Blog El descarnamiento del Arte

Adán Echeverría

Adán Echeverría

Adán Echeverría. Mérida, Yucatán, (1975). Investigador Posdoctoral en el Instituto de Investigaciones Oceanológicas de la UABC. Doctor en Ciencias Marinas. Columnista en el Periódico impreso El Vigía, y en portal cultural La Piraña (https://piranhamx.club/) Premio Estatal de Literatura Infantil Elvia Rodríguez Cirerol (2011), Nacional de Literatura y Artes Plásticas El Búho 2008 en poesía, Nacional de Poesía Tintanueva (2008), Nacional de Poesía Rosario Castellanos, (2007). Becario del FONCA, Jóvenes Creadores, en Novela (2005-2006). Ha publicado en poesía El ropero del suicida (2002), Delirios de hombre ave (2004), Xenankó (2005), La sonrisa del insecto (2008), Tremévolo (2009), La confusión creciente de la alcantarilla (2011), En espera de la noche (2015), Trapacería y fiesta (2017); los libros de cuentos Fuga de memorias (2006) y Compañeros todos (2015) y las novelas Arena (2009) y Seremos tumba (2011). En literatura infantil ha publicado Las sombras de Fabián (2014).

 

 

Nombre: Adán Echeverría

Doctor en Ciencias por el Centro de Investigaciones y Estudios Avanzados del IPN.

Posdoctorante en el Instituto de Investigaciones Oceanológicas de la UABC

Dirección: Calle Isla San Pedro No 1436, entre Isla Tortuga e Isla San Lorenzo, Fraccionamiento Villas del Roble, C.P. 22842, Ensenada, Baja California

Email: adanizante@yahoo.com.mx romeodianaluz@gmail.com

Tel Cel 646 270 4993

 

 

 

Fémina del amor y el desamor

Adán Echeverría

 

 

¿Recuerdas que querías ser un poeta telúrico?

(…)

Tus cuadernos registran el asombro

de los rostros dormidos en hoteles de paso.

Jaime García Terrés

 

 

“Todos los libros nos dejan algo”, o como bien señala Dylan Thomas en su Manifiesto Poético: “Yo sólo leo poesía por placer. Leo sólo los poemas que me gustan. Esto significa, naturalmente, que tengo que leer una cantidad de poemas que no me gustan antes de encontrar los que me gustan, pero cuando los encuentro lo único que puedo decir es: “Los encontré” y leerlos por placer”. Eso me ocurre con cada libro de poemas que consulto, que leo, que estudio, que cae ante mis ojos. Y eso me ha permitido darme cuenta de varios fenómenos en la edición de la poesía en México; fenómenos que puedo enlistar: 1. La gran mayoría de las antologías de poemas se realiza sin método. 2. En el libro de poemas de un autor, o en la compilación de poemas de autores varios, se pueden notar los altibajos poéticos. Los compiladores no suelen mantener el mismo nivel poético entre los autores que compilan. Y los mismos autores por alcanzar el número de páginas que piden las convocatorias, suelen rellenar con poemas que no tienen el mismo nivel (dejemos aparte el tema) del número de poemas que en verdad el autor ha querido compartir con el público lector. 3. Los reseñistas, comentadores, críticos de poesía cotidianamente escriben por dos motivos: afectos o fobias, y pocas veces muestran los asombros literarios que inviten a los lectores al disfrute del acto poético, a la reflexión poética del lenguaje. Prefieren la fanfarronería, o el acusar a los lectores de no tener la capacidad para entender su obra. 4. Esos reseñistas amigos llaman poesía experimental a los jueguitos del lenguaje, y etiquetan de neobarroco, o de poemas del sinsentido, a lo que muchas veces apenas llegan a ser divertimentos tremendistas socarrones. Y son capaces de elaborar parloteos rebuscados de teoría literaria para textos que no se sostienen por sí mismos.

Estos cuatro fenómenos arriba apuntados son algo que se puede ir descubriendo cuando se lee poesía, cuando se revisan los poemas, y cuando —por desgracia— uno observa los continuos escándalos y acusaciones que entre unos y otros poetas siempre ocurren por los perlados presupuestos gubernamentales de apoyos (becas para jóvenes creadores, becas del sistema nacional de creadores, pecdas estatales, antologías fraternales), o cuando la sangre de poetas corre en tinta en los diferentes medios de comunicación acusando fraudes, trampas (como las de algunos integrantes de Círculo de Poesía o como recientemente le ocurre al grupo de amigos-poetas que tiene su sede en Guadalajara). ¡Valdría la pena documentar en alguna Tesis de Licenciatura el fenómeno de los fraudes literarios que han ocurrido en México en los últimos 30 años! Y tratar de entender el ¿por qué ocurre?, ¿cuáles son las motivaciones? Y, sobre todo: ¿qué le deja estas disputas a la tradición de la poesía que se escribe en México? Mientras eso ocurre hay que apuntar: 1. El gusto de tres jurados no hace poeta a nadie. 2. El tiempo pondrá en su lugar a los poemas. 3. Lo que importa siempre serán los poemas y no los poetas.

Dylan Thomas nos hace abrir los ojos a los que nos gusta leer poesía. Tenemos que leer una enorme cantidad de poemas para encontrar aquellos que nos gustan, y quedarnos con ellos para paladearlos, compartirlos, grabarlos, declamarlos, recitarlos a los nuestros, conmovernos, estudiarlos. Eso me ha ocurrido por ejemplo con el enorme poema “Corte de pelo” de Avelino Gómez Guzmán, de su poemario “El mal hábito” que ahora les presento:

 

“CORTE DE PELO”

Puede ser, Padre, que esa bicicleta verde no existió

sino que yo, todos los días, la soñaba.

 

Las tardes que subía a tu lado,

llevando mis ocho años en el esqueleto verde

de tu verde bicicleta. Y el camino

rumbo a la peluquería era la distancia

de dos meses y una melena de niño asoleado.

 

Los piojos mordiendo la raíz

del cabello y la mujer del estudio fotográfico,

ciega, que confundía mi tristeza con la enfermedad.

 

Y tantas fotografías rechazadas por mi cabello largo.

Y tantos recorridos verdes en la verde bicicleta,

rumbo al peluquero.

 

Ahora tengo tu estatura, Padre.

Y pienso que esa bicicleta no existió, sino que yo,

todos los días, la construía para que me llevaras

a cortar el pelo. Y a tomarme el retrato de niño

asoleado que secretamente guardo en tus ojos.

 

¡Brutal en la emoción que presenta! Siempre que leo este poema me conmuevo. Y esa es la maravilla de haberlo descubierto.

Ahora, lo mismo me ha ocurrido con un poema de Valeria List (Puebla, 1990). Descubrí el poema en una antología compilada por Zel Cabrera, que lleva por título “Novísimas. Reunión de poetas mexicanas (1989 - 1999)”; en un trabajo anterior ya señalé que la antología carece de metodología, y en ella sobresalen las carencias de estructura de su “prólogo” de dos páginas, y contiene tremendos desniveles poéticos entre las autoras compiladas, o que se dejó fuera a autoras de la mitad del país.

Aún con lo anterior, la antología debe ser leída. Pues dentro de sus páginas puede ofrecernos textos tan hermosos como “Glenn Colquhoun” de Valeria List que acá reproduzco:

 

“GLENN COLQUHOUN”

Hoy en la tarde fui a escuchar poemas.

No quería ir porque en verdad

no me gustan las lecturas de poesía.

Al llegar, los organizadores hablaban de sus méritos organizativos.

Y yo me decía, te lo dije, y pensaba en irme

pero vi hacia abajo

donde estaban sentados los poetas

y pensé en mi cuerpo respirando

y esperé.

Los poetas eventualmente empezaron a leer.

Una poeta nigeriana se balanceaba de un lado a otro con los ojos cerrados

mientras la traductora leía sus poemas en español.

Me daban ganas de llorar al verla.

Esto no quiere decir que la emoción fuera intensa

sino conmovedora.

Desde arriba, sus clavículas se veían

como canoas meciéndose.

Otros leyeron poemas con palabras autóctonas

que son las mejores

por su fonética, su uso ancestral

y su polisemia.

Un poeta leyó la misma enumeración de cada año.

Pero cuando Glenn Colquhoun se paró en medio del escenario

cada cosa que dijo fue extraordinaria.

Primero señaló hacia arriba para indicar que al nivel del cielo

estaban los sonidos de la Ciudad de México.

Luego se tocó el pecho para decir que a ese nivel

estaban las palabras de sus habitantes.

Y luego cantó en maorí para estar a la altura de lo señalado.

Entre los sonidos que describió (todos del Centro Histórico),

estaba el niño que toca la guitarra con la espalda encorvadísima en Madero.

Ese niño parece un sándwich

y canta muy fuerte y horrendo,

supongo que así le dan más monedas.

Glenn hizo unos ruidos y una mímica que lo describían muy bien.

Ese nivel de detalle y memoria me emocionaron.

Pero lo más importante fue el segundo poema que leyó.

Era sobre un hombre que pierde a su amor

y su amor es como un barco

y todas las partes del barco están rotas, separadas en el mar

y el hombre trata de sostenerlas todas al mismo tiempo

al grado de que sus manos están engarrotadas.

Y yo recordé el amor que perdí

pero no sé si lo recordé porque en realidad

nunca lo olvido.

Ese hombre una noche me dijo que su corazón era marítimo

y yo le dije que mi corazón era boscoso.

Ese hombre una vez me dijo que mis lunares en los senos

son rojos porque están junto al corazón

y que mi corazón es un pájaro muy ávido.

Y sí lo es porque no puedo dejar de amarlo.

Y tampoco puedo dejar de pensar en el bote

ni en las manos de Glenn Colquhoun

que hoy, engarrotadas, señalaban el cielo.

 

¡Qué bárbaro! La poeta dosifica la emoción en el discurso poético, y mientras avanzamos la lectura, el sentimiento va creciendo verso a verso, para de pronto desdoblarse, ¡y estamos perdidos!: “Era sobre un hombre que pierde a su amor”, escribe la autora, ya que nos ha atrapado y todo lo miramos con los propios ojos del hablante lírico. Entonces la memoria se expande, y los amores pasados, aquellos dolores del amor y el abandono, aquella emoción que alguna vez hemos sentido viene a sembrarse en nuestro pensamiento, y caminamos de puntitas los siguientes versos: “y su amor es como un barco” la autora nos lleva dentro de la imagen, y nos sabemos en mar abierto, y de pronto naufragamos:

“y todas las partes del barco están rotas, separadas en el mar

y el hombre trata de sostenerlas todas al mismo tiempo

al grado de que sus manos están engarrotadas.”

 

Somos nosotros que queremos atraparlo todo, como aquel hombre que intenta atrapar con sus engarrotadas manos todas las partes que se alejan con el oleaje, todas las partes de su amor que ahora se alejan flotando después del naufragio. ¿Puedes notarlo? ¿Logras mirarte flotando en mar abierto?, y todo tu amor se aleja de ti, los pedazos se dispersan y no logras atrapar cada cachito de corazón destrozado, de emociones de memorias, no te alcanzan las fuerzas. He ahí el asombro poético. He ahí la tremenda resolución de la poesía hecha nudo, hecha golpe, hecha lanza que se clava en tu espina dorsal y te deja pegado al suelo, a la hoja, para que tiembles imposibilitado ante la emoción. Eso es algo que uno agradece en el acto poético. Pero este asombro no queda traducido apenas en la emoción, sino en el constructo poético que la autora ha presentado. 1. La desgana ante las lecturas poética y la fanfarronería que arriba he apuntado. 2. La cofradía y el deseo de pertenencia al gremio:

 

“y pensaba en irme

pero vi hacia abajo

donde estaban sentados los poetas

y pensé en mi cuerpo respirando

y esperé.”

 

Esa esperanza que nos asedia a los que nos gusta la lectura, que disfrutamos la poesía, nos mantenemos en el mismo ideal de Dylan Thomas: He ahí a los poetas, escuchemos, veamos qué puede ofrecernos, necesitamos esa dosis, queremos, deseamos escuchar el lenguaje en esos ritmos que otorga la versificación.

Y entonces la magia comienza. 3. La poeta (Valeria) escucha los poemas de los poetas y nos comparte su visión, su oído, sus emociones en la piel: la poeta amplifica nuestros sentidos; nos traduce lo que observa. 4. La poeta se da el lujo incluso de denunciar la fanfarronería poética de algunos: “Un poeta leyó la misma enumeración de cada año.”

  1. Y al final —como he mencionado arriba— el poema estalla y estallamos con el poema. Porque el poema crece y se sostiene tan arriba en la emoción que abajo solo queda el precipicio de la remembranza:

 

“Y yo recordé el amor que perdí

pero no sé si lo recordé porque en realidad

nunca lo olvido.”

 

  1. La autora aún se da el tiempo de la reflexión feminista, expone con total inteligencia su posicionamiento sobre las relaciones de pareja, en el que la hablante lírica no se deja arrastrar aunque el amor esté ahí, abarcándola por completo, (entre paréntesis apunto algunas reflexiones que me provocan los versos):

“Ese hombre una noche me dijo que su corazón era marítimo  (como los marineros que besan y se van, dice Neruda)

y yo le dije que mi corazón era boscoso.   (terrenal, amplio, nutrido, de raíces firmes, que soporta dentro de sí mismo esa enorme diversidad de seres, que como las emociones, hacen a la mujer insondable, profunda, vasta)

Ese hombre una vez me dijo que mis lunares en los senos  (el erotismo suave del halago)

son rojos porque están junto al corazón

y que mi corazón es un pájaro muy ávido. (es fuerte, intenso, quiere conseguir lo que quiere y desea)

Y sí lo es porque no puedo dejar de amarlo. (el amor total, la pertenencia y la entrega, así el recipiendario del amor decida alejarse)

Y tampoco puedo dejar de pensar en el bote (estar a la deriva)

ni en las manos de Glenn Colquhoun  (la cámara literaria vuelve a la escena, regresa al sitio donde la hablante lírica se ha quedado detenida embelesada en la lectura)

que hoy, engarrotadas, señalaban el cielo.  (el cielo al que la misma hablante lírica ha sido transportada y ha donde nos ha conducido a nosotros, sus lectores)

 

El poema es por demás hermoso, brilla por sí mismo en el recorrido de las páginas de la antología “Novísimas”, como una joya que debe ser valorada, leída, compartida, paladeada, admirada, resguardada. ¡Yo los invito a hacerlo!

 

Referencias.

Gómez Guzmán, Avelino (2003). El mal hábito. Editorial Praxis. México, DF. 60 pp.

Cabrera, Z. 2020. Novísimas. Reunión de poetas mexicanas (1989-1999). Editorial: Los libros del perro. Documento en formato PDF. 195 pp.

 

Encendidas teas para la oscuridad.

Antologar sin método

Adán Echeverría

 

 

En septiembre de 2020, Zel Cabrera (Guerrero, 1988),liberó a la internet, para su descarga gratuita, la compilación “Novísimas. Reunión de poetas mexicanas (1989 - 1999), que reúne a 30 autoras de poemas.

En un libro de 195 páginas, Zel entrega como “prólogo” un texto de dos cuartillas en los que expone un poco la “metodología” en la cual ha basado su selección: “mi intención al seleccionar a las autoras que forman parte de Novísimas. Reunión de poetas mexicanas (1989 – 1999), no es situar a las mismas dentro de un canon personal o una simpatía sino de proponer una ruta lectora, disponer de 28 nuevas posibilidades”; al parecer ya empezamos mal, pues la compiladora habla de 28 nuevas posibilidades para 30 autoras que reúne el libro. Zel agrega algo de crítica a otras antologías: “…tenemos que por cada 5 autores, hay dos autoras, cuando hay suerte y la mano que selecciona tiene un poco de criterio para incluir poemas escritos por mujeres…”; y con este documento la antologadora pretende ¿hacer justicia?

Desde 1995, en un artículo titulado “Antologías poéticas en México. Una aproximación hacia el fin de siglo”, la profesora investigadora de la UNAM, Susana González Aktories, hizo este comentario, a manera de crítica: “En cuanto a las mujeres. es ya en si un hecho indignante que a estas alturas de la historia literaria se sigan elaborando antologías exclusivamente femeninas. Además, si se observa el vasto material poético que reúnen en este siglo las voces Femeninas, se podrá encontrar la misma variedad de temas y de estilos que en los hombres, aunque, por supuesto, algunas obras de las poetas reflejan una lucha por ganar posición y reconocimiento, que sigue siendo una de las principales preocupaciones de la mujer en este siglo”. Se refería al siglo XX. ¿Algo ha cambiado en el siglo XXI?

Gran parte de las autoras convocadas por Zel Cabrera tendrían 6 años de edad, o no había nacido, cuando González Aktories ya denunciaba que la equidad en las antologías debería ser sobre la calidad literaria de lo que se decida reunir sin importar el sexo, sin importar el género de los autores o autoras convocados.

Zel no considera, en este documento que pone al juicio de los lectores de poemas, hacer un análisis de los textos que ha decidido reunir. Lo que sí hace es tratar de dar espacio a autoras que no sean exclusivamente de la Ciudad de México, sin embargo, tampoco incluye autoras que representen a losotros 31 estados de la República Mexicana.

Como apunte metodológico del libro que nos ocupasobresale lo siguiente: “…podemos encontrar escritoras (…) que forman desde hace algunos años del amplio panorama de la poesía mexicana actual y cuyos nombres y trabajo vale la pena rescatar y ponerlos en la mesa para su estudio desde ahora. Luego de lo apuntado, esto es más o menos lo que parece ser el método de selección: “escritoras cuyos nombres y trabajo vale la pena rescatar”.

Las 30 autoras seleccionadas por Zel Cabrera son las siguientes: Anaclara Muro Chávez (Michoacán, 1989), Andrea González Aguilar (Ciudad de México, 1989), Giselle Ruiz (Aguascalientes, 1989), Julia Piastro García (Ciudad de México, 1989), Ariana Ibáñez (Estado de México, 1990), Andrea Muriel (Ciudad de México, 1990), Lucía Cornejo(Sonora, 1990), Valeria List (Puebla, 1990), Brianda Pineda Melgarejo (Veracruz, 1991), Xel-Ha López Méndez (Jalisco, 1991), Ana Velarde (Ciudad de México, 1991), Nadia López García (Oaxaca, 1992), Elizabeth Camacho Lara (Baja California Sur, 1992), Clyo Mendoza (Oaxaca, 1993), Frydha Victoria (Nayarit, 1993), Katia Rejón (Yucatán, 1993), Moriana Delgado (Ciudad de México, 1993), Selene Ángeles Díaz (Ciudad de México, 1993), Irma Torregrosa(Yucatán, 1993), Argentina Linares (Guerrero, 1994), Nicté Toxqui (Veracruz, 1994), Mariel Damián (Ciudad de México, 1994), Priscila Palomares (Nuevo León, 1994), Cristina Bello (Michoacán, 1995), Estefanía Arista (Baja California, 1995), Rebeca Favila Montana (Chihuahua, 1995), Lucía Rueda (Ciudad de México, 1996) Cindy Hatch(Jalisco, 1997), Silvia Castelán (Estado de México, 1997) y Melissa del Mar (1999).

Particularmente cuando Zel Cabrera señala: “Entre los criterios con los que invité a estas novísimas autoras a ser parte de esta antología, estuvo el intentar incluir mujeres de diversos estados de la República Mexicana y no solamente poetas originarias de la Ciudad de México…”, parece que tampoco pone mucho empeño. Entonces ¿para qué señalarlo?

De las 30 autoras seleccionadas, el 26.7 % son nacidas en la Ciudad de México. Además, incluye a una chica nacida en Barcelona, España (Melissa del Mar), aunque la antologadora tiene el cuidado de solamente poner su año de nacimiento (1999), y no su lugar de nacimiento. ¿Por qué no poner su lugar de nacimiento, acaso por haber nacido en Barcelona, su trabajo y voz poética no es representativo de la poesía que ella escribe desde México? Ese siempre ha sido uno de los problemas que abarca el realizar compilados que digan: Poetas Mexicanos (Poetas Mexicanas, como en este caso), Poesía Mexicana. En vez de eso siempre será mejor cambiar el concepto por: “nacidos o radicados en México”.

De otros seis estados de la república se escogieron a dos autoras: del Estado de México, Jalisco, Michoacán, Oaxaca, Veracruz y Yucatán. Y sólo se incluyó a una única autora para nueve entidades federativas: Aguascalientes, Baja California (La autora la incluye como Baja California Norte, lo cual es un error. El nombre de la entidad es Baja California, para hacer una distinción de California, el estado de la Unión Americana, mientras que Baja California Sur, es para distinguir del estado de Baja California); otros estados con una sola autora son: Baja California Sur, Chihuahua, Guerrero (entidad de nacimiento de la compiladora), Nayarit, Nuevo León, Puebla y Sonora.

De esta forma de las 32 entidades federativas que forman los Estados Unidos Mexicanos (México), la compiladora incluyó a 29 autoras de 16 estados, y a una mujer española. Dejando afuera de su compilación a autoras de la mitad del país.

Estas son las entidades federativas de las que la compiladora, al parecer, no tuvo noticia de que hubiera mujeres poetas nacidas entre 1989 y 1999: Campeche, Coahuila, Colima, Chiapas, Durango, Guanajuato, Hidalgo, Morelos, Querétaro, Quintana Roo, San Luis Potosí, Sinaloa, Tabasco, Tamaulipas, Tlaxcala y Zacatecas.

Solamente por Tamaulipas recuerdo a Francia Perales (Ciudad Victoria, Tamaulipas, 1990), cuya voz poética bien pudo haber complementado este trabajo de Cabrera.

Un trabajo editorial que planeaba desde el inicio ser un documento para su distribución en PDF y de descarga gratuita, pudo tener una metodología con mayor fortaleza, dado que no había mayor inversión que el hecho de rescatar las novísimas voces poéticas de las mujeres nacidas o radicadas en México en el período señalado. Muchas horas de trabajo, eso sí; pero ¿no es lo que le corresponde hacer a todo buen compilador o antólogo?

El texto se extiende por 195 páginas, menos 11 páginas de créditos, blancas, portada y contraportada. Bien podrían haber sido 300 páginas y hacer un trabajo más completo, más robusto, que pudiera representar a una generación de mujeres nacidas o radicadas en México. Pero se decidió no aspirar a un trabajo completo.

Lo cierto es que parte del método elegido por Zel Cabrera para reunir estas voces, representaba ser becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía (se incluye a 9 becarias de la Fundación, y a cuatro que fueron becarias para el Curso de Verano en la misma Fundación, pero en conjunto con la Universidad Veracruzana); o ser becaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en poesía, puesto que se incluye a tres autoras que han logrado acceder a esta beca. De estas últimas solamente Clyo Mendoza, no ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas, porque Xel-Ha López Méndez y Moriana Delgado sí lo han sido. Es decir 15 autoras incluidas en la presente antología han sido Fundacionistas o Fonquetas, como se les conoce en el medio.

De la misma forma que lo hizo Zel Cabrera en su “prólogo”, dejaremos el análisis de los poemas para los lectores, o para una siguiente entrega. Entre tanto, disfrutemos de esta reunión de poemas que les invito a degustar.

 

Cabrera, Z. 2020. Novísimas. Reunión de poetas mexicanas (1989-1999). Editorial: Los libros del perro. Documento en formato PDF. 195 pp.

 

 

Relación con la madre en poetas mexicanas

nacidas a partir de 1980.

Adán Echeverría.

El 25 de julio de 2018 se realizó una marcha en Argentina por el derecho a decidir acerca de la legalización del aborto, y con esta marcha surgió el símbolo de las pañoletas verdes, que fue escalando por toda América Latina, agremiando a muchas mexicanas que luchan también por obtener este derecho a nivel nacional. Se determinó elegir el verde porque era un color que, al menos en Argentina, no estaba asociado a ningún movimiento social o político (el problema en México ha sido el asociarlo a un partido político que se dice ecologista, aunque no lo haya sido jamás). El origen de esta pañoleta verde como símbolo de la lucha por la legalización del aborto se remonta al 2003, cuando en el 16° Encuentro Nacional de Mujeres —que se llevó a cabo en Rosario, Argentina—, dos mujeres decidieron promover su uso. Dos años después (2005), se toma la decisión de adoptarlo como parte del movimiento que exigirá el derecho de la mujer a decidir sobre su cuerpo. El pañuelo verde pasó de ser un sello local a un símbolo feminista de alcance internacional, ya que para 2018 fue adoptado como un emblema que articula los reclamos por los derechos reproductivos en América Latina.

En México, desde el año 2007 la Ciudad de México aprobó la despenalización del aborto y comenzó a ofrecer el servicio en hospitales públicos e instituciones de salud; un derecho que para ese año solamente en Cuba, Guyana y Puerto Rico tenían legalmente garantizada. El otro estado de la república mexicana que ha despenalizado el aborto es Oaxaca, y sucedió a finales de septiembre de 2019.

Las mujeres nacidas en el año 2002 tienen, para este 2020 ya los 18 años, que en México se asigna como mayoría legal de edad; y como hemos dejado escrito la lucha por la despenalización del aborto comenzó al inicio del año 2000, entre 1999 y el 2003. Mujeres hoy mayores de edad que nacieron en una época en que los derechos reproductivos se comenzaban a conquistar en las calles, en los juzgados, mediante amparos. Mujeres que tenían alrededor de 7 años cuando en la CDMX se había logrado la gratuidad y la atención pública para la realización de los abortos. Una época diferente radicalmente a la que enfrentaron sus madres y mucho más ajena a la que enfrentaron sus abuelas en el tema de los derechos sexuales.

Así, las mujeres nacidas en la década de 1980 y quienes para el año 2000 habían cumplido ya los 18 años, son quienes dieron los primeros gritos, enarboladas ya en la pañoleta verde, o trepadas en el activismo en pro de conquistar sus derechos a decidir sobre su cuerpo. Son muchas de estas mujeres quienes han trabajado con más ahínco en el inicio de estas batallas legales en pro de la legalización del aborto, de la decisión de las mujeres sobre su propio cuerpo, pues ésta es una de las demandas básicas y más antiguas del movimiento feminista

Por ello resulta interesante, con base en lo anterior, leer a mujeres mexicanas nacidas a partir de esa década, la de 1980, en la relación que describen respecto de sus madres en cada uno de sus poemarios; o del ser madre en algunos otros espacios a que han destinado sus letras. Ser hija, ser niña, ser estudiante, ser poeta, ser mujer, y decidir o no ser madre, decidir o no embarazarse, decidir o no parir o someterse a una cesárea para traer a una persona al mundo. Para estas autoras que han resultados becadas, premiadas, por sus trabajos literarios, ha sido importante el documentar esa relación con sus familiares cercanos: madres, padres, tías, hermanos, con el que han construido parte del corpus de su trabajo literario, en contra de lo que en otras generaciones había sido una preocupación mayor el poder hablar y el escribir sobre las libertades sexuales, el erotismo, las relaciones amorosas; el ligar, la conquista del otro, la contemplación de la naturaleza o cualquier otro tema. Para las mujeres que ahora revisaremos, el ser hija, o el ser madre, ha resultado de vital importancia.

Y es de llamar la atención que las autoras que ahora revisaremos puedan enmarcar su trabajo poético sobre esa vitalidad temática, muestra fehaciente del consciente colectivo en el que se desenvuelven.

 

Daniela Camacho (Culiacán, Sinaloa, 1980)

En el poemario “[imperia]” de 2013, un libro de 80 páginas dividido en tres fragmentos: “El aislamiento de los cuerpos puros”, “Islísima” y “Morir de paraíso”.

Como parte de esta revisión en la que abordaremos los trabajos poéticos de cinco autoras, presentamos a continuación las palabras con llevan una connotación respecto de la maternidad, y sobre los padres, que la autora presenta. Para su mejor evidencia, dichas palabras se resaltan en negritas en los siguientes fragmentos del poemario:

En la página 16, en el fragmento (b) la autora señala:

“Despídete de la infancia. Tus padres serán atravesados por una ballesta al conocer la noticia. Su pequeña cría desprotegida. Su niña tenebrosa a la intemperie (…)”

 

En “: tokio” (páginas 45 y 46):

“(…)

una ciudad amamantada por la luz, un archipiélago, la adquisición de mi lenguaje aún en ciernes.

 

la acústica de los elementos presagia una catástrofe.

 

madre,

mira al mundo estremecerse.

mira mi columna vertebral, su curvatura, tú que aún conservas el significado de mi infancia entenderás esto:

 

(…)

 

a esta hora, las aves más hermosas son las más desorientadas. a esta hora, las yeguas se pasean de un lugar a otro, se miran los costados, sudan. no quieren parir. quietísimas las más desesperadas: cuello uterino dilatado, contracción involuntaria. ¿nada puede protegerlas del miedo? por la vagina expulsan agua. los miembros del potro hacen su primera aparición, los hombros, la cabeza, y una vez que entra en la vida, lo hace para caer de nuevo al suelo.

 

bajo este escenario, yo soy una zona de derrumbes. ¿madre, puedes verme? nadie supo decirnos lo que era en realidad la lejanía. esta alteración, el sobresalto, todas las alarmas y un vaivén, un balanceo tan feroz, tan inhumano. debo abandonar la casa, reunirme con las otras mujeres, las he visto salir con sus hijos en los brazos. ahora sé que no hay embestida más violenta contra el cuerpo que una isla.

 

(…)

 

el corazón de tokio es una cuna y mi mano accidentada lo mece.”

 

Para mejor comprensión de este hermoso y melancólico poemario de Daniela Camacho (y de los demás poemarios que iremos revisando) pueden encontrarlos y descargarlos de la página de wordpress, desarrollada por el joven autor Luis Eduardo García (Jalisco, 1984) (https://poesiamexa.wordpress.com/).

Estos son algunos apuntes en los versos que la autora presenta en su obra poética, referentes a la maternidad y la familia:

“escucha, madre, han empezado a mutar las mariposas”; “a esta hora, madre, los desplazados están sufriendo problemas mentales. en sus pesadillas”; “Soñarás con madres muy feroces. Desde el cielo seguirán amamantando a sus hijos ya contaminados”; “Soy la que flota en el río, la despojada. Polvo de la madre extraída a su niña en trance”; “Del ciprés soñado por amantes solos nace una canción de cuna para las muchachas tristes”. “¿hay forma más vehemente de decir: aquí termina la infancia?”

 

Para el año 2014, Daniela Camacho publica “Carcinoma”, una plaquette de poesía de 30 páginas. Revisando el mismo campo semántico respecto de la maternidad y la familia observamos que la autora casi abandona el tema de la maternidad, y se centra en el dolor que el cáncer provoca en su mirada al mundo que le rodea; dejando un tremendo testimonio de la enfermedad:

“Quedé asustada porque el cáncer vino como un animal del sueño y yo había dejado las toxinas, los hongos venenosos, el consumo excesivo de alcohol. Vino mientras respiraba mal. Vino cuando yo me pegaba a otras bocas para que supieran lo que era ahogarse. Y quedé expulsada pero sin saber de dónde.”

 

Aun así, escribe: “tumor destrúyeme / haz de mí la mujer no maternal”.

En el que el hablante lírico que Camacho nos presenta, aterrada y luchando contra la metástasis, y su renuncia al deseo de ser madre.

 

En seguida presento versos y fragmentos de poemas, en los que reviso de igual forma el uso de los conceptos de maternidad y familia en las siguientes cuatro autoras también nacidas después de 1980.

 

Nadia Escalante Andrade (Mérida, Yucatán, 1982).

En su poemario “Sopa de tortuga falsa” (2019), un trabajo de 59 páginas dividido en cinco fragmentos: Puertas, Acantilados, Paseos, Sombras y Mudanzas. En él, la autora presenta los siguientes versos dentro del campo semántico que estamos analizando:

“La memoria crece desde las profundidades. ‘¿Cuál es tu recuerdo más antiguo?’ Y la mente es más rápida en moverse o son acaso las entrañas las que tienden hipotéticas redes al cardumen de reminiscencias: “Recuerdo que tenía dos años. Mi madre me bañaba y me di cuenta de pronto de que yo no era ella sino yo, y ella, ella. ¿Y tú?” “Una imagen borrosa y oscura de mi padre —a veces, amenazante—, la sensación de su proximidad y, cuando no lo tenía cerca, la certeza de saber con exactitud en qué lugar de la casa se encontraba”. (en el fragmento Acantilados, página 20)

 

En el mismo fragmento titula uno de sus poemas: “El azúcar ha inundado la sangre de mi madre” en el que se lee: “Me contaste que tras la muerte de tu madre / no pudiste volver a reír hasta los veinte años. /Cuando nací, nació el miedo de morir y abandonarme, /pero aprendimos que las historias /no se definen por el miedo.”

 

Xitlalitl Rodríguez Mendoza. (Guadalajara, Jalisco, 1982).

De esta autora revisamos el hermoso poemario titulado “Datsun” (UNAM, punto de partida, 2009), de 69 páginas. Está dividido en tres fragmentos: “Datsun”, “La cajita feliz” y “Apuntador”, de los cuáles únicamente el primer apartado que da nombre al poemario puede atreverse a considerar del tipo familiar que estamos revisando. Los otros dos fragmentos son trabajos en que se puede observar a la poeta Rodríguez Mendoza jugar con el lenguaje, sacar chispas, como si estuviera pegando con un martillo en la fragua, y mirando las esquirlas caer sobre la hoja blanca.

“Datsun”, la primera parte del poemario, por otra parte, hace el retrato de la infancia y la familia como una forma de la ternura. Reproduzco acá algunos de los versos que comparten el campo semántico que estamos revisando. La poeta nos mete de golpe a la historia diciendo: “Datsun era el niño más pequeño de su clase”; nos revela luego la relación con su padre: “Ese día escapó de la escuela para esquivar a su padre”. Continúa presentándonos a su personaje: “Para Datsun hablar fue tomar leche y después irse a dormir la siesta”; “Mamá, ¿y tú cómo te llamas?”;

 

“Datsun” es un trabajo que me hace recordar lo que alguna vez dijera Octavio Paz: “Hay poetas que solo cantan; en cambio hay poetas que cantan y cuentan al mismo tiempo”; “Datsun” es un poema en el que Xitlalitl decide contarnos esa irrevelada infancia, y lo hace muy a su estilo, en esa búsqueda de usar el lenguaje a su favor, y a favor del lector que termina por agradecerle.

 

Ileana Garma (Mérida, Yucatán, 1985).

En su poemario Ternura (2013), de 85 páginas donde la autora, dentro del campo semántico maternidad y familia, presenta un enorme acercamiento. La palabra “papá” se presenta 20 veces; mientras que las palabras “niña” o “niñas” aparece en 12 ocasiones; “vientre” en 9 momentos; “padre” 7 veces; “madre” y “mamá”, cada una 4 veces; “infancia” otras 4 veces; “leche” otras tres veces; “cuna” aparece dos veces; “arrullar” una vez.

Estamos frente a un trabajo construido por completo en esa visión infantilizada respecto del crecimiento de un hablante lírico en busca del sueño de la presencia paterna en el núcleo familiar. El poemario Ternura está dividido en cuatro fragmentos: “Historial del polvo”, “Dinastía de soles”, “Sueños” y “Ternura” que da título al libro.

El primer fragmento es un golpeteo poemático en el que la autora presenta nueve poemas (o fragmentos de un mismo poema) titulados: “Papá”, evidenciando la fijación del hablante lírico sobre la ausencia paterna. Sin embargo, el tema discursivo no deja de ser una continua exposición del tema familiar, desde el reclamo y la nostalgia de una infancia que ha sucumbido:

“Pensar que una noche fuiste chiquito y tu madre cantó una canción de cuna” (página 9); “he leído tarde esta ansiedad, este buscarte en el fraseo de las palmeras y en el lenguaje blanco de la espuma, porque no sé, si sesenta segundos tan sólo estuviste a mi lado.” (página 15); “He criado una ansiedad amistosa, en las fiestas familiares, en los carruseles rojos de mi infancia donde corría a refugiarme de lo que no existía.” (pág. 16).

De igual manera, la autora describe, desde su hablante lírico, el concepto de la maternidad: “Espirales son las galaxias que delineaste en mi vientre” (pág. 21). Tanto como esa búsqueda del padre ausente en la infancia, como el personaje amatorio en el que busca continuamente el refugio; una especie de incesto sentimental (buscar al padre en el amante al que se entrega): “Una voz de algodón que solía flotar, dormitar cerca de ti, alrededor de ti. Sacaré todo a la calle.” (pág. 24); “Todos los caminos dieron a tu voz, a la velocidad amarga de tu voz, haciéndome dejar una casa tras otra” (pág. 29); “Mi vientre cae en contradicciones, madura soberbio como un árbol de almendras” (página 32); “Y la niña en la habitación como otras niñas. Y la mujer que escribe como otras mujeres” (pág. 40);

O establece la crítica a la madre, a la maternidad, al cuidado de su infancia: “Mamá como una sombra de gasa, como una penumbra fugaz.”; “Mamá, /prende este tartamudeo”; en este poderoso verso, la autora significa a la madre como Tótem, prohibición, como aquel personaje que la hace tartamudear de miedo, el poema continúa: “Mamá, envuélveme en una orden y oblígame /a cumplirla”

 

Del poemario “29”

“Tu primer recuerdo es una bañera a la deriva en el Caribe” dice Garma en la página 6 de su poemario; mientras que —como ya hemos consignado arriba— Nadia Escalante señala: “¿Cuál es tu recuerdo más antiguo?” dentro de uno de sus poemas en el trabajo que hemos revisado.

Es realmente interesante esta infantilización del discurso, esta búsqueda del amor de pareja, del trabajo en sociedad, del dedicarse a la literatura, en un mundo de ausencia paterna, de madres trabajadoras, de niños que son atendidos en guarderías, de mujeres que van creciendo con madres neblinosas que luchan por ser madres mientras son además mujeres en una lucha de parejas (los padres de sus hijas), en una generación de mujeres en las que seguir casada era casi una obligación

Puesto que las madres de estas mujeres nacidas en la década de los 80s, vienen de mujeres que se hicieron madres entre los 20 y 30 años, esto supondría que nacieron en los años 60s o 50s, en un México distinto. Tanto para Garma como para Escalante la revelación del primer recuerdo les es de importancia como una forma de presentarse y reconocerse vivas, observadoras, sentirse dueñas claras de su creación poética.

En el mismo trabajo “29” la autora escribe: “Es mejor mi vientre, ahí nadie compra casas ni se hace rico”; “Ese instante con los puños y los ojos apretados entrando al agua, a la piscina de tres metros, de kilómetros de infancia”; “Mamá me sigue cuidando como si fuera un arbolito inválido, sin muchas esperanzas”; “Es probable que yo sea una tonta y que no sepa bien cómo tirar la pelota. Es posible que siempre me ría delante de papá y mamá y que antes de escaparnos ya lo sepan todo”; “Ni vuelve el color oscuro del cabello de esa chica amante”; “Mi madre que llegaba tarde. Fumaba recargada en la puerta un último cigarrillo mientras se tocaba la frente”; “Yo reí, pero no me daba gracia aquello. Sino la plática trivial en un domingo de cumpleaños y nuestros rostros de niños ya bastante grandes. Escapamos de ahí para abrazarnos a gusto”; “Mi hija duerme sobre mi pecho. Nunca llora y yo tampoco. Evito pensar.”

La hija quejándose de la madre que muta en la madre arrullando a su hija.

 

Esther M. García (Ciudad Juárez, 1987).

En 2010 publicó “La doncella negra” un trabajo de 73 páginas en el que la palabra madre aparece 26 veces. El campo semántico de maternidad y familia transcurre por completo casi toda la obra de esta poeta chihuahuense. Su preocupación por las infancias, ese rencor en que sus hablantes líricos presentan y se declaran presas de ese victimismo en el que la autora sostiene el corpus de su obra:

“Hablo desde aquí desde las sombras oscuras de mi infancia”; “Mi madre ha juntado arena roja del desierto de Dead woman’s city”; “Sólo con mi madre y un perro /que por las noches ladra al viento /vivo yo”; “lo imaginamos en el patio de nuestra madre”.

 

Mucho de ese sentimiento y esa emoción se puede ver con claridad en el poema que le da nombre al poemario: “La doncella negra”

I

Mi madre es como un perro rabioso

queriendo morder y destrozar

mi alma con sus rabiosas palabras

a mí

la benjamina

la enferma

la tonta

la rosa que no tiene pétalos sólo espinas

 

Mi madre es la gran niña con la hoz negra

la gran devoradora de pájaros

escupidora de aves tornasoles

masticadas por el gran diente fervoroso de la religión

 

Así es mi madre

—¿Verdad que sí doncella negra?—

Ni siquiera ha de imaginar

que orino miedo por las noches

pensando qué pasará cuándo ella muera

Ella sólo piensa “Dios mío Dios mío ¿porqué me habrás dado

por hija a esta estúpida

maldita

     malditita

          malditilla

pendejuela?”

 

Mi amor por ti madre

es una flor hecha de vísceras secas

 

II

Dime mami,

¿dónde ha quedado

la palabra materna que lamerá con ternura

las heridas?

 

Mi madre es un pozo seco

y nuestras bocas han muerto de sed.

Toda palabra de amor ha encontrado

su muerte en este desierto

en que nos hemos convertido.

 

En el fragmento III de este mismo poema, todos los versos empiezan con la palabra “Madre” en el que el hablante lírico (un infante) desesperadamente quiere llamar la atención de su progenitora. Lo presentamos acá, sin el arreglo editorial que se presenta en el original.

“Madre: me comen las arañas / Madre: por favor voltea a verme / Madre: se cae el techo de la casa / Madre: los gusanos salen por el grifo del agua / MADRE / ¿Podrías dejar de ver le tele / y voltear a verme? / Madre: mi padre es un payaso oscuro / que se comió mi niñez y la vomita en mi cama / Madre: los gusanos se amontonan por toda la casa / MADRE / ¡Devuélveme mi corazón aunque / sea sólo /un trozo de carne seca! / Madre. Por favor apaga el televisor, / acércate a mí. / —¡Quítate de la tele, niña tonta! / MADRE / Apaga ya el televisor, cántame al oído / una canción de cuna.”

 

El siguiente poema titulado “Ruinas de la infancia” ocurre lo mismo, el tema de la “madre” se mantiene: “Madre: /he matado una niña /la tiré en un basurero /en las afueras de mi alma.”

Sin embargo, en medio de este libro, la autora introduce una visión de la sexualidad. Luego de hablar y hablar con un poderoso rencor contra la madre y evidenciar para el lector su trágica infancia de abandono, la autora decide hablar desde la carne y el poder sexual: “Eros”, titula la autora este fragmento, y presenta los siguientes poemas que llaman la atención: “Estoy llena de amor”, “Noche de bodas”, “Diálogo de los amantes”, en el que se vislumbra el hablante lírico que va desde el enamoramiento juvenil, al matrimonio de la convención social, la infidelidad en el buscarse amantes, así como el truene de la relación de un hablante lírico que utilizó la convención del matrimonio apenas como una forma para abandonar el nido familiar, lo cual es notorio durante la relación de amante, rompiendo con el lazo matrimonial, hasta sentirse libre y dueña de su vida; en un corte final —o en apariencia— del cordón umbilical que se aprecia en “I love the streets”, donde aún se mantiene ese recuerdo de una trágica infancia:

“Con los ancianos sentados en las bancas de los parques

y los niños corriendo detrás de sus sueños

para que no los abandonen”.

 

la autora hace que su hablante lírico se sienta libre, pero se mantenga temerosa; sin embargo, es mejor la libertad de callejear, la sobrevivencia a su ser independiente, a seguir presa en los rincones de la casa materna. Es por ello por lo que se sigue mirando el cíclico trauma en el que se presiente que la niñez no tiene salvación ni en el amor, ni en las convenciones sociales, ni en el sexo: “Las mujeres golpeando al niño”; siempre la figura materna violentando las infancias.

Esto es lo que puede olfatearse en este poemario. Uno puede llegar hasta la página 64 del libro y seguir encontrando el mismo leitmotiv: Una vida de sufrimiento por el padre que abandona a la familia, y del infante que se queda a soportar los traumas y malos humores de la madre que tiene que crecer sola a sus niños:

“Aquí vivimos mi madre y yo cosechando

en nuestras mentes

los recuerdos de un padre y esposo que se fue

junto con el último gramo de comida

y el último rastro de felicidad.”

 

O en la página 72, ya a punto de cerrar el libro:

“Así se siente la palabra madre

y lo que ella escupe

de su tierna boca

hacia él

 

Así la peluda palabra

caminando por el techo”.

 

 

Para el 2014 la poeta publica su trabajo titulado “Sicarii” de 92 páginas.

En él la palabra “madre” ocurre 10 veces, mamá 2 veces, “niño” 18 veces, “infancia” otras tantas veces; mientras que “padre” y “padres” aparece 23 veces.

El tema es muy similar al trabajo publicado por la autora en 2010: “y mis hermanas siempre decían /—Vimos a mamá pero jamás te mencionó /de seguro es porque no te quiere”; “pero su madre no quiere nombrarlo / mirarlo”; “como el vientre de mi madre que al igual que ella /se deshizo de mí al nacer”; “un padre que nunca volvió / una madre que jamás pronunció mi nombre”; “Veo a mi padre y a mi madre / Veo a la muerte orinando sangre / orinando mi destino”; “—A ti nadie te quiere ¡Yo si tengo papás que vienen [por mí a la escuela!”; “fue cuando abandoné mi niñez / para volverme un asesino”.

 

¡Basta! El trabajo de Esther M. García apenas busca el golpe tremendista sobre el ojo del lector. El drama, el victimismo, en el que cada uno de sus trabajos se desenvuelve. Una fórmula que la autora ha sabido explotar hasta el hartazgo, pues desde esa posición de víctima de su madre, y de presentarse ante la sociedad como una activista fehaciente del feminismo, la autora ha logrado escalar y convencer a los jurados que revisan su trabajo. Al menos, situada en este tema, convenció a Julia Santibáñez, Lucía Rivadeneyra y Alfredo Fressia, quienes le concedieron el 11vo Premio Internacional de Poesía “Gilberto Owen Estrada” (2016-2017) convocado por la Universidad Autónoma del Estado de México, por su libro (usted no me lo va a creer pero sí) titulado: “Mamá es un animal negro que va de largo por las alcobas blancas”; una vez más el tema de la madre formando parte del corpus poético de la autora chihuahuense.

La terrible infancia genera sicarios, las malas infancias dan como resultado una sociedad fracturada y violenta, nos quiere decir la autora, esa parece su tesis. ¿Tal vez la autora no reconoce otros casos, donde una excelente infancia genera a los más terribles personajes? Como en la película “8 mm”, de 1999, dirigida por Joel Schumacher y escrita por Andrew Kevin Walker, donde el detective privado Welles luego de luchar y someter al presunto asesino, desenmascara a Machine (quien violaba y torturaba mujeres hasta matarlas mientras era filmado), revelando a un hombre calvo y con gafas llamado George; que le dice: «¿Qué esperabas, un monstruo?» George continúa diciéndole a Welles que no tiene ningún motivo oculto para sus acciones sádicas; Lo hace simplemente porque las disfruta”.

“Mamá es un animal negro que va de largo por las alcobas blancas” (UAEM, 2017) es un poemario de 84 páginas de poemas en el que la palabra madre(s) se puede encontrar 45 veces, mientras que mamá se encuentra 13 veces; las palabra leche y pecho(s) las encontramos 6 veces cada una. Todo ello nos evidencia que el campo semántico es el mismo de sus anteriores trabajos: las malas madres, las familias disfuncionales, las aterradas infancias, las tragedias de los niños, incluso el filicidio; sumados a los esposos, hombres, maridos que abandonan o violentan a la mujer-madre:

“Esposo siempre le había dicho

que era una gorda antipática

una vaca estúpida con tetas grandes

Esposo decía que sólo servía para hacer el amor”

 

El poemario está dividido en seis fragmentos: “Tarantismo (Episodios histéricos)”, “Taxonomía”, “Especies de tarántulas”, “Tracey Emin dibuja arañas”, “Madre dice que hay habitaciones cerradas con llave dentro de cada mujer” y “La enllagada (Viacrucis herpético)”; el tema de las madres filicidas, el museo del victimismo, la fotografía de la violencia contra la mujer que se ve obligada por el entorno social en el que se desenvuelve es el que va permeando a lo largo del libro.

¡Y eso es todo!

Hemos repasado parte de la obra poética de cinco autoras nacidas a partir de 1980 y la relación que su poética conlleva respecto a la maternidad, sobre todo en una época en que a las poetas les ha tocado mirar el avance de la lucha en pro de los derechos de la mujer a decidir sobre su cuerpo, en el tema del aborto legal, o de la despenalización del aborto. ¿Qué nos espera de las lecturas de las jóvenes mujeres nacidas en la década de 1990 en la década del 2000? ¿Cuáles son ahora las búsquedas de su poética? Los trabajos que hemos estudiado parte de Daniela Camacho cuyo hablante lírico va compartiendo su visión de la belleza y el asombro con su madre hasta el renunciar a ser madre, por sentirse presa de la enfermedad del cáncer que amenaza su existencia. Nadia Escalante en cambio mantiene ese asombro de compartir con su madre y no renegar de ella, sino hacerla parte de su observación del mundo, y decide trabajar sus textos en una búsqueda de utilizar el lenguaje a su favor, resaltando la belleza en la contemplación del tedioso vivir la vida. Xitlalitl Rodríguez Mendoza, como Escalante, prescinde del victimismo y nos presenta una historia desde la mirada infantil del personaje que recrea (por momentos parecemos asistir a las viñetas de las historias de Mafalda, creadas por Quino), al lado de sus padres, y descubriendo la vida de escolar por varios instantes, y de la amistad. Sin embargo, es dentro de los trabajos de Garma y de Esther M. García donde la figura del padre (para Garma) y de la madre (para García) comienzan a aparecer incluso desde una visión enfermiza en sus hablantes líricos. Sobre todo, durante toda la obra de Esther M García, quien ha hecho de la figura madre-hija-madre la obsesión de su temática.

“No todos nuestros dramas son poesía” dijo alguna vez el maestro Jorge Lara, por lo cual hay que reconocer que “Mi vida trágica, las tragedias en mi vida, que se encuentran en la infancia”, no pueden ser el único espacio en el que el poeta se debe reconocer. Puesto que hacerlo desde una forma obsesiva puede determinar algún padecimiento que necesite ser atendido. En una sociedad donde las estadísticas son verdaderamente brutales: de 2010 a 2014 se produjeron en todo el mundo 25 millones de abortos peligrosos (45% de todos los abortos) al año, según estudio de la Organización Mundial de la Salud (OMS); en un país donde en 2019 se ha contabilizado que se comenten 10.5 feminicidios al día, pareciera natural que estos temas tendrían que verse reflejados en los trabajos literario de las escritoras mexicanas. El trabajo de Esther M García lo revela de manera clara y permanente hasta lo obsesivo. La poeta habla tanto de la palaba madre, que uno casi puede mirar a sus hablantes líricos en esa posición fetal de la escena donde el personaje femenino de “Réquiem por un sueño” (dirigida por Darren Aronofsky), luego de su fortaleza vital de relación de pareja, del erotismo exacerbado por la necesidad de drogarse la conduce a realizar actos sexuales para el deleite de otros, y obtener el dinero que le permitiera mantener su adicción, se mira sola en su casa, acostada en un sofá, y sube las piernas, las rodillas hacia el pecho, en posición fetal, abrazándose a ella misma, en busca de ese consuelo que se sentiría si pudiera volver a estar en el vientre de su madre.

 

Referencias.

La historia detrás del pañuelo verde, el nuevo símbolo feminista que llegó a Chile https://www.cnnchile.com/tendencias/la-historia-detras-del-panuelo-verde-el-nuevo-simbolo-feminista-que-llego-a-chile_20180723/

Lamas, Marta. 2009. La despenalización del aborto en México. Nueva Sociedad. No. 220, marzo-abril. ISSN: 0251-3552.

Camacho, Daniela. 2013. [imperia]. Poesía del mundo. Serie contemporáneos. Caracas, Venezuela. Fundación Editorial El perro y la rana. 82 pp.

Camacho, Daniela. 2014. Carcinoma. Colección Libros de Artista. Artes de México. 32 pp.

Escalante Andrade, Nadia. 2019. Sopa de tortuga falsa. 61 pp.

García, Esther M. 2010. La doncella negra. Regia Cartonera, Monterrey. 73 pp.

García, Esther M. 2014. Sicarii. Instituto Municipal de Cultura de Saltillo. 92 pp.

García, Esther M. 2017. Mamá es un animal negro que va de largo por las alcobas blancas. Universidad Autónoma del Estado de México. 95 pp.

Garma, Ileana. 2013. Ternura. UNAM. 89 pp.

Garma, Ileana. 2015. 29. Fondo Editorial Tierra Adentro. Colección La Ceibita.

Rodríguez Mendoza, Xitlalitl, 2009. Datsun. UNAM. Ediciones Punto de Partida. 69 pp.

 

 

Pilares de la poesía escrita en México.

Dr. Adán Echeverría García.

Cuatro son los pilares sobre los que descansa toda la poesía mexicana. Se trata de cuatro poemas, que todo aquel que se diga poeta, que haya nacido, o que radique en México, y pretenda tener el oficio de la poesía, como parte primordial en su vida, deben de conocer, valorar, aprender, respetar, enseñar, admirar, compartir, descubrir, analizar.

El primero es de Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695), y lleva por título Primero sueño, el segundo fue escrito por Ramón López Velarde (1888-1921) y titulado La suave patria; el tercer pilar de nuestra poesía es Muerte sin fin, del escritor José Gorostiza (1901-1973), y claro, la poesía mexicana no estaría completa si no contara con el cuarto pilar que es Piedra de sol, del poeta, laureado con el premio Nobel en 1990, Octavio Paz (1914-1998).

Sobres estos cuatro grandes poemas descansa la poesía mexicana. Uno tiene que conocer al menos estos cuatro poemas, revisarlos, y medir los alcances de su propia obra poética. Desde luego que la poesía (que es creación), jamás podrá ser limitada ni tener barreras, lo que arriba he expresado, lleva simplemente el reconocimiento de nuestra tradición.

Cada año aparecen en México al menos 32 antologías de poetas, (que no de poemas) en las que los autores antologados vierten parte de su creación anual, y se agrupan al menos una por estado de la República con el fin de llegar a muchos más lectores. Pero al mismo tiempo se desarrolla una cadena mercadológica, y varios tipos de negocios editoriales, que llevan consigo la promesa de presentaciones en Ferias del Libro, que miden las aspiraciones de quienes participan en dichas antologías. Las más de las veces pagadas por los mismos que autores, quienes además pagan su viaje a Guadalajara (la feria de las ferias del libro en México), para formar parte de aquella celebración de la palabra (o de la vanidad de los autores).

Muchos de estos autores de la palabra, se ven engañados por los mismos que se dedican a la fantasía de ser editores, y se la pasan enganchando autores para hacerles sus libros de poemas, que las más de las veces ni siquiera leen y mucho menos editan con revisiones bien desarrolladas, con la finalidad de tener poemas de calidad literaria. Y los autores, casi siempre de buena fe, creen que sus libros llegarán a los lectores, pero no se dan cuenta de que sus textos pueden traer aún errores en su concepción (rimas internas, lugares comunes al por mayor), y al no ser revisados ni editados por aquellos editores, solo entregan un producto que carece en las más de las ocasiones de profundidad, y no son revisados por aquellos que se dedican con seriedad a la literatura.

Esos autores de poemas para las tantas antologías, pueden ser buenos poetas en ciernes, que necesitan guía, necesitan taller, requieren disciplina para ir aprendiendo cada vez más acerca de la literatura en la que les gusta mirarse absortos. Lo suyo, a veces sin darse cuenta, es la promoción cultural. Sus eventos, recitales, y muchas de las actividades que desarrollan para sacar adelante sus propuestas poéticas, es admirable, sin embargo en el camino se han visto engañados por aquellos coyotes del mercado editorial, que los maltratan las más de las veces, y les hacen claudicar en ocasiones, pero casi siempre evitan ayudar para que los textos y el trabajo poético mejore.

Si uno charlara con aquellos mercenarios de la edición de antologías poéticas, encontraría, que la gran mayoría de ellos, ni siquiera conoce los cuatro grandes poemas que son la base de la poesía hecha en México. La literatura es primordialmente comunicación, porque se desarrolla con base en el lenguaje, ese código que requiere Emisor-Canal-Receptor. Y eso jamás habrían de olvidarlo.

 

 

La verdadera musa de Manuel Acuña.

Adán Echeverría.

“Cuando un hombre y una mujer que se han amado se separan / se yergue como una cobra de oro / el canto ardiente del orgullo”, escribe Enrique Molina en su poema Alta Marea; y es que la separación de dos amores tiene mucho de debilidad, malentendidos, chismes, rencores, falta de diálogo; impedimentos todos que se suben unos sobre otros, y hacen tomar decisiones a la pasión que no al cerebro. Los rencores abonados en el orgullo poco pueden resolverse en acuerdos para destrabar antiguos sentimientos que nos hacían sentir plenitud por la compañía del ser amado. El rencor es “como una cobra de oro” dice el poeta, y la figura es fría como el metal: la helada sangre de la cobra, una de las serpientes más venenosas, y hermosas, que ha dado la naturaleza; sumados al brillo del oro, la textura de las escamas del ofidio; una cobra que además nos trae a la mente la muerte de la gran Cleopatra que decide morir por las mordeduras de uno de estos animales luego de enterarse que Marco Antonio había sido asesinado por el ejército de César. Todo eso va sumando en el imaginario, al reconocer la tremenda fuerza que el poeta argentino ha puesto en sus versos, seguido de “el canto ardiente del orgullo”; para la pareja será muy difícil ceder y reconocer las equivocaciones propias.

Viene a cuento el poema de Molina por ese rencor que queda entre una mujer y un hombre que se amaron y que terminaron por separarse. En esos versos me ha hecho reflexionar la lectura del excelente trabajo de Leticia Romero Chumacero, sobre la historia de amor, desamor, malentendidos, intrigas, abandono, entre una mujer a la que Manuel Acuña, en verdad, dedicara su célebre poema “Nocturno”. La broma o fantasía de la dedicatoria que todos conocemos sucedió después; pero hemos aceptado que el poeta fue quien lo escribiera bajó del título como epígrafe-dedicatoria: A Rosario, para luego realizar el acto de quitarse la vida. Hoy nos damos cuenta de que la dedicatoria solo fue una forma para proteger la historia de amor-desamor que muy pocos conocieron y que, desde hace algunas décadas, apenas comienza a llamarnos la atención.

Esa otra mujer, nos cuentan Raúl Cáceres Carenzo y luego Leticia Romero, es nada menos que Laura Méndez de Cuenca (1853-1928), quien naciera como Laura Méndez Lefort, en la hacienda Tamariz, jurisdicción de Amecameca, en el Estado de México; y sobre la cual la discreción de los amigos del poeta y de Laura misma, cargados en su humildad y respeto por el fallecimiento de quien fuera el padre de su hijo tramaron el epígrafe. Han sido esos pocos amigos que conocieron de sus relaciones, quienes decidieron callar por muchos, muchos años, dejando que los lectores y la tradición se encargaran de hacernos creer el cuento de que Acuña se había enamorado de Rosario de la Peña y que al no ser correspondido se había quitado la vida. Ahora, incluso se puede pensar, que la dedicatoria “A Rosario”, fue añadida al poema durante la publicación póstuma del poema. Juan de Dios Peza fue testigo del amor de Laura y Manuel, y testigo en la boda de Laura y Agustín F. Cuenca.

Luego de leer el trabajo de Romero Chumacero, regresé al trabajo que en el 2003 publicara el maestro Raúl Cáceres Carenzo en la revista La Colmena, titulado: “Laura Méndez, la pasión y la voz”, en el que el estudioso crítico literario yucateco expone, en vísperas de celebrar los 150 años del nacimiento de la poeta mexiquense: “La voz lírica de Laura Méndez de Cuenca aportó imágenes y palabras verdaderas en su momento: en esa fuente de nuestras ideas estéticas: el segundo romanticismo mexicano. En la obra poética de Méndez de Cuenca encontramos, no siempre acallados por el ritmo verbal o las diversas imágenes: las quejas, la desolación, el grito, la angustia y el deseo de su vida. La poesía de esta escritora mexiquense se ha venido valorando en años recientes como experiencia necesaria para el destino de la voz femenina en el panorama literario nacional; José Emilio Pacheco afirma: "fue persona de insaciable curiosidad intelectual" y también "una de las primeras y más activas feministas mexicanas".

Y es en ese “segundo romanticismo mexicano”, en el último tercio del siglo XIX, donde nos deberíamos situar e imaginar cómo fue en aquella época la Ciudad de México; imaginar la situación de la mujer intelectual mexicana de aquellos días, que a pesar de que con las Leyes de Reforma se establecía que las mujeres tendrían las mismas oportunidades educativas que los hombres, la realidad distaba mucho de verlo cumplido. Leticia Romero nos ayuda a entender cómo fue para Laura Méndez: “fue aplaudida y objetada a un tiempo debido a la índole no siempre dócil de su obra, así como a elementos biográficos relacionados con su juventud, pues fue madre soltera y amante de uno de los poetas más afamados del siglo XIX mexicano. Estos datos extratextuales han tendido a opacar su recepción y a limitar su aparición en la historia de la literatura mexicana”. Ya que la mujer de aquella época, que quisiera dedicarse a la literatura o a otro arte, tenía que hacerlo con base en lo que las “buenas conciencias” de los escritores hombres habían determinado. Romero lo expone así: “intelectuales mexicanos convencidos de que la misión vital de sus contemporáneas consistía en salvaguardar la moral, se consagrasen o no a las letras”.

Cáceres Carenzo nos cuenta que la inclinación de Laura Méndez por las letras la llevó, antes de los veinte años, “a frecuentar los círculos literarios e intelectuales capitalinos donde brillaba, arrasadora. la figura del joven estudiante de medicina Manuel Acuña”. Eran sus maestros en la Escuela de Artes y Oficios: Enrique Olavarría, Guillermo Prieto e incluso Ignacio Manuel Altamirano, con quienes Laura entabló amistad de inmediato. Se reunían en veladas literarias a las cuales asistían ocasionalmente una o dos mujeres. En uno de esos encuentros Laura conoció al poeta más querido y afamado de la República Restaurada: Manuel Acuña, quien ya era reconocido en el Salón Nezahualcóyotl, y entre sus compañeros de la Escuela de Medicina. Ya había sido elogiado por Ignacio Manuel Altamirano. Ese muchacho de 22 años tuvo el atrevimiento de elogiar en público el trabajo intelectual de Laura Méndez.

Pero no solo fue Acuña quien entendió la capacidad creadora e intelectual de Méndez Lefort. Romero comenta: “Hay quien opina que en esa época Laura y Manuel eran “los dos poetas jóvenes más dotados de su generación”. Juan de Dios Peza publicó sobre Laura: “Es, si no la mejor, una de las mejores poetisas de México” Adalberto A. Esteva llega a decir sobre Laura: “Ella y sor Juana Inés de la Cruz, son las mejores poetisas del país”.

Aquel amor que había crecido entre dos poetas Manuel Acuña y Laura Méndez planteaba que su amor sería capaz de sobrevivir a la pobreza a la que había que enfrentarse. Laura no solamente era una estudiante a finales del siglo XIX, no solamente asistía a las veladas literarias, apenas acompañada de una o dos mujeres más entre puros hombres. Además, había decidido vivir con Manuel Acuña; su relación con sus padres, por todo lo anterior, se había hecho ríspida, pero la juventud y libertad intelectual de Laura era suficiente para saberse capaz. Los poemas que, uno a otro, se leían y se escribían, como parte de su amor intelectual, eran publicados en los periódicos de la época. Pero la maliciosa presencia de Guillermo Prieto, quien fuera director en la escuela a donde Laura Méndez acudía, vino a destruirlo todo. Mílada Bazant lo señala de la siguiente forma: “Laura tuvo que sobreponerse a las muertes de Manuel Acuña padre, en diciembre de 1872, y luego la de Manuel Acuña hijo, en enero del año siguiente. No sólo debió sobrellevar estas penas, sino, además, hacer oídos sordos a los chismes e ignorar que la gente la señalaba cuando iba por las calles.”

Cuenta la leyenda que la joven pareja, Laura y Manuel, se habían decidido a vivir juntos, compartiendo las posibilidades; lo poco que él recibía lo compartía con la mujer amada y admirada. Laura queriendo colaborar con el hogar que comenzaba su formación, quiso solicitar "boletos de alimentación" al director de la Escuela de Artes y Oficios donde era alumna, y podemos ver a Guillermo Prieto diciéndole que sí, pero solo si le entregaba sus favores carnales. Muchos dicen que Laura cedió al chantaje, basados en que Prieto lo quiso divulgar. Ella dice que no ocurrió jamás, que ella siempre se negó. Los mismos aduladores de Prieto, le calentaban la cabeza diciéndole, al patriarca de las letras, que "no era posible que el joven Acuña estuviera teniendo más éxito y fama, y que comenzara a ser tan leído y buscando por los críticos"; alimentando en el anciano un odio creciente hacia el joven Acuña, de 24 años, quien además era el amor de la solicitada Laura, su pupila en la Escuela. Señalan que tal vez esos fueron algunas de las intrigas que hicieron a Prieto actuar, como lo hizo, contra una joven mujer admirable. Sin embargo, los comentarios, las mentiras, las alusiones, que Prieto y sus aduladores dejaron crecer llegaron a los oídos de Acuña, y la relación Acuña-Méndez terminó.

Manuel Acuña al dar por terminada la relación aún no estaba enterado de que Laura estuviera embarazada. Luego de los reclamos, coge sus cosas y regresa a su cuarto en la Escuela de Medicina, y presa del desamor comienza a acudir a las reuniones en casa de Rosario de la Peña, mujer a la que no pocos cortejaban, y Acuña decide hacer lo propio para olvidar, con la ayuda de Rosario, y mediante la bohemia, a Laura. Amigos hay que cuentan que Acuña había pedido no ser molestado, durante aquellos días, en aquellos trances, pero los verdaderos amigos hacen caso omiso de este escollo de meditaciones íntimas. Llegan a él, y es así que el poeta les enseña dos cartas de despedida, que en aquel momento a los compañeros del poeta les parecen otros de sus ejercicios que, como "textos literarios", eran asiduos del poeta (léase la historia del “libro de hueso”, que narrara años después Juan de Dios Peza), y le piden no quedarse encerrado, salir y disfrutar las noches a su lado —recuerde usted que estamos hablando de jóvenes cuyas edades giraban entre los 19 y 25 años de edad.

Además de las cartas que el poeta les enseñara, algunos estudiosos señalan que Acuña llegó a esgrimir comentarios como el siguiente: " ¡El que contrae obligaciones sin poder cumplirlas es un miserable! ", ellos no sabrían entonces que Acuña se estaba refiriendo al hecho de haber tenido un hijo con Laura. Se acusaba de haberse precipitado en sus juicios, dejándose llevar por la maledicencia de los que querían verlos sufrir, y se arrepentía de haber terminado su relación con ella. De haberla juzgado de ligera sin siquiera haberla escuchado. Arrepentido, insultado por Prieto y sus camarillas, necesitado de dinero, Acuña va cayendo en un remolino de pensamientos que aletean la sombra de la depresión en su intelecto.

El resto es historia: Acuña muere por su propia mano “que no se culpe a nadie de mi muerte”, Laura pierde al padre de su hijo; poco después el hijo de Acuña y ella comienzan a morirse de hambre, de enfermedad, de pobreza, de abandono. Pues no tienen donde vivir, la familia de Laura la rechaza por ser madre soltera. Hasta que se decide a vivir de nuevo con otro hombre, a ser rescatada de ese lodo de tristezas por un amigo de ambos, por el escritor Agustín F. Cuenca, quien siempre quiso mantenerse a su lado, conocedor de su historia, y de la tragedia que se había cernido sobre ellos.

La historia y la tradición que nos han hecho llegar, cuentan que el poeta Acuña se mató de amor por la tal Rosario, pero esta mujer poco tenía que ver en esta historia, más que apuntalar la tristeza de un hombre que no pudo con su tiempo y su depresión: chismes, romance, pobreza, intimismo, extrema sensibilidad, son el escenario para el drama en que se debatieron. Y de esa batalla de pasiones en las que se confunde la ficción con la realidad, los poetas nos dejaron algunas obras literarias.

He acá los tres poemas que narran esta historia. El primero es el “Adiós” escrito por Acuña para Laura, dando por terminada la relación. El segundo la respuesta de Laura (publicada muchos años después de los sucesos; por lo que ahora se sabe, leída por el poeta Acuña antes de morir, donde se entera del hijo que tendría con Laura, al que ve nacer, pero con el que no puede convivir como hubiese querido porque la relación entre ellos no logra componerse); y el tercer poema es el famosísimo “Nocturno”; en el que se puede notar, de la pluma de Acuña, la intromisión del "hijo de Laura y el poeta", que toma la voz del hablante lírico, siendo el niño aún no nacido (Manuel Acuña Méndez) el que dice "y en medio de nosotros / mi madre como un dios"; pues eso es justo lo que es una madre para todo niño, y Acuña puede darse cuenta de ello, al borde la locura en la que se debate.

Todo este diálogo poético se desprende al notar que los tres textos están construidos con el mismo ritmo y medida; y muchas de las imágenes escritas por Laura Méndez son retomadas por el poeta Acuña, quien los acomoda y recompone para continuar el diálogo poético que ha sostenido siempre con su Laura. Veamos:

El primer Poema que transcribiremos fue escrito por Manuel Acuña (dirigido a Laura Méndez). Se titula “Adiós a…”; el poema apareció publicado el 4 de marzo de 1873:

“Después de que el destino/ me ha hundido en las congojas/ del árbol que se muere/ crujiendo de dolor,/ truncando una por una/ las flores y las hojas/ que al beso de los cielos/ brotaron de mi amor./ / Después de que mis ramas/ se han roto bajo el peso/ de tanta y tanta nieve/ cayendo sin cesar,/ y que mi ardiente savia/ se ha helado con el beso/ que el ángel del invierno/ me dio al atravesar./ / Después... es necesario/ que tú también te alejes/ en pos de otras florestas/ y de otro cielo en pos;/ que te alces de tu nido,/ que te alces y me dejes/ sin escuchar mis ruegos/ y sin decirme adiós./ / Yo estaba solo y triste/ cuando la noche te hizo/ plegar las blancas alas/ para acogerte a mí,/ entonces mi ramaje/ doliente y enfermizo/ brotó sus flores todas/ tan solo para ti./ / En ellas te hice el nido/ risueño en que dormías/ de amor y de ventura/ temblando en su vaivén,/ y en él te hallaban siempre/ las noches y los días/ feliz con mi cariño/ y amándote también.../ /

¡Ah! nunca en mis delirios/ creí que fuera eterno/ el sol de aquellas horas/ de encanto y frenesí;/ pero jamás tampoco/ que el soplo del invierno/ llegara entre tus cantos,/ y hallándote tú aquí.../ / Es fuerza que te alejes.../ rompiéndome en astillas;/ ya siento entre mis ramas/ crujir el huracán,/ y heladas y temblando/ mis hojas amarillas/ se arrancan y vacilan/ y vuelan y se van.../ / Adiós, paloma blanca/ que huyendo de la nieve/ te vas a otras regiones/ y dejas tu árbol fiel;/ mañana que termine/ mi vida oscura y breve/ ya solo tus recuerdos/ palpitarán sobre él./ / Es fuerza que te alejes/ del cántico y del nido/ tú sabes bien la historia/ paloma que te vas.../ El nido es el recuerdo/ y el cántico el olvido,/ el árbol es el siempre/ y el ave es el jamás./ / Adiós mientras que puedes/ oír bajo este cielo/ el último ¡ay! del himno/ cantado por los dos.../ Te vas y ya levantas/ el ímpetu y el vuelo,/ te vas y ya me dejas,/ ¡paloma, adiós, adiós!

 

Es un poema por demás hermoso. Los versos “mañana que termine/ mi vida oscura y breve/ ya solo tus recuerdos/ palpitarán sobre él”, parecen una prefiguración del aciago desenlace del poeta.

En un segundo trabajo, Romero Chumacero describe lo que Balbino Dávalos cuenta a uno de los biógrafos del poeta: “fue novia y, después, amante de Acuña: por estas relaciones, vivió sola, alejándose de familiares y amigos; económicamente dependía del poeta, paupérrimo a la sazón. Buscando alivio, [...] se dirigió a Prieto; lo reputaba leal amigo de Acuña, quien tenía un elevado concepto del exministro. Éste ofreció conseguirle boletos de alimentación gratuita y proporcionarle otros subsidios, siempre que la joven concediera sus encantos al vejete. [Ella] rechazó las viles proposiciones”.

Ahora vamos a dar lectura al poema 2 de este Diálogo Poético en el que la pareja se embarcó en aquel momento. Es escrito por Laura Méndez en respuesta al poema de Manual Acuña, y aunque éste no fue publicado en su momento, las investigaciones reconocen el tiempo en el que se escribió como respuesta al poema de Acuña, y cuyo ritmo e imágenes fueron retomadas por el poeta saltillense para componer su Nocturno. Se sabe que Laura hizo llegar su poema a la redacción del periódico que publicara el primer poema que ya hemos revisado; pero éste fue recibido por el mismo Acuña, quien de esta forma se entera que su Laura está embarazada, y cae en cuenta de lo que ha hecho, al exponer su relación, y su rompimiento dentro de una publicación, y por haberse marchado como lo hizo de aquel hogar, abandonando a la mujer embarazada. Coge el poema y acude a ver a Laura, pero el golpe ya está dado. No logra encontrarla pues ella también ha abandonado el cuarto, para vivir algunos meses con una hermana; Acuña vuelve a casa a repasar y repasar las letras del poema que le han entregado. Pasan los días, semanas, los meses en esta opresión, que apenas son paliadas con las visitas a las veladas literarias en casa de Rosario de la Peña, o con las salidas que hace junto a los amigos que intentan arrancarle el sentimiento que le oscurece el rostro; el niño nace dos meses antes de que Acuña decida quitarse la vida.

Cáceres Carenzo nos informa que Laura y Manuel se enamoraron: “estas dos almas románticas se enamoraron y procrearon un hijo, Manuel Acuña Méndez, que moriría a los tres meses de nacer, un mes y días después del suicidio de Acuña.” Esto evidencia que, a pesar de los intentos de Acuña, no pudo recomponer la relación con Laura, y con su hijo, y recurrió al suicidio cuando su hijo tenía alrededor de dos meses de nacido.

La historia y la tradición nos muestran al taciturno Acuña en la casa de Rosario de la Peña. Al poeta en charlas con Juan de Dios Peza, al estudiante pobre pidiéndole a Celi que le lave y le planche bien la ropa y se la deje muy temprano sobre la cama. Lo demás lo sabemos ya.

“Al casarse con Laura y darle su apellido, Agustín E Cuenca, íntimo amigo de Acuña, logra que a ella se le recuerde siempre como ‘Laura Méndez de Cuenca’... y no como ‘Laura la de Acuña’; como se recuerda a la otra, a Rosario”; termina diciéndonos el maestro Raúl Cáceres Carenzo, conocedor de la historia, y del valor literario de la obra de Méndez, que por su relación con Acuña, y por el rumor esparcido por Prieto ha sido olvidada como la gran mujer de letras que fue.

He acá el poema número dos de este diálogo poético que estamos ensayando, y con el cual la mente de Acuña terminó por trastornarse. También se titula “Adiós” (por Laura Méndez Lefort):

Adiós: es necesario que deje yo tu nido;/ las aves de tu huerto, tus rosas en botón./ Adiós: es necesario que el viento del olvido/ arrastre entre sus alas el lúgubre gemido/ que lanza, al separarse mi pobre corazón./ /

Ya ves tú que es preciso; ya ves tú que la suerte/ separa nuestras almas con fúnebre capuz;/ ya ves que es infinita la pena de no verte;/ vivir siempre llorando la angustia de perderte,/ con la alma enamorada delante de una cruz./ / Después de tantas dichas y plácido embeleso,/ es fuerza que me aleje de tu bendito hogar./ Tú sabes cuánto sufro y que al pensar en eso/ mi corazón se rompe de amor en el exceso,/ y en mi dolor supremo no puedo ni llorar./ /

Y yo que vi en mis sueños el ángel del destino/ mostrándome una estrella de amor en el zafir;/ volviendo todas blancas las sombras de mi sino;/ de nardos y violetas regando mi camino,/ y abriendo a mi existencia la luz del porvenir./ / Soñaba que en tus brazos de dicha estremecida,/ mis labios recogían tus lágrimas de amor;/ de nardos y violetas regando mi camino/ y abriendo a mi existencia la luz del porvenir./ /

Soñaba que en tus brazos, de dicha estremecida,/ mis labios recogían tus lágrimas de amor;/ que tuya era mi alma, que tuya era mi vida,/ dulcísimo imposible tu eterna despedida,/ quimérico fantasma la sombra del dolor./ / Soñé que en el santuario donde te adora el alma,/ era tu boca un nido de amores para mí,/ y en el altar augusto de nuestra santa calma/ cambiaba sonriendo mi ensangrentada palma/ por pájaros y flores y besos para ti./ /

¡Qué hermoso era el delirio de mi alma soñadora!/ ¡Qué bello el panorama alzado en mi ilusión!/ Un mundo de delicias gozar hora tras hora/ y entre crespones blancos y ráfagas de aurora/ la cuna de nuestro hijo como una bendición./ /

Las flores de la dicha ya ruedan deshojadas./ Está ya hecha pedazos la copa del placer./ En pos de la ventura buscaron tus miradas/ del libro de mi vida las hojas ignoradas/ y alzóse ante tus ojos la sombra del ayer./ / La noche de la duda se extiende en lontananza;/ La losa de un sepulcro se ha abierto entre los dos./ Ya es hora de que entierres bajo ella tu esperanza;/ que adores en la muerte la dicha que se alcanza,/ en nombre de este poema de la desgracia. Adiós.”

 

El maestro Cáceres Carenzo repasa de esta forma el oleaje de juventud pasional en la que Laura Méndez tuvo que bogar: “época de juventud apasionada, —en la que sufrió los asedios galantes de dos patriarcas liberales: El Nigromante: Ignacio Ramírez y Fidel: Guillermo Prieto—, es la que dicta sus mejores páginas románticas, entre las que destacamos, como documento literario y humano, de extraordinario valor, el poema "Adiós", que asume la respuesta femenina (y premonitoria) al desolado "Nocturno" de aquel "niño sentimental" que fuera Acuña. Porque tuvo el destino del siglo XIX la desdicha de impedir que los poemas de Laura Méndez no fueran publicados de forma inmediata en las revistas y suplementos, como los de los hombres de su época; recordemos que para esos años el trabajo literario de las mujeres era apenas vista como una actividad de esparcimiento, y así lo señala Leticia Romero: “la de los hombres es literatura, sin más; la de sus pares femeninas es literatura ‘de mujeres’”.

Y si a ello sumamos que este poema de Laura cayó primero en manos de Acuña, quien se dio el tiempo de enfermarse en su lectura, reconocemos que tardó en llegar a ser publicado.

Ahora repasemos el Tercer Poema del Diálogo Poético en el que nos hemos encauzado; fue escrito por Manuel Acuña, y es el que la gran mayoría del México lector conoce. La fama de Acuña, así como sus relaciones, hicieron que el poema fuera publicado como recuerdo de su desaparición de este mundo terrenal, y aquel epígrafe que dejara: a Rosario, terminó pasando a la posteridad, quizá como una idea de Juan de Dios Peza, o de los mismos Agustín F. Cuenca y Laura Méndez, para terminar de una buena vez por todas con la novela que se había comenzado a escribir en la prensa mexicana.

Dejar la dedicatoria, en un poema con el que finaliza la vida, a otra mujer que no fuera la verdadera amante, la verdadera musa, la mujer amada, madre de su hijo, la mujer a la que había abandonado presa de los celos, era una forma de acallar las voces que sobre Laura habían caminado, señalándola, o sobre su propio hijo que había muerto en la pobreza, o también sobre el mismo Prieto, que algo de oscuro tenía en este drama. Romero documenta: “el 17 de enero de 1874 un periodista había comparecido ante el Registro Civil para notificar la muerte del “hijo natural del finado Manuel Acuña y doña Laura Méndez”. Para qué publicar los dos poemas en el orden cronológico en que fueron escritos. Si Acuña había conservado el poema de Laura para enloquecer con él, aprenderse el ritmo y recuperar las imágenes (amor, hogar, madre, cuna, desamor, olvido, adiós) para intentar responderlo mediante su Nocturno. Lo mejor fue escribirle un epígrafe que hiciera que la atención se alejara por completo de Laura Méndez.

Se conoce que las intrigas de Prieto contra Acuña eran amplias, al grado de que la misma Rosario de la Peña cuenta que el gran patriarca le dijo en una ocasión: “Sé que te corteja Acuña y creo es de mi deber, por la estimación que te profeso, decirte que mantiene relaciones con dos mujeres: una poetisa y una lavandera. Es más, a una de ellas se le acaba de morir un hijo, hace poco tiempo. Así es que tú sabes lo que haces”. Tal vez la fama de un joven de 24 años no dejara de molestar a Prieto. La historia no puede ser cierta, puesto que Manuel Acuña Méndez murió un mes después de que su padre se suicidara. Esto evidencia incluso que la misma Rosario de la Peña ayudó a crecer la falsa dedicatoria, al querer creer en ella. Algo debe representar el sentirse amada hasta la inmortalidad.

Pero es en los versos de Laura Méndez en su poema “Adiós” es donde queda muy claro el reclamo, el rencor perlado, el dolor, y la incapacidad de la reconciliación (la cobra de oro que se erige) con el poeta Acuña:

“La noche de la duda se extiende en lontananza

la losa de un sepulcro se ha abierto entre los dos.

Ya es hora de que entierres bajo ella tu esperanza;

que adores en la muerte la dicha que se alcanza,

en nombre de este poema de la desgracia. Adiós.”

 

“La noche de la duda” es justo la forma de reconocer con claridad el reclamo que Manuel Acuña debió haberse permitido sobre la mujer que vivía con él. La duda sembrada por Prieto y sus seguidores habían anidado en un espíritu frágil que tuvo que ser el de Acuña. Y que le hiciera perderse en ese abismo de dejar de reconocerse a sí mismo, hasta arrastrarse en pos del suicidio. Era verdad lo que decía Laura, Acuña había dudado de ella; no le había importado las vivencias juntos, las decisiones que se habían tomado, las amplias charlas luego de las horas de pasión, carne contra carne: de qué habían servido, si un tipo infame podía venir a verter aquel veneno, y Acuña había decidido recibirlo, calentarlo en su dolor, y restregárselo en la cara a Laura. Resulta incomprensible que el poeta hubiera caído presa fácil de la insidia, pues fue el mismo Manuel Acuña “una de las primeras conciencias mexicanas en advertir (y anunciar) la naturaleza y destino literarios de su amada Laura Méndez”, como nos dice Cáceres Carenzo, el poeta de Saltillo había reconocido la capacidad intelectual de la mujer a la que amaba. Lo reacción de Acuña ante el rumor soltado por Prieto habla de una confrontación personal y ególatra; y Laura se vuelve un pretexto en esa historia entre el ego de dos hombres. Porque como ha dicho Romero, Laura sabía que Acuña admiraba y respetaba al viejo escritor, y es por considerarlo su amigo que decide acudir a él en busca de ayuda. Ver que Acuña le reclamara debió ser duro para ella, enterarse que rompen con ella, y la lanzan a la calle, mediante un poema escrito y publicado en un periódico, evidencia el infantilismo del hombre de quien se había dejado embarazar. Por eso el verso: “mi corazón se rompe de amor en el exceso”.

Sobre aquella muchacha lavandera a la que Prieto hace maliciosamente mención, el mismo Juan de Dios Peza señala, tal vez para lavar la memoria de su amigo y, por supuesto, también de la chica: “Acuña en sus ideales, en su amor de lírico, no fijó nunca sus ojos en los negros y brillantes de Celi, que lo miraban con ternura y respeto”. Con ello sacamos que mienten Prieto y Rosario de la Peña.

Por todo lo anterior, y antes de leer el tercer poema, demos paso a lo que Romero Chumacero vuelve a declarar a manera de cronología de hechos: “Ciertamente, hacia el mes de octubre de 1873 dio a luz a su “hijo natural” Manuel Acuña Méndez, primogénito del poeta Manuel Acuña; el 6 de diciembre de ese mismo año éste se suicidó en su habitación de la Escuela de Medicina, y el 17 de enero de 1874 falleció el bebé. Así las cosas, a los veintiún años de edad, Laura era madre soltera y el mundillo literario la sabía vinculada con el célebre escritor extinto.”

Ahora repasemos el tercer poema, como hemos prometido: Nocturno. (Siempre se ha publicado con la dedicatoria: a Rosario).

Pues bien, yo necesito/ decirte que te adoro,/ decirte que te quiero/ con todo el corazón;/ que es mucho lo que sufro,/ que es mucho lo que lloro,/ que ya no puedo tanto,/y al grito que te imploro/ te imploro y te hablo en nombre/ de mi última ilusión./ / De noche cuando pongo/ mis sienes en la almohada,/ y hacia otro mundo quiero/ mi espíritu volver,/ camino mucho, mucho/ y al fin de la jornada/ las formas de mi madre/ se pierden en la nada,/ y tú de nuevo vuelves/ en mi alma a aparecer./ / Comprendo que tus besos/ jamás han de ser míos;/ comprendo que en tus ojos/ no me he de ver jamás;/ y te amo, y en mis locos/ y ardientes desvaríos/ bendigo tus desdenes,/ adoro tus desvíos,/ y en vez de amarte menos/ te quiero mucho más./ / A veces pienso en darte/ mi eterna despedida,/ borrarte en mis recuerdos/ y huir de esta pasión;/ más si es en vano todo/ y mi alma no te olvida,/ ¡qué quieres tú que yo haga/ pedazo de mi vida;/ qué quieres tú que yo haga/ con este corazón!/ / Y luego que ya estaba?/ concluido el santuario,/ la lámpara encendida/ tu velo en el altar,/ el sol de la mañana/ detrás del campanario,/ chispeando las antorchas,/ humeando el incensario,/ y abierta allá a lo lejos/ la puerta del hogar.../ / Yo quiero que tú sepas/ que ya hace muchos días/ estoy enfermo y pálido/ de tanto no dormir;/ que ya se han muerto todas/ las esperanzas mías;/ que están mis noches negras,/ tan negras y sombrías/ que ya no sé ni dónde/ se alzaba el porvenir. //“¡Que hermoso hubiera sido/ vivir bajo aquel techo./ los dos unidos siempre/ y amándonos los dos;/ tú siempre enamorada,/ yo siempre satisfecho,/ los dos, un alma sola,/ los dos, un solo pecho,/ y en medio de nosotros/ mi madre como un Dios!”/ / ¡Figúrate qué hermosas/ las horas de la vida!/ ¡Qué dulce y bello el viaje/ por una tierra así!/ / Y yo soñaba en eso,/ mi santa prometida,/ y al delirar en eso/ con alma estremecida,/ pensaba yo en ser bueno/ por ti, no más por ti./ / Bien sabe Dios que ése era/ mi más hermoso sueño,/ mi afán y mi esperanza,/ mi dicha y mi placer;/ ¡bien sabe Dios que en nada/ cifraba yo mi empeño,/ sino en amarte mucho/ en el hogar risueño/ que me envolvió en sus besos/ cuando me vio nacer!/ / Esa era mi esperanza.../ más ya que a sus fulgores/ se opone el hondo abismo/ que existe entre los dos,/ ¡adiós por la última vez,/ amor de mis amores;/ la luz de mis tinieblas,/ la esencia de mis flores,/ mi mira de poeta,/ mi juventud, adiós!

 

El maestro Cáceres Carenzo es fuerte en sus comentarios al realizar el análisis, y escribe: “Es al poema 'Adiós’ del poeta saltillense al que da respuesta el desolado e intenso poema de Laura Méndez, del mismo título, que parece ser el modelo imitado en el famoso "Nocturno" (A Rosario). La plenitud expresiva del 'Adiós" de Laura Méndez no la logra alcanzar Acuña en su "Nocturno". En estos textos observamos el mismo metro, parecida lamentación por el infortunio amoroso, pero la riqueza idiomática del testimonio de ella hace que, al ser confrontados, la última despedida de Acuña se muestre plagada de excesos retóricos, ripios, carencia de ideas, dispendios verbales y desorden formal.”

Sin embargo, no deja de ser claro el diálogo poético entre Laura y Manuel que se observa en los tres poemas que hemos transcrito. Usted lector puede constatar conmigo lo que ella le responde; esa tristeza de poder realizar juntos una familia, de pasar de la dulzura de ser ellos dos a la ternura de ahora ser tres (“la cuna de nuestro hijo como una bendición”); y en el que se puede percibir la presencia del hijo de ambos.

Esto dialoga con fragmentos del poema final de Acuña:

“¡Que hermoso hubiera sido

vivir bajo aquel techo. (los poetas ya vivían juntos, y compartían su pobreza)

los dos unidos siempre (que fuera triturado por la noche de la duda, escribe Laura)

y amándonos los dos; (creyendo los maliciosos chismes de Prieto, los poetas se separan; porque aun cuando ella hubiera cedido, “la noche de la duda”, jamás dejaría en paz al joven Acuña. Laura terminó por convertirse en una de las primeras feministas reconocidas de México, y ya mostraba en este drama que no sólo podía colaborar con Acuña para obtener el sustento de su hijo, sino de la forma en que se necesitara para conseguir el alimento, la renta, en fin... lo necesario para mantenerse juntos)

tú siempre enamorada, (el amor se sostiene dentro de la confianza; Laura escribe: Y yo que vi en mis sueños el ángel del destino/ mostrándome una estrella de amor en el zafir; donde deja más que claro el estar enamorada. Acuña lo sabe)

yo siempre satisfecho, (acá Acuña, da muestra de saber que Laura lo amaba; y con "satisfecho", el poeta intenta señalar que los disparates vertidos por Prieto no le habían hecho mella; por lo trata de decirle a Laura que la razón por la que se quita la vida, no es por celos, sino sabedor que no se siente capaz para enfrentar la pobreza a la que conduce al hijo que Laura y él han procreado; pobreza que incluso pone en riesgo a su amada, dado que al no poder él con los gastos, ha impulsado a Laura a conseguir dinero para ayudarlos, volviéndola presa de personajes como Prieto; los cuatro versos siguientes muestra a la familia toda, junta, desde la voz y los ojos de su hijo:)

“los dos, un alma sola,

los dos, un solo pecho,

y en medio de nosotros

mi madre como un Dios!”

 

Dice Raúl Cáceres Carenzo que “Bien sabemos que los críticos suelen pasarse de listos o de oscuros”. Y así es como hemos transcurrido a través de esta historia, en este drama Laura Méndez-Manuel Acuña, recurriendo a fuentes, y ficcionando presa del romanticismo en el que nos hemos querido situar.

De esta relación amorosa, cargada de pasión, nos cuenta Cáceres Carenzo que, en la emotiva biografía de Manuel Acuña, escrita por José Rojas Garcidueñas, que las relaciones amorosas de estos dos poetas de nuestro romanticismo "parecen haber durado menos de dos años (l872 y parte de l873)". En los inicios de la pasión romántica que floreció entre ellos, Manuel tendría veintidós años y Laura diecinueve. Ya desde 1872, en el mes de abril, Acuña leyó ante los miembros del Liceo Hidalgo reunidos esa noche en el Conservatorio, el poema “A Laura”, que había sido ya divulgado en las páginas de “El Eco de Ambos Mundos”, una serie de tercetos endecasílabos encadenados en los que termina diciendo: “y que hallemos en ti a la mujer fuerte / que del oscurantismo se redime”. Y con eso es con lo que debemos quedarnos al hablar de Laura, con su capacidad intelectual, creativa, su fortaleza de espíritu que siempre la hizo seguir adelante.

Durante largas décadas, la de Laura Méndez ha sido una voz injustamente olvida por las memorias, diccionarios y recuentos poéticos nacionales. Leticia Romero Chumacero termina señalándolo de esta manera: “Sus piezas de crítica social, su destacada participación como representante de México en el extranjero, su nexo con los círculos literarios más importantes del país, su labor escritural de varias décadas, su feminismo y la admiración que suscitó, se disolvieron poco a poco. Fue tan estrepitosa (si vida y obra), que la mejor estrategia para silenciarla fue el olvido.”

Para terminar, tenemos que reconocer que justo ahora es cuando más nos debe llamar la atención el poema “Acuña” del maestro Marco Antonio Campos, que dice cosas como éstas:

“Ah paradoja aflictiva: Laura, la poeta de la época, se enamoró de él,

y él no la quiso, y él se enamoró a su vez de la inteligencia glacial,

de la piel lasciva y la figura cleopátrica de Rosario de la Peña,

que siempre pero siempre le marcó distancias”

 

para luego rematar con un muy sentido:

“Molido, raspado, gargajeado,

dejad en paz a Acuña, por Dios, dejadlo en paz.”

 

Yo añadiría: Y reconozcamos la obra de Laura Méndez Lefort. Leamos no solo su vida, leamos su obra, ese es su mayor legado. Reconocer a Manuel Acuña y a Laura Méndez como dos personajes creativos capaces, a los que el destino decidió juntar por tan solo dos años, colisionando en una tremenda y novelada historia de amor pasional; pero separemos su obra. Hacerlo nos permitirá reconocer la vida de este enorme poeta de 24 años, y reconocer la calidad vital de Laura, no solo como la mujer de la que se enamorara, y por cuya terrible relación no pudo caminar más sobre este “valle de lágrimas” en que siempre acabamos por coincidir; sino como la mujer que fue capaz de hacer sucumbir por la claridad de su pensamiento, actitud y obra literaria, a las grandes mentes literarias del final del siglo XIX y principios del XX.

Lo sucedido es triste en verdad. Pero más triste es el olvido en que se ha sumido la obra de Laura. Sin embargo, eso no puede hacernos olvidar que lo que Acuña nos regala no es solo su obra, sino esa capacidad de admiración por una mujer de una inteligencia incluso superior a la suya.

Una mujer que era capaz de dibujar en el poema una pasión mucho mayor que la del admirado poeta del siglo XIX. Porque el poema “Nocturno” de Manuel Acuña, que tanto ha sido leído y admirado por tantas personas, no es más que una caricatura, una mala copia, una respuesta apenas al poema “Adiós” de Laura Méndez Lefort, que le había removido tanto las entrañas, haciendo que el poeta se precipitara en una espiral de palabras que, si bien sí logra esbozarse como una respuesta, jamás tendrán la calidad del poema que Laura había escrito para dar por terminada toda relación con el padre de su hijo. Lo cual deja demasiado claro al reclamar con fortaleza: “La noche de la duda”; una duda que se anidó de tal forma en el poeta coahuilense que terminó por horadarle el alma y la cordura.

 

Referencias.

Bazant, Mílada. Una musa de la modernidad: Laura Méndez de Cuenca (1853-1928). Rev. hist.edu.latinoam - Vol. 15 No. 21, julio-diciembre 2013 - ISSN: 0122-7238 - 19 - 50.

Cáceres Carenzo, R. Laura Méndez la pasión y la voz. La colmena. Oct-Dic 2003. No. 40. UAEM.

Peza, Juan de Dios. (1982) Manuel Acuña íntimo. Publicado en “Cuadernos mexicanos”. Varios. Secretaría de Educación Pública. México. Páginas 1-32.

Romero Chumacero, Leticia. (2008). Laura Méndez de Cuenca: El Canon de la Vida Literaria Decimonónica Mexicana. En: RELACIONES 113, INVIERNO 2008, VOL. XXIX.

Romero Chumacero, Leticia. (2013). Laura Méndez y Manuel Acuña: Un idilio (casi olvidado) en la república de las letras. En: FUENTES HUMANÍSTICAS 38.

 

 

Leer en la pandemia.

Dr. Adán Echeverría.

Cuando vemos a tantos jóvenes ser reclutados por el crimen organizado, trabajando de halcones por todas las ciudades de México. Cuando el promedio escolar en este país es de 9.2 años, dejando la preparatoria en los primeros meses del primer año, la deserción escolar ocurre en un 25.9%; cuando el promedio de lectura es de 3.8 libros al año. Cuando el 40% de los jóvenes que cursan la secundaria consumen alcohol ocasionalmente, y casi el 46 por ciento de los estudiantes de preparatoria. En cuanto a la drogadicción en los jóvenes mexicanos, en los últimos 10 años ha habido un aumento del 250% en el consumo de drogas ilegales; y hay que recordar que México ocupa el primer lugar de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), en embarazo de adolescentes. Esta es la juventud de México en este 2020. Estos son los jóvenes al que le estamos heredando los grandes problemas de este país.

Es por eso que, los que nos dedicamos a la educación, los que trabajamos con proyectos relacionados con el arte y la promoción cultural, los que desarrollamos talleres de cultura, enseñamos alguna disciplina artística, impartimos talleres de literatura, tenemos un gran reto frente a nosotros. Hacer que algunos de esos jóvenes encuentren en la palabra, en la literatura, una posibilidad de encontrarse a sí mismos, y de poder expresar sus emociones, sus pensamientos hacia los demás, y lograr comunicarlos a los demás. Para ello una de las principales herramientas que tiene el aficionado a la literatura es Leer.

Imagínate un México donde el promedio de estudios fuera de 14 años, esto sería que la gran mayoría de los mexicanos tuvieran al menos el bachillerato y algún semestre de cualquier carrera: licenciatura o ingeniería. Si el promedio de edad para tener un hijo fueran los 28 años. ¿Usted considera que al menos esos dos factores fueran determinantes en tener una mejor sociedad mexicana? Los gobiernos municipal, estatal y federal deben de tener esto como objetivos en sus plataformas.

A nosotros, los escritores, los promotores de lectura, los talleristas, nos queda buscar que se aumente el porcentaje de libros leídos por los mexicanos. ¿Cómo? Evidenciando nuestro amor por la literatura, nuestro amor por los libros, por la capacidad lectora, de análisis. Un intelectual no es aquel que dice: ¡Soy un intelectual! ¡Nosotros los intelectuales! Un promotor de lectura no es el que dice: ¡Porque leo soy mejor que tú, y que otros! Un escritor no se preocupa por la fama, por decir: ¡He fincado mi carrera literaria! ¡Lo he logrado! Un escritor es aquel que ante todo es un gran lector. Aquel que sabe que en el silencio se encuentra la sabiduría. Es aquel capaz de entender al otro, de estudiar su tiempo, para poder plasmarlo en sus personajes, en la voz de sus hablantes líricos.

Por ello se hace necesario un Reto Lector, que impulse hacia arriba el promedio de lectura del mexicano. Ese reto es que todos los que decimos que somos escritores, tengamos la capacidad de leer al menos 12 libros al año. Ni uno menos. Y compartir con los nuestros el gusto por los libros, nuestros comentarios de nuestras lecturas.

Es por ello que ahora, al 6 de junio de 2020, puedo decir que ya me estoy poniendo al día en la lectura, y en este reto lector del que les he hablado. Por ahora he tenido oportunidad de leer: 1. El extranjero, de Albert Camus. 2. Mañana tendremos otros nombres, Patricio Pron, 3. Pálida luz en las colinas, Kazuo Ishiguro. 4. El club de la pelea, Chuck Palahniuk. 5. La virgen de los sicarios, Fernando Vallejo. 6. Noticias del Imperio, Fernando del Paso. 7. Satán en Goray, Isaac Bashevis Singer. 8. Sula, Toni Morrison; 9. Llevo ya 300 páginas de: Carlota. La emperatriz que enloqueció de amor, de Laura Martinez-Belli; y 10. Llevo ya 98 páginas de Vergüenza, de Salman Rusdie.

¿Y tú cómo vas con el reto de leer al menos 12 libros al año? Aumentemos el promedio de lectura en México. ¡Súmate a esta propuesta, y tengamos un país más ilustrado!

 

Lo que hay detrás de la vergüenza.

Adán Echeverría.

 

 

“el poder de la Bestia de la vergüenza no puede ser contenido mucho tiempo

en un solo marco de carne y sangre, porque crece, se alimenta y se hincha,

hasta que su recipiente estalla.”   Salman Rushdie.

 

 

Vergüenza es una novela de Salman Rushdie (escritor indio-británico nacido en Bombay en 1947), y fue publicada en 1983. En ella el escritor reúne la vida de tres familias, que en diversos momentos toman el poder/gobierno de Pakistán o viven cercanos a él. “Sabido es que el término Pakistán, un acrónimo, fue ideado originalmente en Inglaterra por un grupo de intelectuales musulmanes. P por los punjabíes, A por los afganos, K por los cachemiros (kashmiris), S por Sind y el ‘tan’, según dicen, por el Beluchistán., señala Rushdie dentro de la obra.

Sin embargo, al leer la novela uno cae en cuenta de la similitud que se tiene con todos los países que con el tiempo se han ido liberando del colonialismo europeo, para caer ante gobiernos que lo único que han perseguido es obtener riquezas al ostentar el poder, países de África, de América Latina, regiones de Asia, la Europa oriental.

Si hacemos a un lado la violencia, los arrebatos, el machismo, los fanatismos religiosos, podemos observa el punto central de la narración. Esta cae sobre Sufiya Zinobia, el milagro que salió mal, “era el bebé más pequeño que nadie había visto jamás”; al que con el tiempo denominaron Vergüenza; la idiota cuyo cuerpo crecía más rápido que su mente (algo limpio, en un mundo sucio, comenta el narrador). Todo debido a la encefalitis. Ella siendo bebé era capaz de quemarle las manos a quienes le tocaban la piel, se “sonrojaba” y hacía que todo ardiera, la temperatura en su piel aumentaba a tal grado que hacía hervir el agua cuando la bañaban. Sus padres avergonzados de ella decidieron tener otro hijo y abandonarla al cuidado de la ayah. “Su madre le decía a los parientes congregados: ‘Lo hace para llamar la atención. Ay, no saben lo que es esto, el jaleo, la angustia, ¿y para qué? Para nada.’ (…) Los idiotas pueden darse cuenta de esas cosas.”

Y la chica fue creciendo así, bajo el cuidado de su ayah, en el abandono de sus padres. Su madre cada vez sintiéndose más avergonzada de su presencia decide dedicarse a su segunda hija, consintiéndola en todo, al grado de que la hermanita se vuelve otro personaje que injuria y maltrata a Sufiya Zinobia. Su padre luchando como el general que era, y buscando tomar el poder del país, hace oídos sordos, ha tenido dos hijas, ningún varón que perpetuara su sangre.

Rushdie nos cuenta como, desde la pequeña prisión de su mente de tres años en un cuerpo de niña de 12 años, se desató la furia, al percatarse que su madre se sentía indispuesta por las aves domésticas que caminaban todo el día haciendo escándalo alrededor de su casa; la niña escapa de casa y castiga a las aves: “les había arrancado la cabeza y luego había hundido las manos en sus cuerpos para sacarle las entrañas por el cuello con sus manos diminutas e inermes.”

Estas dos primeras escenas de la violencia de la pequeña Sufiya Zinobia se presentan como esa metáfora de la opresión constante sobre las minorías. Ésas que son ofendidas todos los días por el racismo, el clasismo, la intolerancia. Recientemente hemos sido testigos del asesinato de George Floyd en los Estados Unidos, y vimos por la televisión como la furia del oprimido se fue levantando para reclamar, para romperlo todo, para quemarlo todo. Lo hemos visto en la CDMX, luego de que publicaron las fotografías de una joven desollada en la prensa de nota roja. Las mujeres salieron a romperlo todo. ¿Y qué esperaban?

Vivir sumido en la vergüenza, vivir soportando la opresión del poderoso, de los gobiernos sobre sus gobernados, no es más que abono para hacer que todo termine por explotar. Esa es la gran metáfora que Rushdie nos presenta en esta obra. La violencia de Sufiya Zinobia, una niña que nació con encefalitis y que fue abandonada por todos. Incluso por aquella nana que decía quererla, y cuidarla.

Una niña, todo niño, que desde el nacimiento es lastimado, abandonado, violentado, abusado, acusado siempre, al que se le dice todo el tiempo “no sirves para nada”, va creciendo gracias a su instinto de supervivencia, haciéndose bestia para sobrevivir, cargados de violencia, ajenos a la reflexión de sus actos, que jamás les fue enseñada. ¿Y pretenden que sean responsables de sus actos?

Miércoles, 15 Abril 2020 02:28

A través de los días. / Adán Echeverría. /

 

 

A través de los días.

Adán Echeverría.

 

 

“la separación entre dos personas ya no se producía

necesariamente en el ámbito físico sino en el de la atención”.

Patricio Pron.

 

Lo que nos separa de los animales, dicen los fanáticos, es el alma. El alma termina siendo la conciencia. La conciencia se desarrolla por pensamientos, los pensamientos no son más que el recuerdo de las palabras que usamos para definir las cosas y que nos fue enseñado, e intentamos aprender lo mejor que pudimos. Lo que nos separa de los animales no es el lenguaje (los animales todos tienen lenguajes y se comunican entre sí), sino el lenguaje escrito, la capacidad que hemos tenido para perpetuar los significados que queremos transmitir. Nos pueden someter al aislamiento, nos pueden encerrar, pero nuestros pensamientos y nuestras capacidades nos continuarán permitiendo escribir para perpetuar nuestra memoria. Los escritores por ello son inmortales, y permiten que aquellos a los que conocen y conviven con ellos trasciendan el tiempo, más allá de la muerte. Recientemente alguien me preguntaba: “¿Me extrañarás cuando ya no esté en este mundo?”, mi respuesta apenas fue un chiste: “Claro que no. Ni siquiera tengo fotos tuyas para alimentar el recuerdo. Además, nadie te extrañará más de dos horas”. Y sin embargo me quedan las letras. O me quedan aquellas palabras que he escrito sobre aquella persona. Ese pedazo de tiempo detenido que se mantendrá en la mente de los otros que lean mis escritos. Conocer a alguien es habitarlo y dejar que su historia forme parte de tu vida. Ilusos los mortales que creen que sus propias historias les pertenecen, y se atreven a contarlas.

Así llegamos una semana más, para paladear lo que los jóvenes de Matamoros están escribiendo. Toca el turno de conocer algo del trabajo de Édgar A. Rivera.

 

Tavo. Capítulo II. (fragmento de novela)

Permanecía sentado sobre ladrillos rotos, con las ropas blanqueadas por el polvo que se levantaba. La espalda, los brazos y las piernas le dolían casi tanto como las manos, pero nada de eso importaba. A unos pasos de él, en un hueco entre el escombro estaba el rostro sin vida de su madre, con la frente cubierta de sangre y los ojos apagados, viendo hacia la nada. La gente se movía alrededor de él, cargando trozos de concreto, afianzándose en palancas a partir de las mismas varillas que recogían de entre los escombros, haciendo lo posible por remover los pedazos del edificio para liberar a sus familiares, sin la certeza de si pudieran encontrarlos o de si aún siguiesen con vida. Algunos daban de gritos y pedían ayuda, pero Tavo no los escuchaba. Permaneció ahí, quieto, poco más de una hora. Sin notarlo se puso de pie y caminó lejos, inconsciente de sus pasos y sin destino alguno.

Anduvo por entre los caminos de la favela que aún se encontraban libres o por sobre los hogares de cartón y lámina derrumbados. A todos lados se veía la misma escena de personas heridas, llorando, buscando a sus familiares o tratando de rescatar alguna pertenencia, ya fuera de sus casas o de las de alguien más. Pero Tavo no procesaba nada de lo que ocurría, en su mente vislumbraba el día que su padre los dejó, y la promesa que hizo a su madre de cuidarla, la veía agachada lavando la ropa y a su hermanita traer los botes de agua, y una y otra vez, reaparecía el rostro estoico y frío de su madre entre las piedras.

Así anduvo por largo rato hasta que una botella de vidrio estalló en una pared frente a su cara y volvió en sí. Frente a él, uno hombre maduro, vestido de azul y con chaleco antibalas daba de manotazos y patadas al aire, desesperado, sin atinar a nada. Gritaba clamando por socorro mientras trataba huir de sus agresores, pero nadie respondía, no había rastro de sus compañeros. El grupo de jóvenes lo acorralaba y atacaba por turnos, escupiéndole, insultándolo y arrojándole objetos cada cuando. El federal tropezó y cayó a los pies de Tavo, sujetándolo del pantalón, lloriqueando y suplicando su ayuda. Tenía los ojos cubiertos de sangre con vidrios clavados en las cuencas y olía mal, a orina, mierda y solo Dios sabe qué más. Los jóvenes se abalanzaron sobre el caído tundiéndolo a patadas. Uno de ellos se lanzó sobre Tavo con empujones.

—¿Tú qué puto? ¿También quieres una madriza o qué vergas?

Tavo retrocedió con las manos alzadas a la altura de la cabeza, todavía sin habla y sin entender bien qué era lo que ocurría. Uno de los agresores, lleno de rabia, sacó una navaja y la clavó en el cuerpo del federal, mientras la víctima lloraba y gemía, pidiendo clemencia cada vez con mayor dificultad hasta que dejó de moverse. El homicida refunfuñó y enterró el cuchillo un par de veces más, buscó a su compañero con la mirada y se percató de Tavo, que observaba la escena, absorto.

—¿Este pendejo qué quiere, vino a defenderlo o qué chingados?

—¡Contesta imbécil! ¿Eres amigo de los policías?

Comenzaron a rodearlo, poseídos todavía por el hambre de violencia, cuando al tipo de la navaja le atravesó las sienes una bala. El estruendo del primer disparo retumbó sobre ellos y el segundo los hizo correr. Un federal doblaba una de las esquinas descargando su rifle sobre los jóvenes que corrieron despavoridos, hirió al menos a otros dos, antes de que alcanzaran a huir. El policía se acercó al cuerpo de su compañero, horrorizado al ver su rostro. Buscó su pulso y confirmó lo que ya se imaginaba. Tavo permanecía a unos metros de la escena, paralizado. El policía lo miró a los ojos y levantó el arma, apuntándole.

 

DESTRUIR LAS UNIVERSIDADES.

Adán Echeverría.

No logro entender el pensamiento de aquellos personajes que, dentro de la estructura de una Universidad, (la mayoría de las veces en altos puestos: rectoría, alta dirección, consejo universitario, administración), buscan enriquecerse a costa de la realización de los Proyectos o Servicios que los Profesores Investigadores han desarrollado.

Aparecen las Convocatorias del Conacyt, o de cualquier otro Organismo que busque impulsar mediante licitaciones, el desarrollo de un Proyecto, o la Realización de un Servicio. Los Profesores Investigadores usan su intelecto, su experiencia, para poder desarrollar todo lo que requiera dicha Convocatoria, la Licitación; esfuerzo que no es poco, tiene que surgir de una idea, que se va desarrollando, cumplir con todos los requisitos para desarrollar una Propuesta Técnica y una Propuesta Económica.

Y todo para que el Director del Centro de Investigación, o de la Facultad de dicha Universidad detenga su pensamiento en: ¿Cuánto dinero va a recibir la Universidad? Y lo que es peor, para que comiencen a hacer las cuentas de: "En verdad dime, de lo que has presupuestado, cuánto es lo mínimo con lo que podrías hacerlo". Se trata de mochar los presupuestos de los Servicios o de los Proyectos. Dinero que al final se repartirán entre dichas autoridades, sus familiares, sus amigos con los que siempre buscan tranzar.

Los proyectos, que se vayan al diablo, los servicios que no sean de calidad. Nada importa para estos personajes que tan solo viven la vida en busca de “a dónde puedo irme a pasear con mi esposa”. Lo trágico, y lo hemos observado una y otra vez, es la cantidad de alimañas que viven pegados a dichos presupuestos: Esposa de los Directores, Suegras, Consuegros, Hijos, Tíos, Primos, e incluso amantes de dichos personajes. Todos sacando raja de los presupuestos que el Conacyt puede asignar para la realización de un proyecto.

“El pecado al alma es el pecado más grande”, dicen por ahí. Yo digo que el robar a un colegio, escuela, kínder, guardería, prepa, universidad, centro de investigación, es el peor robo que puedes hacerle a una sociedad, a la humanidad. Destruir el capital de un centro de conocimientos, formador de infancias, juventudes, profesionistas, es el peor robo que un ser humano puede hacer. Un robo en el que pretenden que no pasa nada, que no le roban a las personas, pero le roban al gobierno y entonces su robo es peor, le roban a todos; ésto termina afectando no solo el prestigio de los investigadores, sino a los propios centros de investigación, a las propios colegios.

El estigma de una Universidad o un Centro de Investigación que tiene los precios de sus servicios muy altos, fuera de mercado, o que no cumple con los tiempos que tiene establecidos, o que despide y contrata investigadores y profesores, pensando en tener cómplices y no trabajadores honrados, termina por pasarle factura a las mismas Universidades. Es penoso tener que conocer Directores de Centros de Investigación que la vida apenas se les va en fantasías y sueños respecto de los Millones que quieren ganar año con año, explotando el nombre de las Universidades. Es penoso, pero es muy real.

Ocurre con demasiada constancia. Mercenarios que se presentan a las Universidades con Ideas de Centros de Negocios que solamente funcionan en sus cabecitas locas, y con el que

pretenden engañar a la Comunidad Universitaria, hasta que deja de caer dinero, porque han bloqueado —por sus malos manejos— las oportunidades de los Centros de Investigación ante las Financiadoras Gubernamentales como el Conacyt. Una forma muy fácil de hacerlo, es evitar firmar cualquier documento que hable de dinero. Y esto lo logran haciendo que otros sean los que firmen.

Es una tragedia conocer a estos personajes, que forman parte de Esa Fauna de la Corrupción que se ha ido generando bajo las normas del Neoliberalismo: jode a todo quien puedes, enriquécete, se el cínico que necesitas ser, y jamás sientas remordimiento alguno. Tú eres lo máximo, tú eres el que lo merece todo, usa tu ingenio para engañar a todo el que puedas; si alguien es engañable, no merece que lo respetes, úsalo y destrúyelo cuando tengas la oportunidad; quédate hasta con sus despojos que pueden volverse lucrativos si logras reconocer el negocio y la oportunidad para venderlos también.

Bajo estos ideales es que se ha educado a estos personajes. Educación que las más de las veces ocurre en el ámbito de la política mexicana: brinca de un negocio a otro, miente sin remordimiento, hazte de todo el dinero que puedas, reparte con tus amistades, cállale el hocico a tus enemigos a billetazos.

Así son estos personajes, pintados de pie, y están ahí, en las oficinas administrativas de muchas universidades, en los colegios, sangrando a los profesores, sangrando a los alumnos. Por ello muchos alumnos se suicidan por eso en las universidades corre tanto el acoso sexual sin desenfreno, por eso se venden drogas en los Campus universitarios, preparatorias, secundarias, primarias; a los directivos no les interesan los alumnos, solo el negocio que su inscripción en el colegio representa. Muchos de esos directores solo pretenden obtener dinero y pocas veces se preocupan por el alumnado o la calidad de los Servicios que ofrecen los Centros de Investigación de dichas universidades.

Son una pena.

 

 

compilación de textos de escritores nacidos o radicados en Matamoros,

Tamaulipas en 2019 / PARTE 2 /

 

Beatriz M. Mérida

Beatriz M. Mérida. Poza Rica, Veracruz, 1980. Radicada en Matamoros desde 1995. Licenciada en contaduría. Asiste al Taller Literario del Instituto Regional de Bellas Artes de Matamoros. Ha publicado cuentos y poemas en periódicos de la localidad de Matamoros.

 

 

 

 

Tarea Munchausen

Cierro los ojos y puedo recordar aquella vez que la tuve en mis brazos; su suave olor a lechita agria, los carrillitos tibios, su pequeño cuello que podía sostener con una mano, y el tono rubio en su vellosidad de recién nacida; apenas podía con mi entusiasmo, mi mano libre temblaba. Exhalé profundo y sumergí la punta filosa en el rollito michelín que tenía por brazo. La cantidad exacta de miligramos, no más, el resto es sólo paciencia.

Meses antes, estando de compras me había encontrado un adorno de pared en el departamento de bebés, era la silueta de un árbol con unas manzanas desprendibles; en cada manzana se coloca la foto del bebé y éstas a su vez adornan las ramas del árbol. Era perfecto para mi cuarto.

La nena de los carrillitos tibios era la segunda de mis víctimas y merecía un lugar en el árbol de la muerte.

Por eso cuando el profesor nos encargó de tarea escribir sobre “Dos niñas aparecen colgadas en un mismo árbol”, mi corazón latió muy fuerte, estuve a punto de pararme y salir corriendo.

Estar ahí no era casualidad, pasaba muchas horas en el hospital y el doctor recomendó una actividad ajena a mi servicio como enfermera:

—Es usted muy dedicada pero no puede seguir trabajando tanto; “escritura terapéutica” eso es lo que le recomiendo, inténtelo.

Y aquí estoy, viendo a mis compañeros del taller de escritura frente a mí, que atienden la clase atentos; y yo tengo que poner una mano en mi boca, tengo que cubrirla, no quiero que vean que no puedo parar de sonreír.

 

 

 

Alondra tiene una fobia

Le teme irracionalmente a la sangre y las heridas. Este padecimiento se llama Amicofobia. Pero si tienes la oportunidad de tratarla puedes incluso decir que es una chica normal.

Es sociable por naturaleza y suele saludar con una sonrisa; nunca se olvida de dejar algunos huesos en la banqueta para algún perro callejero y da una buena propina a los señores del camión municipal cuando entran a recoger la basura. Por la tarde, puedes encontrarla en el patio del vecindario o de casa en casa vendiendo productos de Avon. Y si eres “buena paga” nunca se olvida de indicarte las ofertas en el catálogo del mes.

Sin embargo, Alondra tiene un secreto. Su padecimiento se remonta a su niñez, de muy joven fue testigo del amor que se prodigaban sus padres y es que sus padres desde la primera mirada se amaron mucho. Pasaron más de 8 años juntos, pero ninguno de ellos fue un año aburrido: es verdad que hubo desacuerdos, pero también hubo reconciliaciones; alguna vez hubo peleas, pero también hubo pasión; claro que hubo rasguños y bofetadas, pero nunca se perdió la ilusión; había empujones, pieles rasgadas, moretones, la vida, la muerte; pero todo esto aderezado siempre de amor. Sin embargo, nada es para siempre y hasta lo bueno acaba.

Una vez el padre dejo de asistir a sus tormentosas noches. Y la madre, con la esperanza penelopesca en aquella interminable oscuridad, se esforzaba por mantener despierta a Alondra para que alguna de la dos oyera los portazos que daría el buen hombre anunciando su llegada.  Alondra no siempre lograba mantenerse despierta y entonces la madre la animaba a empujones, moretones y si hubiese sido necesario, la muerte. Pero al fin llego la muerte de la madre antes de acabar con la hija.

Desde entonces Alondra que ahora vive sola, no puede resistir el menor rasgullo en su persona sin sentir náuseas, mareos y unas ganas incontrolables del desmayo. La sangre, aunque sea ajena le produce un hormigueo salvaje en la piel y los moretones varias veces han estado a punto de hacerla gritar descontroladamente. Sin embargo, desde hace varios meses su problema es otro y tiene nombre: La señora Dolores.

Dolores Aldape le debe varios productos que no ha querido pagar. Y cuando raras veces Alondra la confronta, se atreve a difamarla diciendo que vende cremas que queman la piel y que está mezclando cosas extrañas a las lociones para realizar un envenenamiento hipoalergénico con el fin de eliminar al vecindario entero.

Alondra, que al respecto se mantiene callada y discreta decidió que hablara conciliadoramente con la señora Dolores. Pero mientras toca la puerta, la señora que la ha visto por la ventana la va a recibir con una bofetada.

Lo que Dolores no sabe pero que a ustedes lectores se los aviso, es que Alondra acabara por estallar. Y esta noche, provocada por Dolores, Alondra enfrentara sus miedos en un desahogo que acabara en una fiesta de sangre y desmembramiento. Pero para aquellos lectores que puedan tener Amicofobia hasta aquí relato los hechos.

 

 

 

La flaca

Con el café apenas me mojaba los labios con tal de verla. Entrar a esa cafetería gourmet todos los días era un lujo que no me podía dar siendo un estudiante que apenas tenía para irla pasando. Pero ver a la flaca paseándose por todo el salón, bien valía la pena, aunque tuviera que fingir por un momento, que no me interesaba su faldón rojo moviéndose de un lado para otro, subiendo las escaleras rumbo a la segunda planta de la cafetería, o el discreto bamboleo de sus pechos mientras bajaba a brincos con un trapo en la mano después de limpiar una mesa. Me gustaba todo de la flaca, sus ojos grandes e inquisidores que parecían dispuestos a desenredar todos mis secretos incluso en un ejercicio tan sencillo como era tomarme la orden; su cabello corto despeinado que le permitía mostrar con descaro un cuello esbelto y unas clavículas muy marcadas, yo no necesitaba mucho, ver la desnudez de sus clavículas era suficiente para imaginarla completamente desnuda, así: flaca. Su cuerpo era elástico, sus brazos parecían aumentar su tamaño cada vez que se estiraba para bostezar, sus hombros huesudos no se escapaban de mis besos imaginarios, su cintura breve podía caber entre mis dos manos o aquellas piernas largas y bronceadas que se asomaban de vez en cuando debajo de su falda gitanesca. Sabía de buena fuente que el sol de marruecos la había tostado así pues acaba de llegar de España, sus clases de intercambio terminaron y volvía a la dura realidad del estudiante que si no trabaja no come. Y ahora estaba ahí de mesera para mí, por lo menos para mi imaginación que no paraba de cogérsela en los bares, en el cine, en los callejones, en las aulas, incluso mis chaquetas mentales la habían penetrado hasta en la cocina de mi casa.

La casa en la que hacía ya un mes que no conseguía un compañero que me ayudara con la renta, la casa en aquel callejón del que me escabullía cada vez que la casera amenazaba con correrme si no encontraba con quien vivir. Las visitas a la cafetería se acomodaban a mi rutina como un consuelo para el regreso a mí dormitorio. Y aquella noche no fue la excepción. subir las escaleras, esquivar la luz de la lampara, meter la llave con sigilo para que después de tanto esfuerzo se abriera el portón de la casera y asomara la cabeza y su voz chillona:

—Ni te esfuerces, ya me hice cargo yo de conseguir quien se quede en la casa, nada más no te pongas tus moños porque si no lo hago yo tu no…— sentencio la casera.

No sé qué seguía después de eso tan sólo buscaba encerrarme en mi cuarto lo más pronto posible, antes que el nuevo inquilino descubriera que estaba ahí, no tenía humor para fingir una sonrisa.

Justo eso pensaba al pasar frente al cuarto vecino, cuando de la puerta abierta sale la voz de la flaca que despreocupada me muestra su torso desnudo, en pantaletas, el rostro embadurnado en crema y su mano tirante para saludarme.

Ella dice: ¡Hola! ¿Entonces tú eres mi compañero de casa, no sé, me da la impresión de que ya te había visto antes?

Yo no puedo articular palabra, me olvido de sus clavículas y mis ojos descienden fluidamente a sus pechos.

 

 

 

Troca pesada

“…todos tienen premio, todos…”

Emiliano Pérez Cruz

—Se lleva la “troca más chingona”— así me dijo aquel hombre, mientras me entregaba las llaves de la camioneta que acababa de comprar. Había escogido la “Troca más grande y pesada”, para limpiar de alimañas a mi barrio, así pensé, mientras sostenía el volante por primera vez. Ejecutar y huir, tenía que ser en tiempo récord, porque en cuanto descubrieran que yo era quien había matado a esos tipos, vendrían por mí. Todos estaríamos condenados.

Ellos ya lo estaban, lo estuvieron desde que compraron su primera camisa “polo” imitando al narco de moda; lo estuvieron cuando aceptaron su primer radio para trabajar con “la compañía”; mientras las novias orgullosas, publican agradecimientos a “la santa”, por su entrada a las grandes ligas.

Uno de ellos, con el que había comenzado todo: lo había visto subir estrepitosamente su carro en la acera. Fui testigo de cómo a gran velocidad embestía a una mujer que acabaría entre las llantas de su Mustang. El mismo sujeto asustado que fuera huyendo, era el mismo que horas después sacarían de la cárcel, tal como aparecía en el periódico aun con la mirada torva por lo drogado que estaba. De la mujer nada se dijo, solo un seudónimo “N” y la imagen de un cuerpo cubierto con plástico negro, sería su último recuerdo en mi memoria, en una memoria que recolectaba imágenes parecidas de la nota roja.

Y ahora él estaba ahí, justo frente a mí, en la esquina de mi casa como cada mañana con el “cambio de guardia”. Lo sucedido no había modificado nada. Aquel hombre cruzaba la calle para echarle un vistazo a los “huachicoleros” que se apostaban en un punto de gasolina clandestina.  Debí disimular, debí dejarlo ir un poco más, de ese modo nadie se daría cuenta o para cuando lograran descubrirlo atropellado, yo ya estaría lejos. Pero no fue así, la tentación era demasiada. De pronto me pregunté ¿Por qué solo uno? Mejor dos, mejor todos.

Dos eran los tipos que se hallaban en la Ben despachando, uno de ellos desde afuera de la camioneta vigilaba por rutina. El tercero era un comprador, ¿una víctima involuntaria? Un daño colateral me dije con ansiedad. A un metro de ahí, en un carro de cuatro puertas, la mujer que acompañaba al comprador cargaba a un niño de meses mientras se hallaba absorta arrastrando el dedo por la pantalla de su celular. Tres niños en los asientos de atrás jugaban y reían de cosas sencillas que solo los niños entienden. Aun con todo, y eso lo tenía claro, tarde que temprano: todos estamos condenados.

Entonces todo fue más fácil. Pisé el acelerador y me fui de frente hacia el primer hombre desapareciendo bajo la defensa. La troca siguió su marcha y me estrelle directo contra la Ben; el que vigilaba alcanzo a correr, los que estaban dentro se fueron de bruces contra el parabrisas del comprador. El comprador fue el más lastimado, lo prensé entre la camioneta y su carro mientras su mujer gritaba asustada, él bebe parecía como dormido y a los niños ya no los volví a ver.

A pesar del aturdimiento intente seguir con la idea de chocar mi troca contra otras personas que provocaban mi asco, pero no pudo ser la camioneta se negaba a prender. Alrededor de mí un grupo de personas intentaba comprender si solo había sido un accidente, si estaba borracho o qué pasaba.

Un hombrón envalentonado de esos que siempre abundan fue el primero en manifestar su indignación con una patada a mi camioneta; otros más comprendieron que esta era la señal para volverse hacia mí, furiosos. Entonces me pregunte un absurdo ¿Real, que es lo real? Y yo mismo respondí mentalmente: lo real es el dolor agudo cuando alguien te da un puñetazo y de pronto un puntapié en el estómago (y eso no lo encuentras en los libros), todo era más real, cada vez más, los gritos, el ulular de una patrulla intentando mi rescate. Alguien me tomo del cabello, un dolor intenso fue suficiente para sacarme de mi divagación.  Después de varios golpes y mordidas supe el significado esencial de la palabra Tupido. Pensé que se habían cansado porque sentí derrumbarse mi cuerpo.

Y entonces recordé lo silencioso que era mi patio por las tardes; los árboles crujiendo en sintonía con el viento; la luz del sol poniéndose, resaltando las letras de un libro en mis manos, un libro que te hace creer en el bien y el mal. En donde tú puedes ser el héroe al que nadie puede detener si lucha por sus ideales.

No conocía personalmente a ningún vecino, pero no importaba mucho porque mis constantes viajes no permitían muchas cercanías, había estudiado fuera y ahora era un extraño. Sin embargo, estaba enterado de lo que pasaba en mi barrio y lo que pasaba en la ciudad. Y en mi impotencia me creía diferente. Esta ciudad y el sol que lastima, esta ciudad y el viento que calma las heridas, esta ciudad y nosotros simulando indiferencia.

Ahora me encuentro aquí tirado y no escucho, creo que una patada reventó mi oído. No importa, de todos modos, en unos instantes estaré muerto. Lo sé porque los policías han llegado y no hacen nada por soltarme de las garras de la muchedumbre, hablan de algo gracioso que les paso en quién sabe dónde, hacen señas con las manos de lo bien que la pasaron, el compañero no le cree, el primero le jura con la mano en señal de cruz. Apenas se asoman por entre la gente, pero discretamente esperan a un lado.

Lo que veo más cerca es la cara de dos mujeres, una de ellas es la mujer que estaba en el carro arrastrando el dedo por la pantalla, ahora está grabando con su celular mientras me golpean, su satisfacción es mayor a su indignación o por lo menos así parece. La otra no la reconozco de ninguna parte, pero al igual que los hombres viene dispuesta a partirme el cráneo, está alzando una piedra y entonces… Y entonces apenas tengo tiempo para recordar la calidez de mi hogar y el olor a hojas nuevas de un libro.

 

 

 

Muy de mañana

Tenía un buen rato que los habían colgado. Sus verdugos entraban y salían del cuarto frio acostumbrados al cambio de temperatura. A tres los metieron dentro del camión, aquellos cadáveres ya no saben lo que es el dolor mientras brincan en aquel piso sucio, ensangrentado. Los llevan al otro lado de la ciudad mientras comienza a salir el sol. Los ejecutan muy temprano para que los cuerpos puedan aguantar el viaje, pero también porque es un horror oír sus chillidos ante la muerte que siempre se presenta lenta. Y es mejor hacerlo así, cuando la ciudad duerme e ignora.

Para cuando llegan a la carnicería Martin ya está ahí viendo llegar el camión y aun con sueño espera paciente las indicaciones. El patrón sale a recibir a los recién llegados, no siempre está de buenas, este es un día de esos, llega directamente a recriminar, le preocupa la hora, le molesta el aspecto, le molesta cuando tiene que sacar dinero de su cartera.

Martin que por el momento es ignorado, prefiere alejar su pensamiento de ahí. Entonces imagina una casita pequeña con techo de lámina, muy cerquita de donde le gusta pescar con sus amigos de la cuadra. Recuerda que tienen que ir casi de noche para poder llegar cerca del mediodía; entonces, cada quien trae lo que puede y todos comparten el almuerzo mientras comienzan a tirar los anzuelos. El grito del patrón lo interrumpe, a gritos lo intenta convencer de que es un retardado, que tiene cara de idiota, que su madre es una chingada. Y Él, para demostrar que nada de eso es cierto se sube a la bicicleta para repartir los pedidos, más por alejarse de ahí, menos por seguir las órdenes. El día comienza y algunas veces sueña con tener una casa como las que visita: de amplio espacio, grandes bardas, camionetas enormes y vidrios polarizados. Otros días tan solo se conforma con imaginar, algún día muy de mañana, ver colgado a su patrón, como a los puercos que llegan a la carnicería.

 

 Por fin me animo

Y por fin me animo y digo:

—Me gustas, Blanca.

Me mira profundamente por dos segundos y comienza a ponerme el condón y entonces me dice: el precio es el mismo de todos modos.

No puedo evitar un suspiro y acaricio su cabello: —estuve pensando en ti, pero no me había animado porque aún no pagaban.

Ella solo responde con una carcajada y se sube a la cama.

Se ha soltado el cabello, se lo alisa presumiendo uñas postizas, el olor a sudor se mezcla con la fragancia de moda entre las demás mujeres, aunque en ella siempre es adictivo.

Me sumerjo en cuerpo y mente sobre su espalda.

Ella después de dos intentos alcanza su bolsa CK

La volteo boca arriba para besar sus labios; ella hace muecas y me mira con fastidio.

Quisiera que esa media hora se alargara porque el dinero no alcanza. La descubro mirándome de reojo, finge no importarle; por fin encuentra su celular y comienza a arrastrar el dedo por las redes. El final de la transacción se acerca y por primera vez ella suspira por mí.

Terminamos, su ropa, mi ropa y los que están detrás de la cortina me dicen que se acabó el tiempo. La chispa en sus ojos escapa y le vuelve la sombra de la incertidumbre. Yo salgo esperando el siguiente viernes para volver a mirar a mi Blanquita.

 

 

 

Brissa Ochoa

Brissa J. Ochoa Camacho. H. Matamoros, Tamaulipas. 1990. Profesora egresada de la Escuela Normal J. Guadalupe Mainero. Participa en el Taller de Creación y Apreciación Literaria del Instituto Regional de Bellas Artes de Matamoros.

 

 

 

 

 

 


 

 

Hombre wayak’

—Si alguien me preguntara desde hace cuánto habito este lugar, no sabría qué contestarle. A alguien (o “algo”) como yo, el concepto de tiempo le termina siendo vano. Podría decir que he visto nacer y morir a cientos de árboles y que, desde que tengo razón, he jugado con el viento, el agua, la tierra y todo lo que en mí pueda existir. Pero si me preguntaran desde hace cuánto soy el hombre wayak’ diría que desde hace diez días.

Fue ese aroma, así inició. Llegó de la nada para envolver y eclipsar cualquier otro. Dulce, suave, ácido, intenso… lo seguí mientras intentaba descifrarlo, y cuando al fin encontré el origen del cual provenía, no pude hacer más que contemplar. En un principio no me pareció algo extraordinario. Conocía a los de su especie, al hombre. De vez en cuando merodeaban en grupo por mis alrededores y cazaban a mis animales; pero ella tenía algo diferente, hipnotizaba y cuando lo advertí ya era tarde.

Su oscuro cabello le caía en finas ondas hasta la cintura, balanceándose a la cadencia de sus pasos que, a su vez, iban dejando una débil huella sobre la tierra humedecida de aquel sendero. Su complexión, delgada y ágil; y esos ojos brillantes color ámbar que contrastaban con su piel cobriza, despertaron en mí algo que pensé destinado solo para otros.

 Habría caminado un buen tramo desde que yo la observaba, parecía alerta, y poco a poco sus delicados movimientos fueron adoptando un singular recelo, hasta que no dio un paso más. ¿Quién anda ahí? preguntó y recorrió con la mirada el lugar esperando una respuesta, pero allí no podía haber nadie para contestarle, no sin que yo lo hubiera percibido antes. Será mejor que salgas de tu escondite advirtió. Y por un momento, pensé en la posibilidad de que me estuviera hablando a mí, que supiera de alguna forma de mi presencia, que la observaba, pero ¿Sería eso posible?

Continuó su camino y se desvanecieron mis dudas mientras ella seguía adentrándose cada vez más hasta que la noche se lo impidió. Fue ágil al encontrar refugio, más que cualquiera que hubiera visto antes. Y ahí se quedó dormida, entre los nocturnos susurros del lugar.

Pasaron los días, y para entonces ya me había acostumbrado a su aroma. Fui su acompañante en largas caminatas, su protector, su público, su servidor, su. Y así estuvo bien durante un tiempo. Hasta aquella ocasión en que la vi desnuda, cuando se encontró con un brote de agua de rocas y comenzó a desvestirse. No tardó mucho. Una a una, sus prendas cayeron sobre la tierra mientras se acercaba apresuradamente al agua. Al llegar al borde ya nada la cubría, sin embargo, se detuvo. Y acarició su mejilla con el dorso de la mano mientras se veía reflejada en el manantial.

Su piel se erizó al primer contacto con el agua helada. Se sumergió y me sumergió por completo. Lo que tenía, a lo que estaba destinado, ya no era suficiente. ¡Quería ser un hombre! Y bajo una condición, con ayuda del viejo jorguín, me convertí en uno. En el hombre Wayak. Tardé tres días en tenerla de frente, y siete en hacerle el amor. — le dijo él mientras la abrazaba por la espalda, atento.

La posibilidad de que no le creyera eran grandes, pero tenía la esperanza. Una esperanza que se iba haciendo más y más pequeña mientras ella, inalterable, observaba las ramas mecerse bajo el claro lunar.

—¿Y…? — dijo la mujer al fin. —¿Cuál era la condición?

—Diez días. — Suspiró. Hubo un largo silencio y ambos se quedaron dormidos.

A la mañana siguiente ella despertó sola. Preguntándose si aquello habría sido un sueño o una alucinación. Tomó el montón de hierbas, frutas y hongos que estuvo recolectando en el camino y fue arrojándolos, poco a poco, durante todo el trayecto, hasta que traspasó los límites del bosque y desapareció, llevándose su aroma.

 

 

 

 

 

El tabla y el dutar

El tabla y el dutar comenzaron a sonar. Naaham siguió aquel sonido melodioso como la serpiente hipnotizada sigue el del pungi. No podía ver al músico, pero imaginaba a su padre, sentado sobre una alfombra, tocando con destreza y perfección. Esos recuerdos representaban lo más cercano que algún día estuvo de la felicidad. Fungían como arma, endeble, pero fiel, contra su suerte.

Naaham caminó sin detenerse hasta llegar a la entrada del concurrido salón justo cuando un hombre anciano y flaco, rasgaba el par de cuerdas con la nota final. Su ilusión se esfumó, como una chispa que prende y desvanece sin que apenas pudieras notarlo. Y dolió. Y se recriminó en silencio por permitirse siquiera soñar que sería él. “Él está muerto” escuchó en su cabeza la voz de Fadil, su hermano, repitiéndoselo por milésima vez.

 Habían pasado seis meses desde que su padre salió de casa y no volvió. Fadil escuchó que los talibanes atacaron el sur de Kabul por esas fechas, y entonces decidió que había muerto. Prefería creer eso, de otra forma tan solo sería un hombre cobarde que huyó dejando a su familia desamparada en medio de una guerra cruel y eterna. “Espero que esté muerto y si no lo está, espero que no vuelva” le decía Fadil constantemente a Naaham, pero este se negaba a aceptarlo, deseaba con fuerza que estuviera vivo. Aunque eso solo significara que los había abandonado.

Un hombre de barba prominente levantó la mano derecha como señal a los espectadores, y la dejó caer en su instrumento iniciando la percusión. El bullicio comenzó a disiparse. Más de cincuenta hombres dejaron sus conversaciones a medias y en menos de diez segundos todos estaban sentados, sobre ostentosos almohadones de seda, dejando un gran círculo vacío en medio del lugar.

A espaldas de Naaham se escuchó el tintineo, rítmico y constante, de los cascabeles que adornaban los tobillos de un chico parecido a él. Parecido en una forma extraña y dolorosa. Y sintió escalofríos. Nadie querría tener algo que ver con un chico como ése. Nadie querría tener algo que ver con un Bacha Bazi.

Naaham observó su andar tintineante, firme y pausado; su mirada, lánguida y profunda; sus movimientos, elegantes y diestros. Tenía la agilidad y el semblante de alguien que ha hecho algo que odia durante tanto tiempo que se vuelve experto en eso. Y sintió pena por “él” quien caminaba pareciendo “ella”. Con el cabello largo hasta los hombros, la bata de seda azul brillante, las pulseras, los anillos, y el rostro maquillado. Arreglado y entrenado para divertir a un grupo de hombres maduros de prendas finas y miradas lascivas. Puesto a la merced de sus deseos desordenados e incontrolables, de noche y de día. 

El tabla y el dutar comenzaron a sonar. Una melodía triste acompañaba las contorsiones del Bacha, quien se colocó de rodillas en medio del salón para dejarse caer lentamente hacia atrás hasta que su cabeza descansó en el suelo y todas las miradas en él. Así inició la aclamada coreografía. Con suaves espasmos fingidos que fueron, junto a la música, tomando fuerza hasta ponerlo de pie. Los presentes contemplaban sus movimientos, sensuales e insinuantes, que abrazaban la música y jugaban con ella y su compás mientras él, experto en ello, los envolvía de una forma sutil. Les sonreía, los engañaba.

“Un festín para su excitación” pensó Naaham mientras observaba a la multitud aplaudiendo la deshonra del chico y a los más pudientes decidiendo su suerte para esa noche; y se le revolvió el estómago. En ese momento recordó la primera vez que vio a un Bacha. Fue de una forma menos real, menos cruda. Tan solo era una imagen en el papel que adornaba un disco que, según el título, contenía a los seis mejores niños danzantes. Él y sus dos amigos venían del río, un día de mercado. Encontraron el puesto sobre una calle transitada que les quedaba de paso y se detuvieron a husmear.

—Cerca de mi casa se llevaron al hijo del hombre que vende las alfombras. Dicen que ahora es uno de estos — Dijo uno de los chicos señalando el papel con el dedo índice. — Agradecido estoy de ser feo— finalizó. Todos rieron, porque reír era lo único que les quedaba y una forma, inútil, de esconder su miedo. 

—Mi primo ha ido con ellos por hambre disfrazada de voluntad propia, dice mi padre. Un año más y lo echan fuera porque no tarda en salirle la barba. Demasiado viejo para eso.

—¿Y qué edad tiene? — preguntó Naaham.

—Catorce— Hubo un silencio. Naaham era el más pequeño de los tres, todavía le faltaba un par de años para tener catorce, le saliera bello en el rostro y estar a salvo — Estas jodido.

Esta última aseveración le quitó el sueño a Naaham esa noche. Y un año después, en aquel salón, mientras veía el oscuro panorama, le volvía hacer eco. “Estas jodido” repitió en su mente. Y los ojos del Bacha se clavaron en los suyos, como si le hubiera escuchado y estuviera de acuerdo. Fue solo un instante, tan breve. En otro momento no habría puesto demasiada importancia, quizá tampoco se habría percatado de la leve inclinación, parecida a una reverencia, que le concedió el bacha como un gesto de sombría solidaridad.

—Le baila al amor — dijo un hombre viejo, llamado Habid, a espaldas de Naaham quien frunció el ceño con desagrado reconociendo la voz al instante — ¿No lo crees? — Cuestionó el hombre de manera tajante al no recibir respuesta. Naaham se quedó pensativo.

—Sí, eso creo. — mintió.

Mintió porque si estuviera en otro sitio, donde sus palabras fueran suyas, diría que el chico de los cascabeles en los pies, a quien todos llamaban “Bacha”, le bailaba al dolor o quizá, a la muerte. Le bailaba a la oscuridad o al deseo suicida. Le bailaba al futuro que le arrebataron, pero no al amor porque, en realidad, no lo conocía.

Habid sacudió el cabello de Naaham y se puso en cuclillas, frente a él, para darle voz a sus pasos. —Es tu turno. — dijo y Naaham pensó nuevamente en su padre “¿Qué pensaría él si estuviera aquí?” Y sus pies tintinearon; y por primera vez estuvo de acuerdo con Fadil. El tabla y el dutar comenzaron a sonar…

 

 

 

Admonición

Los hombres ardilla vinieron a mí sin previo aviso. Ni siquiera una pista o señal que sirviera para amortiguar la noticia. Los llamé así porque ninguno dijo su nombre. Y todos tenían en su aspecto una ligera similitud con esos roedores. No digo que fueran iguales. Sus alturas y tallas diferían demasiado. Eran sus ojos, pequeños y redondos, y el par de dientes frontales que sobresalían hacia abajo los que inspiraron el sobrenombre.

Aquel día el sol me ganó la carrera. Se coló por las rendijas de las persianas y me restregó su tórrido triunfo en la cara, obligándome a despertar. Cuando uno se hace viejo, comienza por adoptar un patológico gusto por establecer conexiones inanimadas. Algunos escogen las plantas, una prenda, una singular piedra de río, la mugre o…, qué se yo de las locuras del mundo. Eleazar, mi amigo desde la infancia, peleaba con el chirrido de la puerta trasera que daba a su jardín. Estaba convencido de que ese sonido existía con el único propósito de molestarle y que la puerta, por alguna extraña razón, tenía algo en contra suya. Como dije, las locuras del mundo.

—Has ganado, ahora largo. — espeté mientras cerraba las cortinas. Y al girarme vi a una niña de aspecto escuálido observándome desde la puerta. Parecía divertida con mi monólogo.

—¿Quién eres? —indagué, pero antes de terminar la pregunta, se había marchado. Dejando el eco de sus piececillos rebotando por el corredor.

Antes de pensar en lo extraño que eso resultaba el recuerdo de mi hija apareció como un fragmento de película vieja y entrecortada. Con manchas en forma de círculos coloridos que no me permitían ver su rosto. Mi hija tenía la edad de esa niña de la puerta, cuando mi esposa murió. Pobrecita. Perdió a su madre a una edad en la que todavía no se asimila la muerte, pero sí el amargo sabor del abandono. Solo le quedó medio padre. Lleno de culpa, lleno de nada. Y sentí la frialdad en el pecho comprimiéndose porque sabía que iba a ser un día de ésos en los que la memoria no te deja vivir. Recordándote con detalle el infortunio que tú mismo te provocaste.

Entonces los escuché. El golpeteo de sus herramientas, el sonido de sus pies pesados al andar. Eran ellos. Fui hasta donde estaban e intenté hacer que se detuvieran, pero no me escucharon. Y tampoco me esforcé. Me quedé observándolos trabajar por un largo rato hasta que me percaté de que también yo era observado. A lo lejos, por el borde de la barra que conectaba con la cocina, sobresalían los ojos curiosos y el cabello medio enredado y tostado de la niña. Cuando quise acercarme corrió para abrazarse de las piernas del hombre más viejo, quien puso su atención en ella y después en mí.

—Venimos a arreglar el cable —dijo, pero no se acercó. Quizá porque no le gustaban las formalidades. Quizá porque yo aún seguía en ropa de cama o quizás también, porque sabía que eso era lo mejor. Asentí y volvió a lo suyo.

Atravesé la sala con la infausta velocidad que mi ser consentía. Con la indiferencia de lo ajeno y lo común mezclándose hasta convertirse en nada y en todo. Y llegué a la cocina, en el cuarto contiguo, para encender la cafetera tal como lo hubiera hecho en un día corriente. Sin hombres ardilla, sin niña.

Me senté a la mesa y cavilé sobre el tiempo que habría pasado sin que otra persona pusiera un pie en mi casa. Además de Eleazar, claro está. Tal vez serían tres años o dos, seis o cinco, no podía estar seguro. Y pensé en lo patético que resultaba que esos hombres de overol ocre y rostro singular; y esa niña, rompieran la cuenta. Después de todo solo iban arreglar el cable. Después de todo yo no los había llamado y, tarde o temprano, notarían su error y tendrían que irse. Sí, quizá ni deberían de contar.

Me serví el café en la taza de siempre y disfruté su calor en las palmas mientras lo acercaba a mi rostro para inhalar su aroma y beberme su paz. Ahí me quedé parado, de cara a la pared y a los cajones de la cocineta. Así acostumbraba a hacerlo.

Después de algunos minutos una pequeña silueta se reflejó en uno de los adornos, pero esta vez no intenté nada. Aguardé en el mismo lugar hasta que vacié mi taza y la acomodé en el lavaplatos. Luego caminé sigiloso hasta una de las sillas. Como cuando estas frente a un ave y no quieres que vuele, solo para seguir observándola. Ella era mi ave. Asustadiza. Y debía tener precaución si quería que se quedara. No lo hizo. Regresó a la habitación donde estaban los tres hombres y merodeó por un instante hasta que uno de ellos, en un movimiento que pareció desarticulado, la tumbó contra un mueble. Lo que provocó que uno de los jarrones cayera al piso esparciendo sus pedazos de cerámica por todas partes.

El estruendo me trajo a la memoria aquel día cuando el cristal de la ventana cedió a los golpes y sus minúsculos trozos regados brillaban amenazadores. Ese día, cuando mi madre me quitó a mi hija. Porque según ella (y tenía razón) mi casa no era un lugar seguro. No puedes saber con certeza lo que serías o no capaz de hacer hasta que lo has perdido todo. Enfurecí y quise golpearla, pero no pude. Y no por los motivos razonables. No porque fuera buen hijo y ella mi madre. Sino porque, lleno de rabia, tropecé con mis pasos y caí al suelo como un costal lleno de mierda, pestilente e inútil que, como tal, solo era digno de repulsión. Pero mi hija no me veía de esa forma, extendía los brazos hacia mí y lloraba, mientras yo maldecía con ojos desorbitados y la sangre atestada en alcohol. Los años siguientes fueron una nebulosa en mi vida. No la vi en todo ese tiempo y si lo hice, no podía recordarlo.

Quité las lágrimas de mis ojos y fui hasta donde estaba la niña, ya de pie, palpando con cuidado una pequeña herida en su antebrazo. Me miró frágil, inocente, desprotegida. Había algo en sus ojos que me recordaba a mi hija. Había algo en su pelo, en sus mejillas, en su miedo. Había algo de ella que era mi hija y quise abrazarla. Pedirle perdón. Decirle que ahí estaba yo para protegerla como no lo había hecho antes. ¡Que impotencia, querer salvar el pasado…!

Y caí en cuenta que los hombres seguían ajenos. Cada uno con la mirada fija en su labor, sin inmutarse. Me dirigí al responsable del incidente y me desahogué diciéndole cosas que ignoró de espaldas. El hombre de la derecha volteó a verme, parecía el más joven, señaló con el dedo índice su oreja, negando con movimientos suaves. Y siguió trabajando.

—Locos. — dije y encaminé a la niña hasta el sofá a que esperara mientras yo iba por las cosas para limpiar su herida.

Cuando volví los hombres ardilla estaban en fila frente a mí, y la niña abrazaba los pies del más viejo.

—Nos vamos— dijo el hombre mientras cargaba su caja de herramientas.

—Pero no han terminado— contesté. No sabía qué decir para retenerlos. Quería que se quedaran un poco más. Quería curar a la niña, a mi hija, a mí.

—Será otro día— y se marcharon.

Regresé a los rastros del jarrón y esculqué entre ellos buscando no sé qué para distraer la mente. Metí una mano debajo del sofá en busca de más trozos, y sentí el gélido contacto con las baldosas que me pareció extrañamente confortable; me dejé caer, poco a poco, hasta que todo mi cuerpo descansó en el piso. Ahí tirado lloré hasta quedarme dormido.

Cuando desperté era noche. No supe qué hora, quizá de madrugada por el completo silencio. Todo ahí me pareció vacío. Ese zumbido, la intrusa luz del farol y mi cuerpo tremulante me inspiraban algo. Bien podía ser miedo, o tristeza. Ni siquiera intenté levantarme ¿Para qué? Daba igual si el sol me encontraba en el suelo o en la cama. Esa vez yo le había ganado, y por mucho.

Cuando vi a Eleazar, a la mañana siguiente, parecía alarmado. Pude notarlo desde que asomó por la ventana. Qué desagradable impresión habrá sido verme ahí tirado y pensar lo peor. Antes de darme cuenta ya estaba de pie. Abrí la puerta, pero ahí no estaba Eleazar, sino la niña y los hombres ardilla.

—Venimos a terminar lo que dejamos pendiente— y di media vuelta para dejarlos pasar.

 

 

 

 

 

 

 

Edgar A. Rivera

Edgar A. Rivera. (H. Matamoros, Tamps, 1989). Licenciado en Educación, recién descubrió los talleres literarios. Vive en las afueras de su ciudad natal con su esposa y sus dos hijos. Asiste al Taller Literario del Instituto Regional de Bellas Artes de Matamoros.

 

 

 


 

 

La pelota

La pelota voló en curva y entró por una de las ventanas del segundo piso. Apenas dio el puntapié, al pobre niño le comenzaron a llover insultos y abucheos. La ventanita por la que el esférico se coló limpiamente no medía más de un metro y hacía tiempo que le habían quebrado los vidrios. Si alguna vez Miguel se hubiera propuesto hacer un tiro como ése, jamás lo habría logrado; intentaba meter el balón en la portería delimitada por dos piedras en la calle y no en la casa abandonada. La proeza era de una vergüenza enorme.

— ¡Ves por el balón Mantecas, rapidito! ¿Qué te quedas ahí parado? —lo presionaban sus compañeros de juego. —¡Muévete gordo!, el balón no se va a traer solo.

Miguel se acercó a la casa y permaneció unos instantes entre dos columnas de concreto que marcaban el límite entre la banqueta y aquel recinto. Era una casona tipo americana, de madera y techo alto de tejas que había quedado abandonada, y al cuidado único del tiempo durante años. Había sido la casa más hermosa del vecindario, con paredes rojas brillantes, un bello ante jardín de rosas y tulipanes, y un pórtico alto con columnas blancas donde todas las mañanas el aire se empapaba del canto de periquitos que revoloteaban dentro de sus jaulas. Eso fue años, antes de que Miguel naciera. Al día de hoy, las paredes apenas lucían un rosa muy pálido y eran poco a poco consumidas por el verde de enredaderas que crecían desde uno de los costados. Pocas de sus ventanas mantenían algún resto de vidrio empolvado. Era el tipo de casa de las que se inventan historias. Se decía que por las noches se escuchaban gritos y llantos provenientes de sus habitaciones, que era hogar de brujas horribles que se transfiguraban en lechuzas y salían volando de entre el tejado maltrecho; que había muerto un niño, que la habitaba la llorona, muchos cuentos.

Los padres prohibían a sus hijos entrar a esa casa. No les gustaba que jugaran cerca de ella, porque una casa abandonada suele atraer malos huéspedes. El papá de Miguel no hablaba mucho con su hijo y nunca le había explicado estas cosas, aun así, el chico sabía que no debía entrar.

Dudó y estuvo a punto de regresarse, pensó en lo mucho que le había rogado a su papá para que le comprara ese balón. Solo por eso los otros niños de la cuadra lo habían dejado jugar, ahora lo miraban y presionaban desde la calle. Gritaban los muchos apodos que le irritaban: dale Mantecas, apúrate Gorda, muévete, Porky, te estás tardando. No podría aguantar que ahora le llamaran cobarde, no lo iba a permitir.

Atravesó la hierba que le llegaba por encima de los hombros y se le metía en los oídos. Llegó al pórtico, subió los cuatro escalones y se agachó para no golpear su frente con una parte del techo caído, sostenido apenas por la única columna que no había cedido a la gravedad. La puerta estaba entreabierta. Era muy pesada y le costó abrirla lo suficiente. Dio un paso dentro de la casa y agitó las manos bruscamente frente a su rostro tratando de quitarse las telarañas de la cara. Recordó, que, jugando con sus muñecos en el patio trasero de su casa, encontró uno de sus suéteres, tirado entre cajas, fierros y plásticos que acumulaba su papá. La prenda debió permanecer ahí durante meses y ni siquiera recordaba haberla perdido. Cuando la levantó estaba tiesa en la parte de arriba y mojada en la parte de abajo, cubierta de hongos y caca de pájaro, el olor lo había hecho arrojarlo lejos. Así apestaba la casa.

Observó las escaleras a su izquierda, metros adelante, y sin pensarlo dos veces se dirigió a ellas. La luz de la tarde filtraba entre las ventanas y agujeros en las paredes roídas; era muy poca para iluminar el área, y no tardó en tropezar y golpear de cara al suelo. El cachete le ardió por el duro golpe y ahí tirado, sintió una pequeña corriente de aire que soplaba desde abajo. La casa tenía un sótano. Miró entre las comisuras y agujeros de las tablas, bajo sus manos había vacío negro que le pareció infinito. El miedo se apoderó de él y se levantó veloz. La rodilla le dolía un poco por el golpe, pero apresuró el paso y subió las escaleras, sosteniéndose fuerte del barandal y cuidando de pisar bien cada rechinante escalón.

En el segundo piso se sintió un poco más tranquilo, la luz del sol se colaba por las ventanas, paredes y tejado. La ventana por donde entró el balón estaba justo detrás de él. Caminó por un estrecho pasillo que conectaba tres habitaciones, todas sin puertas, abrigadas por el calor de la tarde. Supuso que su pelota debió rodar dentro de alguna. Se asomó en la primera. Encontró la pequeña base de una cama de metal oxidado, colgadas de las paredes (no supo decir si fueron verdes o azules), fotografías en las que podía distinguirse algunas siluetas. El techo tenía una gran abertura por donde caían las enredaderas. Observó bien cada rincón, su balón no estaba ahí.

Estaba a punto de entrar en la segunda recámara cuando escuchó un ruido en la habitación al final del pasillo. Tac, tac, tac. Algo golpeaba contra la madera. Tac, tac tac. Miguel permaneció inmóvil, tratando de borrar las muchas ideas que aparecían en su cabeza sobre lo que podría ser el ruido, y tratando de encontrar valor para ir a averiguarlo. Tac, tac, tac. El ruido se hizo más fuerte. Vio cruzar el umbral de la tercera habitación su pelota, rebotando una y otra vez. Tac, tac, tac, se hacía el eco cada vez que el balón bajaba. Tac, tac, tac. El balón botó otras tres veces frente a él, en el mismo sitio, antes de avanzar nuevamente hacia donde él se encontraba paralizado.

Quiso gritar, pero no salió nada de su boca. En un choque de adrenalina giró sobre sí mismo e intentó correr hacia las escaleras; pero era torpe y no presto atención al lugar donde pisaba. Una vez más, tropezó y cayó. Esta vez le pareció que se golpeó contra el suelo al menos dos veces. Cuando se levantó, ya era de noche. Se sentía confundido, pero no le dolía nada.

—Pensé que no te ibas a levantar.

Vio a un niño, más o menos de su edad, de ojos verdes y tristes, con uno de aquellos peinados de hongo con el que las mamás torturan a sus hijos; vestía con un overol y era bastante barrigón, como él.

—Es mi balón. Entré aquí buscándolo.

—No pensaba robártelo. Solo quería verlo. —le entregó el balón—Tus amigos ya se fueron.

—No son mis amigos.

—Yo tampoco tengo muchos amigos. De hecho, no creo que tenga uno.

Miguel sintió la tristeza en su voz. Le arrojó el balón y el otro niño lo atrapó.

—Si quieres podemos jugar un rato.

—Me gustaría.

El chico le regresó el balón arrojándolo por encima de su cabeza y Miguel apenas si lo atrapó. Se alejó un poco en aquel oscuro sótano y se lo regresó con fuerza.

—Soy Miguel, por cierto.

—Me llamo Rubén.

Ahí permanecieron los dos jugando durante horas, días, años. Nunca más se separaron.

 

 

 

Una vez más.

 “Amémonos los unos a los otros”, les dijo.

 “Aquí no nos gustan los jotos”, respondieron.

Antes de morir vio la cruz plateada colgando del cuello de su agresor y revivió el sabor de la muerte: “Démosles dos mil años más, quizás esta vez sí entiendan”, pensó.

 

 

 

Pedro el cadenero.

— Puedes ver en tu libro que mis programas han ayudado a millones. Acabamos con la pobreza en cinco países, llevamos agua limpia a las comunidades, hombres sin piernas han vuelto a caminar, en unos años habremos curado el SIDA…

—Sí, sí, por eso… ¿le pagaste la ofrenda al cura?

 

 

 

Tavo

El trapo amarillento que hacía de cortina se mecía lento con la brisa fresca de la madrugada. En la cama, debajo de una sábana de algodón remendada, dormían una mujer regordeta y una niña de cabello enmarañado. Por un lado, en el suelo, un joven de 17 años daba vueltas, acostado sobre un cobertor sucio, tratando de encontrar una posición que no le incomodara tanto. Tomó el reloj digital de muñeca debajo de su almohada, faltaba poco más de media hora para que diera la hora de levantarse, pero igual se levantó. Le dolían la espalda y los brazos. Dobló el cobertor y lo metió a puntapiés por entre los blocks que sostenían la cama donde descansaban su madre y hermana.

 ̶ ¿Gustavo, eres tú mijo? ¿Ya te levantastes? ¿Quieres que te haga algo de almorzar?

̶ No jefa, todavía es muy temprano, Ud. descanse.

Abrió la puerta del refrigerador con cuidado de no zafarla, no había electricidad en el edificio otra vez. Tomó el bote de leche y le dio una olfateada, estaba agria, así que la volvió a poner en su lugar y cogió un trozo de pan duro. Calentó agua en el mechón y cuando estuvo lista vio que la lata de café sintético estaba vacía. Se colgó su cadenita de la virgen, se puso su camisa, se amarró las agujetas de su único par de tenis y se colocó la gorra de baseball hacia atrás. Salió de la habitación y pasó por la siguiente; un cuarto pequeño sin ventanas, donde un muchacho y un hombre de edad avanzada dormían en sus petates contra la pared. Salió al pasillo que conectaba todas las habitaciones, caminando de prisa, tanteando en la oscuridad con las manos sobre las paredes agrietadas, tratando de no tropezar con la basura acumulada. Golpeó con el hombro uno de los barrotes que sostenían el techo a medio caer –putísima madre—. Por fin llegó al baño y se formó en la fila, dos personas esperaban antes de él, uno de ellos sentado en el suelo, dormido. Se abrió la puerta y Gustavo deseo haber nacido sin el sentido del olfato.

—Ya no hay agua en la pileta. –Les dijo el hombre barrigón que salió acomodándose los pantalones.

A un lado del baño, detrás de una cortina en otra habitación, dormía una familia. Gustavo se escabulló sin hacer ruido y se paró frente a una planta de sábila en una maceta donde hizo sus necesidades.

Bajó por las escaleras hasta el primer piso. Escuchó de paso las voces de madres llamando a levantarse a hijos y esposos por igual. El cielo comenzaba a aclararse, en pocos minutos saldría el sol. La atmosfera era de un azul grisáceo en la planta baja, la parte más abierta del edificio. Años atrás había sido el lobby de oficinas con salas elegantes y grandes vitrales. Ahora era un basurero de escombro y vigas de hierro oxidado.

Una enorme puerta negra de metal y contrachapado se deslizó. Detrás de ella salieron dos de hombres bastante altos de espalda ancha y piel morena. El primero llevaba la cabeza rasurada y la barba le colgaba hasta el pecho, vestía unos jeans rotos y una camisa veraniega con el pecho al descubierto. El otro usaba una trenza muy sucia que caía sobre su perfil derecho y de su mandíbula nacían una serie de tatuajes tribales que bajaban por su cuello y terminaban en la espalda. Ambos se le quedaron viendo y Tavo bajo la mirada, retrocediendo un poco hasta que estos se alejaron lo suficiente. Detrás de la puerta la voz rasposa y altanera de una señora le llamó.

—Tavo, muchacho, ven para acá.

Se acercó y el olor a chorizo frito y tortillas de harina hizo que le rugiera el estómago.

—¿Ya tienes el dinero de la renta? La próxima semana van a ser dos meses que me debes. Hay mucha gente en las calles buscando un lugar donde quedarse, ¿sabes? Deberías ponerte a trabajar, muchachito güevón, si no quieres que mis hijos te echen a ti y a tu mamá a la calle. —Tavo apretó los dientes. –Deberías ser más como ellos que trabajan todo el día en la fábrica para cuidar a su madre…

—Hoy en la tarde le traigo un adelanto de lo que le debo señora. Nomás deje que me paguen el trabajo de ayer…

—Antes de las seis, muchachito cabrón.

Salió a la calle, apretando los puños y mordiéndose el labio. Centenares de casas improvisadas, con techos de lámina y lona se apretujaban en un mar de viviendas, algunas asentadas sobre los restos de edificios antiguos y muchas más, desbalagadas alrededor de ellos.

Caminó por uno de los callejones, casi desierto. Unos perros flacos salieron corriendo de entre un muladar cuando lo escucharon pasar.

—¡Eh! ¡Tavo! –alguien silbaba y gritaba detrás de él. – ¡Tavito, ‘pérame güey!

Un tipo gordo y rapado de unos veintitantos corría con mucha dificultad tratando de alcanzarlo. Gustavo se detuvo a esperarlo con una sonrisa.

—Pinche Freddy, te va a dar un infarto cabrón, ya estas viejo.

—Viejo tienes… el culo. –contestó con la respiración agitada y el aliento alcoholizado. –Pérame… pérame güey, dame un minuto… pasu ptamadre… ya. ¿Pa dónde ibas carnalito?

—Con Don Chuy a que me pagué el trabajo de ayer. Le ayudé a descargar un camión en la tarde y dijo que me pagaba hoy.

Avanzaron juntos a paso lento.

—No carnalito, ya te pendejearon. Don Chuy ya se fue anoche para la frontera sur. Dicen que allá hay más trabajo. Pa mí que ya no regresa.

Tavo escupió y se frotó el hombro adolorido.

—¿De dónde vienes tú?

—De un pinche pachangón con los perros de la Chucha. — Freddy encendió un cigarro. –Chingos de morritas y pisto cabrón, pura cálida’. Deberías ir un día de estos, necesitas desestresarte, divertirte de vez en cuando chingao.

—Sabes que yo no me meto con esa gente, y tú tampoco deberías güey…

Freddy se abalanzó sobre Tavo y le rodeo el cuello con sus brazos gordos.

—Eres la misma pinche nenita que conocí en la escuela. –Le dijo, escupiéndole sobre la cara las cenizas del cigarro que llevaba en la boca, mientras le daba un coscorrón.

—¡Ya güey, ya estuvo, suéltame, ahhhh! —Lo soltó. —Oye güey, te acuerdas de los tres dólares que te presté para tu hermano, los necesito para comprarle algo a mi jefa pa’ su espalda.

—Sí, es que ya no me aguanta igual la ruca cuando me la… no te creas, no te creas hombre, estoy jugando. No te calientes. ¿No se te antoja un trago güey? Acabo de conseguir una botellita de mezcal bien buena.

—Cómprale una torta a tu hermano güey, no chingues.

—Ud. no se preocupe por eso carnalito. Cáele de rato aquí a mi casa, te quiero enseñar algo. Te pago y sirve que te doy algo de mezcalito pa’ tu jefecita. Ahorita necesito dormir, tú no te estreses que te va a hacer daño. Te quiero, pinche sabandija rastrera.

Freddy removió una tabla de aserrín prensado que hacía de puerta y se metió en la choza de madera podrida que era su hogar.

—¡Yo también te quiero pendeja!

—¡No seas joto! –Le gritó desde el interior de su casa.

Confirmó más tarde que efectivamente, Don Chuy se había ido sin pagarle y sin intención de regresar, así que se dirigió al mercado de pulgas donde trabajaba. En medio de la plaza una fila de varias mujeres y niños esperaba su turno para sacar agua del pozo. Una niña de cabello enmarañado y ojos claros tiraba de la cuerda con esfuerzo. Tavo corrió a ayudarla.

—A ver chaparra, déjame a mí. ¿Para qué llevas dos cubetas?

—Mi amá dijo que tenía que lavar ropa del edificio para poder pagar lo que debe de la comida.

—Tú no deberías andar cargando tanto, si te lastimas luego van a andar las dos chuecas.

—Pues si tú no las llevas lo tengo que hacer yo. –La niña se colgó las cubetas de una vara en los hombros y echó a andar rumbo a la casa. – ¡Y le voy a decir a mi mamá que le dijiste chueca!

Un helicóptero sobrevoló la plaza. Tavo pasó buena parte de la mañana acarreando agua al edificio y llegó tarde al trabajo, por suerte su patrón llegó más tarde.

Tavo había terminado de reparar un radio de baterías para un cliente y trabajaba en un proyecto personal, intentando reparar un videojuego. Esperaba poder venderlo a buen precio o intercambiarlo por un par de gallinas para su hermana. Poco después del mediodía, escuchó el crujir de las ruedas de madera sobre el empedrado y el (sonido) de la mula afuera del taller. Era el señor Wu que regresaba del basurero cargado de materia prima para el negocio.

—Tavo, ven ayúdame con la carga.

—Oiga, Sr. Wu, quería ver si podía darme un adelanto de mi paga.

—Claro. Cuando aprendas a llegar temprano. ¿Creías que no me daría cuenta? Pase temprano, estaba cerrado, eres un muchacho muy irresponsable.

El ruido de motores y llantas derrapando interrumpió su conversación. A cien metros de ahí, se levantó una nube de polvo. Una caravana de seis camionetas, con torretas y luces largas en los techos se detuvo con violencia. Las personas en la plaza corrieron a buscar refugio. Una docena de hombres fuertemente armados comenzó a descender y a armar un perímetro.

— Federales. –Dijo el Sr Wu. – Deja eso ahí y metete a la tienda muchacho. ¡Rápido!

Tavo no lo pensó dos veces y obedeció. Cerraron las ventanas y echaron candado a la puerta después se pegaron a la pared para ver a través de las grietas en la madera. Con excepción de los oficiales, la plaza estaba desierta. Varios sujetos con chalecos antibalas sobre su uniforme azul recorrían la calle, apuntando hacia las ventanas con sus rifles.

—Carajo. Pero si acabamos de pagarles la cuota, qué es lo que quieren.

—Parece que buscan algo, mire ese de allá.

Otro uniformado caminaba despacio sin despegar la vista de una pantalla en sus manos, hasta que se detuvo frente a una canaleta de aguas residuales que pasaba junto a la carnicería. Hizo una seña y el sargento a cargo se le acercó. En ese momento uno de los hombres armados se paró frente al agujero en la pared por donde estaban espiando. Tavo contuvo la respiración y el sr Wu le hacía señas de no hacer ruido. El hombre siguió su camino tras una breve pausa. Patrón y empleado siguieron observando.

El sargento sostenía la pantalla y ladraba órdenes a su subordinado, que se había sambutido entre las aguas negras. Anduvo con cara de asco, dando varias vueltas hasta que por fin pareció encontrar lo que buscaba. Salió del canal con una mano en alto y sosteniéndose de la hierba con la otra, empapado y con algunos trozos de papel pegados en la espalda. Le pasó a su superior lo que había sacado del agua, un dispositivo demasiado pequeño para alcanzar a ver que era. El sargento lo tomó en su mano e hizo una cara de desprecio. Iracundo lo arrojó al suelo y tomando su rifle lanzó una serie de ráfagas al aire.

—¡Escuchen bien malagradecidos hijos de la chingada! ¡Esto es un toque de queda!

Los federales comenzaron a irrumpir en los diferentes locales del mercado tirando puertas y destrozando mercancías. La gente corría despavorida en todas direcciones lejos de la plaza y las tiendas.

—¡Todo el mundo regresé a sus casas si no quieren un pinche plomazo entre los ojos! –Gritaba el sargento, escupiéndole órdenes a los oficiales y dando más disparos al aire.

Uno de los federales, irrumpió en el taller con una patada y sin darle tiempo de decir nada conectó un derechazo en la mandíbula del Sr Wu para después arrojarlo fuera. Tavo salió antes de que pudieran hacerle daño a él también y le pareció ver que sacaban un par de drones con hélices del interior de una camioneta. No paró de correr hasta que llegó a las favelas.

Entró a su casa, agitado y empapado de sudor. Su madre estaba en la cocina y su hermana jugaba junto a la cama con su mascota.

—¿Qué pasa, mijito, qué tienes?

—Nada, nada. Todo bien, unos federales llegaron al mercado y nos regresaron a todos pa’ las casas.

—¿Ay mijo, y trajiste algo pa’ comer tan siquiera?

En ese momento escuchó que sus estomago gruñía y recordó que no había comido nada en todo el día.

— No má, no hubo tiempo de nada. ¿Uste’ y la chaparra ya comieron algo?

—Nombre mijo, estábamos esperando que llegaras pa’a ver si traías algo.

—Y no hay nada que pueda hacer, ¿unas tortillas por ahí o algo?

—Nomás agua que trajo tu hermana hace rato, pero nada para echarle al caldo. Bueno, está la coneja.

—No má, mi conejita no. –Repuso su hermana.

—Mija, pa’ eso la tenemos, para comérnosla cuando haga falta.

—Pero…

—Déjele má, ahorita voy por algo pa’ comer, usted no se preocupe.

Tavo salió de su casa antes de que pudieran decirle otra cosa. Se detuvo al llegar a la calle, desierta y sumergida en completo silencio. Se santiguó. Miró con cautela al cielo, pero no vio ni escuchó rastro alguno de los drones. Sabía de antemano que esas máquinas eran muy rápidas y peligrosas, pues venían armadas con semiautomáticas que un oficial podía operar desde kilómetros de distancia. Ay virgencita santa, te pido de favor que no me vayan a ver estos culeros. Corrió tan rápido como pudo, deteniéndose debajo de un techo de vez en vez para recuperar el aliento. Por suerte la casa de Freddy no quedaba lejos.

Cuando entró, los ronquidos de su amigo inundaban el cuartucho y su cuerpo gordo y semidesnudo ocupaba buena parte del piso. Gustavo le dio un puntapié en las costillas para despertarlo.

—¿Eh, eh, qué pedo? — Exclamó sobresaltado. –No chingues pinche Tavo, me asustas te. Deja dormir wey.

— Hace rato me dijiste que tenías una alacena llena de comida, necesito que me prestes algo pa’ mi ama y mi hermana. ¡Cabrón, te estoy hablando!

—Si wey, si, no hay pedo –Dijo sin abrir los ojos —, Ven acuéstate tantito aquí conmigo, ándale.

—No estés chingando wey, te estoy hablando en serio.

Con una mano sobre la cara Fredy hizo el intento de levantarse y se sentó sobre la cama

—A qué la chingada, hombre –Bostezó —¿Qué quieres o qué?

—Que me prestes algo de comida, te puedo agarrar algo.

—Ven agárrame está.

—Chinga tu cola.

—Me chingo primero la tuya pendeja. Jaja, ya wey, no hay pedo. Ahí agarra de la alacena lo que quieras.

Tavo abrió la alacena. Con excepción de una lata abollada y sin etiquetar, estaba vacía.

—No mames, aquí no tienes nada.

—Ah chingao, si es cierto, se me olvidó guardar las cosas. Pérate tantito, que acá las tengo.

Tavo se frotaba nerviosamente el dejo de barba que le crecía en el mentón. Entreabrió la puerta. Alcanzó a ver uno de los drones, con sus tres hélices sobrevolando cerca de ahí. Cuando se giró para decirle a Fredy lo sorprendió el cañón de un rifle calibre .50 que le apuntaba directo a la cabeza.

—¡Ora puto! Pa’ que aprenda a no andar despertando gente. – Le dijo Fredy en tono burlón mientras bajaba el arma. – ¿Te saqué un pedo verdad?

—No mames, ¡¿de dónde chingados sacaste eso?!

—Se las estoy guardando a los perros carnalito. Tengo 15 de estas aquí. —Abrió una cortina rosa de plástico en un rincón —Y me están pagando a toda madre por cuidárselas unos días. Mira nomás compita, todo esto que ves acá lo compré con lo que me dieron y no sabes la noche de putas que tuve ayer.

Tavo miró incrédulo la pila de víveres que había en un rincón oscuro detrás de la cortina rosa, y debajo, a penas escondidas, las puntas de los rifles se asomaban entre bolsas de plástico negras y pedazos de madera podrida. No sabía que decir, se le quedó mirando fijamente a su amigo, boquiabierto.

—¿Qué crees que va a pasar si te encuentran con eso?

—¿Quién chingados las va a encontrar hombre? Les tiramos los rastreadores que traían al canal compita, tú no te preocupes.

El sonido de las hélices se hizo más fuerte y el techo de lámina vibró sobre sus cabezas al pasar de uno de los drones.

—¿Qué chingados? – dijo Freddy. – ¿Qué fue eso güey?

—Federales, que vienen a buscar esas armas. –Le contestó en tono sereno, resignado. —Estamos en toque de queda, andan cateando los negocios y las casas.

—No mames compita, no juegues. Ya me asustaste, ya estamos a mano, ¿ok?

Por entre los agujeros en el techo, Fredy alcanzó a ver las hélices de un helicóptero y las turbinas hicieron temblar los techos de las casas con más fuerza. Arrojó el arma sobre las otras y se llevó las manos a la frente. El sonido de la turbina se hacía cada vez más fuerte a medida que se acercaba hasta que se desvaneció de pronto en un silbido que duro apenas un par de segundos. El estruendo de una explosión los hizo tirarse instintivamente al suelo y poco después una explosión mucho más grande los estremeció.

La choza en la que se encontraban no había sufrido daño alguno. Tavo gateó hacia la puerta, la abrió un poco y vio en medio de la calle uno de los drones, descendiendo en picada para irse a estrellar metros más adelante contra un edificio de ladrillo. Una enorme nube de humo ascendía entre las chozas de un barrio cercano.

–Freddy, levántate. Tenemos que irnos.

Comenzó a sentirse mareado. Frente a sus pies, daba saltitos una lata. Las puertas de la alacena se golpeaban y las paredes se sacudían las cosas que tenían encima. Temblaba. Escuchó muchos cristales quebrarse y algunas personas dando gritos de espanto afuera. Una lámina cayó sobre su espalda y fue a dar al suelo junto a su amigo que lloriqueaba. Permaneció tirado en posición fetal, cubriéndose la cabeza con las manos mientras la tierra rugía y los oídos se le tapaban. Parecía que nunca iba a acabar, cuando de pronto, acabó. Pero la sensación que le dejaron las sacudidas aún no se esfumaba y el sonido de la tierra rugiendo no lo abandonaría por varios días. Cuando estuvo seguro de que no temblaba más, los dos amigos lucharon por ponerse de pie. Freddy había pasado del llanto al estupor. La luz de sol calaba sobre sus frentes. Tavo observó los resultados del siniestro.

El mar de casas que conformaba la favela había perdido cualquier cualidad que la diferenciara de un basurero. Pilas y pilas de láminas, cartones y tablas se amontonaban a su alrededor, y de entre tanta basura surgían los gritos de personas que había quedado sepultadas. La escuela a la que había asistido 10 años atrás y que había visto hace un par de minutos había desaparecido y su lugar lo ocupaba una montaña de ladrillos rojos y arena.

Instintivamente volteó a ver su casa, el enorme edificio de concreto donde su mamá y hermana lo esperaban, y pudo apreciar, como si ocurriera en cámara lenta, el momento justo en el que toda la estructura se venía abajo y desaparecía en una nube de polvo.

 

 

 

 

 

 

 

 

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