Martes, 18 Agosto 2020 03:38

Juntas y de pie (Crónica–reflexión) Gwenn–Aëlle Folange Téry

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Juntas y de pie

(Crónica–reflexión)

Gwenn–Aëlle Folange Téry

 

Con el más profundo y sincero agradecimiento a Marcia Koryna Hernández,

sin quien estas palabras no existirían, al menos no en este orden.

 

¿Por qué los hombres atacan a las mujeres? ¿Por qué el ser mujer parece ser un castigo divino y por qué los hombres se otorgan el permiso de  aplicarlo? ¿Por qué empiezan las vejaciones cuando somos niñas, y de apodos, prohibiciones y violaciones se avanza a veces hasta el feminicidio? ¿Por qué la violencia hacia la mujer?

 

Me invade la tristeza. Llega hasta mí como las neblinas oscuras de las películas de terror y sencillamente me lleva a su mundo. Me siento indefensa. Yo que tanto hablo, demuestro, analizo, deconstruyo, para reconstruir luego y así entender qué nos hace funcionar, actuar. No puedo más. No logro entender qué lleva a algunos a ceder a la violencia que en ellos anima.

Soy mujer. He sufrido por serlo. Y no, no he sido agredida por un desconocido, no he sido violada, tal vez un poco toqueteada de niña por otro niño, que ha de sentir vergüenza si lo recuerda y, claro, tampoco he sido asesinada. Mi sufrimiento ha tenido lugar en mi cabeza y en mi corazón, y aunque obviamente no es lo mismo estar triste que estar muerta, no deja de  ser sufrimiento extremo.

Cuando niña, muy chica, mi familia se rompió. Tronó como globo lleno de gas en el zócalo, un día de feria. El fuego que la hizo explotar fue un rollo absurdo “de apellido por pasar” a hijos varones. Onda el rey no tiene quién le suceda. Mi hermana y yo salimos volando, daño colateral de la intensa lucha entre mis papás; daño colateral de la forma y calidad de nuestros genitales.

Es largo, penoso y complicado de explicar, pero te paso un resumen: Mi papá quiere un segundo hijo varón para estar seguro de que su apellido perdure a través de los años. Mi mamá, después de siete embarazos, dice que no más... Mi papá agarra sus cosas (y su pene) y va con quién le dé gusto. Mi mamá nos informa a  mi hermana y a mí que tenemos otro hermano, que mi papá la traicionó. Llora amargamente y asesta el golpe que cargaremos las dos durante años: “Es su culpa, por ser niñas”. Y claro, como en aquella época el asunto es vergonzoso, lo del otro hijo, no tanto lo de ser niñas, pues nos prohíbe hablarlo con quien sea.

Sí, ya sé. Después de años de terapia y de pensar, analizar,  pasar por las formas de perdón del yoga, del reiki y de la calle, entiendo que hizo lo que podía. No creo, no quiero creer, que en su mente o corazón nos haya querido dañar. Pero lo hizo. Y ves… No me pude defender, era una cosita de nueve años; tampoco mi hermana, ella tenía siete. Nos la creímos: por nuestra culpa; “por nuestra vulva”, dirían unas chavas que conozco, nuestra familia se volvió veneno para quien intentara vivir en ella. Y sí, sé que esto no se compara con ser violada, con ser torturada, con que te arranquen los pezones  a mordidas y luego te dejen muerta–muerta, al lado de un camino, pero la niña que yo era, de alguna forma murió ese día.

Empecé a comer mucho. Mi mamá me puso el apodo de “basurero”, porque todo me lo terminaba. Engordé y mi ropa se compraba en el departamento de señoras. Escondí mi cuerpo bajo lonjas de grasa y me tragué las lágrimas con pan y chocolate. Me convencí de que no era yo una persona que se pudiera querer. Mi hermana, que era ya medio atrabancada, usó  por siempre pantalones, blusas deportivas y tenis. Se lanzó del columpio más alto y jugó a bote pateado entre minas y arenales. Escondió su cuerpo también bajo un disfraz de chavito (e imagino…), se tragó las lágrimas pateando duro al famoso bote. No sé si ella se sintió como yo, como un ser no–querible, porque nunca se lo pregunté. Y crecimos.

Por ahí de mis trece años descubrí el feminismo. No sabía que existía. No sabía que había mujeres por el mundo clamando su orgullo de serlo. Estaba en ese tiempo en uno de mis apogeos ponderales y me seguía escondiendo tras enormes faldas de resorte y libros, leía para no ver, para no ser vista. Y sí, descubrí de repente en mí un sentido de pertenencia, algo que ahora se llama sororidad, pero que en aquel entonces yo llamaba “eso”. Un acompañamiento que presentía, que adivinaba y que quería para mí, sin lograr formular bien a bien en qué consistía. Trabajé luego muchos años, tratando de rescatarme. De sacar de aquel hoyo negro a la niña que fui.

Sí, te veo alzando los hombros, pensando que soy una payasa, que viendo lo que sucede alrededor nuestro, como por qué me permito enternecerme y llorar sobre una historia que parece de novela rosa. Pero así es, y si negara mis sentimientos, estaría, pienso, negando el camino recorrido y dejando  a esa niña en el limbo.

Un día me fui a vivir con un hombre al que amaba, y que me amaba, aunque me haya sido tan difícil reconocerlo. No soy querible, recuerda. Y otro día nos casamos y tuvimos hijos: dos niños. Orgullo sin precedente en mi vida, había logrado lo que mi madre no, tener dos varones seguidos,  y había –creía yo– logrado existir a los ojos de mi padre. Porque toda mi vida sentí que no era suficiente para él. Porque no se nos lastimó nada más al hacernos cargar con una culpa inexistente, sino que se nos prohibió (a mi hermana y a mí) hablar con quien fuera de esa noche, esas noches, que a cada una nos tocó la fulminación por separado. Si se lo hubiésemos comentado a mi papá, como lo hice cuarenta años después, nos habría dicho lo que me dijo ese día: “Lo siento, no sabía que las hubieran lastimado así. Y no, no es cierto, yo las quiero…” O si lo hubiésemos comentado en la escuela, o con algún amigo, tal vez habría desaparecido el estigma. Pero aquel silencio  sepultó mi sentir.

Y un día, otro más, tuve una hija. Y al cargarla, me cargué a mí. Y la amé porque era niña. Y sentí en mí una explosión de amor que superó al globo tronado, que todo lo tiñó de rosa, claro, y que trajo a mi vida luz y alegría. Me tomó por sorpresa. Pienso que una parte de mí seguía creyendo que las niñas no son queribles, pero me dejé llevar y juré (no sólo prometí), juré que ella crecería orgullosa de ser mujer, aunque me llevé a mis dos niños varones, entre las patas. Tanto fue enseñarle a mi hija que podía hacer lo mismo que los hombres, que ser mujer tenía facetas llenas de enormes cualidades, que… Que mis hijos terminaron por pensar que el ser varones era algo malo. Tuvimos suerte. El hacer tan pobremente mi trabajo de mamá, por la razón que fuera, el ser quien era yo, el ser mi esposo quien era,  metió a nuestra familia en un lio emocional bárbaro. Y la suerte fue tener que encontrar solución, haber vivido de niña lo que viví y entonces ser capaz de reconocer que la solución no era taparme ojos y oídos, sino salir al quite. Han sido muchos años, no te lo puedo ocultar. Pero aquí  en casa ya sabemos quiénes somos y en ningún momento entran en consideración nuestros géneros.

Ya estoy oyendo a mi hija protestar, diciendo que no es cierto, que cuando  empezó a salir sola de noche, yo no la dejaba regresar igual de tarde que sus hermanos. Porque allá afuera, está lleno de monstruos…

Me podría haber saltado  lo anterior, pero me era importante explicarte por qué tengo derecho a hablar de violencia hacia la mujer. Y para lograrlo, he hecho lo que acostumbro cuando estoy frente a algo que no entiendo: he desmenuzado  los datos; por un lado he puesto lo que sé; por otro, lo que intuyo. Y trato de entender, porque si no entendemos qué pasa no lo podremos detener.

Me he preguntado si yo podría violar a  alguien. Llego a la conclusión de que sí. ¿Por qué al visualizar la escena siempre es mujer la violada? ¿será porque es más fácil introducir objetos en una vagina que en un ano o porque el sexo anal no se me da? Siento subir en mí una excitación poderosa. Sí, porque sería yo la más fuerte; dominaría a alguien y ese alguien me tendría miedo. Y yo ganaría. Estaría en alguna suerte de cima, onda magnate cubierto de relojes o diva aplaudida por miles. Lo digo, así, sin tapujos. Uno, porque si no analizo con honradez, no me sirve, y dos, porque –desde luego– no pienso violar a nadie. El barniz de educación moral y emocional que llevo encima  me hace entender que “eso No se debe hacer”, representa lastimar a otra persona. Y luego, me detienen las leyes también. Los violadores se van presos, en el mejor de los mundos posibles, ¿verdad?

Extrañamente, cuando pienso en eso, en lo que se puede sentir, tengo pene. No me imagino violando sin él. ¿Será por lo que vemos en películas o nos dicen en lo noticiarios? ¿Porque en mi mente violación es igual a hombre lastimando mujer? ¿Violaría yo a mi hija, a una niña? Jamás. Vamos, lo analizo hoy porque estoy haciendo lo posible por entender a los que lo hacen, pero jamás lo he pensado antes, ni lo pensaré después. Violar, según lo que sienten mi cuerpo y mi mente, tiene que ver con poder, no con violencia, aunque se recurra a ella para lograr el cometido. Y el violentar la entrada a una vulva tan pequeñita implica demasiada violencia para que la sensación de poder sobreviva. Y porque, al imaginarme hombre, no soportaría tampoco lastimar mi pene, dañar una parte mía… Y porque son niñas, carajo, son niñas…

¿Tengo ganas de violar a alguien? No. Una cosa es medio entender qué se siente, o imaginarlo, y otra querer sentir lo mismo. Soy honesta, no monstruosa. No quiero ni violar, ni lastimar. Me prohíbo ser violenta. Y esto me lleva a considerar la violencia, el ceder a su impulso. ¿Mataría yo a alguien? He estado dos veces en la disyuntiva y la conclusión es que no. No lo haría. Esto ni siquiera se me antoja vamos, no siento ninguna erección mental o emocional al considerarlo. Primero, la sangre de una persona odiada,  el sólo hecho de tocar su piel, despierta en mí una repulsión descomunal. Luego, otra vez lo de las leyes. A los asesinos, más si son cómo yo, no profesionales, pues, se les mete presos… Pero además, en esos dos momentos de mi vida, mi ira estaba dirigida a dos personas en especial, no a una masa informe o a un grupo de desconocidos. Mucho menos mataría a un grupo por llevar tal o cual etiqueta: la de judíos, negros, indígenas, musulmanes, mujeres… Sé que hay gente, hombres en general, que… que… ¿qué pongo? ¿odian? ¿desprecian, envidian, temen a las mujeres? ¿Por ser mujeres? ¿Así, en grupo? Yo pienso que el decidir violar, golpear, patear, picar o matar a una mujer tiene más que ver  con valemadrismo, con el “hago lo que se me pega la regalada gana” y eso que te decía del poder sobre otros, que con odio o miedo. No el desearlo. El llevarlo a cabo.

¿Qué pasa en la mente de una persona para que decida pasar al acto? ¿Se decide siquiera algo así? ¿Son la violación o el asesinato el resultado de un impulso o de una reflexión? Veo mucho en películas y en la tele el recurso del arma improvisada para matar a alguien. Dicen que el usar un cuchillo sacado por ahí de la cocina no es lo mismo que llegar ya con él en la mochila. Que hay una onda de premeditación en  el segundo caso. Algo como lo que entiendo yo del dolo o de la culpa. No de impulso.

Pero pienso que lo que nos pasa a las mujeres que tanto hemos sido ignoradas, denigradas, oprimidas, reprimidas, menospreciadas, violentadas, violadas y asesinadas, es producto de la reflexión. Nos aniquilan con dolo. Alevosía. Ventaja. Y son hombres los que lo hacen. Lo que busco analizar ahora es el origen de esa actitud porque si entiendo contra qué luchamos, la defensa se vuelve más eficaz. ¿Desde cuándo la mujer es considerada presa mayor de cada día?  ¿Por qué diablos tiene que ser la mujer inferior? ¿De dónde viene esa idea, esa necesidad? ¿Y es… cierto? Lo de la realidad de la inferioridad física de la mujer en relación al hombre se podría probar usando ejemplos fehacientes: sí, al hombre se le daba más fácil perseguir y matar a un mamut que a la mujer; sí, mi esposo carga el botellón del agua más fácilmente que yo, y sí, no hay duda, en general los humanos de sexo masculino tienen más fuerza que los de sexo femenino. ¿Pero es eso ser inferior físicamente? ¿Se mide la capacidad física en términos de kilos, megabytes o caballos de fuerza? ¿Nada más? Pues sí. No cuenta que podamos quedarnos despiertas días y noches velando a un enfermo. No cuenta que una vez al mes, lunar, sigamos con nuestras actividades aunque el vientre se nos contraiga dolorosamente. No cuenta que, si no hay hombre, podamos cargar el famoso botellón (cuenco de agua sobre la cabeza), incluso por kilómetros, como lo hacen las mujeres en Irak  o en la India. Y si le agregas a todo esto los desmayos provocados por ropa ajustada –corsés, sí, pero también tu pantalón de mezclilla, míralo bien– o por la falta de nutrición, que las llantitas no son de buen ver, pues sí... frágiles sí nos vemos.

Luego está lo de ser inferior intelectualmente. Pues si de entrada a las niñas y mujeres se les prohibía ir a la escuela, no hay duda de que la distancia entre lo que ellas sabían y lo que ellos también sabían se agrandaba cada día. Hoy en día, todavía miles de niñas no van más que a primero de primaria, para aprender a leer y a contar tantito, y a ellas tanto tiempo se les reservaron las clases de costura y cocina, alejándolas de las ciencias, por ejemplo. Y  en la sobremesa (comida familiar) los hombres se apartan para hablar de cosas serias y dejan a las mujeres hablar de chucherías. Y sí, eso lo organizamos a veces nosotras mismas. ¿Es eso ser inferior intelectualmente? ¿Se mide la capacidad intelectual en cantidad de conocimientos o en calidad de razonamiento?

Inferioridad emocional. Bueno, si está probado por A+B, que mostrar cualquier signo de emoción es signo de debilidad; si los hombres no lloran, pobres, y si  nosotras somos nada más rosas y pétalos de flor atontados por el agua salada de nuestros ojos, pues obviamente que el llorar, sonreír, reír, amar, odiar a puertas abiertas no puede ser más que demostración cotidiana de nuestra fragilidad.  ¿Es eso ser inferior emocionalmente? ¿Se mide la capacidad emocional, la inteligencia emocional, término recientemente acuñado, en cantidad de signos exteriores de las emociones o en capacidad para resolver situaciones emocionales?

Inferioridad. Si aceptamos  los argumentos de la sociedad antes citados, pues no hay duda, lo somos… A menos que seamos seres pensantes y analicemos, lo que llevo mi vida adulta entera haciendo, y alineemos nuestras conclusiones.

No defiendo aquello de la igualdad de géneros: no somos iguales. Lo que defiendo es la igualdad de valor. Igualdad de derechos. Nacemos mujeres. Y luego se nos convence de que no servimos, o de que no debemos. No podemos, hay peligro en mostrar la inteligencia, la independencia. Las calles son riesgosas para las mujeres: no salgas. Los hombres no se controlan si te ven el escote: cúbrete. Los jefes te acosan: no trabajes…

Y las que nacieron mujeres se van haciendo las mujeres que creen que deben ser. Hasta que dicen basta. Una por una en general. Aunque en general también, porque otra mujer, que ya recorrió el camino, le da la mano y le dice que sí, que sí puede.

¿Por qué hacernos sentir inferiores? ¿Qué se gana al hacer algo así? ¿Cómo se ha logrado y se sigue logrando? No estoy de acuerdo en lo más mínimo con la teoría de que los hombres nos envidian, que el vernos llevar  “la vida por dentro” les produce urticaria. La pongo en la misma repisa que la idea de Freud cuando aseveró que sentimos envidia del pene. No envidio yo el pene de mi marido.  Es absurdo, ¿qué haría yo con algo así? Envidio, a veces sí, el poder falsamente nato que les otorga a los varones el llevar su órgano  reproductivo por fuera. Nada más. ¿Y qué si los hombres no necesitan sentarse para hacer pipí? Bueno, pues se sientan para hacer popó, ¿qué tiene eso de interesante, a menos que tengas una mente particularmente escatológica? En cambio, sentir los movimientos de un bebé por dentro es extraordinario, añoro esa sensación. ¿Pero ellos nos odian por algo que dura tan poco tiempo? (por cierto para mí que tuve tres hijos, el lapso cubre aproximadamente año y medio de mi vida). Aunque salen mejor parados los hombres envidiosos de un hecho real: llevamos bebés por dentro. Ellos nada más quieren ser los amos del mundo. Y creo que de ahí viene el asunto, de la sed de poder: si en una yurta, humeada por la fogata diaria, hay junta de pobladores y cualquiera tiene derecho a hablar, a opinar, no se termina nunca de tomar una decisión. Por eso hay un jefe, rituales, turnos. Y ¿por qué no?, es válido arreglárselas para que la mitad del pueblo no tenga voz. ¿Cómo hacerlo? Demostrando que no puede. Entonces se instaura algo como “la mayoría de edad”, no puedes hablar si no has reglado aún, o si no te has hecho hombre cazando algún animal terrible. No puedes hablar si eres viuda, si estás embarazada o reglando;  no puedes si esto, si lo otro. Y luego la propuesta genial: que –preferentemente– las mujeres no hablen. Esto es idea mía, no sé si así sucedió. Pero pienso que sí. También pienso que no fue un complot organizado, sencillamente se fue dando. ¿Cómo, sin embargo, se logró apartar a las mujeres del poder, fuere cuál fuere? Porque la no–mayoría de edad se cuenta con los dedos, la viudez con ausencia marital, el embarazo se nota. ¿Cómo descartar a las mujeres sin parecer injusto?, pues demostrando que sólo los hombres valen. ¿Y cómo demostrar la superioridad de cualquier persona, cosa o decisión?, pues denotando la inferioridad de las otras personas, cosas, decisiones. Rápido y eficiente. “No cuenta el que yo, hombre, pueda cargar el botellón de agua; cuenta que tú, mujer, no puedas. Porque entiendo que tus manos son más delgaditas, y estás embarazada, cuidado con el bebé y más”. “No cuenta que yo, hombre, pueda salir meses de viaje a cazar mamuts modernos; cuenta que tú, mujer, no puedas. Porque entiendo que estás amamantando, no puedes irte con el crío a cuestas, y cómo hablarías con extraños, luego te pones nerviosa”. “No cuenta que yo, hombre, pueda navegar en aguas tumultuosas; cuenta que tú, mujer, no puedas. Porque estás reglando, no te vayan a oler los tiburones”. “No soy yo el que cuenta más; eres TÚ a quién tenemos que cuidar. Porque no puedes sola… Te estoy cuidando, dulce mujer indefensa”.

Y un día se toman decisiones en la famosa junta de la yurta, y claro que no estabas, y cómo no estabas, no puedes protestar. De todas maneras, no sabes por qué se tomó la decisión. Y aunque hubieras estado, no podrías haber tomado la palabra, eres mujer.

Y por eso el derecho de voto no se te otorga sino hasta el siglo XX.  “No es que no puedas, nena, es que no sabes”. Y de ahí, poco a poco, la costumbre de heredar propiedades y títulos a los hijos hombres, por orden de nacimiento. La de la famosa dote para casar a las herederas. La de no permitir métodos anticonceptivos, el aborto legal y otras nimiedades…

Un amigo comentó en algún momento que cuando el león monta a la leona, el perro a la perra, ellas no siempre levantaron el trasero para recibirlos. Dice, este amigo, que desde esa manera de reproducirse, hay violación. Estuve masticando su idea. Mira que los peces no se acoplan, la fecundación es externa, semen sobre hueva. Los pájaros, pues, hacen su labor de conquista, checa al pavo real, cómo abre y muestra sus colores, para que la hembra le dé el sí. Igual los gallos de cresta enrojecida y los preliminares de las serpientes, caricias y mordidas leves. He visto a los gatos rondar a las gatas y a los perros pelear por una perra. Aquí, en plena ciudad, no tengo acceso más que a documentales para analizar la manera de aparearse de los animales. Y sí, a veces, parece violación lo que pasa. Ves a la tigresa inclinarse para tomar agua y de repente al tigre echársele encima, sin pedir permiso. Pero en general, nos muestran los camarógrafos rituales interminables de “te enseño mis pompas rojas” o de peleas encarnizadas entre los machos mientras la hembra examina de cerca sus pezuñas… Y es una lástima. Porque me sería más fácil entender lo de las violaciones si en los no–humanos se viera que sucede lo mismo. Preferiría pensar en  instinto, no en un acto calculado. Porque si no es nato el asunto, si no es cuestión de instinto, entonces se puede regular, educar, y entonces evitar que suceda.

Me puse a examinar datos históricos, para entender cuándo empezó esa idea de que las mujeres, dada su inferioridad,  sirven para ser cogidas, violentadas y asesinadas. Mira que sentí el antojo de ponerte palabras más crudas, pero justamente, el punto de mi reflexión es encontrar alguna manera de resistir antojos… Empiezo con el famoso Rapto de las Sabinas. Es mitológico el asunto. Es decir historia basada en hechos reales, costumbres o eventos importantes de la vida de aquel entonces, pero atribuida a los dioses. Significa que los romanos ya admitían la violencia generalizada hacia las mujeres. Generalizada y justificada. Explican los dioses el evento con el hecho de que las mujeres no alcanzaban para tanto hombre en Roma y que algo se debía hacer. Para reproducirse, para coger a gusto, o para tener igualdad en números, eso no lo quiero saber. Pero el caso es que esa violencia llevaba ya una etiqueta gigantesca de justificación. Y años, siglos más tarde, lo que abundan son las representaciones artísticas de ese rapto, cuadros, esculturas, frente a los cuales nos quedamos babeando… ¿Qué bonitos y bien hechos están verdad?

Me salto, porque así soy de dispersa, mujer al fin, a los pies apachurrados de las chinas. Método de tortura  vergonzoso ampliamente aceptado por la sociedad china desde siglo X hasta el siglo XX,  con una justificación hermosa para cubrir la verdad horrorosa: las mujeres de pies chicos, parecidos a la flor de loto –por sus dedos aplastados imagino– eran preciadas por los hombres y encontraban marido más rápido. (Imagino que si no hay pies en el camino es más fácil atinarle a una vulva.) La verdad profunda es que una mujer de pies atrofiados no se mueve; no puede escapar, ya sea del matrimonio forzado, ya del trabajo forzado o de su vida.

He hecho desde adolescente, una relación estrecha entre esos pies torturados con vendas y los zapatos de tacón, alto, muy alto. ¿Quién puede correr sobre zancos, quién puede decir algo inteligente en una junta empresarial si lo único que siente es dolor en los pies y en las pantorrillas; quién dime? Sí, las piernas se ven más bonitas y las faldas lucen más, pero sólo según los cánones de belleza que, te juro, no han sido forjados por mentes femeninas.

Y me regreso a China. Muy padre la onda del respeto y culto a los antepasados, pero reservado a los hijos varones desde los tiempos del Neolítico Terminal, según los arqueólogos, relegando así, una vez más, a las mujeres a otro plano, inferior. ¿Por qué? Lo de los pies lo capto: no huyas, no seas libre, no pienses. ¿Pero esto? Todavía en los años 80, hace tan poquito, se mataba a las niñas recién nacidas, por no servir de nada y por aquello de la limitación de nacimientos por pareja. Date cuenta. Mide lo que significa. No es cuestión de emoción en la panza, ni de instinto, ni de impulso. Es raciocinio: no me sirves, mueres. Es ahogar la camada de gatitos.

Me vas a decir, porque no se puede entender, que eso es lejos, es otra manera de vivir, un barniz civilizatorio diferente del nuestro. Pero es que a eso voy: la violencia hacia la mujer no es un problema mexicano, es un problema humano. No es producto de los videojuegos, es producto de la mente masculina. Y no, no soy feminista extremista; soy nada más feminista sobreviviente.

Mira, te llevo a Europa, siglo XV, Juana de Arco. En la historia de Francia, se le considera la salvadora del reino. ¿Qué hizo? Salir a pelear. ¿Cómo lo hizo? Disfrazada de hombre; no fuera a ser que no le dieran chance. ¿Cuándo lo hizo? Antes de ser plenamente mujer, era virgen la niña, ¿verdad? Ah, ¿y por qué? Por oír voces. No fue su decisión luchar por el rey, fue alucinación, pobre mujer de mente frágil. ¿Sabemos si cada  detalle es verídico? Pues no. Sólo contamos con los testimonios y escritos de los testigos de la época (hombres), quienes eran los designados para relatar batallas, alegrías y desgracias. ¿Habrán tergiversado la realidad para justificar que fuera una mujer la que llevara a hombres aguerridos a la batalla y lograra el sacro del rey Charles VII?  ¿Habrá sido nada más una manera de adornar lo sucedido; deformación profesional? No es posible que una mujer logre esa clase de hazaña. Pobre Juana de Arco, acusada más tarde de brujería. Y quemada, claro.

Y en la misma línea de análisis, citemos lo de las Guerreras Amazonas, diferente época pero misma situación. Nos enseñaron en la escuela que eran tan bravas que se cortaban el seno derecho con tal de usar mejor sus arcos, ¿verdad? Pues en estudios relativamente recientes (2014), parece ser que eso no es cierto. Esa versión podría provenir del error de un historiador, al confundir la palabra “mazon” con la traducción de  “seno”. La persona que desmonta este mito es mujer, la historiadora Adrienne Mayor. ¿Por qué se habrá dado esa confusión del historiador que les arrebató un seno a aquellas guerreras? ¿Habrá tenido la cabeza llena de prejuicios, de los de hace más de 2500 años? ¿Habrá habido en él una predisposición a no creer en mujeres normales guerreras? Porque así, a medio pecho, ya no son tan mujeres esas guerreras, ¿verdad? Se masculinizaron.

Te cito a otra mujer no sólo célebre sino venerada, a quién se le robó su feminitud: la misma madre de Jesús. ¿Cómo permitir que el hijo de Dios naciera de una simple mujer? Entonces, hábilmente, se le hizo embarazarse sin contacto carnal. Su himen intacto la protege eternamente de ser mujer. Nos quitaron así toda participación en un evento de importancia mundial lo queramos o no, seamos cristianas o no. María no era mujer, era, con mayúscula, una Virgen. Y por ende, cómo permitir que la mujer tuviese un rol dominante en la iglesia. ¿A cuántas mujeres curas conoces…? Sí ya sé, si nos vamos a  la rama de los anglicanos, las mujeres pueden serlo. ¿Pero conoces a alguna mujer rabí? ¿A alguna mujer imán? ¿Me sigo? ¿Por qué? Caramba, pues por la ambición, por las ansias de poder de los religiosos, altos religiosos se entiende. Y si nos seguimos en la lógica de que las mujeres “son seres inferiores a los hombres”, no se les puede poner esa clase de poder entre las manos. Más si usan tacones, pobres.

¿Qué otro ejemplo te doy? Claro, lo del derecho de pernada. Eso de que si va a haber boda, llegue el señor del castillo y pueda, por ley, date cuenta, por ley, tener la primera noche con la mujer que se casa: Me arrogo el derecho de ser el que abra tus piernas por primera vez. Hay también allí metido un rollo de amo–vasallo, sí, pero no mandan a la señora del castillo a desvirgar al novio. Es derecho de hombre sobre mujer, otra vez. Y otra vez, no sólo en México, no hoy, esto data de la Edad Media en Europa.

O lo de las dotes, hace todavía menos de un siglo. Los matrimonios eran primero un contrato, en el que se especificaba cuanta lana (en ocasiones así, literal) o qué propiedades se le daban al futuro esposo. Un pago por casarse con la futura esposa. Hasta mediados del siglo XVII, se usaba dar parte de las tierras de la familia de la novia. María Teresa de España fue de las primeras en entregar dinero en lugar de tierras a su futuro esposo, el rey Luis XIV de Francia, 500 mil escudos, de a más o menos 4 gramos de oro cada uno, algo cómo 2000 kilos, 2 toneladas de oro. ¿Se compraba marido? ¿Se le pagaba por hacerse cargo de la mujer? ¿Por qué no se daba también, en nombre del hombre, una ganancia para la mujer? Claro que el contrato estaba escrito bonito y con garigoleos, y las únicas mujeres que tal vez tenían ganas de protestar contra ese sistema eran justamente las que no tenían dote, sólo familias pobres o castillos desvencijados.

Y salto a Turquía, otro continente (mismas épocas), refiriéndome ahora a los harems del imperio otomano. Cien mujeres para un sólo hombre. No es nada más cuento de las mil y una noches. Pertenecer daba acceso a una existencia privilegiada, estudios, comida, y si eras de las favoritas, camas de seda y visitas del macho, tu dueño, supremo honor. ¿Por qué no unirse, todas contra uno y abatirlo? ¿Por qué imperaba la lucha por ser la favorita, madre de hijos varones, asegurándose así una vida tranquila, fuera de los dolores del mundo externo? ¿Respeto a la tradición, a la educación? Al parecer no nada más el hombre está convencido de que la mujer le es inferior, somos las primeras en tragarnos el cuento. En 1909, Abdul Hamid II todavía poseía 370 mujeres en su palacio. Y en un discurso en 2016, eso es hoy, ¡hoy!, la mujer de Erdogan, presidente turco, todavía alabó la existencia de los harems, comparándolos con escuelas de vida para las mujeres. Mensaje de una mujer, convencida u obligada, pero mujer “contemporánea”.

Y luego lo de los velos. Las mujeres de aquellos harems raudas y acomedidas se aprendían  la danza. Justificación hay, otra vez, para lo que yo considero una vejación. La costumbre de cubrir cuerpos y rostros de las mujeres data de unos mil años antes de J. C., no es invento nuevo eso de que las mujeres no sirven, se deben de esconder y martirizar, aunque sea de manera encubierta, con un velo sobre la cara. Los griegos antiguos, los romanos (los del Rapto de las Sabinas ¿te acuerdas?),  los cristianos, tantos han intentado esconder a la mujer, con la consabida justificación de es para protegerlas, para que se vea que son nobles, o buenas, o no–sexuadas. El mismo profeta Mahoma dijo que los hombres no son capaces de practicar la continencia y pone entre las manos de las mujeres, a través del  porte del velo, toda la responsabilidad de actos indebidos cometidos por hombres. Ellos hacen y deshacen y tú eres la culpable… Y podría seguir, pero esto no es enciclopedia.

Escogí no hablar de las mujeres violadas en tiempo de guerra, cruzadas,  invasiones y colonizaciones o  guerrillas internas en algún país. Y escogí no hacerlo porque en tiempo de guerra, morir y ser violada “es normal”. (Sarcasmo. Sí, es sarcasmo, entiéndase, caray).

Y busqué números, pero sólo asustan. Me enteré de que Suecia, país tan lindo, es de los primeros en la cuenta de violaciones a mujeres. Aunque eso tal vez sólo signifique que en ese país sí hay cultura de la denuncia. Que en México, país donde vivo y que siento tan entregado a la violencia, nada más consigna el número 23, sí 23, en la competencia de violaciones de humanas hembras… Aunque, otra vez, puede que esto sólo signifique que no se levantan denuncias o que las violaciones terminan en feminicidios. Digo, si tus papás no te hacen caso cuando te pega tu hermano, qué vas a andar denunciando más tarde, ¿verdad? Las cifras que encontré en los datos de Amnistía Internacional afirman que, en el mundo, una de cada tres mujeres ha sido violada. Esto es un tercio de la población femenina. Una de tus tres sobrinas. Una de tus tres amigas. Y yo pensando que el mundo nos ignora. Falso. Pasa que la situación es igual o peor en otros lados. Luego, no es sólo un rollo de machismo latino, no permitas que te limite esa explicación, es un rollo de machismo en el ser humano,  de valemadrismo como lo dije antes, y de costumbrismo. (Sí, violenta costumbre).

Intenté decirte, probarte, que el lastimar a las mujeres no es algo reciente, ni nada más propio de ciertas culturas. Que no, no es un problema de instintos, mira a las leonas tomar su siesta, ni de sociedad latina, europea o asiática. Es. Y ya. Te platiqué que no violaría a nadie. Que no mataría. (Puedo entender las ansias, pero no, no lo haría). Te expliqué que no acepto la idea de que las mujeres somos inferiores a los hombres. Te dije que no creo que la violación sea algo natural, que no veo a los animales hacerlo. Sólo a los humanos. Te enlisté, brevemente,  eventos que muestran que no es moda, que la costumbre de violar, torturar y asesinar a las mujeres es milenaria. No te puse números exactos, pero te los sugerí. Termino dándote el último ejemplo, el que me parece ser el más viable para detener la violencia hacia la mujer, y es el de pueblos que han sobrevivido a todos los ataques, a todas las persecuciones. Pueblos como el pueblo judío o como el pueblo gitano. Mira que están igual de mal parados que nosotras si comparamos odio a grupos, odio sin razón válida. Recordemos las palabras genocidio, pogromo, deportación, campo de concentración, y más.

Pero exploremos al menos algunas palabras que orientan hacia una posible solución.

1) Educación. En la escuela y en la casa, en la calle, en el metro, en el campo y hasta en la luna, me cae. Pero habrá de ser educación mediante el ejemplo, no sólo mediante palabras. ¿De qué sirve decir que las labores de la casa no son sólo para mujeres si te levantas cada dos minutos de la mesa a servir a los que comen contigo? Y sí, algo tan sencillo como esto tiene que ver con el respeto que se nos debe. No separes la vida familiar en dos: no es futbol para los niños y  resorte para las niñas. Ni es enseñar a tender camas sólo a las niñas, ¿qué, nosotras las hacemos y ellos las deshacen? Tampoco es que los niños sean los encargados del coche, ¿qué ellos lo cuidan y nosotras vamos de paseo con él?

Es no obligar a nadie a hacer algo que no quiere hacer, nunca. Claro que si el nene no se quiere bañar, pues algo le dirán en la escuela al día siguiente, y ya verá si le gusta. O si la nena no quiere comer, pues luego tendrá hambre, y no, no se le dará nada. Es aprender la ley de acción/consecuencia al mismo tiempo que se aprende que se vale decir “no” y que ese “no” se respeta. No digo que hagamos de los hijos energúmenos que  se crean permitido cualquier antojo (no te me vayas por el lado fácil), porque la consecuencia ahí está, siempre. Pienso que así, cuando se diga No, no quiero acostarme contigo, pues se oirá, y se acatará. Y sin llegar a esos extremos, que no se lastimará de ninguna manera ni a mujeres, ni a hombres.

2) Consecuencias. En el trabajo y en casa, en la calle, en el metro, en el campo y en la luna, me cae. Porque en México, en particular, el agredir a una mujer, poquito o muchito, no tiene consecuencias. La ley, siempre muy bonita, no se aplica, sobre todo si hay lana de por medio, amenazas sobre la familia del juez o el mismo juez anda de chistoso violando a su mujer, cada viernes, porque toca. O no denunciamos, porque da miedo, porque hay amenazas sobre la familia, o porque los polis están coludidos, o porque ellos son los presuntos perpetradores. Mira qué lindo vocabulario hemos aprendido… y entonces olvídate de ir a denunciar. (Recuerda el ranking de diferentes países en cuanto a violaciones conocidas, lo de Suecia y lo de acá). Y, no obstante…

3) Denunciar. Se necesita tanto valor para hacerlo, tanto, pero sí puedes. Hazlo desde la primera amenaza, la primera burla, el primer golpe. Mira que si fuera tu hija la violada, la asesinada, desaparecida, estarías removiendo cielo y tierra, gritando tu rabia, tu odio. Si fuiste tú la asesinada, de allá por dónde andes, descarga truenos sobre el responsable, hazlo. Si fuiste tú la golpeada, violada, torturada, denuncia. Nada más no vayas sola. Denuncia en radio, en tele, con una llamada basta, y ve luego a donde se tenga que ir, preferentemente acompañada, con reporteros y cámaras. No te bañes, no te quites ni la tierra de los pies, nada… Ve y aprieta los dientes mientras te ignoran y luego mientras te examinan. Aprieta los dientes, y si quieres, voy contigo. Voy yo y vamos otros/otras. Alerta a tus vecinos, a la secre del cubículo de al lado, a los de mantenimiento de la fábrica, vamos todos. No nos pueden matar a todos, no nos pueden ignorar a todos. Sí,  hombres y mujeres, juntos.

(Paréntesis necesario: Esto ya no sé si es educación o preparación de las consecuencias, pero si pedimos, exigimos que no se nos considere ni inferiores ni superiores, ¿cómo es que no aceptamos la presencia de los hombres de bien? ¿Por qué no pueden ir a las marchas con nosotras? ¿Por qué decimos que Todos los hombres esto o aquello? No es un asunto de mujeres, no existen los asuntos exclusivamente de mujeres o los asuntos de hombre, debemos entender eso, trabajar juntos. Porque el argumento de Te lastimo porque tú antes me lastimaste no nos lleva a ningún lugar. Demostrar que no somos inferiores no va por ahí.)

Y entonces denunciemos juntos, hombres, mujeres, reporteros, medios,  cada vez. Y no, no dejemos a la víctima sola con el examinador, con el policía, con el doctorcito de la delegación. Grabemos, además, todo lo posible. Mira que se puede con los teléfonos que hoy cargamos con nosotros día y noche, esto ya es juego de niños. Sí, lo sé. En pueblos chicos, no se puede ir a denunciar, el presidente municipal es avisado, luego luego, las amenazas no necesitan ni hacerse. Pero aprieta los dientes, ve a la ciudad, vamos, denuncia–consecuencia, denuncia–consecuencia, denuncia–consecuencia.

Entonces, tres ejes: educación, consecuencias, unidad al denunciar. ¿Se ve padre verdad…? Pues pienso que de nada sirve todo esto que te dije. Vamos que al menos no sirve para los hombres que piensan en nosotras como en cosas, como en presas. Imagino que sus padres, cuando los educaron, no les decían a la hora de la comida que salieran a violar y a matar… Pienso que esto de la educación sólo va a servir en quienes de todas maneras no habrían ni violado, ni obligado, ni secuestrado. Que lo de aplicar la ley, sólo sirve en Suecia y que lo de unirnos sólo sirve si aceptamos hacerlo con otros y con otras, aunque nos ha dado por quererlo hacer todo solas en ese terrible afán de demostrar que sí podemos.

Y de nada sirve porque estamos en un país, México, en el que te cobran derecho de piso por poner tu puesto de quesadillas en la calle. Porque  si denuncias un robo, los mismos polis te sacan más lana por hacerlo. Porque estamos en un país en el que a las niñas desparecidas no se les debe buscar porque entonces se llevan a las hermanas. Porque detrás de las puertas, violan y maltratan a las niñas, desde que tienen edad para lavar platos, caramba. Porque hay pueblos en los que las puertas están blindadas y aun así se meten de noche para robarse a las niñas y jovencitas, rompiendo paredes. Y no,  no son pueblos perdidos en la sierra, están cerca de ciudades grandes. Porque, aquí, si vas a denunciar que te violaron, los polis (otra vez ellos) te llevan a un cuarto a examinar y te vuelven a violar. Porque aquí las cruces rosas de Juárez ya no horrorizan a nadie. Porque el que no seamos las únicas, y que esto sea costumbre milenaria es consuelo de tontas. Porque tal vez no haya más salida que la de andar armadas y ser entonces (también) homicidas. Y porque tal vez, tal vez sea más fácil vivir pensando que mataste por defenderte, que vivir con una violación un año sí y el otro también. Y porque seguro es más fácil (o viable) vivir habiendo matado que habiendo sido asesinada.

Y no, no termino aquí. Porque sería cobarde haberte dicho tanto, haberte casi obligado a salir con pancartas a la calle para decirte que no se puede hacer nada, y que ni modo, y que si nacimos mujeres, pues nacimos para sufrir. Retomo que si han sobrevivido tanto los gitanos como los judíos ha sido por dos cosas: resiliencia y unión. Nos podemos reponer… Duele, es largo, terrible el proceso, pero no permitiremos que por la injerencia de algún sujeto nefasto nuestra vida se aruine o termine. Y, finalmente, recuérdalo y practícalo: la real y plena sororidad es lo que nos puede sacar a ti y a mí del hoyo ficticio al que nos ha tirado la historia. Recuérdalo: Juntas y de pie.

 

 

 

Visto 617 veces Modificado por última vez en Jueves, 20 Agosto 2020 03:51
Gwenn-Aëlle Folange Téry

Gwenn-Aëlle Folange Téry,

nacida en la CdMx, vive en Tlalnepantla, Estado de México.

Escritora y pintora bretona franco-mexicana, 6 libros publicados, -prosa poética y novela-, y una colección de 11 libros para niños. Participa en múltiples publicaciones, revistas y exposiciones pictóricas, tanto colectivas como individuales. De repente le entra lo hippie, otras veces juega a que es medio intelectual. Activista de teclado, vive, respira, llora y ríe, así, un montón.

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