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Juntas y de pie

(Crónica–reflexión)

Gwenn–Aëlle Folange Téry

 

Con el más profundo y sincero agradecimiento a Marcia Koryna Hernández,

sin quien estas palabras no existirían, al menos no en este orden.

 

¿Por qué los hombres atacan a las mujeres? ¿Por qué el ser mujer parece ser un castigo divino y por qué los hombres se otorgan el permiso de  aplicarlo? ¿Por qué empiezan las vejaciones cuando somos niñas, y de apodos, prohibiciones y violaciones se avanza a veces hasta el feminicidio? ¿Por qué la violencia hacia la mujer?

 

Me invade la tristeza. Llega hasta mí como las neblinas oscuras de las películas de terror y sencillamente me lleva a su mundo. Me siento indefensa. Yo que tanto hablo, demuestro, analizo, deconstruyo, para reconstruir luego y así entender qué nos hace funcionar, actuar. No puedo más. No logro entender qué lleva a algunos a ceder a la violencia que en ellos anima.

Soy mujer. He sufrido por serlo. Y no, no he sido agredida por un desconocido, no he sido violada, tal vez un poco toqueteada de niña por otro niño, que ha de sentir vergüenza si lo recuerda y, claro, tampoco he sido asesinada. Mi sufrimiento ha tenido lugar en mi cabeza y en mi corazón, y aunque obviamente no es lo mismo estar triste que estar muerta, no deja de  ser sufrimiento extremo.

Cuando niña, muy chica, mi familia se rompió. Tronó como globo lleno de gas en el zócalo, un día de feria. El fuego que la hizo explotar fue un rollo absurdo “de apellido por pasar” a hijos varones. Onda el rey no tiene quién le suceda. Mi hermana y yo salimos volando, daño colateral de la intensa lucha entre mis papás; daño colateral de la forma y calidad de nuestros genitales.

Es largo, penoso y complicado de explicar, pero te paso un resumen: Mi papá quiere un segundo hijo varón para estar seguro de que su apellido perdure a través de los años. Mi mamá, después de siete embarazos, dice que no más... Mi papá agarra sus cosas (y su pene) y va con quién le dé gusto. Mi mamá nos informa a  mi hermana y a mí que tenemos otro hermano, que mi papá la traicionó. Llora amargamente y asesta el golpe que cargaremos las dos durante años: “Es su culpa, por ser niñas”. Y claro, como en aquella época el asunto es vergonzoso, lo del otro hijo, no tanto lo de ser niñas, pues nos prohíbe hablarlo con quien sea.

Sí, ya sé. Después de años de terapia y de pensar, analizar,  pasar por las formas de perdón del yoga, del reiki y de la calle, entiendo que hizo lo que podía. No creo, no quiero creer, que en su mente o corazón nos haya querido dañar. Pero lo hizo. Y ves… No me pude defender, era una cosita de nueve años; tampoco mi hermana, ella tenía siete. Nos la creímos: por nuestra culpa; “por nuestra vulva”, dirían unas chavas que conozco, nuestra familia se volvió veneno para quien intentara vivir en ella. Y sí, sé que esto no se compara con ser violada, con ser torturada, con que te arranquen los pezones  a mordidas y luego te dejen muerta–muerta, al lado de un camino, pero la niña que yo era, de alguna forma murió ese día.

Empecé a comer mucho. Mi mamá me puso el apodo de “basurero”, porque todo me lo terminaba. Engordé y mi ropa se compraba en el departamento de señoras. Escondí mi cuerpo bajo lonjas de grasa y me tragué las lágrimas con pan y chocolate. Me convencí de que no era yo una persona que se pudiera querer. Mi hermana, que era ya medio atrabancada, usó  por siempre pantalones, blusas deportivas y tenis. Se lanzó del columpio más alto y jugó a bote pateado entre minas y arenales. Escondió su cuerpo también bajo un disfraz de chavito (e imagino…), se tragó las lágrimas pateando duro al famoso bote. No sé si ella se sintió como yo, como un ser no–querible, porque nunca se lo pregunté. Y crecimos.

Por ahí de mis trece años descubrí el feminismo. No sabía que existía. No sabía que había mujeres por el mundo clamando su orgullo de serlo. Estaba en ese tiempo en uno de mis apogeos ponderales y me seguía escondiendo tras enormes faldas de resorte y libros, leía para no ver, para no ser vista. Y sí, descubrí de repente en mí un sentido de pertenencia, algo que ahora se llama sororidad, pero que en aquel entonces yo llamaba “eso”. Un acompañamiento que presentía, que adivinaba y que quería para mí, sin lograr formular bien a bien en qué consistía. Trabajé luego muchos años, tratando de rescatarme. De sacar de aquel hoyo negro a la niña que fui.

Sí, te veo alzando los hombros, pensando que soy una payasa, que viendo lo que sucede alrededor nuestro, como por qué me permito enternecerme y llorar sobre una historia que parece de novela rosa. Pero así es, y si negara mis sentimientos, estaría, pienso, negando el camino recorrido y dejando  a esa niña en el limbo.

Un día me fui a vivir con un hombre al que amaba, y que me amaba, aunque me haya sido tan difícil reconocerlo. No soy querible, recuerda. Y otro día nos casamos y tuvimos hijos: dos niños. Orgullo sin precedente en mi vida, había logrado lo que mi madre no, tener dos varones seguidos,  y había –creía yo– logrado existir a los ojos de mi padre. Porque toda mi vida sentí que no era suficiente para él. Porque no se nos lastimó nada más al hacernos cargar con una culpa inexistente, sino que se nos prohibió (a mi hermana y a mí) hablar con quien fuera de esa noche, esas noches, que a cada una nos tocó la fulminación por separado. Si se lo hubiésemos comentado a mi papá, como lo hice cuarenta años después, nos habría dicho lo que me dijo ese día: “Lo siento, no sabía que las hubieran lastimado así. Y no, no es cierto, yo las quiero…” O si lo hubiésemos comentado en la escuela, o con algún amigo, tal vez habría desaparecido el estigma. Pero aquel silencio  sepultó mi sentir.

Y un día, otro más, tuve una hija. Y al cargarla, me cargué a mí. Y la amé porque era niña. Y sentí en mí una explosión de amor que superó al globo tronado, que todo lo tiñó de rosa, claro, y que trajo a mi vida luz y alegría. Me tomó por sorpresa. Pienso que una parte de mí seguía creyendo que las niñas no son queribles, pero me dejé llevar y juré (no sólo prometí), juré que ella crecería orgullosa de ser mujer, aunque me llevé a mis dos niños varones, entre las patas. Tanto fue enseñarle a mi hija que podía hacer lo mismo que los hombres, que ser mujer tenía facetas llenas de enormes cualidades, que… Que mis hijos terminaron por pensar que el ser varones era algo malo. Tuvimos suerte. El hacer tan pobremente mi trabajo de mamá, por la razón que fuera, el ser quien era yo, el ser mi esposo quien era,  metió a nuestra familia en un lio emocional bárbaro. Y la suerte fue tener que encontrar solución, haber vivido de niña lo que viví y entonces ser capaz de reconocer que la solución no era taparme ojos y oídos, sino salir al quite. Han sido muchos años, no te lo puedo ocultar. Pero aquí  en casa ya sabemos quiénes somos y en ningún momento entran en consideración nuestros géneros.

Ya estoy oyendo a mi hija protestar, diciendo que no es cierto, que cuando  empezó a salir sola de noche, yo no la dejaba regresar igual de tarde que sus hermanos. Porque allá afuera, está lleno de monstruos…

Me podría haber saltado  lo anterior, pero me era importante explicarte por qué tengo derecho a hablar de violencia hacia la mujer. Y para lograrlo, he hecho lo que acostumbro cuando estoy frente a algo que no entiendo: he desmenuzado  los datos; por un lado he puesto lo que sé; por otro, lo que intuyo. Y trato de entender, porque si no entendemos qué pasa no lo podremos detener.

Me he preguntado si yo podría violar a  alguien. Llego a la conclusión de que sí. ¿Por qué al visualizar la escena siempre es mujer la violada? ¿será porque es más fácil introducir objetos en una vagina que en un ano o porque el sexo anal no se me da? Siento subir en mí una excitación poderosa. Sí, porque sería yo la más fuerte; dominaría a alguien y ese alguien me tendría miedo. Y yo ganaría. Estaría en alguna suerte de cima, onda magnate cubierto de relojes o diva aplaudida por miles. Lo digo, así, sin tapujos. Uno, porque si no analizo con honradez, no me sirve, y dos, porque –desde luego– no pienso violar a nadie. El barniz de educación moral y emocional que llevo encima  me hace entender que “eso No se debe hacer”, representa lastimar a otra persona. Y luego, me detienen las leyes también. Los violadores se van presos, en el mejor de los mundos posibles, ¿verdad?

Extrañamente, cuando pienso en eso, en lo que se puede sentir, tengo pene. No me imagino violando sin él. ¿Será por lo que vemos en películas o nos dicen en lo noticiarios? ¿Porque en mi mente violación es igual a hombre lastimando mujer? ¿Violaría yo a mi hija, a una niña? Jamás. Vamos, lo analizo hoy porque estoy haciendo lo posible por entender a los que lo hacen, pero jamás lo he pensado antes, ni lo pensaré después. Violar, según lo que sienten mi cuerpo y mi mente, tiene que ver con poder, no con violencia, aunque se recurra a ella para lograr el cometido. Y el violentar la entrada a una vulva tan pequeñita implica demasiada violencia para que la sensación de poder sobreviva. Y porque, al imaginarme hombre, no soportaría tampoco lastimar mi pene, dañar una parte mía… Y porque son niñas, carajo, son niñas…

¿Tengo ganas de violar a alguien? No. Una cosa es medio entender qué se siente, o imaginarlo, y otra querer sentir lo mismo. Soy honesta, no monstruosa. No quiero ni violar, ni lastimar. Me prohíbo ser violenta. Y esto me lleva a considerar la violencia, el ceder a su impulso. ¿Mataría yo a alguien? He estado dos veces en la disyuntiva y la conclusión es que no. No lo haría. Esto ni siquiera se me antoja vamos, no siento ninguna erección mental o emocional al considerarlo. Primero, la sangre de una persona odiada,  el sólo hecho de tocar su piel, despierta en mí una repulsión descomunal. Luego, otra vez lo de las leyes. A los asesinos, más si son cómo yo, no profesionales, pues, se les mete presos… Pero además, en esos dos momentos de mi vida, mi ira estaba dirigida a dos personas en especial, no a una masa informe o a un grupo de desconocidos. Mucho menos mataría a un grupo por llevar tal o cual etiqueta: la de judíos, negros, indígenas, musulmanes, mujeres… Sé que hay gente, hombres en general, que… que… ¿qué pongo? ¿odian? ¿desprecian, envidian, temen a las mujeres? ¿Por ser mujeres? ¿Así, en grupo? Yo pienso que el decidir violar, golpear, patear, picar o matar a una mujer tiene más que ver  con valemadrismo, con el “hago lo que se me pega la regalada gana” y eso que te decía del poder sobre otros, que con odio o miedo. No el desearlo. El llevarlo a cabo.

¿Qué pasa en la mente de una persona para que decida pasar al acto? ¿Se decide siquiera algo así? ¿Son la violación o el asesinato el resultado de un impulso o de una reflexión? Veo mucho en películas y en la tele el recurso del arma improvisada para matar a alguien. Dicen que el usar un cuchillo sacado por ahí de la cocina no es lo mismo que llegar ya con él en la mochila. Que hay una onda de premeditación en  el segundo caso. Algo como lo que entiendo yo del dolo o de la culpa. No de impulso.

Pero pienso que lo que nos pasa a las mujeres que tanto hemos sido ignoradas, denigradas, oprimidas, reprimidas, menospreciadas, violentadas, violadas y asesinadas, es producto de la reflexión. Nos aniquilan con dolo. Alevosía. Ventaja. Y son hombres los que lo hacen. Lo que busco analizar ahora es el origen de esa actitud porque si entiendo contra qué luchamos, la defensa se vuelve más eficaz. ¿Desde cuándo la mujer es considerada presa mayor de cada día?  ¿Por qué diablos tiene que ser la mujer inferior? ¿De dónde viene esa idea, esa necesidad? ¿Y es… cierto? Lo de la realidad de la inferioridad física de la mujer en relación al hombre se podría probar usando ejemplos fehacientes: sí, al hombre se le daba más fácil perseguir y matar a un mamut que a la mujer; sí, mi esposo carga el botellón del agua más fácilmente que yo, y sí, no hay duda, en general los humanos de sexo masculino tienen más fuerza que los de sexo femenino. ¿Pero es eso ser inferior físicamente? ¿Se mide la capacidad física en términos de kilos, megabytes o caballos de fuerza? ¿Nada más? Pues sí. No cuenta que podamos quedarnos despiertas días y noches velando a un enfermo. No cuenta que una vez al mes, lunar, sigamos con nuestras actividades aunque el vientre se nos contraiga dolorosamente. No cuenta que, si no hay hombre, podamos cargar el famoso botellón (cuenco de agua sobre la cabeza), incluso por kilómetros, como lo hacen las mujeres en Irak  o en la India. Y si le agregas a todo esto los desmayos provocados por ropa ajustada –corsés, sí, pero también tu pantalón de mezclilla, míralo bien– o por la falta de nutrición, que las llantitas no son de buen ver, pues sí... frágiles sí nos vemos.

Luego está lo de ser inferior intelectualmente. Pues si de entrada a las niñas y mujeres se les prohibía ir a la escuela, no hay duda de que la distancia entre lo que ellas sabían y lo que ellos también sabían se agrandaba cada día. Hoy en día, todavía miles de niñas no van más que a primero de primaria, para aprender a leer y a contar tantito, y a ellas tanto tiempo se les reservaron las clases de costura y cocina, alejándolas de las ciencias, por ejemplo. Y  en la sobremesa (comida familiar) los hombres se apartan para hablar de cosas serias y dejan a las mujeres hablar de chucherías. Y sí, eso lo organizamos a veces nosotras mismas. ¿Es eso ser inferior intelectualmente? ¿Se mide la capacidad intelectual en cantidad de conocimientos o en calidad de razonamiento?

Inferioridad emocional. Bueno, si está probado por A+B, que mostrar cualquier signo de emoción es signo de debilidad; si los hombres no lloran, pobres, y si  nosotras somos nada más rosas y pétalos de flor atontados por el agua salada de nuestros ojos, pues obviamente que el llorar, sonreír, reír, amar, odiar a puertas abiertas no puede ser más que demostración cotidiana de nuestra fragilidad.  ¿Es eso ser inferior emocionalmente? ¿Se mide la capacidad emocional, la inteligencia emocional, término recientemente acuñado, en cantidad de signos exteriores de las emociones o en capacidad para resolver situaciones emocionales?

Inferioridad. Si aceptamos  los argumentos de la sociedad antes citados, pues no hay duda, lo somos… A menos que seamos seres pensantes y analicemos, lo que llevo mi vida adulta entera haciendo, y alineemos nuestras conclusiones.

No defiendo aquello de la igualdad de géneros: no somos iguales. Lo que defiendo es la igualdad de valor. Igualdad de derechos. Nacemos mujeres. Y luego se nos convence de que no servimos, o de que no debemos. No podemos, hay peligro en mostrar la inteligencia, la independencia. Las calles son riesgosas para las mujeres: no salgas. Los hombres no se controlan si te ven el escote: cúbrete. Los jefes te acosan: no trabajes…

Y las que nacieron mujeres se van haciendo las mujeres que creen que deben ser. Hasta que dicen basta. Una por una en general. Aunque en general también, porque otra mujer, que ya recorrió el camino, le da la mano y le dice que sí, que sí puede.

¿Por qué hacernos sentir inferiores? ¿Qué se gana al hacer algo así? ¿Cómo se ha logrado y se sigue logrando? No estoy de acuerdo en lo más mínimo con la teoría de que los hombres nos envidian, que el vernos llevar  “la vida por dentro” les produce urticaria. La pongo en la misma repisa que la idea de Freud cuando aseveró que sentimos envidia del pene. No envidio yo el pene de mi marido.  Es absurdo, ¿qué haría yo con algo así? Envidio, a veces sí, el poder falsamente nato que les otorga a los varones el llevar su órgano  reproductivo por fuera. Nada más. ¿Y qué si los hombres no necesitan sentarse para hacer pipí? Bueno, pues se sientan para hacer popó, ¿qué tiene eso de interesante, a menos que tengas una mente particularmente escatológica? En cambio, sentir los movimientos de un bebé por dentro es extraordinario, añoro esa sensación. ¿Pero ellos nos odian por algo que dura tan poco tiempo? (por cierto para mí que tuve tres hijos, el lapso cubre aproximadamente año y medio de mi vida). Aunque salen mejor parados los hombres envidiosos de un hecho real: llevamos bebés por dentro. Ellos nada más quieren ser los amos del mundo. Y creo que de ahí viene el asunto, de la sed de poder: si en una yurta, humeada por la fogata diaria, hay junta de pobladores y cualquiera tiene derecho a hablar, a opinar, no se termina nunca de tomar una decisión. Por eso hay un jefe, rituales, turnos. Y ¿por qué no?, es válido arreglárselas para que la mitad del pueblo no tenga voz. ¿Cómo hacerlo? Demostrando que no puede. Entonces se instaura algo como “la mayoría de edad”, no puedes hablar si no has reglado aún, o si no te has hecho hombre cazando algún animal terrible. No puedes hablar si eres viuda, si estás embarazada o reglando;  no puedes si esto, si lo otro. Y luego la propuesta genial: que –preferentemente– las mujeres no hablen. Esto es idea mía, no sé si así sucedió. Pero pienso que sí. También pienso que no fue un complot organizado, sencillamente se fue dando. ¿Cómo, sin embargo, se logró apartar a las mujeres del poder, fuere cuál fuere? Porque la no–mayoría de edad se cuenta con los dedos, la viudez con ausencia marital, el embarazo se nota. ¿Cómo descartar a las mujeres sin parecer injusto?, pues demostrando que sólo los hombres valen. ¿Y cómo demostrar la superioridad de cualquier persona, cosa o decisión?, pues denotando la inferioridad de las otras personas, cosas, decisiones. Rápido y eficiente. “No cuenta el que yo, hombre, pueda cargar el botellón de agua; cuenta que tú, mujer, no puedas. Porque entiendo que tus manos son más delgaditas, y estás embarazada, cuidado con el bebé y más”. “No cuenta que yo, hombre, pueda salir meses de viaje a cazar mamuts modernos; cuenta que tú, mujer, no puedas. Porque entiendo que estás amamantando, no puedes irte con el crío a cuestas, y cómo hablarías con extraños, luego te pones nerviosa”. “No cuenta que yo, hombre, pueda navegar en aguas tumultuosas; cuenta que tú, mujer, no puedas. Porque estás reglando, no te vayan a oler los tiburones”. “No soy yo el que cuenta más; eres TÚ a quién tenemos que cuidar. Porque no puedes sola… Te estoy cuidando, dulce mujer indefensa”.

Y un día se toman decisiones en la famosa junta de la yurta, y claro que no estabas, y cómo no estabas, no puedes protestar. De todas maneras, no sabes por qué se tomó la decisión. Y aunque hubieras estado, no podrías haber tomado la palabra, eres mujer.

Y por eso el derecho de voto no se te otorga sino hasta el siglo XX.  “No es que no puedas, nena, es que no sabes”. Y de ahí, poco a poco, la costumbre de heredar propiedades y títulos a los hijos hombres, por orden de nacimiento. La de la famosa dote para casar a las herederas. La de no permitir métodos anticonceptivos, el aborto legal y otras nimiedades…

Un amigo comentó en algún momento que cuando el león monta a la leona, el perro a la perra, ellas no siempre levantaron el trasero para recibirlos. Dice, este amigo, que desde esa manera de reproducirse, hay violación. Estuve masticando su idea. Mira que los peces no se acoplan, la fecundación es externa, semen sobre hueva. Los pájaros, pues, hacen su labor de conquista, checa al pavo real, cómo abre y muestra sus colores, para que la hembra le dé el sí. Igual los gallos de cresta enrojecida y los preliminares de las serpientes, caricias y mordidas leves. He visto a los gatos rondar a las gatas y a los perros pelear por una perra. Aquí, en plena ciudad, no tengo acceso más que a documentales para analizar la manera de aparearse de los animales. Y sí, a veces, parece violación lo que pasa. Ves a la tigresa inclinarse para tomar agua y de repente al tigre echársele encima, sin pedir permiso. Pero en general, nos muestran los camarógrafos rituales interminables de “te enseño mis pompas rojas” o de peleas encarnizadas entre los machos mientras la hembra examina de cerca sus pezuñas… Y es una lástima. Porque me sería más fácil entender lo de las violaciones si en los no–humanos se viera que sucede lo mismo. Preferiría pensar en  instinto, no en un acto calculado. Porque si no es nato el asunto, si no es cuestión de instinto, entonces se puede regular, educar, y entonces evitar que suceda.

Me puse a examinar datos históricos, para entender cuándo empezó esa idea de que las mujeres, dada su inferioridad,  sirven para ser cogidas, violentadas y asesinadas. Mira que sentí el antojo de ponerte palabras más crudas, pero justamente, el punto de mi reflexión es encontrar alguna manera de resistir antojos… Empiezo con el famoso Rapto de las Sabinas. Es mitológico el asunto. Es decir historia basada en hechos reales, costumbres o eventos importantes de la vida de aquel entonces, pero atribuida a los dioses. Significa que los romanos ya admitían la violencia generalizada hacia las mujeres. Generalizada y justificada. Explican los dioses el evento con el hecho de que las mujeres no alcanzaban para tanto hombre en Roma y que algo se debía hacer. Para reproducirse, para coger a gusto, o para tener igualdad en números, eso no lo quiero saber. Pero el caso es que esa violencia llevaba ya una etiqueta gigantesca de justificación. Y años, siglos más tarde, lo que abundan son las representaciones artísticas de ese rapto, cuadros, esculturas, frente a los cuales nos quedamos babeando… ¿Qué bonitos y bien hechos están verdad?

Me salto, porque así soy de dispersa, mujer al fin, a los pies apachurrados de las chinas. Método de tortura  vergonzoso ampliamente aceptado por la sociedad china desde siglo X hasta el siglo XX,  con una justificación hermosa para cubrir la verdad horrorosa: las mujeres de pies chicos, parecidos a la flor de loto –por sus dedos aplastados imagino– eran preciadas por los hombres y encontraban marido más rápido. (Imagino que si no hay pies en el camino es más fácil atinarle a una vulva.) La verdad profunda es que una mujer de pies atrofiados no se mueve; no puede escapar, ya sea del matrimonio forzado, ya del trabajo forzado o de su vida.

He hecho desde adolescente, una relación estrecha entre esos pies torturados con vendas y los zapatos de tacón, alto, muy alto. ¿Quién puede correr sobre zancos, quién puede decir algo inteligente en una junta empresarial si lo único que siente es dolor en los pies y en las pantorrillas; quién dime? Sí, las piernas se ven más bonitas y las faldas lucen más, pero sólo según los cánones de belleza que, te juro, no han sido forjados por mentes femeninas.

Y me regreso a China. Muy padre la onda del respeto y culto a los antepasados, pero reservado a los hijos varones desde los tiempos del Neolítico Terminal, según los arqueólogos, relegando así, una vez más, a las mujeres a otro plano, inferior. ¿Por qué? Lo de los pies lo capto: no huyas, no seas libre, no pienses. ¿Pero esto? Todavía en los años 80, hace tan poquito, se mataba a las niñas recién nacidas, por no servir de nada y por aquello de la limitación de nacimientos por pareja. Date cuenta. Mide lo que significa. No es cuestión de emoción en la panza, ni de instinto, ni de impulso. Es raciocinio: no me sirves, mueres. Es ahogar la camada de gatitos.

Me vas a decir, porque no se puede entender, que eso es lejos, es otra manera de vivir, un barniz civilizatorio diferente del nuestro. Pero es que a eso voy: la violencia hacia la mujer no es un problema mexicano, es un problema humano. No es producto de los videojuegos, es producto de la mente masculina. Y no, no soy feminista extremista; soy nada más feminista sobreviviente.

Mira, te llevo a Europa, siglo XV, Juana de Arco. En la historia de Francia, se le considera la salvadora del reino. ¿Qué hizo? Salir a pelear. ¿Cómo lo hizo? Disfrazada de hombre; no fuera a ser que no le dieran chance. ¿Cuándo lo hizo? Antes de ser plenamente mujer, era virgen la niña, ¿verdad? Ah, ¿y por qué? Por oír voces. No fue su decisión luchar por el rey, fue alucinación, pobre mujer de mente frágil. ¿Sabemos si cada  detalle es verídico? Pues no. Sólo contamos con los testimonios y escritos de los testigos de la época (hombres), quienes eran los designados para relatar batallas, alegrías y desgracias. ¿Habrán tergiversado la realidad para justificar que fuera una mujer la que llevara a hombres aguerridos a la batalla y lograra el sacro del rey Charles VII?  ¿Habrá sido nada más una manera de adornar lo sucedido; deformación profesional? No es posible que una mujer logre esa clase de hazaña. Pobre Juana de Arco, acusada más tarde de brujería. Y quemada, claro.

Y en la misma línea de análisis, citemos lo de las Guerreras Amazonas, diferente época pero misma situación. Nos enseñaron en la escuela que eran tan bravas que se cortaban el seno derecho con tal de usar mejor sus arcos, ¿verdad? Pues en estudios relativamente recientes (2014), parece ser que eso no es cierto. Esa versión podría provenir del error de un historiador, al confundir la palabra “mazon” con la traducción de  “seno”. La persona que desmonta este mito es mujer, la historiadora Adrienne Mayor. ¿Por qué se habrá dado esa confusión del historiador que les arrebató un seno a aquellas guerreras? ¿Habrá tenido la cabeza llena de prejuicios, de los de hace más de 2500 años? ¿Habrá habido en él una predisposición a no creer en mujeres normales guerreras? Porque así, a medio pecho, ya no son tan mujeres esas guerreras, ¿verdad? Se masculinizaron.

Te cito a otra mujer no sólo célebre sino venerada, a quién se le robó su feminitud: la misma madre de Jesús. ¿Cómo permitir que el hijo de Dios naciera de una simple mujer? Entonces, hábilmente, se le hizo embarazarse sin contacto carnal. Su himen intacto la protege eternamente de ser mujer. Nos quitaron así toda participación en un evento de importancia mundial lo queramos o no, seamos cristianas o no. María no era mujer, era, con mayúscula, una Virgen. Y por ende, cómo permitir que la mujer tuviese un rol dominante en la iglesia. ¿A cuántas mujeres curas conoces…? Sí ya sé, si nos vamos a  la rama de los anglicanos, las mujeres pueden serlo. ¿Pero conoces a alguna mujer rabí? ¿A alguna mujer imán? ¿Me sigo? ¿Por qué? Caramba, pues por la ambición, por las ansias de poder de los religiosos, altos religiosos se entiende. Y si nos seguimos en la lógica de que las mujeres “son seres inferiores a los hombres”, no se les puede poner esa clase de poder entre las manos. Más si usan tacones, pobres.

¿Qué otro ejemplo te doy? Claro, lo del derecho de pernada. Eso de que si va a haber boda, llegue el señor del castillo y pueda, por ley, date cuenta, por ley, tener la primera noche con la mujer que se casa: Me arrogo el derecho de ser el que abra tus piernas por primera vez. Hay también allí metido un rollo de amo–vasallo, sí, pero no mandan a la señora del castillo a desvirgar al novio. Es derecho de hombre sobre mujer, otra vez. Y otra vez, no sólo en México, no hoy, esto data de la Edad Media en Europa.

O lo de las dotes, hace todavía menos de un siglo. Los matrimonios eran primero un contrato, en el que se especificaba cuanta lana (en ocasiones así, literal) o qué propiedades se le daban al futuro esposo. Un pago por casarse con la futura esposa. Hasta mediados del siglo XVII, se usaba dar parte de las tierras de la familia de la novia. María Teresa de España fue de las primeras en entregar dinero en lugar de tierras a su futuro esposo, el rey Luis XIV de Francia, 500 mil escudos, de a más o menos 4 gramos de oro cada uno, algo cómo 2000 kilos, 2 toneladas de oro. ¿Se compraba marido? ¿Se le pagaba por hacerse cargo de la mujer? ¿Por qué no se daba también, en nombre del hombre, una ganancia para la mujer? Claro que el contrato estaba escrito bonito y con garigoleos, y las únicas mujeres que tal vez tenían ganas de protestar contra ese sistema eran justamente las que no tenían dote, sólo familias pobres o castillos desvencijados.

Y salto a Turquía, otro continente (mismas épocas), refiriéndome ahora a los harems del imperio otomano. Cien mujeres para un sólo hombre. No es nada más cuento de las mil y una noches. Pertenecer daba acceso a una existencia privilegiada, estudios, comida, y si eras de las favoritas, camas de seda y visitas del macho, tu dueño, supremo honor. ¿Por qué no unirse, todas contra uno y abatirlo? ¿Por qué imperaba la lucha por ser la favorita, madre de hijos varones, asegurándose así una vida tranquila, fuera de los dolores del mundo externo? ¿Respeto a la tradición, a la educación? Al parecer no nada más el hombre está convencido de que la mujer le es inferior, somos las primeras en tragarnos el cuento. En 1909, Abdul Hamid II todavía poseía 370 mujeres en su palacio. Y en un discurso en 2016, eso es hoy, ¡hoy!, la mujer de Erdogan, presidente turco, todavía alabó la existencia de los harems, comparándolos con escuelas de vida para las mujeres. Mensaje de una mujer, convencida u obligada, pero mujer “contemporánea”.

Y luego lo de los velos. Las mujeres de aquellos harems raudas y acomedidas se aprendían  la danza. Justificación hay, otra vez, para lo que yo considero una vejación. La costumbre de cubrir cuerpos y rostros de las mujeres data de unos mil años antes de J. C., no es invento nuevo eso de que las mujeres no sirven, se deben de esconder y martirizar, aunque sea de manera encubierta, con un velo sobre la cara. Los griegos antiguos, los romanos (los del Rapto de las Sabinas ¿te acuerdas?),  los cristianos, tantos han intentado esconder a la mujer, con la consabida justificación de es para protegerlas, para que se vea que son nobles, o buenas, o no–sexuadas. El mismo profeta Mahoma dijo que los hombres no son capaces de practicar la continencia y pone entre las manos de las mujeres, a través del  porte del velo, toda la responsabilidad de actos indebidos cometidos por hombres. Ellos hacen y deshacen y tú eres la culpable… Y podría seguir, pero esto no es enciclopedia.

Escogí no hablar de las mujeres violadas en tiempo de guerra, cruzadas,  invasiones y colonizaciones o  guerrillas internas en algún país. Y escogí no hacerlo porque en tiempo de guerra, morir y ser violada “es normal”. (Sarcasmo. Sí, es sarcasmo, entiéndase, caray).

Y busqué números, pero sólo asustan. Me enteré de que Suecia, país tan lindo, es de los primeros en la cuenta de violaciones a mujeres. Aunque eso tal vez sólo signifique que en ese país sí hay cultura de la denuncia. Que en México, país donde vivo y que siento tan entregado a la violencia, nada más consigna el número 23, sí 23, en la competencia de violaciones de humanas hembras… Aunque, otra vez, puede que esto sólo signifique que no se levantan denuncias o que las violaciones terminan en feminicidios. Digo, si tus papás no te hacen caso cuando te pega tu hermano, qué vas a andar denunciando más tarde, ¿verdad? Las cifras que encontré en los datos de Amnistía Internacional afirman que, en el mundo, una de cada tres mujeres ha sido violada. Esto es un tercio de la población femenina. Una de tus tres sobrinas. Una de tus tres amigas. Y yo pensando que el mundo nos ignora. Falso. Pasa que la situación es igual o peor en otros lados. Luego, no es sólo un rollo de machismo latino, no permitas que te limite esa explicación, es un rollo de machismo en el ser humano,  de valemadrismo como lo dije antes, y de costumbrismo. (Sí, violenta costumbre).

Intenté decirte, probarte, que el lastimar a las mujeres no es algo reciente, ni nada más propio de ciertas culturas. Que no, no es un problema de instintos, mira a las leonas tomar su siesta, ni de sociedad latina, europea o asiática. Es. Y ya. Te platiqué que no violaría a nadie. Que no mataría. (Puedo entender las ansias, pero no, no lo haría). Te expliqué que no acepto la idea de que las mujeres somos inferiores a los hombres. Te dije que no creo que la violación sea algo natural, que no veo a los animales hacerlo. Sólo a los humanos. Te enlisté, brevemente,  eventos que muestran que no es moda, que la costumbre de violar, torturar y asesinar a las mujeres es milenaria. No te puse números exactos, pero te los sugerí. Termino dándote el último ejemplo, el que me parece ser el más viable para detener la violencia hacia la mujer, y es el de pueblos que han sobrevivido a todos los ataques, a todas las persecuciones. Pueblos como el pueblo judío o como el pueblo gitano. Mira que están igual de mal parados que nosotras si comparamos odio a grupos, odio sin razón válida. Recordemos las palabras genocidio, pogromo, deportación, campo de concentración, y más.

Pero exploremos al menos algunas palabras que orientan hacia una posible solución.

1) Educación. En la escuela y en la casa, en la calle, en el metro, en el campo y hasta en la luna, me cae. Pero habrá de ser educación mediante el ejemplo, no sólo mediante palabras. ¿De qué sirve decir que las labores de la casa no son sólo para mujeres si te levantas cada dos minutos de la mesa a servir a los que comen contigo? Y sí, algo tan sencillo como esto tiene que ver con el respeto que se nos debe. No separes la vida familiar en dos: no es futbol para los niños y  resorte para las niñas. Ni es enseñar a tender camas sólo a las niñas, ¿qué, nosotras las hacemos y ellos las deshacen? Tampoco es que los niños sean los encargados del coche, ¿qué ellos lo cuidan y nosotras vamos de paseo con él?

Es no obligar a nadie a hacer algo que no quiere hacer, nunca. Claro que si el nene no se quiere bañar, pues algo le dirán en la escuela al día siguiente, y ya verá si le gusta. O si la nena no quiere comer, pues luego tendrá hambre, y no, no se le dará nada. Es aprender la ley de acción/consecuencia al mismo tiempo que se aprende que se vale decir “no” y que ese “no” se respeta. No digo que hagamos de los hijos energúmenos que  se crean permitido cualquier antojo (no te me vayas por el lado fácil), porque la consecuencia ahí está, siempre. Pienso que así, cuando se diga No, no quiero acostarme contigo, pues se oirá, y se acatará. Y sin llegar a esos extremos, que no se lastimará de ninguna manera ni a mujeres, ni a hombres.

2) Consecuencias. En el trabajo y en casa, en la calle, en el metro, en el campo y en la luna, me cae. Porque en México, en particular, el agredir a una mujer, poquito o muchito, no tiene consecuencias. La ley, siempre muy bonita, no se aplica, sobre todo si hay lana de por medio, amenazas sobre la familia del juez o el mismo juez anda de chistoso violando a su mujer, cada viernes, porque toca. O no denunciamos, porque da miedo, porque hay amenazas sobre la familia, o porque los polis están coludidos, o porque ellos son los presuntos perpetradores. Mira qué lindo vocabulario hemos aprendido… y entonces olvídate de ir a denunciar. (Recuerda el ranking de diferentes países en cuanto a violaciones conocidas, lo de Suecia y lo de acá). Y, no obstante…

3) Denunciar. Se necesita tanto valor para hacerlo, tanto, pero sí puedes. Hazlo desde la primera amenaza, la primera burla, el primer golpe. Mira que si fuera tu hija la violada, la asesinada, desaparecida, estarías removiendo cielo y tierra, gritando tu rabia, tu odio. Si fuiste tú la asesinada, de allá por dónde andes, descarga truenos sobre el responsable, hazlo. Si fuiste tú la golpeada, violada, torturada, denuncia. Nada más no vayas sola. Denuncia en radio, en tele, con una llamada basta, y ve luego a donde se tenga que ir, preferentemente acompañada, con reporteros y cámaras. No te bañes, no te quites ni la tierra de los pies, nada… Ve y aprieta los dientes mientras te ignoran y luego mientras te examinan. Aprieta los dientes, y si quieres, voy contigo. Voy yo y vamos otros/otras. Alerta a tus vecinos, a la secre del cubículo de al lado, a los de mantenimiento de la fábrica, vamos todos. No nos pueden matar a todos, no nos pueden ignorar a todos. Sí,  hombres y mujeres, juntos.

(Paréntesis necesario: Esto ya no sé si es educación o preparación de las consecuencias, pero si pedimos, exigimos que no se nos considere ni inferiores ni superiores, ¿cómo es que no aceptamos la presencia de los hombres de bien? ¿Por qué no pueden ir a las marchas con nosotras? ¿Por qué decimos que Todos los hombres esto o aquello? No es un asunto de mujeres, no existen los asuntos exclusivamente de mujeres o los asuntos de hombre, debemos entender eso, trabajar juntos. Porque el argumento de Te lastimo porque tú antes me lastimaste no nos lleva a ningún lugar. Demostrar que no somos inferiores no va por ahí.)

Y entonces denunciemos juntos, hombres, mujeres, reporteros, medios,  cada vez. Y no, no dejemos a la víctima sola con el examinador, con el policía, con el doctorcito de la delegación. Grabemos, además, todo lo posible. Mira que se puede con los teléfonos que hoy cargamos con nosotros día y noche, esto ya es juego de niños. Sí, lo sé. En pueblos chicos, no se puede ir a denunciar, el presidente municipal es avisado, luego luego, las amenazas no necesitan ni hacerse. Pero aprieta los dientes, ve a la ciudad, vamos, denuncia–consecuencia, denuncia–consecuencia, denuncia–consecuencia.

Entonces, tres ejes: educación, consecuencias, unidad al denunciar. ¿Se ve padre verdad…? Pues pienso que de nada sirve todo esto que te dije. Vamos que al menos no sirve para los hombres que piensan en nosotras como en cosas, como en presas. Imagino que sus padres, cuando los educaron, no les decían a la hora de la comida que salieran a violar y a matar… Pienso que esto de la educación sólo va a servir en quienes de todas maneras no habrían ni violado, ni obligado, ni secuestrado. Que lo de aplicar la ley, sólo sirve en Suecia y que lo de unirnos sólo sirve si aceptamos hacerlo con otros y con otras, aunque nos ha dado por quererlo hacer todo solas en ese terrible afán de demostrar que sí podemos.

Y de nada sirve porque estamos en un país, México, en el que te cobran derecho de piso por poner tu puesto de quesadillas en la calle. Porque  si denuncias un robo, los mismos polis te sacan más lana por hacerlo. Porque estamos en un país en el que a las niñas desparecidas no se les debe buscar porque entonces se llevan a las hermanas. Porque detrás de las puertas, violan y maltratan a las niñas, desde que tienen edad para lavar platos, caramba. Porque hay pueblos en los que las puertas están blindadas y aun así se meten de noche para robarse a las niñas y jovencitas, rompiendo paredes. Y no,  no son pueblos perdidos en la sierra, están cerca de ciudades grandes. Porque, aquí, si vas a denunciar que te violaron, los polis (otra vez ellos) te llevan a un cuarto a examinar y te vuelven a violar. Porque aquí las cruces rosas de Juárez ya no horrorizan a nadie. Porque el que no seamos las únicas, y que esto sea costumbre milenaria es consuelo de tontas. Porque tal vez no haya más salida que la de andar armadas y ser entonces (también) homicidas. Y porque tal vez, tal vez sea más fácil vivir pensando que mataste por defenderte, que vivir con una violación un año sí y el otro también. Y porque seguro es más fácil (o viable) vivir habiendo matado que habiendo sido asesinada.

Y no, no termino aquí. Porque sería cobarde haberte dicho tanto, haberte casi obligado a salir con pancartas a la calle para decirte que no se puede hacer nada, y que ni modo, y que si nacimos mujeres, pues nacimos para sufrir. Retomo que si han sobrevivido tanto los gitanos como los judíos ha sido por dos cosas: resiliencia y unión. Nos podemos reponer… Duele, es largo, terrible el proceso, pero no permitiremos que por la injerencia de algún sujeto nefasto nuestra vida se aruine o termine. Y, finalmente, recuérdalo y practícalo: la real y plena sororidad es lo que nos puede sacar a ti y a mí del hoyo ficticio al que nos ha tirado la historia. Recuérdalo: Juntas y de pie.

 

 

 

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Jueves, 13 Agosto 2020 05:21

Leer en la pandemia. Dr. Adán Echeverría.

 

 

Leer en la pandemia.

Dr. Adán Echeverría.

Cuando vemos a tantos jóvenes ser reclutados por el crimen organizado, trabajando de halcones por todas las ciudades de México. Cuando el promedio escolar en este país es de 9.2 años, dejando la preparatoria en los primeros meses del primer año, la deserción escolar ocurre en un 25.9%; cuando el promedio de lectura es de 3.8 libros al año. Cuando el 40% de los jóvenes que cursan la secundaria consumen alcohol ocasionalmente, y casi el 46 por ciento de los estudiantes de preparatoria. En cuanto a la drogadicción en los jóvenes mexicanos, en los últimos 10 años ha habido un aumento del 250% en el consumo de drogas ilegales; y hay que recordar que México ocupa el primer lugar de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), en embarazo de adolescentes. Esta es la juventud de México en este 2020. Estos son los jóvenes al que le estamos heredando los grandes problemas de este país.

Es por eso que, los que nos dedicamos a la educación, los que trabajamos con proyectos relacionados con el arte y la promoción cultural, los que desarrollamos talleres de cultura, enseñamos alguna disciplina artística, impartimos talleres de literatura, tenemos un gran reto frente a nosotros. Hacer que algunos de esos jóvenes encuentren en la palabra, en la literatura, una posibilidad de encontrarse a sí mismos, y de poder expresar sus emociones, sus pensamientos hacia los demás, y lograr comunicarlos a los demás. Para ello una de las principales herramientas que tiene el aficionado a la literatura es Leer.

Imagínate un México donde el promedio de estudios fuera de 14 años, esto sería que la gran mayoría de los mexicanos tuvieran al menos el bachillerato y algún semestre de cualquier carrera: licenciatura o ingeniería. Si el promedio de edad para tener un hijo fueran los 28 años. ¿Usted considera que al menos esos dos factores fueran determinantes en tener una mejor sociedad mexicana? Los gobiernos municipal, estatal y federal deben de tener esto como objetivos en sus plataformas.

A nosotros, los escritores, los promotores de lectura, los talleristas, nos queda buscar que se aumente el porcentaje de libros leídos por los mexicanos. ¿Cómo? Evidenciando nuestro amor por la literatura, nuestro amor por los libros, por la capacidad lectora, de análisis. Un intelectual no es aquel que dice: ¡Soy un intelectual! ¡Nosotros los intelectuales! Un promotor de lectura no es el que dice: ¡Porque leo soy mejor que tú, y que otros! Un escritor no se preocupa por la fama, por decir: ¡He fincado mi carrera literaria! ¡Lo he logrado! Un escritor es aquel que ante todo es un gran lector. Aquel que sabe que en el silencio se encuentra la sabiduría. Es aquel capaz de entender al otro, de estudiar su tiempo, para poder plasmarlo en sus personajes, en la voz de sus hablantes líricos.

Por ello se hace necesario un Reto Lector, que impulse hacia arriba el promedio de lectura del mexicano. Ese reto es que todos los que decimos que somos escritores, tengamos la capacidad de leer al menos 12 libros al año. Ni uno menos. Y compartir con los nuestros el gusto por los libros, nuestros comentarios de nuestras lecturas.

Es por ello que ahora, al 6 de junio de 2020, puedo decir que ya me estoy poniendo al día en la lectura, y en este reto lector del que les he hablado. Por ahora he tenido oportunidad de leer: 1. El extranjero, de Albert Camus. 2. Mañana tendremos otros nombres, Patricio Pron, 3. Pálida luz en las colinas, Kazuo Ishiguro. 4. El club de la pelea, Chuck Palahniuk. 5. La virgen de los sicarios, Fernando Vallejo. 6. Noticias del Imperio, Fernando del Paso. 7. Satán en Goray, Isaac Bashevis Singer. 8. Sula, Toni Morrison; 9. Llevo ya 300 páginas de: Carlota. La emperatriz que enloqueció de amor, de Laura Martinez-Belli; y 10. Llevo ya 98 páginas de Vergüenza, de Salman Rusdie.

¿Y tú cómo vas con el reto de leer al menos 12 libros al año? Aumentemos el promedio de lectura en México. ¡Súmate a esta propuesta, y tengamos un país más ilustrado!

Publicado en La pluma sobre el ojo
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Pandemia y brecha digital

Dra. Rocío García Rey

 

Llegó en marzo tenía con algunas noticias dispersas. No di mayor importancia y el 8 de marzo no pude participar en la marcha del Día internacional de la Mujer, pero me coloqué dos cartulinas con poemas. Ese recuerdo es nítido, fragante, así como el de la Presentación de la hoja de Humo Sólido en algún lugar del Centro Histórico. Pero la nitidez desaparece y da lugar a una meticulosa relación de hechos. En efecto, los hechos fueron muy rápidos. Había que tragarlos como cuando se tienen mucha hambre y poco tiempo para comer.

            Recuerdo que un día de marzo me llamaron del Museo Universitario del Chopo para decirme que las clases presenciales se habían suspendido. Tal vez, en segundo, lugar, el aviso fue de la Casa del Lago, quizá al final de la FES – Acatlán. La consigna: ¡Quédate en casa!, es lo único que recuerdo con nitidez. Después empecé a prestar mayor atención en las noticias de otros países:  muertos, enfermos, hospitales llenos y fue así que se quedó a vivir en mi cotidianidad la palabra “coronavirus”.

            En un principio fui muy optimista el 20 de abril regresaremos a nuestras actividades. Comparaba yo esta pandemia con aquella de la influenza. Pero esta vez, en el terreno laboral hubo una gran diferencia: trabajar desde casa. Y fue entonces, que la poca tranquilidad desapareció para muchos. La causa: la brecha digital. A mí me mandaron listas de alumnos para contactar con ell@s. ¿Pero ¿qué haría yo si mi sueldo no da para pagar una cuenta completa de internet? Durante un tiempo fui bastante ingenua y creía que tal vez por WhatsApp podría dar clase; quizá dar lecturas por correo electrónico. Vivía, ahora lo sé completamente ajena a la tecnología. Cuando avisé a un grupo que nos reuniríamos, mis referentes eran los de el correo electrónico, acaso una página en Fb. Pero la pregunta de un alumno deshizo mi paraíso: ¿Por qué plataforma va a ser la clase? Plataforma retumbó en mi escritorio una y otra vez. Me sentí avergonzada.

            Lo narrado se relaciona con un problema mayúsculo que, por lo tanto, no se ciñe a mi anécdota: Vivimos una gran brecha digital, en la que no los profesores con Doctorado logramos zafarnos. Ahora mismo que escribo esto, doy a conocer que ninguna de las instituciones de la UNAM para las que laboro me ha pagado el semestre.

            Para salir adelante con las clases recibí ayuda de dos alumnos de las FES – Acatlán: Agustín Robledo y Manuel Huerta. Gracias a su apoyo económico logré contratar una línea de internet propia y poder dar así, las clases por video conferencia.

            Carlos Slim fue totalmente estratégico al “regalar” en tiempo de contingencia las video conferencias. ¿Y después qué pasará? Algunos dirán que por eso existe zoom y tras plataformas, pero quiero decir que en la casa del Lago nos pidieron no usar zoom porque parece ser poco seguro.

            Me pregunto ¿cuántos profesores más hay en esta situación? Para empezar muchos alumnos desertaron de las clases porque no les gustaba la nueva forma a distancia. Esta modalidad implicó, tener que escanear de urgencia textos, acoplarse a ver una serie de cuadro negros, porque no todos prenden su cámara, e implicó también el reto de saber que se enseña con calidad allende pantallas.

            Me pregunto también qué, aunque muchos lo sabemos, qué sucedió con aquella infancia que va a escuelas públicas, aquell@s niñ@s que no tienen siquiera una computadora. De nuevo la brega digital acorrala a los países subdesarrollados, cuyos encargados de educación siguen teniendo la creencia de que el aprendizaje no debe parar. Pero ¿se tratará de un aprendizaje significativo?

            Debido a la pandemia vivimos una serie de duelos que incluyen los escolares: la lejanía del aula, dejar de ver en persona a nuestros compañeros y alumnos: Adaptar cursos. Vivir con miedo de ser contagiado. El hecho de que las bibliotecas hayan cerrado y ahora las consultas sea de libros electrónicos. ¿Realmente alguien les habrá explicado a los infantes qué pasa?

            Miedo, precariedad en los sueldos cuando no ausencia total de estos, alumn@s heterogéneos, como es natural.

            La pandemia del COVID ha dejado aún más al descubierto las brechas salariales y tecnológicas que vivimos en pleno siglo XXI:

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CRÓNICA DE UNA MARCHA: LO VIOLETA QUE CORRE ENTRE NOSOTRAS

Alina Victoria

 

 

El 8M del 2020 no comienza en la mañana del domingo, comienza una noche antes. Karla, mi amiga, me invita al teatro. Ella se llama igual que mi prima quien casi fue secuestrada el mes pasado por dos hombres en Ecatepec. Para salvarse tuvo que tomar asilo en una tienda de telefonía celular. Detrás de los vidrios transparentes de la tienda, un par de hienas iban y regresaban, la puerta de entrada acorralada. Al final del horroroso episodio, dos policías escoltaron a mi prima hasta un auto que la esperaba para llevarla a casa.

Karla y yo llegamos al Centro Cultural Universitario. El teatro Juan Luis de Alarcón expone la obra “Desaparecer”. El escenario está  iluminado por luces blancas que rebotan en unas sillas de plástico desperdigadas por la tarima. Una mujer de unos sesenta años inicia un monólogo. Pascal Rambert, autor y director de la obra, trabaja con binomios: vida y muerte, resignación y esperanza. Se trata de la desaparición de Ángel y del duelo inacabado de las mujeres que esperan su regreso. La tía, la primera aparición, duerme todo el tiempo aunque le diga a su hermana que el llanto no sirve. La abuela ha puesto en el patio de la casa unas campanillas que avisarán el regreso de su nieto. El viento mueve las campanillas y pregunta “¿Eres tú?”. En la obra también hay un fantasma, una víctima de feminicidio. La mujer fantasma se pasea dolorosamente entre los vivos: “No existe el momento, ni el lugar equivocados, existe un problema político”. La madre, mitad esperanza, todo sufrimiento, cae en el fondo del escenario. Serán las familiares de las desaparecidas y de las victimas de feminicidio las que abrirán la marcha del domingo.  

Me despido de Karla y antes de bajarse de la estación del metro me dice: “Oye, me mandas un mensaje cuando llegues a casa”. Le contestó que sí. Es el dicho habitual de las mujeres que vivimos en la Ciudad de México y en la mal nombrada “periferia”. Aquí la violencia se traga los lugares sin hacer distinción de las fronteras trazadas por el hombre. Si de algo sirve la frontera, es para hacernos saber que encontraremos mayor impunidad en el Estado de México.

Al día siguiente no es con Karla con quien quedo, es con otra amiga, Wendy. “Oye, ¿iremos con el contingente del Museo de la Mujer?”. Sí, le digo. El Museo de la Mujer y su pedacito de oasis histórico en el centro. Wendy y yo nos veremos primero en el metro Revolución y luego, alcanzaremos el contingente. Eso decidimos, pero el futuro me tiene deparado otro destino.

Ya voy tarde. Siempre llego o muy temprano o muy tarde a los lugares. Apenas estoy en la línea rosa ¿Hacia dónde tengo que transbordar? ¿Qué dirección es Revolución? No recuerdo ¿Taxqueña o Cuatro Caminos? No importa, ya caminan a mi alrededor mujeres con camisas negras y moradas, cargan pancartas, pareciera ser que el pasillo blanco del transbordo es nuestro. Era Cuatro Caminos. El área del andén exclusivo para mujeres está lleno. Antes de traspasarlo, un viejito se me acerca y menciona “No te vayas a ir en ese metro, van a mandar uno vacío”. Le contesto que gracias por la información.  Mientras espero, una señora refunfuña por lo bajo “pìnches feminazis, puro desmadre es lo único que saben hacer”. Recuerdo entonces una salida con mi ex pareja, otro domingo, otro andén. Las porras de fútbol se adueñaron de un convoy, la gente miraba. Comentarios avenidos “es lo normal, por lo menos es domingo y no vamos a llegar tarde a trabajar”. Comentarios indignados “Estos nada más hacen relajo”. Percibo que vivo entre personas que no alcanzan a ver el contexto, que no se preguntan si será lo mismo el desorden del transporte ocasionado por una marcha que por una porra. Todo se lee igual, desaparecen las metonimias y las metáforas en una sociedad acostumbrada a ver pura pantalla plana. Tampoco es su culpa, las figuras retóricas se aprenden a leer y nadie les ha enseñado. El Estado que no alcanza desde otra institución.

Efectivamente, un convoy llega vacío para irse repleto de mujeres. La marcha ya comienza en lo subterráneo. Gritan: “Sí se ve, sí se ve, ese apoyo sí se ve”. Me toca compartir vagón con el colectivo de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Las consignas se desplazan entre estación y  estación. Zócalo “Y mueran y mueran y mueran los machistas que América Latina será toda feminista”. Allende “¿En dónde están las de la UACM? Uh, Uh, Uh, UACM”. Bellas Artes “Van a volver, van a volver, las balas que disparaste van a volver, van a volver, van a volver, la sangre que derramaste la pagarás, van a volver, van a volver, las mujeres que asesinaste no morirán ¡no morirán!”. El metro va lento, el calor se estanca y los olores de perfume, sudor y comida se riegan. En Hidalgo entran más mujeres “¡Sí cabemos todas, sí cabemos todas!”. Segundos antes de llegar a Revolución, una única consigna se apropia del lugar “Ni una más, ni una más, ni una asesinada más”. Como si fuera planeando, las voces de las mujeres que vienen dentro del vagón se juntan con las voces de las mujeres que están en el andén y que llegaron antes. Por un momento, Revolución retumba. Hay tantas que tardo media hora en dejar la estación del metro. Escuchó a Wendy por el auricular de mi celular “Te espero en el metrobús de Puente de Alvarado, aquí ya es imposible verse”.

Camino hacia el monumento, en ese instante no sé que tardaré otra hora para transitar Ponciano Arriaga. Cuando por fin llego a Plaza de la República pierdo toda esperanza de ver a mi amiga, es imposible cruzar la masa. Se lo comunico. El desorden reina. Muchas mujeres están desesperadas por la poca movilidad de sus cuerpos. Llevo una pluma en la mano, he olvidado meterla a la mochila y ese simple acto se volvería cirquense. Sin querer la mujer que va a mi lado se pica el antebrazo. Da un gritito y me disculpo. Luego dice “No me dolió, me asusté, pensé que era alguien con un cuchillo”. Tengo la impresión de que a mi alrededor hay gente que nunca antes había estado en una marcha. Llevan cara de asustadas y de desesperación. No saben hacia donde moverse, buscan familiares, hay desmalladas. El trabajo de las feministas y de las activistas que regularmente asisten a las marchas se cuadriplica: las contienen, las protegen, les dicen que no deben perder la calma, que una multitud desesperada es letal.

Es arriesgado estar aquí me advierto, y a la par, una oleada de emoción aparece: muchas han dejado de guardar silencio. Me muevo entre binomios como Pascal Rambert. No estoy replegada en el asiento del teatro nerviosa y pensando que Ángel pudo haber sido mi prima, estoy caminando por ella y por otras en una calle más vacía,  en Tomas Alva Edison me doy cuenta que es como si estuviera detrás de otra obra, una que hacemos todas y que no debe ser vista como espectáculo. Estoy acompañada por los contingentes que van dirección hacia el Zócalo y también camino sola. Del Caballito de Reforma al Hemiciclo hay un ambiente festivo y de enojo. Una jovencita saca de un vaso de unicel, confeti morado. Un indigente que viste una chamarra de mangas verdes, idénticas al color de los pañuelos que se mueven en la ola, ha escalado un árbol. El indigente aplaude desde su panorama privilegiado. Fue el único que se atrevió a subir un árbol para observar a la marea verde que baila “Aborto legal, justicia social”.

Otro contingente, la Comisión Feminista de Chile en México decidió mezclar los motivos carnavalescos con las máscaras de luchador. Son bellísimas sus máscaras; me llama la atención una color rosa mexicano con moños esmeraldas. Las ingenieras de la UNAM y del IPN marchan adelante. En una de sus cartulinas se puede leer “Ni vino, ni mujeres, ni orgías”. ¿Qué historias se esconden detrás de esto que se niega? Otra mujer lleva un cráneo hecho con alambres. Deberías verlo Juan Luis Vives, si es que algo así como la creatividad femenina existe, ya no transcurre en el ámbito de la moral. Es el turno de las Mujeres en la Música, su voz educada se alza sin esfuerzo por encima de la multitud. Una guitarra las acompaña.

 

“Tiemble el Estado, los cielos, las calles,

Tiemblen los jueces y los judiciales

Hoy a las mujeres nos quitan la calma

Nos sembraron miedo

¡nos crecieron ganas!

Nos roban amigas, nos matan hermanas

Destrozan sus cuerpos, los desaparecen

No olvides sus nombres ¡por favor!

Señor Presidente”

 

Los petardos resuenan enfrente de la Torre Latinoamericana. Me repliego. La fuente es roja. Recuerdo la sangre. Un grupo de encapuchadas golpea con martillos las barricadas. La gente huye, los colectivos se dividen entre “No más violencia” y “Somos todas”. Las que llevan años en la lucha de nuevo alzan la voz “Con calma, con calma, compañeras”. Me alejo hacia el Palacio de Moneda, en ese trayecto me encuentro inesperadamente con mi asesora de tesis de la Universidad. Con su pequeño grupo entro a la calle perpendicular a Madero. Aparte de pronunciarse contra la violencia machista, están haciendo un documental, sería indiscreto de mi parte nombrarlo, pero llevan una cámara, y una historiadora del arte, que se especializa en cine, registra el sonido. Con ellas veo algo que será el emotivo anticipo del final de la tarde.

Tratan de romper la marcha. No se sabe quiénes. El tiempo se suspende anunciando que un movimiento en falso sería el inicio de una tragedia. He quedado detrás de los granaderos y desde ahí observo los rayos del sol que calientan sus cascos. Por encima de estos, los puños iluminados de miles de mujeres. Los brazos suben y bajan, los puños se detienen en lo alto  y luego ruedan lentamente hacia el centro de la Ciudad. Los edificios se quiebran con la sola voz de una multitud que va denunciando “Somos feministas, no somos infiltradas”. La respiración ansiosa de los granaderos cede y ellas valientes siguen su marcha sin haberse callado nunca.

Llego a la plancha del Zócalo, mujeres bailando, mujeres cantando, mujeres llorando, el final se expande clamoroso porque comparto en ese espacio abierto, la primavera que resiste y que corre violeta entre nosotras.

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 LAURA SPARK

 

 

El porno nuestro de cada día

Ramiro Padilla Atondo

 

 

I

 

Vi por primera vez una mujer desnuda en una revista a los ocho años. Frente a mi casa había un gigantesco baldío en el que nos reuníamos todos los vecinos según nosotros a acampar. El padre de un par de ellos nunca escondió su pasión por todo tipo de contenido pornográfico. El hijo del vecino nos susurró que había logrado robar una de las revistas, que acumulaba por cientos, en uno de los closets de su casa. Por supuesto que nosotros, curiosos, e intentando ser arrojados, le pedimos que nos la mostrara.   Recuerdo haber visto la revista con una combinación de repulsión y fascinación. Ante mis ojos aparecía una mujer con las piernas abiertas y una mata de vello abundante muy al estilo de los setenta.

 

II

 

Hay cosas que por mera novedad no son medibles. Se requiere cierta distancia para comprender sus consecuencias. La masificación de la  pornografía  logró crear toda una industria y como tal, con sus efectos secundarios. Al igual que la nueva industria del vapeo, apenas se empiezan a analizar las consecuencias psicológicas que tiene para una mayoría de mujeres el estar inmiscuidas en el negocio.

 

III

 

Boggie nights es una película que habla de la transición de la industria porno de las salas de los cines a la comodidad de la casa. De cómo hubo un salto cuantitativo y cualitativo en la manera en la que se consumía. La masificación de los videocasetes, alejados del impedimento moral que muchas veces significaba el ver o ser visto en las funciones para adultos. Eso quedaba resuelto al ir a rentar una cinta o al comprarla. Ya se podía, desde la comodidad de tu cama, ver todo el porno que quisieras. Aparte, la idea de que las películas tenían que tener una trama se difuminaba. Se diferenciaba claramente el cine de contenido erótico de la mera pornografía. Nacían nuevos tipos de porno porque era rentable, los estudios de filmación  se ampliaban, empezaba la edad dorada de la industria XXX.

 

IV

 

After the porn ends es un documental de netflix que habla de la vida de las protagonistas cuando abandonan la industria. Aunque hay un hilo conductivo que las hermana (gastar el dinero rápido, no pensar en el mañana, consumo de drogas etc) hay algunas que logran en cierta manera volver a tener una vida lo más cercana a lo normal posible.

 

V

 

Quizá el mayor tema de nuestros tiempos sea la soledad. El sentido de que de a poco en esta sociedad post industrial nos sentimos más solos que nunca. Las nuevas tecnologías amplifican el sentimiento. Las buenas conversaciones ya no son cara a cara, difuminadas por eso que magnificamos, llamado ocupación. Vivimos tan de prisa que las relaciones interpersonales dejan de ser prioridad porque tenemos ese mundo virtual que nos convierte en una especie de ermitaños hasta en el sentido sexual. Una pantalla en 4k nos devuelve la imagen de una mujer perfecta, la que quizá nunca podamos tener

 

VI

 

Los jóvenes de hoy combaten castillos no imaginarios. La primacía de la imagen los hace esclavos de exigencias contra naturales. Más que nunca se objetiviza el sexo. Se juegan los roles reservados a las películas porno. Cuerpos perfectos, hombres insaciables con penes gigantes, mujeres que son máquinas de tener orgasmos al alcance de un click.

 

VII

 

Quizá se pueda medir la frustración de un país por el tamaño de su industria pornográfica. Las sociedades ultraconservadoras padecen esa curiosa dicotomía. Se prioriza la carrera (individual) sobre la familia (social). Los ejemplos más acabados son Japón y Estados Unidos. En Japón la población está enfrentando un peligroso declive. Un gran porcentaje de su juventud llega a los 30 años virgen. No hay incentivos para establecer noviazgos y la industria pornográfica llena ese vacío. La cultura estadounidense padece una grieta gigantesca. La respuesta brutal al esquematismo protestante es la búsqueda desenfrenada del hedonismo. Sexo drogas y rockanrol.

 

VIII

 

Tengo una amiga sexóloga. De repente hablamos por teléfono y discutimos todo tipo de temas. Recuerdo haberle dicho que la anorgasmia en México es cercana al 60 % lo cual puede ser parcialmente cierto. Ella me corrigió, según sus análisis ronda el 80%.  Quizá en México aún no se hable abiertamente del cuerpo femenino o las necesidades femeninas porque es claro que seguimos dominados por la cultura religiosa de la culpa. El hombre mexicano magnifica su potencia sexual lo cual es sintomático de lo contrario. La agresividad mexicana hacia las mujeres es un claro ejemplo de ello. Se toma por la fuerza lo que no puede conseguirse por otros medios.

 

XI

 

El porno corporativo es una forma de violencia. Aun no estoy seguro si todo tipo de porno lleve violencia implícita. Hay quienes se graban teniendo sexo por puro hedonismo, no hay una transacción económica ni deseos de lucrar. Puro exhibicionismo. En el porno corporativo, al igual que cualquier empresa, se tienen objetivos, mercados, se exigen cuotas de producción en las cuales la mujer es obligada hasta el límite. Pero en el porno el precio que se paga es muy superior a un trabajo normal. Se paga con sufrimiento psicológico, enfermedades venéreas y una carga que puede llevarse por el resto de la vida.

 

X

 

Como las drogas, el porno llegó para quedarse porque es rentable. Las pasiones humanas son una veta infinita de dinero. Las religiones entendieron esto de inmediato. Se controlan las pasiones humanas ergo se  controla lo demás. La culpa por el cuerpo termina por reventar en lo permisivo, muta en hipocresía. ¿Qué hacemos? La verdad no sé. Como siempre tengo más dudas que respuestas. Pero al menos es bueno poner el tema a discusión. Hay muchísimas personas más capaces de desgranar este tema complejo. Excelente tarde.

 

Bibliografía

Empire of illusion Chris Hodges— Chapter II The Illusion of love

https://genius.com/David-foster-wallace-big-red-son-annotated

https://www.netflix.com/mx/title/70242063

https://www.espinof.com/criticas/criticas-a-la-carta-boogie-nights-nostalgia-por-el-porno-de-los-70

Publicado en NORTEC
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Reflexionando sobre “El peligro de una sola historia

Sergio Salinas

 

Siendo lectores estamos expuestos a las historias. Qué digo, también como seres humanos somos vulnerables ante ellas. En múltiples ocasiones somos espectadores, y algunas veces, lo queramos o no, protagonistas. También, en más de las que quisiéramos admitir, narradores.

Esto nos puede hablar un dar una idea de lo infinito que es el universo de las historias. La realidad es conformada por un gran matiz de éstas. Cada una con una tonalidad única, capaz de darle existencia a un sinnúmero de perspectivas; todas casi tan valiosas intrínsecamente por el hecho de ser humanas.

Sin embargo, las estructuras sociales no pueden concebir que existan tantas posibilidades; para la humanidad, es necesario un límite marcado de estas historias para dibujar un esbozo simple de la existencia. Un criterio capaz de otorgar valía y de definir cuáles son aquellas historias que “en realidad” representan a la realidad. Sin ahondar mucho en el tema, los criterios han sido de todo tipo: estéticos, políticos, sociales… pero más que nada, impuestos.

Ante el filtro de estas narraciones, como consumidores de historias a veces nos quedamos con una visión corta (¡cortísima!) si la comparamos con la infinidad posible de visiones. Y este ejercicio, a lo largo de los años, ha generado una riesgosa situación de presentar una sola historia para cierta persona, para cierta comunidad, para cierto pueblo. Las vertientes bellas u horrorosas que conforman la naturaleza humana de estos individuos resultan en un solo cuadro parcial de la realidad. Una fotografía reducida, la cual se toma como la única verdad sobre ellos.

Chimamanda Adichie, escritora nigeriana, invierte una gran parte de su imagen pública para advertir sobre el peligro de este cuadro parcial de la realidad y las consecuencias de contar, o escuchar, una sola perspectiva. Ha dedicado su obra a narrar historias contemporáneas africanas a través de abaladas novelas, publicadas desde sus estudios en la Universidad Estatal del Este de Connecticut. Sus experiencias internacionales y ávido consumo como lectora, la han llevado a generar esta reflexión, la cual ha presentado en numerosas plataformas; una de ellas a través de TED Talks, bajo el título de “The danger of a single story”, fácilmente encontrable en Youtube.

Con base en su conferencia, he permitido surgir algunas reflexiones en torno a las peligrosas consecuencias de contar (y escuchar) una sola historia. La primera, tal vez la más relevante de estas, implica el desarrollo y perpetuación de estereotipos y prejuicios hacia personas, colectivos o pueblos, lo cual tiene como grave consecuencia el despojo de la dignidad de estos. Las historias y sus narradores son capaces de deshumanizar, limitar e imponer perspectivas que son versiones incompletas ante la complejidad y belleza de la naturaleza de los pueblos.

Estas estructuras de pensamiento trascienden histórica y culturalmente, perpetuando la desvaloración de ciertos individuos y comunidades. En ocasiones, estos se vuelven cánones o tabúes, casi sagrados. Para mí, esto es perpetuar la mentira en gran parte. Y esta mentira nos aleja los unos de los otros; limita el reconocimiento hacia los demás y nos hace menos empáticos ante la situación del prójimo.

Una sola versión de los protagonistas en estas narrativas limita la capacidad de generar una identidad por parte del individuo lector. El discurso oficial limita a los personajes; muchos lectores quedan fuera del recurso literario debido a su incapacidad para identificarse con historias similares a las suyas, y mantienen lineamientos sociales, políticas y culturales en las cuales, consciente o inconscientemente, se comprometen a preservar, pues no conocen otra versión de sus propias historias. Y muy baja es la cantidad de rebeldes que deciden cambiar el rumbo de su propio cuento.

Es ya muy conocido el mecanismo, brevemente comentado en el párrafo anterior, bajo el cual se reproducen estructuras sociales y culturales a través de las historias; así es que también el contar una sola historia es un ejercicio de poder: los poderosos son quienes generan los criterios para validar historias, así como de crear las mismas a través de diferentes vehículos. No sólo hablamos de las narraciones; esto es transferible a los discursos oficiales políticos y sociales, difundidos por la cultura, el arte y los medios de comunicación.

Por otro lado, reconocer el peligro de una sola historia nos permite también explorar las demás posibilidades positivas. Por caso, es importantísimo valorar la necesidad de proveer de recursos a escritores capaces de contar “todas las historias”. La existencia de escritoras y escritores con múltiples tonalidades ayudaría a enriquecer el panorama literario, abriendo ese cuadro parcial presentado en este texto para convertirlo en un universo más matizado de posibilidades. En primera instancia, se podrían romper los estereotipos. En segunda, se lograría una mayor identificación de personas ansiosas de escuchar historias diferentes sobre ellas mismas y sobre otras. En el ámbito cultural, podría generar una educación acerca de lo valioso y diferente de cada persona, de cada situación, a fin de crear un criterio amplio. Escuchar y escribir múltiples narraciones es un acercamiento más fiel a tratar de capturar toda la realidad, lo cual en consecuencia última, es un medio de redignificar a individuos y a pueblos enteros.

 

Como lector, como escritor y como ser humano, encuentro varios puntos de inflexión después de esta conferencia, los cuales he retomado a lo largo de este texto. Sin embargo, en un aspecto más personal: ¿cuántas veces he limitado mi propia perspectiva a causa de un prejuicio? ¿O cuándo he deshumanizado a una persona, a un colectivo, por ser sordo a sus verdades? ¿Hasta qué punto puedo defender mi propia identidad y opiniones sin diluirme en la enormidad de narraciones alternas? ¿Cuáles son los puntos que me orientan al navegar el infinito mar de historias? ¿Qué responsabilidad asumo desde mi propia identidad, ante el escenario literario y político, como hombre cisgénero, como homosexual, como mexicano, como norteño o como capitalino, o como cualquier otro aspecto propio o hacia aquello que es diferente a mí? Explorar las respuestas a estas preguntas se darán sí con el tiempo y con la experiencia, pero también con un firme compromiso ético de leer y escribir a fin de mantener las tradiciones de aquellas voces que quizás se han perdido entre el discurso oficial y la infinita realidad. De la misma forma, queda invitarle a reflexionar al respecto.

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Viernes, 06 Marzo 2020 00:39

DESTRUIR LAS UNIVERSIDADES. Adán Echeverría.

 

DESTRUIR LAS UNIVERSIDADES.

Adán Echeverría.

No logro entender el pensamiento de aquellos personajes que, dentro de la estructura de una Universidad, (la mayoría de las veces en altos puestos: rectoría, alta dirección, consejo universitario, administración), buscan enriquecerse a costa de la realización de los Proyectos o Servicios que los Profesores Investigadores han desarrollado.

Aparecen las Convocatorias del Conacyt, o de cualquier otro Organismo que busque impulsar mediante licitaciones, el desarrollo de un Proyecto, o la Realización de un Servicio. Los Profesores Investigadores usan su intelecto, su experiencia, para poder desarrollar todo lo que requiera dicha Convocatoria, la Licitación; esfuerzo que no es poco, tiene que surgir de una idea, que se va desarrollando, cumplir con todos los requisitos para desarrollar una Propuesta Técnica y una Propuesta Económica.

Y todo para que el Director del Centro de Investigación, o de la Facultad de dicha Universidad detenga su pensamiento en: ¿Cuánto dinero va a recibir la Universidad? Y lo que es peor, para que comiencen a hacer las cuentas de: "En verdad dime, de lo que has presupuestado, cuánto es lo mínimo con lo que podrías hacerlo". Se trata de mochar los presupuestos de los Servicios o de los Proyectos. Dinero que al final se repartirán entre dichas autoridades, sus familiares, sus amigos con los que siempre buscan tranzar.

Los proyectos, que se vayan al diablo, los servicios que no sean de calidad. Nada importa para estos personajes que tan solo viven la vida en busca de “a dónde puedo irme a pasear con mi esposa”. Lo trágico, y lo hemos observado una y otra vez, es la cantidad de alimañas que viven pegados a dichos presupuestos: Esposa de los Directores, Suegras, Consuegros, Hijos, Tíos, Primos, e incluso amantes de dichos personajes. Todos sacando raja de los presupuestos que el Conacyt puede asignar para la realización de un proyecto.

“El pecado al alma es el pecado más grande”, dicen por ahí. Yo digo que el robar a un colegio, escuela, kínder, guardería, prepa, universidad, centro de investigación, es el peor robo que puedes hacerle a una sociedad, a la humanidad. Destruir el capital de un centro de conocimientos, formador de infancias, juventudes, profesionistas, es el peor robo que un ser humano puede hacer. Un robo en el que pretenden que no pasa nada, que no le roban a las personas, pero le roban al gobierno y entonces su robo es peor, le roban a todos; ésto termina afectando no solo el prestigio de los investigadores, sino a los propios centros de investigación, a las propios colegios.

El estigma de una Universidad o un Centro de Investigación que tiene los precios de sus servicios muy altos, fuera de mercado, o que no cumple con los tiempos que tiene establecidos, o que despide y contrata investigadores y profesores, pensando en tener cómplices y no trabajadores honrados, termina por pasarle factura a las mismas Universidades. Es penoso tener que conocer Directores de Centros de Investigación que la vida apenas se les va en fantasías y sueños respecto de los Millones que quieren ganar año con año, explotando el nombre de las Universidades. Es penoso, pero es muy real.

Ocurre con demasiada constancia. Mercenarios que se presentan a las Universidades con Ideas de Centros de Negocios que solamente funcionan en sus cabecitas locas, y con el que

pretenden engañar a la Comunidad Universitaria, hasta que deja de caer dinero, porque han bloqueado —por sus malos manejos— las oportunidades de los Centros de Investigación ante las Financiadoras Gubernamentales como el Conacyt. Una forma muy fácil de hacerlo, es evitar firmar cualquier documento que hable de dinero. Y esto lo logran haciendo que otros sean los que firmen.

Es una tragedia conocer a estos personajes, que forman parte de Esa Fauna de la Corrupción que se ha ido generando bajo las normas del Neoliberalismo: jode a todo quien puedes, enriquécete, se el cínico que necesitas ser, y jamás sientas remordimiento alguno. Tú eres lo máximo, tú eres el que lo merece todo, usa tu ingenio para engañar a todo el que puedas; si alguien es engañable, no merece que lo respetes, úsalo y destrúyelo cuando tengas la oportunidad; quédate hasta con sus despojos que pueden volverse lucrativos si logras reconocer el negocio y la oportunidad para venderlos también.

Bajo estos ideales es que se ha educado a estos personajes. Educación que las más de las veces ocurre en el ámbito de la política mexicana: brinca de un negocio a otro, miente sin remordimiento, hazte de todo el dinero que puedas, reparte con tus amistades, cállale el hocico a tus enemigos a billetazos.

Así son estos personajes, pintados de pie, y están ahí, en las oficinas administrativas de muchas universidades, en los colegios, sangrando a los profesores, sangrando a los alumnos. Por ello muchos alumnos se suicidan por eso en las universidades corre tanto el acoso sexual sin desenfreno, por eso se venden drogas en los Campus universitarios, preparatorias, secundarias, primarias; a los directivos no les interesan los alumnos, solo el negocio que su inscripción en el colegio representa. Muchos de esos directores solo pretenden obtener dinero y pocas veces se preocupan por el alumnado o la calidad de los Servicios que ofrecen los Centros de Investigación de dichas universidades.

Son una pena.

Publicado en La pluma sobre el ojo
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ºESCRIBIR: LA BÚSQUEDA DE LA PROPIA VOZ

Por: Marco Ornelas[i]

 

 

Poetizar: la más inocente

de todas las ocupaciones.

Hölderlin

 

¿Por qué escribir poesía? ¿Por qué escribir? Quizá, porque toda ideología es lenguaje, ergo sum: conociendo —el funcionamiento de la maquinaria de— el lenguaje puedes “escapar” de la ideología. Escapar de la inautenticidad. Fugarse. Tratar de huir del azar —si esto acaso es posible—. La autodeterminación es la condición sine quan non de lo humano. Hablar castellano es sólo un accidente. Tal vez ahora que lo pienso, viene a mi mente el nombre de Samuel Beckett: el apátrida de su lengua. El poeta es por antonomasia un deconstruktor. Claro, esto hace referencia directa al discurso de Derrida, el maestro de los poetas contemporáneos. Para mí, poesía y filosofía (lingüística, hoy) son sinónimos. Ante la equivocación de Platón de dividir la filosofía y la poesía, María Zambrano vendrá a decirnos muchos años después: “No se encuentra el hombre entero en la filosofía; no se encuentra la totalidad de lo humano en la poesía (Cfr. Filosofía y poesía, FCE. Segunda reimpresión 2001)”. Creo al igual que la filósofa española, que la reconciliación se da en ambas. Wittgenstein, el gran ejemplo de filósofo y poeta. El “Tractatus lógico Philosophicus” y las “Philosophical investigations” son la gran obra poética del siglo XX. Así como “Un coup de dés”, lo fue para el siglo XIX. “De lo que no se puede hablar hay que callar”, es un verso extraordinario. ¿Cómo negar que es casi un alejandrino perfecto, que compite con los grandes versos de Quevedo, tanto en belleza lingüística, como en profundidad filosófica? Un lingüista y poeta peruano muy conocido, expresa mejor que yo este asunto sobre la búsqueda personal de la voz poética, aunque en su caso, sea negándola, es decir; buscar la extinción del “yo”. En un ensayo brillante escribe: “En defensa del poema como aberración significante”. El discípulo de Chomsky, parte de tres autores: Freud, Saussure y Lacan para defender su tesis sobre la creación de poemas en la actualidad. Según el autor de “Llantos Elíseos”, fue Freud, quien demolió con su libro: “Tres ensayos sobre teoría sexual” la teoría platónica de que lo humano, desde el comienzo de las edades, fue dividido en dos mitades que siempre están buscando unirse. Es decir, la pulsión primordial. El objeto de la pulsión en el hombre es la mujer, y en la mujer el hombre; y el fin de dicha pulsión es el coito. Esta es la tesis que Aristófanes expresó tan elocuentemente en el diálogo “El Banquete”. Pues no, vendrá Freud a decir en sus reflexiones a las desviaciones sexuales: que no existe ningún dato natural que ligue la pulsión con el objeto. El primer capítulo de los “Tres Ensayos sobre teoría sexual” trata sobre las aberraciones sexuales y es también una dura crítica al discurso platónico —aristotélico—. Luego vino el lingüista Saussure, en sus “Tres cursos de lingüística general” a decirnos sobre la pulsión de “langue” que todos los seremos humanos tenemos, es decir; no es el lenguaje hablado el natural al hombre, sino la facultad de construir una lengua. Así Saussure estableció que el objeto de la pulsión de “langue” para un significante era el significado. Y no vio el lingüista otro fin de la pulsión de “langue” que el signo. Siempre estamos buscando un significado para cada cosa, aunque signo y significado no tengan alguna relación inherente. Luego entonces: la lengua es un sistema de signos que buscan significación, aunque esta sea arbitraria porque es circunstancial al tiempo y al lugar. “El lazo que une el significante al significado es arbitrario (Curso de lingüística general, Losada, 1945, p. 53)”. Y es aquí donde Lacan hace su entrada para elaborar su tesis saussureana de la arbitrariedad en su dirección más radical; entendiéndola como indeterminación tanto del objeto, como del fin de la pulsión del lenguaje. El resultado es la teoría de la metáfora ―tan asidua a los poetas, porque siempre están postergando la significación―. De lo anterior concluye el poeta peruano, que la metáfora y la metonimia deben ser vistas como las dos aberraciones de la significación porque el fin de ambas no es el signo sino el desplazamiento. Por lo tanto, elaborar poemas hoy en día es huir de la significación discursiva platónica y aristotélica ya superadas.

Me gusta ver la escritura y la filosofía como oficios para ejercer la autenticidad. El creador en la obra artística atestigua su individualidad. El poeta es un buscador de voz propia ―aunque en algunos casos sea negándola―. Por eso me dan una gran ternura los poetas jóvenes que asisten a un taller de poesía, y ahí, les enseñan a realizar ejercicios literarios parecidos a los del tutor, y después, sólo se dedican a imitar sin reflexión alguna. La poesía es un ejercicio del pensamiento. El oficio del poeta es lo opuesto a la imitación. Todo lo contario de la inautenticidad en el decir.

Para mí, escribir poesía es ejercitarse en el pensamiento y lanzarse a buscar la voz personal. Hoy muchos poetas jóvenes lo que buscan es sentirse parte del grupo, pertenecer a una moda. Eso es la poesía para estos. Bien por ellos. Para mí la escritura es un acto solitario: una búsqueda individual. Parafraseando a Ortega y Gasset, considero que la poesía es intimidad con nosotros mismos. ¿Qué trabajo más marginal existe hoy que el del poeta? Los poetas son los nuevos cínicos del siglo XXI. Si Diógenes hubiera existido en este inicio de siglo, seguramente no se masturbaría en la plaza pública como otrora en la antigua Grecia, sino que leería poesía en ella, es decir, en las plazas públicas (no en los bonitos recitales de poesía, o en los encuentros de poetas auspiciados por el Estado). Un poeta puede morirse literalmente de hambre si se radicaliza y sólo se dedica ejercer de poeta.

Escribo ―poesía― porque leo ―poesía―. Me apasionan las vidas de los grandes poetas. Que mejor novela que la vida de Edgar Allan Poe o Verlaine. Escribo ―poesía― porque en mis ensoñaciones me gustaría alcanzar un poco de la autenticidad que alcanzó San Juan de la Cruz o Celan. He intentado escribir ―poesía― desde los dieciséis años, he sido rechazado de grupos, de editoriales, de revistas y sigo aquí; tengo que reconocer que después de veintitrés años de escribir, sigo aquí; intentando escribir. Creo en el poder de la escritura ―de la poesía― ¿pero no sé en qué consiste? Después de tantas lecturas: no sé qué es la escritura ―la poesía―. Con los años, me he alejado de las pretensiones. Al final lo que va quedando es la alegría de leer ―poesía―, como escuchar jazz. Lo tragicómico de saberse dueño de un oficio que no sirve para nada. Un trabajo que no es trabajo. El heroísmo personal de enfrentarse libro con libro al fracaso.

A lo mejor escribo ―poesía―, porque al igual que un tipo de rock en extinción, considero que la escritura ―de poesía― es un camino para ir contra la perversidad del establishment. Una vía para ser tú mismo, lejos de la imposición. Escribo ―poesía― porque la mejor forma de destruir “el ego” es el fracaso. Escribe Derrida: “No hay poema que no se abra como una herida”. Auden decía: “…la poesía es el lenguaje más personal, el más íntimo de los diálogos con el otro”, muy probablemente por esto también escribo ―poesía―.

Escribo ―poesía―, quizá, porque no he superado la etapa metafísica de la vida (podría muy bien decir Comte). Porque creo que con la escritura ―de poesía― se puede dar algún tipo de reconciliación con el mundo, con el otro, con la vida misma.

Leo ―poesía― y escribo, porque me emociona. ¿Cómo olvidar aquellos versos de Dámaso Alonso que leí por primera vez hace veintitrés años, y hoy siguen gravitando en mi memoria:

“A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este

nicho en el que hace 45 años que me pudro, y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz de la luna.

Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido, fluyendo como la leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.

Y paso largas horas preguntándole a Dios,

preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma”.

 

 

 

[i] León, Gto. 1978. Poeta y ensayista. Fue seleccionado para la antología "Ocho voces de Guanajuato", publicada por la Universidad Iberoamericana, plantel León (2000). Becario del Instituto Estatal de la Cultura de Guanajuato, en el área de literatura, "Jóvenes creadores (2001)". La editorial Azafrán y Cinabrio publicó su libro de ensayos: "El mito de Proteo (2008)". Asistió al taller de poesía "Aprendiz de Brujo" con el poeta Sergio Mondragón en (2010). La editorial San Roque en conjunto con Los Otros libros, publicaron su libro de poesía "El concierto Reconciliatorio (2011)". La editorial La Rana de Guanajuato, publicó su poemario: "Variaciones (y dispersiones) de la voz alcanzando el tono (2011)". La Universidad Iberoamericana, León, publicó uno de sus cuentos en la antología "Poquito porque es bendito (2013)". Obtuvo el primer lugar en el "Torneo de poesía Guanajuato 2014 (Adversario en el cuadrilátero)". Fue coeditor de la revista estatal de literatura y arte "Cosido a mano (2014-2016)". Fue seleccionado para el "Seminario de poesía Efraín Huerta del Fondo para las letras de Guanajuato (2016)". En 2017, ganó “Los Premios de Literatura de León (en el área de Poesía Libre)”. La editorial, “Ediciones sin nombre”, en 2017, publicó su libro de poesía: “Aquí no es Neverland”. Cuenta con 7 publicaciones: (tres antologías y 4 de su autoría). Ha colaborado para las revistas nacionales: "Replicante", "Periódico de poesía", “Círculo de poesía” y "Punto de partida en línea (UNAM)". Mantiene su sitio web en: http://elmitodeproteo.blogspot.mx/

 

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De la quema de brujas a la quema de libros.

Adán Echeverría.

“Yo nunca me equivoco en mis actos,

pasa que no tienes la capacidad de entenderlos.

 

Todos los libros nos dejan algo, incluso el decir: “¡Qué libro tan malo, jamás vuelvo a leer a este autor!” Y en esta diversidad lectora es en donde ponen sus cimientos las ferias del libro, las bibliotecas, las librerías, la historia del libro, y el poder de la lectura.

Volver a ver a jóvenes mexicanos quemar libros, en esta ocasión afuera de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, Jalisco, es de una total pena. ¿Qué pobre educación permea sobre las personas que presentan su odio sobre los objetos? Ya alguna vez Beatriz Preciado había dicho: “Todo lo que causa placer es un dildo, incluso el pene”. Y desde esa objetualización del placer sexual es cuando se da por terminado el Falocentrismo. Nos hace falta leer tanto.

Quemar un libro habla de Censura. La Censura es un signo de violencia. La violencia es lo que las sociedades buscamos erradicar del imaginario colectivo, de la educación de los niños y de los jóvenes. No podemos seguir pensando en la necesidad de resarcir todo el daño que se ha causado a la mujer, a los homosexuales, a los migrantes, a los pueblos originarios, cargando la violencia como estandarte, porque nos convertimos justo en aquello que nos ha causado tanto daño.

La quema de libros es algo que no podemos permitirnos como sociedad. Ellas queman libros que hablan de “Como curar la homosexualidad”. Un tema tan estúpido. En qué te convierte pelear con un estúpido.

Ya en 1564, la iglesia católica publicó el “Index librorum prohibitorum” que, en español se refiera al “Índice de libros prohibidos”: una lista de aquellas publicaciones que la Iglesia católica catalogó como libros perniciosos para la fe y que los católicos no estaban autorizados a leer. ¡En 1564!, hace apenas un poco más de cuatro siglos. En una época en que la Santa Inquisición torturaba y mataba mujeres acusándolas de brujas, gracias al manual conocido como: “Malleus Maleficarum”, escrito por los monjes Kramer y Sprenger; y de pronto, hoy volvemos a esas épocas, al tiempo en que lo que no nos gusta hay que quemarlo. ¿Acaso no podemos darnos cuenta, que los que se sienten afectados van a reaccionar en nuestra contra? ¿Acaso creemos que aquel que consideramos El Monstruo, se va a poner a llorar por nuestras marchas y cantos, y dejará de hacer maldades? Estamos nalgueando al toro, en marabunta, en jauría, esperando vencerlo por la fuerza, pero el toro ante el acecho igual reaccionará.

¿Qué se ha logrado con el simbolismo de la quema de esos libros? ¿El autor de aquellos libros lo entendió y sacará sus libros del mercado?

Los que están contra de quienes quemaron el libro, y jamás hubieran leído tales conceptos, ahora irán a leer ese libro. Triste sería que, por este acto, las ventas de aquel libro, cuyo tema es “Curar la homesexualidad”, aumentara, porque ahora muchos corran a comprarlo, y el libro comience a tener un número tal de ventas que ni el autor ni los editores hubieran esperado. Ergo, el autor escribirá más y más textos sobre lo mismo.

Los libros no son más que un mercado también. La sana crítica lectora pudo hacer que aquellos libros se quedaran en el olvido.

En una época del fácil acceso a cualquier tipo de tema en el internet, en verdad creemos que la quema de libros ¿cambiará el concepto de quienes creen en dichos temas? La censura es un arma de doble filo. Cada vez que yo Censuro al Otro, siento las bases para que un día, las autoridades de un pueblo tengan las herramientas para censurarnos a nosotros. Tienes que pensar que Tú eres el Otro para los demás. Y los demás un día podrán censurarte a ti.

Apréndete este Mantra: “Podré no estar de acuerdo con tu forma de pensar y lo que dices o escribes; pero defenderé hasta la muerte tu derecho a pensarlo, decirlo y escribirlo”.

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El vendedor de silencio*, acá entre hombres.

Por Fernando Reyes Trinid**

 

Es bueno, Enrique, que los hombres hablemos de machismo y misoginia. Muchas lacras tiene este país que, sin importar el tamaño o lo acendrado, han ido resquebrajando política y moralmente esta sociedad. De la corrupción e impunidad al chayote y las fake news, del tráfico de influencias y nepotismo al narcomenudeo y la extorsión. Sobre la complicidad gubernamental, el soborno y el embute periodísticos trata tu más reciente novela, Enrique Serna, aunque el tema que aquí me interesa es la mancuerna del poder político con la misoginia en todo su esplendor. Van de la mano, desafortunadamente. Enrique Dussel dice que una “extorsión sexual es una de las tantas consecuencias de la corrupción”.

     Tu novela aborda distintas etapas en la vida de Carlos Denegri, el “mejor y el más vil de los reporteros”, en palabras de Scherer; un “mercenario de la información” durante la segunda mitad del siglo XX, años de gobiernos priistas. Hasta el gobierno de Peña Nieto continúa ese modus vivendi, pues, tú mismo lo has dicho, de 2012 a 2018 “se gastó millones en periodistas” (Sin embargo, 13/09/19). Es pertinente señalar la vigencia de estos vicios, pues las conductas machistas –descaradas o invisibilizadas- y la misoginia, como ideología dominante, dentro de la política siguen imperando en nuestros días, como lo constatan las frases cosificantes  de Vicente Fox o las conductas violentas de Peña Nieto hacia sus propias mujeres, y en niveles de menor jerarquía como las recientes declaraciones del subdelegado del ISSSTE en Michoacán, Mireles, “Todo mi respeto a las pirujas, nalguitas y niñas”; la desafortunada expresión del gobernador de Puebla, Miguel Barbosa “Ninguna mujer será encarcelada por abortar”; o el diputado en Morelos, Pepe Casas, a quien le molesta que las mujeres se alejen de la cocina; en este Estado de la República, por cierto, gobierna un fulano que ha ostentado como trofeos a varias de “sus mujeres”. En todo el país ya hemos visto y oído manifestaciones y conductas por parte de políticos y funcionarios que atentan contra la integridad y derechos de la mujer. En El vendedor de silencio, tú le das un buen espacio al hermano del otrora presidente Manuel Ávila Camacho, Maximino, “violador y asesino”, “parásito de su libido”, que lo mismo encamaba, por la buena o por la mala, a “rumberas, cantantes de boleros, las coristas del Teatro Lírico, las secretarias, las amas de  casa y las colegialas vírgenes” (p. 215).

    Pero tú vas más allá de las anécdotas misóginas, gracias a tu buen manejo de las voces y focos narrativos. En primera, en segunda o tercera persona, el deseo machista y el rencor hacia las mujeres están presentes de principio a fin. Del mismo modo que Federico Gamboa relata cómo el alcohol va entrando al cuerpo cual Demonio, así tú, Enrique, te vas introduciendo al alma de tu personaje. Quienes conocemos tu prosa sabemos que la narración, empiernada a la descripción etopéyica, irá in crescendo sin titubeos ni prolepsis gratuitas porque siempre suceden cosas en las historias que inventas, recreas o reproduces. Pudiste bien hacer lo que Yourcenar hizo con Adriano, García Márquez con Bolívar o Del Paso con Carlota, pues tú mismo ya habías experimentado monólogos y fluir de la conciencia con Santa Ana; sin embargo, decidiste utilizar la vasta información –que te llevó años investigar- para contextualizar a tu personaje, y retratar varios sexenios en que el crathos político se cimentaba, se escudaba y se propagaba en contubernio con el poder periodístico, uno no existía sin el otro y viceversa.

     Denegri fue conociendo y deleitándose con las mieles del poder desde muy joven, cuando, como hijo de diplomático, vivió en varios países y muy pronto aprendió a la perfección inglés, francés y alemán, los cuales lo hacían sobresalir en el mundillo de políticos y periodistas monolingües. Blanco y ojiclaro, descubrió la importancia del buen vestir y del buen hablar. Aspirante a poeta, se codeaba con escritores del país y extranjeros, podía entrevistar a André Malraux, hablar de lo engreído que era Luis Spota o de las “joterías” de Salvador Novo. Poco a poco supo que el dominio de la escritura, la diplomacia, el conocimiento de la psique y la cultura en todas sus manifestaciones lo elevaban por encima de los demás. “¿Quién era Lord Byron?, se animó a preguntar Luis Echeverría”. Galante, de sonrisa implacable, Denegri podía adular y comprar a todo mundo: bellas mujeres, monjas, trabajadores, policías, matones, políticos, empresarios, periodistas, directores y dueños de periódicos. “El sentido poético de la vida consiste en derrochar el amor y el dinero”, era parte de su filosofía. En poco tiempo hablaban de él como “el periodista más brillante de México y uno de los más respetados de mundo entero” (p. 28).

     Poseía un abanico de poder que ostentaba en cualquier lugar, circunstancia y momento: dentro de su casa con su familia o en la calle donde transgredía reglas sabiéndose siempre protegido por alguien poderoso, en su programa de radio, en sus columnas, artículos y reportajes periodísticos, entre sus colegas del ramo, con funcionarios de poca monta y presidentes, entre empresarios, escritores, actrices, pero sobre todo con las mujeres, amantes, secretarias, esposas en turno o las ex, con quienes seguía manteniendo vínculos de dominio. Y es que tú, Serna, que una de tus obsesiones literarias es la relación hombre-mujer, tú, -que en casi todos tus libros (recuerdo a bote pronto los cuentos de El orgasmógrafo, Amores de segunda mano y Ternura caníbal, y, sobre todo, en Fruta verde) abordas el laberinto del amor, el deseo, la conveniencia, la lucha, el orgullo, el placer entre parejas- sabes contextualizar con una oración muy bien los convenios conyugales de la época: “El matrimonio de entonces se parecía demasiado a un contrato de compraventa en el que una mujer aportaba el capital de su virginidad a cambio de tener un proveedor para toda la vida”. (p. 100) A lo largo de toda la novela muestras la lucha de poder que establece Denegri con el sexo opuesto. No escatimas en escenas que narran lo peor del alma misógina de tu periodista: golpear y engañar a su esposa (p. 37), arranques de agresividad (p. 106), incendiar el calzón y quemar a una edecán (p. 55), llevarse a jalones a su mujer de una reunión cualquiera y romperle la madre a todo aquel que le provocara celos (p. 157), alquilar prostitutas, comprar el perdón con joyas, abrigos y costosos regalos, empleando una retahíla de frases de la más baja calaña: “pinches viejas, putas mujeres, impedidas neurológicamente, pinches chismosas, zorras, parían como conejas, aves carroñeras, gineceo hostil” y un largo etcétera exhibido en todas tus estrategias narrativas, Enrique, valientes, desmitificadoras, con la mera intención de visibilizar tales lacras que rebasan lo lingüístico, vicios tristemente arraigados. Y los ejemplos abundan, se desparraman en toda la novela. La voz magíster más misógina de la narrativa mexicana, la narratio machista más descarada de nuestras letras: “¿De modo que esa mechuda se negaba en redondo a salir con él? Imbécil, debería estar orgullosa de tenerlo rendido a sus pies” (p. 32). “Como siempre, las malditas viejas hacían causa común para defenderse. Adoraban el papel de víctimas, en especial cuando se trataba de ordeñar las chequeras de sus maridos” (p. 46). “Para serte franco, no creo en la amistad entre hombre y mujer. Sólo un maricón como Novo puede ser amigo de señoras guapas sin querer desnudarlas” (p. 136). “Que lloraran los perdedores, los arrastrados que se les hincaban a las viejas y deshonraban al género masculino” (p. 148).

     Sin embargo, Denegri teme reiteradamente perder todo lo que él relaciona con el poder: su virilidad con las mujeres, su dinero, los privilegios de su carrera y sus contactos, sus dones para desenvolverse socialmente pues cada vez va quedándose más solo, con menos gente que lo legitime y favorezca. “Esos miedos nunca lo hubieran asaltado en tiempos de Miguel Alemán, cuando era el favorito de la corte. Dichosos tiempos aquellos en los que podía soltar balazos en un cabaret, manejar a velocidad de ambulancia escoltado por policías de tránsito, ligarse a mujeres casadas en las narices de sus maridos o vociferar en el mostrador del aeropuerto cuando algún vuelo venía lleno: baje a quien sea, tengo que tomar ese avión por órdenes del señor presidente” (p. 57). Aprovecho estos ejemplos, Enrique, que supiste seleccionar para referirte a esas actitudes que muchos hombres de la política, empresarios, judiciales o simples hombres prepotentes con ínfulas de influyentes hemos visto y padecido durante décadas los mexicanos de a pie. Hoy, que comienzan a señalarse el comportamiento avieso de algunos políticos, hoy que incluso se están juzgando a altos funcionarios por enriquecimiento ilícito, extorsión o corrupción, hoy que existen más denuncias por esta clase de atropellos y que las videocámaras y redes sociales pueden evidenciar estas prepotentes actitudes no sólo por parte de los hombres, hoy, en estos tiempos, a punto de iniciar la segunda década del siglo XXI, El vendedor de silencio debe coadyuvar a erradicar conductas machistas fomentadas otrora por el poder político y solapadas por las autoridades judiciales, por las cúpulas eclesiásticas, los programas y métodos de estudio, por los mass media, televisión, prensa, radio, publicidad e incluso por los padres, por las madres.

     Desde el principio de tu novela se plantea la lucha de poder entre tu personaje y las mujeres. Las féminas poco a poco se van abriendo camino y van pidiendo igualdad. Ya no se dejan tan fácilmente. Recordemos que, aunque un poco tardío, está llegando a México la ola de luchas libertarias sesenteras. Sus tres esposas lo han abandonado. Su madre y la amiga de su madre son mujeres muy liberales. Natalia, la mujer que corteja exige respeto y no cae a la primera. Ante su primera escena celotípica se aleja tajantemente de él. De ahí va surgiendo su conflicto, él tan acostumbrado a mandar a lograr, como en el mundo de la política, lo que se propone, a como dé lugar.

                ¿Por qué las mujeres no se rendían del todo? ¿Era preciso conquistarlas una y otra vez, recomenzar a partir de cero cada vez que algo les molestaba? Engolosinadas en su poder, querían ver al hombre postrado a sus pies para sentirse fuertes. Un tipo del montón quizá podía aceptar ese indigno papel, no un hombre tan cercano a los detentadores del verdadero poder, el poder de dictar leyes, de levantar imperios, de conducir a enormes masas hacia un objetivo común. ¿A qué estás jugando, preciosa? Se preguntó resentido. (p. 144)

     En las líneas arriba podemos vislumbrar, además de su acendrado machismo, el meollo de su ser: megalomanía, soberbia, orgullo, egolatría, poderío. “Se cortaba un huevo y la mitad del otro si ese asedio no terminaba en la cama”. Aunque éstas conductas, en el fondo, ocultan el otro lado de su alma, vulnerable, débil, infantil. “Porque él no odiaba las mujeres como creían sus antagonistas: las amaba más que nada en el mundo…” (p. 59). Progresivamente, nuestro personaje se va distanciando de la realidad, ya por mecanismo de defensa, por su alcoholismo o por la dicotomía culpa-temor. Finalmente él se siente víctima de las mujeres. La psicología del personaje se va disgregando en su propio laberinto de hechos, daños, sentimientos, mentiras y autoengaños. “Lo quería todo: ser poeta y hombre de acción, millonario y líder bolchevique, vivir cientos de existencias simultáneas y gozar los placeres del alma y del cuerpo con una sublime hiperestesia humana” (p. 96). Entre tanta actividad y regodeo en el poder, Denegri no tenía tiempo “siquiera de digerir sus emociones”, y a eso le agregamos que “su verdadero yo siempre tenía una copa en la mano”. “¿Ya ves, pendejo, lo que te ganas por tu altanería por sentirte la divina garza con dos tragos encima?” (p.23) Denegri “llevaba dentro un Míster Hyde que se apoderaba de su albedrío en momentos de ofuscación etílica” (p.58). Aunque confundido, sentía en su cuerpo y en las consecuencias de sus actos que se iba consumiendo poco a poco. “Ignoraba de dónde diablos surgían esos malditos miedos, más intensos cuanto más imprecisos”. Algo le decía que debía parar. Por eso luchaba en los dos extremos de “domar a una yegua tan bronca” como era Natalia, o sucumbir a ella y “ofrecerle en holocausto su cansado rebenque de macho dominador” (p. 126). “Necesitaba esa purificación espiritual para volver al punto de inflexión en el que se había torcido su existencia y recomenzarla con ilusiones restauradas, lejos de la sordidez y desenfreno que le corroían el alma” (p. 138). Ya era tiempo de doblegarse, pensaba mientras continuaba con actitudes y acciones que exaltaban su poderío y egolatría.

     En el ir y venir narrativo, diegético y biográfico se va entretejiendo la esencia existencial de tu Carlos Denegri. Además del manejo que tienes sobre el tema de la pareja desde muchas de sus aristas, también te ha obsesionado, al más estilo flaubertiano, los vericuetos del alma femenina, como lo muestras en tus novelas Señorita México, Ángeles del abismo y La sangre erguida. Eso te permite no sólo exponer las tropelías misóginas del protagonista, sino que sabes bien establecer los vínculos que Denegri tiene con cada una de las mujeres en su vida, incluyendo la relación de amor-odio con su madre o la paciencia y ternura que veladamente profesa a sus hijas. Esto nos brinda, como en toda tu obra –incluso la ensayística- un rico espectro de posibilidades humanas para que no se quede tu novela en un panfleto, apología, panegírico, indulto o diatriba en torno a conductas morales.

    Antes de concluir, quisiera invitar a los lectores a sumergirse en una novela total y abordarla como un misterio del alma de su personaje, para tratar de descubrir las motivaciones psicológicas, sociológicas, políticas e históricas del macho mexicano. Denegri desde niño “sin saberlo, ya estaba embriagado de poder” y en cualquier situación “sacaba a relucir mis influencias”. El púber Carlos debía mostrar siempre ante amigos, ante el padre, maestros, jovencitas, sus dotes de galán, de “las puedo todas”, aunque en el fondo “era un niño asustadizo” cuyo mayor pecado era “el robo de unos dulces y haber copiado en el examen de Biología”. Un niño que se hizo hombre que se hizo viejo que se comportaba como niño. Presionado por todas partes en un principio, luego por él mismo. Pero el tiempo y su ego se lo fueron devorando, no sin justificaciones gratuitas y patadas de ahogado. “Tal vez no había sabido entregarse o no había encontrado a la mujer que supiera entenderlo, y una voz interior, la voz de un ahogado pidiendo socorro, lo incitaba a creer en una relación crepuscular, en un renacimiento erótico y afectivo que le diera un nuevo significado a su vida” (p. 26). La última y nos vamos. Yo controlo al alcohol y no él a mí. Yo sé cuándo parar. “El mejor periodista e México” no supo cuándo.

     Quiero dejar en el tintero, y para no espoilear, el tema de la madre, que aún es tabú en nuestra sociedad. La de Carlos Denegri era más bien una madre controladora, chantajista, manipuladora, con doble discurso. “Si su madre sabía de sobra cuánto aborrecía a esa vieja puta, ¿por qué se la enjaretaba en los convivios familiares?”. Ceide, como llamaba a su madre, “una mujerzuela nostágica”, era como una perene sombra, le chocaba su coquetería, que fuera extrovertida, bailara, tomara y cantara el tango “Flor de fango” que hablaba de una libertina. Sentía celos cuando los hombres la miraban, y aunque lo exasperaba y a veces quisiera gritarle y reprocharle sus rencores acumulados por más de medio siglo, la respetaba demasiado, era la única mujer a quien no le había levantado jamás la voz, “y la sola idea de lastimarla le imponía un terror sagrado. Su amor era el único puerto seguro en medio de las tempestades, el reducto de tibieza que nunca podía faltarle, y si el precio que debía pagar por conservarlo era un honor lastimado, bienvenidas fueran todas las humillaciones” (p. 45). Cuántas connotaciones tiene este último párrafo desde el punto de vista psicoanalítico. Denegri tiene un padre impostor e impositor, y una figura matriarcal que lo domina. De ahí quizá “el trauma patriarcal” del que habla Claudio Naranjo, en una civilización que ha logrado su “progreso”, desde una moral autoritaria y severa.

    Aquí no es el lugar para conjeturas psicoanalíticas. Aquí sólo planteamos la lectura de esta tu más reciente novela que toca un tema tan vigente como trascendente en la búsqueda de una verdadera igualdad de género. Y es muy bueno, Enrique, importante y necesario, que hablemos entre hombres sobre los machismos que hemos ejercido por años, por milenios.

 

*Serna, Enrique, El vendedor de silencio, ed. Alfaguara, México, 2019.

**Fernando Reyes Trinid estudió la Maestría en Literatura Mexicana y la Maestría en Psicoterapia Existencial. Publicó las novelas La filósofa, la jinetera y el Comandante (IMC, 2009), y ¿Quién mató a la maestra Rosita? (UNAM, 2010), Cuentos para incendiar la oscuridad (minificciones, VersodestierrO, 2010) y los volúmenes de cuento No somos tiernas las suripantas (IMC, 2007) y Cómo deshacerse de príncipes azules (Editorial Fridaura, 2015).

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