Mostrando artículos por etiqueta: Barracuda Sangrante

 

 

El rojo crepúsculo

de Úrsulo en silencio.

Waldo Contreras López

 

“Los relatos de la cárcel se parecen al relato

de los sueños que la gente suele hacer al despertar.

El relato de los sueños solo le interesa a quien lo cuenta”

Ricardo Piglia.

 

“Y qué es, pensé, ¡después de todo!

Es solo su exterior, un hombre puede

ser honesto bajo cualquier tipo de piel”

Herman Melville, en Moby Dick.

 

 

-Los tatuajes- dice José después de darle un largo trago a la cerveza -adquieren un significado exponencial en las cárceles a medida que el preso ve transcurrir sus años a la sombra. Son como anuncios fluorescentes en una calle solitaria; como quimeras, palabras o caracteres pintados aquí y allá, buscando la luz de una mirada que los encienda. Les contaré: Hubo una vez un hombre. Purgaba una condena de por vida tras ser encontrado culpable de matar a su esposa e hijos. Era, como yo, un hombre rojo de la vieja escuela rusa. Todos sabíamos que era inocente pero el gobierno pintó el cuatro de manera tan hábil y truculenta que no pudo siquiera presumir inocencia. El alcohol y la cocaína lo perdieron. Antes de iniciar la revuelta en la plaza de las tres culturas, un grupo de policías irrumpió en su casa cuando se bañaba a jicarazos en la azotea del edificio. Su esposa dormía junto con su hijo de diecisiete años y la niña de ocho. Fue una confusión. Los esquiroles Iban por él para matarlo y nomás dispararon al bulto, a lo pendejo, en montón y mansalva, con miedo y conocimiento de que el tunante podía ametrallarlos o mínimo, molerlos a canto de garrote, cuchillo y mordida si le daban al menos un segundo de ventaja. Cuando los paramédicos llegaron, Úrsulo lloraba sobre los cadáveres totalmente desnudo, con una botella de mezcal en la diestra y la nariz manchada de un polvo blanco. Gritaba: "Yo, los maté. Yo y mis ideas". Llegó al Lecumberri descamisado, pelón, con los huesos y el alma rotos. Al principio, se la pasaba cante y cante baladas tristes en voz baja, pero al paso de los meses ese tipo de emociones se le fueron y comenzó a escribir al mundo un testamento sobre el cuero. Comenzó con los nombres de sus hijos y su esposa; luego, fragmentos de panfletos o poemas de Salomón de la Selva, Nico Guillén y García Lorca; después, las notas musicales de la canción All Along The Watchtower de Bob Dylan pintadas en la espalda; siguió con dibujos de extraños demonios sacados de la imaginación, luego ojos, bocas, collares de dientes e hilitos de sangre; luego frases anónimas que pretendían haikus narrando la vicisitud de ver pasar los años sin disfrutar con los abrazos de las estaciones; luego se fue por la cara hasta borrar la imagen con la que se forjó la ferocidad de revolucionario de pacotilla: símbolos, alfabetos de otras lenguas y jeroglíficos babilonianos. Antes de que nada reconocible le quedara en su cuarteado rostro, tres flechas azul cielo saliendo del ojo izquierdo con rumbo al corazón. Por último, una frase que repetía mucho antes de oscurecer: "Un pájaro que nunca alcanzó a ver la luz, solo horizontes cruzados por el nubarrón inevitable del morir sin ser enterrado" Después, nunca más volvió a hablar. En su piel estaba escrito todo lo que pudo decir del mundo. Deambulaba por los patios y callejones, pegado a las paredes, con la vista fija al frente, las manos en los bolsillos y arrastrando los pies como si fueran su cobija. A veces, se le oía nada más silbar como un ave inmigrante cantando por una libertad más allá de las utopías de una revolución mierdosa. Así un año entero, un año entero hasta que, en la víspera de navidad, todos preparábamos el patio para la comilona y la pastorela. Úrsulo se estaba encargando de la tramoya y las piñatas y yo, de armar el templete y escenario con madera. Era casi el final de la función, cuando veíamos humear las cazuelas de la comida, cuando estaba a punto de aparecer el diablo. Era el bordo de la medianoche cuando Jesús Sosa gritó a todo pulmón una voz histérica: “¡Úrsulo! ¡Úrsulo! ¡Camarada! ¡No la chingues!" Y, como parido por la luz blanca de la única y más alta lámpara encendida en el penal, vimos brotar el cuerpo de Úrsulo agarrado de una cuerda por el cuello. Ni siquiera pataleó. La vida se le fue con un tronido macabro, como si la cuerda le hubiera dado una mordida en la cabeza y de esa forma le hiciera sacar los ojos, la lengua y un chorro espeso de sanguaza por la nariz y las orejas. He visto gente que se cuelga y como gimen. Úrsulo ni siquiera suspiró. Lo vimos colgado, balanceándose como marioneta abandonada. Yo, yo lo vi de alguna manera sonreír. Mi pobre camarada. Adiós, le dije, y enseguida me fui por la herramienta al taller de carpintería para hacerle el ataúd. A lo lejos, se veía tan bello, como un alebrije multicolor reflejando la vida fulgurante de nuestros ojos, como un colguije extraño de esos que exhiben los artistas hippies en el tianguis del chopo; colgado y sin quejido lúgubre; con sus poemas, dibujos, jeroglíficos y palabras pretendiendo ser haikus. Lo vi a lo lejos y me recordó los anuncios luminosos del paseo de la reforma. Tan extraordinario, tan irreal, tan fantásticamente muerto. Adiós, Úrsulo. Adiós, le dije, tratando de recordar su talla. La cena la guardamos para el velorio. Lo sacaron del penal en punto de las ocho del día veintiséis de diciembre del año 76, en el cajón de muerto más bello que hube hecho, con rumbo a la sierra de Chihuahua. Cuando lo conocí allá a principios de los sesenta, le gustaba el rock, la revo cubana y odiaba a los tatuados, era grueso como un marrano garañón, moreno como el zopilote, taciturno y voz segura, pausa y estentórea, con una talla en el ánimo que le hacía verse como un Ajax; tras las rejas se fue encogiendo a medida que callaba y el pellejo se le ennegrecía de tanta tinta; llegó a medir algo así como la medida que hay entre la meada, el pito y el suelo. Ese día, no pude dormir con la vuelta en la sesera de si medía uno noventa, como cuando lo admiré, o uno sesenta, como cuando sus pies estaban meciéndose como hojas secas a siete metros de altura, o quizás uno ochenta, como cuando joven y los sueños. Lo que son las cosas. El camarada no alcanzó a ver el inicio de una nueva era. La era de los bultos. Un año después, el gobierno nos dio a todos libertad bajo palabra, bajo palabra de honor, que el color rojo jamás volvería a mencionarse en esta tierra. Aquí estamos ahora. Unos borregos a medio morir asimilados por el Estado. Libres sí, en un lugar en donde nada de lo que sucede dentro de una prisión tiene sentido. Un lugar y una época que ya nos olvidó. Me imagino a Úrsulo aquí, con nosotros, tratando de explicar sin conseguirlo, todo ese rayadero que tuvo en el pellejo. ¿Ustedes, jóvenes, serían capaces de comprenderlo? No lo creo.


José le da el último trago a la cerveza mientras mira fijamente una lámpara japonesa colgada sobre la cabeza del barman. Se despide de nosotros con un adiós de mano, dándonos la cara de su escurrida espalda, y sale rumbo a la forma de llover que hoy tiene el cielo. El eco de sus pasos está siendo devorado por el tronido de la tormenta, se lleva sus palabras, su grave estar de viejo derrotado, con mordidas húmedas, hasta convertirlo en nada. 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Miércoles, 04 Agosto 2021 01:46

ORIGEN / Rocío García Rey /

 

 

ORIGEN

Rocío García Rey 

 

 

 

“Cada ciudad, como Laudomia, tiene a su lado otra ciudad

cuyos habitantes llevan los mismos nombres: es la Laudomia de 

los muertos, el cementerio.”

Ítalo Calvino

Las ciudades y los muertos. 5 

 

 

El orden de los hechos parte del asombro y de la incredulidad por la muerte de la madre.

Los cuerpos giran alrededor de la fogata de los naufragios de la vida. Nada puede comprenderse cabalmente cuando el cuerpo de la madre se deshoja. Porque ese deshojar contagia a las hijas que, como si hicieran una ronda, se llenan de silencio y sólo con la mirada hacen un ritual de lenta despedida. La voz existe. Lo saben. La voz existe, pero no saben qué decir ante el desvelo de la vida. Ni siquiera se atreven a pronunciar calle Comonfort como ofrenda a la historia de la madre.

 

II


Los cuerpos cambian de tal manera que a veces son odiados por una misma. El cuerpo es el lugar propicio para que el dolor sin adjetivo se arraigue y deje de moverse. Porque la madre está acostada y la hija mayor la cuida y entonces, tú mecanógrafa de los silencios te llenas de culpabilidad y comes a todas horas. Comes y bebes vino e imaginas que haces el recuento de todos tus lutos acumulados, pero sabes que al final eso será absurdo porque tus muertos han estado siempre contigo, te han coronado en la hora de la desgracia y han hecho de tus ataques de pánico la danza perfecta para que el clonazepam se adhiera meticulosamente a tus papilas.

Tus muertos han estado siempre, desde que murió tu novio niño a causa de una bala perdida. Recuerdas, sí, él estaba de vacaciones en Hidalgo y surgió el juego perfecto entre él y su primo: jugar con un arma, pero esa arma estaba cargada y atravesó los años lirio de Guillermo Montes, tu novio niño. Luego fueron los ritos, los llantos, las cortinas cerradas, los rezos y un gran silencio por parte de los adultos. Tú querías una explicación que nadie estaba dispuesto a dar. Y te tragaste el grito de niña de ocho años y con ese grito tragado ahora pasas el vino que crees hará envolverte en un onírico paisaje de luto por tu madre.

Lentamente la ciudad te ha abrasado sí, como aquellos días de ir y venir al hospital general porque el compañero, la pareja que habías conocido en plena estancia en la zona zapatista, fue acorralado por un gran tumor. Un tumor que te asaltó en forma de incredulidad. Lo recuerdas saber que ese tumor existía en tu compañero te hacía temblar siempre. Siempre temblorosa a tus 29 años. La muerte atraviesa los días, los edificios, las ciudades. Lo sabes, incluso las ciudades de Calvino tienen algo de muerte.

Imaginas que de todos los muertos que te han marcado tienes fotografías y que en un acto demencial podrías colocar cada una y hacer una danza improvisada. A la abuela le dirías que su máquina Singer no se ha perdido en el tiempo y a tu padre obrero le comunicarías con movimientos parsimoniosos que un día te atreverás a sacar la cinta de su entrevista y a transcribirla. 

Quisieras tener a Nelly Sachs en persona, hablar su idioma. No quieres sólo su poemario. ¿Cómo recojo los guijarros de mis muertos? ¿A qué tumba voy primero? ¿Qué deberé preguntarle a la madre que nos ha contado una y otra vez sus pocos días de infancia feliz cuando la abuela Juana sacaba a todos los nietos a pasear a Tlatelolco? 

La ciudad siempre tiene ecos que se transforman en lo que creemos son casualidades, en realidad, es el eco el que nos lleva a rondar y acaso a habitar lugares que ya nuestros ancestros habían pisado. Por eso me causaba tranquilidad que en tu última etapa de enfermedad vivieras en Tlatelolco, con Patricia. Sí, Tlatelolco, ese lugar que elegimos años atrás para que en la Iglesia de Santiago hicieran las misas a mi papá, cuando murió.

  Me quiebro entre las coreografías inventadas y la imagen de mi madre acostada viendo la televisión. Me quiebro y aun cuando sé que corro el peligro de transformar mi cuerpo, después del trabajo como y bebo y aquel primer grito por el novio niño se humedece de merlot envuelto en clonazepam.

Llega un momento en el que el orden de tus muertos no importa y entonces es a la prima Veroniquita a la que quieres contarle un cuento. Dices: “escribiré”, pero hay una quietud en tu cuerpo contra la que no puedes luchar. Cuerpo quieto, ¿te das cuenta? Como el de tu madre. Cuerpo callado hasta que, a otro día, a pesar de querer sentarte a mirar los rostros de los alumnos, tengas que hablar. Hablas desde el estupor, desde la vergüenza de sobrevivir, hablas y escribes, mientras, como Dido, quisieras clavarte la daga punzante del destierro mayor. Pero esta vez no sería por Eneas, sino por el dolor que causa una placenta oscura.

Dicen que sólo te inspiras en los muertos, que has resuelto vislumbrar las flores de las tumbas, en vez de vislumbrar las flores de los vivos. Pero ellos no saben que esas muertes paradójicamente han sembrado vida, y que esa vida son ahora las palabras que laten como corazones redimidos. 

 

III

 

El silencio se extiende por el cuerpo, por los libros que, efectivamente tienen palabras, pero que de tanto bailar al fuego de los muertos han enmudecido. Es el silencio acompañado de una palabra que existe en el diccionario, pero que no te convence de significar lo que estás sintiendo esa palabra es dolor, así nada más, dolor. Y lo que tú sientes es la brasa, el frío el desear reptar por los pisos, por eso arañas tu piel hasta que la sangre brota. Ese dolor no sabes si aparece en el diccionario. 

 

IV

 

Mamá, fueron cuatro años en que viviste como exiliada de la salud. Un remedio, y la sangre salía, un diagnóstico y la sangre salía, un abrazo y la sangre salía, una sesión de terapia y la sangre salía. Pero fueron a ellas, a mis hermanas a quienes les tocó ver esa rebeldía de tu cuerpo que te condujo por primera vez al hospital. En aquel momento, en mí, sólo apareció el enojo. Tú no podías enfermarte. Tú debías ser fuerte. Pero tu sangre me dijo que mi voz empezaría a menguar durante cuatro años. 

“En el IMSS tardarán en hacerle los estudios”, dijo el internista. Posible enfermedad: mieloma múltiple. Y así fue, caminamos hijas, yernos y nietos con esa palabra persiguiéndonos en el trolebús, en el metro y en los páramos de nuestra tristeza.

Trasládenla a la Raza, ahora que tienen los resultados. Sí, en ese hospital donde nos pariste. Ahora ahí te atenderían. “No para la hemorragia” y te taparon la nariz. Cuando me tocó recibirte para que te trasladaran al piso correspondiente, te sacaron en camilla y no hubo poema, no hubo verso que consolara el despliegue de asombro, mi madre con la nariz llena de gasas. Te dije chiquita. “Vas a estar bien, chiquita”. Y así fue. Tal vez siempre sucedió así. Madre – niña sin que la acunaran a ella. Antes de que supiéramos que el mieloma habitaba tu cuerpo, cuando estabas mal y no teníamos un diagnóstico claro, iba a tu casa y te leía cuentos. Cuentos de la costarricense María Noguera. Yo te leía los títulos y tu escogías que cuento te leería. Pero un día, me quedé sin voz para leerte. Entiende, podía emitir palabras, eran audibles, pero la fuerza, la energía se transformaban en mirada de asombro, en inmovilidad. Fui la sombra, aunque no fuera de noche. Fui la sombra que se dejó atrapar por la desazón que se adhirió a la suela de mis zapatos; aun así, pude terminar mi Doctorado en Letras y ganar una mención honorífica.

 

V

 

Porque no puedo disponer aún de mi nombre, porque no puedo disponer aún de mi cuerpo que se abrazó a tu última noche, claudiqué ante otras creencias, creencias diferentes a las mías. Buscaba afanosamente que tu nombre volviera a latir. Tal vez porque aquella noche, la última, te digo, fuiste reposando ante Tánatos poco a poco hasta que a las 4 de la mañana me desperté y adiviné que habías migrado a la ciudad estrella. 

Porque aun cuando te abracé la última noche y dormí contigo no puedo hallar la brújula de las palabras y mi cuerpo sigue pidiendo lo imposible: volver a la placenta. Mudé a otras creencias, te digo. Acaso realmente lo sabes. Alejandra, una de mis alumnas anunció que había aprendido una terapia de péndulo y que ponía su nuevo aprendizaje al servicio de quien deseara. Yo buscadora de explicaciones ante lo que se llama muerte, alcé la mano. Como científica retornando a la magia, contacté con Ale. 

Una veladora pequeña encendida y un cuerpo que en silencio pedía ser consolado. En el cuarto propio, aprendí que no sólo se escribe, también se buscan, a veces, ocultamente rutas para viajar al entendimiento de los significados. 

Sentí la energía en el lado izquierdo de mi cabeza y en mi vientre. Tenía la seguridad de que Ale me tocaba. Pero no fue así. Después de la terapia me dijo que eras tú, que era la energía, que estuviste presente. Ese día, mamá me corté el cabello, desde aquel día no he vuelto a hacerlo.

“En el vientre está la energía de nuestras ancestras”, me dijo Ale. Y fue así que dentro del cuarto propio ese día tomé la carretera de una creencia que hizo que apareciera mi sorpresa. La vela se derritió y supe que estaba preparada para pasar por la calle Comonfort y gritar tu nombre.

 

VI

 

No recuerdas si fue en el segundo año de la enfermedad de la madre, que te atreviste a viajar a Perú. Darías una conferencia. Días anteriores tu computadora se había descompuesto y necesitabas urgentemente que alguien la arreglara. Fue precisamente, Ale quien te recomendó a aquel técnico tímido que llegó un miércoles en la mañana. No hacía frío, pero él traía puesta una gorra. Amable y pausadamente, hablaba. Le ofreciste café recién hecho y sólo dijo quedamente: “no, gracias”. 

Era el tiempo en que el dolor aún no rondaba las paredes de tu casa. Era el tiempo en que el miedo aún no carcomía tu piel ni tus palabras. Por eso tenías energía para conversar. En la distancia se comunicaban. La noche antes de partir a Perú, tu habías aprendido que el hombre con quien creías compartir un poco de vida, no se asumiría jamás como tu pareja, tal vez un amigo distante con cambios de humor que te mantenían al acecho. Lo supiste porque la despedida que tenían planeada se canceló. Habías comprado un vino y querías celebrar con alguien aquello que tu veías como triunfo: ir a dar un curso y una conferencia a la universidad de Perú. 

Llamaste al tímido técnico con quien también, sin saber por qué, le compartías canciones. No podía ir a tu casa, pero acordaron reunirse una vez que estuvieras de vuelta. 

Te despediste de la madre y de las hermanas y partiste con la ferviente creencia de que aquel hombre exiliado con el que habías compartido algo de vida, ya no estaría más. Algo se había roto, al cancelar la despedida.

Porque el cuerpo aún no te dolía e incluso tenías tu propia voz, te atreviste, sin culpa a ir a Machu Pichu, a leer tus poemas en la universidad, a ser viajera, a tomar videos de las marchas. Ahora lo sabes: fue el tiempo en que todavía sabías pronunciarla vida y sabías cómo entornar la mano para cargar tu equipaje que te llevara a las zonas de la alegría que después se tornó isla remota. Era el tiempo en que aún no le inventabas cementerios a los cuentos que leías.

 

VII

 

En el cementerio mis hermanas lloran, yo no. Los desgarramientos de la propia piel quedan cubiertos con la ropa. Por ello puedo, casi con la exactitud de un reloj, jugar el papel de mujer ecuánime, como aquella que he imaginado fue Simone de Beauvoir, en Une mort trés douce. Tus hermanos también te dan el último adiós. Y yo con un saco negro me quedo atónita ante el rito, que como ex empleada del panteón he visto tantas veces. 

Las flores son acomodas en tu nuevo invierno. Mis hermanas, sus hijos, Eleazar tu yerno a quien quisiste como hijo y el otrora tímido técnico en computación acomodaron las flores.

 Así fue, esa presencia del tímido técnico desde que volví de Perú empezó a moldearse como compañero. Cuando él me acompañaba a verte, me gustaba verlos platicar y saber que le tenías confianza. Él ayudó las veces que te quedaste en mi casa y cuando una vez te llevamos al hospital. Fue con él con quien empecé a nacer como parte de una pareja. Poco a poco fui atreviéndome a develar enunciados de solidaridad y amor que yo no conocía, pero él, en un lenguaje ajeno al mío, dejaba como impronta en las rutas de mi cuerpo. 

Aquel día en que llegaste a la morada del invierno, él desplegó abrazos para mí y en silencio permaneció a mi lado. Sólo él sabía de aquellos arañazos en la piel que yo misma me producía hasta ver brotar sangre. Sólo él sabía de esas marcas que eran la extensión de un dolor que no podía sacar con ningún rezo. Acaso algunos se postren ante Dios e incluso recen, cuando hay alguien al que se ama y de quien se presiente su perenne silencio. Pero, tú, mamá sabes que ese ritual no se adecuaba a mi danza en la vida, en aquel momento, por cierto, danza detenida.

Fue Coco, la madre abuela de José a quien elegí como emisaria de las plegarias para ti, ante el Dios en el cual tú también creíste. Coco prendía veladoras y rezaba repitiendo tu nombre. El lenguaje es el desdoblamiento de nuestras creencias. Por ello hay diferentes pronunciaciones para pedir que sea atenuado el significado de esas palabras que, he dicho, aún ronda en mi vida: dolor y sempiterna maravilla. Porque en mi representación del mundo todavía creo que todos pueden estar muertos, menos tú. La incredulidad la sigo tragando cuando tomo vino y con la memoria hago una maqueta donde pongo simplemente árboles y en medio alguna foto tuya.

Ahora mis hermanas y yo tenemos que asumir las miles de representaciones de esta orfandad que ahora es nuestra túnica de adultas.

¿Qué inhumé, me pregunto? Y entonces en mis noches vuelves para que la nitidez de tu rostro sea también para mí, mi segunda vida.

 

VIII

 

Antes de tu enfermedad, sabías que mi gran tarea era contar tu historia, porque, en efecto, tus relatos desfilaron ante mí y me hablaron de una ciudad que no conocí, pero que imaginaba cuando contaste, por ejemplo, que cuando eras niña, el gobierno repartió estufas de gas para evitar que siguieran usando estufas de carbón. 

Por ti conocí la violencia que el abuelo Emeterio, tu padre, desplegaba constantemente en la familia compuesta por diez hijos. Y de esos diez hijos tu eres la segunda que has partido. La primera fue la tía Juanis, como le llamaban. Tenía 19 años y murió a causa de una falla en el corazón. Entonces contaste que la tía Lucha que era muy apegada a Juana, por eso dejó de hablar y de comer. Lucha, entonces era una niña.

No pocas veces desplegaste historias que fui anotando porque deseaba reconstruir tu pasado. La historia de las calles de Martín Carrera y la Villa. Muchas veces he imaginado aquella primera colonia: Carrera Lardizabal, donde después de la separación de la tía Antonia, tía de mi papá, tú y él se mudaron.

 Yo misma guardo en la memoria las caminatas que tú, Patricia y yo hacíamos de la clínica 23 a la colonia Martín Carrera para visitar a la abuela, que nunca fue llamada así por nosotras, sino mamá Lucha. Entonces yo era niña y sabía que llegaría al lugar de la calma, de las palabras dulces y de las gelatinas hechas por mamá Lucha.

Sé que con este acto estoy esculpiendo la memoria, sé que a mi manera hago mi ejercicio de historización. Tal vez por eso en los sueños aparecen constantemente tú y mi padre junto con tus hermanos.

Tengo una fotografía en mi escritorio. La veo cada día y me lacera, pero no importa. Fue una de las últimas fotografías que nos tomó José un día que fuimos a una cafetería. No puedo traducir los gestos o quizá no me atrevo ante este interminable camino por entender con el cuerpo que ya no estás, que sólo tu historia me protege en las noches en que necesito asirme a la creencia de que es mentira, de que de una u otra manera puedo seguir hallándote.

Los quiebres ante los epitafios se vuelven volcanes que queman mi cuerpo y lo deja, como te he dicho, inmóvil y un poco aterido. 

En diciembre, José y yo les llevamos noche buenas a ti y a papá. Fotografíe la tumba como consuelo para dejarme claro que aún me importan sus nombres: Manuel y Aurora, nombres indelebles en mi escritura y en ese dolor que se transmuta en buscar remedios mágicos para que regreses.

 

IX

 

Otras oscuridades más tenebrosas serían abrazadas por ti, mecanógrafa de los recuerdos, y te llevarían a calles en las que ni siquiera sabías por qué habías llegado ahí. Hasta que un día la anagnórisis apareció después del reclamo de José. No sabes si puedas escribir que pueden resultar increíbles todos los actos que has podido llevar a cabo para aferrarte a la madre, al sitio primigenio, al cuerpo que según tu neurosis no debía partir. ¿Por qué ha sido diferente con tus demás muertos?

 

X

 

Se deshacen las ganas de acariciar la primavera porque ésta simplemente desaparece de los paisajes cotidianos. ¿De qué se hacen los paisajes cotidianos, mamá? Se hacen de media luz y programas de televisión a todo volumen, a veces se compone de esa hemorragia nasal que te acompañó siempre. ¿De qué se hace el paisaje cotidiano, mama? De cansancio perenne, pasos cansinos y ganas de dormir aun en la hora de las gerberas. 

Un día ese paisaje ya no fue cotidiano porque aceptamos que tuvieras una sesión de quimioterapia, y entonces, lo sé, el mundo se rompió. Los cristales imaginarios lastimaban tu cabeza y, después dijiste, querías arrancártela. “Si eso voy a sentir después de cada quimioterapia, no la quiero”, dijiste. Porque te digo, todo se rompió, y una mañana Patricia, mi hermana, te encontró, medio inconsciente, tirada en la cocina. Luego vino el hospital y para ti dos noches en una camilla porque no había camas y para Patricia y para mí dos madrugadas a la intemperie afuera del hospital. 

Quimioterapia clausurada y en medio de ella el compromiso para dar una conferencia sobre Dolores Castro.

Se deshacen las ganas de acariciar la primavera, aunque junto a José poco a poco voy recomponiendo los fragmentos de mi cuerpo. Porque debes saber, mamá que mi cuerpo mudó y no me importó subir de peso. Mi salvación para atenuar la falta de sol era comer en la noche y beber mucho vino. No importaba si a otro día debía dar clase. Por eso cuando partiste sentí que había perdido parte de mi identidad: cuerpo autorechazado y oleajes para beber. No tenía fuerza para hacer ejercicio y aun en el consultorio psiquiátrico mi quietud y letargo eran evidentes. Cambios de antidepresivo y la imposibilidad de escribir, aunque sea un remedo de idea. Muda, muda. Contemplando en la distancia lo que en apariencia como mujer adulta comprendía. ¿En qué consiste la comprensión? 

Reconozco que José era mi sostén, pero nunca me atreví, porque no supe cómo hacerlo, a explicarle mi desazón que abarcaba incluso mis pupilas. Tal vez lo intuía. Piel sangrante y a veces ataques de pánico. ¿Quién era yo para involucrar a aquel hombre de esa manera? ¿En nombre de ser una pareja es lícito que el otro te levante, antes de que caigas al precipicio? Mi mirada cambió, mis gestos se tornaron rígidos. Aun en este presente en que hace meses que te fuiste, mi rostro, a veces, es el espejo del espanto, de la solemnidad vuelta asombro.

Loa caminos que recorrí, sé, no son novedoso. Tal vez por ello este escrito sea un lugar común en el vaivén de los incontables duelos.

 

XI

 

Los subterfugios pueden tomar diferentes formas. Bajo la enajenación por el dolor quisiste huir. No era falta de amor a José. No era ni siquiera vivir una aventura. Tal vez te ayudó que después del esposo muerto no volviste sino a tener amantes. Cuerpos que tratan, durante unas horas de suavizar la corrosiva soledad humana. Tu vida de pareja seguía siendo un camino de aprendizaje. 

Era semana santa y tenías que presentar un libro. Te acompañó José. Y durante la espera para el inicio del evento apareció él, halagó tu mirada. Pidió mantener el contacto. Era un historiador desempleado. Esos días tú te quedabas con tu madre y quisiste suavizar la epidermis del adiós. Platicaste con el historiador y José se mantuvo alejado. Inconcluso el evento partieron tú y José porque habías dejado sola a tu madre. Silencio de tu pareja. Pero no del historiador que se comunicó contigo cuando estabas en el hospital con tu madre. Se lo dijiste. “mi madre está enferma”. Él respondió rápidamente que sabía lo que eso era, porque hacía unos meses su madre había muerto. Esa fue la clave para anclarte. Tal vez él podía explicarte cómo sortear los lutos, la desesperanza. “Ellas siguen, no se van”, como pócima mágica, como si no fueras una mujer letrada le pediste que te explicara. Como si fuera la primera muerte que enfrentaras querías reunir toda narración de las madres muertas. Como si fuera plena adolescente, aceptaste que te hablara de su duelo. Fue por ello que rondaste aquella calle que recién habías redescubierto cuando fuiste a un Museo: calle Regina y sus miles de bares. En uno de ellos se citaron. Él llegó con su guitarra porque dijo, también quería cantarte una canción. Empezó a hablarte de la energía y de que nos hay casualidades. Repentinamente apareció la digresión en el discurso: “Te ves bien”, aseguró, mientras te sonreía. Para ti no importó eso, sólo querías saber si su relato podría ayudar a sujetarte sola, sin sentir que el caos era tu mismo cuerpo. Porque la desesperación no podías apaciguarla con los medicamentos ni siquiera con los abrazos de José y su brega de amor hacia ti. 

Lo supiste, todo había dado un giro: él quería seducirte, coquetear. Halagaba tus poemas y te dijo que le gustabas. No es que olvidaras a José. No lo olvidaste. Tampoco te atraía seguir el juego del simple coqueteo. Sólo supiste que caías en la en la espesura de la vida. Podías haber discutido. Podías haberte parado de la mesa. Pudiste…Quisiste evadirte. Sentiste como si cayeras en algo espeso, soporífero. Entonces ya no fueron sus palabras a las que les prestaste atención. Los transeúntes y la misma calle hicieron la función de distractor. Su presencia pareció volverse lejana y sus palabras parte de un parlamento de una obra que estabas representando por azar. 

 

XII

 

El cuerpo de la madre, parecía, dejaba de tener nombre. Si su cuerpo menguaba y Patricia era la principal cuidadora. Tú merecías el castigo. Se trataba, ahora lo sabes, de un castigo extendido por tu cuerpo. Aunque en un principio te alarmó subir de peso, fue parte de los cambios con los que te hermanabas al ocaso que se mostraba de múltiples maneras. 

Cuando conociste al historiador era abril. Nadie sabía la fecha exacta de la navegación de la madre al territorio de Tánatos. Ahora que armas el relato, afirmas que dos meses después la oscuridad apareció. Es en una mínima distancia de tiempo que logras acomodar las piezas del rompecabezas en forma de autocastigo presentido. 

Tecleas y ves a la distancia cómo los cuerpos callan o gritan o simplemente dejan llevarse por la imperfecta brisa del dolor. Ahora sabes que tu cuerpo sigue sin pertenecerte, aunque puedes visualizar en lontananza las heridas infligidas. Acaso querías solidarizarte con el dolor de un cuerpo abrumado, a punto de claudicar ante tanta fatiga acumulada

Entonces recuerdas, reconstruyes aquel día de suplicio y locura. Aquel historiador te afirmó que las madres no se iban del todo. Fue lo único que grabaste en tu memoria. Después, cuando José te reclamó aquel encuentro, hubieras querido decirle que te sentías deforme y absolutamente vacía. Hubieras querido que él sintiera por un momento la horadada existencia cuando se carga durante cuatro años la muerte. Y fue por eso que te dejaste guiar. José, no había, rutas de amor ni de deseo. La palabra infidelidad rebotó en otros inviernos, en el de aquella mujer que era yo, sólo la nieve y la espesura del silencio la acompañaban. 

Compraste vino y te preguntaste cómo era posible que alguien que había perdido a su madre, hacía apenas tres meses, convocara a otro cuerpo. 

No pedirás un plañidero perdón porque ese encuentro nunca será asimilado por tu epidermis. No pedirás perdón, porque no dejaste de sufrir ni de amar a la madre. Sólo zarpaste a un barco que te distraía con su vaivén y te mostraba la ausencia de los lutos.  

Es verdad, José, ella compartió el derrotado cuerpo con otro cuerpo. Se castigó, pero tú no pudiste entender eso. Ahora, su madre está muerta y ella sigue sin cuerpo. Sigue buscando pócimas mágicas para que alguien le diga que la madre permanece. Los vericuetos del dolor son múltiples y a veces silenciosos. Por ello la mujer a la que dices amar no te narró aquel hecho. Deshecha estaba. Dos meses después, tú lo sabes, murió la madre. Y un mes después de aquella impronta de ausencia, tu reclamaste con una pregunta: ¿Por qué? Pero ella seguía en jirones y contestó sin vomitar el dolor. Lo sabes, no pidió perdón. No pidió clemencia. No podía porque su capacidad para elaborar discursos estaba oscurecida. Lo sabes, José, los dos faltaron a los acuerdos, por ello tú revisaste sus redes sociales. Ella dijo: terminemos y tú te opusiste.

Ella sigue buscando una brújula que no se la del amor romántico. Ella no quiere claudicar. Acaso recomponer su cuerpo. Su historia que ahora se compone de sueños con la madre.

Los lutos pueden llevarnos a realizar proezas aun en contra de la trillada palabra amor. Ella, ahora lo intuye, quiso caminar por la cuerda floja como la evasión mayor a sentir el dolor de someter su cuerpo a un cuerpo anónimo. Acaso quiso por un momento dejar de repetir obsesivamente la palabra: mamá.

Pero en tu cuerpo, José, sólo están tus lágrimas. Lo que crees la absoluta traición. Ella mira tus lágrimas y quisiera que fueran las de ella, porque jamás ha podido llorar por la madre.

 

XIII

 

Tú, la mecanógrafa vestida de negro, empiezas a recomponer las piezas, precisamente mediante la escritura. Por ello ahora puedes recordar que fue un mes después, acaso en julio cuando José te dijo que no estaba bien. Era un sábado y habías ido a consulta psiquiátrica. Querías que empezara una etapa de calma, de poder recordar sin la piel rota. De inventar ritos para saber cómo escribir nuevamente tu nombre. Pero no fue así, porque ese día cuando llamaste por teléfono a José y le preguntaste cómo estaba te dijo que mal. Te dijo que había roto una regla y sabía lo que había pasado con aquel hombre. Que deseaba saber por qué lo habías hecho. Y fue en ese momento que tuviste que controlar el estupor, el enojo, la vergüenza.  

Después de vivir siete años con Roberto, lo has dicho, no volviste a tener una pareja. Y José había llegado en un momento en que tu vulnerabilidad ya había aparecido, sólo que aún no gritaba como lo hizo dos años después. José llegó a enseñarte la solidaridad y los oleajes del amor entre un hombre y una mujer. Pero tú nunca supiste explicarle que en los vericuetos de la vida hay momentos en que se pierde la brújula completa, que en los andamios que debemos cruzar para amar al otro encontramos caminos sinuosos que nos hacen romper lo que nos han hecho llamar fidelidad.

Tú aquel día te quedaste muda. Crees haberle dicho que sí lo amabas. Así utilizando el adverbio sí. Quisiste poner de ejemplo parejas abiertas como la de Simone de Beauvoir y Sartre. Pero José no conoce aquellos personajes, sólo se deja guiar por lo que él interpreta como traición. Y tú, muda ves que llora y quisieras salir corriendo de esa escena.

 

XIV

 

¿Cómo se conocieron tú y mi papá? Un día te pregunté, mamá. Pero en esta reconstrucción de los hechos no quiero reproducir que mi papá te abordó afuera de tu trabajo. Quiero decir que la impronta con la que voy caminando cada día es ser hija de la obligación. Sí, porque tú un día me dijiste que no sabías que existían otras opciones para las mujeres. Inferí, aquel día que hablaste, que no te casaste por amor. “Quería huir de mi papá. No nos dejaba tener novio. Me veía con tu papá a escondidas”. 

Muchos años después, cuando estabas enferma, me atreví a preguntarte si sentías placer con mi papá. “al principio sí. Después ya no.” No me atreví a preguntar hasta dónde el antes y el después. Te confesé entonces que lo mismo había vivido con Roberto. Me dijiste que yo era joven y que hubiera podido cambiar la situación. Quise, mamá, decirte que eso lo aprendí años después cuando recuperé mi voz. Y mi cuerpo. 

Mamá, vi llorar a José y yo no podía arrodillarme a pedirle perdón, ¿Perdón de qué? Porque los planos del amor que hemos dibujado José y yo parecen ser de diferentes colores y diferentes trazos.

Mamá, vi llorar a José y preguntarme: ¿Qué va a pasar? Yo, aún envuelta en la incredulidad de tu muerte no sabía qué hacer porque sólo había un cuerpo deforme ante mí y un dolor inefable: el mío. Mi pareja lloraba y yo quería renunciar en ese momento a la vida en pareja y quedarme en posición fetal repitiendo una y otra vez tu nombre. 

  También hubiera querido llorar como José, pero mi represión impedía hermanarme con él, quien se marchó con lágrimas en los ojos y yo quedaba azorada ante el trabajo de tener rearmar una representación del amor.

 

EPÍLOGO

“En Maurilia se invita al viajero a visitar la ciudad

 y al mismo tiempo a observar viejas 

tarjetas postales que la representan como era […]”

 

Ítalo Calvino, Las ciudades y la memoria 5

 

 

Me encuentro en la misma ciudad. No hay energía ni dinero para mudar de sol. Me quedo en la ciudad que te vio nacer, madre y con parsimoniosos pasos voy a tu casa a buscar fotografías que sean los vestigios para reorganizar mi mundo. En esas representaciones observo el pasado como el absoluto eco de la ausencia, también como icono de la nostalgia.

Un hombre llora en esta ciudad porque duda de mi amor y yo sólo tengo fuerza para acomodar mis postales en mi trozo de narración.  Tal vez, no sé pronunciar el amor. No sé, después de ser un cuerpo destrozado, esbozar explicaciones de una conducta que quizá a algunos les parezca inicua.

En mi propio cuarto veo esas fotografías de ciudad. Lo sé, son sólo la representación del recuerdo y aquí también Maurilia se desdobla en el eco de lo que yo me aferro a imaginar, mientras trato de aceptar que los cementerios de la ciudad son verdaderos.

CDMX, mayo, 2020

 

 

El diálogo con el alma

en cuatro poemas de Juan Gelman

 Miguel Ángel Corral Albarrán

 

I N T R O D U C C I Ó N

Entre las múltiples expresiones literarias que conforman el acervo cultural de la poesía latinoamericana, la obra del poeta argentino Juan Gelman (Buenos Aires, 3 de mayo de 1939-Ciudad de México, 14 de enero de 2014) aborda las temáticas que gravitan en torno a la lucha social, el dolor y el exilio, como una reverberación estética de las realidades que él mismo enfrentó, durante los años de la dictadura militar de 1976 y de la llamada Guerra Sucia (1976-1983), conocida también como los años del terrorismo de Estado, el cual llevó a la desaparición de aproximadamente 30,000 ciudadanos argentinos. Por otro lado, la irrupción de Juan Gelman en el ámbito de las letras latinoamericanas, además del testimonio combativo que sus letras significan, suscita una ruptura con respecto a la grandilocuencia que se había puesto en boga, y que formaba parte del influjo del poeta chileno Pablo Neruda (Abbate, 2014: 75). En realidad, junto a otros poetas como el nicaragüense Ernesto Cardenal (Granada, 1925-Managua, 2020) y el salvadoreño Roque Dalton (San Salvador, 1935-Quezaltepeque, 1975), Gelman se adscribe a una nueva poética que apuesta por lo cotidiano, lo social y el habla coloquial, como puede advertirse en el uso de los diminutivos que caracterizan una parte considerable de la poética gelmaneana (Abatte: 75). 

          Sin embargo, a partir de las diversas temáticas que se entretejen en la poesía de Juan Gelman, aparecen algunos aspectos que no necesariamente se reducen a una cuestión social, sino que incluso abrevan de una vena contemplativa y, aun, metafísica: tal es el caso de la introspección que conlleva a posteriori un diálogo con el alma misma, y el nacimiento de lo que podría llamarse una palabra callada (Milán, 2001: 13). Para poder hacer una aproximación a esta modalidad aspectual, se realizarán algunas observaciones y reflexiones a partir de cuatro poemas que pertenecen al poemario Com/posiciones (París 1984-1985), los cuales performan una poética sobre los distintos rostros de la realidad[1]: “El llamado”, “Lo que vendrá”, “Lavar” y “Oración”. Por lo tanto, es necesario subrayar que en esta serie de traducciones[2] sobrevendrá el aspecto apelativo de una voz en primera persona que habla a una segunda persona: un “yo” que dialoga con un “tú”, que en realidad es una personificación del alma de la voz poética; alrededor se extenderá toda la realidad del exilio, y, a lo lejos, el fantasma del hijo ausente[3], aunado a la memoria de la patria.

          Otro elemento que hay que tener en cuenta, es la intertextualidad que se hace presente en el diálogo y abordaje de algunos simbolismos que pertenecen a la Biblia y a otros referentes literarios, por ejemplo: la diáspora milenaria del pueblo judío, así como el éxtasis místico de San Juan de la Cruz y de Teresa de Ávila, durante el Siglo de Oro español, los cuales adquieren un nuevo simbolismo al vincularse ahora con el exilio y la incertidumbre, espectro funesto de la Guerra Sucia en Argentina, mientras la poiesis gelmaneana resurge a través de una contemplación luminiscente, donde las palabras son capaces de revelar las facetas inaprehensibles de la realidad.

 

 

UNA TETRALOGÍA POÉTICA: IRRUPCIÓN DEL ALMA Y EL SUJETO

 

“El llamado” es un poema que tiene como marca paratextual una referencia al libro de Ezequiel[4]. Curiosamente, este texto perteneciente al corpus bíblico de los libros proféticos comienza con el llamado que Yahvé hace a un hombre llamado Ezequiel, para nombrarlo “atalaya de la casa de Israel” y asignarle la misión de amonestar y advertir a los israelitas, antes de la destrucción de Jerusalén por parte del rey Nabucodonosor II, y del posterior cautiverio babilónico al que fueron sometidos, por aproximadamente 70 años. Además de haber sido contemporáneo del profeta Jeremías, Ezequiel fue privilegiado por Dios al concederle una visión del tetramorfos[5], al otorgarle directamente el don de la palabra tras hacerlo engullir un pergamino y, además, al haberlo elegido profeta durante el exilio babilónico de Israel. De este modo, el don de una palabra concedida a través de la pérdida de la trastierra (y del hijo) en el exilio fundamenta un significativo paralelismo con la perspectiva gelmaneana, al dotarla de nuevos matices.

          Por otra parte, el poema en cuestión inaugura desde sus primeras palabras el diálogo que se despliega, entre la voz del sujeto poético y el alma, la cual por cierto es una voz consoladora y desprovista de reproches: una suerte de comunión o bálsamo verbal que busca sanar sus propias heridas internas: “¿gemís como quien tiene quebrantados los lomos? / ¿rodillas de agua? / ¿gemís en la amargura de tu corazón? / ¿por qué gemís? / ¿por quién? / almita dormida al fondo de tu infancia / despertá / sacudite la noche / como los pájaros se sacuden las gotas de la noche” (vv. 1-7). Las interrogantes y el amainado imperativo de las cláusulas dan muestra de la ternura y del vocabulario infantil que refuerza la emotividad de sus versos (Abbate, 2004: 78). La dulzura embadurnada por una plasticidad contundente en la que los pájaros se sacuden los corpúsculos de la noche es una forma de transmitir al alma una noción original y primigenia de la esperanza.

          Con un tono paternal, el Yo poético despierta a su alma como si ésta fuera una niña pequeña que no pudiera despertar de su pesadilla: los lomos quebrantados, las rodillas liquidificadas por el llanto (“rodillas de agua”, v. 2) y la amargura del corazón, advierten una aflicción que pareciera ser inconsolable. Sin embargo, el sujeto le prodiga palabras a su alma para poder reconfortarla, e, incluso, transforma las cualidades funestas del mensajero gris, cuya espada del mismo color evoca la ceniza luctuosa de los muertos. De este modo, el alma se convierte en dadora de amor y presa de la esperanza; mientras que el mensajero gris (cuya arma evoca la ceniza luctuosa de los difuntos)[6], en un dador de poder que ayudará a desvanecer las ataduras mortecinas, que aprisionan al alma en el centro de sus aflicción. En suma, este heraldo gris alberga una primicia catártica y liberadora para el alma, a pesar de estar revestida exteriormente con los atributos de la adversidad y del duelo. Así mismo, el alma evoca una fortaleza desconocida y muchas veces insospechada: he aquí el paralelismo entre Ezequiel, profeta del exilio babilónico que fue erigido como fortaleza o atalaya de Israel, y la palabra contemplativa de Juan Gelman, poeta del exilio argentino que rememora la trastierra y la sombra del hijo desaparecido, para poder enfrentar las incertidumbres del porvenir.

          Respecto a una temática del futuro, “Lo que vendrá” es un poema que plantea la necesidad de asumir una reconciliación con el pasado, para adquirir un conocimiento y una actitud que permitan aventurarse hacia las ignotas temporalidades del porvenir. Esta reflexión comienza de manera aforística como una narración en tercera persona, pero conforme se va avanzando hacia el final del texto aparece nuevamente el Yo poético que exalta la belleza y la pureza del alma, al presentarla ahora como una íntima confidente. Lo cual confiere además al texto una sutil marca epistolar. Por otro lado, la marca paratextual de este poema remite ambiguamente a los rollos del mar muerto, lo cual amplía de manera considerable el espectro referencial de los textos bíblicos a los cuales puede aludir; no obstante, es posible advertir de nueva cuenta la vena exiliar de la voz poética: no dirigida ahora hacia el exilio de la trastierra; sino más bien enfocado ahora hacia una forma de exilio interior en que el alma pareciera estar atenta, pero también distante.

          Los primeros versos se asemejan al tono proverbial que el rey Salomón utiliza en el Eclesiastés y en los Proverbios, para distinguir a aquéllos que andan por la senda de los justos, o bien, por el camino de los impíos[7]; sin embargo, el poema de Gelman pareciera abordar no sólo una reflexión de carácter religioso, sino además el ejercicio de la conciencia autocrítica al esbozarla como una posible palinodia: “el que no anduvo su pasado / no lo cavó / no lo comió / no sabe el misterio que va a venir / nunca puso su vida / para el misterio que va a venir / la pena desaparecerá” (vv. 1-6). De modo que el pasado como fundamento de la experiencia representa un estadio temporal que es necesario examinar, para poder transitar del presente hacia el futuro. De no hacer esta recapitulación, se corre el riesgo de no saber dónde se está, ni mucho menos saber hacia dónde se quiere ir. La ubicación ontológica y temporal se fundamenta como una problemática de este poema.

          Es interesante notar que aunque el Yo poético, como en el anterior poema (“El llamado”), incurre por un momento en una voz consoladora (la pena desaparecerá), pero sin presencia del vocativo diminutivo “almita”. Lo cual sugiere un distanciamiento que bien podría ser espacial, e incluso temporal; de manera que el tono de ternura que se había prodigado antes a una niña, ahora se convierte en la voz de un confidente que espera, hasta las últimas palabras, para expresar un cierto dejo intimidad corporal: “y todo será verde / como el misterio del dolor / como tus pechos blancos bajo el manzano” (vv. 11-14). Esta variante del tono con que el Yo poético se dirige a su alma o confidente, en realidad no desvirtúa la profunda conexión que tiene con ella, ya que la visión del sujeto se ha extendido hacia otros aspectos que anteriormente no aparecían, por ejemplo: la conciencia que se deriva de una reflexión introspectiva, en la que se establece una distinción, alrededor de aquéllos que al ignorar su pasado están condenados a desconocer su futuro; una amplitud de perspectiva en la que el sujeto, a través de la corporalidad y la temporalidad, puede ahora comparar, metafóricamente, la blancura de sus pechos con el misterio del dolor, y con el reverdecimiento que simboliza la fertilidad de un futuro en ciernes. Todas estas marcas emparentadas con un distanciamiento epistolar, advierten la posibilidad de un exilio interior respecto del alma o de la amada confidente.

          En otra tónica del diálogo con el alma, el poema “Lavar” surge a partir de la lectura que Juan Gelman hace de una traducción inglesa, realizada por el poeta israelí T. Carmi, sobre un poema que fue originalmente compuesto por el poeta y filósofo hispanoehebreo Yehudah Halevi (Tudela, 1075-Jerusalén, 1141). A pesar de que este texto puede considerarse como una traducción de otra traducción[8], mantiene ciertas similitudes con respecto a la traducción inglesa de T. Carmi, sin impedir por ello la reconfiguración poética que Gelman añade al texto en su versión. Entre las modificaciones instauradas en el nuevo texto, cambia el título del poema, que en la versión inglesa es The Laundress (esp. “La lavandera”), por el infinitivo impersonal “Lavar”. Por otro lado, la acción efectuada por una tercera persona se traslada a la primera persona del sujeto poético; es decir, del “ella” se traslada al “yo”, por lo que la distancia disminuye de nueva cuenta al reanudar el diálogo con el alma. De este modo, her beauty (“su belleza”) pasará a ser “tu belleza” (Sillato, 1995: 7).

          Otro aspecto relevante del texto de Gelman con respecto a la versión inglesa de T. Carmi es la elipsis que sintetiza el contenido morfosintáctico del poema, lo cual, además de hacerlo más breve transforma el formato de la prosa, al convertirlo en una sola estrofa de cuatro versos: “en mis lágrimas lavo las ropas del amor / las tiendo al sol de tu belleza / no necesitan fuente: están mis ojos / ni mañana: sólo tu resplandor”. La sustitución del “ella” por el “yo” que la describe, mientras ella lava sus prendas con el agua de sus lágrimas, según la versión de T. Carmi: My love washes her clothes in the water of my tears and spreads them out in the sun of her beauty, además de disminuir la distancia, resignifica a la confidente al dotarla ahora de atributos taumatúrgicos. De manera que el sujeto poético es ahora quien lava las prendas del amor, sin precisar de ninguna fuente (más que la de sus ojos), ni mucho menos del porvenir (o la esperanza del mañana); sólo le confiesa la necesidad solar de su belleza.

          De este modo, el poema de Gelman convierte a la confidente en una luz necesaria para el sujeto poético, como aquella naturaleza que favorece a hombres y a mujeres en la realización de los quehaceres cotidianos, en este caso, al Yo poético que buscará secar las prendas del amor luego de lavarlas, como aquel sol y lluvia que se prodigan sin distinción tanto a los justos como a los injustos[9]. Cabe destacar la blanca luminosidad que la confidente irradia en su entorno, lo cual remite a la transmutación del ser a través de sus diversas formas cromáticas, y a un proceso de iniciación que va de la muerte al renacimiento (Chevalier, 1988: 190). Otra propiedad contemplativa que surge a partir de la relación que tiene la luz con el color blanco, consiste en que este no color es capaz de operar en el alma, como si se tratara del silencio absoluto, silencio que por cierto no está muerto, sino que más bien alberga un sinfín de posibilidades vivas (190). De este modo, el alma-confidente que, a semejanza de la mujer amada, fundamenta este vínculo comunicativo actúa como una presencia luminosa que permite acceder a la experiencia mística, y, por ende, a la posterior traducción de una palabra callada (Milán, 2001: 13).

          Posterior a la marca luminiscente del alma, en el que la corporalidad ya se ha sublimado, el poema “Oración” fundamenta un ahondamiento de la palabra, en el que el diálogo entre el sujeto poético y el alma, llega a uno de sus puntos culminantes: el tono amoroso asciende hacia una forma de theosis[10] en la que el alma aparece como el vínculo de unión directa con lo Divino. Sin embargo, esta plegaria entraña una congoja espiritual en la que el distanciamiento exiliar se vuelve avasallador e inexorable, por lo que esta figuración de Dios resulta ser en realidad una personificación de la Patria, como el único ser que es capaz de sanar al poeta de su dolor (Sillato, 1995: 11): “te hiciste nido de amor / y mi amor vive donde vivís /los enemigos me atormentan / que sean / sea su ira / mis huesos tiemblan sosteniendo a un extraño / al extranjero de tu piel / así sea” (vv. 1-7).

          Como puede advertirse, el sentimiento de extranjería se hace evidente en esta primera parte del poema; de este modo, el “así sea” funciona como un encabalgamiento con los últimos tres versos del poema, y, a semejanza del poema de Yehudah Halevi sobre el cual se inspira Gelman, como una forma de resignación frente a las adversidades del presente, para poder mantener viva la esperanza en una futura redención (Sillato, 1995: 12). Así mismo, es interesante advertir cómo el sujeto de la voz poética se autonombra, reflejando la imagen  del extrañamiento con respecto a la patria de la cual se siente tan ajeno como escindido: “al extranjero de tu piel” (v. 6). Por otro lado, en lo que concierne al cambio repentino de la segunda persona a la primera persona en los últimos versos: “mientras no me absuelvas mi dolor / me sudes / me redimas / me rescate de mí” (vv. 8-10), produce un efecto de ambigüación de las palabras, en el que la autoridad absoluta de la deidad o patria pareciera no ser la única implicada en este clamor; sino que pareciera involucrar a la autoridad misma del sujeto poético, para poder alcanzar la redención (12).

          La versión gelmaneana de este poema realiza nuevamente una síntesis de la versión inglesa, es decir: por medio de la brevedad y la concisión disminuye la longitud del texto, y se mantiene intacta la temática del dolor como esperanza y redención, al retomar la aceptación gozosa del dolor como una vía expiatoria, según el poema árabe y la versión hebrea de Yehudah Halevi. De este modo, la voz poética acepta la ira de los enemigos, y se dispone a enfrentarla como una consecuencia temporal que la distancia de su amada, para después reestablecer un posible retorno espiritual o material hacia ella: su patria (12). Lo cual se parece bastante a la actitud mística que algunos israelitas adoptaron, luego de ser transterrados y exiliados en Babilonia (siglo VI a. n. e):

6 y uno de ellos dijo al varón vestido de lino, que estaba sobre las aguas del río: ¿Cuándo será el fin y sucederán esas promesas? 7 Y oí decir al varón vestido de lino que estaba sobre las aguas del río, y que alzando al cielo su derecha y su izquierda, juró por el que eternamente vive que eso será dentro de un tiempo, […] y que todo esto se cumplirá cuando la fuerza del pueblo de los santos estuviera enteramente quebrantada. […] 11 Después del tiempo de la cesación del sacrificio perpetuo y del alzar la abominación desoladora, habrá mil doscientos noventa días. 12 Bienaventurado el que espere y llegue a mil trescientos treinta y cinco días. 13 Y tú caminarás a tu fin y descansarás, y te levantarás al fin de los días (Daniel 12: 6-7, 11-13).

 

El sentimiento exiliar que muestra el profeta Daniel, además de la fuerza enteramente quebrantada de los santos, se asemeja a la dolorosa resignación que Juan Gelman asume frente al suplicio perpetrado por sus enemigos, el cual se instaura en realidad como una resignación esperanzada, que permanece abierta a las posibilidades redentoras del futuro (Sillato: 12).

 

C O N C L U S I Ó N

El diálogo que se establece en los cuatro poemas de Juan Gelman: “El llamado”, “Lo que vendrá”, “Lavar” y “Oración”, los cuales pertenecen al poemario Com/posiciones (París 1984-1985), representan un gran momento intersticial en el que un sujeto y un confidente logran alcanzar una comunión trascendental (metafísica, ontológica, estética, histórica, lingüística y posiblemente religiosa), donde un sentimiento exiliar que acompaña a la humanidad, desde hace miles de años, adquiere una resignificación que lo actualiza en uno de los contextos más brutales de la historia latinoamericana contemporánea, es decir: la dictadura militar de Jorge Rafael Videla en Argentina. En este poemario del exilio, el sujeto poético entabla una comunicación con su alma que, a lo largo del libro, se va modificando y adquiriendo diversas tonalidades; sin embargo, estas personas gramaticales (el “yo” y el “tú”) mantienen la estructura del diálogo místico entre el “amado” y  la “amada” que aparece en el libro del Cantar de los cantares (Sillato, 1995: 10). Esto abre la posibilidad de la polisemia de la “amada” que es el alma y que a su vez puede ser la infancia, la confidente a la distancia, la luz necesaria de la palabra callada, la patria misma, e, incluso, la esperanza. En suma, ella es una presencia constante que acompaña y redime al poeta en su exilio itinerante y milenario. Otra constante que aparece en el poemario es la posibilidad de la traducibilidad de la realidad y de lo inaprehensible: “ninguna lengua o rostro se deja traducir”[11], pero lo que queda es fundamentar una belleza otra que sea capaz de evocar algo de esa belleza original o primaria.

Esta posibilidad intertextual es lo que hace posible acceder a la realidad histórica que hay detrás de los textos originales, a saber, el exilio, y fundamentar una actualización del exilio histórico y cósmico que experimentaron los hebreos y los sefarditas: un dolor que es tan antiguo como actual, y que da sentido al diálogo entre el amado y la amada, entre Dios e Israel, entre el exiliado y la patria. De este modo, la recuperación de la patria en el exilio, se convierte en otra forma de alcanzar la Tierra Prometida (10).

 

 

U.N.A.M.

F.F.yL. 

 

 

­__________________

   BIBLIOGRAFÍA

Abbate, Florencia; Diego Parés. Literatura Latinoamericana para principiantes. 1ª ed. ; 1ª  reimpr., Era Naciente. Buenos Aires, 2004.

 

Chevalier, Jean; Alain Gheerbrandt. Diccionario de los símbolos. 1ª ed., Herder. 1988.

 

Colunga Cueto, Alberto; Eloíno Nácar Fúster. Sagrada Biblia. 1ª ed., Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid, 1944.

URL: https://archive.org/details/SagradaBibliaNacarColunga19441Edicin

 

Gelman, Juan. Pesar todo. Antología; selec., comp. y prólogo de Eduardo Milán. Fondo de Cultura Económica. México, 2001.

 

Sillato, María del Carmen. “Com/posiciones” de Juan Gelman o cómo traducir los mil rostros de la realidad. Hispamérica, Año 24, No. 72 (Dec., 1995), pp. 3-14 (12 pages).

URL: https://www.jstor.org/stable/20539867

 

 

 

 

[1] María del Carmen Sillato, “Com/posiciones” de Juan Gelman o cómo traducir los mil rostros de la realidad, 1995.

[2] La traducción gelmaneana de algunos textos bíblicos, así como de otros pertenecientes a la tradición sefardí, no constituyen traducciones en el sentido más estricto de la palabra; sin embargo, fundamentan una recomposición de los textos traducidos por Gelman, a partir de una perspectiva exiliar en la que él establece un diálogo de compañía con dichos textos (“exergo”, 1984-1985: 173-174).

[3] “Las frecuentes referencias a seres queridos alcanzan un punto de máxima tensión en el poema citado, [«Cuerpo que me temblás entrado al alma», 1980] cuyo interlocutor es su hijo desaparecido” (Abbate, 2014: 78).

[4] Ezequiel 21: 1-27. Sin embargo, el primer llamado que Yahvé hace para nombrar a Ezequiel como profeta aparece desde el primer capítulo del libro homónimo.

[5] Representación iconográfica de los cuatro elementos que, posteriormente, fue identificada con los cuatro evangelistas del Nuevo Testamento: el hombre, símbolo de San Mateo; el león, símbolo de San Marcos; el toro, símbolo de San Lucas; y el águila, símbolo de San Juan.

[6] De acuerdo con Chevalier, “el color gris, hecho en partes iguales de negro y de blanco, designa en la simbología cristiana la resurrección de los muertos. […] Es el color de la ceniza y de la niebla. Los hebreos se cubrían de ceniza para expresar un intenso dolor. Para nosotros el gris ceniza es un color de medio luto” (Chevalier, 1988: 540).

[7] “Mas la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta ser pleno día. Al contrario, el camino del impío es la tiniebla y no ven donde tropiezan” (Proverbios 4: 18, 19).

[8] “Gelman no habla de «traducciones» cuando define el carácter de su trabajo ni busca entregarnos las palabras exactas. Más bien intenta transmitirnos el efecto que esas palabras produjeron en él” (Sillato, 1995: 7).

[9] “Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir el sol sobre malos y buenos y llueve sobre justos e injustos” (Mateo: 5: 45).

[10] Theosis o deificación, de acuerdo con el misticismo cristiano, es un proceso que consiste en la unión con Dios a través de tres etapas: la vía purgativa, purificación o katharsis; la vía iluminativa, visión de Dios o theoria; y la vía unitiva o theosis.

[11] (“exergo”, 1984-1985: 173-174).

LOS SIETE TITANES CULTERANOS:

APROXIMACIÓN A LA DISIDENCIA

DEL ESPACIO POÉTICO 

/ José Miguel Lecumberri /

 

  1. El laberinto sonoro

“... Por eso también los libros

sagrados están escritos en lenguaje ritmado, lo cual, como se ve, hace de ellos otra

cosa que los simples “poemas” en el sentido puramente profano del término que quiere

ver el prejuicio antitradicional de los “críticos” modernos; y, por lo demás, la poesía no

era originariamente esa vana “literatura” en que se ha convertido por una degradación

cuya explicación ha de buscarse en la marcha descendente del ciclo humano, y tenía un

verdadero carácter sagrado.”René Guénon- El Lenguaje de los Pájaros

 Como afirmara Gastón Bachellard, el poeta “habla en los umbrales del ser”, ese ser que para Hegel es la Nada: “El hombre es esta noche, esta Nada vacía…”*, ¿y el poeta?, portavoz quizás, del silencio infranqueable “es la noche del mundo que se presenta ante nosotros”*

 En este contexto, Ernesto Fernando Iancilevich, al hablar de los cinco niveles ontológicos de la poesía, inicia preguntándose, no sin cierto recelo: ¿Qué es poesía?, como parte del mundo fenoménico Iancilevich la hurga, encontrándole cinco principios de ser en sí:

Así, la poesía, en su aspecto fenoménico, aparece en cuatro niveles ontológicos: 1) lingüístico (acontece en la lengua), 2) literario (se ubica como género en la literatura), 3) histórico (se sitúa en la historia de la literatura), 4) crítico (interroga su propio hacer). Por cierto que el cuarto estadio no excluye los tres precedentes, sino que los conserva y proyecta, al modo de interrogación provisional, en su ir hacia la visión.

 […]El quinto grado ontológico de la poesía es el metafísico; allí acaece cognoscitivamente en la visión.1 Como representación en el mundo, la poesía es ante todo la revelación de la paradoja de identidad entre el ser y la nada. Con base en lo anterior, resulta indispensable que, antes de ahondar en el análisis de Espacio en Disidencia, aclaremos estas dos cuestiones principales: ¿Qué es poesía? Y, por consiguiente: ¿Es poesía aquello que los siete titanes han publicado?

 De todo el universo teórico, que intenta desde varias perspectivas brindar una concepción adecuada de la poesía, para efectos de este breve ensayo, tomaré la senda, como ya se podía adivinar desde sus primeras letras, de la poesía como fenómeno cultural, como un movimiento del espíritu humano que se manifiesta y revela a los sentidos en la forma sublime de la melodía y la armonía, y no tanto como ese mero ejercicio de lirismo arbitrario, al que nos han acostumbrado, a una especie de parodia poética, que circula indiscriminadamente en las esferas oficiales de la cultura. Antes de dar un concepto de poesía, quiero referirme a la advertencia que José Lezama Lima escribió en su diario, en el sentido de la inaccesibilidad de la poesía como conceptualización meramente racionalizada, y los peligros de intentarlo:

 Cuidado con la filología [...] Pudiera pensarse que el objeto último

de la filología es el intento diabólico y perezoso de definir la poesía.

Hay en esa ciencia la obstinación diabólica de querer hundir un alma.2 Sin perjuicio de lo anterior, y en el entendido de que este no es un trabajo de investigación sino un ensayo, es importante dar cierta luz sobre el criterio específico a usarse para dar mi concepto de poesía, por ello recurro a la definición que en su deslumbrante y breve texto El parásito de los poetas, Emil Cioran nos brinda sobre el poeta:

 En esto reconozco a un verdadero poeta: frecuentándole, viviendo largo tiempo en la intimidad de su obra, algo se modifica en mí: no tanto mis inclinaciones o mis gustos como mi propia sangre, como si una dolencia sutil se hubiera introducido en ella para alterar su curso, su espesor, su calidad. Valéry o Stefan George nos dejan allí donde les abordamos, o nos vuelven más exigentes en el plano formal del espíritu: son genios de los que no sentimos necesidad, solo son artistas. Pero un Shelley, pero un Baudelaire, pero un Rilke intervienen en lo más profundo de nuestro organismo, que se los apropia como lo haría con su vicio. En su proximidad, un cuerpo se fortifica, y luego se ablanda y se desagrega. Pues el poeta es un agente de destrucción, un virus, una enfermedad disfrazada y el peligro más grave, aunque maravillosamente impreciso, para nuestros glóbulos rojos. ¿Vivir en su territorio? Es sentir adelgazarce la sangre, es soñar un paraíso de la anemia, y oír, en las venas, el fluir de las lágrimas...3

 Un poeta, alguien que hace poesía, es pues ante todo un “agente de destrucción”, luego entonces se infiere que, al menos para el pensador rumano, la poesía es destrucción, ¿pero qué clase de destrucción sería esa? La poesía es tal vez como esa “noche oscura del alma” que los místicos describían de la siguiente manera:

 En esta noche oscura comienzan a entrar las almas cuando Dios las va sacando de estado de principiantes, que es de los que meditan en el camino espiritual, y las comienza a poner en el de los aprovechantes, que es ya el de los contemplativos, para que, pasando por aquí, lleguen al estado de los perfectos, que es el de la divina unión del alma con Dios.4

 Tal vez y como sugirió Pablo Picasso, en clara referencia a las antiguas tradiciones orientales: “todo acto de creación es en primer lugar un acto de destrucción”, la poesía destruye y, a diferencia del arte, la poesía interviene no sólo en el sentimiento, en la formalidad del espíritu, sino que conmociona los cimientos de su existencia y conduce, con la ternura de una madre enloquecida por su propia belleza, a un estado de videncia, que sólo es posible lograr por medio de las palabras como materia prima de la conciencia, esa misma que el demiurgo trabajó a partir del barro primigenio, la palabra es pues fuente, emanación de luz que se proyecta en el instante y conduce a la eternidad por las venas putrefactas del tiempo, la poesía es la imagen de aquello que sólo es posible para el hombre, aprendiz de divinidad.

 Tal y como Rimbaud la concebía, la poesía es ese “largo, inmenso y sistemático desarreglo de todos los sentidos”, donde el espejo queda inmaculado, para siempre puro, libre de reflejos donde el ser y la nada se identifican en toda su plenitud.

 Aquí, se aprecia un complejo juego de forma y fondo, de estructura y contenido en el cual la poesía se va desarrollando. La poesía es un camino fuera del espacio y del tiempo, una primera referencia de la desintegración del cosmos, ejercicio de contemplación que nos conduce a un irrefrenable asombro de la Nada, a una inactividad y a una falta de potencia vital por virtud de la cual, se llega al “Misterio de todos los misterios/Llave de toda mudanza”5

 La poesía es de los pocos objetos sagrados que aún perduran, a través de ella, las eras imaginarias quedan testificadas, grabadas para siempre en música y silencio, en un laberinto eterno de diáfanos simbolismos.

 

  1. Los ídolos de cobre sobre el río

 

“Porque me ven la barba y el pelo y la alta pipa dicen que soy poeta..., cuando no porque iluso suelo rimar –en verso de contorno difuso- mi viaje byroniano por las vegas del Zipa...,”

                León de Greiff

 Tras aceptar el encargo que me fue conferido, respecto a la elaboración de un ensayo crítico sobre una antología de siete poetas mexicanos de mi generación, titulada Espacios en Disidencia, una incierta emoción me afectó profundamente. Me había colocado en una posición de dilema doble, por un lado la inevitable vanidad y el escepticismo receloso que la enmascara, como a una rosa, por otro lado, la rasgadura del velo, es decir, el deber de limpiar la vista por la “fuerza del conocimiento” como diría Nietzsche y así, a la manera de un cabalista medieval hacer guematria, sopesando cada adjetivo al medir las redes rítmicas y diseccionar sintagmas hasta conseguir el núcleo lleno de vida, que es la verdad poética.

 De esta forma, la misma noche en que recibí el texto aludido coeditado por Editorial Praxis y Ediciones Velamen, comencé a darle una primera lectura de aproximación. Para grata sorpresa de mi ego, desde los primeros versos que leí comencé, poseído por una tristeza de asbesto, impermeable al aciago fuego, a notar la pobreza del lenguaje, lo tropezado del ritmo y la falta, por no decir ausencia, de contenido en los poemas. Me tope, con patéticas plegarias de ateos.

 Pese a que más adelante en este trabajo, describiré el análisis efectuado a los poemas, puedo adelantar, a manera de ejemplo y a la vez fundamento de estas tan abruptas aseveraciones, lo siguiente:

 “Confundido, iluminado

Descendiendo del tiempo

Como alguien que se hunde en la marea

Al fin soy

Al fin descanso

Al fin me tengo

Al fin me entiendo

Al fin suspiro con un beso

Ya muy lejos de mi cuerpo.”

                                                      Leopoldo Lezama. “Canto Metafísico”

 

Ejemplos como el anterior abundan en la antología. Dulcemente agraciados con las más altas cualidades de los poetastros oficialeros: excesivo uso y abuso de los gerundios, arritmia, lugar común recurrente hasta el asco, divismo, cursilería posromántica y una generosa ración de mensajes obtusos y vacíos. Cito:

 “La vida ha sido amar con el amor de los ciegos. Escribo en el silencio. Miro la lluvia que nunca pasa, en la ventana. Mi padre no se pudo ir a la guerrilla porque tenía el pie plano…”

                  Rafael Mondragón. Cuarto Fragmento.

 Pirotecnia literaria, verborragia que no llega siquiera a ser infecciosa, sino simple y llanamente sosa, fragmentos tan reveladores y hermosos como aquel canto escolar que dice: Juanito tiene una pelota redonda.

Una consecución de ripios sonoros, que en lugar de musicalidad, provocan cierto extrañamiento de la razón que confundida, deriva casi irremediablemente en la desidia, y al fin, en el desentendimiento de la obra. Por ello, es imperativo cuestionar no sólo al autor y a la obra, sino también a quienes tenemos la desgracia de pasar nuestros ojos por sus páginas. ¿En dónde se ubican estos siete titanes con sus voces desplomadas del Olimpo? ¿En qué espacio ontológico anidan estas lívidas urracas con pretensiones de cuervo?

 Para Leopoldo María Panero, quien a pesar de estar recluido en una institución de “salud mental”, parece ser la potencia poética más lúcida de estos días, el poema es “el dios más siniestro que existe”6, en este sentido, este dios extranjero, peligroso, matemático e indiferente que uno execra del alma como prueba de una existencia que se presupone vacía, como un cadáver anticipándose a la propia muerte, presupone un cierto desequilibrio, una debilidad enfermiza por la autodestrucción, cuando no un divismo, una exagerada megalomanía, la cual sólo puede producir composiciones tan lamentables como la que a continuación cito:

 “Una flor, fingiendo

Se jacta desde el aire:

La mariposa”

                            Luis Téllez. “Una Flor, Fingiendo…”

Respecto a este poema de Luis Téllez, se puede decir por ejemplo, que es un vergonzoso intento de imitar la poesía japonesa, con una pretendida profundidad que a fin de cuentas se evidencia más bien como una estructura vacía, pétalos sin flor, pues no sólo se limita a ser poco original, sino que más aún, se convierte en menos que el polvo de la sombra de piezas tan maravillosas, como la que a continuación me permito citar:

 “¿Una flor caída

volviendo a la rama?

Era una mariposa.”

Îo Sógui

 

Ciertamente la culpa no es del todo de quienes publican estos textos, sino de aquellos que, jactándose de su calidad de académicos o eruditos, les permiten publicar textos que debieran de ser sólo ejercicios personales para el perfeccionamiento del oficio. Lo anterior, es aún más grave en tanto que siendo conocedores de las letras hermosas, patrocinaran la publicación de estos ensayos, como si fuesen la labor de poetas con oficio, seguramente sus intenciones para con estos jóvenes poetas, no han de ser cien por ciento literarias, de otra forma ¿porqué bautizarían con su hedionda saliva negra a este infortunio literario? Parafraseando a Edgar Allan Poe: sólo vale la pena escribir cosas nuevas, o escribir de cosas viejas de nuevas formas.

 Ahora bien, analizaremos algunos de los textos de esta antología, a la luz del método de las Redes Rítmicas, el cual pretende desenterrar el núcleo del poema, es decir el paradigma que contiene lo que realmente el autor quiere decir, a través de la detección del ritmo y las palabras acentuadas, ubicando los acentos de calidad en cada verso. Asimismo, también muestra la técnica de composición, la armonía y la melodía, las rimas y, en este caso, por tratarse de versos blancos, el metro, que da la cadencia a los poemas:

 

I.- “(9/11)” de Iván Cruz:

1Con / qué / cer / te / za 5 A: 2, 4

2Nos / en / ca / mi / na / ban / al / ma / ta / de / ro, 11 A: 1, 5, 10

3Con / qué ab / ye / cta / pa /cien / cia 7 A: 2,6

4Con / su / mie / ron / ge / ne / ra / cion / es 9 A: 3, 8

5Y o / ri / na / ron / a / nues / tros / muer / tos. 9 A: 3, 8

6Hoy, / la a / bun / dan / cia / de / sus / cer / te / zas, 10 A: 1, 4, 9

7La ab / yec / ta / pa / cien / cia / de / sus / le / gio / nes 11 A: 2, 5, 10

8Se / mi / de en / el / rau / dal / de / sus / es /com / bros. 11 A: 2, 6. 10

II.- “Los Gatos” de René Morales:

1Por / que / soy / lib / re 5 A: 3, 4

2Te in / vi / to a / co / rrer / a / los / te / ja / dos 10 A: 2, 9

3A / co / mer / tór / to / las, / a / ver / quien / se a / ho / ga / pri / me / ro / con / las

[17 A: 3, 4, 8, 9, 11, 14

4plu / mas / en / la / gar / gan / ta 7 A: 1, 6

5Te in / vi / to a / la / mer / nos / los / lo / mos 8 A: 2, 5, 8

6A ha / cer / el / a /mor / con / do /lor, / co / mo / lo ha / cen / los / ga / to

[15 A: 2, 5, 8, 11, 14

7A / mau / llar / has / ta / que / se / nos / re /vien / te / la / gar / gan / ta 15 A: 3, 10, 14

III.- “5” de Luis Paniagua:

1El / dí / a 3 A: 2

2Vis / te / la / tran / qui / li / dad 7+1 A: 1, 7

3Co / mo un / a / bri / go 5 A: 2. 4

4Al / am / pa / ro / del / cual 6 A: 3, 5

5Llo / viz / na 3 A: 2

6Y / nos / sal / pi / ca 5 A: 4

7(co / mo / con / tra un / mu / ro) 6 A: 5

8la / de / ses / pe / ran / za. 6 A: 5

IV.- “1” de Alberto Trejo:

1De / be / ser / la / ven / ta / na a / bier / ta, 9 A: 1, 3, 6, 8

2son / ri / sa / del / ár / bol / que / se hi / zo / pri / ma / ve / ra; 13 A: 2, 5, 8, 12

3o es / ta / sen / sa / ción / de / noc / tur / na / car / ne, 11 A: 1, 5, 8, 10

4o el / sa / bor / a / dis / tan / cia / de / los / o / jos / que / re /cuer / dan,

[15 A: 3, 6, 10, 14

5o la / len / ta a / go / ní / a / de u / na i / ma / gen 10 A: 2, 5, 9

6que / no / ter / mi / na / de / mo / rir 8+1 A: 4, 8

7lo / que / vie / ne 4 A: 3

8to /dos / los / dí / as 5 A: 1, 4

9al / ca / fé / de / las / ma / ña / nas. 8 A: 3,7

 

Como se dice popularmente “al buen conocedor, pocas palabras”, los textos número I, II y II ni siquiera pueden considerarse poesía, son prosas a renglón cortado, no existe la más mínima noción del verso libre, ni por asomo se les puede dar una lectura rítmica, los acentos están acomodados de formas tan arbitrarias que los “versos” carecen de toda musicalidad. No vale la pena siquiera que profundicemos en el estudio de estos deplorables pasajes.

 Por lo que hace al texto número IV, es evidente que Alberto Trejo asistió siquiera a alguna de sus clases, ya que el suyo, es un poema que cumple los criterios del verso libre, aunque ciertamente en los tres últimos versos, el ritmo se cae por completo.

 Por lo que hace al estudio de fondo de este poema, llama la atención de forma especial el tema, cliché de la melancolía, aquella carne nocturna, aquellos ojos recordados, la imagen que aún entra por la ventana abierta, el medio morir y la rutina previsible del café. Con una sobrada ingenuidad simbolista, el fondo de este poema lo podemos encontrar en un sin fin de cantos populares. Extraña forma esta de hacer “poesía culta”, componiendo una cursi balada estilo Ricardo Arjona, disfrazando todos sus lugares comunes con versos de arte mayor. Alberto, no te confundas, lo tuyo son los octosílabos trovescos.

 

  1. La antipoesía como un fracaso del espíritu

 

“¡Ah, preocupaciones de los hombre!

¡Ah, qué gran vaciedad hay en las cosas!

‘¿Quién leerá esto?’ ¿A mi me dices tu eso? Nadie, por Hércules.

‘¿Nadie?’ O dos, o nadie. ‘¡Vergonzoso y compasible!’ ¿Por qué?...”

Aulo Persio Flaco

"Cállate o di algo mejor que el silencio."

Pitágoras de Samos

¡Vaya profanación!, la de estos titanes. Momificando en el lugar común, el cuerpo ya tantas veces resucitado de la inspiración. De vez en cuando es saludable comer carroña y vomitar plumas de pavo real, según la más pulcra exégesis sobre la poética de Carnero. Quienes realmente nos dedicamos al oficio de unir y desunir palabras, de modificar la esencia escondida con las diferentes posturas del nombre permanente, sabemos que la fama no la merece nadie, y que la Historia, ese Leviatán afeminado, conoce a quienes “están hechos para el látigo” como diría Baudelaire al desnudar su corazón, y golpeará, no por justicia sino por capricho.

 La poesía no es recomendable para quien busca la gloria, la fama o riquezas, pues es el viaje de uno con su propio cadáver a cuestas, la poesía debe revelar el no-ser como única verdad posible, como aquello hacia lo que todo ser tiende y en lo que el universo entero acabará, la poesía es un Nirvana terrorífico, porque es posible llegar a ella en cualquier estado mental, ese es su peligro, una receta infalible para el insomnio perfecto.

 En este espacio yo sólo veo una disidencia, sin excepción, los siete autores renuncian a la poesía y se adhieren a aquel ya caduco movimiento de antipoesía que ciertamente hoy es por demás anodino. La matemática precisa a la que responden el ritmo, el metro y la sintaxis, aún en el verso libre y en el verso blanco, estos dos últimos que supuestamente son trabajados por los titanes, aunque a veces parecen indecisos sobre este punto al grado de perder en ocasiones los estribos y coquetear con la prosa sin un sentido aparente de las proporciones poéticas ni del aliento, ese que provoca la asfixia, en última instancia, la música del poema. Así, la ausencia de esta labor de medidas y cuentas de las sílabas y los versos, de fonemas y de acentos, parece no alterar el firme propósito de los titanes de escribir poesía, de colocarse como ídolos adentro del lecho del río y cortar su cauce.

 Así, esta poesía culta que pretenden hilvanar los siete titanes en laberínticas ramificaciones, no puede ni siquiera ser considerada parte de esa carga renovadora, de esa verdadera actitud de exploración de los rojas raíces del insomnio intelectual, cuando se cae por falta de talento, o lo que es peor, por falta de dedicación, en tantos ecos de silencios mal ubicados, en tantos derroches de imágenes desarticuladas y naiff, donde el lenguaje poético no es más un ordenamiento de lo enigmático, a la manera de pensar de Borges, sino una simple estructura de perdición, donde quien escribe es el último en disiparse, pues ni siquiera él está presente en su propio engendro.

 Espacios en Disidencia, es un ciego testigo más de la ignominiosa actitud de un statu quo que ha encontrado la fórmula de acallar el espíritu revolucionario, regalando puestos y oficinas de mediocre gestión, y ya que si bien es cierto que la burocracia es el purgatorio de los revolucionarios, es un malogrado umbral del infierno, donde el Estado puede y de hecho crea un espacio libre de toda subversión y por tanto desarrollo en el discurso literario actual. Por tal motivo, en Espacios en Disidencia, no encontraremos las nuevas voces de la poesía mexicana, por el contrario, encontramos la decadente letanía del automatismo esteticista por el que se pretende justificar la caducidad del espíritu humano.

Publicado en ZONA DE DESASTRE

 

 

La llegada a los cincuenta de Ricardo Alias el drácula

Waldo Contreras López

 

 

Capitulo I

Recién salido del centro de rehabilitación fui a buscar al drácula para recuperar los meses perdidos sin droga en las venas. Lo encontré en cama, apenas recuperado de una larga convalecencia a causa de un mal en el hígado que lo dejó en los puros huesos. Daba miedo el cabrón; su cuerpo apestaba a jaula de coyote y de la boca le salía un olor a escusado insoportable; apenas y se podía respirar dentro de ese puto calabozo en donde vive. Además, sus ojos se veían como si trajera un vidrio amarillento encima y los traía llenos de lagañas; por esto y más, no podía evitar el pensamiento de contagiarme del mal que traía mi compa en el cuerpo. Su aspecto de calaca parlante me hizo entrar en pánico mariguanesco y hasta sentí que me iba a desmayar de la impresión; juro que parecía una alucinación de esas que uno ve en los sueños. Lo peor es el sonido que produce al hablar: la voz del pobre Ricardo parece salir desde un lugar desconocido, como desde un cuarto vacío, el fondo de una bodega enorme o algo así. Parece como si sus pulmones estuvieran tapados con una cobija o ese sonido aguardentoso fuera emitido por alguna cosa muerta dentro de su panza en vez de su boca. El drácula notó mis terrores funerarios y dijo entre risas que no me paniqueara y por favor, me quedara acompañándolo pues se sentía como dado a la jodida. "No seas gacho", me dijo. Lo entendí en parte. La soledad es muy culera; nada que ver con esas fantasías mafufas y puñeteras que tienen algunos intelectuales quienes nada saben acerca de lo que es estar abandonado en un anexo, recibiendo chingazos a diario y muriéndose por un perico o una jugosa nalga para alegrar la noche. Mi compa está solo de verdad, por decirlo de alguna manera; solo en su enfermedad y solo como una araña, cosa que no esperaba, pues la mujer de quien se podía esperar cualquier cosa menos que volará lejos del solar del macho lo había abandonado después de que el cabrón le puso una putiza por haberse gastado un tercio del dinero mensual de la jubilación en un negocio de licuados energéticos. El drac miraba la carpita verde del Herbalife y no podía evitar volver a encabronarse:

-es que esta vieja es una pendeja! ¿Cómo se le ocurre armar un malviaje como este sin antes avisarme? ¡Pinche panzona! ¡Según me quiso turiquear con la verbena de que esto era pura salud y nos ayudaría a enflacar sin arriesgar los órganos vitales! ¡Semejante loquera! ¡Mírame, pinche camelias! ¿Cómo he estado físicamente desde siempre? -me preguntó levantándose la playera mugrosa y saltando las costillas forradas por un pellejo descolorido- pues bien flaco, mi Richard, le contesté a punto de soltar la risa. ¡Pura hambre, mi camelias! ¡Esto es pura hambre! -replicó con una carcajada de sarcasmo enconado- no necesito invertir siete mil quinientos pesos en semejante empresa para enflacar! ¡La cosa es bien simple! ¡Una comida diaria y un chingo de cocaína enflacan hasta al puto Victorino y su tonelada de rock! ¡Pinche capitalismo culero! Y de pilón, la pinche Carmina quería que le contratara un servicio de internet  pues según ella, iba a vender esa putada desde la comodidad del hogar con solo dar un click en un disque portal cibernético de ventas! ¡Por si fuera poco, me pidió cien pesos para sacar una tarjeta de débito del Oxxo! ¿Cómo la ves? ¡Con eso tuve! ¡La saqué a patadas y la subí al camión a punta de vergazos!

Tú me conoces, mi camelias, me conoces bien! ¡No en vano soy licenciado en filosofía y di clases en la UAS como maestro emérito y trabajé durante treinta años en la secretaría como encargado de los préstamos sindicales! Además, con lo que vendo de drogas y lo de la jubilación de la SEP, ¡vivimos como reyes! Tú sabes que no soy ni culero ni pendejo. Mal por ella, que no quiso volver y ya se largó a Durango a comer verga de alacrán. Mal por ella. Y, mírame ahora, ¡todo puteado y más solo que un perro! No seas culero. Quédate; ahorita le hablo al tingi para que te traiga un quinientón de perico y unas cahuamas, la cosa es que no me dejes esta noche; yo pago.

Cómo buen compa, me dejé querer y no tuve que hacer más que esperar el regalazo y terapearme para aguantar el choro sentimental del buen Ricardo. El drácula se empezaba a poner aburrido cuando le entraba la ventolera del coraje o empezaba a hablar de su vieja. Me gustaba más cuando nos hablaba a toda la bola de locos sobre la mentada filosofía y sus conocimientos de la vida que son muchos, aún y cuando no dejaba de pendejearnos por no estudiar y ser unos enanos mentales que no pueden ver más allá de lo rico que son las morritas y las drogas. De hecho, gracias a las aspiraciones pedagógicas de este loco, formamos un clan de superación "anti enanismo mental", como él mismo lo llamó con toda la solemnidad que le es posible expresar. El drácula comenzó a impartirnos gratis, clases de filosofía bien chingonométricas además de regalarnos algunas lecturas de poesía, cuentos y novelas. La Carmina no dejaba de pendejearlo por perder el tiempo en nosotros quienes nunca pasaríamos de perico-perro, según su juicio. Fueron muchas tardes memorables como aquella en la que se colocó cuidadosamente un cigarro en las ligas del culo y lo hizo arder con la fuerza de sus intestinos, nomás para exponer de manera científica, que tan capaces éramos de "percibir de manera gestáltica" un evento que, por ejemplo, en Suecia, no era de ninguna manera mal visto o causante de risa: "de hecho, enanos mentales, en los países nórdicos hay certámenes anuales en donde los ganadores de distintas categorías se hacen acreedores a grandes premios en euros. El actual campeón es una mujer finlandesa que fue capaz de consumir una cajetilla completa de cigarros Chesterfield en menos de seis minutos, trece segundos y 15 centésimas (récord impuesto por un gigantesco noruego) con la pura fuerza de succión aero-centrípeta en su panocha”, aseguraba. O como aquella vez cuando el runga arremetió con un palo sobre la humanidad de nuestro profe cuando éste se atrevió a compararlo, en un disparatado y peculiar afán académico, con un disque novio de un emperador romano. El runga llegaba de los barrios del sur, con la cara de asoleado y temblando como una gallina al filo del cuchillo, muriéndose por una caguama y un pase de perico; nosotros teníamos dos cubetas llenas del preciado líquido y unos garrotes tipo Bob Marley de mariguana recién bajada de Badiraguato; el Richard lo recibió a voz en pecho con esta poderosa frase: "¿¿¿¡¡¡tú también, Bruto!!!??? Pero el runga no entendió, al igual que los demás allí presentes, que el drácula estaba haciendo una referencia literaria, antropológica e histórica. El recién llegado se le fue encima garrote de guayabo en mano. Nuestro fallido profe quedó en el piso a causa de la furia ignorante del runga y, después de sobarse un rato la espalda y quejarse como un perro, nos explicó:

- ¡vayan a la verga todos! ¡Runga! Casi me cuesta una costilla tu ignorancia, así como a Adán le costó una costilla la ignorancia de dios, creador de la peor calamidad que ha habitado el mundo. ¡Entiendo tu pendejismo y te perdono los palazos! ¡Pero déjame explicarte antes de que se te ocurra hacerme algo peor! No quise ofenderte llamándote Bruto, al contrario. Sea esta paliza como una bandeja para servirles un conocimiento que ni los doctorados en historia pueden brindarles. Décimo Bruto fue el amante de un emperador romano llamado Julio César. Este hombre floripondio fue parte principal de un plan para matarlo. Cuando Julio César era apuñalado en las escaleras del Senado por todos sus testaferros, intelectuales y mayatones, su amante estaba en la primera fila de quienes se daban gusto imperial dándole de puñetes en el cuerpo hasta dejarlo como falda de hawaiana. Había recibido más o menos unas diez tarascadas de los traidores cuando entre aquellos vio a su amante preferido y le dijo, con lágrimas en el rostro y el fundillo encogido de tristeza: "tú también, Bruto?" Así terminó el pobre Julio, césar de césares y más culero que el mismísimo Cayo "Calígula". Esta memorable frase joteril y sentimental te la dije a ti, no porque seas bruto o puñalón, cosa que no me interesa comprobar; te la dije a manera de honorable recibimiento pues te vimos llegar con el envase de cheve vacía, sediento y asoleado y, pues nosotros andamos en la misma chingadera de andar tomando a estas horas del mediodía.

¿Entiendes la coherencia de la referencia, pinche burro lazado de las verijas?



Obviamente que ninguno la comprendimos en ese momento, pero el runga puso la peor cara de pendejo que hasta entonces le habíamos conocido y solo le alcanzó el talento para replicar:
-pinches romanos jotos! No conformes con usar faldas, se picoteaban el fundillo y mataban entre ellos. Todos soltamos la carcajada, pero la clase no terminó allí. El drácula nos explicó en esta memorable sesión que el uso de la falda es saludable en los hombres pues los testículos están siempre en su forma natural, colgando como bellos higos y lo suficientemente secos por el aire para evitar un corto eléctrico, por decirlo de alguna forma; nos dijo también que la ciencia ha comprobado que los testículos están directamente conectados de forma socioemocional con el cerebro y el instinto de imperialismo; nos dijo también que la ciencia explica que Roma pudo sostener, gracias al uso masculino del vestido, un reino que duró décadas gobernando los destinos del mundo y, por si esto fuera poco, que comprobado antropológica mente está, que Roma ha sido desde entonces y hasta el día de hoy, la cultura que más ha influido en la evolución intelectual de la historia humana. Todos nos quedamos con la boca seca ante el despliegue de sabiduría del drac. Yo, de mi parte, alguna vez sospeché que eso de la conquista estaba de alguna manera conectada entre el cerebro y los testículos pues, cuando por ejemplo la Rafa no quería coger conmigo, los huevos me dolían de forma espantosa durante horas y no dejaba de pensar en ella, y más concretamente, en ese suculento par de nalgas por las cuales sufrí meses antes de conquistar sus cimas y declararlas de mi propiedad única y exclusiva. Se lo expliqué alguna vez al Richard y el aprobó mi analogía. Para terminar la clase, nuestro extravagante maestro remató con la atractiva teoría conspiranoica de que las trusas habían sido inventadas por las mujeres feministas con el afán de ahorcar ese poético lazo entre los huevos y el cerebro y, por supuesto, el instinto imperialista, facultad puramente masculina la cual provocó que se escribiera en los anales de la historia el nombre de tantos y tantos hombres quienes no nomás tuvieron los huevos bien gordos sino que además, perfectamente conectados al cerebro. El drácula también nos explicó que los hombres, en respuesta al artilugio de las trusas, inventaron los brasieres, para que las mujeres no nos gobernaran con sus bellos frutos, y los tacones de aguja para que estas fallas de Dios no pudieran, además de putear a nuestra estatura, llegar tan lejos con sus pretensiosos y rítmicos pasos como alguna vez llegaron Atila, Alejandro Magno, Shen Li Ye-Gon, Carlos Salinas de Gortari, Joaquín Guzmán Loera, Julio César Chávez, Zinadine Zidane, Pablo Apóstol, Bill Gates, Jean Luc Picard, Jesucristo y todos los hombres que construyeron el negocio socioeconómico que las hijas de Lilith hoy intentan derrumbar con estrépito. Fue entonces cuando comprendí porque el drácula no usaba trusas. De esto me di cuenta aquella vez cuando unos cuicos nos hicieron la parada para pasarnos báscula a ver si traíamos algo de droga. Nos esculcaron hasta por debajo de la lengua, supongo yo, debido a nuestro aspecto de desamparo. Cuando llegó el momento de bajarnos los pantalones y sacudirnos las ropas íntimas para demostrar que no escondíamos algún envoltorio sospechoso en esta prenda, el drácula les dijo que él no usaba. Recibió un macanazo en la cabeza como respuesta y no le quedó más remedio que demostrarlo. Se llevó un puntapié en las espinillas y un jalón en los testículos cuando su dicho fue puesto en oscilante evidencia. Le preguntaron que si porque eran tan marrano; mi compa quiso explicarlo, según sospecho ahora pues lo veía a lo lejos manotear con pasión, con su teoría conspiranóica; los policías se lo habían llevado a parte en cuanto vieron sus huevos al aire, quesque para darle un trato especial. En resumen, le dejaron caer el teaser eléctrico, nomás por mamón. Cuando los policías al fin nos dejaron en paz, el drácula exclamó triunfante: "ves porque estos pendejos son lo que son? A estos infelices les ahorcaron sus madres los huevos desde que los concibieron. Las mujeres son una calamidad, aunque sean las autoras de nuestros días"
Como pueden darse cuenta, las sesiones académicas de mi anfitrión son todo un alucín si además le agregas al asunto un buen tanque de mariguana, hierba bendita que tiene el poder de elevar la imaginación hasta en el más pendejo del mundo y que él, gustosamente nos compartía de su eterno ladrillo que regalara un hijo del Viejón del Sombrero por asesorarlo para entrar a la universidad.

 

Capitulo II

 

Pero ahora, el gurú está postrado y deprimido. Busca en el techo de lámina de asbesto la redención. Pero antes, se pone a recordar a todos los amigos del barrio que han sucumbido al embate de los años. Espero jamás ponerme a quemar cinta de la forma en que lo hace el drácula. Y es que antes me parecía un ser superior y hoy, se me hace tan humano, tan muchachita, tan desprotegido y vale-verga. Humano y muchachita porque, ¿quién se pone a recordar compas matados como si estos pobres muertos hubieran sido jotos o, peor aún, como si el joto fuera uno?

¿Quién recuerda al sopy, leyenda urbana de los años ochenta y primer cholo asesinado de la colonia por pandillas rivales, de la manera poética con la que lo hace el Richard?

-pinche sopy, venía corriendo por dentro de la secundaria seis, huyendo de la gente del tijuanas, pero ni eso lo salvó. Estaba tomando la calle quince de septiembre, saliendo de la calle geranio, cuando recibió el balazo. Le pegó en el mero tronco de la oreja; se fue derrumbando poco a poco pero no dejaba de huir de la muerte quien ya lo traía sentenciado desde que se cogió a huevo a la hija de don Emilio, el abarrotero-gomero más poderoso de la colonia buenos aires. Corría y corría y manoteaba y manoteaba para no perder el equilibrio, como un pajarito aterrizando. Recuerdo clarito que esa tarde había una disco en las canchas de fútbol amenizada por el luz y sonido Black Stone; el Kiki estaba poniendo puras rolas perronas para bailar. Cuando el sopy estaba dando las últimas patadas, las bocinas sonaban una pieza bien locochona, el rock de la langosta. Era como si el Kiki supiera lo que pasaba pues la rola sonaba como dicen en el cine: bien incidental. Siempre que recordamos los años ochenta, época en que fuimos muy jóvenes, le hacemos los honores al sopy, tipazo valiente de los que ya hay muy pocos.

¿O quién se pone a recordar a la camada de hijos de la chingada que fueron el clan de “la primera”, ¿una enorme bola de cabrones, primos y hermanos entre sí, que conformaban una de las pandillas más temidas de la zona sur de la ciudad? ¿Quién los menciona ahora como si fueran los guerreros que vencieron a Troya, cuando en realidad fueron la peor calamidad que azotó durante años la ciudad?

El drácula los describe como si fueran sus hijos:

-grandes y bravos amigos todos ellos! A nosotros no nos cargará la verga como a ellos, gracias a la gracia de Marx. No me imagino muriendo como el Charro, por ejemplo; pobrecito, lo abatieron de tres balazos a las afueras de su hogar, dulce hogar, cuando al fin había agarrado el rollo y era un hombre de bien pues era comandante de la policía municipal y tenía a su cargo a una bola de matones para cuidar la plaza de uno de los narco juniors. Amaba a sus hijos y a su esposa. Pobrecito, un rival de la juventud lo estuvo cazando durante años para lavar el honor de su hija cuando el clan, le hizo el amor de manera tumultuaria a la chavala en uno de los predios abandonados de la diez de mayo. Esperó a que estuviera desarmado y así lo ultimó. Pobrecito. Le hablaba a su madre. Cada que decía: ¡amá! ¡Un chorro de sangre le salía del pecho! La esposa le lloró a gritos como si hubiera sido un gentón tipo Luis Donaldo Colosio; sus hijos se le quedaban viendo y riendo nerviosamente como si su padre estuviera bromeando.
Carajo! Jamás moriremos como el ñoño, el Pavel, el Erik y el huevo. A los primeros tres, ya sabes, los mataron en las canchas del Jimmi Ruiz, cuando jugaban la final del torneo de los barrios categoría libre. El Pavel y el ñoño metieron los cinco goles que les dieron la victoria contra el rival: el rancho las garzas fútbol club. El error de ellos fue ir a festejar, de manera burlesca, cada gol en las narices del dueño del rancho y del equipo. Siempre fueron así: burlescos y culeros contra quién se le pusiera al brinco; solo que aquella vez se toparon con la sombra de papá vergota y mamá chichotas. El viejo de nombre Dámaso Imperial, había apostado trecientos mil pesos contra el Pancho Arce, propietario y manager económico del equipo Bitache Aguilar FC. Narcos pesados ambos. Al finalizar el partido, cinco sicarios del güero Imperial, fueron hasta la cancha y le dispararon primero al ñoño y luego al Pavel; el Erik, que no jugaba fútbol pero fungía como aguador oficial, se quiso meter a impedir la balacera contra sus parientes pero fue tomado entre dos y un tercero le puso una enorme Glock .21 en el cuello, justo debajo de la quijada, y le boló la cabeza con una expansiva. Una triste carnicería. Meses después y en esa misma cancha, fue ejecutado el panchón Arce con balas de a erre quince; gran amigo también, un gordito muy generoso que apoyaba el deporte local y a las mujeres del barrio dándoles trabajo bien pagado en sus tortillerías, prostíbulos y cantinas.
Al huevo, que Tiresias le perdone el infierno, fue el primer objeto de venganza de aquel que terminara de redimir a su hija con la muerte del charro. Con este no batalló tanto. Lo agarró dormido. Una amiga de su hija, putilla de poca monta, le ayudó con el cuatro. Puso una pastilla para dormir en la caguama del huevo y cuando este terminó desmayado, llamó a don Nabor y aquel le vació toda la carga de la Smith & Wesson 380. El huevo era el más cabrón del clan y por eso, lo tuvieron que agarrar jetón. A los demás, al chivo, al callejas, al chavo, al pelochas, al mochomo y al pocho, los fueron exterminando metódicamente tras las paredes de la penitenciaria de Aguaruto. Ya no queda ninguno. El charro fue el último. En paz descansen todos; en la CLC, la diez de mayo, la Margarita y la república mexicana, siempre los recordaremos.

 

Cápitulo III.



Y así siguió el drácula, recordando toda la noche una larga lista de cabrones que construyeron con sus vidas y sus muertes las calles trágicas de estos barrios. "No hay calle que no nos recuerde un muerto" -dice el Ricardo, con lágrimas que le mojan los huesos de la cara. Casi al amanecer, me dijo que nosotros no fuimos de esa índole huevuda y que seríamos olvidados así como la historia olvidó o repudió a Eróstrato, Vlad Tapes, Nikola Tesla, Rockdrigo González, Roberto Baggio, a Heraclio Bernal y a la liga veintitrés de septiembre. Me dijo que estábamos condenados a terminar como el kiko o el chachalaco Mayorga: locos y vagando por las calles. Que terminaríamos como el Dani o el cáncer, colgados por el cuello de tanto tenerle miedo a la vida, o bien, abandonados, solos y enfermos tras haber sido vistos como pendejos por todas las mujeres del mundo, incluidas nuestras propias madres. "Me gustaría ver cómo terminan, pinches enanos mentales, pero como van las cosas con mi salud, creo que no podré terminar de darles mis clases de filosofía. Tenía pensado para el semestre próximo, introducirlos a la filosofía alemana y a un diplomado en estudios socio-filósofos basados en la saga de Star Trek. Cabrón! He llegado a los cincuenta años de edad. Dicen los jefes de la psicología de la inteligencia emocional que esta edad es crucial y el pináculo de la madurez humana. Yo creo que es la etapa más culera de la vida pues es cuando muchas cosas te empiezan a mandar a la chingada o a abandonarte" -terminó diciendo el Richard antes de envolverse con todo y cabeza con su hedionda cobija San Marcos y quedarse dormido enseguida.
Salí de su casa nomás salió el sol, con una pinche tristeza en el cuerpo y con la firme convicción de dejar las drogas y ponerme a estudiar, de perdida una carrera técnica en el Conalep.
Duré mucho tiempo, casi dos años, sin ver al Ricardo pues estuve otra vez preso en un anexo durante casi un año, pero está vez, por desición propia; duré otro tanto, buscando la manera de ser mejor persona por medio de la psiquiatría. Creí que Ricardo estaría muerto. Cuál fue mi sorpresa cuando al llegar a su casa esta ya era otra. Nada que ver con el muladar apestoso y en obra negra que nos hizo apodar al buen Ricardo con el nombre del célebre vampiro. Pintada de blanco con verde, césped y plantas florales alrededor, enjarrada y con vitro-piso; con un anuncio que decía: centro de distribución Herbalife y ciber café, la casa parecía ser ya de otra persona. Los dependientes eran una pareja como de cuarenta años. La mujer, muy delgada, atlética y bella; el hombre, un güero bien peinado, guapo y musculoso. Me di la media vuelta. Estaba a punto de tomar rumbo hacia la calle Juan N. Méndez, cuando escuché mi nombre: "ese pinche camelias! A dónde vas con tanta prisa, pinche enano mental!!"
Sí, ese hombre guapo y atlético era el buen Ricardo; no lo reconocí por su musculosa presencia y porque además, se había tumbado esas putas barbas hediondas que le daban el aspecto de filósofo ermitaño. La mujer era la Carmina. Había regresado con él al saber que se estaba muriendo. Lo salvó de la muerte y no nomás eso, lo hizo un hombre que de ser un pinche loco con ínfulas de profesor anti-capitalismo, pasó a ser un güey que ahora vive de enredar personas con tandas y esa cosa disque saludable y vitamínica. Salí del lugar con una dotación de esa putada llamada Herbalife y un tríptico en el que se me hacía la invitación a un diplomado gratis en teorías literarias femeninas basadas en Simone De Beauvoir y Sor Juana Inés de La Cruz. El curso lo impartiría obviamente, Ricardo Malcampo Ruiz.

 

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Etiquetado como
Miércoles, 20 Enero 2021 05:32

Laura y Aura / Aída López /

 

 

Laura y Aura

Aída López

Premio Estatal de Literatura 2020: Tiempos de Escritura

 

 

Pasa, Aura, dijo con su voz vieja. Mamá, ya te he dicho, soy Laura, contesté enfadada Con sus casi setenta años no disminuía su preferencia hacia mi gemela; otro día escuchando las “virtudes” de Aura y los “defectos” de Laura. Mi hermana era la bonita, la inteligente y todos los calificativos que engrandecen a un ser humano. El espejo confirmaba sus dichos, con minutos de diferencia nací baja de peso y una marca en el cuello la cual se fue agrandando con la edad. Mamá, durante el eclipse de luna se rascó la panza estando embarazada y por eso la “chivaluna” en mi piel. Los dermatólogos no lograron con cremas, ni con láser, borrar la mancha violácea o tan siquiera difuminarla. Urgía que transcurriesen las seis semanas del postoperatorio y el médico le quitara la venda de los ojos; la venda respecto a Aura nunca se la podría quitar yo.

         Lo bueno es que tú sí vienes a acompañarme, Laura ni se para por aquí. A pesar de tus ocupaciones con mis nietos y tu esposo, no me desamparas. Cuando una hija es buena, una madre lo nota cuando es pequeña. Esas palabras retumbaban en mi cabeza, las había escuchado desde que tuve uso de razón. Una vez más le repetí que mi hermana no podía estar por las razones mencionadas por ella misma. Las vacaciones del despacho me facilitaban cubrir el turno diurno; el nocturno lo hacía la enfermera. No solo estaba ciega, sino también sorda; mis palabras, no las oía, seguía llamándome Aura como su nombre; el desdoblamiento de su perfección. Narcisista en exceso. Decidí cumplir su anhelo, no le aclararía quién era y que siguiera creyéndose junto a la sacrificada de mi hermana y no conmigo, la solterona mala hija.

       ¿Tan ocupada estará la malagradecida? Atiende mejor a su perro, por eso no me arrepiento de haberte dado más a ti. Siempre se lo dije a tu padre, la gente fea es mala, pero él decía que soy clasista y por eso la traigo contra Laura. Quiero que sepas, todas mis joyas son para ti, hija, en cuanto me quiten estos trapos de los ojos te las entregaré. Mejor en vida, así ella no tendrá derecho a reclamar. La casa la pondré a tu nombre... La interrumpí tajante, ¿crees justo dejar a mi hermana sin la mitad de la casa? Ella no se quedará conforme, trabaja con abogados y reclamará lo que por ley le corresponde. Mi madre estuvo callada y pensativa por segundos que parecieron eternos, enseguida reaccionó, ¿Me estás pidiendo la propiedad en vida? En automático repelí esa posibilidad. No, no te estoy diciendo eso.

Sus deseos de orinar desviaron el tema. La ayudé a levantarse de la cama y con cuidado la dirigí al sanitario. Vinieron a mi memoria los días cuando en ese mismo lugar el shampoo entraba a mis ojos. Mi “mala suerte” a la hora de la ducha era habitual. La mirada de Aura nunca se vio empañada con el jabón, pocas veces tenía motivos para llorar mientras que a mí me sobraban. Mamá, ¿recuerdas lo chillona que era Laura cada vez que la bañabas? Me sorprendió cuando dijo que adrede me lo echaba y el placer al verme con los ojos enrojecidos. Un sentimiento de rabia e impotencia me atrapó, sin embargo, la levanté del inodoro con el mismo cuidado y la regresé a su cama. No tengo hijos, pero supongo que a todos se les quiere por igual. Quizá mi mala suerte no era eso y mis desventuras eran provocadas por su perversidad.

Mi gemela acostumbraba hablarme por las noches para saber cómo había pasado la jornada nuestra madre; su familia la tenía absorta y por eso no iba a verla. Los compromisos sociales de su marido, empresario exitoso digno de ella, y de sus hijos adolescentes a quienes llevaba a la escuela, al karate y al ballet, además de dirigir un séquito de servidumbre, la tenían agobiada. Aura cumplía con pagarle la enfermera a doña Aura, la diferencia conmigo es que yo no contaba con el dinero para solventar el costo de otro turno. Desde las ocho de la mañana llegaba para prepararle todas sus comidas, bañarla, administrarle sus medicamentos y ser depositaria de los sentimientos de la mujer que me parió y nunca me quiso.

A ratos la dejaba hablando sola y recorría la casa: el cuarto de cada una de nosotras, el jardín trasero con el centenario árbol de mango, la salita de música con paredes de madera donde papá solía escuchar a Elvis Presley, a Los Platters… ooonlyyy yuuu… Cada rincón estaba impregnado de recuerdos buenos y malos. Apenas advertí, el cuarto de Aura es más grande que el mío y tiene closet, eso le permitía tenerlo arreglado, motivo frecuente de mis castigos al no mantener el mismo orden. Mi periplo culminaba en la cocina preparando la dieta recetada por el doctor: baja en grasa y sal, abundante verdura.

Cada vez me resultaba más difícil levantarme temprano e ir a atender a mi madre para escuchar el nombre de mi hermana en vez del mío. Deseaba tener los recursos para pagar a alguien que lo hiciera, pero mis ingresos no eran fijos. En pocas semanas conoceríamos su estado. Era probable que al quitar el vendaje siguiera necesitando ayuda, en tal caso tendría que solicitar licencia indefinida en el bufete. La sola idea me avasallaba.

                       

La rutina hubiera sido benévola de no enterarme de sus patrañas. Un día me dijo, ¿te acuerdas de Fernandito, el niño que jugaba contigo en el parque? Apenas recordaba sus lentes y el pelo negro y crespo del regordete. Pues tuvo una hermanita mongolita y un día me contó su mamá que la niña se ahogó en la bañera. En aquel tiempo las señoras comentamos que ella seguramente la dejó sola para que la muerte se la llevara. Sin titubear deduje que eso mismo hubiera deseado hacer conmigo. Quise adentrarme en su mente, le pregunté si consideraba justificado hacer eso con un hijo enfermo, tomando en cuenta que ella se reconocía como una verdadera católica y no de esas que van a misa los domingos y de lunes a sábado las invade el “efecto Lucifer”. La ambigüedad de su respuesta me orilló a pensar que sería capaz “por el bien de la familia”.

Enajenada, tratando de recordar a la mamá de Fernandito, aquel día olvidé administrarle los medicamentos a la hora precisa. Mientras le llevaba el consomé a la boca, me horrorizó la vulnerabilidad de los niños ante sus padres: así como te dan la vida, te la pueden quitar sin uno poder defenderse. En más de una ocasión me sacó de mis pensamientos cuando levantaba la voz porque le mojaba la bata con el caldo. Mi silencio la preocupó: ¿tienes problemas con tu marido?, estás muy callada, dijo convencida de ser conocedora de los conflictos de pareja, los cuales eran constantes con papá por los extremosos cambios de humor de ella.

No veía el fin del martirio. Mis vacaciones arruinadas y con el riesgo de prolongarse sin sueldo, sin alternativa de huir o deslindar en alguien la losa que cargaba a cuestas. ¿Y si en lugar de que la mamá de Fernandito se deshiciera de su hija, la hija se deshiciera de su mamá? La idea iba y venía, rondaba y se agazapaba…se olvidaba.

Corrían los días, se aproximaba el plazo para conocer el rumbo de mi destino. El trasplante de córneas le devolvería la vista o no a mi madre, ¿y si no? Aura estaba en condiciones de seguir pagando a la enfermera, pero yo no tenía la disponibilidad para atenderla indefinidamente. Mis malos modos fueron resentidos, el agua del baño demasiado caliente, la comida salada, escueta conversación, heladez por el aire acondicionado, la música estridente. La mamá de Fernandito, la hermanita de Fernandito, Fernandito…

Una mañana llegué a la casa de mi infancia como siempre, me invadía una felicidad inexplicable, ella misma lo percibió. Mi yerno con seguridad te trató con cariño anoche, es evidente, dijo maliciosa. Así es, mamá, respondí dándole por su lado. Puse en el reproductor a Elvis, ambas recordamos a papá. El árbol de mango daba sus primeros frutos, el cielo de intenso azul resplandeciente, la primavera revoloteando en las coloridas alas de las aves.

A las doce del mediodía el agua de mango, la favorita de mi madre, estaba lista. Agradeció a la naturaleza su generosidad. Recostada en su mullido colchón, antes de ingerir sus alimentos, elevó una oración “por el pan nuestro de cada día”.

A la señora Aura le di de comer y beber y beber y beber y beber… Mojando la bata, las almohadas, las sábanas, la cama… Llenándole la boca, la garganta, la nariz, los pulmones, del dulce néctar amarillo hasta ahogar su respiración.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Miércoles, 23 Noviembre 2016 01:05

MANSALVAS QUEMANDO ROPA A QUEMARROPA

 

MANSALVAS QUEMANDO ROPA A QUEMARROPA

 

I

Nos golpearon,

nos arrancaron el alma a macanazos,

nos hundieron el orgullo a punta de miedo.

Lloran,

la niña llora,

la esperanza llora.

Él llora.

 

Rojas lágrimas.

 

 

II

Sólo se sentían los golpes,

y la voz de la inconsciencia

que cercenaba los miembros

ira por ira.

 

A lo lejos se oían los gritos,

la rabia desbordaba de los ojos.

La impotencia se vestía en sangre,

el humo cegaba la incertidumbre

y las lágrimas salían con el paño en la boca.

 

El caos se vertía en estampida

con las bestias dando de tumbos,

el odio se apoderaba del aire.

Dios estaba dormido.

 

 

III

Desde el cielo

se dejaban caer las nubes.

Lastimaban los ojos.

Las lágrimas salían corriendo,

caían unas sobre otras

hasta volverse una.

El agua de aquella fuente

se bebió el dolor de las mías:

los ojos purificaron sus pecados.

 

El aire seguía blandiendo su bandera,

gallardamente.

 

I

Nos golpearon,

nos arrancaron el alma a macanazos,

nos hundieron el orgullo a punta de miedo.

Lloran,

la niña llora,

la esperanza llora.

Él llora.

 

Rojas lágrimas.

 

 

II

Sólo se sentían los golpes,

y la voz de la inconsciencia

que cercenaba los miembros

ira por ira.

 

A lo lejos se oían los gritos,

la rabia desbordaba de los ojos.

La impotencia se vestía en sangre,

el humo cegaba la incertidumbre

y las lágrimas salían con el paño en la boca.

 

El caos se vertía en estampida

con las bestias dando de tumbos,

el odio se apoderaba del aire.

Dios estaba dormido.

 

 

III

Desde el cielo

se dejaban caer las nubes.

Lastimaban los ojos.

Las lágrimas salían corriendo,

caían unas sobre otras

hasta volverse una.

El agua de aquella fuente

se bebió el dolor de las mías:

los ojos purificaron sus pecados.

 

El aire seguía blandiendo su bandera,

gallardamente.

 

 

José Germán Solórzano Hidalgo.-

Nace en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 24 de Noviembre de 1976. Es miembro del Taller Literario “Syan Ka´an” de Bacalar, fundado por el Profesor y Poeta Ramón Iván Suárez Caamal y actualmente forma parte del Grupo Literario Colibrí. Es maestro de profesión, Licenciado en Educación Primaria.

Sus poemas han sido publicados en las Antologías Poéticas: “En la puerta del Cielo”, 1996; “Voces del Agua”, 2013 (del Taller Literario “Sian Ka´an”); “Dispersión”, 2013; “Los Caminos de la Lluvia” Muestra Poética de Cancún, 2013; “Preludios del Mar”, 2014; “Aquí y Ahora” Selección de Haikús, 2015 y "Desde los siete azules", 2016.

Poemas suyos han aparecido en las revistas: “Resumen de Olas” y “Resquicios de la Imagen”, Bacalar 1996; “Salvo el Crepúsculo”, Cancún 2013; “Tropo a la Uña”, Cancún, 2013 y en “Trinchera” de Chilpancingo, Guerrero, 2013. También en el periódico de circulación estatal, “El Heraldo de Chiapas”, 2013 y 2014.

Publicó el libro de Poesía “Introspectum Vide”. Actualmente ha incursionado en la industria de la Promoción de las Artes y la Cultura organizando festivales, talleres y eventos literarios.

Publicado en BARRACUDA SANGRANTE
Etiquetado como

 

 

FRAGMENTO DEL POEMA

CICATRIZ QUE TE MIRA (TSÍNA RÍ NAYAXAA’)

 Hubert Matiúwàa

 

 

Hubert Matiúwàa, [1986], pertenece a la Cultura Mè´phàà (Pueblos asentados en la Región de la Montaña de Guerrero). En 2016 obtuvo el “Primer Premio en Lenguas Originarias Centzontle”, publicó con la Editorial Pluralia, su Libro “Xtámbaa/ Piel de Tierra”, además ha publicado poemas en diversas  revistas del país.

 

 

 

FRAGMENTO DEL POEMA

CICATRIZ QUE TE MIRA (TSÍNA RÍ NAYAXAA’)

 

En memoria de Fortino C.

Asesinado en la Montaña de Guerrero.

 

III

Nueve postas te tumbaron del Tordillo,

bajo las púas se colgó tu ombligo

amarrado a los mechones de tu vientre,

para que no te bebiera el mbòò wuèn[1],

las hojas rezaron a tus heridas.

 

Las hormigas siguieron pedazos de tu carne

para darte el ultimo respiro,

esconderte en su nostalgia

y dar valor a tus dedos.

 

Siguieron tu rastro para rematar

la noche en que naciera la abuela en tus ojos,

cuentan las piedras que te recostaste

y a tiros gritaste su nombre.

 

Pasó entre los mangos el xtá lìti[2]

pidiendo a la lluvia se fuera,

que no te esperara,

tu fuerza se apegaba a sus alas

y el último recuerdo brotaba al tronar su voz.

 

Al juntarse tus huesos,

se abrió la fisura donde hundo el silencio,

caído tronco fuiste

en donde brotó la raíz que ató mi cuerpo.

 

IV

 

Llegaron las urracas

a contar que te habían tirado,

tallaron lianas en los pechos

para encender tu ánima.

 

En Santa Cruz del Rincón

nadie quería velar tu cuerpo

y limpiar tu sangre,

yacías solo en la plaza,

mirando las campanas

que masticaban miedo entre dientes.

 

Para darte sepultura,

a caballo bajaron los de Malina,

sitiaron entre polvo, rifles y truenos

los pedazos que de ti quedaron,

de regreso, en el camino de la piedra torcida,

papá te cargó toda la noche

hasta salarle la lengua.

 

Hermano, en nuestro hombro pesa el silencio del pueblo,

la llaga de piel que quebrantó tus huesos.

 

V

 

Llegaste al amanecer,

los principales te recibieron con flores contadas

y humo para ofrendar a los cielos,

las mujeres que te criaron, envolvieron tus pies

con hojas de borracho y toronjil

para decir que no habías muerto,

que el olor de tu cuerpo andaba en la Ciénega.

 

En la casa vi arder de rabia los comales,

hincharse de sol las tortillas

y en el remolino del hijo que no conociste

se incineró de presagios la madera.

 

Para sembrarte en el vientre de tus viejos,

te envolvieron en petate

y en la procesión, hermano, goteabas a cada paso,

tu rastro nos decía que los cobardes matan a traición

y a traición quieren acabar con nuestro pueblo.

 

VIII

 

Hermano,

traigo el gabán,

el paliacate del barranqueño

y la pistola pintada desde que te fuiste,

para romper los años,

traigo esta lengua de arranca muertos,

este colibrí para encontrar tu hueso,

para medir los gusanos de la rabia

y esparcir el polvo de tu carne

entre los platanares,

en los cafetales, en los labios de la muchacha que quisiste,

en doquier que anduvo tu ánima,

traigo una tristeza que entregué a la tierra,

una vela para encender la piel,

tres botellas que curen tu boca

y una bala para buscar tu nombre.

 

 

 

Ajngáa  rí màrma’aán àkuian ló’ gàjnè dxáma Fortino C.

 

TSÍNA RÍ NÀYAXAA’ (CICATRIZ QUE TE MIRA)

 

III

 

Mijna gùwá’ xndúu ajuàn’ rí ninbatiguíín tsudùù Tordillo,

ná agóo ñuwiin ajuàn’ niguanúu xuviá,

niriya’nè rumiá khamí niru’wa mináa nè gàjmàá chámboo awuán’,

rí maxagàan mbòò wuèn i’diaa,

niwá tsakuramaa iná ná nijambiyáa.

 

Nigòò àkuán ná nikaraguanúu xuwiá

nindúun muxnáa imba xe’,

nindúun mukra’wiín ná kuijíín gìnúun

ikanjgóo muxnáa tsíaké ñawuán.

 

Nigòò mangiin tsúdáa xàbò tsí nìdáa,

nigòò xóó tsúdáa rí mònè mbámbáa rìgán,

mbro’ón rí nirma’a akuín xìña ló’ ná idáa,

na’tha itsí rí drìgà’ ná Xkuaá

rí nìthabáa nijíun nè, nirathúun ajuàn’

khamí nitharmidájmii xàbò tsúkuè,

ìdo nithatsáwá mbi’yuu xìña ló’.

 

Ninunjgoo xtá líti ná inuu ixè xndú xkudí,

nì’thun ru’wa rí ma’gàà,

rí maxagijthan nè,

numuu rí skiyáa niguanù ná inuu xphíphíù

khamí akhìaa nà’nii akhuín ìdo naxphatriyáa a’óo.

 

Ìdo nìwuàà ítsaa,

nìnba’thoo ná najnguáan ajngáa ngìnu’,

dxoò xó ixè rí rìga ná jambaà ja’nii

ikhaa rí ni’kaa ajmuu khamí niru’waa nè xuwiú’.

 

IV

 

Nigùwáan wandá

nithéen rí niwá’xnáa,

nìdáa ajma rí ma’ne gìgáa nimiá’ ná xóxtaa xò’.

 

Ná Xkuaá

nimbáa xàbò rakóo matsíka ndèlaa,

khamí ma’ne ká’úu i’dia,

mbawíín ninìñaan ná xúaa,

xóó kanjba’tha idáa

natiaxií ajuàn’ rí bràkha ná gu’wa dxákuun

rí ni’dúu ngamí ja’níi.

 

Rí màgoo majnguáan’,

niguatán gajmíí guayo angìán ló’ tsí mañuwìín,

nirugáa gájmàá yojnda’ khamí a’óo xkamida’,

jamboò Xkuaá ná nìwatachikurigaa xuwiaa,

ìdo nithangíín ná jambaà itsí bi’mbi,

dàtiáa ló’ niguiín jañíín mbro’ón

asndó ne’ne rìnáa rajúun gájmàá iya idúu.

 

Dxoò ná xphápha xò’ rìgu jèño ajngáa wiyuu xuajián,

ikhaa ská rí nixpí’ta itsáa.

 

V

 

Mi’cha nidxa’núu ná mañuwìín,

xi’ñá ló’ nibrìguíín gájmàá re’è rí kixnúu

khamí gùní rí ma’ne gamákúu mikuií,

xó ma’ nàna tsí nènè mbáján,

nimbra’áa nakuá gájmàá iná skémbaa khamí iná láxa,

rí máxna nè xè’ khamí rí ma’ne nè asndó xó rí thajañáa xóó,

rí mà’tha nè rí xùù xuwia grigoò ná Namáa.

 

Ná gu’wá ló’, ndiyóo nitsíkaminaà siàn’ ná inuu ifíí,

ndiyóo nikaxii àkhà’ ná awún goma,

khamí ná nànùu a’diá tsí nanguà nijgoò matànè nuwíín

nitsíkamináa ixè rí nindiáwa ló’

 

Rí magoò mudíín ná jùbùún xi’ñan ló’,

nimbra’an gájmàá àgú,

ìdo nìkaji’daan ná jambaà guajén,

nìtsóò i’dia agoò ejna,

ná mbámbá nikaraguajín ndiyáa xùùn khamí nitsakuramáa,

i’día ni’tha xò’ rí xkuaníi nurandíín ajngiá ló’ tsi tsinìña’ mijna,

mi xkuaníi nandúun muradíín xugììn ijíín xuajián ló’.

 

VIII

 

Dxóo,

jàyá xàyáa

khamí pañìtii druwii,

khamí jàya ajuàn’ ki’níí asndó nakhi rí nidxúu,

rí maxpíta ga’kuì tsi’gú,

jàya anjgáa rí naguwíín guajén e’nè,

jàyáa mangaà tsù’tsún tsí mba’yáa i’tsáa,

ikhaa tsí magèwíin adíín siàn’ ló’

mí mastíngaa yojndóo xuwia,

ná awún ixè dxáma,

ná awún ixè café, ná raún dxá’gù tsí ndiyáa xtáyáa

asndó náa nirigòò nimiá,

jàyá mangaà mbá tsingìna rí nixnaxíí inuu jùbà’,

mbá ndèla rí matsíkáa xuwia ló’,

khamí jagoò atsú tsi’tsún iya mika rí ma’níin rawuán’,

khamí jàya mangaà mbá xndúu ajuàn’ rí mba’yáà mbi’yáa.

 

 

 

[1] Espíritu del aire malo.

[2] Tipo de pájaro que anuncia las lluvias, aguilucho. 

Publicado en BARRACUDA SANGRANTE
Etiquetado como
Martes, 22 Noviembre 2016 19:36

Éxodo del hambre

 

***Arte gráfico Jordi Alós

 

"Éxodo del hambre"

 

tierra y libertad para quién

¿para quien trabaja la tierra?

¿para quien trabaja la libertad?

¿libertad y tierra son pertenencia?

¿si la libertad pertenece es libertad?

¿si la tierra pertenece ] su fruto

su sombra [ puede ser de nadie?

¿la luna es de quien la pisó primero?

¿la idea es de quien la pensó primero?

que los manden a chingar a su madre

dice el taxista sobre eje central

secundado el chiste del payaso en el radio

el taxista dice enardecido

pinches haitianos

nueve mil

nueve y tres ceros

que no vengan a robar

nuestro trabajo

nuestra tierra

nuestro patrimonio

que no vengan dice el señor al volante

en tijuana en tjtitlán

casa de puentes

umbra de umbrales

nueve y tres ceros

de haitianos

deambulan

buscando qué

qué tierra qué sueño

no aquí, aquí es su más cërca

y los unaited su "ya no fue"

caminan hacia la tierra de quién

no a los muros

quiten los muros

que derrumben los muros

cantan miles de miles en el zócalo

¿usted está en favor de los muros?

¿le parece apropiado un muro

para dividir norte de sur?

abajo el muro dice usted

pero no abre ] tumba borra [

los muros de su casa

su tierra su libertad

arriba el muro dice usted

esta es mi casa mi tierra mi libertad

con qué palabra abrirá usted

su jaula para guardar tres pájaros más

con qué grito volverá usted

su jaula en alas para planear

junto a nueve aves y tres ceros

pero teme al hambre

¿quién le dará de comer ahora

si sale de su cuarto dos por dos?

¿quién le pondrá la comida

masticada en su plato?

¿es usted humano o naturaleza?

¿son los humanos la carne negra

entre las costillas de natura?

¿o tal vez su cara blanca?

¿un yinyang de tierra y luz?

¿no siente culpa porque nunca

ha sido capaz de arrancarle

la vida con sus propias manos

al ser que ahora yace en el plato;

pero ir a trabajar representa

el hecho de asesinar su comida

triturada y condimentada

por el invisible señor para el

que usted trabaja?

¿no es el cazador intelectual

quien retribuye a natura la muerte

que ocasiona, con más muerte?

¿quién muere por usted todos los días?

ahí entre sus muros

con su plato lleno de comida

que sepa de qué campo

de concentración ha venido

usted se ha resignado a sobrevivir

y cierra los muros para que nadie

toque su ración de comida

el casero humano como yo

hermano sangre de mi sangre

cerrará su muro a mis pasos

me pedirá amablemente

salga de su tierra

pues mi trabajo

no suma

no alimenta su casa

hermanos haitianos no se vayan

hermanos haitianos mejor ya vámonos

hermanos haitianos canto su éxodo

ahora que caminan sin jaula

sin tierra sin libertad

con nada

ahí

donde nada es de nadie

donde no hay muros

de casas fortificadas

ahí donde no hay caminos

ahí, hermanos haitianos

cada quien en la distancia

caminamos juntos

 

Video "Éxodo del hambre"

Voz y musicalización:

Ivan Alvarez

 

Cantante y bohemio; Nacido en la ciudad de México el 2 de Agosto de 1973. Con mas de 20 años de trayectoria musical participando en diferentes proyectos musicales y en diferentes generos; siendo su predilección el blues, el jazz y la trova. Actualmente ubicado en la ciudad de Querétaro participa activamente cantando en los lugares mas conocidos y frecuentados de Querétaro. Siempre influenciado por las voces poetas, queda atrapado con el proyecto de "LA PIRAÑA" y nos comparte su narrativa y música para disfrutar de mejor manera las letras y pensamientos de grandes artistas.

 

Arte gráfico

Jordi Alós

 

23 años, soy mexicano, autodidacta. Estudie diseño publicitario, pero el arte siempre me atrapo desde que tengo memoria.
Mi trabajo plástico, gráfico y pictórico es un conjunto de experiencias, momentos, instantes  y personajes. Interesándome  en plasmar, sea con el material que sea, y que este al alcance en ese momento, emociones y sensaciones. Realmente, mi trabajo es una fusión, un rompimiento de elementos gráficos, experimentales y contemporáneos . No tengo ningún estilo en particular , un día me gusta algo muy clásico, otros más abstractos y surrealista , el arte es jugar. Con la práctica y con los años vas descubriendo quien eres realmente.

Publicado en BARRACUDA SANGRANTE
Etiquetado como