Martes, 16 Marzo 2021 17:06

Rezo luego existo / Adrián Eduardo Albores Martínez

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Rezo luego existo

Adrián Eduardo Albores Martínez

Las novenas de mi pueblo me traen gratos recuerdos, existen las novenas dedicadas a los Santos, también las novenas para salvar las almas de los seres que dejamos de verlos, escucharlos y quizá sentirlos. A esas personas que ya jamás se les verá comprando en él tianguis, asistiendo a misa, paseando o sentado en alguna banca del parque o simplemente caminando por el pueblo. Cuando alguien muere joven es una fatalidad, existe profundo dolor y la resignación es más lenta, en cambio quien fallece, está en edad avanzada, el dolor es menor (probablemente). Entonces deberíamos de hacer de esa su novena, nueve días de celebración, fiesta por haber llegado, a lo mejor a cumplir cabalmente su ciclo de vida. Después de tantos años de haber vivido, seguramente esa persona ha hecho una novela, no escrita de su vida, —¿imagínense que todos escribiéramos nuestras anécdotas o nuestras historias más sensibles? —el planeta sería una biblioteca de experiencias, sería un legado muy especial a las generaciones venideras, sería un árbol literario de profundas raíces e inmensas ramas. En fin, la muerte no sería tan tétrica, dolorosa y trágica, sin embargo; gracias a las novenas, el duelo es menor. Las novenas son un regocijo de muestras cariño y amistad, donde los vecinos, amigos y familiares acompañan a los dolientes, tratando así, de hacer más compartida, menos dolorosa y triste la despedida del ser querido.

Yo en cambio, de niño las novenas me alegraban. Recuerdo bien que cuando doña Lucila, mi madre; vestía alguna ropa discreta y se disponía a asistir a un rezo. Mi corazón se alegraba, después esperaba con ansia su regreso del rezo novenario. Desde la calle de pie, frente a aquella casa donde viví, esperaba su regreso, mi objetivo estaba centrado en la variedad de bocados, galletas o pastelitos que mi madre llevaba y bien sabía que eran para mí. Comprendo ahora el sacrificio que ella hacía en no comérselos, con la única intención de ofrecérmelos, yo como el crío de pájaro que con algarabía espera la llegada del ave madre, abriendo el pico en espera del primer bocado. Así era yo, brincaba, reía y danzaba; cuando ya tenía el banquete en mis manos. Por eso las novenas me gustan, para mí, siempre han sido una fiesta que remata en tamales de hoja, café, pan, chocolate y con suerte hasta jerez (por qué hasta eso reclamaba). Ahora cuando escucho el murmullo del santo rosario, huelo a incienso o veo a señoras vestidas de negro y además llevan en sus manos un platillo. Me detengo, suspiro, recuerdo mi infancia y pienso en Lucila.

 

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Adrián Eduardo Albores Martínez

Nombre: Adrián Eduardo Albores Martínez.

Profesión: Ingeniero en Sistemas Computaciones.

Grado: Maestro en Ciencias de la Computación, especialidad en Base de Datos y sistemas de Información.

Ocupación: Docente del Nivel Medio Superior.

Experiencia como Docente: 18 años.

Lugar de Nacimiento: Ocosingo Chiapas, 09 de Octubre de 1977.

Género Literario: Narrativo.

Trabajos Presentados: Diferentes Narrativas, en redes sociales.

Experiencia escribiendo narrativa: 10 meses y quizá mucho tiempo atrás, a través de la oralidad.

Desde muy joven tenía la intención de escribir narrativa, de tal modo que las vivencias y pensamientos se transformaran en historias que prevalecieran con el tiempo; mas, un prejuicio absurdo, lo detenía.   
      Fue hasta el mes de enero de 2019; que nació el deseo de escribir formalmente. Entonces, escribió: “El altar de Ajaw”. Mismo que publicó en redes sociales. Y recibió la calidez de un público que alimentó ese deseo, a través de sus comentarios que alentaban en todo momento a continuar con la osadía de escribir como una práctica constante, en un mundo tan agitado y tan cambiante que atrás había dejado ya, la pluma y el papel.    
      A partir de esa experiencia, continuó escribiendo diversos textos. Algunos de ellos, de crítica social y crisis existencial.      
      Se considera un aprendiz en este bello arte. Pues, aunque su pelo ya pinta algunas canas, en letras, usa pañales. 
      Dice que escribe para él y unos cuantos. Pero todos sabemos que sus letras también son alimento para los que le escuchamos al leer y los que lo leemos a través de sus textos.

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