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Entrevista

Víctor Manuel Pazarín

El retorno a la aldea

 

Martha Eva Loera

 

Víctor Manuel Pazarín trata de atrapar la esencia de las cosas y da lectura a la realidad a través de la escritura. Por ello empezó a escribir poesía, pero a raíz de otras inquietudes y pasiones que no podían ser trasmitidas a través de este género, recurrió al cuento, la crónica, la novela, el teatro y el ensayo.

Llegó al periodismo en 1987, cuando tenía veinticuatro años. El tiempo transcurrido le proporcionaron un cúmulo de conocimientos que buscó en dónde invertir, y encontró en el ensayo un recurso idóneo para ello.

“Empiezo a escribir ensayos de manera constante en el suplemento o2 Cultura, de La gaceta de la Universidad de Guadalajara. En este medio me dieron libertad, y pude tratar los temas que quise, y ahora soy autor de siete libros (uno publicado y seis en preparación) que surgen, principalmente, a partir de esas colaboraciones, y que me llevaron a invertir trabajando sábados y domingos, durante diez años, sin descansos”.

El primero de estos libros es La vuelta a la aldea (se publica bajo el sello de Keli ediciones) y será presentado el mes de marzo por Pedro Valderrama Villanueva y Luis G. Abaddie en el centro cultural y cafetería Mar de Tinta de Guadalajara.

El libro contiene catorce textos, de los cuales ocho fueron publicados en el suplemento o2 Cultural (entre el 7 de marzo de 2011 y el 21 de enero de 2013); además de “El infinito Arreola”, publicado en 1998, en la revista Tierra Adentro; “La muerte como recurrencia”, que apareció en el año 2000 en el mismo medio; “Rosas Moreno retorna a la aldea”, en el blog Barcos de papel, en 2010 y “Una prosa edificantes”, que tiene como tema central al escritor Guillermo Jiménez y su obra, en el Diario El Volcán, en 2016.

Tres ensayos más: “Entre paisaje y la política”, “Un poeta de provincias” y “Nervo y sus circunstancias”, enfocados en los poetas Manuel José Othón, Enrique González Martínez y Amado Nervo, fueron escritos a petición del poeta y ensayista Rogelio Guedea para el libro Historia crítica de la poesía mexicana, con motivo del bicentenario de la Independencia de México y el centenario de la Revolución mexicana.

“La muerte como recurrencia” es clave en el libro La vuelta a la aldea. En este texto, Pazarín combina seis crónicas más un ensayo. Cada uno, independiente, pero se enlaza con los demás en un mismo argumento: la muerte en la literatura. La estructura es similar a la utilizada por Juan Rulfo, en su novela Pedro Páramo. Esta forma de combinar los textos, se traslada a lo largo de los dos primeras partes del volumen, ya que hay grupos de dos o tres ensayos, con diversidad de voces que tratan el mismo tema, pero dan la impresión de que son una misma unidad.

 

En el prólogo de La vuelta a la aldea hablas de las formas de la escritura y las calificas como huidizas. En ocasiones —afirmas—, las captas en la mirada de tu mujer, en el saludo de un amigo o en los ojos de los niños. Da la impresión de que es un fantasma, espíritu. Para ti, entonces, ¿qué es la escritura?

La lectura de los objetos y seres a través del espíritu. Éste tiene muchos recovecos y entre éstos está el pensamiento. Yo creo que la imaginación y el pensamiento son muy importantes para un escritor. Uno puede llegar al pensamiento a través de la imaginación, es la manera de llegar a éste de manera natural.

 

Y, ¿qué tratas de atrapar?

 

Cada objeto tiene un lenguaje que el escritor intenta atrapar y descubrir. Eso nos lleva al misterio. La poesía es misterio, el ensayo de algún modo intenta describir, analizar o mirar qué es el misterio, cosa que es imposible. Por eso todo ensayo es un intento y es inacabado. Nunca termina uno de escribir sobre un autor o texto porque siempre dicen algo, y cada vez que uno “ lee” un material o ve la realidad, lo que se hace es hacer una lectura inmediata de las cosas, y uno ya no es el mismo que fue ayer, hace un instante o cuando comenzamos a dialogar tú y yo. Siempre somos distintos. Fluye el espíritu, el pensamiento y el ser, y uno nunca se baña en las mismas aguas, como dijo el filósofo griego Heráclito de Efeso.

 

Para ti, ¿qué es el ensayo?

 

El ensayo para mí es un diálogo entre la obra y el autor. Yo intento mantener esa charla para tratar de descifrar las cosas que estoy leyendo. Además el diálogo es conmigo mismo. Trato de responderme las preguntas que me surgen a partir de que veo una película o leo un libro o veo una obra pictórica. Entonces ese diálogo o monólogo, ese interrogarme y tratar de darme respuestas es el ensayo.

 

Noto cierta hibridación en las dos primeras partes del libro. Es decir, mezclas la crónica, la entrevista, la semblanza, el punto de vista personal. ¿Por qué incluiste estos textos, que son once, en un libro de ensayos?

Yo no hago ensayos clásicos. Lo que hago es escribir, y si en este caso, discuto o voy a casa de un autor y describo su mundo, de algún modo esa crónica se convierte en escritura ensayística, es decir, ofrece la oportunidad de conocimiento de algo. Entonces lo mezclo sin ningún tapujo porque también la crónica se convierte en ensayo. Ejemplo, muchas de las crónicas de Carlos Monsiváis son ensayos, entonces tú los puedes leer como el primero o segundo género porque tienen los elementos de la mayéutica socrática.

 

Al leer tu libro noto dos autores muy distintos. En las dos primeras partes te involucras con el texto. Das tu punto de vista sobre las obras de los autores. Se nota tu presencia, pero en la tercera parte, cuando escribes sobre Othón, Amado Nervo y Enrique González Martínez se hace un lado Víctor Manuel Pazarín, ¿por qué tomaste esa decisión?

Hay una razón pertinente. En el año 2010 yo iba a salir de viaje a Texas y me llegó un correo, de Nueva Zelanda, de parte de Rogelio Guedea, ensayista y poeta de Colima, el cual hacía dos tomos de la Historia crítica de la poesía mexicana, con motivo del centenario de la Revolución mexicana y bicentenario de la Independencia. Entonces, nadie quería hablar sobre estos tres autores, y me invitó a escribir un ensayo sobre los mismos. Me dieron un mes de plazo. Yo estuve dispuesto a escribirlos. Entonces fui a mi estudio y como magia formé dos alteros de libros sobre los autores que yo ya había leído, y entonces me propuse a jugar a que yo no estaba, pero sí como lector.

Fue a propósito el ausentarme. Había premura para escribir. Tenía tantos pensamientos, que cualquier cosa que yo comenzara a meditar sobre Amado Nervo, Enrique González Martínez u Othón en un mes, era imposible. Entonces invertí la imaginación y comencé a jugar. Decidí que otros escritores hablaran por mí. Ahí estoy como lector. Es un juego de lecturas. El resultado fue una proeza: ensayos de quince cuartillas, casi imposibles en un mes.

 

¿Qué aprendiste de estos tres autores como escritor?

 

Amado Nervo me enseñó que todo tema puede ser tratado en literatura porque lo mismo escribió novela, poesía y crónica, además me confirma que mi espíritu es cursi, y me gusta lo cursi, y que no hay nada malo en ello. La cursilería, estoy convencido, no demerita a la

calidad literaria, pero sí lo hace la mala poesía; Othón me enseña que un paisaje íntimo y cercano se puede convertir en poema universal y Enrique González Martínez me muestra que la poesía se da a pesar de no se tenga un oficio vinculado de manera directa con la literatura, ya que él era médico.

 

 

Radiografía de un crustáceo de Luis Enrike Moscoso

Por Martha Lujano Valenzuela

 

 

Un nuevo naturalismo, aproximación al comportamiento natural del alma cuando lo dio todo: “Matar los cuervos del alma” (2012). Así comienza el breve recorrido marcado en Radiografía de un Crustáceo (Selección Poética) de Luis Enrike Moscoso (Espantapájaros Editorial, México, 2018) un poeta del que se aprende, generador de conocimiento interno, quien no indaga las razones del no ser, únicamente los resultados: Yo no soy el que se golpea solo el rostro/Y esconde el puño/ No soy ese que se cuenta mentiras/Para sentirse vivo. El conocerse es esencial para enseñar a conocerse a otros, la mejor manera es mostrarse con crudeza, de la manera desagradable en la que no nos piensan los demás, sin dejar de lado cierto determinismo: Yo sólo soy alguien/ F u l a n o d e t a l /TIRANDO/Letras/como migas de pan /Para ՚revlov՚ a casa.

El componente crítico hacia la labor creadora de lenguaje de aquél quien enuncia -mejor conocido como “poeta”- es ácida y ataca la ideología del purista lingüístico; No quiero porque no/ Y punto /Sin suspensivos/Sin comas como topes o como espías/Sin diéresis antiestéticas/Montándose en mis vocales mías/sin acentos incómodos/afeándome las letras/sin nada de esos signitos feos/ que de por sí/ gastan más tinta de la que usan. Luego en Brujulario (2013) la presencia de lo femenino en sus diversas iconografía; madre, hija, santa, hijastra, hermana se funden en el articular silábico: Aguacielotierrasolmadremiamimadredemí, tal vez se refiera a la tormenta que baña la tierra o al terrible paso de una mujer por el acontecer de uno o un mero ejercicio fonético, cómo adivinarlo, los enigmas están presentes en sus cosmovisiones así como en todos los imaginarios sociales, incluido el urbano, como el que detalla en PAYASO ROJO Y OTROS MUERTOS (2014): La ciudad se pudre en silencio/Cantamos la muerte, la ciudad es el lugar donde la reivindicación vital se alcanza a través del amor-sexo: Un niño aprende el sexo aferrado/a la certeza de un clítoris anónimo o La luz que sale de tu sexo,/hábil como una cometa/ La luz que sale de tu sexo/ágil como un felino/ La luz que sale de tu sexo/limpio como un deseo/ La luz que sale de tu sexo/suave como un suspiro.

 

Mirada de un enamorado que desdeña el romanticismo y sus convencionalidades, volviendo al amor más cercano: Abres las piernas amor/ Y yo bebo de tu fuente el té caliente/que regalas, amor próximo, casi realista, única oportunidad de la mesocracia, ésa y la poesía salvífica: Salgamos a la vida amor/Vamos a atascar las calles/Atiborremos las cloacas de poesía/Escrita con fluidos de tu vientre.

Otras biologías, otras tierras, creaturas que van pasando frente al lector, cangrejos, elefantes, monos o al menos sus “gritos” y El paso de todos/jaurías/manadas/parvadas/cardúmenes/piaras/rebaños/gruñendo/graznando/silbando/balando/barritando/creando-lo-todo en POEMAS SUELTOS donde parece que la creación es algo más que papel de un dios natural, es también el trabajo caprichoso de un demiurgo: Y todo fluye/nada hay/Todo fluye/nada existe/SOLO ES LO QUE NOMBRO. Transformando al creador de esta poesía en un omnipotente hacedor de destinos: Yo, insensato patrón/ de los desocupados,/tiendo rieles de acero y carne/donde no existe el canto.

En un mundo donde el espíritu humano no tiene opción otra que la dependencia con cucarachas: ”Miles de seres de toda índole/Caerán en un sueño apacible y lento/ Y solo cucarachas y ratas/ proclamarán el nuevo orden mundial, la lucha por sobrevivir se convierte en móvil de la poesía. La selección natural es ahora una selección social, podría decirse, donde hay desposeídos, degradados que conceden una especial importancia a las pulsiones, al pesimismo del medio donde se vive: MORIREMOS UN AMANECER CUALQUIERA/atornillados a sexos desconocidos/ tiritando de miedo/ante la pérdida de las miradas. El poeta busca una impresión de ateísmo basado en la premisa darwiniana de que sobrevive el más apto: ¿Quién si no nosotros cambiaremos de nombre/para ser Adán y Eva? Aborda las situaciones de violencia con desencanto posmoderno como un mecanismo para retratar la visión apocalípitica de este tiempo: Después del holocausto/sobrevolarán mariposas los miles de cadáveres.

 

Su lenguaje es crudo sin embargo hay tanta delicadeza en SONATAS PARA ARETHA (2015) Vendrás y un torbellino de cristales /poblará las estrellas de la madre./Cómo te digo hermana/hija de mí/que el silencio es una piedrecita/ que uno aprende a equilibrar/En la punta de todas sus narices. Tal vez, canción de arrullo.

 

Esta radiografía captada por Luis Enrike Moscoso, es ante todo, una concepción de la vida, del poeta que no se limita a mostrar lo que mira, sino que haciendo uso de su corazón e inteligencia y con un rigor propio del experimentador revela su actualidad, basta mirar los versos experimentales, los blancos, los cambios de tipografía y las temibles metáforas que le aquejan: TE DIGO, HERMANO: La pureza es un nido vacío,/una madre violada/ un puño de cenizas en la mano/ sudorosa de la ciudad/lodo en las suelas del destino.

La poesía adquiere así valor social en un ambiente donde los instintos han primado sobre la razón. Luis Enrike Moscoso reúne en este poemario recopilatorio, el valor experimental y existencial del humano y su lado animal: un invertebrado artrópodo con el cuerpo cubierto por un caparazón calcáreo con muy poca metamorfosis evolutiva.

Viernes, 08 Febrero 2019 07:03

Ese dolor ya lo he sentido / Deana Molina /

 

 

Ese dolor ya lo he sentido

Deana Molina

 

La primera vez que lo vio estaba de rodillas sobre el piso de tierra endurecida por el tiempo, el riego y el paso enérgico de la escoba; él, con el oído pegado a esa extraña superficie metálica gris abría sus ojos y sonreía por desconocido motivo para quienes le miraban, mientras hacía girar con sus pequeños dedos un enorme botón negro, circundado de líneas y números blancos.

—¿Qué haces? —le preguntó.

—Juego —respondió, sin abandonar aquello que le ocupaba.

El silencio y concentración del pequeño quien permanecía arrodillado le llevó a retirarse y, justo antes de cruzar las cortinas floreadas que cubrían el marco donde un día estaría una puerta, escuchó decir con aguda voz:

—¿Qué es esto?

—No sé; pero mejor déjalo donde estaba —dijo el otro niño sin ver aquello a lo que se refería, por temor; temor que seguramente el niño sobre la tierra no sentía al levantar aquel objeto sobre sus palmas para mostrarlo, con su vista perdida en el vacío pero claramente dirigida hacia quien le acompañaba.

—Sí, pero…

—¿Qué haces? —interrumpió de pronto con gritos un hombre alto y grotesco que corrió a arrebatarle el objeto de sus manos, ante la sorpresa de quien le acompañaba.

—Demonio éste —rugía el corpulento varón con sus mejillas y boca temblorosas como olas de mar embravecido por la furia—. ¡Mujer! ¡Mujer! ¿Quién abrió la caja fuerte?- preguntaba mientras colocaba la pistola dentro del espacio pacientemente descubierto por el niño y cerraba la puerta de metal antes de tomarlo por los cabellos para sacarlo de esa habitación y llevarlo ante su esposa, totalmente cuestionante.

—¿Qué crees que hacía este demonio? ¿Qué crees que hacía? —repitió como si su voz se perdiera en el silencio de la soledad más sólida; ¡pues tenía la pistola en sus manos! ¿Cómo puede ser? ¡Cómo! —insistió como siempre que se dirigía a ella.

—No sé —contestó indiferente la mujer—, el único que la abre eres tú, así que el olvido es tuyo. Seguro la dejaste abierta y ni cuenta te diste; ¡es tu asunto!... como todo en esta casa —dijo entre dientes, como tragándose las palabras para sumarlas a tantas otras que le abultaban el pecho de años atrás.

—Y asunto tuyo cuidarlo —gruñó tras ella exigente—. ¿Qué tal si se mete un tiro el chamaco este? ¿Qué le dirías a sus padres? ¡Qué! Dime, ¡qué!

Sin contestarle siguió ante la estufa, rumiante de palabras sofocadas y cimbrada como columna, segura de que lo siguiente serían unos fuertes manazos en las nalgas del travieso, ante la sorpresa de quien aguardaba su liberación para ir en su busca.

—¿Qué hiciste? —le preguntó el compañero al niño recién golpeado, una vez alcanzada la distancia entre ellos y los enormes desconocidos que irrumpieron en sus vidas, como salidos de insospechada realidad.

—No sé; jugaba —dijo él, sin salir del asombro—. ¿Qué es una pistola?

—No lo sé, apenas la vi.

—Era fría —comentó entrecerrando los ojos—; un tubo frío y delgado pegado a algo más calientito y grande... Lo divertido fue descubrir el botón y la palanca detrás de la puerta de madera y escuchar todo lo que se movía adentro, sin saber qué era y menos que guardaba algo tan poderoso como para hacer rugir de miedo al gigante que me levantó de los pelos- concluyó, alineando sus labios en una sonrisa.

—¿No te asustó cuando te arrastró por el suelo? Fue horrible verlo aparecer y manotear y gritar como nunca he visto a una persona antes.

—No, no me asustó; fue divertido sentirlo temblar y saber que lo que hice le dio miedo… ¿era muy grande?

—Le llegabas a las rodillas, creo; porque yo corrí a esconderme.

—¿Quién era?

—No sé. No conozco a nadie y nunca había visto esta casa. ¿Por qué estaremos aquí?

—¿Y me preguntas a mi? Primera vez que escucho esas voces —le aseguró, llevándole el índice a la boca, como quien se esfuerza en recordar.

Al día siguiente —y muchos otros— amaneció la caja abierta de nuevo, para sorpresa y furia del hombre quien, enfadado por la repetida travesura, gritó enérgico:

—¡A formarse todos! Rápido, en fila y por estatura.

Tomándolo por la mano lo llevó a ella, mientras todos se preguntaban el motivo de la orden, inútilmente. La fila era larga y con personas de todos tamaños y edades, agrupándose frente a la puerta.

—¡El primero! —rugió el gigante, lanzando su voz como rayo sobre todos los niños, quienes empezaron a temblar con excepción de los hermanos que expectantes aguardaban al final, por desconocer los significados de esa dinámica familiar.

El primero en cruzar la puerta y acudir al llamado de la furia fue el más alto de todos, quien hizo salir de aquella boca oscura llantos y gritos de dolor.

—¿Qué sucede? —preguntó a quien tomaba su mano—, ¿por qué lloran así?

—No sé, pero da miedo escucharlo.

—¿Miedo otra vez?

—Sí. Y más y más cuando veo que nos acercamos a donde los hacen llorar tan feo; si pudieras ver la cara de los que faltan… tú y yo seremos los últimos.

—¿Y si no escapamos?

—No podemos… ¿a dónde iríamos?

Al alcanzar la puerta soltó su mano, paralizándose. Su mano resultaba un descanso siempre; su confianza le brindaba a su vez confianza.

—Anda, ve. No tengas miedo —animó con un murmullo. No sabes qué hay adentro; tal vez no es tan malo como se escucha…

—Pero todos han llorado…

—¡Y qué!, nada puedes hacer. Si hay que llorar pues hay que llorar, llorar y gritar como todos porque seguro duele lo que les hacen.

Me hubiera gustado pasar primero… es más doloroso esperar. Casi creo que cuando me toque pasar el dolor se habrá agotado y nada me pasará ya, sin importar lo que pase.

—¿Qué esperas que no pasas? —gruñó el gigante desde el umbral, asomándose por primera vez desde que dio la orden de formarse a los niños que jugaban, unos a las canicas, otros al trompo y otros a la matatena, bajo el sol ardiente de verano que los obligaba casi al desnudo, interrumpiendo sus risas y alegría.

Buscó entonces su mano para apretarla fuerte y tras un suspiro, bajo la amenazante mirada del tirano, fue a su encuentro.

El gigante, con los brazos en alto lanzó con fuerza sobre sus piernas desnudas dos sendos cintarazos que le paralizaron una vez más, por el asombro… nunca había experimentado tal dolor. No hubo gritos aunque sí llanto, un llanto silencioso y profundo que ahogó para no alarmar a quien guardaba siempre en su mano; dolor de saber lo que le esperaba, mientras le era posible tomarlo de la mano para conducirlo por el camino que los otros seguían.

—¡Y ahí se van a quedar toda la noche y sin cenar! —bramó quien azotó a los pequeños con furia, antes de lanzar lejos el cinturón y dejarse caer en el sillón que al centro de la habitación le soportaba, desvencijado, mientras ordenaba su cena, ajeno al llanto de los trece niños.

En el patio, entre las piedras y sus posibles rincones, con el rostro entre las piernas doradas por el sol, lloraban todos, lejos unos de otros.

—¿Qué pasa? —preguntó, apretándole la mano en un intento de brindar tranquilidad a su guía.

—Ven, busquemos un lugar lejos de todos —le dijo hipeando—; creo que eso es lo que sigue… no tengas miedo —murmuró como quien muerde entre los dientes algo que amortigüe las quijadas, con el sudor sobre la piel como salado baño sobre los ojos irritados de llorar.

¿Cuánta desolación es capaz una persona de sentir? ¡Cuánta! Tiempo sin tiempo ni razón, suspendidos en él como el aliento que se aferra al cuerpo, desde el vientre hundido por el esfuerzo. ¿Qué somos entonces? ¿Acaso una hoja seca amenazada por el viento, cuando imperante azota al árbol para desprenderla en su levedad?

¿Cuánta desolación es capaz una persona de sentir? ¡Cuánta! Cuando el silencio domina los espacios circundantes y la esperanza huye sin llevarnos a los parajes donde habita. ¿Cuánta desolación es capaz una persona de sentir? ¡Cuánta!

—No tengas miedo —le dijo una vez más a quien llevaba de su mano hacia un rincón, lejos de todos y cerca del hediondo baño al que debían acudir, cubeta en mano, salpicándose de porquería en su pequeñez.

—¿Miedo? —le respondió con firmeza—. ¿Miedo por qué si todo ya pasó? —le dijo con cierta tranquilidad—. Y el dolor de los golpes pasará pronto. Conozco ese dolor; seguido me golpeo cuando tú no estás, a veces tan fuerte como nos pegó el gigante. Sé, además, que no siempre estás… creo que me dolió más saber de tus golpes que de los míos, por eso no volveré a abrir esa caja nunca más.

Y así fue

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Viernes, 08 Febrero 2019 06:35

COLMILLOS DE LECHE J. M. LECUMBERRI

 

 

 

COLMILLOS DE LECHE

J. M. LECUMBERRI

 

 

 

 

1

 

Helios acurrucó su hígado en la fuente del balazo. Llovía aquel miércoles. Los Ensombrecidos se esfumaron. Gigantes de polvo y paja que deambulan entre las pesadillas de los mortales, como citatorios del juzgado o enfermedades venéreas.

 

2

 

Las lágrimas del último caribú se esparcieron río abajo. Los niños apedrearon a una cría de zorro en su madriguera hasta asesinarla. Reían, sus risas parecían colmar el bosque con una neblina más espesa que la nata de la abuela en el chocolate caliente. Les espera un ángel a esos pequeños asesinos al llegar a casa. Dulce consuelo del verdugo. La destrucción como paraíso. El hombre es un ogro, ya lo decía Gargantúa.

 

3

 

Color óxido, caoba purpúrea, tendiendo al labio una caricia, un murmuro de hojarasca, un otoñal incienso para las acongojadas plañideras. El aroma a ocote y copal, humo como sombra de los vivos en la patria de la Muerte. Los Ensombrecidos callan. La vida es un relámpago en el que lo fatuo y lo resplandeciente entran confundidos en una misma carne. Dios es devorado por los vivos y vomitado por los muertos.

 

4

 

Ek Balam, el jaguar negro, los dioses se precavían de la noche calcinada, de los astros bizcos, de la molienda putrefacta, de los hongos en los pies, de la herida caliente. Todo lo que nos hace daño nos renueva, dijo un sacerdote. El tigre tiene el fuego en la piel, como el hombre en la mente. Hay moscas danzando sobre el cuerpo de la princesa. Los Ensombrecidos hacen fila para besar sus muslos, para lamer su entrepierna y estrujar su corazón. La belleza es siempre una maldición y una advertencia. Los Ensombrecidos usaron a la princesa como vasija para el veneno más decantado, la más sublime neurotoxina, que ahora la está matando como a un ciervo. Ella busca sanar sus heridas en el agua inmunda del manglar. El légamo le deshace la piel aperlada y la devora como una serpiente a u huevo de quetzal. Caldo putrefacto, la sangre roja de la princesa es ahora la sangre negra del chechén. Pero su espíritu, inalcanzable para los Ensombrecidos, es la savia del Chacá.

 

 

Las calles enrojecidas, el viento rancio, el polvo denso. El futuro es un objeto interestelar, dijo el maestro hoy en la facultad de ciencias. Nuestro futuro ha dejado de existir en otras dimensiones, nos ha exterminado, mientras nosotros permanecemos aquí, ahora. No es lo que habrá, sino lo que dejó de ser. Camino con mi chamarra negra de cuero sintético, mis pantalones roídos, las botas destrozadas por el ardiente asfalto. La Universidad es un viejo animal herido que reclama su entierro bajo ideas muertas.

 

6

 

 

Caminar taciturno, decían los antiguos poetas del siglo pasado. Caminar como una metáfora de la escritura.

 

 

7

 

El dolor ajeno es el más delicioso. El dolor ajeno. Un vaso de Brandy en la mano izquierda y una botella de lejía en la derecha. La situación política del mundo era insoportable para Eduardo. Mezcló la lejía con el Brandy y dio un generoso trago. No se hicieron esperar los calambres estomacales, la lepra esofágica, el intenso dolor que restituyó universos perdidos.

 

8

La caída era de más de tres mil metros. Buda quiso tomarla de la mano, pero Isabel no lo permitió. Dio el salto al vacío, sola, sin dudar. Una pared en el Himalaya cubierta de hielo, adornada por un elegante y delicado hilo de sangre y vísceras.

 

 

 

Publicado en ZONA DE DESASTRE

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