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El rojo crepúsculo

de Úrsulo en silencio.

Waldo Contreras López

 

“Los relatos de la cárcel se parecen al relato

de los sueños que la gente suele hacer al despertar.

El relato de los sueños solo le interesa a quien lo cuenta”

Ricardo Piglia.

 

“Y qué es, pensé, ¡después de todo!

Es solo su exterior, un hombre puede

ser honesto bajo cualquier tipo de piel”

Herman Melville, en Moby Dick.

 

 

-Los tatuajes- dice José después de darle un largo trago a la cerveza -adquieren un significado exponencial en las cárceles a medida que el preso ve transcurrir sus años a la sombra. Son como anuncios fluorescentes en una calle solitaria; como quimeras, palabras o caracteres pintados aquí y allá, buscando la luz de una mirada que los encienda. Les contaré: Hubo una vez un hombre. Purgaba una condena de por vida tras ser encontrado culpable de matar a su esposa e hijos. Era, como yo, un hombre rojo de la vieja escuela rusa. Todos sabíamos que era inocente pero el gobierno pintó el cuatro de manera tan hábil y truculenta que no pudo siquiera presumir inocencia. El alcohol y la cocaína lo perdieron. Antes de iniciar la revuelta en la plaza de las tres culturas, un grupo de policías irrumpió en su casa cuando se bañaba a jicarazos en la azotea del edificio. Su esposa dormía junto con su hijo de diecisiete años y la niña de ocho. Fue una confusión. Los esquiroles Iban por él para matarlo y nomás dispararon al bulto, a lo pendejo, en montón y mansalva, con miedo y conocimiento de que el tunante podía ametrallarlos o mínimo, molerlos a canto de garrote, cuchillo y mordida si le daban al menos un segundo de ventaja. Cuando los paramédicos llegaron, Úrsulo lloraba sobre los cadáveres totalmente desnudo, con una botella de mezcal en la diestra y la nariz manchada de un polvo blanco. Gritaba: "Yo, los maté. Yo y mis ideas". Llegó al Lecumberri descamisado, pelón, con los huesos y el alma rotos. Al principio, se la pasaba cante y cante baladas tristes en voz baja, pero al paso de los meses ese tipo de emociones se le fueron y comenzó a escribir al mundo un testamento sobre el cuero. Comenzó con los nombres de sus hijos y su esposa; luego, fragmentos de panfletos o poemas de Salomón de la Selva, Nico Guillén y García Lorca; después, las notas musicales de la canción All Along The Watchtower de Bob Dylan pintadas en la espalda; siguió con dibujos de extraños demonios sacados de la imaginación, luego ojos, bocas, collares de dientes e hilitos de sangre; luego frases anónimas que pretendían haikus narrando la vicisitud de ver pasar los años sin disfrutar con los abrazos de las estaciones; luego se fue por la cara hasta borrar la imagen con la que se forjó la ferocidad de revolucionario de pacotilla: símbolos, alfabetos de otras lenguas y jeroglíficos babilonianos. Antes de que nada reconocible le quedara en su cuarteado rostro, tres flechas azul cielo saliendo del ojo izquierdo con rumbo al corazón. Por último, una frase que repetía mucho antes de oscurecer: "Un pájaro que nunca alcanzó a ver la luz, solo horizontes cruzados por el nubarrón inevitable del morir sin ser enterrado" Después, nunca más volvió a hablar. En su piel estaba escrito todo lo que pudo decir del mundo. Deambulaba por los patios y callejones, pegado a las paredes, con la vista fija al frente, las manos en los bolsillos y arrastrando los pies como si fueran su cobija. A veces, se le oía nada más silbar como un ave inmigrante cantando por una libertad más allá de las utopías de una revolución mierdosa. Así un año entero, un año entero hasta que, en la víspera de navidad, todos preparábamos el patio para la comilona y la pastorela. Úrsulo se estaba encargando de la tramoya y las piñatas y yo, de armar el templete y escenario con madera. Era casi el final de la función, cuando veíamos humear las cazuelas de la comida, cuando estaba a punto de aparecer el diablo. Era el bordo de la medianoche cuando Jesús Sosa gritó a todo pulmón una voz histérica: “¡Úrsulo! ¡Úrsulo! ¡Camarada! ¡No la chingues!" Y, como parido por la luz blanca de la única y más alta lámpara encendida en el penal, vimos brotar el cuerpo de Úrsulo agarrado de una cuerda por el cuello. Ni siquiera pataleó. La vida se le fue con un tronido macabro, como si la cuerda le hubiera dado una mordida en la cabeza y de esa forma le hiciera sacar los ojos, la lengua y un chorro espeso de sanguaza por la nariz y las orejas. He visto gente que se cuelga y como gimen. Úrsulo ni siquiera suspiró. Lo vimos colgado, balanceándose como marioneta abandonada. Yo, yo lo vi de alguna manera sonreír. Mi pobre camarada. Adiós, le dije, y enseguida me fui por la herramienta al taller de carpintería para hacerle el ataúd. A lo lejos, se veía tan bello, como un alebrije multicolor reflejando la vida fulgurante de nuestros ojos, como un colguije extraño de esos que exhiben los artistas hippies en el tianguis del chopo; colgado y sin quejido lúgubre; con sus poemas, dibujos, jeroglíficos y palabras pretendiendo ser haikus. Lo vi a lo lejos y me recordó los anuncios luminosos del paseo de la reforma. Tan extraordinario, tan irreal, tan fantásticamente muerto. Adiós, Úrsulo. Adiós, le dije, tratando de recordar su talla. La cena la guardamos para el velorio. Lo sacaron del penal en punto de las ocho del día veintiséis de diciembre del año 76, en el cajón de muerto más bello que hube hecho, con rumbo a la sierra de Chihuahua. Cuando lo conocí allá a principios de los sesenta, le gustaba el rock, la revo cubana y odiaba a los tatuados, era grueso como un marrano garañón, moreno como el zopilote, taciturno y voz segura, pausa y estentórea, con una talla en el ánimo que le hacía verse como un Ajax; tras las rejas se fue encogiendo a medida que callaba y el pellejo se le ennegrecía de tanta tinta; llegó a medir algo así como la medida que hay entre la meada, el pito y el suelo. Ese día, no pude dormir con la vuelta en la sesera de si medía uno noventa, como cuando lo admiré, o uno sesenta, como cuando sus pies estaban meciéndose como hojas secas a siete metros de altura, o quizás uno ochenta, como cuando joven y los sueños. Lo que son las cosas. El camarada no alcanzó a ver el inicio de una nueva era. La era de los bultos. Un año después, el gobierno nos dio a todos libertad bajo palabra, bajo palabra de honor, que el color rojo jamás volvería a mencionarse en esta tierra. Aquí estamos ahora. Unos borregos a medio morir asimilados por el Estado. Libres sí, en un lugar en donde nada de lo que sucede dentro de una prisión tiene sentido. Un lugar y una época que ya nos olvidó. Me imagino a Úrsulo aquí, con nosotros, tratando de explicar sin conseguirlo, todo ese rayadero que tuvo en el pellejo. ¿Ustedes, jóvenes, serían capaces de comprenderlo? No lo creo.


José le da el último trago a la cerveza mientras mira fijamente una lámpara japonesa colgada sobre la cabeza del barman. Se despide de nosotros con un adiós de mano, dándonos la cara de su escurrida espalda, y sale rumbo a la forma de llover que hoy tiene el cielo. El eco de sus pasos está siendo devorado por el tronido de la tormenta, se lleva sus palabras, su grave estar de viejo derrotado, con mordidas húmedas, hasta convertirlo en nada. 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Miércoles, 04 Agosto 2021 01:46

ORIGEN / Rocío García Rey /

 

 

ORIGEN

Rocío García Rey 

 

 

 

“Cada ciudad, como Laudomia, tiene a su lado otra ciudad

cuyos habitantes llevan los mismos nombres: es la Laudomia de 

los muertos, el cementerio.”

Ítalo Calvino

Las ciudades y los muertos. 5 

 

 

El orden de los hechos parte del asombro y de la incredulidad por la muerte de la madre.

Los cuerpos giran alrededor de la fogata de los naufragios de la vida. Nada puede comprenderse cabalmente cuando el cuerpo de la madre se deshoja. Porque ese deshojar contagia a las hijas que, como si hicieran una ronda, se llenan de silencio y sólo con la mirada hacen un ritual de lenta despedida. La voz existe. Lo saben. La voz existe, pero no saben qué decir ante el desvelo de la vida. Ni siquiera se atreven a pronunciar calle Comonfort como ofrenda a la historia de la madre.

 

II


Los cuerpos cambian de tal manera que a veces son odiados por una misma. El cuerpo es el lugar propicio para que el dolor sin adjetivo se arraigue y deje de moverse. Porque la madre está acostada y la hija mayor la cuida y entonces, tú mecanógrafa de los silencios te llenas de culpabilidad y comes a todas horas. Comes y bebes vino e imaginas que haces el recuento de todos tus lutos acumulados, pero sabes que al final eso será absurdo porque tus muertos han estado siempre contigo, te han coronado en la hora de la desgracia y han hecho de tus ataques de pánico la danza perfecta para que el clonazepam se adhiera meticulosamente a tus papilas.

Tus muertos han estado siempre, desde que murió tu novio niño a causa de una bala perdida. Recuerdas, sí, él estaba de vacaciones en Hidalgo y surgió el juego perfecto entre él y su primo: jugar con un arma, pero esa arma estaba cargada y atravesó los años lirio de Guillermo Montes, tu novio niño. Luego fueron los ritos, los llantos, las cortinas cerradas, los rezos y un gran silencio por parte de los adultos. Tú querías una explicación que nadie estaba dispuesto a dar. Y te tragaste el grito de niña de ocho años y con ese grito tragado ahora pasas el vino que crees hará envolverte en un onírico paisaje de luto por tu madre.

Lentamente la ciudad te ha abrasado sí, como aquellos días de ir y venir al hospital general porque el compañero, la pareja que habías conocido en plena estancia en la zona zapatista, fue acorralado por un gran tumor. Un tumor que te asaltó en forma de incredulidad. Lo recuerdas saber que ese tumor existía en tu compañero te hacía temblar siempre. Siempre temblorosa a tus 29 años. La muerte atraviesa los días, los edificios, las ciudades. Lo sabes, incluso las ciudades de Calvino tienen algo de muerte.

Imaginas que de todos los muertos que te han marcado tienes fotografías y que en un acto demencial podrías colocar cada una y hacer una danza improvisada. A la abuela le dirías que su máquina Singer no se ha perdido en el tiempo y a tu padre obrero le comunicarías con movimientos parsimoniosos que un día te atreverás a sacar la cinta de su entrevista y a transcribirla. 

Quisieras tener a Nelly Sachs en persona, hablar su idioma. No quieres sólo su poemario. ¿Cómo recojo los guijarros de mis muertos? ¿A qué tumba voy primero? ¿Qué deberé preguntarle a la madre que nos ha contado una y otra vez sus pocos días de infancia feliz cuando la abuela Juana sacaba a todos los nietos a pasear a Tlatelolco? 

La ciudad siempre tiene ecos que se transforman en lo que creemos son casualidades, en realidad, es el eco el que nos lleva a rondar y acaso a habitar lugares que ya nuestros ancestros habían pisado. Por eso me causaba tranquilidad que en tu última etapa de enfermedad vivieras en Tlatelolco, con Patricia. Sí, Tlatelolco, ese lugar que elegimos años atrás para que en la Iglesia de Santiago hicieran las misas a mi papá, cuando murió.

  Me quiebro entre las coreografías inventadas y la imagen de mi madre acostada viendo la televisión. Me quiebro y aun cuando sé que corro el peligro de transformar mi cuerpo, después del trabajo como y bebo y aquel primer grito por el novio niño se humedece de merlot envuelto en clonazepam.

Llega un momento en el que el orden de tus muertos no importa y entonces es a la prima Veroniquita a la que quieres contarle un cuento. Dices: “escribiré”, pero hay una quietud en tu cuerpo contra la que no puedes luchar. Cuerpo quieto, ¿te das cuenta? Como el de tu madre. Cuerpo callado hasta que, a otro día, a pesar de querer sentarte a mirar los rostros de los alumnos, tengas que hablar. Hablas desde el estupor, desde la vergüenza de sobrevivir, hablas y escribes, mientras, como Dido, quisieras clavarte la daga punzante del destierro mayor. Pero esta vez no sería por Eneas, sino por el dolor que causa una placenta oscura.

Dicen que sólo te inspiras en los muertos, que has resuelto vislumbrar las flores de las tumbas, en vez de vislumbrar las flores de los vivos. Pero ellos no saben que esas muertes paradójicamente han sembrado vida, y que esa vida son ahora las palabras que laten como corazones redimidos. 

 

III

 

El silencio se extiende por el cuerpo, por los libros que, efectivamente tienen palabras, pero que de tanto bailar al fuego de los muertos han enmudecido. Es el silencio acompañado de una palabra que existe en el diccionario, pero que no te convence de significar lo que estás sintiendo esa palabra es dolor, así nada más, dolor. Y lo que tú sientes es la brasa, el frío el desear reptar por los pisos, por eso arañas tu piel hasta que la sangre brota. Ese dolor no sabes si aparece en el diccionario. 

 

IV

 

Mamá, fueron cuatro años en que viviste como exiliada de la salud. Un remedio, y la sangre salía, un diagnóstico y la sangre salía, un abrazo y la sangre salía, una sesión de terapia y la sangre salía. Pero fueron a ellas, a mis hermanas a quienes les tocó ver esa rebeldía de tu cuerpo que te condujo por primera vez al hospital. En aquel momento, en mí, sólo apareció el enojo. Tú no podías enfermarte. Tú debías ser fuerte. Pero tu sangre me dijo que mi voz empezaría a menguar durante cuatro años. 

“En el IMSS tardarán en hacerle los estudios”, dijo el internista. Posible enfermedad: mieloma múltiple. Y así fue, caminamos hijas, yernos y nietos con esa palabra persiguiéndonos en el trolebús, en el metro y en los páramos de nuestra tristeza.

Trasládenla a la Raza, ahora que tienen los resultados. Sí, en ese hospital donde nos pariste. Ahora ahí te atenderían. “No para la hemorragia” y te taparon la nariz. Cuando me tocó recibirte para que te trasladaran al piso correspondiente, te sacaron en camilla y no hubo poema, no hubo verso que consolara el despliegue de asombro, mi madre con la nariz llena de gasas. Te dije chiquita. “Vas a estar bien, chiquita”. Y así fue. Tal vez siempre sucedió así. Madre – niña sin que la acunaran a ella. Antes de que supiéramos que el mieloma habitaba tu cuerpo, cuando estabas mal y no teníamos un diagnóstico claro, iba a tu casa y te leía cuentos. Cuentos de la costarricense María Noguera. Yo te leía los títulos y tu escogías que cuento te leería. Pero un día, me quedé sin voz para leerte. Entiende, podía emitir palabras, eran audibles, pero la fuerza, la energía se transformaban en mirada de asombro, en inmovilidad. Fui la sombra, aunque no fuera de noche. Fui la sombra que se dejó atrapar por la desazón que se adhirió a la suela de mis zapatos; aun así, pude terminar mi Doctorado en Letras y ganar una mención honorífica.

 

V

 

Porque no puedo disponer aún de mi nombre, porque no puedo disponer aún de mi cuerpo que se abrazó a tu última noche, claudiqué ante otras creencias, creencias diferentes a las mías. Buscaba afanosamente que tu nombre volviera a latir. Tal vez porque aquella noche, la última, te digo, fuiste reposando ante Tánatos poco a poco hasta que a las 4 de la mañana me desperté y adiviné que habías migrado a la ciudad estrella. 

Porque aun cuando te abracé la última noche y dormí contigo no puedo hallar la brújula de las palabras y mi cuerpo sigue pidiendo lo imposible: volver a la placenta. Mudé a otras creencias, te digo. Acaso realmente lo sabes. Alejandra, una de mis alumnas anunció que había aprendido una terapia de péndulo y que ponía su nuevo aprendizaje al servicio de quien deseara. Yo buscadora de explicaciones ante lo que se llama muerte, alcé la mano. Como científica retornando a la magia, contacté con Ale. 

Una veladora pequeña encendida y un cuerpo que en silencio pedía ser consolado. En el cuarto propio, aprendí que no sólo se escribe, también se buscan, a veces, ocultamente rutas para viajar al entendimiento de los significados. 

Sentí la energía en el lado izquierdo de mi cabeza y en mi vientre. Tenía la seguridad de que Ale me tocaba. Pero no fue así. Después de la terapia me dijo que eras tú, que era la energía, que estuviste presente. Ese día, mamá me corté el cabello, desde aquel día no he vuelto a hacerlo.

“En el vientre está la energía de nuestras ancestras”, me dijo Ale. Y fue así que dentro del cuarto propio ese día tomé la carretera de una creencia que hizo que apareciera mi sorpresa. La vela se derritió y supe que estaba preparada para pasar por la calle Comonfort y gritar tu nombre.

 

VI

 

No recuerdas si fue en el segundo año de la enfermedad de la madre, que te atreviste a viajar a Perú. Darías una conferencia. Días anteriores tu computadora se había descompuesto y necesitabas urgentemente que alguien la arreglara. Fue precisamente, Ale quien te recomendó a aquel técnico tímido que llegó un miércoles en la mañana. No hacía frío, pero él traía puesta una gorra. Amable y pausadamente, hablaba. Le ofreciste café recién hecho y sólo dijo quedamente: “no, gracias”. 

Era el tiempo en que el dolor aún no rondaba las paredes de tu casa. Era el tiempo en que el miedo aún no carcomía tu piel ni tus palabras. Por eso tenías energía para conversar. En la distancia se comunicaban. La noche antes de partir a Perú, tu habías aprendido que el hombre con quien creías compartir un poco de vida, no se asumiría jamás como tu pareja, tal vez un amigo distante con cambios de humor que te mantenían al acecho. Lo supiste porque la despedida que tenían planeada se canceló. Habías comprado un vino y querías celebrar con alguien aquello que tu veías como triunfo: ir a dar un curso y una conferencia a la universidad de Perú. 

Llamaste al tímido técnico con quien también, sin saber por qué, le compartías canciones. No podía ir a tu casa, pero acordaron reunirse una vez que estuvieras de vuelta. 

Te despediste de la madre y de las hermanas y partiste con la ferviente creencia de que aquel hombre exiliado con el que habías compartido algo de vida, ya no estaría más. Algo se había roto, al cancelar la despedida.

Porque el cuerpo aún no te dolía e incluso tenías tu propia voz, te atreviste, sin culpa a ir a Machu Pichu, a leer tus poemas en la universidad, a ser viajera, a tomar videos de las marchas. Ahora lo sabes: fue el tiempo en que todavía sabías pronunciarla vida y sabías cómo entornar la mano para cargar tu equipaje que te llevara a las zonas de la alegría que después se tornó isla remota. Era el tiempo en que aún no le inventabas cementerios a los cuentos que leías.

 

VII

 

En el cementerio mis hermanas lloran, yo no. Los desgarramientos de la propia piel quedan cubiertos con la ropa. Por ello puedo, casi con la exactitud de un reloj, jugar el papel de mujer ecuánime, como aquella que he imaginado fue Simone de Beauvoir, en Une mort trés douce. Tus hermanos también te dan el último adiós. Y yo con un saco negro me quedo atónita ante el rito, que como ex empleada del panteón he visto tantas veces. 

Las flores son acomodas en tu nuevo invierno. Mis hermanas, sus hijos, Eleazar tu yerno a quien quisiste como hijo y el otrora tímido técnico en computación acomodaron las flores.

 Así fue, esa presencia del tímido técnico desde que volví de Perú empezó a moldearse como compañero. Cuando él me acompañaba a verte, me gustaba verlos platicar y saber que le tenías confianza. Él ayudó las veces que te quedaste en mi casa y cuando una vez te llevamos al hospital. Fue con él con quien empecé a nacer como parte de una pareja. Poco a poco fui atreviéndome a develar enunciados de solidaridad y amor que yo no conocía, pero él, en un lenguaje ajeno al mío, dejaba como impronta en las rutas de mi cuerpo. 

Aquel día en que llegaste a la morada del invierno, él desplegó abrazos para mí y en silencio permaneció a mi lado. Sólo él sabía de aquellos arañazos en la piel que yo misma me producía hasta ver brotar sangre. Sólo él sabía de esas marcas que eran la extensión de un dolor que no podía sacar con ningún rezo. Acaso algunos se postren ante Dios e incluso recen, cuando hay alguien al que se ama y de quien se presiente su perenne silencio. Pero, tú, mamá sabes que ese ritual no se adecuaba a mi danza en la vida, en aquel momento, por cierto, danza detenida.

Fue Coco, la madre abuela de José a quien elegí como emisaria de las plegarias para ti, ante el Dios en el cual tú también creíste. Coco prendía veladoras y rezaba repitiendo tu nombre. El lenguaje es el desdoblamiento de nuestras creencias. Por ello hay diferentes pronunciaciones para pedir que sea atenuado el significado de esas palabras que, he dicho, aún ronda en mi vida: dolor y sempiterna maravilla. Porque en mi representación del mundo todavía creo que todos pueden estar muertos, menos tú. La incredulidad la sigo tragando cuando tomo vino y con la memoria hago una maqueta donde pongo simplemente árboles y en medio alguna foto tuya.

Ahora mis hermanas y yo tenemos que asumir las miles de representaciones de esta orfandad que ahora es nuestra túnica de adultas.

¿Qué inhumé, me pregunto? Y entonces en mis noches vuelves para que la nitidez de tu rostro sea también para mí, mi segunda vida.

 

VIII

 

Antes de tu enfermedad, sabías que mi gran tarea era contar tu historia, porque, en efecto, tus relatos desfilaron ante mí y me hablaron de una ciudad que no conocí, pero que imaginaba cuando contaste, por ejemplo, que cuando eras niña, el gobierno repartió estufas de gas para evitar que siguieran usando estufas de carbón. 

Por ti conocí la violencia que el abuelo Emeterio, tu padre, desplegaba constantemente en la familia compuesta por diez hijos. Y de esos diez hijos tu eres la segunda que has partido. La primera fue la tía Juanis, como le llamaban. Tenía 19 años y murió a causa de una falla en el corazón. Entonces contaste que la tía Lucha que era muy apegada a Juana, por eso dejó de hablar y de comer. Lucha, entonces era una niña.

No pocas veces desplegaste historias que fui anotando porque deseaba reconstruir tu pasado. La historia de las calles de Martín Carrera y la Villa. Muchas veces he imaginado aquella primera colonia: Carrera Lardizabal, donde después de la separación de la tía Antonia, tía de mi papá, tú y él se mudaron.

 Yo misma guardo en la memoria las caminatas que tú, Patricia y yo hacíamos de la clínica 23 a la colonia Martín Carrera para visitar a la abuela, que nunca fue llamada así por nosotras, sino mamá Lucha. Entonces yo era niña y sabía que llegaría al lugar de la calma, de las palabras dulces y de las gelatinas hechas por mamá Lucha.

Sé que con este acto estoy esculpiendo la memoria, sé que a mi manera hago mi ejercicio de historización. Tal vez por eso en los sueños aparecen constantemente tú y mi padre junto con tus hermanos.

Tengo una fotografía en mi escritorio. La veo cada día y me lacera, pero no importa. Fue una de las últimas fotografías que nos tomó José un día que fuimos a una cafetería. No puedo traducir los gestos o quizá no me atrevo ante este interminable camino por entender con el cuerpo que ya no estás, que sólo tu historia me protege en las noches en que necesito asirme a la creencia de que es mentira, de que de una u otra manera puedo seguir hallándote.

Los quiebres ante los epitafios se vuelven volcanes que queman mi cuerpo y lo deja, como te he dicho, inmóvil y un poco aterido. 

En diciembre, José y yo les llevamos noche buenas a ti y a papá. Fotografíe la tumba como consuelo para dejarme claro que aún me importan sus nombres: Manuel y Aurora, nombres indelebles en mi escritura y en ese dolor que se transmuta en buscar remedios mágicos para que regreses.

 

IX

 

Otras oscuridades más tenebrosas serían abrazadas por ti, mecanógrafa de los recuerdos, y te llevarían a calles en las que ni siquiera sabías por qué habías llegado ahí. Hasta que un día la anagnórisis apareció después del reclamo de José. No sabes si puedas escribir que pueden resultar increíbles todos los actos que has podido llevar a cabo para aferrarte a la madre, al sitio primigenio, al cuerpo que según tu neurosis no debía partir. ¿Por qué ha sido diferente con tus demás muertos?

 

X

 

Se deshacen las ganas de acariciar la primavera porque ésta simplemente desaparece de los paisajes cotidianos. ¿De qué se hacen los paisajes cotidianos, mamá? Se hacen de media luz y programas de televisión a todo volumen, a veces se compone de esa hemorragia nasal que te acompañó siempre. ¿De qué se hace el paisaje cotidiano, mama? De cansancio perenne, pasos cansinos y ganas de dormir aun en la hora de las gerberas. 

Un día ese paisaje ya no fue cotidiano porque aceptamos que tuvieras una sesión de quimioterapia, y entonces, lo sé, el mundo se rompió. Los cristales imaginarios lastimaban tu cabeza y, después dijiste, querías arrancártela. “Si eso voy a sentir después de cada quimioterapia, no la quiero”, dijiste. Porque te digo, todo se rompió, y una mañana Patricia, mi hermana, te encontró, medio inconsciente, tirada en la cocina. Luego vino el hospital y para ti dos noches en una camilla porque no había camas y para Patricia y para mí dos madrugadas a la intemperie afuera del hospital. 

Quimioterapia clausurada y en medio de ella el compromiso para dar una conferencia sobre Dolores Castro.

Se deshacen las ganas de acariciar la primavera, aunque junto a José poco a poco voy recomponiendo los fragmentos de mi cuerpo. Porque debes saber, mamá que mi cuerpo mudó y no me importó subir de peso. Mi salvación para atenuar la falta de sol era comer en la noche y beber mucho vino. No importaba si a otro día debía dar clase. Por eso cuando partiste sentí que había perdido parte de mi identidad: cuerpo autorechazado y oleajes para beber. No tenía fuerza para hacer ejercicio y aun en el consultorio psiquiátrico mi quietud y letargo eran evidentes. Cambios de antidepresivo y la imposibilidad de escribir, aunque sea un remedo de idea. Muda, muda. Contemplando en la distancia lo que en apariencia como mujer adulta comprendía. ¿En qué consiste la comprensión? 

Reconozco que José era mi sostén, pero nunca me atreví, porque no supe cómo hacerlo, a explicarle mi desazón que abarcaba incluso mis pupilas. Tal vez lo intuía. Piel sangrante y a veces ataques de pánico. ¿Quién era yo para involucrar a aquel hombre de esa manera? ¿En nombre de ser una pareja es lícito que el otro te levante, antes de que caigas al precipicio? Mi mirada cambió, mis gestos se tornaron rígidos. Aun en este presente en que hace meses que te fuiste, mi rostro, a veces, es el espejo del espanto, de la solemnidad vuelta asombro.

Loa caminos que recorrí, sé, no son novedoso. Tal vez por ello este escrito sea un lugar común en el vaivén de los incontables duelos.

 

XI

 

Los subterfugios pueden tomar diferentes formas. Bajo la enajenación por el dolor quisiste huir. No era falta de amor a José. No era ni siquiera vivir una aventura. Tal vez te ayudó que después del esposo muerto no volviste sino a tener amantes. Cuerpos que tratan, durante unas horas de suavizar la corrosiva soledad humana. Tu vida de pareja seguía siendo un camino de aprendizaje. 

Era semana santa y tenías que presentar un libro. Te acompañó José. Y durante la espera para el inicio del evento apareció él, halagó tu mirada. Pidió mantener el contacto. Era un historiador desempleado. Esos días tú te quedabas con tu madre y quisiste suavizar la epidermis del adiós. Platicaste con el historiador y José se mantuvo alejado. Inconcluso el evento partieron tú y José porque habías dejado sola a tu madre. Silencio de tu pareja. Pero no del historiador que se comunicó contigo cuando estabas en el hospital con tu madre. Se lo dijiste. “mi madre está enferma”. Él respondió rápidamente que sabía lo que eso era, porque hacía unos meses su madre había muerto. Esa fue la clave para anclarte. Tal vez él podía explicarte cómo sortear los lutos, la desesperanza. “Ellas siguen, no se van”, como pócima mágica, como si no fueras una mujer letrada le pediste que te explicara. Como si fuera la primera muerte que enfrentaras querías reunir toda narración de las madres muertas. Como si fuera plena adolescente, aceptaste que te hablara de su duelo. Fue por ello que rondaste aquella calle que recién habías redescubierto cuando fuiste a un Museo: calle Regina y sus miles de bares. En uno de ellos se citaron. Él llegó con su guitarra porque dijo, también quería cantarte una canción. Empezó a hablarte de la energía y de que nos hay casualidades. Repentinamente apareció la digresión en el discurso: “Te ves bien”, aseguró, mientras te sonreía. Para ti no importó eso, sólo querías saber si su relato podría ayudar a sujetarte sola, sin sentir que el caos era tu mismo cuerpo. Porque la desesperación no podías apaciguarla con los medicamentos ni siquiera con los abrazos de José y su brega de amor hacia ti. 

Lo supiste, todo había dado un giro: él quería seducirte, coquetear. Halagaba tus poemas y te dijo que le gustabas. No es que olvidaras a José. No lo olvidaste. Tampoco te atraía seguir el juego del simple coqueteo. Sólo supiste que caías en la en la espesura de la vida. Podías haber discutido. Podías haberte parado de la mesa. Pudiste…Quisiste evadirte. Sentiste como si cayeras en algo espeso, soporífero. Entonces ya no fueron sus palabras a las que les prestaste atención. Los transeúntes y la misma calle hicieron la función de distractor. Su presencia pareció volverse lejana y sus palabras parte de un parlamento de una obra que estabas representando por azar. 

 

XII

 

El cuerpo de la madre, parecía, dejaba de tener nombre. Si su cuerpo menguaba y Patricia era la principal cuidadora. Tú merecías el castigo. Se trataba, ahora lo sabes, de un castigo extendido por tu cuerpo. Aunque en un principio te alarmó subir de peso, fue parte de los cambios con los que te hermanabas al ocaso que se mostraba de múltiples maneras. 

Cuando conociste al historiador era abril. Nadie sabía la fecha exacta de la navegación de la madre al territorio de Tánatos. Ahora que armas el relato, afirmas que dos meses después la oscuridad apareció. Es en una mínima distancia de tiempo que logras acomodar las piezas del rompecabezas en forma de autocastigo presentido. 

Tecleas y ves a la distancia cómo los cuerpos callan o gritan o simplemente dejan llevarse por la imperfecta brisa del dolor. Ahora sabes que tu cuerpo sigue sin pertenecerte, aunque puedes visualizar en lontananza las heridas infligidas. Acaso querías solidarizarte con el dolor de un cuerpo abrumado, a punto de claudicar ante tanta fatiga acumulada

Entonces recuerdas, reconstruyes aquel día de suplicio y locura. Aquel historiador te afirmó que las madres no se iban del todo. Fue lo único que grabaste en tu memoria. Después, cuando José te reclamó aquel encuentro, hubieras querido decirle que te sentías deforme y absolutamente vacía. Hubieras querido que él sintiera por un momento la horadada existencia cuando se carga durante cuatro años la muerte. Y fue por eso que te dejaste guiar. José, no había, rutas de amor ni de deseo. La palabra infidelidad rebotó en otros inviernos, en el de aquella mujer que era yo, sólo la nieve y la espesura del silencio la acompañaban. 

Compraste vino y te preguntaste cómo era posible que alguien que había perdido a su madre, hacía apenas tres meses, convocara a otro cuerpo. 

No pedirás un plañidero perdón porque ese encuentro nunca será asimilado por tu epidermis. No pedirás perdón, porque no dejaste de sufrir ni de amar a la madre. Sólo zarpaste a un barco que te distraía con su vaivén y te mostraba la ausencia de los lutos.  

Es verdad, José, ella compartió el derrotado cuerpo con otro cuerpo. Se castigó, pero tú no pudiste entender eso. Ahora, su madre está muerta y ella sigue sin cuerpo. Sigue buscando pócimas mágicas para que alguien le diga que la madre permanece. Los vericuetos del dolor son múltiples y a veces silenciosos. Por ello la mujer a la que dices amar no te narró aquel hecho. Deshecha estaba. Dos meses después, tú lo sabes, murió la madre. Y un mes después de aquella impronta de ausencia, tu reclamaste con una pregunta: ¿Por qué? Pero ella seguía en jirones y contestó sin vomitar el dolor. Lo sabes, no pidió perdón. No pidió clemencia. No podía porque su capacidad para elaborar discursos estaba oscurecida. Lo sabes, José, los dos faltaron a los acuerdos, por ello tú revisaste sus redes sociales. Ella dijo: terminemos y tú te opusiste.

Ella sigue buscando una brújula que no se la del amor romántico. Ella no quiere claudicar. Acaso recomponer su cuerpo. Su historia que ahora se compone de sueños con la madre.

Los lutos pueden llevarnos a realizar proezas aun en contra de la trillada palabra amor. Ella, ahora lo intuye, quiso caminar por la cuerda floja como la evasión mayor a sentir el dolor de someter su cuerpo a un cuerpo anónimo. Acaso quiso por un momento dejar de repetir obsesivamente la palabra: mamá.

Pero en tu cuerpo, José, sólo están tus lágrimas. Lo que crees la absoluta traición. Ella mira tus lágrimas y quisiera que fueran las de ella, porque jamás ha podido llorar por la madre.

 

XIII

 

Tú, la mecanógrafa vestida de negro, empiezas a recomponer las piezas, precisamente mediante la escritura. Por ello ahora puedes recordar que fue un mes después, acaso en julio cuando José te dijo que no estaba bien. Era un sábado y habías ido a consulta psiquiátrica. Querías que empezara una etapa de calma, de poder recordar sin la piel rota. De inventar ritos para saber cómo escribir nuevamente tu nombre. Pero no fue así, porque ese día cuando llamaste por teléfono a José y le preguntaste cómo estaba te dijo que mal. Te dijo que había roto una regla y sabía lo que había pasado con aquel hombre. Que deseaba saber por qué lo habías hecho. Y fue en ese momento que tuviste que controlar el estupor, el enojo, la vergüenza.  

Después de vivir siete años con Roberto, lo has dicho, no volviste a tener una pareja. Y José había llegado en un momento en que tu vulnerabilidad ya había aparecido, sólo que aún no gritaba como lo hizo dos años después. José llegó a enseñarte la solidaridad y los oleajes del amor entre un hombre y una mujer. Pero tú nunca supiste explicarle que en los vericuetos de la vida hay momentos en que se pierde la brújula completa, que en los andamios que debemos cruzar para amar al otro encontramos caminos sinuosos que nos hacen romper lo que nos han hecho llamar fidelidad.

Tú aquel día te quedaste muda. Crees haberle dicho que sí lo amabas. Así utilizando el adverbio sí. Quisiste poner de ejemplo parejas abiertas como la de Simone de Beauvoir y Sartre. Pero José no conoce aquellos personajes, sólo se deja guiar por lo que él interpreta como traición. Y tú, muda ves que llora y quisieras salir corriendo de esa escena.

 

XIV

 

¿Cómo se conocieron tú y mi papá? Un día te pregunté, mamá. Pero en esta reconstrucción de los hechos no quiero reproducir que mi papá te abordó afuera de tu trabajo. Quiero decir que la impronta con la que voy caminando cada día es ser hija de la obligación. Sí, porque tú un día me dijiste que no sabías que existían otras opciones para las mujeres. Inferí, aquel día que hablaste, que no te casaste por amor. “Quería huir de mi papá. No nos dejaba tener novio. Me veía con tu papá a escondidas”. 

Muchos años después, cuando estabas enferma, me atreví a preguntarte si sentías placer con mi papá. “al principio sí. Después ya no.” No me atreví a preguntar hasta dónde el antes y el después. Te confesé entonces que lo mismo había vivido con Roberto. Me dijiste que yo era joven y que hubiera podido cambiar la situación. Quise, mamá, decirte que eso lo aprendí años después cuando recuperé mi voz. Y mi cuerpo. 

Mamá, vi llorar a José y yo no podía arrodillarme a pedirle perdón, ¿Perdón de qué? Porque los planos del amor que hemos dibujado José y yo parecen ser de diferentes colores y diferentes trazos.

Mamá, vi llorar a José y preguntarme: ¿Qué va a pasar? Yo, aún envuelta en la incredulidad de tu muerte no sabía qué hacer porque sólo había un cuerpo deforme ante mí y un dolor inefable: el mío. Mi pareja lloraba y yo quería renunciar en ese momento a la vida en pareja y quedarme en posición fetal repitiendo una y otra vez tu nombre. 

  También hubiera querido llorar como José, pero mi represión impedía hermanarme con él, quien se marchó con lágrimas en los ojos y yo quedaba azorada ante el trabajo de tener rearmar una representación del amor.

 

EPÍLOGO

“En Maurilia se invita al viajero a visitar la ciudad

 y al mismo tiempo a observar viejas 

tarjetas postales que la representan como era […]”

 

Ítalo Calvino, Las ciudades y la memoria 5

 

 

Me encuentro en la misma ciudad. No hay energía ni dinero para mudar de sol. Me quedo en la ciudad que te vio nacer, madre y con parsimoniosos pasos voy a tu casa a buscar fotografías que sean los vestigios para reorganizar mi mundo. En esas representaciones observo el pasado como el absoluto eco de la ausencia, también como icono de la nostalgia.

Un hombre llora en esta ciudad porque duda de mi amor y yo sólo tengo fuerza para acomodar mis postales en mi trozo de narración.  Tal vez, no sé pronunciar el amor. No sé, después de ser un cuerpo destrozado, esbozar explicaciones de una conducta que quizá a algunos les parezca inicua.

En mi propio cuarto veo esas fotografías de ciudad. Lo sé, son sólo la representación del recuerdo y aquí también Maurilia se desdobla en el eco de lo que yo me aferro a imaginar, mientras trato de aceptar que los cementerios de la ciudad son verdaderos.

CDMX, mayo, 2020

 

 

 Poema de Julio César Aguilar

Tradução de Fernanda Bueno

 

A terra ávida

 

 

Para Fernanda Bueno e Alex McNair

 

Naquela tarde a chuva​​​​

em Albuquerque era uma sinfonia

e a música do verso não cessava. Fez aí

seu breve reino a poesia

que foi beber a luz, como os pássaros

depois da chuva.

Lampejo a poesia foi

pela boca do silencio emergindo.

Relâmpagos de New Mexico    

os dias pela palavra iluminados, e quiçá

seja a poesia o júbilo que persiste.

 

Em março a chuva cai

como chamando ​​​​

a primavera. Em Albuquerque

chove um pouco, logo despontando o sol.

Espalhados os tristes ramos

da árvore, no retorno​​​​​

da primavera confiam. Talvez sedentos, a um deus

imploram a água mágica da chuva.

Em sua esperança, a árvore se assenhora e vibra

imperturbável na espera.

 

Aí vem de novo a chuva agora

nomeando o que virá, de ventura

plena. Do silêncio o cristal

se rompe

e sabe a água cair, impregnando

a terra ávida.

 

 

 

La tierra ávida

 

 

Para Fernanda Bueno y Alex McNair

 

 

De esa tarde la lluvia

en Albuquerque una sinfonía era

y la música del verso no cesaba. Hizo allí

su breve reino la poesía

que fue a beber la luz, como los pájaros, después

de haber llovido.

Lumbre la poesía fue

por la boca del silencio emergiendo.

Relámpagos de New Mexico

los días por la palabra alumbrados, y acaso

sólo poesía sea el júbilo que persiste.

 

En marzo la lluvia cae

como llamando

a la primavera. En Albuquerque

un poco llueve, floreciendo luego el sol.

Esparcidas las tristes ramas

del árbol, en el retorno

de la primavera confían. Tal vez sedientas, a un dios

imploran el agua mágica de la lluvia.

En su esperanza se afianza el árbol, y vibra

imperturbable en la espera.

 

Aquí llega otra vez la lluvia ahora

nombrando lo que vendrá, de ventura

llena. Del silencio el cristal

se rompe

y sabe el agua caer, recibiéndola

ávida la tierra.

 

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Microrrelatos  

Luis Alfaro Vega

 

 

En tentativa de aproximación a la ambivalencia connatural de los seres humanos.

 

RESISTENCIA DE DIAMANTE

 

Se promete que se impondrá una algarabía íntima de melodías que lo conduzcan a un estado de placidez en que las pesadas lágrimas no le doblen el ánimo. Mientras observa desde la rústica mecedora que guarda su forma, el anciano, ataviado de ancestral sabiduría, consolida una sonrisa dedicada a su propio ser. En el éter de la tarde, las campanas del templo mojan de fragores vibratorios el alma del hábitat, y el viejo, percibiendo en toda su piel el melódico repicar, rememora la savia de su estirpe, resistencia que lleva en el fervor de la sangre, nutricio orgullo que lo mantiene arrobado, iluminado por dentro, con avidez de convertirse en su propio pensamiento: ¡prodigio de integrar la colmena humana!

 

NOMENCLATURA KAFKIANA

 

Lo sacudió el espasmo de una fiebre que lo condujo al delirio de creer que su propio ser era un embuste, y que la ley natural que lo conceptualiza como homo sapiens, no es más que el proceso gelatinoso y absurdo de la pesadilla que transformó su cuerpo en un toro salvaje, iconografía ridícula que se muestra en el espejo como un enorme bulto peludo, de cuatro patas, cola extensa y dos afilados cuernos que le franquean la triangular cabeza. En su gnosis no aceptó el subterfugio, creyéndolo una evasiva estratagema para evitar el desgaste físico y psíquico de salir al mundo a enfrentar la rutina de la lucha fratricida entre homónimos. Elucubró que el origen de las intempestivas transformaciones, proviene de la infancia: violentas lecturas donde sapos se convierten en príncipes, lobos se comen abuelas y eructan satisfechos, niños a quienes les crece la nariz alimentada por el fragor de las mentiras, fantasmas que vigilan desde oscuros rincones el miedo atroz de los inocentes. Con los cuernos en ristre envistió con furia al espejo hasta hacerlo añicos…y tras la lluvia de cristales apareció otro espejo, con su rostro humano sonriendo, ya sin fiebre.

 

MÁSCARA DE SOLDADO

 

Lo regocija la ilusión rota que entra en la esfera de los sueños gastados que se convierten en pesadilla: no más guerras. En su alma fervoriza el deseo de no matar más enemigos. Llora en la noche de los insomnios cuando recibe la orden de continuar el bombardeo a ciudades de neblina, en las que se ve a sí mismo en la mirada de los otros, mustias pupilas ansiosas que lo observan mientras su máscara, embutida en uniforme militar, avanza hacia las temblorosas almas, esas que defecan una fiebre verde y lloran veneno rojo con cada detonación sobre las cenizas de los edificios en ruinas. Se muerde la sal de las lágrimas, y traga la amarga raíz de la culpa murmurando el vacío de los espíritus, la caída en el extraño desatino de conceptualizar que matar al hermano es una victoria.

 

HOMO SAPIENS

¡Con reincidente frecuencia llegamos tarde a nosotros mismos! Efervescencia feroz de razonamientos de fastuoso ego. Ángeles filósofos nos juzgamos, altruistas y versátiles en la inconmensurable acumulación de ilusiones con las que nos instalamos en alto pedestal. Colocados frente al espejo, le sonreímos eufóricos al onírico yo, insignia de perfección cosmopolita. Con impudor desfilamos por la historia con el artificio de erigirnos dueños del pasado, del presente y del futuro de la materia inmediata, y de la etérea presencia de un dios que inventamos para que nos redima y nos resguarde para la eternidad. El fasto de las contradicciones es la fidedigna contraseña de nuestra identidad, y en ese interminable camino de hallazgos y abdicaciones perdemos el rumbo. El húmedo barro de nuestro ser avanza mesiánico, ansiando convertirse en idílico prototipo, sin las anomalías físicas y las taras mentales en serie que salpican la leyenda. Transidos de orgullo, vociferamos a las estrellas la noción de ser la savia y la consciencia de cuanto existe. Homo sapiens: ¡conquistador de locuras! ¡Singular paradoja fermentada de ambivalencias! ¡Fantasma menguado, arribando tarde a su propia esencia!

 

LA PRIMAVERA FLORECE

A pesar de las emponzoñadas sombras de los siglos, y los helados registros de sangrienta convivencia, la célula humana guarda el celo de una floración que equilibrará la existencia. Robusto cielo que armoniza y nutre dentro del tuétano, en la región más primitiva de la materia. Visión en la que residirá purificado de narcisismos, sitio en desmayo original de correspondencias, fragante de vitalidades en colegiatura de armonizar la grafía de una raza renovada conquistando el porvenir. ¡Armoniosos suspiros de fraternal eternidad! ¡Tremolina de honda ternura disciplinando las acciones! ¡Del estiércol de los milenios brotará la rosa redentora!

 

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Arder o la dialéctica

del fuego

 

Miguel T. Ortega

 

Antes de su suicidio, en 1939, Walter Benjamin proyectó una tarea ambiciosa qué sería su último proyecto de vida: la construcción histórico filosófica del siglo XIX. En sus apuntes, el filósofo propuso un abalorio de temas que serían reunidos por el hilo de la poesía, en especial, el tópico del flâneur  (paseante) como un observador omnisciente de la ciudad. Detrás de esta figura hay un concepto benjaminiano, un ensayo que se titula Sobre algunos temas en Baudelaire; un análisis que fácilmente se puede vincular al libro de Julio Barco (1991): Arder(2019). Este concepto fue propuesto por Benjamin como una representación de literatura panorámica como base de la poesía de Baudelaire. No obstante, su definición apela a otros contextos, ya que el flanêur  reaparece en la literatura y se puede identificar porque “sucumbe a la violencia de la multitud, lo atrae hacia sí y lo convierte en uno de los suyos”.

Sin duda, la idea central proviene del libro de poemas clásico Spleen en París, especialmente el texto en prosa“Las multitudes” que afirma en sus líneas centrales:“gozar de la muchedumbre es un arte”.

Como si fuese la actitud del flâneur la que salva al poeta,Arder no sólo evoca a la llama, refiere a la combustión como un afán último. No solo como un “yo poético” sino como el ser mismo que recorre los caminos reivindicando la ruta.

El “yo soy todos” y después “todos soy yo” de Baudelaire;también se deja leer a través del libro de Julio Barco. La flama puede ser la multitud y la multitud necesita una chispa de ignición. Julio la provee.

A través del anhelo y el fuego imprudente de la juventud, Julio desea que su obra se consolide a través del flâneurArder posee una voz auténtica despereza a las multitudes para que puedan observar ante el mundo la belleza perdida.

Al subtítulo del libro: “Gramática de los dientes de León”sobreviene otro gran índice que sería la combustión de los cuerpos. El juego en el libro de Julio Barco nos hace recordar aquella disposición espacial que utilizó Mallarmé al escribir el juego de dados. El libro de Julio, por otra parte, parece no poseer contornos y multiplicarse hasta salir de un líquido precioso o un gas altamente inflamable para esparcirse hacia el interior de la contemplación lectora. 

Y ¿quiénes son esos lectores?, la multitud misma que el flâneur trata de contener en algunas páginas o algunas calles. Ambos conceptos se unen para explicar el método de la contemplación del flâneur. Arder es mirar. Entonces Julio entona a través de su “yo poético” cínico, versos como los siguientes:

“¡Yo me iré por las calles sin otro rumbo que mi ser!

Mara, soy caos

& el poema se nos parece/ inevitablemente y mi luz me destruye.

Montículos de piedras

por donde sigilosamente cruzan las polladas/

los excelsos cantos vacilantes

Entre periódicos/chichas & choros

he hallado

la claridad de mi

conciencia/

fines del verano del 2019”.

 

El poeta emprende el camino, la ruta del poema, el flâneur  va describiendo lo que aparece ante sus ojos. Aquí comienza el poema, aquí comienza un nuevo sendero. La descripción suele ser la consagración, así se ve tanto en Baudelaire como en Julio. Un ser desgarrado, con una eterna sed de unidad. Casi siempre inalcanzable.

Salvando las distancias temporales, Baudelaire define mucha claridad como el papel del flâneur: “El paseante solitario y pensativo, obtiene una singular embriaguez de esta comunión universal. Quién sabe posa fácilmente con la multitud conoce sus goces febriles, de los que se verá eternamente privado el egoísta, cerrado como un cofre, y el perezoso, recluido como un molusco. Adopta como propias todas las profesiones, todas las alegrías y todas las miserias qué le ofrecen las circunstancias del momento”.Julio Barco, por su parte, atribuye un efecto semejante al poema en los siguientes versos:

“Y soy un verano 

Nos acurrucamos delirantes

mirando el mar de Lima & los ojos de Mara son un poema

que me conduce al Paraíso” (p. 14).

Los versos de Arder, a diferencia del poema deBaudelaire, propician un efecto de expansión que tratan de aglutinar todo el espacio visual. Podrían fácilmente ser la representación de la flama en el momento de su dispersiónpara arder. No será una fogata, ni una pira menor, el objetivo es crear un incendio que utilice el aire para sus fines de dispersión sobre toda materia orgánica en la ciudad. En Julio, en el libro, la ciudad será Lima.

La dispersión del juego lo que busca es que el universo entero se incendie con el ardor insólito de la juventud y el fuego que transforma la materia en cenizas. No es un acto de alquimia, es un acto ambicioso que busca la eterna redención y la purificación a través de la llama.Reencontrar y ver los objetos con la ingenuidad de la primera visión. La alegoría que nos circunda es la misma qué pertenece al título. “Arder” es el acto del poeta flâneur entre las multitudes. 

Cabe señalar que el siglo de Baudelaire estuvo marcado por dos grandes figuras, el revolucionario, entregado a la multitud y el flâneur. Este último adquirió autonomía a partir de la advocación del poeta como un caminante incansable. Baudelaire, autor del famoso Spleen de París anticipa el ideal de este ser que llamarán el flâneur, pero también cumpliría el ideal del hombre creador entre lasmultitudes o las masas. Julio Barco al escribir Arder desde una poética de las multitudes, recupera la ciudad y el tópico del “poema como caminata” obliga al lector bien intencionado asumir la perspectiva del que cursa, mira y vive entre la multitud. Un impulso frenético evita quelibro Arder pueda ser considerado un libro lineal. Creo yo que es más bien cómo un fractal que multiplica sus formas y sus imágenes como una red interminable.

 

“Algunos beben demasiado las mujeres enloquecen

vomitan en tinas

rojas calaminas sus ansiadas parejas/ niñas.

Una multitud marcha por la av.

Tacna / aves buscan restos de comida en los

cubículos de basura me descubro andando motivado

por un nuevo paisaje que adherir a 

mi vacío

tu cuerpo: sin rumbo. Denso:

Lila/ amanecer

dentro de tu 

cuerpo: yo (cielo de topacio: dedos de luz)

focalizado a la humedad

de las rejas

herrumbrosas/

y anotas este paisaje:

tísico como tu aliento carnívoro

entre las pardas anaranjadas esquinas

y anotas: 

en aquel verso yo bajaba de 

un taxi

no sé por qué vine aquí bebía 

en una ciudad percudida 

yoamabalacarretera 

luego se acaba el Dvd” (p. 15)

 

El “yo poético” comulga con la embriaguez y la catarsis,en esta fusión con la multitud. Emprende un enaltecimiento a partir de la suma con la multitud, no como una orgía, sino como un carnaval dedicado esa mente creativa en las palabras de la totalidad externa. Yo soy todos

“las aves   se arremolinan en las nubes/ y estoy muriendo.

las aves   hamburguesas y versos. Toda la multitud

que avanza no es simetría sino del mercado neoliberal. 

(…)

las aves 

Y yo estoy aquí” (p.16 ).   

La consciencia empata de forma extraordinaria con el concepto de “mémoire involuntaire” que Benjamin atribuye a Baudelaire y que define como “advertir el aura de una cosa significa dotarla de la capacidad de mirar”. Un detalle que surge del carácter cultural del fenómeno es la memoria como un acto de la consciencia. Rotunda prueba del saber colectivo.

Algo que llamaremos meta consciencia habita el libro y con eso cierra el texto en los apéndices del libro. Todo es poesía hasta el final:

“Escribo sin percatarme que miles escriben pero leyendo lo que miles escriben, lo que me permite, entre otras cosas, tener una idea del hechizo de la música de nuestro tiempo. Escribo sosteniendo todo el Peso del Mundo. Y pienso que ese Peso necesariamente permite crear una poesía belleza y ética; una exploración que sea espíritu y cerebro: diferentes en una sola construcción” (p. 54).

Los invito a adentrarse en el libro. Julio es la clase de poeta que parece incansable. No se detiene, su camino sigue y persiste. Hace mucho no veía un poeta como estos. En un paso vertiginoso entre las multitudes no se detendrá. Léanlo con atención. Nadie se arrepentirá de haber leído a un buen poeta en sus primeros libros.

 

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El diálogo con el alma

en cuatro poemas de Juan Gelman

 Miguel Ángel Corral Albarrán

 

I N T R O D U C C I Ó N

Entre las múltiples expresiones literarias que conforman el acervo cultural de la poesía latinoamericana, la obra del poeta argentino Juan Gelman (Buenos Aires, 3 de mayo de 1939-Ciudad de México, 14 de enero de 2014) aborda las temáticas que gravitan en torno a la lucha social, el dolor y el exilio, como una reverberación estética de las realidades que él mismo enfrentó, durante los años de la dictadura militar de 1976 y de la llamada Guerra Sucia (1976-1983), conocida también como los años del terrorismo de Estado, el cual llevó a la desaparición de aproximadamente 30,000 ciudadanos argentinos. Por otro lado, la irrupción de Juan Gelman en el ámbito de las letras latinoamericanas, además del testimonio combativo que sus letras significan, suscita una ruptura con respecto a la grandilocuencia que se había puesto en boga, y que formaba parte del influjo del poeta chileno Pablo Neruda (Abbate, 2014: 75). En realidad, junto a otros poetas como el nicaragüense Ernesto Cardenal (Granada, 1925-Managua, 2020) y el salvadoreño Roque Dalton (San Salvador, 1935-Quezaltepeque, 1975), Gelman se adscribe a una nueva poética que apuesta por lo cotidiano, lo social y el habla coloquial, como puede advertirse en el uso de los diminutivos que caracterizan una parte considerable de la poética gelmaneana (Abatte: 75). 

          Sin embargo, a partir de las diversas temáticas que se entretejen en la poesía de Juan Gelman, aparecen algunos aspectos que no necesariamente se reducen a una cuestión social, sino que incluso abrevan de una vena contemplativa y, aun, metafísica: tal es el caso de la introspección que conlleva a posteriori un diálogo con el alma misma, y el nacimiento de lo que podría llamarse una palabra callada (Milán, 2001: 13). Para poder hacer una aproximación a esta modalidad aspectual, se realizarán algunas observaciones y reflexiones a partir de cuatro poemas que pertenecen al poemario Com/posiciones (París 1984-1985), los cuales performan una poética sobre los distintos rostros de la realidad[1]: “El llamado”, “Lo que vendrá”, “Lavar” y “Oración”. Por lo tanto, es necesario subrayar que en esta serie de traducciones[2] sobrevendrá el aspecto apelativo de una voz en primera persona que habla a una segunda persona: un “yo” que dialoga con un “tú”, que en realidad es una personificación del alma de la voz poética; alrededor se extenderá toda la realidad del exilio, y, a lo lejos, el fantasma del hijo ausente[3], aunado a la memoria de la patria.

          Otro elemento que hay que tener en cuenta, es la intertextualidad que se hace presente en el diálogo y abordaje de algunos simbolismos que pertenecen a la Biblia y a otros referentes literarios, por ejemplo: la diáspora milenaria del pueblo judío, así como el éxtasis místico de San Juan de la Cruz y de Teresa de Ávila, durante el Siglo de Oro español, los cuales adquieren un nuevo simbolismo al vincularse ahora con el exilio y la incertidumbre, espectro funesto de la Guerra Sucia en Argentina, mientras la poiesis gelmaneana resurge a través de una contemplación luminiscente, donde las palabras son capaces de revelar las facetas inaprehensibles de la realidad.

 

 

UNA TETRALOGÍA POÉTICA: IRRUPCIÓN DEL ALMA Y EL SUJETO

 

“El llamado” es un poema que tiene como marca paratextual una referencia al libro de Ezequiel[4]. Curiosamente, este texto perteneciente al corpus bíblico de los libros proféticos comienza con el llamado que Yahvé hace a un hombre llamado Ezequiel, para nombrarlo “atalaya de la casa de Israel” y asignarle la misión de amonestar y advertir a los israelitas, antes de la destrucción de Jerusalén por parte del rey Nabucodonosor II, y del posterior cautiverio babilónico al que fueron sometidos, por aproximadamente 70 años. Además de haber sido contemporáneo del profeta Jeremías, Ezequiel fue privilegiado por Dios al concederle una visión del tetramorfos[5], al otorgarle directamente el don de la palabra tras hacerlo engullir un pergamino y, además, al haberlo elegido profeta durante el exilio babilónico de Israel. De este modo, el don de una palabra concedida a través de la pérdida de la trastierra (y del hijo) en el exilio fundamenta un significativo paralelismo con la perspectiva gelmaneana, al dotarla de nuevos matices.

          Por otra parte, el poema en cuestión inaugura desde sus primeras palabras el diálogo que se despliega, entre la voz del sujeto poético y el alma, la cual por cierto es una voz consoladora y desprovista de reproches: una suerte de comunión o bálsamo verbal que busca sanar sus propias heridas internas: “¿gemís como quien tiene quebrantados los lomos? / ¿rodillas de agua? / ¿gemís en la amargura de tu corazón? / ¿por qué gemís? / ¿por quién? / almita dormida al fondo de tu infancia / despertá / sacudite la noche / como los pájaros se sacuden las gotas de la noche” (vv. 1-7). Las interrogantes y el amainado imperativo de las cláusulas dan muestra de la ternura y del vocabulario infantil que refuerza la emotividad de sus versos (Abbate, 2004: 78). La dulzura embadurnada por una plasticidad contundente en la que los pájaros se sacuden los corpúsculos de la noche es una forma de transmitir al alma una noción original y primigenia de la esperanza.

          Con un tono paternal, el Yo poético despierta a su alma como si ésta fuera una niña pequeña que no pudiera despertar de su pesadilla: los lomos quebrantados, las rodillas liquidificadas por el llanto (“rodillas de agua”, v. 2) y la amargura del corazón, advierten una aflicción que pareciera ser inconsolable. Sin embargo, el sujeto le prodiga palabras a su alma para poder reconfortarla, e, incluso, transforma las cualidades funestas del mensajero gris, cuya espada del mismo color evoca la ceniza luctuosa de los muertos. De este modo, el alma se convierte en dadora de amor y presa de la esperanza; mientras que el mensajero gris (cuya arma evoca la ceniza luctuosa de los difuntos)[6], en un dador de poder que ayudará a desvanecer las ataduras mortecinas, que aprisionan al alma en el centro de sus aflicción. En suma, este heraldo gris alberga una primicia catártica y liberadora para el alma, a pesar de estar revestida exteriormente con los atributos de la adversidad y del duelo. Así mismo, el alma evoca una fortaleza desconocida y muchas veces insospechada: he aquí el paralelismo entre Ezequiel, profeta del exilio babilónico que fue erigido como fortaleza o atalaya de Israel, y la palabra contemplativa de Juan Gelman, poeta del exilio argentino que rememora la trastierra y la sombra del hijo desaparecido, para poder enfrentar las incertidumbres del porvenir.

          Respecto a una temática del futuro, “Lo que vendrá” es un poema que plantea la necesidad de asumir una reconciliación con el pasado, para adquirir un conocimiento y una actitud que permitan aventurarse hacia las ignotas temporalidades del porvenir. Esta reflexión comienza de manera aforística como una narración en tercera persona, pero conforme se va avanzando hacia el final del texto aparece nuevamente el Yo poético que exalta la belleza y la pureza del alma, al presentarla ahora como una íntima confidente. Lo cual confiere además al texto una sutil marca epistolar. Por otro lado, la marca paratextual de este poema remite ambiguamente a los rollos del mar muerto, lo cual amplía de manera considerable el espectro referencial de los textos bíblicos a los cuales puede aludir; no obstante, es posible advertir de nueva cuenta la vena exiliar de la voz poética: no dirigida ahora hacia el exilio de la trastierra; sino más bien enfocado ahora hacia una forma de exilio interior en que el alma pareciera estar atenta, pero también distante.

          Los primeros versos se asemejan al tono proverbial que el rey Salomón utiliza en el Eclesiastés y en los Proverbios, para distinguir a aquéllos que andan por la senda de los justos, o bien, por el camino de los impíos[7]; sin embargo, el poema de Gelman pareciera abordar no sólo una reflexión de carácter religioso, sino además el ejercicio de la conciencia autocrítica al esbozarla como una posible palinodia: “el que no anduvo su pasado / no lo cavó / no lo comió / no sabe el misterio que va a venir / nunca puso su vida / para el misterio que va a venir / la pena desaparecerá” (vv. 1-6). De modo que el pasado como fundamento de la experiencia representa un estadio temporal que es necesario examinar, para poder transitar del presente hacia el futuro. De no hacer esta recapitulación, se corre el riesgo de no saber dónde se está, ni mucho menos saber hacia dónde se quiere ir. La ubicación ontológica y temporal se fundamenta como una problemática de este poema.

          Es interesante notar que aunque el Yo poético, como en el anterior poema (“El llamado”), incurre por un momento en una voz consoladora (la pena desaparecerá), pero sin presencia del vocativo diminutivo “almita”. Lo cual sugiere un distanciamiento que bien podría ser espacial, e incluso temporal; de manera que el tono de ternura que se había prodigado antes a una niña, ahora se convierte en la voz de un confidente que espera, hasta las últimas palabras, para expresar un cierto dejo intimidad corporal: “y todo será verde / como el misterio del dolor / como tus pechos blancos bajo el manzano” (vv. 11-14). Esta variante del tono con que el Yo poético se dirige a su alma o confidente, en realidad no desvirtúa la profunda conexión que tiene con ella, ya que la visión del sujeto se ha extendido hacia otros aspectos que anteriormente no aparecían, por ejemplo: la conciencia que se deriva de una reflexión introspectiva, en la que se establece una distinción, alrededor de aquéllos que al ignorar su pasado están condenados a desconocer su futuro; una amplitud de perspectiva en la que el sujeto, a través de la corporalidad y la temporalidad, puede ahora comparar, metafóricamente, la blancura de sus pechos con el misterio del dolor, y con el reverdecimiento que simboliza la fertilidad de un futuro en ciernes. Todas estas marcas emparentadas con un distanciamiento epistolar, advierten la posibilidad de un exilio interior respecto del alma o de la amada confidente.

          En otra tónica del diálogo con el alma, el poema “Lavar” surge a partir de la lectura que Juan Gelman hace de una traducción inglesa, realizada por el poeta israelí T. Carmi, sobre un poema que fue originalmente compuesto por el poeta y filósofo hispanoehebreo Yehudah Halevi (Tudela, 1075-Jerusalén, 1141). A pesar de que este texto puede considerarse como una traducción de otra traducción[8], mantiene ciertas similitudes con respecto a la traducción inglesa de T. Carmi, sin impedir por ello la reconfiguración poética que Gelman añade al texto en su versión. Entre las modificaciones instauradas en el nuevo texto, cambia el título del poema, que en la versión inglesa es The Laundress (esp. “La lavandera”), por el infinitivo impersonal “Lavar”. Por otro lado, la acción efectuada por una tercera persona se traslada a la primera persona del sujeto poético; es decir, del “ella” se traslada al “yo”, por lo que la distancia disminuye de nueva cuenta al reanudar el diálogo con el alma. De este modo, her beauty (“su belleza”) pasará a ser “tu belleza” (Sillato, 1995: 7).

          Otro aspecto relevante del texto de Gelman con respecto a la versión inglesa de T. Carmi es la elipsis que sintetiza el contenido morfosintáctico del poema, lo cual, además de hacerlo más breve transforma el formato de la prosa, al convertirlo en una sola estrofa de cuatro versos: “en mis lágrimas lavo las ropas del amor / las tiendo al sol de tu belleza / no necesitan fuente: están mis ojos / ni mañana: sólo tu resplandor”. La sustitución del “ella” por el “yo” que la describe, mientras ella lava sus prendas con el agua de sus lágrimas, según la versión de T. Carmi: My love washes her clothes in the water of my tears and spreads them out in the sun of her beauty, además de disminuir la distancia, resignifica a la confidente al dotarla ahora de atributos taumatúrgicos. De manera que el sujeto poético es ahora quien lava las prendas del amor, sin precisar de ninguna fuente (más que la de sus ojos), ni mucho menos del porvenir (o la esperanza del mañana); sólo le confiesa la necesidad solar de su belleza.

          De este modo, el poema de Gelman convierte a la confidente en una luz necesaria para el sujeto poético, como aquella naturaleza que favorece a hombres y a mujeres en la realización de los quehaceres cotidianos, en este caso, al Yo poético que buscará secar las prendas del amor luego de lavarlas, como aquel sol y lluvia que se prodigan sin distinción tanto a los justos como a los injustos[9]. Cabe destacar la blanca luminosidad que la confidente irradia en su entorno, lo cual remite a la transmutación del ser a través de sus diversas formas cromáticas, y a un proceso de iniciación que va de la muerte al renacimiento (Chevalier, 1988: 190). Otra propiedad contemplativa que surge a partir de la relación que tiene la luz con el color blanco, consiste en que este no color es capaz de operar en el alma, como si se tratara del silencio absoluto, silencio que por cierto no está muerto, sino que más bien alberga un sinfín de posibilidades vivas (190). De este modo, el alma-confidente que, a semejanza de la mujer amada, fundamenta este vínculo comunicativo actúa como una presencia luminosa que permite acceder a la experiencia mística, y, por ende, a la posterior traducción de una palabra callada (Milán, 2001: 13).

          Posterior a la marca luminiscente del alma, en el que la corporalidad ya se ha sublimado, el poema “Oración” fundamenta un ahondamiento de la palabra, en el que el diálogo entre el sujeto poético y el alma, llega a uno de sus puntos culminantes: el tono amoroso asciende hacia una forma de theosis[10] en la que el alma aparece como el vínculo de unión directa con lo Divino. Sin embargo, esta plegaria entraña una congoja espiritual en la que el distanciamiento exiliar se vuelve avasallador e inexorable, por lo que esta figuración de Dios resulta ser en realidad una personificación de la Patria, como el único ser que es capaz de sanar al poeta de su dolor (Sillato, 1995: 11): “te hiciste nido de amor / y mi amor vive donde vivís /los enemigos me atormentan / que sean / sea su ira / mis huesos tiemblan sosteniendo a un extraño / al extranjero de tu piel / así sea” (vv. 1-7).

          Como puede advertirse, el sentimiento de extranjería se hace evidente en esta primera parte del poema; de este modo, el “así sea” funciona como un encabalgamiento con los últimos tres versos del poema, y, a semejanza del poema de Yehudah Halevi sobre el cual se inspira Gelman, como una forma de resignación frente a las adversidades del presente, para poder mantener viva la esperanza en una futura redención (Sillato, 1995: 12). Así mismo, es interesante advertir cómo el sujeto de la voz poética se autonombra, reflejando la imagen  del extrañamiento con respecto a la patria de la cual se siente tan ajeno como escindido: “al extranjero de tu piel” (v. 6). Por otro lado, en lo que concierne al cambio repentino de la segunda persona a la primera persona en los últimos versos: “mientras no me absuelvas mi dolor / me sudes / me redimas / me rescate de mí” (vv. 8-10), produce un efecto de ambigüación de las palabras, en el que la autoridad absoluta de la deidad o patria pareciera no ser la única implicada en este clamor; sino que pareciera involucrar a la autoridad misma del sujeto poético, para poder alcanzar la redención (12).

          La versión gelmaneana de este poema realiza nuevamente una síntesis de la versión inglesa, es decir: por medio de la brevedad y la concisión disminuye la longitud del texto, y se mantiene intacta la temática del dolor como esperanza y redención, al retomar la aceptación gozosa del dolor como una vía expiatoria, según el poema árabe y la versión hebrea de Yehudah Halevi. De este modo, la voz poética acepta la ira de los enemigos, y se dispone a enfrentarla como una consecuencia temporal que la distancia de su amada, para después reestablecer un posible retorno espiritual o material hacia ella: su patria (12). Lo cual se parece bastante a la actitud mística que algunos israelitas adoptaron, luego de ser transterrados y exiliados en Babilonia (siglo VI a. n. e):

6 y uno de ellos dijo al varón vestido de lino, que estaba sobre las aguas del río: ¿Cuándo será el fin y sucederán esas promesas? 7 Y oí decir al varón vestido de lino que estaba sobre las aguas del río, y que alzando al cielo su derecha y su izquierda, juró por el que eternamente vive que eso será dentro de un tiempo, […] y que todo esto se cumplirá cuando la fuerza del pueblo de los santos estuviera enteramente quebrantada. […] 11 Después del tiempo de la cesación del sacrificio perpetuo y del alzar la abominación desoladora, habrá mil doscientos noventa días. 12 Bienaventurado el que espere y llegue a mil trescientos treinta y cinco días. 13 Y tú caminarás a tu fin y descansarás, y te levantarás al fin de los días (Daniel 12: 6-7, 11-13).

 

El sentimiento exiliar que muestra el profeta Daniel, además de la fuerza enteramente quebrantada de los santos, se asemeja a la dolorosa resignación que Juan Gelman asume frente al suplicio perpetrado por sus enemigos, el cual se instaura en realidad como una resignación esperanzada, que permanece abierta a las posibilidades redentoras del futuro (Sillato: 12).

 

C O N C L U S I Ó N

El diálogo que se establece en los cuatro poemas de Juan Gelman: “El llamado”, “Lo que vendrá”, “Lavar” y “Oración”, los cuales pertenecen al poemario Com/posiciones (París 1984-1985), representan un gran momento intersticial en el que un sujeto y un confidente logran alcanzar una comunión trascendental (metafísica, ontológica, estética, histórica, lingüística y posiblemente religiosa), donde un sentimiento exiliar que acompaña a la humanidad, desde hace miles de años, adquiere una resignificación que lo actualiza en uno de los contextos más brutales de la historia latinoamericana contemporánea, es decir: la dictadura militar de Jorge Rafael Videla en Argentina. En este poemario del exilio, el sujeto poético entabla una comunicación con su alma que, a lo largo del libro, se va modificando y adquiriendo diversas tonalidades; sin embargo, estas personas gramaticales (el “yo” y el “tú”) mantienen la estructura del diálogo místico entre el “amado” y  la “amada” que aparece en el libro del Cantar de los cantares (Sillato, 1995: 10). Esto abre la posibilidad de la polisemia de la “amada” que es el alma y que a su vez puede ser la infancia, la confidente a la distancia, la luz necesaria de la palabra callada, la patria misma, e, incluso, la esperanza. En suma, ella es una presencia constante que acompaña y redime al poeta en su exilio itinerante y milenario. Otra constante que aparece en el poemario es la posibilidad de la traducibilidad de la realidad y de lo inaprehensible: “ninguna lengua o rostro se deja traducir”[11], pero lo que queda es fundamentar una belleza otra que sea capaz de evocar algo de esa belleza original o primaria.

Esta posibilidad intertextual es lo que hace posible acceder a la realidad histórica que hay detrás de los textos originales, a saber, el exilio, y fundamentar una actualización del exilio histórico y cósmico que experimentaron los hebreos y los sefarditas: un dolor que es tan antiguo como actual, y que da sentido al diálogo entre el amado y la amada, entre Dios e Israel, entre el exiliado y la patria. De este modo, la recuperación de la patria en el exilio, se convierte en otra forma de alcanzar la Tierra Prometida (10).

 

 

U.N.A.M.

F.F.yL. 

 

 

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   BIBLIOGRAFÍA

Abbate, Florencia; Diego Parés. Literatura Latinoamericana para principiantes. 1ª ed. ; 1ª  reimpr., Era Naciente. Buenos Aires, 2004.

 

Chevalier, Jean; Alain Gheerbrandt. Diccionario de los símbolos. 1ª ed., Herder. 1988.

 

Colunga Cueto, Alberto; Eloíno Nácar Fúster. Sagrada Biblia. 1ª ed., Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid, 1944.

URL: https://archive.org/details/SagradaBibliaNacarColunga19441Edicin

 

Gelman, Juan. Pesar todo. Antología; selec., comp. y prólogo de Eduardo Milán. Fondo de Cultura Económica. México, 2001.

 

Sillato, María del Carmen. “Com/posiciones” de Juan Gelman o cómo traducir los mil rostros de la realidad. Hispamérica, Año 24, No. 72 (Dec., 1995), pp. 3-14 (12 pages).

URL: https://www.jstor.org/stable/20539867

 

 

 

 

[1] María del Carmen Sillato, “Com/posiciones” de Juan Gelman o cómo traducir los mil rostros de la realidad, 1995.

[2] La traducción gelmaneana de algunos textos bíblicos, así como de otros pertenecientes a la tradición sefardí, no constituyen traducciones en el sentido más estricto de la palabra; sin embargo, fundamentan una recomposición de los textos traducidos por Gelman, a partir de una perspectiva exiliar en la que él establece un diálogo de compañía con dichos textos (“exergo”, 1984-1985: 173-174).

[3] “Las frecuentes referencias a seres queridos alcanzan un punto de máxima tensión en el poema citado, [«Cuerpo que me temblás entrado al alma», 1980] cuyo interlocutor es su hijo desaparecido” (Abbate, 2014: 78).

[4] Ezequiel 21: 1-27. Sin embargo, el primer llamado que Yahvé hace para nombrar a Ezequiel como profeta aparece desde el primer capítulo del libro homónimo.

[5] Representación iconográfica de los cuatro elementos que, posteriormente, fue identificada con los cuatro evangelistas del Nuevo Testamento: el hombre, símbolo de San Mateo; el león, símbolo de San Marcos; el toro, símbolo de San Lucas; y el águila, símbolo de San Juan.

[6] De acuerdo con Chevalier, “el color gris, hecho en partes iguales de negro y de blanco, designa en la simbología cristiana la resurrección de los muertos. […] Es el color de la ceniza y de la niebla. Los hebreos se cubrían de ceniza para expresar un intenso dolor. Para nosotros el gris ceniza es un color de medio luto” (Chevalier, 1988: 540).

[7] “Mas la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta ser pleno día. Al contrario, el camino del impío es la tiniebla y no ven donde tropiezan” (Proverbios 4: 18, 19).

[8] “Gelman no habla de «traducciones» cuando define el carácter de su trabajo ni busca entregarnos las palabras exactas. Más bien intenta transmitirnos el efecto que esas palabras produjeron en él” (Sillato, 1995: 7).

[9] “Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir el sol sobre malos y buenos y llueve sobre justos e injustos” (Mateo: 5: 45).

[10] Theosis o deificación, de acuerdo con el misticismo cristiano, es un proceso que consiste en la unión con Dios a través de tres etapas: la vía purgativa, purificación o katharsis; la vía iluminativa, visión de Dios o theoria; y la vía unitiva o theosis.

[11] (“exergo”, 1984-1985: 173-174).

Imagen: “Desde el otro lado” de Guillermo D ¨Anna 

 

PROBABILIDADES Y OTRAS MINIFICCIONES

DE UN HOMBRE DIMINUTO

Ricardo Bugarín

 

 

PROBABILIDADES

 

A veces la satisfacción no me alcanza como no me alcanza el dinero o los beneficios de una dieta. Debo intentarlo de nuevo y si no resulta, ser reincidente. Puede suceder que, de lo contrario, me canse y decida detenerme antes de llegar a la meta. Puede suceder, entonces, que la satisfacción, el dinero y el beneficio de una dieta se me tiren encima y disminuyan toda mi entereza. Ante tales resultados debo recordarme que las probabilidades no son muchas y que las cosas suceden a veces pero, a veces. También me suele ocurrir que, a causa de un músculo rebelde, pego una patada involuntaria, me doy contra la pared y me caigo de la cama.

 

HOMBRE QUE HUYE

 

Hay un hombre que huye. Lo hace de una manera despavorida. Sabemos que huye de su propia sombra. No queremos distraerlo de ese intento fugaz pues sabemos que pronto vendrá la noche. Tal vez entonces, se detenga. Tal vez cambie de actitud y se reconcilie consigo mismo. Por lo pronto ha alcanzado tanta ligereza que vemos que se pierde en el horizonte. Tal vez no se pierda sino que cruce la línea del horizonte y del otro lado de ese umbral vuelva a encontrarnos viéndolo pasar y con el deseo intacto de no distraerlo de su aciago destino.

 

PROCURARSE LA CALMA

 

Debajo de la cama me encontré arrodillado. Me pareció extraño verme en esa situación. No soy de los hombres que se ocultan y muchos menos debajo de una cama. Verme cara a cara debajo de un colchón es una experiencia extraña. Mucho más extraño es advertir que esa no es mi cama, que esa no es mi habitación, que esa no es mi casa, que esa no es mi ciudad. Alguien debe estar soñándome o yo me he extraviado por motivo de una distracción. En algún punto radica el problema y en otro, estará la solución.

 

PRÁCTICAS PRIVADAS

 

Usted se detiene en sí mismo. Se libera por unos instantes y comienza un trayecto que va desde el cerebro reptil a los extremos subcutáneos de sus pies (no digamos hasta la punta de sus uñas porque eso está muy trillado y esto es otra cosa). Va encontrando sorpresas. Algunas le agradan, otras no. Hay momentos adiposos y otros laxos. Algunos hallazgos emocionan por su estado de conservación. Otros acongojan pero, son disimulables. Después de un tiempo prudencial de recorrido, junta todo y vuelve a colocarlo en el envoltorio original. Limpia los enseres del desayuno y, como buen hombre que es, se marcha a su trabajo.

 

OTRO INTENTO

 

Con un té voy a aflojar la pesadumbre que se ha adherido a mi vida. Intenté con tenazas, pinzas, escalpelos pero, nada funcionó. Polvo para lavavajilla, destapa cañerías y azufre diluido en bencina, no fueron de ayuda. La pesadumbre se obstina en perdurar, en señorearse por mi vida y mi persona. La he visto probarse mis mejores trajes y admirar con deleite mi calzado. Supe, también, que le ha enviado notitas pecaminosas a mi mujer y confidencias falsas a mis compañeros de oficina. Ahora, para el momento del té se precisa una concentración cuidadosa. Es muy necesario todo el silencio del universo y una fuerza de voluntad casi sobrehumana. El problema es que parece que, a último momento, la voluntad se ha ido de vacaciones.

 

SUEÑOS

Tengo sueños capilares. A veces son subacuáticos pero, generalmente, son rizomas texturados ascendentes que se enredan en tu garganta. No te lo comento pues temo que te asustes y decidas abandonar el aljibe. ¿Cómo contarte que a veces sueño con un transatlántico?, ¿cómo confesarte que un buque fantasma anda orillando nuestras costas?, ¿cómo decirte que he visto a un náufrago del otro lado del brocal que nos circunda?. Te parecerá que alucino, que tal vez comida en descomposición ha producido mi febril estado o que una pesadilla de infancia está golpeando mi presente. De todos modos estos sueños ya no me desvelan, no me atemorizan, se destiñen con el cloro y he descubierto, finalmente, que se vuelven inofensivos.

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Entre abducciones y tatachinole:

La increíble epopeya cósmica de Torcuato López.

Waldo Contreras López

 

-los extraterrestres existen, pero nadie lo cree - dice mi padre mirándome directamente a los ojos, después de dar un largo trago a su cerveza. Los invitados se han ido, la fiesta terminó. Apagué el aparato de música con paciencia, apelando al alcohol para resistir la dialoga repetitiva de este hombre.

Desde que se volvió anciano, siempre da con el tema agarrándome a la bajada como el recipiente de sus fantasías. Hace una hora, todos sus amigos y algunos de mis familiares se rieron de él, como siempre lo hacen cada que este hombre de conductas erráticas y amargadas, intenta contar lo único importante que supuestamente le ha pasado en la vida. Raro que se ponga triste cuando se burlan, pero hoy, la cosa es diferente. Yo, ya no me río de él; yo mejor lo escucho porque sé que ya está cerca de morir y entiendo que sus afanes cósmicos son para él un legado que no se debe dilapidar. Pero, resulta difícil no reírse; resulta imposible creer que este hombre no está diciendo mentiras. De hecho, a su colección de historias extraterrestres les tenemos un nombre, como si fueran parte de una colección tipo Howard Phillips Lovecraft; porque así como este escritor norteamericano tiene sus Mitos de Ctulú, mi padre, tiene sus Cuentos del Ovni que hizo: !Bum!, les titulamo así a sus sagas porque, antes de contar una nueva experiencia del tercer tipo, siempre abre con este relato que le aconteció en su juventud, allá por la sierra de Cosalá. Siempre nos lo cuenta, para abrir el telón, como requisito ineludible para después ilustrarnos, detallada y documentada mente como todo buen investigador del fenómeno OVNI, con las peripecias de su última incursión en el mundo allende al espacio. Es un aferrado admirador de Jaime Maussán y pertenece a un club cantinesco de abducidos por extraterrestres. Esto último es lo que más hilaridad nos ha causado. Nos cuesta trabajo entender, con la seriedad que exigen los creyentes de estos fenómenos estrambóticos, que nuestro padre, con tan pocas aspiraciones académicas, sin ninguna religión que lo traumara y con una vida total entregada a la vagancia y al vicio, pierda el tiempo, que bien puede ocupar en cosas productivas, en estas reuniones semanales con sujetos de su misma índole creyendo todos que de verdad son contactados por entes de otros mundos y, más aún, que fueron seleccionados todos ellos para una misión específica en el planeta.

Mi madre afirma que solo se reúnen a fumar o inhalar drogas raras relacionadas con wixáricas y que los mentados extraterrestres no son otra cosa que homosexuales disfrazados de mujeres. Cada que mi padre dice: "otra vez tuve un encuentro cercano del tercer tipo en mi sueño", mi madre le contesta: "ha de ser del tercer sexo, no te hagas pendejo. A tu edad, bien dice el dicho: después de vejez, viruela. Ahora te han de gustar los jotos". Pero, a pesar de las burlas y desvirtúos contra sus experiencias inspiradas desde el cosmos, este hombre no ceja en el empeño de sus especulaciones astronómicas y comienza, sin darnos la oportunidad de salir corriendo, a repetir la historia del OVNI que hizo "!bum!". Si algo debemos de admirarle los que le hemos escuchado esta historia desde tiempos inmemoriales, es el hecho de que su relato traumático jamás varía ni en el tono, el aura de misterio, el dramatismo, las pausas, sonidos incidentales y palabras; estoy seguro que si lo pusiéramos a escribir el mismo evento cada semana, ni en una simple coma le variaría la narración. Ahora se encuentra apesadumbrado, si señor. Ahora habla más en serio que nunca. Me dice que un ente con formas de mujer conocido por todos los abducidos con el nombre de Akeya, de ojos enormes, asiáticos y oscuros, con rostro de rasgos asiáticos y cráneo dolicocéfalo, cabello blanco y espeso, labios pequeños y sensuales que se comunican sin moverse, le ha dicho que ha llegado la hora de iniciar la misión. En la mirada de mi padre hay un brillo de navegante sin regreso, un reflejo de emoción adornado con parpadeos de despedida. Dice estar profundamente enamorado de ese homínido inteligente y que está decidido a partir con ella ya que mi madre lo ha tenido abandonado en su lecho nocturno desde que éramos apenas unos chiquillos. No me burlé abiertamente con la risa de siempre; solo le toqué la frente simulando tomarle la temperatura, serví más cerveza y le pregunté:

-¿y ya te la cogiste?

Me contestó que me fuera a chingar a veinte, que Senyáse, nombre verdadero de este ente mujeril y que solo los íntimos tienen derecho a pronunciar, es tan real como el moco que traigo prendido al borde de la nariz, me espeta con tristeza que ya esperaba de hecho que nadie le creyera y que siempre ha sabido que lo tiramos de loco cada que se pone a hablar de esto. Vaticina que al mundo nada bueno le espera; que está a punto de azotarnos una pandemia de gripe murciélaga que nos exterminará; que esta pandemia la crearán los Chinos, descendientes directos de los pleyadianos, raza humanoide al servicio de los reptilianos, cuyos ascendientes hoy controlan el mundo por medio de las coca-colas, las sabritas, el pan bimbo, los chocolates emanems, las hamburguesas y pizzas sintéticas, la salsa de soya y el internet; me dice que todas estas armas químico-biológicas y electromagnéticas de lenta, pero contundente evolución perjudicial, fueron diseñadas para debilitar a los tercermundistas de nuestra generación, volviéndonos a todos, además de pendejos y buenos para nada, en las principales víctimas mortales de un mal creado a partir del ADN de los quirópteros, organismos terrestres que heredaron su forma de los antiguos habitantes de la cuarta vertical, universo destruido accidentalmente por el nacimiento de un hoyo negro provocado por los experimentos que hizo la mente heredera del gran Stephen Hawking, uno de los antiguos líderes del bloque reptiliano que controló cuando vivía, desde su silla eléctrica y un teclado de contacto dactilar, los asuntos del espacio profundo; El gran Hawking y su mente poderosa, cuenta mi padre, es en realidad un pensamiento sin sustancia que tomó el cuerpo de un humano hasta deformarlo haciendo creer a todos que fue un inválido muy inteligente que aprendió a comunicarse de la misma forma en que se comunican los delfines o su amada Akeya, llamada por los íntimos, Senyáse.

Lo escuché pacientemente hasta que terminó su relato, pero hubo momentos en que me dieron ganas de darle una bofetada para que dejara de delirar de esa forma; mejor ya no le refuté nada y me abstuve de burlarme de sus truculentas explicaciones sobre el fin de la era humana y el ascenso de una nueva civilización. Al fin, después de guardar silencio un largo rato, me mandó por otras seis bud light de litro y, mientras se buscaba el dinero dentro de las bolsas de la camisa, murmuraba: "ya verás, turica, la chinga que les van a parar dentro de un año; su sorda ignorancia los asfixiará por la terquedad de seguir envenenándose con esa droga llamada azúcar y ese polvo blanco extraído del caldo primigenio"

Antes de salir a la calle, me dijo con una sonrisa: "Que se acabe el mundo pero no la cerveza, al cabo a los viciosos ni gripa nos da, ¿verdad, mi'jo?" y soltó una risa llena de burla, como de demonio recién fugado de la casa de los locos, una larga y sardónica carcajada parecida a la del Desalmado Mink, acérrimo rival de Flash Gordon, y responsable de perversas y tiránicas maquinaciones destructivas contra nuestra lastimada madre tierra; me provocó mucho y miedo los pelos de la nuca se me erizaron y la panza se me puso más helada que la cola de un pingüino; lo dejé solo con su escándalo insano y me encaminé por las cervezas a toda velocidad, tratando de sacar de mi cabeza la mala impresión que me causó. Fue la última ocasión en la que habló de esa forma tan minuciosa y vehemente sobre el tema.Esa noche, tuve una pesadilla bastante extraña. Soñé que unas naves parecidas a los drones de juguete que usa mi vecino para grabar fiestas de quince años y bodas, estaban destruyendo el planeta, o al menos la colonia donde vivimos. Todos los vecinos salían de sus casas, gritando como locos y apuntando hacia cierto punto del horizonte mientras los drones chamuscaban con rayos a todo aquel que estuviera parado bajo un árbol. De repente, un estallido estremeció todo y de un cerro lejano, salió volando una nave gigantesca en forma de puro; todo quedó iluminado bajo una luz cegadora; luego, el gigantesco crucero intergaláctico se posó sobre nosotros y empezó a secuestrar al que anduviera en la distraída o de curioso, elevando a muchos por medio de un haz luminoso color rojo. En medio del terror vi a la vecina, de quién siempre he estado enamorado, salir volando de su casa totalmente desnuda, dejando ver todos los pliegues, montes, cimas, oquedades y pelos que siempre desee; en un arranque romántico y heroico, estuve a punto de meterme bajo el haz rojo para ir tras ella cuando, de improviso, una portezuela se abrió y por está se asomó una mujer muy delgada, alta, ojos oscuros en forma de avellana, rasgos andróginos, cara alargada, cabellos blancos y muy parecida a Sigourney Weaver quien me dijo, sin mover los labios y con una voz parecida a la de la mujer que controla el tráfico desde el google maps, que aún no era mi momento, que mi padre, ahora nombrado Faltoyano, había intercedido para que yo no fuera unos de los ciento cuarenta y cuatro mil que serían elevados a la salvación para luego, ser re sembrados y construir así, el nuevo orden mundial; agregó, ahora con un acento helado como de grabación telefónica, que yo debía preparar el planeta para su regreso y que tendría que soportar el renglón oscuro de la era pos-humana. La puerta se cerró y el ingente puro mecánico comenzó elevarse silenciosamente mientras una música como de videojuego sonaba dentro de mi cabeza; al fin, se esfumó en medio de ese mismo sonido de explosión que la hizo aparecer; antes de que terminara de escucharse el eco que dejó la nave nodriza, me aventuré en preguntarle su nombre de manera telepática, mi sorpresa fue mayúscula cuando la mamarracha contestó con ese acento de computadora: "soy Akeya, aquella a quien tú padre ama" Le menté la madre a la tripulante de otros mundos; luego, grité con todas mis fuerzas el nombre de la deseada vecina. Desperté con mi estridente lamento de Tarzán y lo primero que vi fue a mi madre burlándose de mis gritos dirigidos a la hija de su comadre Eloísa y apuntando, con dedo de fuego, hacia la erección convulsa que portaba entre las piernas y le daban a la sábana el aspecto de una enorme carpa de circo. No me importaron las burlas de mamá y salí en trusas a buscar a mi padre para contarle que había soñado al OVNI que hizo ¡Bum! y a su amada extraterrestre. No lo encontré en su cuarto, no lo encontré en el baño, no lo encontré en la cocina, no lo encontramos ni en el expendio de cerveza. De hecho, no lo encontraron hasta año y medio después, sobre el camino de terracería de un poblado llamado paralelo treintaicuatro, buscando a la orilla del sendero pedregoso y enlodado una hierba llamada tatachinole para curarse las hemorroides que le provocaron, según contó a medios periodísticos, las múltiples violaciones de las que fue objeto por parte de una pandilla de extraterrestres habitantes de las pléyades, cuadrante espacial cercano a la constelación de Orión. Traía un extraño aparato amarrado en rededor de la cintura. Cuando los médicos le preguntaron qué chingado era ese extraño colguije, les contestó, con un gesto de vergüenza, que es una sonda que los extraterrestres le metieron en el culo para hacerle análisis de ADN y de esta forma, saber si su factor sanguíneo era compatible con el ADN de la líder del grupo de rebeldes cósmicos, una mujer llamada por todos Akeya, pero por los íntimos, Senyáse. El plan de la homínida, según la crónica periodística, era crear un híbrido humanoide capaz de destruir a los líderes reptilianos. Todo salió mal cuando se dieron cuenta que mi padre tiene sangre O-RH positivo, es decir, sangre universal y la sangre del universo no es compatible con los pleyadianos, pues estos son más antiguos incluso que el mismo universo. La noticia fue difundida hasta por televisión y el controvertido reportero Jaime Maussan le dedicó varios programas en sus emisiones nocturnas de Los Grandes Misterios del Tercer Milenio; en pantalla, mi padre gritaba sonriendo, a bordo de una ambulancia, hacia las cámaras de televisión: "ora, pinche Leopolda, para que veas! Decías que mi sangre la llevan en las venas hasta los perros; ¡mira ahora! ¡Es factor de interés extraterrestre!" Maussan informó, a voz de mi padre, de quién se hizo amigo entrañable, que los raptores celestiales lo abandonaron a las orillas de la carretera Mazatlán-Tepic y que el pobre trotamundos cósmico tuvo que caminar por toda la costa alimentándose de ostiones, cangrejos, y uno que otro pescado podrido, hasta llegar a la ciudad de Eldorado. No fue por el hecho de que se ventilara su aventura en cadena nacional ni por el sueño aquel que tuve horas antes de su desaparición; le creí al fin su historia de la abducción gracias a la sonda; científicos expertos en aleaciones metálicas describieron que el material con el que se diseñó este objeto anal, no ha podido ser identificado ni por los científicos de Vladimir Putin. De hecho, recibí una carta de la embajada rusa en donde, la sociedad de ingenieros genéticos de Moscú, afirman que el ADN encontrado en los restos de caca pertenece a mi padre y que además, un ADN desconocido hasta entonces por la ciencia humana, aparece ente las ranuras del raro instrumento quirúrgico; también afirman, en uno de los apartados del grueso expediente, que mi padre ha sido el último de los ciento cuarenta y cuatro mil abducidos hasta ahora y que su tipo de sangre lo hace resistente a todas las enfermedades que han flagelado al género humano, incluida la viruela, la peste bubónica, la gonorrea y la gota de marinero o putrefacción espacial, vulgarmente conocida por los médicos como sífilis. Hoy, este hombre objeto de la ciencia, ya es otro. Ya no cuenta su historia del OVNI que hizo ¡Bum! y solo se dedica a gastar el dinero que la comunidad científica de Rusia le deposita en su cuenta bancaria cada mes. Posterior a los sucesos, ya solo plática de amores imposibles y de la pérfida Senyáse. No está de ninguna manera triste. Celebra que todo haya por fin terminado porque a lo único que le temió tanto tiempo fue a la posibilidad de que lo internáramos en un manicomio. Me muestra un poema que le escribió a la revolucionaria de las pleyádes y me manda por más cerveza. Por las tardes, en vez de contar historias de ciencia ficción, nomás se pone a cantar, hasta quedarse sin voz, un poema bien raro titulado La Canción Del Elegido.

Solo se queja cada cierto tiempo de un dolor intenso en el ano. Él dice que este padecimiento lo tortura cada eclipse lunar o cada que hay lluvia de meteoritos y que se vuelve insoportable cuando el culo se le pone como un clavel totalmente florecido pues la marca de la sonda se recrudece cada que venus se acerca, de manera muy coqueta, a los cuernos de la luna. Para estos eventos inflamatorios agudos y a recomendación de su amada ausente, siempre tiene la alacena repleta de raíces de tatachinole, hierba importada por las casualidades del cosmos y a manera de polvo estelar desde el cuadrante cercano a la constelación de orión hasta nuestro bello planeta. Mi padre dice que rebautizó la hierba, en memoria de los sucesos y el futuro oscuro que le espera a la humanidad, con el nombre de: El Beso de Akeya para Faltoyano

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ALFONSO BREZMES

Traduction par Miguel Ángel Real

 

 

 

 

LOS PUNTOS INVISIBLES

 

Desconfío de las rectas:

van a donde quiero ir,

no por donde quiero ir.

Solamente cuando tardo

porque entro en el paisaje

logro ver los puntos que lo unen;

solo cuando me demoro

en la senda que me lleva

logro saber a dónde voy.

 

A cierta altura del camino

el por dónde es importante:

Ítaca —ya lo sabemos—

se desvanece al llegar.

 

 

 

LES POINTS INVISIBLES

 

Je me méfie des lignes droites:

elles vont là où je veux aller,

et non par où je veux aller.

Seulement quand je m'attarde

car je rentre dans le paysage

j'arrive à voir les points qui le relient;

seulement quand je prends mon temps

sur le sentier qui m'emmène

j'arrive à savoir où je vais.

 

À une certaine hauteur du chemin

le par où est important :

Ithaque -on le sait bien-

s'évanouit dès qu'on y arrive.

 

 

VENGA A NOSOTROS

 

Caigan tus ojos en mí,

como cae el cuchillo en el pan

para partirlo.

 

Hágase en ti mi palabra,

como se hace el verbo en la lengua

para dejarla encinta.

 

Venga a nosotros la sed,

como viene el dolor al mundo

para salvarlo.

 

 

 

QUE VIENNE A NOUS

 

Que tes yeux tombent sur moi

comme le couteau tombe sur le pain

pour le couper.

 

Que ma parole soit en toi

comme le verbe est dans la langue

pour la laisser enceinte.

 

Que la soif vienne à nous

comme la douleur vient au monde

pour le sauver.

 

 

(De SED, ed. Renacimiento, 2020)

 

LA CASA SIN PUERTAS

Homero vio a Dios:

esa fue la causa de su ceguera.

Borges leyó a Homero,

y en sus hexámetros las naves

surcaban el mar para llevar el sol

hasta el ciego horizonte de sus ojos.

Yo he leído antes a Borges

y otro me lee a mí ahora.

 

Así viaja la luz

por esta casa sin puertas

cuyos muros son palabras:

iluminando unos cuartos

tras dejar otros a oscuras.

 

 

LA MAISON SANS PORTES

 

Homère vit Dieu :

ce fut la cause de sa cécité.

Borges lut Homère

et dans ses hexamètres les vaisseaux

sillonnaient la mer pour emmener le soleil

jusqu'à l'horizon aveugle de ses yeux.

J'ai lu Borges autrefois

et à présent un autre me lit.

 

C'est ainsi que la lumière voyage

dans cette maison sans portes

dont les murs sont des paroles :

illuminant quelques pièces

après en avoir laissé d'autres dans le noir.

 

 

(de ULTRAMOR, ed. Renacimiento, 2020)

 

 

 

PARAÍSO EN OBRAS

 

¿Subes?

Me he calzado las botas de siete leguas

y aún hay sitio en mi viejo zurrón

para algún animal extraviado.

 

Tenemos todo el tiempo del mundo

para perderlo en relojes que atrasan;

conocemos la mecánica del desgaste,

el óxido de las buenas costumbres,

la solidificación de los días idénticos;

las palabras gastadas ya las sabemos.

 

Te ofrezco el azar, lo que tiembla

dentro del corazón de los niños,

unos pocos momentos fugaces

de algo parecido al amor y un pack

de una estancia para dos en mis sueños.

Te entrego la incertidumbre, la víspera,

lo que aún no está aquí,

lo que no tiene sombra,

el fruto del árbol del Bien y del Mal,

la trampa exacta del nosotros.

 

Sube:

perderemos juntos el paraíso.

 

 

PARADIS EN TRAVAUX

 

Tu montes?

J'ai chaussé mes bottes de sept lieues

et il reste de place dans ma vieille gibecière

pour un quelconque animal égaré.

 

Nous avons tout le temps du monde

pour le perdre dans des horloges qui retardent ;

nous connaissons la mécanique de l'usure,

la rouille des bonnes manières,

la solidification des jours semblables ;

les mots usés on les connaît déjà.

 

Je t'offre le hasard, ce qui tremble

dans le cœur des enfants,

quelques rares moments fugaces

de quelque chose qui ressemble à l'amour et un pack

d'un séjour pour deux dans mes rêves.

Je te livre l'incertitude, la veille,

ce qui n'est pas encore là,

ce qui n'a pas d'ombre,

le fruit de l'arbre du Bien et du Mal,

le piège exact que nous sommes.

 

Monte :

nous perdrons ensemble le paradis.

 

(De Vicios ocultos- Ed. Leviatán, Buenos Aires 2019)

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HÉLÈNE RÉVAY

Poemas del libro Poèmes sous-vide, Ed. Unicité, 2019

Traducción de Miguel Ángel Real

 

 

Eh quoi ?

 

Mourir selon les rites,

vivre selon l'usage,

s'enorgueillir de désespoirs.

 

Pour se réveiller un matin

dans un champ de mines

et sentir le charbon,

des aisselles aux cheveux?

 

Je ne vivrai pas cet ordre,

selon lequel on soupèse,

minutieusement, et gâte sa vie.

 

Où l'on perd sa raison,

à la rationner,

à sentir dans les soirs,

ce vent de misère.

 

À perpétrer le sort,

et n'y voir qu'un destin.

 

 

 

¿Y qué?

 

Morir según los ritos,

vivir según el uso,

enorgullecerse de desesperaciones.

 

¿Para despertarse una mañana

en un campo de minas

y oler a carbón

de las axilas al cabello?

 

No viviré en este orden

según el cual uno sopesa,

minuciosamente, y malgasta su vida.

 

Donde se pierde la razón

por racionarla,

sintiendo en las tardes

ese viento de miseria.

 

Por perpetrar la suerte

viendo solo un destino.

 

 

 

 

 

Je ne te demande pas de croire,

je ne te demande pas d'oser.

 

Ni d'avoir au bord du coeur,

le privilège des larmes.

 

Et dans la bouche,

l'orgueil d'un soupir.

 

Je ne demande pas

à l'absence de paraître.

 

Ni à quiconque de choisir,

entre le vent et la pluie,

la soif ou la misère,

l'assiette ou la tablée.

 

 

No te pido que creas,

no te pido que te atrevas.

 

Ni que tengas al borde del corazón

el privilegio del llanto.

 

Y en la boca,

el orgullo de un suspiro.

 

No le pido

a la ausencia que aparezca.

 

Ni que alguien elija

entre el viento y la lluvia,

la sed o la miseria,

el plato o la mesa.

 

 

 

J'aurais pu naître heureuse,

poète et comblée.

 

Et voir se flétrir les jours,

selon ma diligence.

 

Savoir la fin à l'avance.

 

Et tout ça sans en être

un instant affaiblie.

 

Et connaître le destin

dans une suave cruauté.

 

Comme j'aurais pu lasser ton coeur

par des chants opportuns.

 

 

 

Hubiera podido nacer feliz,

poeta y colmada.

 

Y ver los días marchitarse,

según mi diligencia.

 

Saber el final por adelantado.

 

Y sin que todo eso me dejara

sin fuerzas ni un instante.

 

Y conocer el destino

en una suave crueldad.

 

Como hubiera podido cansar tu corazón

con cantos oportunos.

 

 

 

Marcher l'absence,

dans les rayons nus de Septembre.

 

Dans le désert, encore,

murira le poème.

 

Et les pensées,

dans le ciel cimenté.

 

Sur les chevaux électriques,

exploseront les crânes.

 

J'aimerais tant vivre,

dans le feu du soleil,

l'inlassable été.

 

Caminar la ausencia

en los rayos desnudos de septiembre.

 

En el desierto aún

madurará el poema.

 

Y los pensamientos,

en el cielo hecho cemento.

 

En los caballos eléctricos

explotarán las calaveras.

 

Quisiera vivir tanto,

en el fuego del sol,

el verano incansable.

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