúnculos. La vida, que comienza sin uno, se termina en nada.

 

Hubo otras ciudades que amarían. Otras casas que les acogieron.

 

Asomados a la ventana, escudriñaban el ángel de oro del Campanile. La ciudad es un relicario bizantino. La actividad mercantil parecía incluso interpretarse fuera del tiempo, disfrazada. Bastaba, empero, con aislarse por el muelle de Zattere y mirar pasar inesperados barcos de vapor lentos como un velero de tres palos, para tener la sensación de estar para la eternidad en el mismo lugar, el mismo. Cargueros silenciosos se adentraban en la tierra, como en uno un conocimiento inmemorial. Y era su propia mente, anterior a cualquier conciencia de sí, lo que uno veía, embadurnada de hollín y óxido, desprenderse dulce, suavemente del cuerpo.

Las sorpresas de los viajes mudaban en reconocimientos. Se hallaban bruscamente liberados de la extenuación de la jornada y de los meses de invierno. La mente se desocupaba de sí misma. Colocado sobre una pradera más verde de lo que jamás puede ser el mar, tras los ventisqueros de los puertos alpinos, había un monasterio. El de San Florián. En la iglesia, había justo la turbación necesaria para hacer sensibles la soledad y el silencio: el oleaje de la espalda de las servidoras entre los bancos de madera, encerando los reclinatorios y las misericordias, el chirrido de los cepillos en el pavimento. Ciertamente, en ese instante uno sigue sintiéndose “mediocre, contingente y mortal”; pero esto no tiene importancia. Ya tendrán las aprensiones tiempo de volver en los años que quedan por vivir. El día no pasaba; la noche no venía. Era un tiempo de luz muerta. No había por qué ir más allá, ni perseguir, ni notar. La degradación y el lamento ya se encargarían de poner término al viaje.

 

Uno conserva imágenes como un poco de arena de Petra, un guijarro de la isla de Sein, asfodelos recogidos en las orillas fangosas del lago de Trasimeno y secados. Pero recordar las circunstancias de un instante no lo hace renacer.

Uno presta literalmente a los muertos un lugar de residencia. Pasean charlando a través de los campos de flores blancas y amarillas. Es posible que esta imagen sea una simple transposición de los sueños ligeros que uno tiene entre el despertar y un nuevo adormecimiento, por la mañana. Una conciencia poco distante del sueño goza con su inestabilidad. El soñador se siente ser el maestro cómplice de sus sueños. No siente ninguna opresión ni engaño. Porque uno se despierta progresivamente, como si resucitara de entre los muertos, de la descomposición en el rigor reencontrado, atravesando al revés la duración de la agonía. El bienestar reside en un estado de flotamiento. Luego, habrá que despertar y volver a hallar, uno a uno, cada uno de los pesares de la vida. Pero los muertos, por su parte, solo conocerán la gracia de los fantasmas, sin el riesgo de tomar cuerpo.

El decorado de los sueños es tan importante como los personajes que se desplazan por ellos. Son ciudades en las que navegan navíos, palacios cuyas salas son jardines, plazas donde las estatuas te saludan. Pero para los muertos, no hay ni suelo adoquinado ni comercio. Una extensión sin límite, con hierbas ajadas y flores sin brillo.

 

Ningún lugar le gustaba tanto como aquel en el que ella había sido niña, adolescente, que ella le había presentado, dándole a ver cada paisaje como un recuerdo. Tomaban el tren, el barco, el autocar. La luz en Grecia es negra de violencia; la de Bretaña tan húmeda como la de Toscana; tan brumosa como la de Thule. Eso le convenía. Su primer gesto por la mañana era abrir los postigos para recibir al petirrojo. Ella quería creer, fuera como fuera, que de año en año era el mismo que sobrevivía, y se apresuraba en señalar su presencia; en su osadía para venir a picotear muy cerca de ella, el ave guardaba una mirada temblorosa e inquieta.

 

If I shouldn't be alive

When the robins come,

Give the one in red cravat

A memorial crumb.

 

If I couldn't thank you,

Being just asleep,

You will know I'm trying

With my granite lip.

 

En su mesa, el libro de poemas de Emily Dickinson sigue abierto sobre el último poema que ella traducía para evitar llorar.

 

La luz del día bañaba la casa con un color naranja. Más despacio, la noche venía y se quedaba transparente. Las últimas estrellas a las que ella gustaba dar nombre cuando le quedaba bastante tiempo para darse cuenta de lo que deseaba, eran las del Cinturón de Orión. Prefería ese nombre al de Vara de Jacob  porque se lo habían enseñado en su infancia y se disponía a transmitirlo. Él se quedaba en la sombra y la miraba a la ventana. Así pues, la felicidad sería eterna. El petirrojo les regalaba todas las palabras de la tierra. La estrella le acercaba de todo lo que es negro en el cielo. El pájaro le otorgaba la medida de los bienes y las estrellas, un concierto.

Ahora que está solo, los mira con una atención que no les prestaba entonces. El pájaro y la estrella, sin embargo, se han desunido.

 

Les gustaba que el agua de los torrentes pareciera helada, que el temor naciera del ruido de las cascadas, que los árboles ampararan castillos negros. Y el abrazo de las corrientes en el encuentro de dos rápidos: “Los dos ríos aullantes confluyen ante la Piedra; ahí es donde hay que ir.” Hay que cumplir el viaje. ¿Pero qué es el viaje?

 

Algunas personas reunidas -adultos y niños- alrededor de los ancestros por poco que estén unidas por lazos familiares que prohíben las rupturas demasiado brutales: eso es el Tártaro.  Él sufría de estar ahí, aunque ella estuviera cerca. Porque en ocasiones el Padre es un amo ofendido. Constata el fin de su dominación en los gritos. La guerra de sucesión sigue abierta. El domingo, y para las fiestas de aniversario de los herederos, la mesa estaba puesta, los vasos de cristal alineados. ¿Platos y cuchillos según el modelo francés o inglés? Se hablaba de eso cada vez.

¿Champán para el aperitivo? Ninguna botella “Du Bo Du Bon Dubonnet”2, o en todo caso para las personas de paso, obreros y repartidores que “no saben apreciarlo”. En orden jerárquico, se comentaban las últimas noticias oídas en la plaza de la iglesia. Las enfermedades, primero, aquéllas de las que cada uno seguía aún indemne. Y los estragos del alcoholismo.

Al no construirse una casa, y por no atreverse a coronarla además de con la rama3 con una bandera negra, pensaron en separarse. Los escollos de la vida cotidiana siempre destrozarán la barca del amor. En el pueblo, él compraba Le Libertaire4, lo que molestaba al kiosquero.

 

Él había amado. Ya sólo pensaba en huir. Uno y otro se lamentaban de lo que no habían sabido darse. Porque habían creído que, al amarse, todo les sería otorgado.

 

Lo que escribo aquí no es el relato de su vida. Son las faltas que cometen al hablarse cada vez menos. Un día, ella le había explicado que algo en ella se había roto, que acababa de perder “una nota de la escala” y que jamás volvería a recobrarla.

 

Collar de hierro para uno; pulsera de espinas para el otro.

 

Hubo días sosegados y otros salvajes. Él la desanimó de que le amara. Ella perdió la vida esperando lo que él no podía darle. A ella le gustaba bailar. Él quería borrarse. Tanto miedo tenía. Por ningún motivo. Miedo. Absolutamente miedo. Ella lo juzgó como un demente. Él cultivó la indiferencia. Las enamoradas sobreviven en los arrepentimientos de sus amantes.

 

La decepción los unió con solidez y el amor, según los libros, les pareció una broma bastante siniestra, en definitiva. Ahora que ha desaparecido en él, ya no desea ver a nadie. A veces sueña con desear, pero nunca hasta permitirse cumplir un gesto. Se ha vuelto completamente indiferente, como los viejos que veía en su juventud, sentados en el umbral de su casa, en una silla de mimbre, en el lánguido final de la tarde, sin nada ya que pese entre sus manos. La dicha sólo depende de la monotonía del pensamiento.

 

No supo lo que uno había esperado del otro. No supo extender a los gestos el esmero que prestaba a las palabras. Estimaba que lo que no se decía, no había sido pensado. Humanamente sólo sentía un deber, el de llevar a cabo la frase que había comenzado. No le interesaba lo que ella emprendía porque no veía en sus actos sino disipación. En su porfía, odiaba la falta de obstinación. A ella le gustaba la lengua inglesa, pero no se atrevía a practicarla, la lengua griega por ostentación, el árabe por su belleza caligráfica. Como una mariposa, ella no podía quedarse quieta. Él se empeñaba, sin alcanzar nunca el estado en el que ya nada hay que corregir, a menos de desecharlo todo. Todos sus instantes los convirtió en soledad.

 

Hay seres que se aman como en un espejo. Les preocupa apoderarse de su propia imagen, en su inseguridad de sí mismos. La conquista del otro, como la de un imperio, apacigua por un instante sus dudas sobre su poder. Pero ya se ame en todas las ocasiones o solamente en una, una sola vez, se ama con la esperanza de revelarse a uno mismo, aunque no sepamos lo que buscamos por no saber quiénes somos. La desilusión del amor está ligada a la ignorancia fatal que tenemos de nosotros mismos.

 

Así que uno consume al otro, descubriéndose polvo. El amor, que es inquietud de saber, es muerte. Queda la costumbre, que no tiene sorpresa. Porque cada uno se satisface consigo mismo. Sólo somos lo que tenemos. Un amante. Una amante, como tenemos edad.

 

Las piedras de las casas están talladas como cristales. Él resbala en la calle adoquinada, sin tropezar. Los personajes de los sueños no tienen pasado. A la joven que busca el transbordador, le da vagas informaciones, porque cualquier calle lleva al Pont-au-Change5. De tanto dar falsas impresiones, al final nos quedamos con ellas. Porque cuanto más sentencioso es él, más impostor se siente. Sin haber tenido la intención de acompañarse, llegan a una plaza amplia como la de la Concordia. Pero mucho más turbadora, porque en ella desembocan un número considerable de calles que no sabemos a dónde conducen. ¿Cómo he podido desdeñar hasta esta noche -pero ve perfectamente que es pleno día- la belleza de esta ciudad, cuyo centro no está en ninguna parte? (El decorado del sueño cuenta más que los figurantes.) La luz vuelve ocres las piedras. Es homogénea en los sueños y también baña los paisajes. Las verdaderas ciudades sólo contienen palacios: están compuestas por una multitud de encrucijadas. Él no sabe adónde ir. Nadie se apiada de su inquietud. Porque el paseante del sueño, del que todas las acciones están determinadas por un pensamiento diferente del que se atribuye, se cree siempre dueño de su destino. Si tiene una conciencia demasiado viva de errar, se despierta. ¿Es éste el camino a seguir? La luz ha absorbido a la joven de cabellos dorados. Ella debe de estar indignada de mi silencio. Tal vez por eso se haya muerto ante mis ojos. A menos que sea yo quien ha desaparecido. ¿Qué cambia esto? La noche, la del despertar, se traga la ciudad.

 

Y siempre, sobre los muros de la ciudad, la sombra del barquero. “Dicen que uno no ve su rostro con los ojos del cuerpo.”

 

Caminaban codo con codo, desunidos. Los destinos son tan estrechos como los senderos. Iban silenciosos, en el mal silencio de lo que ya no tiene razón de ser dicho. Letras de piedra dibujaban en los monumentos de la ciudad las orgullosas divisas del reino: “Oblitus. Oblitus.”6 Lo que ha sido olvidado nunca ha existido.

 

Se golpeaban vivos como troncos de árboles derivando en el mismo río. Nunca sabremos de qué navío caímos. Nadie nos recogerá nunca. Derivaban codo con codo, descortezándose.

 

El solitario sólo tiene relación con las cosas, o con los lugares. Cae sin cesar. Es su única oportunidad. Es imposible encontrar ya la herradura; el uno de junio, el trébol de cuatro hojas es inasequible. Las islas Afortunadas son un destino de viajes organizados; las religiones se convierten en mitologías.

 

Sus ojos palidecen de pena. Ella aceptaba perder su energía, pero no su ira que, hasta el último momento, fue su única fuerza. Viva y violenta, salvaje en la posesión, era cruel por fidelidad.

 

Se prometieron compartir letra y música. Las palabras se fueron encadenando unas a otras ritualmente, los gritos substituyeron al canto, y solo quedó para unirles una aversión compartida, y la pena para ambos de desafinarse.

 

Demasiado desdichados juntos para tener el valor de separarse. La animosidad de los intercambios es una confesión animal de amor.

 

Amar a un ser es probar el timbre de su voz. En cuanto se intercambian argumentos, se miente.

 

Por muy ávido superviviente que sea, él no ve sino gente de paso en las mujeres. Sus ropas están negras de noche.

 

Él no desea matar el tiempo sino alejarse de él, asqueado, zarandeado, torcido.

 

 

“Estoy cansada, sabes”, decía. “Ahora, estoy realmente cansada. Lasa.” Y parecía tomar la palabra de la lengua latina.

 

Viven codo con codo en la inercia. Él, con la escritura como compañera; ella ya no escucha música. “Y el libro con cierre va a resbalar de sus piernas cruzadas.” Sufren, y se abstienen de llorar por orgullo.

 

Las inscripciones de la ciudad responden siempre a la inquietud del paseante. Proponen consultas médicas al que está preocupado, un teléfono para el solitario, grandes hoteles a los desfavorecidos, casas de pompas fúnebres a los que van a ser hospitalizados. En los escaparates están expuestas las placas conmemorativas para los cazadores y los pescadores, para los librepensadores y los jugadores de bridge, y “esto es sólo una muestra de nuestro catálogo”.

 

El objeto perdido sigue siendo su lugar. En ninguna parte se llevará a cabo una transfiguración.

Publicado en VENTANA FRANCESA

 

 

LORETO CASADO

Traduction de Marceau Vasseur et Miguel Ángel Real

 

Llévame

a través de

corrientes de aire

y mareas vivas.

 

Quítame

telarañas

enredadas

a cada paso

en mis pestañas

 

Lévame

donde viven

los gatos y las lilas

donde vuelan

gaviotas y golondrinas.

 

 

 

 

Emmène-moi

à travers

les courants de l’air

et les marées vives

 

Enlève-moi

les toiles d’araignée

enroulées

à chaque pas

dans mes cils

 

Emmène-moi

là où habitent

les chats et les lilas

là où volent

mouettes et hirondelles

 

 

***

 

Negro y amarillo

 

Serán

espectros de día y de noche

los árboles

cerrados los poros

los cuerpos

de invierno.

Pero todavía no.

Todavía corren las nubes

respira el suelo

las calles

estampadas de hojas

mojadas

avispas de octubre

ponen alas a los pies.

 

Noir et jaune

Ils seront

des spectres de jour et de nuit

les arbres

refermés les pores

les corps

de l’hiver.

Mais pas encore.

Les nuages courent encore

le sol respire

les rues

imprimées de feuilles

mouillées

des guêpes d’octobre

donnent des ailes aux pieds.

 

 

***

 

 

Respiración

y nada más

semihundida en arenas pisadas

descansa

resquebraja tinieblas de silencio

 

Cae la sábana

se posa

sobre cuerpo y alma

desnuda

sagrada forma

suelta

libre

brisa suave

caricia blanca

de la noche oscura

 

Casa del fantasma

Descascarillada hoy

Vacía

Casi abandonada

Cual casa de murciélagos

 

Frente al castillo

La playa de los Locos.

 

Adiós Berlín.

 

 

Respiration

et rien d’autre

à moitié plongée dans des sables foulés

se repose

craquèle des ténèbres de silence

 

Tombe le drap

se pose

sur corps et âme

nue

forme sacrée

déliée

libre

brise suave

caresse blanche

de la nuit sombre

 

Maison du fantôme

Ebréchée aujourd’hui

Vide

Presque abandonnée

Telle une maison de chauves-souris

 

Face au château

La Plage des Fous

 

Adieu Berlin.

 

 

SILVAINE ARABO

Traducción de Miguel Ángel Real

 

 

ESPAÑA

 

Latigazo en la nuca del deseo

sueño andaluz, piedra dormida

masticar delicioso

bajo mil vientres que nievan.

¡España!

Puñalada en el flanco de las ausencias

Fibrilaciones heladas,

coro de caballos locos

sienes mojadas

entrañas reventadas del imaginar.

España...

Golpe de toro en medio de los soportales

salmodias blancas, gitanos,

rosas, granizos, agudos los tacones,

olor de mazapán

bajo la almohda tranquila de la muerte.

¡España!

¡Tu silencio de bruja

abofetea en los frontones pálidos de los mártires

los claveles sangrientos del deseo:

martilleos galopes oscuros

peso de galopes hembras de la insumisión!

¡España!

Perfiles de olivos grises

enlucidos de cenizas cálidas

vieja costumbre de espaldas erguidas

bajo los desgarros de la Memoria.

 

 

DETONACIÓN

 

Fue un pájaro, un bello pájaro

un pájaro color de fuego

con unas plumas blancas

Fue un pájaro, un bello pájaro

un pájaro que nevaba gota a gota en el suelo

su sangre bermeja.

Fue un pájaro

un bello pájaro que oíamos por la tarde en las terrazas

Fue un pájaro marino, un pájaro de llama

un eco de las montañas salvajes

allí... Fue -y no quisiera recordarlo-

fue ayer

en el chasquido seco de fusiles

y el paso espeso de los hombres

Fue ayer: un murmullo alocado en los olivares

una fiebre que corría por el Guadalquivir un escalofrío.

Para decir la muerte del pájaro, sus sobresaltos,

lo eterno de su canto

la maldición de las gitanas que lloran

contra esos hombres con botas

y cascos de noche.

Fue un pájaro, un bello pájaro

un ruiseñor

de Andalucía

Lo llamaban

¡Federico García Lorca!

 

 

ADIÓS

 

Recordar, solamente recordar. Un pasado de aguamarina hace que vuelen las volutas de antiguos vientos, ciñendo amorosamente a los pasajeros efímeros.

El presente: ¡dolor!

¿El futuro?

Correr entonces en dirección contraria con una memoria reavivada de bólido exhausto. Recordar los árboles que se estremecen allí, cerca de la frontera española, retorcida bajo temporales bienhechores, tras la canícula de las rosas y de las heridas mal cerradas. Fuego bajo los vientos.

¡Fuegos!

Imaginaria, una señal indica: “Accidente en tres kilómetros”. Barranco. Suerte. Aleta hundida. Angustia de una madre a ochocientos kilómetros (el amor no conoce ni tiempos ni distancias). Irrupción del instante. Y el coche se estrella... Tras tantas flores mágicas, tantos chorros de agua bajo las luces de noche, tantas subidas tórridas entre los olivos -el mar se retira-, tras tantos besos desplegados y tantas pausas lánguidas -el mar se aleja, los montes pelados, los pueblos blancos -, tantas risas ligeras en los patios, tantos dones furtivos, tantas cenas en las terrazas, tantos Magnificat en las callejas del mar...

¡Adiós!

 

 

 

 

 

**

 

 

 

En Aranjuez

hay grandes flores rojas

que ensangrientan mi amor

En Aranjuez hay esos ojos

que me miran

Hay

ese gesto de la mano

que prefigura un tiempo abolido

aniquilado

En Aranjuez

mil chorros de agua

dan dolor a nuestras heridas

vendan

antiguas memorias

de olas lejanas

que siguen subrepticiamente habitadas

En Aranjuez

En Aranjuez...

En Aranjuez

no queda nada

solamente las notas de Paco

que aún oigo

a través del espeso muro del tiempo.

 

 

Silvaine Arabo

 

 

 

 

ESPAGNE

 

Coup de fouet sous la nuque du désir

rêve andalou pierre endormie

manducation délicieuse

sous mille ventres qui neigent.

Espagne !

Coup de poignard au flanc des absences

Fibrillations glacées

choeur des chevaux fous

tempes mouillées

entrailles éclatées de l’Imaginaire.

Espagne…

Coup de taureau au milieu des arcades

psalmodies blanches, gitanes,

roses, grêles, aigus les talons,

odeur de frangipane

sous l’oreiller tranquille de la mort.

Espagne !

Ton silence de sorcière

gifle aux frontons pâles des martyrs

les oeillets sanglants du désir :

martèlements galops obscurs

lourds galops femelles de l’insoumission !

Espagne…

Profils d’oliviers gris

crépis de cendres chaudes

vieille habitude aux reins cambrés

sous les déchirures de la Mémoire.

 

 

 

DÉTONATION

 

C’était un oiseau, un bel oiseau

un oiseau couleur de feu

avec quelques plumes blanches

C’était un oiseau, un bel oiseau

un oiseau qui neigeait goutte à goutte sur le sol

son sang vermeil.

C’était un oiseau

un bel oiseau qu’on entendait le soir sur les terrasses

C’était un oiseau de mer, un oiseau de flamme

un écho des montagnes sauvages

là-bas… C’était ‒ et je voudrais ne pas m’en souvenir ‒

c’était hier

dans le claquement sec des fusils

et le pas épais des hommes

C’était hier : un murmure affolé dans les oliveraies

une fièvre qui courait sur le Guadalquivir un frisson.

Pour dire la mort de l’oiseau, ses soubresauts,

l’éternité de son chant

la malédiction des gitanes en pleurs

contre ces hommes bottés

casqués de nuit.

C’était un oiseau, un bel oiseau

un rossignol

d’Andalousie

On l’appelait

Federico García Lorca !

 

 

 

 

ADIEU

 

Se souvenir, seulement se souvenir. Un passé d’aigue-marine fait s’envoler les

volutes des vents anciens, ceignant amoureusement les passagères éphémères.

Le présent : douleur !

Le futur ?

Alors foncer en sens inverse avec une mémoire ravivée de bolide exténué. Se

souvenir des arbres qui frémissent là-bas, près de la frontière espagnole, tordue

sous des tempêtes bienfaitrices, après la canicule des roses et des blessures mal

refermées. Feu sous les vents.

Feux !

Imaginaire, un poteau indicateur dit : “Accident dans trois kilomètres”. Ravin.

Chance. Aile enfoncée. Angoisse d’une mère à huit cents kilomètres (l’amour ne

connaît ni temps ni distances). Irruption de l’instantané. Et la voiture s’écrase…

Après tant de fleurs magiques, de jets d’eau sous les lumières, la nuit, de

remontées torrides parmi les oliviers - la mer se retire -, après tant de baisers

déployés, de pauses alanguies - la mer s’éloigne, les monts pelés, les villages

blancs -, de rires légers dans les patios, de dons furtifs, de dîners sur les terrasses,

de Magnificat dans les ruelles de la mer...

Adieu !

 

 

 

***

 

 

A Aranjuez

il y a de grands cannas rouges

qui ensanglantent mon amour

A Aranjuez il y a ces yeux

qui me regardent

Il y a

ce signe de la main

qui préfigure un temps aboli

néantisé

A Aranjuez

mille jets d’eau

endolorissent nos blessures

pansent

d’anciennes mémoires

de vagues lointains

encore subrepticement habités

A Aranjuez

A Aranjuez...

A Aranjuez

il ne reste rien

seulement les notes de Paco

que j’entends encore

à travers l’épaisse cloison du temps.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Publicado en VENTANA FRANCESA

 

 

 

DIVAGACIÓN DE MADRUGADA

José N. Méndez

 

 

 

El líquido que en el cristal deambula

o el hálito

desde la punta del cabello, nacido

hasta la médula

cuando es trigo

en plena cadencia

de aire gélido.

 

Desde el iris

piedra golpeteada

por la divergencia

del riachuelo

hasta lo que, sin letras,

ni estructura

ni una variable

ni una condición

ni entendimiento

ni alcances

ni un algo

que alcance a definirse.

 

Este es el tránsito

tras un oleaje

que desconoce su flujo.

 

Y ese líquido

hundido

puede amanecer

incendio

amanecer vendaval

amanecer gota o

fragmento de luz

que una luz más grande, nutre…

 

Es la hendidura

en que la psique hace piruetas

y de algún modo

la despoja

y la vuelve

sin más pregunta de por medio

ni la forma de expresarlo

y el roce justo

donde no alcanzó a posarse una caricia

es bóveda celeste

o polvo de Antares

en la punta del índice.

Publicado en OIDOS NEGROS(Poesía)

 

 

Pulso tu brebaje y otros poemas

Ricardo Rodríguez Morlan

 

 

 

Pulso tu brebaje.

                Nieve-espuma

Sorbo el impermeable sulfuroso

De tu muelle-alto voltaje

      Para desyerbar

O acercarme

       Al géiser alcalino de tu cuero.

No me caigo de metamorfosearte

Y ni sé cómo te veo

        Piel-fosforo

Rajando olas

        Picoteando panales

O acribillando ácidos/vientos.

 

Me incendio/apago/calcinó

Hago con tu imagen un matadero de venas

Una seta indefinible

Destilado de mi delirio fermentado

O de un besito insecticida

  Bañado en flores jamaiquinas.

  Tés de campana/milagrito dopado

 

     No sé para qué tiendo

A desollarme en tu pulpa

Menos entiendo el fulgor de tu ronroneo-garabato

O en qué dirección me desvielo.

 

 

 

Noqueado-circulo


Por el punto
Buscando
Rumeando las costillas del mata rata

Me revuelco en las glándulas de mis calles
Caigo noqueado en tus ganglios

Sin cama, sin fusca
Y sin chota
Borboteo y le derramó,
Exprimimos nuestras carnes en el próximo hotel

Y no hay no hay viaje más dulce
Qué es película y novela rota y toreadora de meses y reglas

No hay momento más dulce que despertar en un cuarto rentado durmiendo de lado
Pálido por la droga y la falta de sueño,
En un horario caciqueado
Mascando la falta de timón
Con la que me disperso sobre tu cuerpo
Caída más dulce que verte por la noche y despertar lejos de casa
Y de mis calles, tus baches

Adormilados y rumeando los nervios de los labios, cada cuál

No hay caída más eriza que regresar de dónde escapamos hasta donde nos deja el tiempo y el dinero
No hay resaca más violenta que salir del viaje y la película y esperar de nuevo
Esperar.

y quisiera regresar a casa diario, verte y preguntar si ya cenaste.

 

Lay Out.

 

Desperdicio mi tiempo y me gusta.

Regresó a casa con un día menos,

Después de un día largo mirando la máquina.

Un día largo buscando entre sus entre su aceite el deseo.

Camino a la casa de empeño pienso lo poco que le importa lo que digo

Camino a la casa de empeño dejó de pensar.

 

Off.

 

Hay billetes tratando en los campos del sueño.

No sé cómo llegaron comen y cagan en mi cerebro.

 

Nacen nuevos hongos y los ríos comienzan a prestar a metal,

muerdo sus memorias descubro mi rostro entre fechas de expiración;

compro mi cara: una marca que me recuerda a ti o el olor del plástico; que huele a una noche de encierro.

 

He visto troqueles arrancar manos enteras y del muñón florecer fajos de billetes,

he visto la luz del televisor y soy todas las señales interrumpidas,

me he visto hecho un muñón ahorcado

Al alba tras las luces de los espectaculares,

la mañana quebrando su plasma en la cintura de la autopista,

he visto mi memoria ser dada de baja y la bendición de carecer de ella.

 

Por la mañana siento el calor de los mercados y los parques industriales.

 

 

 

 

 

 

 

 

Publicado en OIDOS NEGROS(Poesía)
Jueves, 28 Marzo 2019 06:38

La conversación. / Adán Echeverría. /

 

La conversación.

Adán Echeverría.

 

 

Habían sido varias las noches que la tenía al otro lado de la pantalla de mi ordenador. Primero cumplía como padre, durmiendo a mí bebo y atendiendo a mi esposa a quien me gustaba tener bien cogidita, como debe exigir y ser tratada toda mujer. Nada de dejarla a medias. Un hombre con una hembra en cama, no debe levantarse ni dormirse hasta que quede bien relajada y pueda gozar de un sueño reparador. Para eso ellas viven con los hombres y no para soportar nuestra mierda.

¡Ah, mi esposa y esas sus tetas que no dejaban de chorrear leche! Bien nos lo había dicho el pediatra: si usted sigue estimulándola, ella seguirá lactando; así que para qué parar. El erotismo de quedar con los labios, la barbilla y el pecho bañados en leche materna no tiene comparación. Y ésos sus enormes pezones, eran el premio después del embarazo. Mi bebé ya tenía tres años, y claro que desde los diez meses mi esposa le retiró el pecho, pero esa leche que aún seguía produciendo la había reservado para mi, que tan glotón siempre me comportaba.

Mi trabajo de escritor comenzaba después de la segunda cogida, mi esposa era muy calma con respecto a mi dedicación, y me dejaba ser, porque una mujer que se siente bien atendida, no pone reparos en las actividades de su hombre. Yo era un tipo que se pasaba las noches escribiendo. En realidad dormía poco, terminaba con mi esposa a eso de las doce y media de la noche, y me levantaba a fumar un cigarro en la terraza, junto al carro, para mirar un poco la oscuridad exterior, ver pasar algunos trasnochados, mirar correr a los gatos por las azoteas, y sumirme en algunas ideas de meditación, las actividades del día, lo que había para el día siguiente, si necesitaba ahorrar dinero, si quería comportarme un poco mejor.

Aquellas lecturas de Samael Aun Weor me habían servido para poder meditar en las acciones realizadas durante cada día. Uno siempre despierta feliz, y la vida consiste en pasarse el día sin que nada afecte ese estado de tranquilidad. Vivir trata de eso, -decía el gnóstico- insistir en continuar sintiéndonos felices al llegar la noche, y yo asumí esas posturas. He ahí el reto, la posibilidad de sostener la búsqueda de la felicidad. Para eso servía recorrer una a una las acciones de nuestro día. No como un iluminado, o un fanático de la meditación, claro que no. El ejercicio me duraba lo que tardaba en consumirse mi cigarro, y luego volvía a la casa, abría el ordenador y me ponía a escribir cuanta historia me venía a la cabeza.

Así es como llegó Francia. Una noche me pidió amistad y no dudé en aceptarla, apenas la tuve en la red social comencé a revisar sus fotos, una más sexi que la otra, y cuando pensaba que esta chica me volvía loco, que se metía a las neuronas como un gusano, me topaba con otra fotografía donde se veía aún más sexi. Ella poniéndose los calcetines blancos en sus pequeños pies de bailarina; sabía que era practicante de ballet clásico porque veía las fotos donde entrenaba, y aunque las fotos de sus galas no me parecían importantes, sí las fotos tras las bambalinas, esas fotos invasivas que ella compartía. Sus manos alrededor de sus tobillos, para darles un masaje reparador, ella amarrándose las zapatillas, ella mirando coqueta el espejo mientras se alisa la faldita transparente para salir a escena. Ella con el maquillaje blanco y esos pequeños trazos de plata-metálico que le ampliaban los ojos, y qué hermosos eran los ojos de Francia. Siempre he perseguido esas cosas íntimas en la mujer. Por eso me había detenido en el álbum de sus fotos, para poder entrar de lleno sobre su intimidad, sobre ese erotismo que muestra en cada imagen: Una foto donde sopla sus dedos, haciendo una "o" con su labios, mientras expelía su aliento (seguro con olor a fresas) para secar el esmalta verdiazul de las uñas de sus manos. Se ponía una corbata y se hacía los nudos, mientras vestía alguna camisa blanca de hombre, y se metía un sombrero en la cabeza. La foto donde tenía ese 'body' azul con que entrenaba en el gimnasio. Aquella donde levantaba las piernas –duras piernas de bailarina- sobre el escritorio mientras sostenía frente a sus ojos aquel ejemplar de Bram Stoker. No la quería inteligente, y no la imaginaba leyendo a Kant, o pensando en alguna intrascendencia de Foucault, pero verla sostener un libro, mientras jugaba a mordisquear sus lentes me excitaba; como aquella foto donde mostraba la nuca, o donde regalaba una mirada a ese pavorreal que se había tatuado en el abdomen. Sus pequeños pies torcidos por el ballet así, sin esmalte en las uñas. O donde estaba de pie y de espaldas, y giraba un poco el torso y miraba la cámara con rostro de gatita traviesa. Todos los clichés de esa coquetería que una hembra dulce y fanerógama puede mostrar.

Lo que me encantó de ella es que no era de esas chicas que solo se toman selfies y listo; Francia sabía muy bien que la mujer que ahora nos revienta los huevos es aquella mujer en toda la extensión de la palabra: no un pedazo de carne que lamer y listo, sino una que es trabajadora, o ama de casa, y madre, o profesionista, activista de ideas liberales y no de pintas y cartulinas con faltas de ortografía; una mujer que pasa su vida y horas en ocuparse tanto de ella como de los suyos. Hembras poderosas de las que uno debe rodearse siempre. Y esas fotos donde cuidaba a sus hijos, y los llevaba al parque me atraían todavía más. Francia comenzó a llenarme las noches después del zafarrancho diario con mi mujer. Y era algo que decir, el hecho de olvidarme de la leche de mi hembra chorreándome sobre la barba y el pecho, para irme a mirar las fotos de esta hembra que había aparecido en la pantalla de mi ordenador. Apenas encendía el equipo, entraba a mi página del feis, y me dedicaba a mirar todo lo que Francia había hecho durante el día, la miraba en silencio, con la idea clara de que ella no estaba enterada de mi incursión a su vida. Y todo era así de básico para mis necesidades en aquellas madrugadas cuando me contactó.

Fue muy directa, después del Hola, me preguntó si en verdad me gustaban tanto sus fotos que me la pasaba mirándola todas las noches. No supe qué cosa decirle en ese momento, pero ella me hizo sentir en confianza diciéndome que se sentía halagada de estar siendo apreciada. Y entonces reparé en que le había dado clics a todas sus fotos, y eso lo había estado haciendo sin percatarme de ello. Qué tonto me había visto. Era un maldito acosador nocturno, y quería pasar desapercibido. Y vi que se abría de nuevo la ventana del chat y una foto de ella me esperaba. Me había enviado una foto sonriente, coqueta, con muy poca ropa, diciendo: Esta no la publicaré, es una foto que me tomé solo para ti.

– ¿Estás listo para tenerme esta noche?- y agregó otra imagen, ahora con su boquita pintada de rojo y con pequeñísima pedrería de fantasía fina. El juego había comenzado sin reticencias. Los dos nos dijimos cosas sucias desde el tercer mensaje. A su "Qué haces despierto a esta hora; ¿no deberías estar cogiendo?", contesté: "Me recupero de ello. Ella duerme, y yo tengo lista la cabeza para pensar y escribir." Me olvidé de toda aquella meditación rutinaria en la terraza de mi casa. Era claro que yo no iba jamás a ser un tipo religioso, ni filósofo, ni gnóstico ni nada que se le pareciera. Mis instintos eran tan humanos como animal en celo que me sentía, deseoso de aquella mujer que había dado aquel paso hacia mí.

- Y en vez de escribir, ahí vas a buscar "viejas" para tontear, ¿verdad?

- ¿Qué puedo hacer?, ellas aparecen, tan lindas frente a mis ojos.- ¿Cuánto puede uno resistirse a la presión de una hembra de esta naturaleza? Irradiaba tanta seguridad en sus frases, como en el hecho de enviarme fotos, que no me daba tiempo de sentirme halagado como en pensar que algo de raro tenía aquello.

-¿Cuándo me dejarás verte? Esta semana mi esposo no estará, y puedo decirle a mi madre que se quede con mi beba.

Francia era madre de una beba de tres años, justo la edad que tenía mi hijo. Eso de las repeticiones que seguido nos ocurren; en muchas de sus fotos aparecía con su retoño a un lado.

- ¿Estás decidido para que arruinemos nuestra historia de parejas casadas y fieles?- y esto lo dijo acompañado de una foto donde me dejaba ver su ombligo y justo donde empiezan a notarse sus vellitos del pubis.

-¿Cuándo podré verte?, - leía yo, mientras me enviaba una foto de sus piernas y sus hermosos pies con las pintadas uñas de rojo.

Estaba a punto de contestarle que claro, que mañana mismo vería cómo hacerle para verla, y escuché a mi espalda la respiración de mi esposa con su: "¿Cómo vas con el cuento?, ¿quieres que te prepare un café?"

Sentí que se me caían los huevos al suelo por la sorpresa. Uno nunca será tan rápido para cambiar de pestaña y ocultar el programa, o en mi caso para minimizar la pantalla de la conversación que sostenía con Francia. Pero mi esposa tampoco sería tan rápida para mirar detrás de mi espalda y ver con quién estaba conversando. Mientras hacía todo para cambiar de pestaña de la manera más natural y discreta que podía para ocultar el chat (iluso), me di vuelta para quedar frente al rostro de mi mujer que bebía un vaso de leche, algunas gotas terminaron de caerle por la barbilla.

- ¡Vaya que se me cae la leche!- dijo risueña, mientras yo la jalaba hacia mí, y la sentaba en mis muslos. Comencé a lamerle la barbilla.

- No tienes llenadera, ¿verdad?

- Me gustas mucho,- alcancé a decir. Y la ventanita de la conversación con Francia comenzó a parpadear, como señal de que me seguía escribiendo.

Yo no podía dejar que mi esposa viera el monitor, así que aprovechando la silla giratoria, di vuelta para que ella quedará de espaldas a la pantalla, montada sobre mí, lista para ser besada y penetrada; no traía calzones, y aproveché la erección que ya tenía por las fotos y la charla con Francia, y comencé a meterme a ella. Mi mujer dio un sorbo a la leche del vaso, y giró para dejarlo sobre el escritorio junto al ordenador.

Yo le mordí una teta, tenuemente, para que no dejara de mirarme, y la tela de su blusita de algodón se mojó con la leche que aun le salía de los pezones erectos, y con mis dedos comencé a explorarle los vellitos alrededor de su ano; ella estaba montada conmigo dentro. Me puso las tetas en la cara, y moviéndose cómo la hembra dueña de mí que se sabía preguntó:

- ¿Ya terminaste de hablar con tu amiga?

Fingí no escucharla. Era verdad que lo había dicho sin subir de tono, y así como si nada. Traté de concentrarme en ella, pero sabía que la sangre abandonaba mi pene y me subía al cerebro. Me encanta ir metiéndole de a poco los dedos en la raja, es algo que se que ella disfruta, y me pone duro de inmediato, rozarle el culo con la yema de los dedos, pero la pregunta de mi esposa flotaba en el aire como un fantasma que decía: "Que pena me das, pobre pendejo". Ella me tomó de la cabeza, para mirarla de frente y repitió:

- ¿Ya terminaste de hablar con ella?- supe que no había escapatoria. Yo era un tipo derrotado. Mi mujer tenía la última palabra y no había nada que decir de mi parte. Se salió de mí, cogió su vaso con leche del escritorio.

- Me voy a dormir. ¿Vienes?

Y supe que esa era la frase final, en ella estaba inscrito un "Te perdono, pero ven de inmediato tras de mí".

Cerré las pestañas de los programas sin pensarlo más. Apagué todo de inmediato. La idea de Francia había salido por la ventana junto con mi hombría. Era yo un hombre dominado por el miedo. Un ratón que no tenía posibilidades. Fui derrotado por el poder que mi esposa tenía sobre la infidelidad en que me había descubierto. No quise decir nada y fui a la habitación. Ella estaba acostada bajo las sábanas. Creí que comenzaría a discutir, que al día siguiente me dejaría, y no tenía más nada que decir. No había pasado nada extraordinario, pero había decidido ver a Francia, me había ganado la lujuria, y estuve decidido a arriesgarlo todo. No supe nunca, no podía saber, desde cuando mi mujer estaba detrás de mí. Yo platicaba y me ponía de acuerdo con Francia cuando escuché su voz detrás. Ella era dueña de la información, y del destino de nuestra relación. Pensé en mi hijo, en el trabajo, en qué haría al despertar y en cómo enfrentar un nuevo día.

Levanté la sábana, y ella se volteó hacia mí. Me metí dentro de ellas y sentí la desnudez de mi esposa, y la humedad de su pubis que rozaba mi pierna, como un molusco que iba lamiendo mi rodilla untando su exquisita mucosidad. Me jaló del cuello y me dio un largo beso para decir en un gemido, mientras arrastraba una mano por mi pecho y mi abdomen, hasta tomar mi pene entre en sus manos.

- Te quiero dentro de mí.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Jueves, 28 Marzo 2019 06:20

La literatura del No. Adán Echeverría

 

 

La literatura del No.

Adán Echeverría

 

Este lunes pasado tuvimos la oportunidad de revisar, en el taller de apreciación literaria, el cuento “Un día perfecto para el pez plátano”, de J.D. Salinger, para que los alumnos tuvieran la oportunidad de percatarse de dos puntos principales: 1. Los diálogos, en una obra literaria, tienen la funcionalidad de hacer avanzar un texto. 2. Como los personajes que dialogan pueden describir a un tercer personaje, que llega a ser el personaje central del texto.

Este ejercicio tampoco es tan novedoso, pero nos lo clarifica en este texto el escritor norteamericano, y es muy útil como lectura de taller literario, pues ya desde la novela “El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde”, Robert Louis Stevenson, nos había acercado ese ejemplo de la descripción de un tercero mediante el diálogo entre dos personajes.

Para hablar de la obra de J.D Sallinger, fue bueno recordar el reconocimiento que tiene el escritor por su magistral obra “El guardián entre el centeno”, una obra que en los Estados Unidos se ha vuelto obligatoria para los estudiantes de pregrado o High School, de lo que para nosotros sería el bachillerato. Salinger es un escritor que no tuvo que publicar una gran diversidad de obras literarias para pasar a la historia de la literatura, y estar incluido en el Canon Occidental, que propone Harold Bloom. Son dos sus obras con las que el mundo lo conoce. El ya citado Guardián entre el centeno, y su cuentario “Nueve cuentos”, de donde se desprende “Un día perfecto para el pez plátano”. Después de escribir estas obras, Salinger se convirtió en un eremita y se apartó del mundo literario recluyéndose en una granja, donde continuó leyendo y escribiendo historias que no volvió a publicar.

Este tipo de escritores son los que el personaje de Enrique Vila-Matas decide rastrear en la novela “Bartleby y compañía”, donde define: “los Bartlebys, son esos seres en los que habita una profunda negación del mundo”, esos escritores que pueden ser agrupados dentro de la Literatura del No, y que son reconocidos los escritores del No. Y es gracioso reconocer el nombre de Bartleby, tomado del magristral cuento “Bartleby el escribiente”, de  Herman Melville, el autor de “Moby-Dick”, otra de las obras de la narrativa norteamericana, que cambiaron el mundo de la literatura y que dio inicio a la novela moderna.

Y es que necesitamos hablar de la literatura del No, para poder reconocer el objetivo que persigue todo escritor a la hora de dedicarse a la literatura. Un objetivo que siempre tendrá que ser personal y no grupal. ¿Qué persigue todo escritor? ¿Acaso el éxito de venta de sus libros? ¿Tal vez la gloria literaria, el premio Nobel, o cualquier otro premio que le brinde reflectores, aplausos, publicaciones en la prensa? Cada quien lo sabrá, y en su intimidad tendrá esa plática consigo mismo. Lo cierto es que todos los autores escribimos con una finalidad principal, que es el objetivo del lenguaje todo: Comunicar, decir a los otros lo que pensamos, lo que sentimos, lo que queremos, lo que odiamos, lo que queremos cambiar, lo que podemos retratar.

Lastimosamente en México, la educación literaria en muchas ocasiones hace creer a los jóvenes escritores en la necesidad de perseguir los presupuestos. Como si la literatura se debiera exclusivamente a intentar conseguir becas y premios, para poder sentirse parte del gremio de los “poetas premiados”. La literatura es mucho más que eso. La literatura mexicana nos ha brindado excelentes ejemplos de los escritores del No, como Juan Rulfo y Alí Chumacero, uno en narrativa y el otro en poesía, que sin tantas obras tienen un lugar y reconocimiento en el Canon de la literatura mexicana. Latinoamérica nos entrega a Juan Emar y a Ernesto Sabato, quienes igual tienen una gran presencia en la tradición literaria mundial, con dos o tres obras cuando mucho.

Publicado en La pluma sobre el ojo

 

HUMO SOLIDO 11

MARIZELA RÍOS TOLEDO

URIEL REYES DELOYA

 

 

 

 

“Yo diría más bien que la poesía es algo cuyo instrumento son las palabras,

pero que las palabras no son la materia de la poesía.

La materia de la poesía –si es lícito que usemos esa metáfora-  vendría a ser la emoción”

Jorge Luis Borges

 

Quizá ésta sea la definición que mejor describe el trabajo de Marizela. En sus versos no hay una búsqueda de complacer a sus lectores. No hay una sensibilidad almibarada ni una fácil lectura. Lo que encuentro mayormente es una necesidad de extirpar de dentro suyo un sentir que amenaza con derribarla. Un desgranar en palabras los dolores largamente contenidos. La construcción de su poesía, a manera de pequeñas viñetas, me remite además a un automatismo sonoro en el que las palabras van construyendo frases y estas se van acomodando, aportando su cuerpo, como si de tabiques se tratara, para llegar a formar el edificio de una criatura nueva.

Un poema es un ente recién salido de las manos de su creador, pero una vez que es letra impresa se vuelve bien común, sujeto de estudio y aportación creativa.

Así, vemos en Marizela una explosión de la subjetividad. Yo me permito imaginarla como una giganta habitada por infinidad  de poemas como aves deslizándose en su interior. 

Sus versos son como martillazos que se van acomodando  hasta construir un todo. Y cuando esos micro universos adquieren vida propia reclaman su lugar en la hoja en blanco. Son parte de una totalidad, pero conservan su ser individual. O son versos que, como un caleidoscopio, nos van mostrando todas las posibilidades de la idea, mientras con formas caprichosas, danzan, juegan y aterrizan en la página.

En el poema Sin disyuntiva vemos claramente este juego sonoro, pero también visual, que provoca el recuerdo obsesivo de una emoción, mismo que para el lector resulta como una adivinanza infantil a más de un juego de palabras. Estepa/llanura que ruedo/rueda sobre mi/punza como clavo/me punza/se revela en el ojo/en el tímpano de la oreja.

El ritmo nos lleva de un lado a otro y nos invita a ir con él, casi como niños en la espalda de papá. Aunque la idea de fondo no parece corresponder al juego, pues habla de un clavo que punza y que duele en el ojo y en el tímpano. Pero la forma en que es presentada le quita (de manera intencional) esa connotación doliente. Tiene lugar aquí la preponderancia de la forma sobre el contenido, pues nos quedamos quizá un tanto más con la sensación juguetona que nos provocan las palabras.

Marizela dice que su poesía “surge de una conexión sensorial con el universo” y eso, por supuesto, se percibe en su trabajo, pues vemos que en él hay una preponderancia de lo humano representado en emociones y sensaciones. La máxima aspiración de un creador es que al citar el dolor, éste convoque en él todo el dolor de los hombres. Ella, cuando así se lo propone, lo logra y nos lleva de la mano de paseo por los vaivenes emocionales del ser.  Por otra parte, al ser honesta y profundamente auténtica, su voz se hace universal.

Marizela se aligera, lidia, acosa, cree, encuentra, hace, se destierra, soporta, aporta, apuesta, se engaña; es insomne, aguarda, rueda, reza, bebe café y con todas estas acciones malabarea sobre la página y nos invita a saltar con ella trepados en la punta de la pelota. Nos demuestra así que estamos hechos de la misma materia de que está constituido el universo y, por lo tanto, hay una natural conexión con todo lo que lo conforma (incluyendo al propio ser humano).

Cuando las vanguardias europeas de principios del siglo pasado

rompieron con la camisa de fuerza de la academia, experimentaron con las palabras y grafías e incluso onomatopeyas para mostrar que los conceptos que tradicionalmente se adjudicaban a la poesía podían ser cuestionados y derribados. Tristán Tzara, Marinetti, y muchos otros con el Dadaísmo o incluso antes Rimbaud, Verlaine y Mallarmé con el Simbolismo, irrumpieron con fuerza en el escenario de la creación artística y cuestionaron el principio mismo de la lírica. Con ello allanaron el camino para que las generaciones venideras hicieran todo tipo de propuestas en la experimentación poética.

Retomando también, cuando así lo desea, estos elementos, Marizela logra llevarnos y fluir con ella en esta fuente cantarina de palabras, al tiempo que nos hace reflexionar acerca de la condición humana,  el dolor y el placer que conlleva nuestra visita en esta tierra.

 

 

 

 

Por uno más y el alto precio del cobarde

MIRIAM MANCINI

 

 

Por uno más

 

Mate que te quiero verde

como las esperanzas que portas

te quiero suave

como las miradas que unes

y acarician almas en tempestades

 

Mate que te quiero de la anchura del mundo

pronto y listo

cuando arrecia el cansancio bajo el sol

Y también segundos antes de amar

 

Mate que no diferencias entre pobres y ricos al fraternizar

Y se convida al hermano, al desconocido, al ladrón y al decente por igual

 

Mate que eres historia y cargas la sangre de pueblos que ya no están

Y barres fronteras, enlazando manos

en pos de hermandad

 

Mate que te bebo, pidiendo dignidad

para los peones

que tu yerba han de cosechar

 

Ni un mate me falte nunca en esta vida al transitar

Ni en la noche postrera,

cuando ya no quepa una cebada más

 

También te quiero mate con tu espuma nueva, y con mano bien firme,

para robarle a la muerte,

una mateada más.

 

 

El alto precio del cobarde

 

Ansiedad,

manos siempre sudorosas,

temiendo extenderse

en una caricia

que quiebre la segura y siempre tentadora comodidad.

 

Y suelte

de una puta vez

la magia inaudita

que salve el crepúsculo

Y ponga a todos los dioses a rezar

porque acabe la eternidad

 

Cuando tanta libertad

asusta,

sólo queda enmascarar

 

Rogás que otro venga y te rompa la larga lista de excusas

 

que la boca no cesa de enunciar

 

Los miedos carcomiendo el espejo,

estampando grietas por doquier

 

Sentándote a mesas dónde la gente habla, ríe,

la música suena y vos estás lejos, lejos del suelo,

convertido en muecas

 

Estás

corriendo,

siempre corriendo,

yendo a su encuentro

atravesando el puente

con el sol entibiando la cara

Y los ojos incandescentes

 

de saber que estaba cerca

Ya se acercaba

el amor

 

Nadie sabe que ahí fue

 

Nadie sabe que de ahí es de dónde no volvés

 

¿Cuántas derrotas  acumulan tus párpados?

Cae el peso sobre la noche de acero

 

Añorar lo infinito

es tarea insoportable

 

Eyacular, escupir, maldecir, siempre huir

 

Y vas al filo de las horas buceando por nuevos escudos que te protejan

Que te retengan en la silla,

para no extrañarte hasta enloquecer

 

Deseando que el trajín de la gente, siempre con sus ruidos conocidos,

su ronroneo de cuna,

aniquilen la mirada de esa mujer,

 

y sepulten los sueños que no querés volver a ver

 

Y en un sólo golpe certero se borre

lo que cala hasta los huesos

sin porqués.

 

No hay silencio más

espeluznante que el de los muertos a los que aún no les llegan sus diez.

 

Vivir es inventarse

siempre el paraíso,

a cada minuto, renacer.

 

Y arriesgarlo todo,

incluso por nada

 

Por nada,

¡por NADA!

¿Acaso no lo ves?

Publicado en OIDOS NEGROS(Poesía)

 

Trópicos I Antología personal

Eduardo Cerecedo

 

 

ÁRBOL SU SOMBRA

 

El ambiente con su temperatura quiebra lo que ha dejado de hacer

la mano amiga.

Caricia de ortiga, afelpando un ligero rumor que despide el cactus

al saberse despojado de algún piropo, envuelto en la gente,

golpes de ecos a lo oscuro del tiempo.

El estanque revuelve al árbol su sombra, sus agujeros son escozores

de quietud que el espejo pule en cardumen de follaje clandestino.

 

 

RECINTO DEL AGUA

 

La casa es un recinto que el tiempo hace para entretenerse,

un juego para la memoria, navaja para despertar la armonía

que fabrica la imaginación en este puerto venido de otras latitudes.

Pero esos muros tensan un regreso pospuesto

que ha de sostener la lejanía en escollos, rompiendo de espuma

a las iguanas,

bebiendo del tejado un cauce detenido.

 

 

 

 

AGUA SOSTENIDA

 

En la espalda siento un verdor auspiciado por el agua prensada

en el muro, el respingo de la luz, apenas tierna se acomoda junto

a la mesa en la que escribo.

Azota el calor un brío que gobierna el estómago a esta hora

del día.

La pared afirma la nervadura de la lluvia, trasluciendo la humedad

de su raíz en sonido como despeñando para filtrarse en la espesura

que cruza el temblor de mi mano.

 

 

 

UN FONDEO

 

Pensar en el agua, pincharse un ojo a lo suave de lo amargo, clima

sobre los árboles de caucho, preciso instante

que empujado por el parpadeo hace de la imagen un río crecido,

por donde transita lo redondo de la piedra.

Es un fondeo de lágrima acusando a la esfinge detenida por el ojo.

Justo en la estaca afilada por la frescura con que eleva la verdura el verano

sobre las calles más cerradas a la lluvia que desgaja en vapores la mañana

en un vuelo de pichíchiles.

 

 

 

 

Publicado en Boca de río
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