Daro Soberanes

Daro Soberanes

Daro Soberanes


(Ecatepec, Estado de México) Ensayo, teatro y poesía. Segundo integrante de La Deslealtad. Autor de «1854», «Las esfinges» y «La soga». Coordinador de “EJECATL, Poetry Slam Ecatepec”. Editor del sello Burroughs Editorial.

Sábado, 23 Marzo 2019 07:08

LA LEYENDA DE MELUSINA / Daro Soberanes /

 

 

LA LEYENDA DE MELUSINA

Daro Soberanes

 

Capítulo que trata cómo la deslealtad es una primera desilusión que se vuelve un discernimiento.

 

Raymondin, Conde de Lusignan, juró la promesa que su futura esposa Melusina le pidió: nunca visitarla en su habitación en días sábados, ni siquiera mirarla, y preguntar jamás el porqué.

La vida le dio alegrías al matrimonio Lusignan, tantas como estrellas sobre los alcázares de su castillo. Sin embargo, pasado el tiempo, al conde lo socavó la sospecha. En un día negado escondiose Raymondin tras un tapiz para espiar a su mujer. Entonces la miró. Bañándose estaba la Melusina en una tinaja de laca, peinaba sus cabellos como hacía habitualmente, pero ahora éstos parecían verdosas algas; y vio Raymondin que de cintura para abajo —oh estupor— en lugar de dos piernas tenía Melusina una gran cola de serpiente. En aquel momento el conde no albergó ningún horror, sino una gran desolación por haber roto el juramento que tan religiosamente había hecho a su esposa. Ella, al darse cuenta sintió también una infinita tristeza marina que oscureció su rostro. Las promesas rotas traen consecuencias perpetuas. Saltó al alfeizar de un postigo, miró por última vez a su esposo y, tras batir unas alas de murciélago, se alejó volando del castillo de Lusignan.

El relato lo reescribí a partir de la leyenda popular francesa del hada Melusine. Esta historia, aparte de hipnotizar por la categoría muy alta, ideal, de las visiones medievales (queda uno hechizado al conocer al hada), ilustra la culpa de la abjuración a grados superiores. A la decepción se actúa en consecuencia con el abandono. Si los seres humanos (e incluso Dios) perdonan, las consortes que son hadas, no. «Sí, es la mujer perdida. La que canta en la imaginación del hombre, pero también será la mujer recuperada», escribe Bretón en una nota a pie de página de la novela Nadja, novela donde yo conocí a Melusina. ¿Recuperada? No, André. A menos que, iluso, escribas poemas lamentando la ausencia de aquella quimera y entonces sí, en versos ingenuos, la “recuperes”. Melusina no es como nosotros, su palabra orbita sobre sus actos, ¿por qué tendría que perdonar ella como hacen los hombres y las mujeres, si no es ni lo uno ni lo otro?

Se dice, se cuenta, se rumora, que Raymondin rompe su promesa por la sembrada convicción —falsa— de la existencia de un supuesto amante del hada. Todas son percepciones irracionales, están fuera de contexto, pero eso no hace ninguna diferencia. Aquel que ha sido visitado por la lengua hendida de Yago, ya no se detendrá hasta confirmar [imposible] la mentira. ¿Dónde nace esta duda-afirmación? ¿Qué veneno es el alimento de todo esto? Como siempre: la conciencia depende. Las señales aparecen —nunca mejor dicho— en la variación de la conducta de quien será inculpada. Cambiar de horarios; vestirse distinto; evitar, o, por el contrario, acercarse a determinada circunstancia; tener otro ánimo; hacer cosas quiméricas, que en el caso de Melusina es llana y sencillamente encerrarse en su habitación todos los días sábados. Cada una de estas señales activa una imaginación negra, un celo indeciso, que se convertirá en hoguera de delirios. ¿Cómo culpar, nosotros, a Raymondin, si la elevación en la lealtad es menos humana que la concreción de la deslealtad?

En la única novela que escribió Breton hay varios dibujos del hada hechos por la propia protagonista Nadja. En mi concepción del mundo nadjiano, la locura de la francesa (personaje y mito: Nadja) es semejante a la condena de Raymondin abandonado, también francés: Melusina enamora, pero es un amor —a la manera que menciona Ortega y Gasset en las facciones de esta emoción— de enamoramiento por frenesí, “abandonado a sí mismo se irá multiplicando hasta la extremidad posible”. La fisgonería innoble y maldita que cometió Raymondin con su esposa fue inevitable, porque el amor que sintió hacia ella demostró ser obsesivo, frágil, y se hizo enfermizo. El origen desencadena la causa. En cambio, el amor del hada es el amor de un ser extraordinario, es perfecto, es decir: puro. Años antes le ha pedido un pacto de virtud a su esposo. Él lo rompe y ella, en consecuencia, se aleja, es congruente. No hay resarcimiento. O el resarcimiento es el castigo del abandono.

Somos la deslealtad del Conde de Lusignan, personas imperfectas y variables, que hablan de lo maligno “del otro” para justificar conductas propias. No hay un indicio verdadero ni información comprobada de “ese otro”, y sin embargo… ¿qué importa?, ya viviremos engañados. Vivimos.

Pero Melusina no es nuestra igual, no. Ella nos hará pagar la deslealtad. ¡Ah metonimias que están en la vida! La leyenda indica secuencias de una lealtad rota y sugiere la belleza del dolor en un noble castigo. Las palabras que confiesa Raymondin horas después de la partida de Melusina no las sabremos nunca, vivirá errante y en soliloquios por una esposa perdida.

A orillas de aquel mar está siempre un hombre desleal, de sangre azul. Porque, si bien el poblado de los Lusignan no se circunda a una boca marina, las características fantásticas de Melusina nos harán pensar que ella, inmediatamente después de la traición, se retiró al océano limítrofe, como serpiente marina o como sirena medieval, y su cola siempre es de reptil y también siempre es de pez. ¿Un dragón celta?, ¿una sirena para el marino, crédulo y lego? El lugar de autoexilio será el golfo de Viscaya en la propia Francia o en las costas de Chipre, donde también vivieron los Lusignan. La inmensidad y ocultación del mundo marino ante la belleza, inteligencia, gracia y velo de Melusina son una condición melliza provocada por un hombre sin palabra, un hombre sin honor.

 

 

 

[Capítulo V del Tratado sobre la Deslealtad, Burroughs Editorial, 2018]

IMAGEN DE RIMBAUD

 

 

Síntesis del poeta:

Hombre sin alma. Moscón de edad frívola y de afonía imbatible.

 

 

*

 

Ha dominado todo, incluso la ecometría de las bóvedas. Ha envenenado a sus amistades en un idioma exquisito y afable. Ha timado por doquier.

“El tiempo no conjetura el tiempo”, le escribe hace unas horas a Verlaine.

 

Dentro de su canto solista, el brazo se le rompe cada vez que utiliza la confesión como un rubor, que ensaya. Ha asistido a todas las asambleas a primera hora, consonante a su rutina.

 

Jean Nicolas Arthur Rimbaud llegará a una edad en que no mojará más su vestido al andar por las riveras del Mosa. No tomará prisioneros en las Ardenas, como soñó algún día.

 

*

 

Ahora monta sobre una virgen editora. En abismo, una cámara fotográfica fija su alegría.

También ahora, los desdentados ancianos redactan ensayos de la imagen de este pequeño Napoleón.

 

AMY  JADE

 

 

Amy Jade

dibuja el ombligo de dios [ausente]

 

trance,

se queda uno [en trance] al onomatopéyico solo de tus entrañas

y la locura es briaga y se sume

 

arqueada

eres terriblemente cándida, Amy

 

oh niña de prado

 

ocular la luna

 

y en la pared de un pedestal la erección apócrifa

y tu boca de micrófono oxford, mujer

negra

 

vuelve aliento-bastidor mi amor

 

de esta piedad sedúceme tu vicio estrepitoso

puesto a la indulgencia absurda

 

oh reina Winehouse

árdeme

entre tus piernas una mariposa

azabache violácea de cabeza de coatlicue y de vientre alcatráceo escurre

 

benditos los sustantivos que se vuelven exentos

y bendita la consecuencia que se vuelve burda llorona esfinge rosario cascada en trago

 

1983-2011

Amy Jade    electra

Amy Jade    antígona

Amy Jade    circe

beehive

y pinchazos infames en tus pómulos, tus inocentes pómulos

 

sonro a tus absolutos pómulos, infestados en corro

 

 

Eusebio Ruvalcaba: Epílogos a la siesta de un fauno.

Daro Scarfé

Yo simplemente escribo porque tengo necesidad de contar, tengo necesidad de decir lo que se cuece adentro de mí y que tengo que sacar a la luz: tantos individuos que tengo entre pecho y espalda, tantas situaciones. Para mí es un deleite escribir, armar las oraciones, pulir las palabras, darles a los periodos gramaticales el acabado exacto. Todo eso para mí es una fuente de felicidad espiritual, lo seguiré haciendo. Ignoro si tiene alguna importancia la novela o el cuento. Pero yo tengo que hacerlo.

Octubre, 2016

El 7 de febrero pasado murió Eusebio Ruvalcaba. Aquel día —y noche— de su muerte, Eusebio tal vez ya no tuvo conciencia clara para saber que aquella mañana —y noche— era consagrada por los antiguos romanos al dios guerrero Marte. O tal vez sí lo supo antes de la fatalidad. Tal vez ahí, dentro de esas salas blancas perpetuas, sujetado ya a la muerte, pensó en escribir sobre el dios latino, quien ya le había condescendido morir en su decoroso día —o noche. Vidas paralelas a la manera de la letra escrita por Ruvalcaba. Vidas paralelas. Ambas son (o fueron) de naturaleza bivalente: Marte, señor protector de la pródiga agricultura romana y en contraste, señor fastuoso de la guerra. Eusebio Ruvalcaba, sí, prolífico escritor, pero más prolífico seductor y relator de la musa Euterpe y de su arte consagrado: la Música.

El autor jalisciense halló el recurso de la palabra en la universidad, cuando escuchó a su maestro de Materialismo Histórico, Enrique González Rojo Arthur, en una lectura de poesía. Se dio cuenta que también él podía escribir poemas, le “abrió los ojos” y, en su ignorancia, se dijo “eso es poesía, yo puedo hacer poesía”. Y comenzó a escribir. Aprendió porque esa siempre fue su intención. Sí, un prolífico escritor que amaba —y tenía como primera exaltación— a la Música, él lo dice en su carta a Brahms: “si no hubiera sido por tu arte, mi vida se habría extraviado en el limbo de la abyección”.

A través de la literatura intentó ganarse la vida, lo hizo bien, por supuesto me refiero a la literatura, no a la ganancia. ¿Abordar a la persona, al personaje o al autor? Eusebio casi no delimitó (salvo en lo privado) entre su persona y su personaje público. Su sinceridad era natural y por eso decorosa: “creo que Gildardo Montoya, poeta marginal, se merece más el nobel que mi querido Bob Dylan.” “Cortázar no me gusta, es un bebe. Excepto en El perseguidor”. Hombre gratamente modesto, incluso sabía de las ajenas vanidades ocultas y, que de ellas a la consagración romántica, mundana y elevada solo había un paso: “La vanidad figura en las cartas de los restaurantes majestuosos. Antiguamente, las cartas que se les entregaban a las mujeres en este tipo de restaurantes no incluían los precios. Lo cual pronunciaba la vanidad del caballero”.

Al redactar este rapapolvo en recuerdo de Ruvalcaba, me pregunté qué tan pertinente sería hablar (otra vez) de la diversa y cuantiosa obra literaria del maestro. Lo resolví pronto, otros lectores ya han dado cuenta de eso, mejor, sin duda, de lo que yo pudiera hacerlo.

Lo único ahora en la escritura del narrador, poeta y ensayista a lo que debo aludir es al arte del arte de escribir. Y eso él lo hace de forma diestra —y de forma siniestra. En El arte de mentir, un libro de indagaciones a manera de aforismos y breves ensayos, Ruvalcaba tiene un texto que trata sobre “el arte de lavar los trastes”. El arte de mentir es el arte de vivir. El tópico en sí no es un mito, ni está erróneamente explicado. Es muy claro. El tópico es trivial, baladí, lugar común, frivolidad. Incluso deberíamos considerar usarlo a nuestra conveniencia. Hacer farsa del tópico y tópico de la farsa: “A través de la palabra escrita [fue] que encontré la forma. Eso sí, me sentí cuesta arriba, sobre todo por los temas que a los intelectuales no les interesa. A esos que viven en la Condesa del DF; a ellos no les interesa el arte de lavar los trastes”. El dueño del medio es el dueño del mensaje.

Bivalente apasionado: Música/Literatura (quien incluso descreyó de los géneros literarios, y que además detestaba los cánones, cualesquiera que fuesen) siempre estableció la libertad de entender sus límites: Entre más escribo más me alejo del que soy, y entre más avanza la escritura más me aproximo a mí mismo. Y por eso la Disciplina, que Ruvalcaba llamaría La Vehemencia, La Veneración a la Palabra, era labor diaria, día-noche, noche-día, para él era como beber agua. Es un acto comprobado que escribir y escribir y escribir, depura incluso los sentidos, ya no digamos las emociones. “Aquellos que escriben del arte de la poesía —redactaba Benjamín Franklin en su juventud— nos enseñan que, si escribiéramos lo que vale la pena leer, deberíamos siempre, antes de empezar, formar un Plan y Proyecto metódicos de nuestro trabajo: de otra manera correríamos el riesgo de la incongruencia”. El escritor tapatío no podría negar que la vida y la literatura podrían tomar para bien esta sentencia; cuanto más si la Música ya lo hace desde siempre, Ruvalcaba sonríe y para sus adentros piensa en Brahms.

“Jamás he fijado un Proyecto metódico en la vida —continúa Franklin—, lo cual significa que ésta ha sido una confusa variedad de diferentes episodios. Ahora entro en una nueva vida, dejadme, por lo tanto, tomar algunas resoluciones y adoptar algunos planes de acción para que, de aquí en adelante, pueda vivir en todos los sentidos como un ser racional”. Ruvalcaba escucha las palabras del filósofo y padre fundador de la América imperialista y parece, sí, se convence, que está escuchando hablar realmente a Johannes Brahms. Para el compositor y pianista alemán la pasión no es el estado natural del ser humano, es siempre una excepción o una enfermedad, igual lo piensa Ortega y Gasset, la pasión es un estado patológico. ¿Y Niccolò Paganini, Eusebio? “Cuando el diamante adquiere la forma de un crucifijo, el Capricho desafina. El diamante brilla con luz propia. El Capricho no; su luz proviene del arte del demonio. Cuando se toca un Capricho de Paganini en forma descabellada e irregular, el demonio suelta la carcajada. Tiene una nueva víctima”.

¿Quién no sabe de estas dos caras de la moneda? Lo racional no desacelera los instintos, por el contrario: los depura. ¿Qué es Paganini para Ruvalcaba sino instinto demoniaco y afición noble? El italiano, violinista como el padre de Eusebio, sabe bien que “Los Caprichos no acompañan la entrada al paraíso. Ni al infierno. Acompañan la entrada al alma de quien los escucha”. Paganini y Brahms, dos caras de la misma moneda. La misma moneda que el autor y periodista siempre guardaba en los bolsillos, en la palabra y en la obra. La vida es un desliz, enseña a sus alumnos. Y sentencia: Yo no releo lo que escribo, me siento completamente libre de esas responsabilidades que afligen a muchos autores.

Finalmente, contrario al tópico del artista hedónico súbito y anodino, Eusebio Ruvalcaba nos advierte —porque así lo vivió él— que vocación, instinto y labor rigurosa van entramados mucho más de lo que podamos acaso imaginarnos.  

¿De veras se necesita más para morir? Porque ese riesgo se corre, cuando se escucha esta música sin estar prevenido. Se vale. Es perfectamente válido. Uno no decide ni dónde ni cuándo morir, pero bien puede canalizarse la vida hacia allá. O desviarla, cuando se opta por la pusilanimidad. Mejor educarse para satisfacer el apetito de desfallecimiento que late en cada uno de nosotros.

Daro Scarfé
Abril, 2017

Invitados en línea

Hay 6311 invitados y ningún miembro en línea