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Viernes, 18 Octubre 2019 15:09

El manchado / Said Ramírez /

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El manchado

Said Ramírez

 

Editorial La Tinta del Silencio

Ciudad de México, 2019

Cómo cazar al tigre

 Colección La nave insólita,

 

Era muy noche cuando llegó una patrulla del ejército a El Responso preguntando por el alcalde. Resonaban disparos de fusil y el aire de aromas naturales se llenó de olores extraños traídos de otras tierras. Los uniformes de la tropa se adherían a sus cuerpos despidiendo un vaho acre de sudores de caballo. La selva se sumió en un silencio inquietante como esperando la lluvia y hasta el viento se refugió en lo más recóndito de la quebrada. Los habitantes, sorprendidos en su sueño,comenzaron a prender antorchas y bajaron hacia el camino como un intermitente enjambre de luciérnagas.

 

—No queremos lastimar a nadie —habló un sargento—. Tenemos la orden de recoger todas las armas de la región. Al que después se le encuentre con un arma… ¡Se le fusila y listo!

 

Había desasosiego en las miradas soñolientas de los campesinos que observaban con temor a los uniformados. Don Manuel Quiñonez, el alcalde, se comprometió con la tropa a que todas las armas serían entregadas.Por toda explicación le dijeron que era para prevenir una asonada socialista en aquella región. Junto a él caminaría la patrulla, casa por casa de los habitantes, decomisando las retrocargas y escopetas viejísimas con que cazaban. No sólo fueron armas lo que se llevaron, sino que hicieron matar a una ternera para llevársela por pedazos a su guarnición, además de cargar con gallinas y cerdos ante la impotencia de sus propietarios.Fue así como El Responso se quedó sin armas de fuego.El único que se salvó del decomiso fue Gabino Torres, el dueño de la cantina de la zona. Enterró su carabina bajo la tierra húmeda antes que la columna llegará, y no por intuición, sino por aviso de un comerciante errante que se emborrachaba en su negocio. Una nueva costumbre se haría crónica desde aquella fatídica visita de los militares: ir a pedirle prestada el arma a Torres.

 

—Don Gabinito, présteme su carabina pa´ tumbar

un cerdo del monte.

—Don Gabino, el tigrillo se está comiendo las gallinas, présteme su arma.

Pronto comenzaría a arrendar el arma a precios cada

vez más elevados. Fue por aquellos días que hizo su aparición un manchado que se convertiría en el azote de El

Responso. El escaso ganado doméstico de los pobladores

aparecía destrozado y sin una gota de sangre cada mañana.

—Como sabe el animal cuando no hay escopeta,

carajo…

Comentaba Don Víctor Sánchez, hombre de respeto, con los vecinos que narraban entre sollozos la

muerte de los vacunos.

—No se sabe qué azote es peor… Primero los militares y después el tigre.

El félido hacía alarde de su fuerza arrastrando toretes que lo triplicaban en peso a lo largo de varias cuadras. Silenciaba cerdos triturándoles el cogote entre sus fauces. Su mayor placer era triturar el cuello al ganado y beberse la sangre fresca del animal todavía vivo. El cuerpo, casi completo, quedaba para los carroñeros en algún lugar de la selva. Varios lo habían visto y jurarían, como Don Víctor, que nunca hubo otro tan grande y tan hermoso. Pero con los machetes y lanzas era imposible frenar al animal. La gente se limitaba a ver con impotencia los restos de sus mejores terneras y cerdos desperdigados por sus chacras.Montaron rondas de diez colonos armados con lanzas y machete al cinto, pero la astucia del felino siempre era mayor. Impusieron el sistema de los silbatos y el colono que sintiera el gemido de uno de sus animales, debería dar la alarma a sus vecinos más próximos para que acudieran a perseguirle. Todo fue en vano. El manchado se ponía a salvo en la selva virgen, desde donde acechaba los pasos de las rondas desconcertadas.

 

—Debemos de ir a Quito pa´ comprar escopetas —

sugirió Don Víctor a la autoridad de Manuel Quiñonez.

—No deseamos a la tropa por acá de nuevo —respondió.

—¿Y qué hacemos con el manchado?

—Pídanle su arma a Torres… Que se las alquile…

Pero cada vez que el manchado era cercado y acudían al negocio de Torres, más tardaba en llegar el

arma que el tigre en romper el cerco y huir al monte.

—Hay que fabricar trampas —comentaba la gente.

 

Una mañana, Don Víctor Sánchez pidió ayuda a tres de sus vecinos más cercanos para cavar un hoyo profundo, casi un pozo. Demoraron hasta el atardecer sacando lampadas de tierra húmeda, creando una fosa de cuatro metros. La ocultaron con hojas de plátano y de una alfombrilla. Improvisaron al siguiente día una reja de madera rudimentaria. Entrelazaron ramas resistentes y dejaron descansar el armazón al lado del pozo cubierto. La ubicación era la ideal: al pie de la cerca del corral donde encerraba al ganado.

 

—Ahora sí va a caer el muy desalmado —se dijo.

 

Iniciaría para él una serie de noches de insomnio y de vigilia con el rejón calzado entre sus toscas manos de labriego. Consumió considerables cantidades de café para no dormirse y fumó más de la cuenta. Luego de ocho días de esfuerzo inútil, decidió que su ganado no era del gusto de la fiera y durmió normalmente. Se esfumaría otra semana sin novedad. No volvió a preocuparse del manchado.Una noche en que la cosecha de la uña de gato había agotado sus fuerzas y la lluvia transformaba en lodazales las tierras de descanso, escuchó ruidos extraños en el establo. Las terneras se embestían tratando de salir contra la mohosa cerca de troncos en un desesperado intento de huir. Avanzó en la oscuridad con el machete en la diestra hacia la trampa y empujó sobre ella la armazón de maderos entrelazados que había preparado. Su mujer le lanzó una antorcha. Ante la luz irregular de la tea, resplandecían los ojos amarillos y el lomo brillante del predador. Sonó desesperado el silbato varias veces hasta que le contestaron de los predios vecinos. Para reforzar la trampilla de madera, colocó una enorme piedra encima. A la media hora se veían hileras de antorchas dirigiéndose a las tierras de Don Víctor. El manchado se encontraba en una sola posición, taciturno y con la mirada hacia su posible salida. Pronto cambio de actitud fisgoneando las paredes del cráter profundo. Quiso escapar embistiendo la reja a saltos, pero se lo impedían los hombres parados sobre el armatoste y la enorme piedra.

 

—¡Hay que matarlo de una vez! —gritó uno de los

hombres.

—¡Tito!... ¡Anda tráy la carabina de Torres! —le indicaron al niño.

—¿Y si él negocio ya está cerrado?

—Tócale la puerta con piedra, pues, sonso… ¡Corre!

 

La algarabía era general. El azote de El Responso había caído. Severo y majestuoso, optaba por fingirse indiferente ante la muchedumbre que lo iluminaba con teas. Trajeron guitarras y tambores para matizar la espera del arma. Bebieron y fumaron durante casi dos horas y el rifle no llegaba. Por fin regresó el niño jadeando.

 

—Dice que no presta, sino alquila… No quiere saber nada si nuay plata.

—Velo pues al maldito ese…

—Hay que usar lanzas.

—Con rejón nomas hay que matarlo…

—¡Clávenlo! —gritaba la gente.

 

Pero se darían cuenta que la longitud de las lanzas no era suficiente y el animal esquivaba con facilidad las estocadas. Realizó vanos intentos de empujar la armazón de palos y consiguió hacerles perder el equilibrio por un instante a los captores que se encontraban allí parados. Fue inútil.

 

—No se deja el manchado. Nuay como clavarlo.

—Pendejo, carajo…

—Dale pué…

 

Hasta que Don Víctor se acordó del techo que había estado calafateando con brea esa tarde. Recordó cuando en Quito vio a un crío meter la mano, por accidente, en la brea caliente; se la sacaron en esqueleto. “No quedo absolutamente nada”, pensó.

—¡Ya sé, burros!... ¡Lo mataremos con brea!... — exclamó.

 

Fueron en busca del cilindro aún tibio y lo trajeron cargado en un palo. Encendieron fuego suficiente para un último hervor. El tigre, mientras tanto, miraba calmado hacia el exterior.

 

—Ya está… ¡Ábranse de ahí!

 

Muchas manos con trapos transportaron el cilindro hirviente para derramar el denso líquido sobre la reja que cubría la trampa. Pero en el preciso instante en el que él líquido abrazador estaba por brotar, se oyó un aullido poderoso, casi humano, y la fiera escapó con reja y todo de un salto. La proximidad a la muerte había creado fuerzas descomunales en el animal. La efímera sombra desapareció en la oscuridad de la noche y la selva se puso tan quieta y silenciosa como aquella vez que llegó la patrulla.

 

—No ha muerto… ¡Está vivo!

—Es el Mandila…

—El mismo demonio será…

—Anden cojudos… ¡Qué demonios ni que carajos!

¡Busquen su rastro! —gritó Don Víctor Sánchez.

 

Confirmarían después de una larga búsqueda lo que todos temían: no había rastro alguno del manchado.Solo sombras en el camino; sombras como tentáculos de pulpo que acechaban junto a los árboles. Quedaba el grito del búho agorero y cruel, grito que asusta como el trágico fulgor de una puñalada. El silencio se apoderó del pueblo nuevamente. Solo el viento tosía de vez en cuando con su toz de tísico…

El azote había comenzado.

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 Said Ramírez

Said Vladimir Ramírez Téllez (Guerrero, 1991)

Es licenciado en Letras Hispánicas. Ha participado en talleres de creación literaria y publicado cuento y ensayo en diversas revistas de España y Colombia. Lector apasionado de la literatura ecuatoriana y seguidor empedernido de James Dean. Gusta de investigar la cosmovisión de los pueblos indígenas. Actualmente cursa una Maestría en Humanidades.

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