Adán Echeverría

Adán Echeverría

Adán Echeverría. Mérida, Yucatán, (1975). Investigador Posdoctoral en el Instituto de Investigaciones Oceanológicas de la UABC. Doctor en Ciencias Marinas. Columnista en el Periódico impreso El Vigía, y en portal cultural La Piraña (https://piranhamx.club/) Premio Estatal de Literatura Infantil Elvia Rodríguez Cirerol (2011), Nacional de Literatura y Artes Plásticas El Búho 2008 en poesía, Nacional de Poesía Tintanueva (2008), Nacional de Poesía Rosario Castellanos, (2007). Becario del FONCA, Jóvenes Creadores, en Novela (2005-2006). Ha publicado en poesía El ropero del suicida (2002), Delirios de hombre ave (2004), Xenankó (2005), La sonrisa del insecto (2008), Tremévolo (2009), La confusión creciente de la alcantarilla (2011), En espera de la noche (2015), Trapacería y fiesta (2017); los libros de cuentos Fuga de memorias (2006) y Compañeros todos (2015) y las novelas Arena (2009) y Seremos tumba (2011). En literatura infantil ha publicado Las sombras de Fabián (2014).

 

 

Nombre: Adán Echeverría

Doctor en Ciencias por el Centro de Investigaciones y Estudios Avanzados del IPN.

Posdoctorante en el Instituto de Investigaciones Oceanológicas de la UABC

Dirección: Calle Isla San Pedro No 1436, entre Isla Tortuga e Isla San Lorenzo, Fraccionamiento Villas del Roble, C.P. 22842, Ensenada, Baja California

Email: adanizante@yahoo.com.mx romeodianaluz@gmail.com

Tel Cel 646 270 4993

 

 

DESTRUIR LAS UNIVERSIDADES.

Adán Echeverría.

No logro entender el pensamiento de aquellos personajes que, dentro de la estructura de una Universidad, (la mayoría de las veces en altos puestos: rectoría, alta dirección, consejo universitario, administración), buscan enriquecerse a costa de la realización de los Proyectos o Servicios que los Profesores Investigadores han desarrollado.

Aparecen las Convocatorias del Conacyt, o de cualquier otro Organismo que busque impulsar mediante licitaciones, el desarrollo de un Proyecto, o la Realización de un Servicio. Los Profesores Investigadores usan su intelecto, su experiencia, para poder desarrollar todo lo que requiera dicha Convocatoria, la Licitación; esfuerzo que no es poco, tiene que surgir de una idea, que se va desarrollando, cumplir con todos los requisitos para desarrollar una Propuesta Técnica y una Propuesta Económica.

Y todo para que el Director del Centro de Investigación, o de la Facultad de dicha Universidad detenga su pensamiento en: ¿Cuánto dinero va a recibir la Universidad? Y lo que es peor, para que comiencen a hacer las cuentas de: "En verdad dime, de lo que has presupuestado, cuánto es lo mínimo con lo que podrías hacerlo". Se trata de mochar los presupuestos de los Servicios o de los Proyectos. Dinero que al final se repartirán entre dichas autoridades, sus familiares, sus amigos con los que siempre buscan tranzar.

Los proyectos, que se vayan al diablo, los servicios que no sean de calidad. Nada importa para estos personajes que tan solo viven la vida en busca de “a dónde puedo irme a pasear con mi esposa”. Lo trágico, y lo hemos observado una y otra vez, es la cantidad de alimañas que viven pegados a dichos presupuestos: Esposa de los Directores, Suegras, Consuegros, Hijos, Tíos, Primos, e incluso amantes de dichos personajes. Todos sacando raja de los presupuestos que el Conacyt puede asignar para la realización de un proyecto.

“El pecado al alma es el pecado más grande”, dicen por ahí. Yo digo que el robar a un colegio, escuela, kínder, guardería, prepa, universidad, centro de investigación, es el peor robo que puedes hacerle a una sociedad, a la humanidad. Destruir el capital de un centro de conocimientos, formador de infancias, juventudes, profesionistas, es el peor robo que un ser humano puede hacer. Un robo en el que pretenden que no pasa nada, que no le roban a las personas, pero le roban al gobierno y entonces su robo es peor, le roban a todos; ésto termina afectando no solo el prestigio de los investigadores, sino a los propios centros de investigación, a las propios colegios.

El estigma de una Universidad o un Centro de Investigación que tiene los precios de sus servicios muy altos, fuera de mercado, o que no cumple con los tiempos que tiene establecidos, o que despide y contrata investigadores y profesores, pensando en tener cómplices y no trabajadores honrados, termina por pasarle factura a las mismas Universidades. Es penoso tener que conocer Directores de Centros de Investigación que la vida apenas se les va en fantasías y sueños respecto de los Millones que quieren ganar año con año, explotando el nombre de las Universidades. Es penoso, pero es muy real.

Ocurre con demasiada constancia. Mercenarios que se presentan a las Universidades con Ideas de Centros de Negocios que solamente funcionan en sus cabecitas locas, y con el que

pretenden engañar a la Comunidad Universitaria, hasta que deja de caer dinero, porque han bloqueado —por sus malos manejos— las oportunidades de los Centros de Investigación ante las Financiadoras Gubernamentales como el Conacyt. Una forma muy fácil de hacerlo, es evitar firmar cualquier documento que hable de dinero. Y esto lo logran haciendo que otros sean los que firmen.

Es una tragedia conocer a estos personajes, que forman parte de Esa Fauna de la Corrupción que se ha ido generando bajo las normas del Neoliberalismo: jode a todo quien puedes, enriquécete, se el cínico que necesitas ser, y jamás sientas remordimiento alguno. Tú eres lo máximo, tú eres el que lo merece todo, usa tu ingenio para engañar a todo el que puedas; si alguien es engañable, no merece que lo respetes, úsalo y destrúyelo cuando tengas la oportunidad; quédate hasta con sus despojos que pueden volverse lucrativos si logras reconocer el negocio y la oportunidad para venderlos también.

Bajo estos ideales es que se ha educado a estos personajes. Educación que las más de las veces ocurre en el ámbito de la política mexicana: brinca de un negocio a otro, miente sin remordimiento, hazte de todo el dinero que puedas, reparte con tus amistades, cállale el hocico a tus enemigos a billetazos.

Así son estos personajes, pintados de pie, y están ahí, en las oficinas administrativas de muchas universidades, en los colegios, sangrando a los profesores, sangrando a los alumnos. Por ello muchos alumnos se suicidan por eso en las universidades corre tanto el acoso sexual sin desenfreno, por eso se venden drogas en los Campus universitarios, preparatorias, secundarias, primarias; a los directivos no les interesan los alumnos, solo el negocio que su inscripción en el colegio representa. Muchos de esos directores solo pretenden obtener dinero y pocas veces se preocupan por el alumnado o la calidad de los Servicios que ofrecen los Centros de Investigación de dichas universidades.

Son una pena.

 

 

compilación de textos de escritores nacidos o radicados en Matamoros,

Tamaulipas en 2019 / PARTE 2 /

 

Beatriz M. Mérida

Beatriz M. Mérida. Poza Rica, Veracruz, 1980. Radicada en Matamoros desde 1995. Licenciada en contaduría. Asiste al Taller Literario del Instituto Regional de Bellas Artes de Matamoros. Ha publicado cuentos y poemas en periódicos de la localidad de Matamoros.

 

 

 

 

Tarea Munchausen

Cierro los ojos y puedo recordar aquella vez que la tuve en mis brazos; su suave olor a lechita agria, los carrillitos tibios, su pequeño cuello que podía sostener con una mano, y el tono rubio en su vellosidad de recién nacida; apenas podía con mi entusiasmo, mi mano libre temblaba. Exhalé profundo y sumergí la punta filosa en el rollito michelín que tenía por brazo. La cantidad exacta de miligramos, no más, el resto es sólo paciencia.

Meses antes, estando de compras me había encontrado un adorno de pared en el departamento de bebés, era la silueta de un árbol con unas manzanas desprendibles; en cada manzana se coloca la foto del bebé y éstas a su vez adornan las ramas del árbol. Era perfecto para mi cuarto.

La nena de los carrillitos tibios era la segunda de mis víctimas y merecía un lugar en el árbol de la muerte.

Por eso cuando el profesor nos encargó de tarea escribir sobre “Dos niñas aparecen colgadas en un mismo árbol”, mi corazón latió muy fuerte, estuve a punto de pararme y salir corriendo.

Estar ahí no era casualidad, pasaba muchas horas en el hospital y el doctor recomendó una actividad ajena a mi servicio como enfermera:

—Es usted muy dedicada pero no puede seguir trabajando tanto; “escritura terapéutica” eso es lo que le recomiendo, inténtelo.

Y aquí estoy, viendo a mis compañeros del taller de escritura frente a mí, que atienden la clase atentos; y yo tengo que poner una mano en mi boca, tengo que cubrirla, no quiero que vean que no puedo parar de sonreír.

 

 

 

Alondra tiene una fobia

Le teme irracionalmente a la sangre y las heridas. Este padecimiento se llama Amicofobia. Pero si tienes la oportunidad de tratarla puedes incluso decir que es una chica normal.

Es sociable por naturaleza y suele saludar con una sonrisa; nunca se olvida de dejar algunos huesos en la banqueta para algún perro callejero y da una buena propina a los señores del camión municipal cuando entran a recoger la basura. Por la tarde, puedes encontrarla en el patio del vecindario o de casa en casa vendiendo productos de Avon. Y si eres “buena paga” nunca se olvida de indicarte las ofertas en el catálogo del mes.

Sin embargo, Alondra tiene un secreto. Su padecimiento se remonta a su niñez, de muy joven fue testigo del amor que se prodigaban sus padres y es que sus padres desde la primera mirada se amaron mucho. Pasaron más de 8 años juntos, pero ninguno de ellos fue un año aburrido: es verdad que hubo desacuerdos, pero también hubo reconciliaciones; alguna vez hubo peleas, pero también hubo pasión; claro que hubo rasguños y bofetadas, pero nunca se perdió la ilusión; había empujones, pieles rasgadas, moretones, la vida, la muerte; pero todo esto aderezado siempre de amor. Sin embargo, nada es para siempre y hasta lo bueno acaba.

Una vez el padre dejo de asistir a sus tormentosas noches. Y la madre, con la esperanza penelopesca en aquella interminable oscuridad, se esforzaba por mantener despierta a Alondra para que alguna de la dos oyera los portazos que daría el buen hombre anunciando su llegada.  Alondra no siempre lograba mantenerse despierta y entonces la madre la animaba a empujones, moretones y si hubiese sido necesario, la muerte. Pero al fin llego la muerte de la madre antes de acabar con la hija.

Desde entonces Alondra que ahora vive sola, no puede resistir el menor rasgullo en su persona sin sentir náuseas, mareos y unas ganas incontrolables del desmayo. La sangre, aunque sea ajena le produce un hormigueo salvaje en la piel y los moretones varias veces han estado a punto de hacerla gritar descontroladamente. Sin embargo, desde hace varios meses su problema es otro y tiene nombre: La señora Dolores.

Dolores Aldape le debe varios productos que no ha querido pagar. Y cuando raras veces Alondra la confronta, se atreve a difamarla diciendo que vende cremas que queman la piel y que está mezclando cosas extrañas a las lociones para realizar un envenenamiento hipoalergénico con el fin de eliminar al vecindario entero.

Alondra, que al respecto se mantiene callada y discreta decidió que hablara conciliadoramente con la señora Dolores. Pero mientras toca la puerta, la señora que la ha visto por la ventana la va a recibir con una bofetada.

Lo que Dolores no sabe pero que a ustedes lectores se los aviso, es que Alondra acabara por estallar. Y esta noche, provocada por Dolores, Alondra enfrentara sus miedos en un desahogo que acabara en una fiesta de sangre y desmembramiento. Pero para aquellos lectores que puedan tener Amicofobia hasta aquí relato los hechos.

 

 

 

La flaca

Con el café apenas me mojaba los labios con tal de verla. Entrar a esa cafetería gourmet todos los días era un lujo que no me podía dar siendo un estudiante que apenas tenía para irla pasando. Pero ver a la flaca paseándose por todo el salón, bien valía la pena, aunque tuviera que fingir por un momento, que no me interesaba su faldón rojo moviéndose de un lado para otro, subiendo las escaleras rumbo a la segunda planta de la cafetería, o el discreto bamboleo de sus pechos mientras bajaba a brincos con un trapo en la mano después de limpiar una mesa. Me gustaba todo de la flaca, sus ojos grandes e inquisidores que parecían dispuestos a desenredar todos mis secretos incluso en un ejercicio tan sencillo como era tomarme la orden; su cabello corto despeinado que le permitía mostrar con descaro un cuello esbelto y unas clavículas muy marcadas, yo no necesitaba mucho, ver la desnudez de sus clavículas era suficiente para imaginarla completamente desnuda, así: flaca. Su cuerpo era elástico, sus brazos parecían aumentar su tamaño cada vez que se estiraba para bostezar, sus hombros huesudos no se escapaban de mis besos imaginarios, su cintura breve podía caber entre mis dos manos o aquellas piernas largas y bronceadas que se asomaban de vez en cuando debajo de su falda gitanesca. Sabía de buena fuente que el sol de marruecos la había tostado así pues acaba de llegar de España, sus clases de intercambio terminaron y volvía a la dura realidad del estudiante que si no trabaja no come. Y ahora estaba ahí de mesera para mí, por lo menos para mi imaginación que no paraba de cogérsela en los bares, en el cine, en los callejones, en las aulas, incluso mis chaquetas mentales la habían penetrado hasta en la cocina de mi casa.

La casa en la que hacía ya un mes que no conseguía un compañero que me ayudara con la renta, la casa en aquel callejón del que me escabullía cada vez que la casera amenazaba con correrme si no encontraba con quien vivir. Las visitas a la cafetería se acomodaban a mi rutina como un consuelo para el regreso a mí dormitorio. Y aquella noche no fue la excepción. subir las escaleras, esquivar la luz de la lampara, meter la llave con sigilo para que después de tanto esfuerzo se abriera el portón de la casera y asomara la cabeza y su voz chillona:

—Ni te esfuerces, ya me hice cargo yo de conseguir quien se quede en la casa, nada más no te pongas tus moños porque si no lo hago yo tu no…— sentencio la casera.

No sé qué seguía después de eso tan sólo buscaba encerrarme en mi cuarto lo más pronto posible, antes que el nuevo inquilino descubriera que estaba ahí, no tenía humor para fingir una sonrisa.

Justo eso pensaba al pasar frente al cuarto vecino, cuando de la puerta abierta sale la voz de la flaca que despreocupada me muestra su torso desnudo, en pantaletas, el rostro embadurnado en crema y su mano tirante para saludarme.

Ella dice: ¡Hola! ¿Entonces tú eres mi compañero de casa, no sé, me da la impresión de que ya te había visto antes?

Yo no puedo articular palabra, me olvido de sus clavículas y mis ojos descienden fluidamente a sus pechos.

 

 

 

Troca pesada

“…todos tienen premio, todos…”

Emiliano Pérez Cruz

—Se lleva la “troca más chingona”— así me dijo aquel hombre, mientras me entregaba las llaves de la camioneta que acababa de comprar. Había escogido la “Troca más grande y pesada”, para limpiar de alimañas a mi barrio, así pensé, mientras sostenía el volante por primera vez. Ejecutar y huir, tenía que ser en tiempo récord, porque en cuanto descubrieran que yo era quien había matado a esos tipos, vendrían por mí. Todos estaríamos condenados.

Ellos ya lo estaban, lo estuvieron desde que compraron su primera camisa “polo” imitando al narco de moda; lo estuvieron cuando aceptaron su primer radio para trabajar con “la compañía”; mientras las novias orgullosas, publican agradecimientos a “la santa”, por su entrada a las grandes ligas.

Uno de ellos, con el que había comenzado todo: lo había visto subir estrepitosamente su carro en la acera. Fui testigo de cómo a gran velocidad embestía a una mujer que acabaría entre las llantas de su Mustang. El mismo sujeto asustado que fuera huyendo, era el mismo que horas después sacarían de la cárcel, tal como aparecía en el periódico aun con la mirada torva por lo drogado que estaba. De la mujer nada se dijo, solo un seudónimo “N” y la imagen de un cuerpo cubierto con plástico negro, sería su último recuerdo en mi memoria, en una memoria que recolectaba imágenes parecidas de la nota roja.

Y ahora él estaba ahí, justo frente a mí, en la esquina de mi casa como cada mañana con el “cambio de guardia”. Lo sucedido no había modificado nada. Aquel hombre cruzaba la calle para echarle un vistazo a los “huachicoleros” que se apostaban en un punto de gasolina clandestina.  Debí disimular, debí dejarlo ir un poco más, de ese modo nadie se daría cuenta o para cuando lograran descubrirlo atropellado, yo ya estaría lejos. Pero no fue así, la tentación era demasiada. De pronto me pregunté ¿Por qué solo uno? Mejor dos, mejor todos.

Dos eran los tipos que se hallaban en la Ben despachando, uno de ellos desde afuera de la camioneta vigilaba por rutina. El tercero era un comprador, ¿una víctima involuntaria? Un daño colateral me dije con ansiedad. A un metro de ahí, en un carro de cuatro puertas, la mujer que acompañaba al comprador cargaba a un niño de meses mientras se hallaba absorta arrastrando el dedo por la pantalla de su celular. Tres niños en los asientos de atrás jugaban y reían de cosas sencillas que solo los niños entienden. Aun con todo, y eso lo tenía claro, tarde que temprano: todos estamos condenados.

Entonces todo fue más fácil. Pisé el acelerador y me fui de frente hacia el primer hombre desapareciendo bajo la defensa. La troca siguió su marcha y me estrelle directo contra la Ben; el que vigilaba alcanzo a correr, los que estaban dentro se fueron de bruces contra el parabrisas del comprador. El comprador fue el más lastimado, lo prensé entre la camioneta y su carro mientras su mujer gritaba asustada, él bebe parecía como dormido y a los niños ya no los volví a ver.

A pesar del aturdimiento intente seguir con la idea de chocar mi troca contra otras personas que provocaban mi asco, pero no pudo ser la camioneta se negaba a prender. Alrededor de mí un grupo de personas intentaba comprender si solo había sido un accidente, si estaba borracho o qué pasaba.

Un hombrón envalentonado de esos que siempre abundan fue el primero en manifestar su indignación con una patada a mi camioneta; otros más comprendieron que esta era la señal para volverse hacia mí, furiosos. Entonces me pregunte un absurdo ¿Real, que es lo real? Y yo mismo respondí mentalmente: lo real es el dolor agudo cuando alguien te da un puñetazo y de pronto un puntapié en el estómago (y eso no lo encuentras en los libros), todo era más real, cada vez más, los gritos, el ulular de una patrulla intentando mi rescate. Alguien me tomo del cabello, un dolor intenso fue suficiente para sacarme de mi divagación.  Después de varios golpes y mordidas supe el significado esencial de la palabra Tupido. Pensé que se habían cansado porque sentí derrumbarse mi cuerpo.

Y entonces recordé lo silencioso que era mi patio por las tardes; los árboles crujiendo en sintonía con el viento; la luz del sol poniéndose, resaltando las letras de un libro en mis manos, un libro que te hace creer en el bien y el mal. En donde tú puedes ser el héroe al que nadie puede detener si lucha por sus ideales.

No conocía personalmente a ningún vecino, pero no importaba mucho porque mis constantes viajes no permitían muchas cercanías, había estudiado fuera y ahora era un extraño. Sin embargo, estaba enterado de lo que pasaba en mi barrio y lo que pasaba en la ciudad. Y en mi impotencia me creía diferente. Esta ciudad y el sol que lastima, esta ciudad y el viento que calma las heridas, esta ciudad y nosotros simulando indiferencia.

Ahora me encuentro aquí tirado y no escucho, creo que una patada reventó mi oído. No importa, de todos modos, en unos instantes estaré muerto. Lo sé porque los policías han llegado y no hacen nada por soltarme de las garras de la muchedumbre, hablan de algo gracioso que les paso en quién sabe dónde, hacen señas con las manos de lo bien que la pasaron, el compañero no le cree, el primero le jura con la mano en señal de cruz. Apenas se asoman por entre la gente, pero discretamente esperan a un lado.

Lo que veo más cerca es la cara de dos mujeres, una de ellas es la mujer que estaba en el carro arrastrando el dedo por la pantalla, ahora está grabando con su celular mientras me golpean, su satisfacción es mayor a su indignación o por lo menos así parece. La otra no la reconozco de ninguna parte, pero al igual que los hombres viene dispuesta a partirme el cráneo, está alzando una piedra y entonces… Y entonces apenas tengo tiempo para recordar la calidez de mi hogar y el olor a hojas nuevas de un libro.

 

 

 

Muy de mañana

Tenía un buen rato que los habían colgado. Sus verdugos entraban y salían del cuarto frio acostumbrados al cambio de temperatura. A tres los metieron dentro del camión, aquellos cadáveres ya no saben lo que es el dolor mientras brincan en aquel piso sucio, ensangrentado. Los llevan al otro lado de la ciudad mientras comienza a salir el sol. Los ejecutan muy temprano para que los cuerpos puedan aguantar el viaje, pero también porque es un horror oír sus chillidos ante la muerte que siempre se presenta lenta. Y es mejor hacerlo así, cuando la ciudad duerme e ignora.

Para cuando llegan a la carnicería Martin ya está ahí viendo llegar el camión y aun con sueño espera paciente las indicaciones. El patrón sale a recibir a los recién llegados, no siempre está de buenas, este es un día de esos, llega directamente a recriminar, le preocupa la hora, le molesta el aspecto, le molesta cuando tiene que sacar dinero de su cartera.

Martin que por el momento es ignorado, prefiere alejar su pensamiento de ahí. Entonces imagina una casita pequeña con techo de lámina, muy cerquita de donde le gusta pescar con sus amigos de la cuadra. Recuerda que tienen que ir casi de noche para poder llegar cerca del mediodía; entonces, cada quien trae lo que puede y todos comparten el almuerzo mientras comienzan a tirar los anzuelos. El grito del patrón lo interrumpe, a gritos lo intenta convencer de que es un retardado, que tiene cara de idiota, que su madre es una chingada. Y Él, para demostrar que nada de eso es cierto se sube a la bicicleta para repartir los pedidos, más por alejarse de ahí, menos por seguir las órdenes. El día comienza y algunas veces sueña con tener una casa como las que visita: de amplio espacio, grandes bardas, camionetas enormes y vidrios polarizados. Otros días tan solo se conforma con imaginar, algún día muy de mañana, ver colgado a su patrón, como a los puercos que llegan a la carnicería.

 

 Por fin me animo

Y por fin me animo y digo:

—Me gustas, Blanca.

Me mira profundamente por dos segundos y comienza a ponerme el condón y entonces me dice: el precio es el mismo de todos modos.

No puedo evitar un suspiro y acaricio su cabello: —estuve pensando en ti, pero no me había animado porque aún no pagaban.

Ella solo responde con una carcajada y se sube a la cama.

Se ha soltado el cabello, se lo alisa presumiendo uñas postizas, el olor a sudor se mezcla con la fragancia de moda entre las demás mujeres, aunque en ella siempre es adictivo.

Me sumerjo en cuerpo y mente sobre su espalda.

Ella después de dos intentos alcanza su bolsa CK

La volteo boca arriba para besar sus labios; ella hace muecas y me mira con fastidio.

Quisiera que esa media hora se alargara porque el dinero no alcanza. La descubro mirándome de reojo, finge no importarle; por fin encuentra su celular y comienza a arrastrar el dedo por las redes. El final de la transacción se acerca y por primera vez ella suspira por mí.

Terminamos, su ropa, mi ropa y los que están detrás de la cortina me dicen que se acabó el tiempo. La chispa en sus ojos escapa y le vuelve la sombra de la incertidumbre. Yo salgo esperando el siguiente viernes para volver a mirar a mi Blanquita.

 

 

 

Brissa Ochoa

Brissa J. Ochoa Camacho. H. Matamoros, Tamaulipas. 1990. Profesora egresada de la Escuela Normal J. Guadalupe Mainero. Participa en el Taller de Creación y Apreciación Literaria del Instituto Regional de Bellas Artes de Matamoros.

 

 

 

 

 

 


 

 

Hombre wayak’

—Si alguien me preguntara desde hace cuánto habito este lugar, no sabría qué contestarle. A alguien (o “algo”) como yo, el concepto de tiempo le termina siendo vano. Podría decir que he visto nacer y morir a cientos de árboles y que, desde que tengo razón, he jugado con el viento, el agua, la tierra y todo lo que en mí pueda existir. Pero si me preguntaran desde hace cuánto soy el hombre wayak’ diría que desde hace diez días.

Fue ese aroma, así inició. Llegó de la nada para envolver y eclipsar cualquier otro. Dulce, suave, ácido, intenso… lo seguí mientras intentaba descifrarlo, y cuando al fin encontré el origen del cual provenía, no pude hacer más que contemplar. En un principio no me pareció algo extraordinario. Conocía a los de su especie, al hombre. De vez en cuando merodeaban en grupo por mis alrededores y cazaban a mis animales; pero ella tenía algo diferente, hipnotizaba y cuando lo advertí ya era tarde.

Su oscuro cabello le caía en finas ondas hasta la cintura, balanceándose a la cadencia de sus pasos que, a su vez, iban dejando una débil huella sobre la tierra humedecida de aquel sendero. Su complexión, delgada y ágil; y esos ojos brillantes color ámbar que contrastaban con su piel cobriza, despertaron en mí algo que pensé destinado solo para otros.

 Habría caminado un buen tramo desde que yo la observaba, parecía alerta, y poco a poco sus delicados movimientos fueron adoptando un singular recelo, hasta que no dio un paso más. ¿Quién anda ahí? preguntó y recorrió con la mirada el lugar esperando una respuesta, pero allí no podía haber nadie para contestarle, no sin que yo lo hubiera percibido antes. Será mejor que salgas de tu escondite advirtió. Y por un momento, pensé en la posibilidad de que me estuviera hablando a mí, que supiera de alguna forma de mi presencia, que la observaba, pero ¿Sería eso posible?

Continuó su camino y se desvanecieron mis dudas mientras ella seguía adentrándose cada vez más hasta que la noche se lo impidió. Fue ágil al encontrar refugio, más que cualquiera que hubiera visto antes. Y ahí se quedó dormida, entre los nocturnos susurros del lugar.

Pasaron los días, y para entonces ya me había acostumbrado a su aroma. Fui su acompañante en largas caminatas, su protector, su público, su servidor, su. Y así estuvo bien durante un tiempo. Hasta aquella ocasión en que la vi desnuda, cuando se encontró con un brote de agua de rocas y comenzó a desvestirse. No tardó mucho. Una a una, sus prendas cayeron sobre la tierra mientras se acercaba apresuradamente al agua. Al llegar al borde ya nada la cubría, sin embargo, se detuvo. Y acarició su mejilla con el dorso de la mano mientras se veía reflejada en el manantial.

Su piel se erizó al primer contacto con el agua helada. Se sumergió y me sumergió por completo. Lo que tenía, a lo que estaba destinado, ya no era suficiente. ¡Quería ser un hombre! Y bajo una condición, con ayuda del viejo jorguín, me convertí en uno. En el hombre Wayak. Tardé tres días en tenerla de frente, y siete en hacerle el amor. — le dijo él mientras la abrazaba por la espalda, atento.

La posibilidad de que no le creyera eran grandes, pero tenía la esperanza. Una esperanza que se iba haciendo más y más pequeña mientras ella, inalterable, observaba las ramas mecerse bajo el claro lunar.

—¿Y…? — dijo la mujer al fin. —¿Cuál era la condición?

—Diez días. — Suspiró. Hubo un largo silencio y ambos se quedaron dormidos.

A la mañana siguiente ella despertó sola. Preguntándose si aquello habría sido un sueño o una alucinación. Tomó el montón de hierbas, frutas y hongos que estuvo recolectando en el camino y fue arrojándolos, poco a poco, durante todo el trayecto, hasta que traspasó los límites del bosque y desapareció, llevándose su aroma.

 

 

 

 

 

El tabla y el dutar

El tabla y el dutar comenzaron a sonar. Naaham siguió aquel sonido melodioso como la serpiente hipnotizada sigue el del pungi. No podía ver al músico, pero imaginaba a su padre, sentado sobre una alfombra, tocando con destreza y perfección. Esos recuerdos representaban lo más cercano que algún día estuvo de la felicidad. Fungían como arma, endeble, pero fiel, contra su suerte.

Naaham caminó sin detenerse hasta llegar a la entrada del concurrido salón justo cuando un hombre anciano y flaco, rasgaba el par de cuerdas con la nota final. Su ilusión se esfumó, como una chispa que prende y desvanece sin que apenas pudieras notarlo. Y dolió. Y se recriminó en silencio por permitirse siquiera soñar que sería él. “Él está muerto” escuchó en su cabeza la voz de Fadil, su hermano, repitiéndoselo por milésima vez.

 Habían pasado seis meses desde que su padre salió de casa y no volvió. Fadil escuchó que los talibanes atacaron el sur de Kabul por esas fechas, y entonces decidió que había muerto. Prefería creer eso, de otra forma tan solo sería un hombre cobarde que huyó dejando a su familia desamparada en medio de una guerra cruel y eterna. “Espero que esté muerto y si no lo está, espero que no vuelva” le decía Fadil constantemente a Naaham, pero este se negaba a aceptarlo, deseaba con fuerza que estuviera vivo. Aunque eso solo significara que los había abandonado.

Un hombre de barba prominente levantó la mano derecha como señal a los espectadores, y la dejó caer en su instrumento iniciando la percusión. El bullicio comenzó a disiparse. Más de cincuenta hombres dejaron sus conversaciones a medias y en menos de diez segundos todos estaban sentados, sobre ostentosos almohadones de seda, dejando un gran círculo vacío en medio del lugar.

A espaldas de Naaham se escuchó el tintineo, rítmico y constante, de los cascabeles que adornaban los tobillos de un chico parecido a él. Parecido en una forma extraña y dolorosa. Y sintió escalofríos. Nadie querría tener algo que ver con un chico como ése. Nadie querría tener algo que ver con un Bacha Bazi.

Naaham observó su andar tintineante, firme y pausado; su mirada, lánguida y profunda; sus movimientos, elegantes y diestros. Tenía la agilidad y el semblante de alguien que ha hecho algo que odia durante tanto tiempo que se vuelve experto en eso. Y sintió pena por “él” quien caminaba pareciendo “ella”. Con el cabello largo hasta los hombros, la bata de seda azul brillante, las pulseras, los anillos, y el rostro maquillado. Arreglado y entrenado para divertir a un grupo de hombres maduros de prendas finas y miradas lascivas. Puesto a la merced de sus deseos desordenados e incontrolables, de noche y de día. 

El tabla y el dutar comenzaron a sonar. Una melodía triste acompañaba las contorsiones del Bacha, quien se colocó de rodillas en medio del salón para dejarse caer lentamente hacia atrás hasta que su cabeza descansó en el suelo y todas las miradas en él. Así inició la aclamada coreografía. Con suaves espasmos fingidos que fueron, junto a la música, tomando fuerza hasta ponerlo de pie. Los presentes contemplaban sus movimientos, sensuales e insinuantes, que abrazaban la música y jugaban con ella y su compás mientras él, experto en ello, los envolvía de una forma sutil. Les sonreía, los engañaba.

“Un festín para su excitación” pensó Naaham mientras observaba a la multitud aplaudiendo la deshonra del chico y a los más pudientes decidiendo su suerte para esa noche; y se le revolvió el estómago. En ese momento recordó la primera vez que vio a un Bacha. Fue de una forma menos real, menos cruda. Tan solo era una imagen en el papel que adornaba un disco que, según el título, contenía a los seis mejores niños danzantes. Él y sus dos amigos venían del río, un día de mercado. Encontraron el puesto sobre una calle transitada que les quedaba de paso y se detuvieron a husmear.

—Cerca de mi casa se llevaron al hijo del hombre que vende las alfombras. Dicen que ahora es uno de estos — Dijo uno de los chicos señalando el papel con el dedo índice. — Agradecido estoy de ser feo— finalizó. Todos rieron, porque reír era lo único que les quedaba y una forma, inútil, de esconder su miedo. 

—Mi primo ha ido con ellos por hambre disfrazada de voluntad propia, dice mi padre. Un año más y lo echan fuera porque no tarda en salirle la barba. Demasiado viejo para eso.

—¿Y qué edad tiene? — preguntó Naaham.

—Catorce— Hubo un silencio. Naaham era el más pequeño de los tres, todavía le faltaba un par de años para tener catorce, le saliera bello en el rostro y estar a salvo — Estas jodido.

Esta última aseveración le quitó el sueño a Naaham esa noche. Y un año después, en aquel salón, mientras veía el oscuro panorama, le volvía hacer eco. “Estas jodido” repitió en su mente. Y los ojos del Bacha se clavaron en los suyos, como si le hubiera escuchado y estuviera de acuerdo. Fue solo un instante, tan breve. En otro momento no habría puesto demasiada importancia, quizá tampoco se habría percatado de la leve inclinación, parecida a una reverencia, que le concedió el bacha como un gesto de sombría solidaridad.

—Le baila al amor — dijo un hombre viejo, llamado Habid, a espaldas de Naaham quien frunció el ceño con desagrado reconociendo la voz al instante — ¿No lo crees? — Cuestionó el hombre de manera tajante al no recibir respuesta. Naaham se quedó pensativo.

—Sí, eso creo. — mintió.

Mintió porque si estuviera en otro sitio, donde sus palabras fueran suyas, diría que el chico de los cascabeles en los pies, a quien todos llamaban “Bacha”, le bailaba al dolor o quizá, a la muerte. Le bailaba a la oscuridad o al deseo suicida. Le bailaba al futuro que le arrebataron, pero no al amor porque, en realidad, no lo conocía.

Habid sacudió el cabello de Naaham y se puso en cuclillas, frente a él, para darle voz a sus pasos. —Es tu turno. — dijo y Naaham pensó nuevamente en su padre “¿Qué pensaría él si estuviera aquí?” Y sus pies tintinearon; y por primera vez estuvo de acuerdo con Fadil. El tabla y el dutar comenzaron a sonar…

 

 

 

Admonición

Los hombres ardilla vinieron a mí sin previo aviso. Ni siquiera una pista o señal que sirviera para amortiguar la noticia. Los llamé así porque ninguno dijo su nombre. Y todos tenían en su aspecto una ligera similitud con esos roedores. No digo que fueran iguales. Sus alturas y tallas diferían demasiado. Eran sus ojos, pequeños y redondos, y el par de dientes frontales que sobresalían hacia abajo los que inspiraron el sobrenombre.

Aquel día el sol me ganó la carrera. Se coló por las rendijas de las persianas y me restregó su tórrido triunfo en la cara, obligándome a despertar. Cuando uno se hace viejo, comienza por adoptar un patológico gusto por establecer conexiones inanimadas. Algunos escogen las plantas, una prenda, una singular piedra de río, la mugre o…, qué se yo de las locuras del mundo. Eleazar, mi amigo desde la infancia, peleaba con el chirrido de la puerta trasera que daba a su jardín. Estaba convencido de que ese sonido existía con el único propósito de molestarle y que la puerta, por alguna extraña razón, tenía algo en contra suya. Como dije, las locuras del mundo.

—Has ganado, ahora largo. — espeté mientras cerraba las cortinas. Y al girarme vi a una niña de aspecto escuálido observándome desde la puerta. Parecía divertida con mi monólogo.

—¿Quién eres? —indagué, pero antes de terminar la pregunta, se había marchado. Dejando el eco de sus piececillos rebotando por el corredor.

Antes de pensar en lo extraño que eso resultaba el recuerdo de mi hija apareció como un fragmento de película vieja y entrecortada. Con manchas en forma de círculos coloridos que no me permitían ver su rosto. Mi hija tenía la edad de esa niña de la puerta, cuando mi esposa murió. Pobrecita. Perdió a su madre a una edad en la que todavía no se asimila la muerte, pero sí el amargo sabor del abandono. Solo le quedó medio padre. Lleno de culpa, lleno de nada. Y sentí la frialdad en el pecho comprimiéndose porque sabía que iba a ser un día de ésos en los que la memoria no te deja vivir. Recordándote con detalle el infortunio que tú mismo te provocaste.

Entonces los escuché. El golpeteo de sus herramientas, el sonido de sus pies pesados al andar. Eran ellos. Fui hasta donde estaban e intenté hacer que se detuvieran, pero no me escucharon. Y tampoco me esforcé. Me quedé observándolos trabajar por un largo rato hasta que me percaté de que también yo era observado. A lo lejos, por el borde de la barra que conectaba con la cocina, sobresalían los ojos curiosos y el cabello medio enredado y tostado de la niña. Cuando quise acercarme corrió para abrazarse de las piernas del hombre más viejo, quien puso su atención en ella y después en mí.

—Venimos a arreglar el cable —dijo, pero no se acercó. Quizá porque no le gustaban las formalidades. Quizá porque yo aún seguía en ropa de cama o quizás también, porque sabía que eso era lo mejor. Asentí y volvió a lo suyo.

Atravesé la sala con la infausta velocidad que mi ser consentía. Con la indiferencia de lo ajeno y lo común mezclándose hasta convertirse en nada y en todo. Y llegué a la cocina, en el cuarto contiguo, para encender la cafetera tal como lo hubiera hecho en un día corriente. Sin hombres ardilla, sin niña.

Me senté a la mesa y cavilé sobre el tiempo que habría pasado sin que otra persona pusiera un pie en mi casa. Además de Eleazar, claro está. Tal vez serían tres años o dos, seis o cinco, no podía estar seguro. Y pensé en lo patético que resultaba que esos hombres de overol ocre y rostro singular; y esa niña, rompieran la cuenta. Después de todo solo iban arreglar el cable. Después de todo yo no los había llamado y, tarde o temprano, notarían su error y tendrían que irse. Sí, quizá ni deberían de contar.

Me serví el café en la taza de siempre y disfruté su calor en las palmas mientras lo acercaba a mi rostro para inhalar su aroma y beberme su paz. Ahí me quedé parado, de cara a la pared y a los cajones de la cocineta. Así acostumbraba a hacerlo.

Después de algunos minutos una pequeña silueta se reflejó en uno de los adornos, pero esta vez no intenté nada. Aguardé en el mismo lugar hasta que vacié mi taza y la acomodé en el lavaplatos. Luego caminé sigiloso hasta una de las sillas. Como cuando estas frente a un ave y no quieres que vuele, solo para seguir observándola. Ella era mi ave. Asustadiza. Y debía tener precaución si quería que se quedara. No lo hizo. Regresó a la habitación donde estaban los tres hombres y merodeó por un instante hasta que uno de ellos, en un movimiento que pareció desarticulado, la tumbó contra un mueble. Lo que provocó que uno de los jarrones cayera al piso esparciendo sus pedazos de cerámica por todas partes.

El estruendo me trajo a la memoria aquel día cuando el cristal de la ventana cedió a los golpes y sus minúsculos trozos regados brillaban amenazadores. Ese día, cuando mi madre me quitó a mi hija. Porque según ella (y tenía razón) mi casa no era un lugar seguro. No puedes saber con certeza lo que serías o no capaz de hacer hasta que lo has perdido todo. Enfurecí y quise golpearla, pero no pude. Y no por los motivos razonables. No porque fuera buen hijo y ella mi madre. Sino porque, lleno de rabia, tropecé con mis pasos y caí al suelo como un costal lleno de mierda, pestilente e inútil que, como tal, solo era digno de repulsión. Pero mi hija no me veía de esa forma, extendía los brazos hacia mí y lloraba, mientras yo maldecía con ojos desorbitados y la sangre atestada en alcohol. Los años siguientes fueron una nebulosa en mi vida. No la vi en todo ese tiempo y si lo hice, no podía recordarlo.

Quité las lágrimas de mis ojos y fui hasta donde estaba la niña, ya de pie, palpando con cuidado una pequeña herida en su antebrazo. Me miró frágil, inocente, desprotegida. Había algo en sus ojos que me recordaba a mi hija. Había algo en su pelo, en sus mejillas, en su miedo. Había algo de ella que era mi hija y quise abrazarla. Pedirle perdón. Decirle que ahí estaba yo para protegerla como no lo había hecho antes. ¡Que impotencia, querer salvar el pasado…!

Y caí en cuenta que los hombres seguían ajenos. Cada uno con la mirada fija en su labor, sin inmutarse. Me dirigí al responsable del incidente y me desahogué diciéndole cosas que ignoró de espaldas. El hombre de la derecha volteó a verme, parecía el más joven, señaló con el dedo índice su oreja, negando con movimientos suaves. Y siguió trabajando.

—Locos. — dije y encaminé a la niña hasta el sofá a que esperara mientras yo iba por las cosas para limpiar su herida.

Cuando volví los hombres ardilla estaban en fila frente a mí, y la niña abrazaba los pies del más viejo.

—Nos vamos— dijo el hombre mientras cargaba su caja de herramientas.

—Pero no han terminado— contesté. No sabía qué decir para retenerlos. Quería que se quedaran un poco más. Quería curar a la niña, a mi hija, a mí.

—Será otro día— y se marcharon.

Regresé a los rastros del jarrón y esculqué entre ellos buscando no sé qué para distraer la mente. Metí una mano debajo del sofá en busca de más trozos, y sentí el gélido contacto con las baldosas que me pareció extrañamente confortable; me dejé caer, poco a poco, hasta que todo mi cuerpo descansó en el piso. Ahí tirado lloré hasta quedarme dormido.

Cuando desperté era noche. No supe qué hora, quizá de madrugada por el completo silencio. Todo ahí me pareció vacío. Ese zumbido, la intrusa luz del farol y mi cuerpo tremulante me inspiraban algo. Bien podía ser miedo, o tristeza. Ni siquiera intenté levantarme ¿Para qué? Daba igual si el sol me encontraba en el suelo o en la cama. Esa vez yo le había ganado, y por mucho.

Cuando vi a Eleazar, a la mañana siguiente, parecía alarmado. Pude notarlo desde que asomó por la ventana. Qué desagradable impresión habrá sido verme ahí tirado y pensar lo peor. Antes de darme cuenta ya estaba de pie. Abrí la puerta, pero ahí no estaba Eleazar, sino la niña y los hombres ardilla.

—Venimos a terminar lo que dejamos pendiente— y di media vuelta para dejarlos pasar.

 

 

 

 

 

 

 

Edgar A. Rivera

Edgar A. Rivera. (H. Matamoros, Tamps, 1989). Licenciado en Educación, recién descubrió los talleres literarios. Vive en las afueras de su ciudad natal con su esposa y sus dos hijos. Asiste al Taller Literario del Instituto Regional de Bellas Artes de Matamoros.

 

 

 


 

 

La pelota

La pelota voló en curva y entró por una de las ventanas del segundo piso. Apenas dio el puntapié, al pobre niño le comenzaron a llover insultos y abucheos. La ventanita por la que el esférico se coló limpiamente no medía más de un metro y hacía tiempo que le habían quebrado los vidrios. Si alguna vez Miguel se hubiera propuesto hacer un tiro como ése, jamás lo habría logrado; intentaba meter el balón en la portería delimitada por dos piedras en la calle y no en la casa abandonada. La proeza era de una vergüenza enorme.

— ¡Ves por el balón Mantecas, rapidito! ¿Qué te quedas ahí parado? —lo presionaban sus compañeros de juego. —¡Muévete gordo!, el balón no se va a traer solo.

Miguel se acercó a la casa y permaneció unos instantes entre dos columnas de concreto que marcaban el límite entre la banqueta y aquel recinto. Era una casona tipo americana, de madera y techo alto de tejas que había quedado abandonada, y al cuidado único del tiempo durante años. Había sido la casa más hermosa del vecindario, con paredes rojas brillantes, un bello ante jardín de rosas y tulipanes, y un pórtico alto con columnas blancas donde todas las mañanas el aire se empapaba del canto de periquitos que revoloteaban dentro de sus jaulas. Eso fue años, antes de que Miguel naciera. Al día de hoy, las paredes apenas lucían un rosa muy pálido y eran poco a poco consumidas por el verde de enredaderas que crecían desde uno de los costados. Pocas de sus ventanas mantenían algún resto de vidrio empolvado. Era el tipo de casa de las que se inventan historias. Se decía que por las noches se escuchaban gritos y llantos provenientes de sus habitaciones, que era hogar de brujas horribles que se transfiguraban en lechuzas y salían volando de entre el tejado maltrecho; que había muerto un niño, que la habitaba la llorona, muchos cuentos.

Los padres prohibían a sus hijos entrar a esa casa. No les gustaba que jugaran cerca de ella, porque una casa abandonada suele atraer malos huéspedes. El papá de Miguel no hablaba mucho con su hijo y nunca le había explicado estas cosas, aun así, el chico sabía que no debía entrar.

Dudó y estuvo a punto de regresarse, pensó en lo mucho que le había rogado a su papá para que le comprara ese balón. Solo por eso los otros niños de la cuadra lo habían dejado jugar, ahora lo miraban y presionaban desde la calle. Gritaban los muchos apodos que le irritaban: dale Mantecas, apúrate Gorda, muévete, Porky, te estás tardando. No podría aguantar que ahora le llamaran cobarde, no lo iba a permitir.

Atravesó la hierba que le llegaba por encima de los hombros y se le metía en los oídos. Llegó al pórtico, subió los cuatro escalones y se agachó para no golpear su frente con una parte del techo caído, sostenido apenas por la única columna que no había cedido a la gravedad. La puerta estaba entreabierta. Era muy pesada y le costó abrirla lo suficiente. Dio un paso dentro de la casa y agitó las manos bruscamente frente a su rostro tratando de quitarse las telarañas de la cara. Recordó, que, jugando con sus muñecos en el patio trasero de su casa, encontró uno de sus suéteres, tirado entre cajas, fierros y plásticos que acumulaba su papá. La prenda debió permanecer ahí durante meses y ni siquiera recordaba haberla perdido. Cuando la levantó estaba tiesa en la parte de arriba y mojada en la parte de abajo, cubierta de hongos y caca de pájaro, el olor lo había hecho arrojarlo lejos. Así apestaba la casa.

Observó las escaleras a su izquierda, metros adelante, y sin pensarlo dos veces se dirigió a ellas. La luz de la tarde filtraba entre las ventanas y agujeros en las paredes roídas; era muy poca para iluminar el área, y no tardó en tropezar y golpear de cara al suelo. El cachete le ardió por el duro golpe y ahí tirado, sintió una pequeña corriente de aire que soplaba desde abajo. La casa tenía un sótano. Miró entre las comisuras y agujeros de las tablas, bajo sus manos había vacío negro que le pareció infinito. El miedo se apoderó de él y se levantó veloz. La rodilla le dolía un poco por el golpe, pero apresuró el paso y subió las escaleras, sosteniéndose fuerte del barandal y cuidando de pisar bien cada rechinante escalón.

En el segundo piso se sintió un poco más tranquilo, la luz del sol se colaba por las ventanas, paredes y tejado. La ventana por donde entró el balón estaba justo detrás de él. Caminó por un estrecho pasillo que conectaba tres habitaciones, todas sin puertas, abrigadas por el calor de la tarde. Supuso que su pelota debió rodar dentro de alguna. Se asomó en la primera. Encontró la pequeña base de una cama de metal oxidado, colgadas de las paredes (no supo decir si fueron verdes o azules), fotografías en las que podía distinguirse algunas siluetas. El techo tenía una gran abertura por donde caían las enredaderas. Observó bien cada rincón, su balón no estaba ahí.

Estaba a punto de entrar en la segunda recámara cuando escuchó un ruido en la habitación al final del pasillo. Tac, tac, tac. Algo golpeaba contra la madera. Tac, tac tac. Miguel permaneció inmóvil, tratando de borrar las muchas ideas que aparecían en su cabeza sobre lo que podría ser el ruido, y tratando de encontrar valor para ir a averiguarlo. Tac, tac, tac. El ruido se hizo más fuerte. Vio cruzar el umbral de la tercera habitación su pelota, rebotando una y otra vez. Tac, tac, tac, se hacía el eco cada vez que el balón bajaba. Tac, tac, tac. El balón botó otras tres veces frente a él, en el mismo sitio, antes de avanzar nuevamente hacia donde él se encontraba paralizado.

Quiso gritar, pero no salió nada de su boca. En un choque de adrenalina giró sobre sí mismo e intentó correr hacia las escaleras; pero era torpe y no presto atención al lugar donde pisaba. Una vez más, tropezó y cayó. Esta vez le pareció que se golpeó contra el suelo al menos dos veces. Cuando se levantó, ya era de noche. Se sentía confundido, pero no le dolía nada.

—Pensé que no te ibas a levantar.

Vio a un niño, más o menos de su edad, de ojos verdes y tristes, con uno de aquellos peinados de hongo con el que las mamás torturan a sus hijos; vestía con un overol y era bastante barrigón, como él.

—Es mi balón. Entré aquí buscándolo.

—No pensaba robártelo. Solo quería verlo. —le entregó el balón—Tus amigos ya se fueron.

—No son mis amigos.

—Yo tampoco tengo muchos amigos. De hecho, no creo que tenga uno.

Miguel sintió la tristeza en su voz. Le arrojó el balón y el otro niño lo atrapó.

—Si quieres podemos jugar un rato.

—Me gustaría.

El chico le regresó el balón arrojándolo por encima de su cabeza y Miguel apenas si lo atrapó. Se alejó un poco en aquel oscuro sótano y se lo regresó con fuerza.

—Soy Miguel, por cierto.

—Me llamo Rubén.

Ahí permanecieron los dos jugando durante horas, días, años. Nunca más se separaron.

 

 

 

Una vez más.

 “Amémonos los unos a los otros”, les dijo.

 “Aquí no nos gustan los jotos”, respondieron.

Antes de morir vio la cruz plateada colgando del cuello de su agresor y revivió el sabor de la muerte: “Démosles dos mil años más, quizás esta vez sí entiendan”, pensó.

 

 

 

Pedro el cadenero.

— Puedes ver en tu libro que mis programas han ayudado a millones. Acabamos con la pobreza en cinco países, llevamos agua limpia a las comunidades, hombres sin piernas han vuelto a caminar, en unos años habremos curado el SIDA…

—Sí, sí, por eso… ¿le pagaste la ofrenda al cura?

 

 

 

Tavo

El trapo amarillento que hacía de cortina se mecía lento con la brisa fresca de la madrugada. En la cama, debajo de una sábana de algodón remendada, dormían una mujer regordeta y una niña de cabello enmarañado. Por un lado, en el suelo, un joven de 17 años daba vueltas, acostado sobre un cobertor sucio, tratando de encontrar una posición que no le incomodara tanto. Tomó el reloj digital de muñeca debajo de su almohada, faltaba poco más de media hora para que diera la hora de levantarse, pero igual se levantó. Le dolían la espalda y los brazos. Dobló el cobertor y lo metió a puntapiés por entre los blocks que sostenían la cama donde descansaban su madre y hermana.

 ̶ ¿Gustavo, eres tú mijo? ¿Ya te levantastes? ¿Quieres que te haga algo de almorzar?

̶ No jefa, todavía es muy temprano, Ud. descanse.

Abrió la puerta del refrigerador con cuidado de no zafarla, no había electricidad en el edificio otra vez. Tomó el bote de leche y le dio una olfateada, estaba agria, así que la volvió a poner en su lugar y cogió un trozo de pan duro. Calentó agua en el mechón y cuando estuvo lista vio que la lata de café sintético estaba vacía. Se colgó su cadenita de la virgen, se puso su camisa, se amarró las agujetas de su único par de tenis y se colocó la gorra de baseball hacia atrás. Salió de la habitación y pasó por la siguiente; un cuarto pequeño sin ventanas, donde un muchacho y un hombre de edad avanzada dormían en sus petates contra la pared. Salió al pasillo que conectaba todas las habitaciones, caminando de prisa, tanteando en la oscuridad con las manos sobre las paredes agrietadas, tratando de no tropezar con la basura acumulada. Golpeó con el hombro uno de los barrotes que sostenían el techo a medio caer –putísima madre—. Por fin llegó al baño y se formó en la fila, dos personas esperaban antes de él, uno de ellos sentado en el suelo, dormido. Se abrió la puerta y Gustavo deseo haber nacido sin el sentido del olfato.

—Ya no hay agua en la pileta. –Les dijo el hombre barrigón que salió acomodándose los pantalones.

A un lado del baño, detrás de una cortina en otra habitación, dormía una familia. Gustavo se escabulló sin hacer ruido y se paró frente a una planta de sábila en una maceta donde hizo sus necesidades.

Bajó por las escaleras hasta el primer piso. Escuchó de paso las voces de madres llamando a levantarse a hijos y esposos por igual. El cielo comenzaba a aclararse, en pocos minutos saldría el sol. La atmosfera era de un azul grisáceo en la planta baja, la parte más abierta del edificio. Años atrás había sido el lobby de oficinas con salas elegantes y grandes vitrales. Ahora era un basurero de escombro y vigas de hierro oxidado.

Una enorme puerta negra de metal y contrachapado se deslizó. Detrás de ella salieron dos de hombres bastante altos de espalda ancha y piel morena. El primero llevaba la cabeza rasurada y la barba le colgaba hasta el pecho, vestía unos jeans rotos y una camisa veraniega con el pecho al descubierto. El otro usaba una trenza muy sucia que caía sobre su perfil derecho y de su mandíbula nacían una serie de tatuajes tribales que bajaban por su cuello y terminaban en la espalda. Ambos se le quedaron viendo y Tavo bajo la mirada, retrocediendo un poco hasta que estos se alejaron lo suficiente. Detrás de la puerta la voz rasposa y altanera de una señora le llamó.

—Tavo, muchacho, ven para acá.

Se acercó y el olor a chorizo frito y tortillas de harina hizo que le rugiera el estómago.

—¿Ya tienes el dinero de la renta? La próxima semana van a ser dos meses que me debes. Hay mucha gente en las calles buscando un lugar donde quedarse, ¿sabes? Deberías ponerte a trabajar, muchachito güevón, si no quieres que mis hijos te echen a ti y a tu mamá a la calle. —Tavo apretó los dientes. –Deberías ser más como ellos que trabajan todo el día en la fábrica para cuidar a su madre…

—Hoy en la tarde le traigo un adelanto de lo que le debo señora. Nomás deje que me paguen el trabajo de ayer…

—Antes de las seis, muchachito cabrón.

Salió a la calle, apretando los puños y mordiéndose el labio. Centenares de casas improvisadas, con techos de lámina y lona se apretujaban en un mar de viviendas, algunas asentadas sobre los restos de edificios antiguos y muchas más, desbalagadas alrededor de ellos.

Caminó por uno de los callejones, casi desierto. Unos perros flacos salieron corriendo de entre un muladar cuando lo escucharon pasar.

—¡Eh! ¡Tavo! –alguien silbaba y gritaba detrás de él. – ¡Tavito, ‘pérame güey!

Un tipo gordo y rapado de unos veintitantos corría con mucha dificultad tratando de alcanzarlo. Gustavo se detuvo a esperarlo con una sonrisa.

—Pinche Freddy, te va a dar un infarto cabrón, ya estas viejo.

—Viejo tienes… el culo. –contestó con la respiración agitada y el aliento alcoholizado. –Pérame… pérame güey, dame un minuto… pasu ptamadre… ya. ¿Pa dónde ibas carnalito?

—Con Don Chuy a que me pagué el trabajo de ayer. Le ayudé a descargar un camión en la tarde y dijo que me pagaba hoy.

Avanzaron juntos a paso lento.

—No carnalito, ya te pendejearon. Don Chuy ya se fue anoche para la frontera sur. Dicen que allá hay más trabajo. Pa mí que ya no regresa.

Tavo escupió y se frotó el hombro adolorido.

—¿De dónde vienes tú?

—De un pinche pachangón con los perros de la Chucha. — Freddy encendió un cigarro. –Chingos de morritas y pisto cabrón, pura cálida’. Deberías ir un día de estos, necesitas desestresarte, divertirte de vez en cuando chingao.

—Sabes que yo no me meto con esa gente, y tú tampoco deberías güey…

Freddy se abalanzó sobre Tavo y le rodeo el cuello con sus brazos gordos.

—Eres la misma pinche nenita que conocí en la escuela. –Le dijo, escupiéndole sobre la cara las cenizas del cigarro que llevaba en la boca, mientras le daba un coscorrón.

—¡Ya güey, ya estuvo, suéltame, ahhhh! —Lo soltó. —Oye güey, te acuerdas de los tres dólares que te presté para tu hermano, los necesito para comprarle algo a mi jefa pa’ su espalda.

—Sí, es que ya no me aguanta igual la ruca cuando me la… no te creas, no te creas hombre, estoy jugando. No te calientes. ¿No se te antoja un trago güey? Acabo de conseguir una botellita de mezcal bien buena.

—Cómprale una torta a tu hermano güey, no chingues.

—Ud. no se preocupe por eso carnalito. Cáele de rato aquí a mi casa, te quiero enseñar algo. Te pago y sirve que te doy algo de mezcalito pa’ tu jefecita. Ahorita necesito dormir, tú no te estreses que te va a hacer daño. Te quiero, pinche sabandija rastrera.

Freddy removió una tabla de aserrín prensado que hacía de puerta y se metió en la choza de madera podrida que era su hogar.

—¡Yo también te quiero pendeja!

—¡No seas joto! –Le gritó desde el interior de su casa.

Confirmó más tarde que efectivamente, Don Chuy se había ido sin pagarle y sin intención de regresar, así que se dirigió al mercado de pulgas donde trabajaba. En medio de la plaza una fila de varias mujeres y niños esperaba su turno para sacar agua del pozo. Una niña de cabello enmarañado y ojos claros tiraba de la cuerda con esfuerzo. Tavo corrió a ayudarla.

—A ver chaparra, déjame a mí. ¿Para qué llevas dos cubetas?

—Mi amá dijo que tenía que lavar ropa del edificio para poder pagar lo que debe de la comida.

—Tú no deberías andar cargando tanto, si te lastimas luego van a andar las dos chuecas.

—Pues si tú no las llevas lo tengo que hacer yo. –La niña se colgó las cubetas de una vara en los hombros y echó a andar rumbo a la casa. – ¡Y le voy a decir a mi mamá que le dijiste chueca!

Un helicóptero sobrevoló la plaza. Tavo pasó buena parte de la mañana acarreando agua al edificio y llegó tarde al trabajo, por suerte su patrón llegó más tarde.

Tavo había terminado de reparar un radio de baterías para un cliente y trabajaba en un proyecto personal, intentando reparar un videojuego. Esperaba poder venderlo a buen precio o intercambiarlo por un par de gallinas para su hermana. Poco después del mediodía, escuchó el crujir de las ruedas de madera sobre el empedrado y el (sonido) de la mula afuera del taller. Era el señor Wu que regresaba del basurero cargado de materia prima para el negocio.

—Tavo, ven ayúdame con la carga.

—Oiga, Sr. Wu, quería ver si podía darme un adelanto de mi paga.

—Claro. Cuando aprendas a llegar temprano. ¿Creías que no me daría cuenta? Pase temprano, estaba cerrado, eres un muchacho muy irresponsable.

El ruido de motores y llantas derrapando interrumpió su conversación. A cien metros de ahí, se levantó una nube de polvo. Una caravana de seis camionetas, con torretas y luces largas en los techos se detuvo con violencia. Las personas en la plaza corrieron a buscar refugio. Una docena de hombres fuertemente armados comenzó a descender y a armar un perímetro.

— Federales. –Dijo el Sr Wu. – Deja eso ahí y metete a la tienda muchacho. ¡Rápido!

Tavo no lo pensó dos veces y obedeció. Cerraron las ventanas y echaron candado a la puerta después se pegaron a la pared para ver a través de las grietas en la madera. Con excepción de los oficiales, la plaza estaba desierta. Varios sujetos con chalecos antibalas sobre su uniforme azul recorrían la calle, apuntando hacia las ventanas con sus rifles.

—Carajo. Pero si acabamos de pagarles la cuota, qué es lo que quieren.

—Parece que buscan algo, mire ese de allá.

Otro uniformado caminaba despacio sin despegar la vista de una pantalla en sus manos, hasta que se detuvo frente a una canaleta de aguas residuales que pasaba junto a la carnicería. Hizo una seña y el sargento a cargo se le acercó. En ese momento uno de los hombres armados se paró frente al agujero en la pared por donde estaban espiando. Tavo contuvo la respiración y el sr Wu le hacía señas de no hacer ruido. El hombre siguió su camino tras una breve pausa. Patrón y empleado siguieron observando.

El sargento sostenía la pantalla y ladraba órdenes a su subordinado, que se había sambutido entre las aguas negras. Anduvo con cara de asco, dando varias vueltas hasta que por fin pareció encontrar lo que buscaba. Salió del canal con una mano en alto y sosteniéndose de la hierba con la otra, empapado y con algunos trozos de papel pegados en la espalda. Le pasó a su superior lo que había sacado del agua, un dispositivo demasiado pequeño para alcanzar a ver que era. El sargento lo tomó en su mano e hizo una cara de desprecio. Iracundo lo arrojó al suelo y tomando su rifle lanzó una serie de ráfagas al aire.

—¡Escuchen bien malagradecidos hijos de la chingada! ¡Esto es un toque de queda!

Los federales comenzaron a irrumpir en los diferentes locales del mercado tirando puertas y destrozando mercancías. La gente corría despavorida en todas direcciones lejos de la plaza y las tiendas.

—¡Todo el mundo regresé a sus casas si no quieren un pinche plomazo entre los ojos! –Gritaba el sargento, escupiéndole órdenes a los oficiales y dando más disparos al aire.

Uno de los federales, irrumpió en el taller con una patada y sin darle tiempo de decir nada conectó un derechazo en la mandíbula del Sr Wu para después arrojarlo fuera. Tavo salió antes de que pudieran hacerle daño a él también y le pareció ver que sacaban un par de drones con hélices del interior de una camioneta. No paró de correr hasta que llegó a las favelas.

Entró a su casa, agitado y empapado de sudor. Su madre estaba en la cocina y su hermana jugaba junto a la cama con su mascota.

—¿Qué pasa, mijito, qué tienes?

—Nada, nada. Todo bien, unos federales llegaron al mercado y nos regresaron a todos pa’ las casas.

—¿Ay mijo, y trajiste algo pa’ comer tan siquiera?

En ese momento escuchó que sus estomago gruñía y recordó que no había comido nada en todo el día.

— No má, no hubo tiempo de nada. ¿Uste’ y la chaparra ya comieron algo?

—Nombre mijo, estábamos esperando que llegaras pa’a ver si traías algo.

—Y no hay nada que pueda hacer, ¿unas tortillas por ahí o algo?

—Nomás agua que trajo tu hermana hace rato, pero nada para echarle al caldo. Bueno, está la coneja.

—No má, mi conejita no. –Repuso su hermana.

—Mija, pa’ eso la tenemos, para comérnosla cuando haga falta.

—Pero…

—Déjele má, ahorita voy por algo pa’ comer, usted no se preocupe.

Tavo salió de su casa antes de que pudieran decirle otra cosa. Se detuvo al llegar a la calle, desierta y sumergida en completo silencio. Se santiguó. Miró con cautela al cielo, pero no vio ni escuchó rastro alguno de los drones. Sabía de antemano que esas máquinas eran muy rápidas y peligrosas, pues venían armadas con semiautomáticas que un oficial podía operar desde kilómetros de distancia. Ay virgencita santa, te pido de favor que no me vayan a ver estos culeros. Corrió tan rápido como pudo, deteniéndose debajo de un techo de vez en vez para recuperar el aliento. Por suerte la casa de Freddy no quedaba lejos.

Cuando entró, los ronquidos de su amigo inundaban el cuartucho y su cuerpo gordo y semidesnudo ocupaba buena parte del piso. Gustavo le dio un puntapié en las costillas para despertarlo.

—¿Eh, eh, qué pedo? — Exclamó sobresaltado. –No chingues pinche Tavo, me asustas te. Deja dormir wey.

— Hace rato me dijiste que tenías una alacena llena de comida, necesito que me prestes algo pa’ mi ama y mi hermana. ¡Cabrón, te estoy hablando!

—Si wey, si, no hay pedo –Dijo sin abrir los ojos —, Ven acuéstate tantito aquí conmigo, ándale.

—No estés chingando wey, te estoy hablando en serio.

Con una mano sobre la cara Fredy hizo el intento de levantarse y se sentó sobre la cama

—A qué la chingada, hombre –Bostezó —¿Qué quieres o qué?

—Que me prestes algo de comida, te puedo agarrar algo.

—Ven agárrame está.

—Chinga tu cola.

—Me chingo primero la tuya pendeja. Jaja, ya wey, no hay pedo. Ahí agarra de la alacena lo que quieras.

Tavo abrió la alacena. Con excepción de una lata abollada y sin etiquetar, estaba vacía.

—No mames, aquí no tienes nada.

—Ah chingao, si es cierto, se me olvidó guardar las cosas. Pérate tantito, que acá las tengo.

Tavo se frotaba nerviosamente el dejo de barba que le crecía en el mentón. Entreabrió la puerta. Alcanzó a ver uno de los drones, con sus tres hélices sobrevolando cerca de ahí. Cuando se giró para decirle a Fredy lo sorprendió el cañón de un rifle calibre .50 que le apuntaba directo a la cabeza.

—¡Ora puto! Pa’ que aprenda a no andar despertando gente. – Le dijo Fredy en tono burlón mientras bajaba el arma. – ¿Te saqué un pedo verdad?

—No mames, ¡¿de dónde chingados sacaste eso?!

—Se las estoy guardando a los perros carnalito. Tengo 15 de estas aquí. —Abrió una cortina rosa de plástico en un rincón —Y me están pagando a toda madre por cuidárselas unos días. Mira nomás compita, todo esto que ves acá lo compré con lo que me dieron y no sabes la noche de putas que tuve ayer.

Tavo miró incrédulo la pila de víveres que había en un rincón oscuro detrás de la cortina rosa, y debajo, a penas escondidas, las puntas de los rifles se asomaban entre bolsas de plástico negras y pedazos de madera podrida. No sabía que decir, se le quedó mirando fijamente a su amigo, boquiabierto.

—¿Qué crees que va a pasar si te encuentran con eso?

—¿Quién chingados las va a encontrar hombre? Les tiramos los rastreadores que traían al canal compita, tú no te preocupes.

El sonido de las hélices se hizo más fuerte y el techo de lámina vibró sobre sus cabezas al pasar de uno de los drones.

—¿Qué chingados? – dijo Freddy. – ¿Qué fue eso güey?

—Federales, que vienen a buscar esas armas. –Le contestó en tono sereno, resignado. —Estamos en toque de queda, andan cateando los negocios y las casas.

—No mames compita, no juegues. Ya me asustaste, ya estamos a mano, ¿ok?

Por entre los agujeros en el techo, Fredy alcanzó a ver las hélices de un helicóptero y las turbinas hicieron temblar los techos de las casas con más fuerza. Arrojó el arma sobre las otras y se llevó las manos a la frente. El sonido de la turbina se hacía cada vez más fuerte a medida que se acercaba hasta que se desvaneció de pronto en un silbido que duro apenas un par de segundos. El estruendo de una explosión los hizo tirarse instintivamente al suelo y poco después una explosión mucho más grande los estremeció.

La choza en la que se encontraban no había sufrido daño alguno. Tavo gateó hacia la puerta, la abrió un poco y vio en medio de la calle uno de los drones, descendiendo en picada para irse a estrellar metros más adelante contra un edificio de ladrillo. Una enorme nube de humo ascendía entre las chozas de un barrio cercano.

–Freddy, levántate. Tenemos que irnos.

Comenzó a sentirse mareado. Frente a sus pies, daba saltitos una lata. Las puertas de la alacena se golpeaban y las paredes se sacudían las cosas que tenían encima. Temblaba. Escuchó muchos cristales quebrarse y algunas personas dando gritos de espanto afuera. Una lámina cayó sobre su espalda y fue a dar al suelo junto a su amigo que lloriqueaba. Permaneció tirado en posición fetal, cubriéndose la cabeza con las manos mientras la tierra rugía y los oídos se le tapaban. Parecía que nunca iba a acabar, cuando de pronto, acabó. Pero la sensación que le dejaron las sacudidas aún no se esfumaba y el sonido de la tierra rugiendo no lo abandonaría por varios días. Cuando estuvo seguro de que no temblaba más, los dos amigos lucharon por ponerse de pie. Freddy había pasado del llanto al estupor. La luz de sol calaba sobre sus frentes. Tavo observó los resultados del siniestro.

El mar de casas que conformaba la favela había perdido cualquier cualidad que la diferenciara de un basurero. Pilas y pilas de láminas, cartones y tablas se amontonaban a su alrededor, y de entre tanta basura surgían los gritos de personas que había quedado sepultadas. La escuela a la que había asistido 10 años atrás y que había visto hace un par de minutos había desaparecido y su lugar lo ocupaba una montaña de ladrillos rojos y arena.

Instintivamente volteó a ver su casa, el enorme edificio de concreto donde su mamá y hermana lo esperaban, y pudo apreciar, como si ocurriera en cámara lenta, el momento justo en el que toda la estructura se venía abajo y desaparecía en una nube de polvo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En el borde del país.

Adán Echeverría.

Matamoros, Tamaulipas, diciembre 2019.

 

Durante mi carrera literaria he tenido a bien combinar algunos esfuerzos más por las letras que el sólo hecho de escribir: impartir talleres literarios desde el año 2003 en el Instituto de la Juventud de Yucatán, seguir impartiéndolos en Campeche, en Morelia, Ensenada y ahora en Matamoros, Tamaulipas, y desarrollando mi labor como diseñador gráfico de algunas revistas escolares, hasta ser el diseñador y editor de la revista Navegaciones Zur, a partir de su número 31 y hasta que dejara de imprimirse en el año 2009; ser el diseñador y editor de los últimos números del suplemento cultural El Juglar de lo que entonces era el ‘Diario del Sureste’, y como editor de revistas (Esta humanidad tan llena de grietas, y luego delatripa: narrativa y algo más, del 2013 al 2018), así como de cuadernillos de poesía (de 2005 a 2014) y de libros de ciencia y de

Así mismo he desarrollado las compilaciones y antologías siguientes: Venturas, nubes y estridencias. Poetas jóvenes de Yucatán. (Instituto de Cultura de Yucatán y el Instituto de la Juventud de Yucatán, 2003), autores ganadores del Primer Premio Estatal de Poesía Jorge Lara 2002; con Ivi May, Nuevas voces en el laberinto: novísimos escritores yucatecos nacidos a partir de 1975 (Instituto de Cultura de Yucatán, 2007); con Armando Pacheco, Del silencio hacia la luz: mapa poético de México: poetas nacidos en el período 1960-1989 (Ediciones Zur y Catarsis Literaria El Drenaje, 2008); con Mario Pineda, Karst. Escritores de la península yucateca en 2016. Antología. 21 autores nacidos entre 1971 y 1996. (Catarsis Literaria El Drenaje); y ahora Justo en el borde, compilación de textos de escritores nacidos o radicados en Matamoros, Tamaulipas en 2019 (Catarsis Literaria, 2019).

Este trabajo me ha permitido conocer la geografía literaria del México que me ha tocado vivir. Coincido con lo que señalara el crítico José Luis Martínez (1918-2007): “En las revistas hacen nuestros escritores sus primeras armas; allí se forman y de allí parten para más ambiciosas empresas”. Y es que, de las revistas, ya sea de mi pasión por leerlas, como en los momentos que me ha tocado armarlas, editarlas, coordinarlas, dirigirlas, he estado en contacto con las obras y con los autores. He visto nacer los primeros poemas y cuentos de autores que con el tiempo se fueron consolidando, ganando presencia en medios literarios, obteniendo becas, o ganando premios literarios. Pero, sobre todo, y a lo que más aspiro, dando a conocer su trabajo literario cada vez a un número mayor de personas.

En octubre de 2018 fui levantado en la ciudad de Matamoros, por dos malandros. Chamacos que no cumplían siquiera los 22 años. Luego de que me pasearon en el vehículo y de que me iban golpeando para que no levantara la cara, se robaron mi celular, mi notebook y mis cédulas profesionales (me dejaron el dinero en la cartera, y también me dejaron mis tarjetas bancarias), me bajaron en un terreno alejado y me dieron una estropeada; el objetivo era claro: que yo me fuera de la ciudad. Gracias a la fuerza de voluntad de mi esposa nos quedamos en Matamoros. Conté con el apoyo de muchas personas (siempre somos más los buenos, aunque no tengamos armas). Continué con el taller de apreciación y creación literaria en el Instituto Regional de Bellas Artes de Matamoros, lo cual me permitió conocer a los jóvenes escritores de esta región (jóvenes escritores, cuyas edades van de los casi 20 a los casi 70 años). Pude constatar que muchos de ellos han leído poco, pero tienen mucha hambre de leer más. Tienen muchas cosas que escribir y comunicar, y lo han hecho, aún desde antes de mi llegada. Logré que nos pusiéramos exigentes con los textos. Que no fuéramos condescendientes con el trabajo de los compañeros, que mirarán separada la obra que se presenta en la mesa, de la vida de los autores que las recrean. Que no entablaran diálogos a la hora de exponer sus comentarios críticos sobre la obra de los compañeros y, sobre todo: que los autores no tuvieran la necesidad de explicar el por qué de sus textos antes de leerlos.

He intentado que todo comentario crítico sea sobre los textos. Sobre nuestras creaciones literarias tenemos que ser implacables, pegarles duro, revisarlas hasta el cansancio. Pero, sobre todo, hay que leer. Leer y mucho. Leer cada día un poco más. Y son esas lecturas las que les han ido mostrando las diferentes técnicas narrativas, las diversas formas poéticas de la literatura universal. El resultado, a un año de comenzar a apretarnos el ojo crítico cada día un poco más, ha sido tener algunos textos listos para poder mostrarlos al público lector.

El resultado de este año de trabajo lleva por título “Justo en el borde, compilación”, y en él se reúnen la obra de 15 autores: Alicia Leonor (1968), Ana Ayala (1969), Arturo Martínez (1971), Beatriz M. Mérida (1980), Brissa Ochoa (1990), Édgar A. Rivera (1989), Eva Rodríguez (1971), Félix Martínez (1962), Gabriela Escobar (1968), J.R. Spinoza (1990), Martín Hernández (1965), M.G. Olvera (1971), Mónica Robles (1969), Pedro Hernández (2000), Viviana Carvajal (1952). Se presentan poemas y relatos de temas variados que van del intimismo a la fantasía; temas de una fuerza sensorial que alienta tanto el amor, el desamor, la pasión, por la familia, por la sensación de redescubrir al otro, al que nos lee, al que está presente a nuestro alrededor. Lo curioso es notar que los autores no tienen una fijación respecto de la violencia ejecutada por los grupos del crimen organizado, que en el imaginario nacional tanto permea cuando se menciona el nombre de Tamaulipas.

Insisto: en las ciudades fronterizas, en Matamoros, Tamaulipas, somos mucho más los buenos, los que quieren educarse cada día más, los que quieren compartir con el mundo sus pensamientos, sensaciones, emociones, planos sensoriales, ideas e imaginación; una limpia y clarificadora imaginación.

Adán Echeverría.

Matamoros, Tamaulipas, diciembre 2019.

 

 

 

 

 

 

Alicia Leonor

 

Alicia Leonor. Tamuín, S.L.P., 1968. Radicada en Matamoros, Tamaulipas, desde 1990. Licenciada en Administración de Empresas y Contaduría Pública. Poeta, narradora. Promotora de lectura. Asiste a los talleres del Ateneo Literario José Arrese desde 2014. Participa en el Taller de Apreciación Literaria del Instituto Regional de Bellas Artes de Matamoros. Ha participado en diferentes recitales y festivales de escritores nacionales y del Valle de Texas U.S.A. En “Letras en el Estuario” organizado por ALJA Ediciones. En el 2do Encuentro Internacional de Poetas y Escritores llevado a cabo en San Luis Potosí y Real de Catorce. Sus textos se incluyen en las Antologías “Tengo una soledad” (ALJA 2015), Ciudad de palabras. Poemas para andar por las calles. (ALJA 2016). “Visión de un instante” (ALJA 2017). “Voces Unidas en Real de Potosí” (2019).

 

 

 

 

 


 

 

Mi voz sin palabras

Dice que soy sensible, cálida, a veces ardiente.

Me mira a los ojos, sonríe, y apoya su mano entre mis muslos,

sin peso, sin movimiento.

Hay noches en las que sus dedos

prefieren el camino más largo hacia mi cuerpo.

Y lo siento como lluvia tenaz que parte en dos la roca.

 

Soy el punto donde el tenue manantial explota y nace luego fuerte.

La noche se inunda, me quedo quieta.

Despierto, es otoño.

 

 

 

Asíntota

Camina en línea recta, avanza varias cuadras,

quiere cruzar la misma calle en ambos sentidos.

Absorta, observa el semáforo en verde, amarillo,

luego rojo, luego verde, luego rojo,

se queda quieta y de nuevo

camina las mismas cuadras avanzadas.

Regresa, pisa sus pasos, siente gotas caer.

Moja el dedo del corazón de su mano izquierda.

Los demás caminan sin rumbo.

Ahora avanza en círculo

mira el camino que ellos no eligen.

Cuelga sus pasos en el poste del semáforo.

Seca al sol las sandalias, que nunca le han gustado.

Suaviza la semana para encontrar

las siete diferencias entre lunes y domingo.

Sigue caminando, a veces en círculo,

otras en vertical   descalza  en lo que encuentra

otras sandalias otras calles otras cuadras.

 

 

 

Arranco las hojas del calendario

La vida me aprieta. Es tres o cuatro tallas menor de lo que deseo.

Limpio miserias y las convierto en letras.

Mi diafragma jadea colocando cada coma, cada signo, cada punto

y aparte.

Ardo, porque arder es intentar vivir.

Vivir es dudar y llueve. La lluvia mutila mi carne.

El dolor es un gigante que me envuelve en el desequilibrio,

así resisto los hostigazos, la mediocridad.

 Coloco el corazón en mi cabeza. Le cedo a un ciego mis ojos.

Invaden lentamente los acúfenos mis oídos.

Se convierte en cemento mi garganta.

Coloco el punto final y muero cada noche.

 

 

 

Las frases que inventas

Siempre termino en lo más oscuro del bosque

zambulléndome desnuda en el lago.

La dosis de viento me gusta, los cambios en el paisaje.

Abro los ojos, descubro la vegetación,

no tiene nada que ver con la de ayer.

Gracias al sol, y a las nacientes hojas de los árboles

tengo la certeza de que la vida comenzará de nuevo.

Mi calendario, las hojas, los números, las fechas

siguen el orden y equilibrio de la imaginación.

Sé que empiezan nuevas vidas; pero estoy de paso.

Como la intemperie, miro el cielo esperando la lluvia.

Cansa partirse en dos como la manzana de mi desayuno.

Me reivindica la noche, y elaboro la pócima secreta.

Al amanecer mi sangre se vuelve efervescente,

 mis tendones quedan cortos a esa anticipación, ese deseo.

Me doy cuenta de que nada debe depender de un día.

Ni la cordura, ni los horarios, tampoco las frases que inventas.

Lo irreal, lo imposible, son piedras para lanzar al fondo del lago

y recuperar esa imagen impresa, ese anhelo de tatuarse.

Todo es cuestión de tiempo para desaparecer el remolino.

Y volver a atrapar el verdadero reflejo de la palabra.

 

 

 

Ella

desea ser otra, no sabe correr y siempre usa zapatilla.

De viernes a jueves llora su talón derecho.

Se toma el tiempo para verse sentada frente al peinador.

para verse en todos los espejos de su casa.

Le dicen taciturna y dramática.

Algo le aprieta, la empuja, y sus sonrisas se inclinan cuesta abajo.

Le dicen que su voz suena hueca, que sus ojos solo traen niebla.

Ya no ríe, se pierde sin moverse. Se baña en vino tinto, en llanto

y otras aguas. Se escribe cartas y nunca las envía. Nadie las leerá,

acaso nunca hubo remitente. ¿Para qué escribirse otra carta

si ha olvidado la dirección de la destinataria?

 

 

 

Rictus

Somos tan extraños que no comprendemos la vida,

asumimos que ella es la extraña.

Y sentimos que los días de primavera son superficiales

para que los disfruten los inconscientes, los árboles,

los parques de pequeños jugando a la pelota.

Ellos que todavía no tienen el corazón rugoso.

Porque los que ya lo tenemos, soportamos el otoño

que acalla las cosas.

Dejamos que nos abrace la noche,

con su lluvia fría en la sangre.

Pasamos la vida sumidos en el desasosiego,

aprendiendo a ser imitadores,

ensayando esa mueca para que parezca risa.

No queremos despertar sospechas. Y aunque, muchas veces,

no logremos dominar ese arte y nos azota la lluvia con más fuerza,

buscamos desesperadamente la protección del paraguas.

Bajo la lluvia queda la risa congelada

al ver extrañados la vida que tan rápida,

tan velozmente se nos pasa.

 

 

Siempre

Algo de mí te reclama.

Murmura en mi oído: sé el mezcal que embriague mi lengua,

no quiero oler mis miedos.

Recorre la planicie de mi cuerpo, deseo tu templo.

Sé siempre el umbral que me espera.

Ofrezco este otoño mío al tuyo que comienza

mi sangre con su aroma y su color inconsistente,

mi ascendente en marte, mi canto y mi alarido,

mi silencio moribundo, mi callado renacimiento.

Te ofrezco la armonía de mis caderas, la cadencia de mis letras.

Y te prometo, para siempre, vivir a diario en Venus.

 

 

 

La confianza

Me enteré cómo se rompe la confianza.

Había pensado que se desplomaba como Aquiles

tropezando agónico.

Pero no es así, no.

La confianza en un momento se atomiza.

Se agrupan demonios sobre el bien alado,

y el centro del mundo se derrama en mil galopes.

Ni una espina logra penetrar algún órgano viviente.

Ni un pistilo anuncia primavera futura.

Se resquebraja el centro del tiempo y lo que queda de la flecha

es su gélido trayecto

que se diluye en cadáveres y coyunturas inconexas.

Como si la voluntad fuese una astilla desprendida del hueso

un náufrago que se desprende de su barca.

Y de ahí a nacer en otro naufragio distinto.

Otra mujer cuyos ojos son dardos apuntándole al futuro.

¿Este hueco en mi cuerpo es el futuro?

¿Esta sonrisa flotando que se burla?

Sé que no vendrá ninguna respuesta.

 

 

 

Al perderme en el torrente de las emociones

se exaltan mis sentidos, sangra mi corazón,

llueven mis ojos, no paran de llover.

El invierno hela mis huesos,

me hiela completa.

Pero siempre hay algo que me guarece

de esa desesperación concurrida.

que me acompaña en esa coyuntura;

el de turno, el que cambio tan seguido

y a quien a veces vuelvo porque me llena y satisface,

me transporta a los placeres no vividos,

que hasta la muerte me será fiel,

mi libro en turno.

 

 

 

 

 

Tiempo

Sigo viva, pero el tiempo escapa.

Mis secretos —dolores mudos— contradicen mis sueños.

El tiempo traspasa las entrañas de la noche,

me apresa,

deja huellas en mi frente,

estrías en mi cuerpo,

vacío que lastima

por la ilusión que escapó

Y me dejó un camino sin crepúsculo

sin mapas, ni brújulas que me guíen;

no hay noches febriles que celebrar,

la ley de la ironía ha fragmentado el templo.

Sigo viva sin poder distinguir

si soy real o la farsa de mí misma.

Vivo en gerundio regular —ando, yendo—

y solo uso un antifaz que esconde

ausencias.

 

 

 

En cada una de tus salvajes alboradas.

atrápame con bríos, refúgiame en el túnel de tus sueños

en la profunda raíz del almendro, en el rayo de luz.

Gózame como ese libro que atesoras.

Quiero estar en cada verso y al final, siempre al final

saborear tus letras al viento del otoño que me desnuda.

Que mis harapos caigan como hojas de árbol.

descorcha el erotismo acumulado,

tatúa tus caricias en mi carne,

tira piroclastos que enerven mis sentidos

deja correr en mis entrañas

la lava ardiente de tu sexo.

 

 

 

Te pido que no me imagines vestida.

imagíname desnuda, sin nada que estorbe tu malicia.

No quiero que la imagen se difumine,

deseo ser recuerdo, tu puta más furcia;

quiero que lleves mi nombre tatuado,

que tu boca me llame a la lujuria,

en cada cama donde duermas.

 

Quiero que me odies, me ames, me extrañes,

sin pronunciar te amo.

Quiero sentirte en travesía por mi cuerpo

que gimas conmigo, que goces conmigo.

Y si un día te sientes herido, ahí estaré para sangrar tu herida,

frotarlas en mi carne y sellar nuestros íntimos deseos.

Y si desfalleces ahí estaré, contarás con mi locura,

con mis monstruos; aprenderé a amar los tuyos.

Y cuando hagamos el amor, promete

que desharemos este maldito y profundo desamor.

 

 

 

Soy la equilibrista que flota en la cuerda,

con la oscuridad abordo. Levanto la mirada,

disfruto el hermoso globo blanco que alumbra la noche.

Mi cordura es frangible y mis sueños subjetivos.

Siento el fracaso y no he sido amada,

¿Qué importa si en el otoño caigo herida?

Reposaré mi invierno bajo lluvias sabor a óxido.

Porque soy la equilibrista. Lanzaré al vacío mi pesadumbre.

Me despojare de vaciedades, de falsas poses.

La sombra de la noche me abrazara,

y juntas renaceremos al terminar el invierno.

 

 

 

Ki wuatey.

El tam tam va en un crescendo hipnótico. Baña su cuerpo la desesperación. No encuentra ninguna manera de escapar, solo distingue la punta brillante de obsidiana que se alza amenazante. En medio de la noche, un grito desgarrador. Despierta, la frente está empapada de sudor, lágrimas bañan su rostro, el cuerpo tiembla sin control.

Itala no puede desprenderse del sueño que altera su vida. Por la mañana, al estar tomando el desayuno para salir a trabajar, le cuenta a su esposo de la pesadilla recurrente. Él, le pide que deje de perder el tiempo con esa afición por los relatos fantasiosos.

Durante las juntas de trabajo, Itala de manera inconsciente comienza a garabatear su agenda, la llena de trazos incomprensibles. Manolo, su compañero, observa; y le pregunta qué significan los trazos. Ella le cuenta la pesadilla. Él se muestra interesado y le pregunta cuándo comenzó a tenerlos. Itala hace memoria. Descubre que fue a raíz de un viaje que hicieron a su pueblo natal; decidieron visitar un sitio arqueológico recién abierto al público llamado Tamtoc. Conforme se acercaron al lugar, comenzó a sentir cierto nerviosismo, su estómago se contraía, su corazón palpitaba con desasosiego, y sentía en la garganta un nudo inexplicable.

Al llegar, lo primero que observó fue la escultura de una mujer mutilada, yacente en una plancha de piedra. Surgió un llanto incontrolable.  Mientras el guía avanzaba y les narraba la historia del lugar, Itala caminaba atrás, con la sensación de reconocer el lugar, cada camino le parecía haberlo recorrido antes. Y hasta inclinarse para levantar unas piedras le pareció familiar.

Al adentrarse en la maleza, junto al rio, el guía señaló a lo alto, lo que ellos suponían era un mirador, invitándolos a subir. Ella se niega a hacerlo alegando cansancio, pero en realidad, estaba siendo presa del miedo. Mientras los demás subieron, Itala se recostó en el pasto. Recuerda haber dormido y soñar que aparecía un hombre mayor ataviado como los antiguos indígenas de ese lugar. Le dijo que era su padre, y expresaba felicidad porque estaba de vuelta en casa. Los gritos de su familia la despertaron y sin comentar nada emprendieron el viaje de regreso.

— ¿Sabes qué recuerdo?

—Dime

—Una voz profunda que gritaba ¡Ki wauatey! ¡Ki wuatey! No tengo idea que significa, pero la recuerdo con total claridad.

Al día siguiente, Manolo le comenta lo que ha investigado sobre el grito que recordaba en sueños.

—Es increíble, Itala; en Tenek la lengua de los huastecos Ki wuatey significa: “Pasen a la siguiente”.

Itala decidió buscar librarse de sus pesadillas y regresar a Tamtoc. Al llegar, siente que el viento la empuja hasta el pie del mirador, descubriendo entre la maleza, el paso hacia un desfiladero.

Sin saber qué la impulsa; replegándose a la pared, avanza paso a paso. El camino parecía estar a la medida de sus pies. Siguió avanzando sin saber a dónde. Sentía que el corazón le estallaba, como el tam tam que escuchaba en sus pesadillas. Al llegar a un hueco cubierto de hierba cavado en la pared, descubre un trono de piedra, que los antiguos habitantes construyeron, para que el monarca contemplara desde ahí la planicie, donde se ejecutaban los sacrificios humanos.

Al sentarse en él, comenzó a escuchar un rumor lejano que se fue convirtiendo en un torrente de gritos ensordecedores. Sintió que su mente se nublaba y sólo percibía una luz a lo alto, que reflejaba el brillo de un puñal alzándose sobre su cabeza.

Itala intenta gritar, levantarse, pero manos rudas la aprisionan. Durante un segundo el puñal se detiene y cae sobre ella atravesándole el corazón. Lo último que percibe mientras caen en un abismo de oscuridad, es la obsidiana que se alza sangrante y la voz del sacerdote que ordena ¡ki wuatey!

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

Ana Ayala

 

 

 Ana Ayala. Originaria de Ciudad de México (1969), empresaria y escritora, radica en la Ciudad de Matamoros, Tamaulipas desde hace 25 años. Ha participado activamente en colectivos culturales, talleres y diplomados de creación literaria. Miembro benemérito del taller literario Rabindranath Tagore en Cuba. Su obra ha sido publicada en diversas antologías nacionales e internacionales.

 

 

 

 Estaciones

Llegaste cual primavera, abriendo botones yertos,

libando la miel ajena, tejiendo nidos inciertos.

Cosechaste viejos sueños; semillas que esparció el viento,

vestigios de quimeras que deja el paso del tiempo.

Más el verano llegó y junto a él, partiste, dejando atrás el amor.

Te vestiste de invierno. El frio invadió la morada y no te importaron

los ruegos; solo dejaste falacias nacidas de juramentos.

¿En qué inhóspita ladera enterraste los recuerdos

que enraizaron en la tierra y dieron frutos tan secos?

 

 

 

Otoño

Furtivo llegas y traes contigo al viento,

desplazando al verano y anticipando el invierno.

Es época de nostalgia; de aferrarse a los recuerdos,

de recoger hojas muertas, de árboles sin savia dentro.

Vislumbro ya el ocaso. Ya no está en la rama el nido,

el aire silba en mi alma; dime, ¿cómo te olvido?

 

 

 

Soy mujer

Soy una mujer sin poses moldeada sobre la arena,

con el polvo de los siglos atrapado entre las piernas.

Tiempo que dejo su marca y por el camino rueda,

soy el vientre de la noche y quien criba lo que sueña.

Soy la braza sobre el hielo donde se esconde la culpa,

que convertida en vapor entre la niebla se oculta.

Soy cántaro que se entrega desde que sale del pozo

y a cada gota de vida, el cántaro muere un poco.

Soy el eco de la tierra ¡Soy el canto! ¡Soy el trino!

Soy el olor a madera, fuego que calienta el nido.

Soy mano que firme escribe, pluma que no se cansa,

silencio que dice todo, tinta que destila el alma.

Soy el grito y soy la sangre de la llaga de mis versos

vertidos sobre una hoja de frágiles pliegues densos.

Metáfora que se entierra en la arena de la rima,

luz revuelta de memoria ¡Soy la mujer y la niña!

Entre pecados y rezos soy la que SOY Y SERÉ…

La que perfuma sus miedos mientras desnuda su ser.

 

Lo que no ves…lo que al tacto de tu pupila es fisura.

Es que soy tú y eres yo; porque somos mujer…

¡Solo una!                         

 

 

 

En silencio

Quiero morir en silencio, desnuda sobre la hierba, sentir en mis pies la tierra y el olor a junco seco. Quedarme en la frontera de la noche, entre sus fauces, que se duerma para siempre la mañana en apenas un instante.

Quiero morir en silencio sin los cuchillos del ruido. En la turgencia del rio donde al fondo de un libro yacen mis ojos, como desiertos. Quiero sumergirla en agua, que se disuelva tu imagen y libere mi mirada.

Quiero cruzar el velo de la bestia que es la noche, si la muerte me da vida. ¡Vivir es un derroche! Quiero ventanas abiertas que la aurora me refresque y el viento apague mi vela mientras me besa la frente como lobo solitario que se detiene en la orilla, para sentir en su rostro el silencio, la caricia. Todo será en un momento y nada habrá sido cierto. Vivir después de haber muerto. Y morirme de silencio.

 

 

 

Fragilidad

Estaba aturdida, la falta de comida y agua hacían estragos en su cuerpo y en su mente; el miedo invadía cada poro, cada arteria y hacía eco en cada latido como tambor que anuncia el desenlace final.

Y lloro, lloro sin lágrimas, lloro hacia adentro sintiendo la sal que quemaba sus venas y que traspiraba, arrancando a su paso lo que le parecían pedazos de piel mientras sentía como se erizaba cada centímetro de su cuerpo.

Se arrellanó en la cama contrayéndose en posición fetal, su boca tenía un saber acre, a metal oxidado y sus labios se pegaban por la sed extrema. Se sentía impotente, vulnerable, pisoteada, denigrada…y sola, profundamente sola…y se hundía cada vez más en la inconciencia…

De donde fue arrancada por el estruendo de una patada en la puerta de entrada que estallo en pedazos…el tiempo se detuvo y los segundos pasaron en cámara lenta, las astillas de madera volaron por el aire y apenas alcanzo a incorporarse unos centímetros; su mente trastornada intentaba comprender que sucedía, cuando los vio frente a ella.

El más absoluto terror por tantos días albergado repto de su estómago a su pecho arañando su esófago a su paso y una bocanada de nauseabundo olor que saturo su boca y salió por su nariz, precedió la entrada de los 3 hombres que le apuntaban. Pero no vio sus armas, con las pupilas dilatadas su mirada estaba fija en los ojos simiescos y la sonrisa torcida de quien, ahora sabia, le apodaban “Las chanclas”. Sintió un vértigo estomacal, su onda expansiva se extendió a todo el cuerpo y una fría sensación lacero su pecho…Si, era tal como le recordaba, como tantas noches los dedos descarnados del miedo y el asco le habían dibujado en su mente; con tanta precisión que habían quedado tatuados en sus recuerdos.

Un escurrimiento frio le recorrió la columna y erizo su pelo que podría jurar que se blanqueó en ese mismo momento…le vio avanzar hacia ella y el más absoluto terror le hizo encogerse, achicarse, sus rodillas tocaron su pecho y cerró los ojos con fuerza. Un sonido estridente, como matraca, taladro sus oídos; su vista se nublo …y soltó la orilla de la conciencia dejándose caer en el abismo, el hoyo negro que tragaba todo el miedo y el dolor en la más completa fragilidad y soledad del ser.

Se sintió liviana, incorpórea, girando, girando, negro, profundo…y desapareció…

 

 

 

Cuando cae la noche

Una familia había sido encontrada muerta en el interior de su casa, las cerraduras de la propiedad permanecían intactas, sin rastros de violencia o lucha aparente, y aún se desconocía la causa.

Al llegar la noticia a sus oídos, Camila imaginó lo sucedido. Y tuvo la certeza, de que nunca descubrirían la causa del rictus de terror que, sin duda, presentaban sus rostros.  Sintió un estremecimiento ante la proximidad de la muerte.

Quería permanecer a salvo, pero no podría seguir escapando.  Y por una fracción de segundo, los dedos de su mano izquierda se movieron, como si hilos invisibles tirarán de ellos.  Sin pensarlo siquiera salió volando, en su mente tenía grabada la dirección de la casa; y algo superior a ella, le exigía comprobarlo. Necesitaba pruebas, esta vez le creerían y por primera vez le darían la razón, y tal vez ahora le ayudasen a acabar con todas. Porque no debía quedar ninguna viva, ¡ni una sola!

Las conocía, estuvo en el lugar de donde provenían durante toda una noche.  Presenció escondida, las habilidades para agruparse y su capacidad de camuflaje para evitar ser vistas. Se preparaban para atacar…y recordarlo conmocionaba su cerebro, que, en respuesta, lanzaba descargas eléctricas a recorrer su piel, provocándole escalofríos; para regresar después por el torrente sanguíneo hasta la cabeza, abultando las arterias de la frente.

Las imágenes invadieron su mente…y regreso a aquella tarde en la casa paterna, donde todo inicio. Corría feliz junto a sus hermanos mayores, enarbolando espadas de cartón, con paliacates en la cabeza y un parche que cambiaban de ojo cuando el sudor les daba picazón.

Habían pasado la tarde exterminando invasores y reforzando barricadas, con palos y cubetas; mientras realizaban abordajes a barcos que divisaban, trepados en los árboles…desde donde podía ver de reojo, y cada vez con más miedo; el cobertizo de madera con techo de lámina, causante de muchas noches en vela, tratando de descifrar los extraños ruidos provenientes de sus entrañas, ¡porque siempre supo de donde salían!

El viejo cuarto se encontraba en el corazón, de lo que le parecía una selva circundando el patio trasero de la casa donde vivían; más allá del lavadero con su gran pileta, los rosales y gladiolas de su madre y el piso empedrado que el padre mantenía, limpiando cada domingo, a salvo de los avances de la maleza y sus habitantes. Era el límite permitido y debía traspasarlo…

Llegó la hora, y aún atemorizada estaba lista para la prueba de valentía que le habían impuesto, quería ser parte del “comando especial” creado por sus hermanos. Su misión era simple, pasar la noche sola, encerrada en el viejo cobertizo. Desearía nunca haber ido.

Después de esa noche, siempre intentó prevenirlos, y por ello la tildaron de “enferma” por mucho tiempo; pero ahora que se habían cobrado las primeras víctimas ¡ya quería ver sus caras pidiendo disculpas!

Y seguía ahí, con la obsesión que opacaba el miedo, buscando con una linterna cualquier evidencia, cualquier rastro…Pudo entrar sin problemas y le pareció raro para una casa donde se acababan de cometer asesinatos, pero no le importó.

Continúo revisando minuciosamente…Termino la planta baja y se encontraba en la recamara principal, cuando las escuchó. El sobresalto la hizo soltar la linterna que al caer se desarmó, dejándola a obscuras. El pavor la paralizó, doblando sus rodillas se dejó resbalar replegando la espalda contra la pared, el oído se le agudizó amplificando el sonido.

Permaneció expectante, mirando de un lado a otro, horadando la obscuridad…y las vio, sabía que iba a encontrarlas, pero nunca imaginó a tantas; se dirigían a ella moviéndose al unísono. Instintivamente abrazo las piernas contra su pecho, podía escuchar a su corazón latir con fuerza. Sus ojos enrojecieron a causa de diminutas arterias que reventaron y no pudo evitar el temblor que invadió todo su cuerpo, se acercaban cada vez más…

En alguna parte dentro de sí misma, surgió un grito golpeando su cerebro y desgarrando a su paso las cuerdas bucales.  El alarido provocó que los perros aullarán, los niños soltarán el llanto; y los pájaros alzarán el vuelo en un solo movimiento; opacando al sol y convirtiendo el día en noche por unos minutos…aunque ella no se enteró, ya no estaba ahí, su mente había volado junto a las aves.

Una ráfaga de aire frio partió en dos su espalda, su frente se perló de pequeñas gotas de pegajoso sudor, el temblor se hizo cada vez más intensó hasta convulsionar. Abrió los ojos de golpe y el impacto de la revelación colapso los músculos de su faringe. Las fosas nasales se cerraron cortando el flujo de oxígeno a su cerebro…

En un abrir y cerrar de ojos el pequeño cuarto se llenó de movimiento, médico y enfermeras corrían de un lado a otro acercando aparatos y maniobrando, la pequeña luz roja continuaba encendida, y el sonido que emitía la pantalla cambio de intermitente…a fijo.

El doctor salió al pasillo donde esperaba ansiosamente la familia de Camila, y al ver su semblante, comprendieron.

El coma inducido para aliviar las crisis de la paranoia que padecía desde niña no había tenido el resultado esperado.  El miedo irracional terminó con su vida.

 

 

 

 

 

El secreto

Sucedió una tarde de verano. El sol contagiado de pereza no acababa de retirarse; como cuando no abandonas una aburrida reunión, solo por no querer levantarte de tu asiento.

Igual que todos los jueves, se habían dado cita en la casa de Lolita, quien había preparado café y galletas para convidarles. Y entre mordisco, sorbo, puntada y chisme; ocurrió lo inesperado. 

—Anda tú a saber qué diablos pasó por su cabeza –le dijo esa noche la anfitriona a su nuera, mientras rellenaba de agua el pocillo del café.

Pese a haber repetido ya, varias veces el mismo estribillo; sus ojos no habían perdido el brillo de excitación de quien saborea las palabras, deleitándose al recordar la escena.

—Pues sí, en un segundo y sin decir ni “agua va”, Carito lo confesó… ¡Tengo un amante!— Concluyo Lolita.

Y era cierto, en un santiamén las cabezas incrédulas habían volteado, las bocas se abrieron, las miradas, como imanes, se encontraron; y en el grupo de mujeres que deshilaban las servilletas en la clase de costura, se instaló un silencio embarazoso, tan espeso, que hubiera podido cortarse de tajo.

Doña Juana fue la primera en levantarse y balbuciendo palabras ininteligibles acerca de algo que había olvidado hacer esa mañana, se precipito hacia la puerta; lo que marco como banderín de salida, la rápida despedida y huida de la escena del crimen, de todas las mujeres, dejando a su paso sillas desordenadas; y uno que otro lienzo de tela o carrete de hilo, tirado por entre las patas de los sillones de madera, de la reducida sala.

Solo Lolita se quedó ahí, pasmada… y lo único que atino a decir antes de que saliera la susodicha, deshecha en llanto, fue:

—¡Pero muchacha! ¿En que estabas pensando? —reprochándole con la mirada. 

Acto seguido, se levantó recogiendo la bolsa del hilado que había resbalado de sus piernas y colocándola a un lado, sobre la mesa, caminó hacia el perchero de la entrada, tomó su bolsa y salió, deseosa de compartir el suculento bocado, que aún no acababa de degustar.

La noticia corrió rápidamente rellenando los huecos de la historia; y es que, ahí donde la ven, Carito Mendoza era una mujer respetada y adonde quiera que fuera, era bien recibida.

Pese a tener ya 10 años sola, nunca había dado de que hablar; regresaba siempre a casa antes del obscurecer, llevaba su largo cabello recogido sobre la nuca, usaba vestidos holgados —aunque eso no ocultaba la redondez y firmeza de sus formas— y su único maquillaje era una linda pero recatada sonrisa, que escondía con frecuencia bajando la cara.

Pero a partir de ese día, todo cambio.

Primero fue algo bochornoso pero soportable, las mujeres en la calle en cuanto la veían, desviaban la mirada fingiendo ir distraídas para no saludarla, cuchicheaban entre ellas y proferían ahogadas risitas burlonas. Y los hombres le dedicaban sonrisas maliciosas acompañadas de largas miradas libidinosas que la recorrían de arriba abajo, produciéndole una horrible vergüenza y la sensación de querer esconderse.

Y no es que la gente no supiera de su relación con Don Gregorio, pero una cosa era hacerlo discretamente y otra muy distinta, volverlo público y anunciarlo así ¡a lo descarado!  ¡Los secretos tenían su razón de ser!

Y no, definitivamente por más que se le apreciara, había formas decentes que debían ser respetadas, porque si no, como decía doña Eulalia, ¿adónde íbamos a ir a parar?  Y ella sabía muy bien de que hablaba, porque solo Dios; y doña Chole su vecina, sabían cómo había sido posible sacar adelante “decentemente”, a los 9 hijos que le había dejado su difunto —y bien encomendado a todos los santos— Justino (aunque para hacerlo se hubiera tenido que “desaparecer” muchas noches a la semana en las que la mencionada vecina cuidaba a sus hijos).

Carito, siendo huérfana, siempre se había sentido cobijada por el pueblo y más aún cuando Pedro, su marido, partió para los Estados Unidos, abandonándola. Razón por la que, azotada por los remordimientos, aquella tarde había explotado confesando su pecado, aunque casi al momento de escupir las palabras, se arrepintió por no haber guardado el secreto.

Y es que, lo que había iniciado hacia seis meses como un acto de caridad desinteresada de parte del generoso Don Goyo, treinta años mayor que ella, se convirtió en una “maldición”, cuando él decidió meter mano bajo su falda, poniéndose agresivo ante su negativa; y sometiéndola con rudeza alegando defender los “derechos” que le correspondían.

Carito aprendió en poco tiempo, todo lo que no había aprendido en dos años con su joven esposo y que nadie mencionaba en la clase de costura, “cosas” que llenaban su alma de sentimientos encontrados, confusión y culpa…

Pero cuando después de varias semanas de encierro auto infligido, salió. Y lo único que recibió fueron advertencias de esposas celosas e información completa de lo que decían y pensaban de ella en el pueblo, a través de “inocentes comentarios bien intencionados” escuchados al pasar, y recibió la humillación del padre Mateo, quien, al descubrirla entre sus feligreses, altero su sermón para dirigirle palabras denigrantes respecto al pecado capital de la lujuria; algo dentro de ella, se transformó. Y el agobio de tantos meses, se convirtió en cólera e indignación.

Esa noche se bañó lentamente y por primera vez, se miró al espejo con la cara levantada, como hacía mucho tiempo ya no la tenía, soltó su abundante cabello sobre los hombros y dejo caer la toalla que la cubría, despojándose de su pudor.

Contemplo su cuerpo desnudo, sin sentir vergüenza de su carne y le gusto lo que vio. Observo su boca y cerrando los ojos se relamió los labios recordando…sintiendo el olor y sabor agridulce hacia poco descubierto y que le parecía ahora, impregnado en ella. Abrió los ojos y dirigió la mirada a sus turgentes pechos erguidos, igual que su frente, toco sus obscuros y duros pezones, expectantes…recorrió con sus manos la curvatura de su cintura, la voluptuosa cadera; se giró ligeramente para observar mejor sus redondeados glúteos, sus fuertes y definidos muslos, su abultado pubis… y una oleada de calor recorrió su vientre, haciéndola sentir una involuntaria contracción muscular…

Cuando más tarde, escuchó los característicos golpes de su amante a la puerta, lo recibió desnuda y sonriente. Y más tarde, al despedirse, todo había cambiado. Él bajo los ojos ante ella, sin decir palabra; le entregó el dinero que le había pedido y asintió a su solicitud de hacer correr la voz entre sus amigos, pidiendo como única condición que guardaran absoluto secreto. Con el tiempo, Carito se convirtió en “Doña Carolina Mendoza”, y su nombre se encuentra escrito en la entrada del dispensario y de la biblioteca municipal, como corresponde a los hijos pródigos y bienhechores de toda respetable ciudad.

 

 

 

 

 

 Arturo Martínez

 

 

Arturo Martínez. Guadalajara, Jalisco, 1971. Radica en H. Matamoros desde el año 2000. Ha sido misionero, obrero, vendedor, celador, publicista, catedrático, asesor financiero e inmobiliario, tallerista literario con Jorge Caballero, disfruta cocinar e ir al cine, estar con su familia y en silencio, es psicólogo y prepara su colección de libros. Participa en el Taller de Apreciación Literaria del Instituto Regional de Bellas Artes de Matamoros.

 

 

 


 

 

Esenio

La presencia de Emmanuel es imponente, las blancas investiduras que cubren el cuerpo recio y flexible del hombre de 30 años anticipan la ceremonia.

—Emmanuel, bienvenido. ¿Cómo te sientes? —pregunta el anciano, mientras le abraza; igual va cubierto con ropa de ceremonia.

—Hoy me retiro y empezaré mi último viaje, Gran Maestro.

—Así sea, todo se ha preparado. Dime ¿cómo te sientes?

—Muy bien. Si ustedes están preparados, iniciaré la obra.

—Estamos preparados y sabemos que a ti ya te esperan —le dice mientras cubre de aceite los pies y manos de Emmanuel—. La virtud acompaña tus palabras y por ellas unos cambiarán, pero por ellas todos seremos juzgados el último día.

Mientras acomoda sus ropas, Emmanuel pregunta:

—Maestro, sabemos que el derramamiento de sangre al final sucederá. ¿Entienden mis hermanos que muchos no aceptarán el nuevo mensaje y que tampoco comprenderán el sacrificio final?

—Es inevitable que así suceda, aun de entre los elegidos algunos se perderán —continúa hablando el anciano—. Para que la ley se cumpla y el testamento nuevo entregue su herencia, es necesaria la muerte del testador.

—Tu vida será exaltada y se enaltecerán tus enseñanzas —mientras clama el anciano, cubre cuidadosamente con un manto hermoso los hombros de Emmanuel.

—Gran Maestro, que mi voluntad sea Su Voluntad.

—Tus santos hermanos y ángeles te acompañaremos, aun cuando no puedan vernos, siempre estaremos contigo; así sea, hasta el último momento.

—Me encontrarán con los enfermos a los que sanaremos —dice Emmanuel y es Él quien ahora unge al anciano—, viviré entre los más pobres y los despreciados, nunca tendré morada fija; quienes me acompañen serán mis amigos y testigos, caminaremos juntos, siempre acechados por sacerdotes y romanos, fanáticos y opresores, artistas de la mentira, muchos.

—Así sea. —le contesta tomando un nuevo aliento—. Hemos visto tu gracia crecer y llevas contigo el ministerio de sanidad. Tus palabras son fruto de la sabiduría y las cubres de poder singular —dice el anciano mientras se ciñe las ropas—. Permitirás que sus oídos te escuchen y sus ojos contemplen sin comprender.

—Revelarás tu destino, primero a los doce que te han mostrado; luego ellos salarán la tierra y con sangre legará el testimonio a todas las naciones.

—Ahora mismo nuestro hermano que clama en el desierto prepara el camino —dice Emmanuel.

—Sí, después de ti, otros más que enviaremos, caminarán juntos. Y acontecerá que tu nuevo nombre les será revelado, y así todo hombre, mujer y niño conocerá tu obra.

—Y quienes acepten la redención, proclamarán con fe la santidad de tu nombre, dando testimonio y frutos dignos de arrepentimiento, para que así recibamos larga y nueva vida a tu lado. —habiendo dicho esto, el anciano cae rendido sobre sus rodillas.

—¡Bendito!, Cordero de los lomos, ¡José! —exclama, mientras lo alza Emmanuel—. ¡Hosanna mi alma!

El Gran Silencio que se extiende hasta hoy, inició en ese instante.

 

 

 

 

 

Anatemas

Fría vida con los cuerpos prestados.

Malditos con prevaricación necia,

solo queda cerrar los párpados.

 

Tontos caminantes en común ausencia,

viendo como el tiempo al cuerpo engaña,

mientras compartimos cruel presencia.

 

Falsos inmortales inician la hazaña,

Viajan libres por sendero franco;

Inteligencias burlando la guadaña.

 

Todos los colores suman blanco,

todos mis pecados suman cero,

mientras veo por cristal opaco.

 

Sin expansión, el colapso es certero.

Ellos contemplan el acto final.

Ausencias vivas, en segundo cero.

 

Del estancamiento celestial,

la materia en desarrollo tardío,

retorna con inercia espacial.

 

Los dioses eliminan con hastío

rastros de la última creación,

copia fiel de su corazón impío.

1010011010 otra simulación.

 

 

 

 

Día del Escritor en Matamoros 2019.

Adán Echeverría.

 

 

Este 20 de diciembre de 2019 celebramos en Matamoros, por segunda ocasión, el Día del Escritor. Celebración que aprendí a realizar todos los 20 de diciembre desde el año 2001, año en que apareciera mi primer poemario El ropero del suicida. Ese año los compañeros del Centro Yucateco de Escritores, A.C., en la ciudad de Mérida, de donde soy originario, me invitaron por vez primera a celebrarlo. Este ha sido mi Día del Escritor número 19, 14 veces lo celebré en Mérida, 1 vez en Morelia, 2 veces en Ensenada, y por segunda ocasión en Matamoros, Tamaulipas, a donde llegué a vivir en julio del año 2018.

Este año celebré la aparición de mi cuadernillo “Ciudad Abierta”, y compartí la celebración con Félix Martínez que este año sacara su primer libro “360 grados”; además José Rodolfo Espinoza celebró la aparición de su libro de cuentos “Para destruir el final”, además de la obtención de la beca del PECDA Tamaulipas. En esta ocasión nos acompañaron, además de mi esposa Larissa Calderón que siempre me acompaña, mi hijo Dante Andrés, José Rodolfo Espinosa Silva, Ronnie Camacho Barrón, Saúl Rodríguez Guerrero, Jorge Luis Caballero, Rosalba González Silguero, Arturo Martínez, Daniel Barrera Blake, Francisco Madrigal, Ruth Martínez Meraz, Félix Martínez, María Guadalupe Olvera Zavala, María Bárbara Compeán Escobar, Elizabeth Martínez Compeán, Édgar A. Rivera y Martín Hernández Torres.

 

 

La reunión para celebrar el Oficio de Escribir se llevó a cabo en el Café Librería Horus, que durante el año ha sido recipiendaria de Talleres Literarios, charlas de literatura, presentaciones de libros, y ha reunido a compañeros escritores y lectores de al menos los cuatro diferentes talleres de literatura de la ciudad, así como de promotores de lectura.

 

 

 

Para iniciar la reunión les hablé de Elvia Rodríguez Cirerol, la persona que ha comenzado esta celebración en Mérida en la mitad de la década de los 90s del siglo pasado. La amistad, el deseo de promover la lectura y la escritura, y de reconocer a sus compañeros de letras, la llevaron a invitar a su casa a los creadores de la ciudad de Mérida. La tradición ha continuado en su memoria, y a mi me ha tocado extenderla a los lugares donde me ha tocado vivir.

El Día del Escritor celebramos el oficio de escribir, el escribir como nuestra segunda profesión. Ésa que nos quita el sueño, nos hace levantarnos de la cama para continuar con la idea que lleva todo el día dándonos vueltas en la cabeza. Porque es justo cuando tienes que levantarte de madrugada, cuando necesitas arrancarle tiempo al trabajo, cuando rehúyes la compañía de las personas para tener esos momentos para ti y la hoja blanca, cuando te descubres escritor. Cuando te das cuenta de que las letras forman parte de tu vida. Pasan de los libros en tus lecturas a ocupar tu mente, pasan de las historias que lees, alguien te cuenta, o experiencias que vas viviendo en el día a día, y como piden salir, brincar hacia la hoja en blanco, en donde habitarán por siempre.

Porque escribir es un acto noble, es un acto que puede enloquecerte en la vanidad y el ego, o puede hacerte compartir con los demás todo aquello que tienes que decir, que te ahoga por dentro, y necesitas contar como cuento, poema, novela, minificción, ensayo, comentario crítico y más.

Gracias, compañeros, por hacer de este Día del Escritor en Matamoros, el momento tan agradable que ha sido. Empecemos ahora otro año de escrituras y lecturas. De muchas lecturas. ¡Feliz 20 de diciembre! ¡Feliz Día del Escritor!

 

 

De la quema de brujas a la quema de libros.

Adán Echeverría.

“Yo nunca me equivoco en mis actos,

pasa que no tienes la capacidad de entenderlos.

 

Todos los libros nos dejan algo, incluso el decir: “¡Qué libro tan malo, jamás vuelvo a leer a este autor!” Y en esta diversidad lectora es en donde ponen sus cimientos las ferias del libro, las bibliotecas, las librerías, la historia del libro, y el poder de la lectura.

Volver a ver a jóvenes mexicanos quemar libros, en esta ocasión afuera de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, Jalisco, es de una total pena. ¿Qué pobre educación permea sobre las personas que presentan su odio sobre los objetos? Ya alguna vez Beatriz Preciado había dicho: “Todo lo que causa placer es un dildo, incluso el pene”. Y desde esa objetualización del placer sexual es cuando se da por terminado el Falocentrismo. Nos hace falta leer tanto.

Quemar un libro habla de Censura. La Censura es un signo de violencia. La violencia es lo que las sociedades buscamos erradicar del imaginario colectivo, de la educación de los niños y de los jóvenes. No podemos seguir pensando en la necesidad de resarcir todo el daño que se ha causado a la mujer, a los homosexuales, a los migrantes, a los pueblos originarios, cargando la violencia como estandarte, porque nos convertimos justo en aquello que nos ha causado tanto daño.

La quema de libros es algo que no podemos permitirnos como sociedad. Ellas queman libros que hablan de “Como curar la homosexualidad”. Un tema tan estúpido. En qué te convierte pelear con un estúpido.

Ya en 1564, la iglesia católica publicó el “Index librorum prohibitorum” que, en español se refiera al “Índice de libros prohibidos”: una lista de aquellas publicaciones que la Iglesia católica catalogó como libros perniciosos para la fe y que los católicos no estaban autorizados a leer. ¡En 1564!, hace apenas un poco más de cuatro siglos. En una época en que la Santa Inquisición torturaba y mataba mujeres acusándolas de brujas, gracias al manual conocido como: “Malleus Maleficarum”, escrito por los monjes Kramer y Sprenger; y de pronto, hoy volvemos a esas épocas, al tiempo en que lo que no nos gusta hay que quemarlo. ¿Acaso no podemos darnos cuenta, que los que se sienten afectados van a reaccionar en nuestra contra? ¿Acaso creemos que aquel que consideramos El Monstruo, se va a poner a llorar por nuestras marchas y cantos, y dejará de hacer maldades? Estamos nalgueando al toro, en marabunta, en jauría, esperando vencerlo por la fuerza, pero el toro ante el acecho igual reaccionará.

¿Qué se ha logrado con el simbolismo de la quema de esos libros? ¿El autor de aquellos libros lo entendió y sacará sus libros del mercado?

Los que están contra de quienes quemaron el libro, y jamás hubieran leído tales conceptos, ahora irán a leer ese libro. Triste sería que, por este acto, las ventas de aquel libro, cuyo tema es “Curar la homesexualidad”, aumentara, porque ahora muchos corran a comprarlo, y el libro comience a tener un número tal de ventas que ni el autor ni los editores hubieran esperado. Ergo, el autor escribirá más y más textos sobre lo mismo.

Los libros no son más que un mercado también. La sana crítica lectora pudo hacer que aquellos libros se quedaran en el olvido.

En una época del fácil acceso a cualquier tipo de tema en el internet, en verdad creemos que la quema de libros ¿cambiará el concepto de quienes creen en dichos temas? La censura es un arma de doble filo. Cada vez que yo Censuro al Otro, siento las bases para que un día, las autoridades de un pueblo tengan las herramientas para censurarnos a nosotros. Tienes que pensar que Tú eres el Otro para los demás. Y los demás un día podrán censurarte a ti.

Apréndete este Mantra: “Podré no estar de acuerdo con tu forma de pensar y lo que dices o escribes; pero defenderé hasta la muerte tu derecho a pensarlo, decirlo y escribirlo”.

 

 

Volver al inicio, encontrar la paz.

Adán Echeverría.

 

 

360 grados se denomina el libro que como ópera prima presentó la tarde-noche de este viernes 22 de noviembre el escritor Félix Martínez en el café-librería Horus. Tuve la fortuna de acompañarlo en esta presentación, a donde también concurrió el escritor Rodolfo Espinoza, que fungió como presentador del evento.

Félix se acercó desde este marzo de 2019 al taller de apreciación y creación literaria que lleva poco más de un año sesionando en las instalaciones del Instituto Regional de Bellas Artes de Matamoros. Desde que comenzó a asistir, pocas han sido las semanas en las que Félix no se acerque con un poema o algún relato para leernos y ponerlo en la mesa de operaciones del taller, para que los asistentes podamos opinar sobre su trabajo, y hacer las indicaciones necesarias para que el texto vaya tomando camino, y que posteriormente el autor, en la tranquilidad de su tiempo pueda hacer los cambios que considere pertinentes luego de haber escuchado a los demás compañeros.

Ése es el actuar de nuestro taller literario (de todo taller literario), llegar con una obra de manera semanal (disciplina de escritor), presentarlo ante los ojos lectores de los compañeros (tener humildad para ponerlo a disposición de los demás), no explicar de qué va la historia, ni discutir con los compañeros, solamente leer la obra. Que el texto se defienda solo, es la sentencia, y todos juntos nos sumamos a esa idea. Ya será después, en los cafés, las charlas fuera del taller, donde los autores podemos dar luz de cómo ha sido el proceso creativo. La disciplina de Félix es bárbara, como es la de Rodolfo, como empieza a ser igual en Lupita Olvera, quienes se han propuesto presentar textos semanales, lo que habla de la disciplina de escritor, para robarle tiempo a sus actividades de todos los días y poder trabajar en su obra.

El libro que nos convocó la tarde del viernes 22 de noviembre, reúne una época del autor. Textos que fueron naciendo en su totalidad bajo la mirada y guía del maestro Ramiro Rodríguez, durante los últimos 4 años. Textos: relatos y poemas, donde Félix Martínez ha puesto una parte de sí, de sus vivencias, de sus amistades, su familia, sus amores: hijos, esposa, hermanos, padres, tíos, haciendo que cada historia, cada poema, cada relato tenga ese toque de ternura, aun cuando el tema del que se trate pueda resultar en la violencia del sinsentido, la envidia, el rencor como en el relato “El viaje”.

El autor nos regaló, mientras comentaba sobre la creación de la obra, a preguntas que el auditorio le iba haciendo, de esas anécdotas que le hacen escribir, que le hacen traer a la hoja blanca las emociones que se recorren su sangre, salpicando cada una de sus células, lo que promete en convertirlo en un autor literario hasta que las fuerzas le alcancen. Anécdotas que le impulsan a seguir en el oficio de escritor, cuando puede constatar que alguna de sus obras pudo mover la fibra de algún lector, como lo ha hecho ya en alguna ocasión. Porque eso es la literatura, ese espacio para el reconocimiento de nosotros mismos en las historias que leemos de los otros. Para, por medio del lenguaje, reconocer al otro que somos nosotros mismos, desde los personajes que se construyen.

Félix lo presiente, lo intuye, e incluso estoy seguro que lo sabe. La literatura es ese acto comunicativo, que nos permite llegar a los ojos y la vida del otro, y desde ese momento pasar a formar parte de muchas vidas. Nuestros personajes, nuestras historias, llegan a ser parte de la vida de aquellos que alguna vez nos leen. Y el objetivo se cumple, cuando aquel lector reconoce la historia que se amolda a su forma de ser, que le mueve las emociones.

En este caso, la presentación de Félix Martínez, me ha hecho sentir ternura, calma e incluso paz, esa paz que se siente al disfrutar de los textos que conforman parte del libro 360 grados (Catarsis Literaria, 2019).

 

Testamento.  / Félix Martínez.

Estos son mis bienes que heredo:

Una casa sin paredes ni techo.

Para mirar la extensión les dejaré el cielo,

donde podrán ver las nubes cambiantes

las estrellas.

Les dejo el mar con sus tesoros

la luz, el cálido sol, para que se extienda

a sus noches frías. Dejaré el albedrío, un bien

heredado de mis padres.

Podrán escoger creer en un Dios benigno,

que está en cada huella, en todos los ojos,

o asegurar que existe lo que está en el horizonte.

Dejo un cheque portador de conocimiento

háganlo efectivo en libros. Ellos abrirán

sus mentes a otros mundos distantes.

El tiempo no se rige por los días o años.

Éstos se acortan cuando pausas la vida

y reciclas el pasado.

Mi mayor riqueza

fueron momentos en familia.

Cuiden sus activos,

separen valores de las posesiones.

Les dono mis sueños y quimeras;

mantendrán despiertos sus sentidos.

Disfrútenlo todo, llénense de sol, lluvia, ríos,

caminen veredas, suban la montaña,

lean ese libro para que vean que el mundo

nunca fue cuadrado.

Este es mi legado,

tomen posesión,

es suyo el universo.

 

 

 

La perorata dentro de la creación.

Adán Echeverría.

 

 

“Perorata” es el más reciente libro de cuentos del autor Luis Felipe Lomelí (Jalisco, 1975), editado con el apoyo del Sistema Nacional de Creadores de Arte, bajo el sello de Casa Editorial Abismos este 2019. En los créditos señala que ocho cuentos: Arandas, Verde era el color que era, La nueva era, Gabriel se puso malo otra vez, El espantapájaros, El Informante, Epístola del asesino y Somos gente de mar conformaron el libro que obtuvo el Premio Nacional de Literatura “Gilberto Owen” 2017, otorgado en junio 2018 por el Instituto Sinaloense de Cultura. Pero el libro consta además de siete cuentos más para fundar un cuentario de 15 cuentos en 200 páginas.

En verdad que me considero —ahora— un pésimo lector, porque en verdad que me costó mucho leer el cuento ‘Arandas’, el cuento con el que se abre el cuentario. Un cuento de 22 páginas que se alarga demasiado, apuntando para que el lector busque condolerse de la soledad del personaje que ha visto morir asesinada a su esposa bajo las balas de unos sicarios, utilizando un intento de intimismo poético que no le favorece al texto, que permite que uno se conduela de la pérdida del viejo, menos cuando una de sus preocupaciones es cómo avisarles a sus hijos por el teléfono móvil. El texto tiene graves errores de redacción, como en el siguiente ejemplo: “Ahora vengo, viejita, dice volviendo el rostro y abre la puerta. La deja abierta porque eso no es todo, no basta con mantenerse despierto aunque sea lo primero” (Sic)

Supongo que el autor intenta decir que lo primero es ‘mantenerse despierto’, pero en la literatura no se trata de suponer sino de decir y dejar las cosas claras. Y luego avienta frases y oraciones que en la intención poética resultan muy cursis: “para producir el milagro de una pequeña flama”; ¿en serio?, ¿encender un cerillo es un milagro? Y a lo largo de ese trabajo lanza otras como: “Frente a él está la pirámide de piedras y; al otro lado, la pala, el bote de cloro vacío y el hacha talacha”. A lo largo del texto (sus 22 páginas) utiliza 6 veces “hacha talacha”, ¿es en serio? ¿acaso en su investigación se topó con esta herramienta y decidió que la usaría mucho? ¿Acaso el oído no le permite escuchar la rima interna, como para usarla a propósito? El humor involuntario en el que se transforma la palabra mueve a risa en vez de que conduela. O construcciones como: “Sube a la azotea para relojear los ranchos aledaños, para ver si hay presencia de las camionetas o de los hombres armados en alguno de ellos”. O el hecho de meter una palabra del caló argentino como “relojear”, en el texto que narra, lo cual no deja claro el lugar en el que la historia se desenvuelve. Porque el personaje dice al menos dos veces “¡Chingado!”, una palabra coloquial mexicana. ¿Entonces?

Al parecer, y tal como lo indica el título del cuentario, la perorata es lo que pretende funcionar, el mucho hablar, el mucho parloteo interno del personaje.

¿Quién narra esta historia? Al parecer el que narra es precisamente Luis Felipe Lomelí, y eso es algo que se observa dentro del transcurso de la lectura del texto. No parece que el texto sea narrado desde el personaje, el cual no termina de sentirse, aunque se intente construir, no me ha importado la muerte de su esposa, o que lo estén vigilando para que no la entierre, o que lo hayan amenazado para que no lo haga. Nada de eso termina de parecer verosímil. Mucho menos los atisbos de poesía que presenta como: “Ayer le cerró los párpados para que el sol no le quitara el sueño”. ¿Por qué el personaje hablaría con esta poesía? Pues porque el que habla es Lomelí, no el personaje, no el narrador, sino el autor.

Aun así, necesitaré darle otras lecturas, porque en verdad que ahora me siento muy mal lector, puesto que el libro ha sido premiado a nivel nacional, lo que significa que a un jurado les pareció en verdad trascendente frente a todos los otros muchos cuentos que se presentaron al concurso, y de seguro a todo mundo les gustan estos cuentos, excepto a mí.

“Verde era el color que era”, es un cuento interesante, se deja leer, pero igual intenta arrancarnos el moco lacrimógeno con el tema de los desaparecidos y del cómo todos poco a poco sufrimos esta violencia que permea por todos lados en México sin poder dejar de intentar tener una vida normal, ahogando nuestros recuerdos para poder seguir siendo funcionales en sociedad.

Lo que parece interesante de este cuento es su estructura, cercana a la narraturgia (esa fusión de narración y dramaturgia, que prescinde —para la escena— de las acotaciones, lo que lo hace de lectura ágil.

Seguiremos explorando el libro de cuentos de Luis Felipe Lomelí, pero me pareció interesante hacer estos comentarios con el fin de hacerle ver esos errores de los editores en su poco cuidado de la obra.

En un país sumido en una Guerra desde el año 2006 (es claro que la violencia siempre ha estado presente en la historia de México, debido al saqueo continuo que adolece nuestro país), los cuentos de Luis Felipe Lomelí, en este libro vienen a demostrar que los escritores llevan en la piel y en el ánimo. Sucede que a veces el exceso poético no es necesario en la construcción del intimismo. Para estos primeros dos cuentos, el intimismo se ha visto rebasado por los excesos poéticos que he comentado arriba.

 

Miércoles, 18 Septiembre 2019 04:15

Leer en los aeropuertos Adán Echeverría.

 

Leer en los aeropuertos

Adán Echeverría.

 

Mi trabajo me hace viajar en ocasiones. Matamoros tiene la tragedia de ser una ciudad fronteriza a la que no le interesa mucho tener intercambios con la Ciudad de México o el sureste del país. Consciente de que su mundo económico tiene su base en el Norte (Monterrey, Saltillo) o del otro lado del Río Bravo, ha menospreciado tener un aeropuerto que sea funcional. Una línea aérea única en el aeropuerto de la ciudad, hace que los matamorenses tengan que viajar a Reynosa para tomar el avión, o ir a Monterrey. En Reynosa tampoco se soluciona el asunto, la aerolínea de tarifas económicas apenas hace un único vuelo los miércoles, jueves y viernes. Volver de la Ciudad de México un viernes en la noche se hace complicado. Deja uno el hotel a las 13 horas y tiene que esperar en el aeropuerto hasta las 20 horas para abordar. Y eso si no se nos atrasan los vuelos, como ha ocurrido en muchas ocasiones. Uno vuelve a Matamoros a eso de la 1 de la mañana del sábado.

Cuando uno es lector saber utilizar las horas. Las librerías son una muy buena oferta en el aeropuerto de la CDMX, y sabedor de ello me di a la tarea de conseguirme el nuevo libro que reúne los cuentos del escritor uruguayo Mario Levrero (1940-2004), pero —para no variar— el encarado de la librería dice que no tiene idea de quién es dicho autor. Tuve que deletrearle su apellido, para que me diga: “Ah, es con UVE, no con BE. No tengo ningún título con su nombre”, lo cual me pareció una tragedia, porque encontré dos reseñas de este libro incluso en la revista que la aerolínea pone a disposición de los pasajeros. Así que tuve que buscar para ver qué libro podría llamar mi atención.

Intento que mis lecturas me permitan usar los libros para ilustrar ejemplos en mis tardes de taller literario, y me topé con una Antología de la prosa breve mexicana, titulada “El vuelo del colibrí” (coedición de Secretaría de Cultura y Editorial Atrament, 2018), coordinada por Beatriz Espejo, y cuya selección de textos corrió a cargo de Ana Rosa Suárez Argüelles, Halina Vela y la propia Espejo, y cuenta con una nota introductoria de Jesús Gómez Morán.

A los 44 años, y después de quince años de impartir talleres literarios, dirigir revistas de creación literaria, editar revistas y libros, uno lee de forma diferente. Quise saber quiénes estaban incluidos en el libro, cuál era el alcance; y con revisar un poco vi la primera enorme ERRATA. El último autor que se enlista en la página 320 es Armando Alanís, y dice que nació en 1986.

En México uno se topa con dos autores con el nombre Armando Alanís, un narrador y microficcionista, y el gran poeta de Nuevo León que incluye en su firma su segundo apellido: Pulido, quien es el creador del proyecto Acción Poética. Uno tiene que valorar muy poco a los escritores mexicanos contemporáneos para no saber esto. Ninguno de los dos Armandos Alanís, es nacido en 1986. Ninguno. Así que quise ver su ficha, que encontré en la página 265, y efectivamente se trata del narrador y microficcionista, nacido en Saltillo, Coahuila en 1956.

El error no queda solamente como anécdota de edición, sino que al final de las “Justificaciones previas”, en las páginas 15 y 16, y firmadas por Beatriz Espejo, menciona: “El primer escritor que aparece nació en 1803 y el último en 1986”, lo que hace evidente que Beatriz Espejo no conoce el libro que coordinó, puesto que corregido el error de la fecha de nacimiento de Arnando Alanís en su ficha, la antología no contempla a ningún autor nacido en 1986, haciendo que Alberto Chimal nacido en 1970 sea el escritor más joven que fue incluido.

Más adelante incluyen el cuento “Días de Feria”, de Carlos Martín Briceño, del cual dicen al menos dos veces, primero en la página 104, y después en la página 324 que es un texto inédito, cuando pertenece al cuentario “Al final de la vigilia (Editorial Dante, 2002), que además ha sido recogido en la antología que junta su obra titulada “De la vasta piel” (Editorial Ficticia, 2017), un excelente texto breve de Carlos, que los yucatecos que conocemos su obra reconocemos de manera inmediata. Pero que en una antología nacional señalen que es un texto inédito, me hace creer en la falta de profesionalismo respecto de los antologadores que acompañan a Beatriz Espejo en este proyecto. Uno puede encontrar hasta diversos ensayos publicados en diversas revistas, como el de Mauricio Carrera en la revista Casa del tiempo, donde se habla de la obra de Martín Briceño y se menciona el cuento que se incluye en esta antología coordinada por Espejo. Pero más allá de estas erratas, que evidencian la soberbia —y falta de profesionalismo— que siempre validará a algunos antologadores, y muchos compiladores, uno tiene que quedarse con las obras, los autores y sus obras. Razón que tiene que importarnos más a los lectores.

Al mismo tiempo, y aprovechando los atrasos en el aeropuerto, me di a la tarea de comenzar a leer “Perorata” (Editorial Abismos, 2019), es el más reciente libro de cuentos del autor Luis Felipe Lomelí (Jalisco, 1975). Y tengo que reconocer que me costó mucho leer el cuento ‘Arandas’, con el que se abre el cuentario. Más allá de que en la siguiente entrega presentaré el análisis de este libro, no puedo dejar de apuntar alguna línea de ese cuento que me parecen errada en su redacción, la reproduzco tal como está publicadas “La deja abierta porque eso no es todo, no basta con mantenerse despierto aunque sea lo primero”. (¿Y?) Sin embargo, hay que añadir que el cuento ‘Verde era el color que era’, es un cuento interesante que promete, por lo que abundaremos en esta lectura.

 

 

Pasos para escribir una novela.

Adán Echeverría.

 

El siguiente método fácil ha hecho a muchos de mis alumnos construir sus proyectos de novela, novelar sus historias, y obtener satisfactorios trabajos, desde que daba clases en la Escuela de Escritores, hasta ahora que doy talleres a distancia o presenciales. Espero te sirvan:

Partamos siempre de que para todo escritor se necesita talento y dedicación. La dedicación tiene que estar acompañada de la disciplina; esto implica que uno tiene que tener la disciplina para dedicarse a valorar el oficio de escritor. Hay que tener horarios para escribir y horarios para leer. Pues buscar y encontrar el tiempo para leer es lo más importante en esta carrera de escritor. Uno debe leer al día, lo menos unas 50 cuartillas, esto implica al menos un cuento largo, o un buen fragmento de novela.

Para escribir una novela puedes seguir los siguientes pasos.

1. Apunta las ideas que tengas para contar una historia. Todo lo que vives, escuchas, piensas, te cuentan, observas, te dará las ideas necesarias. Se escribe para llenar esos vacíos de lo que tú mismo gustas de leer. Por ello cuando lees, cuando alguien te cuenta algo, cuando vives algo, vienen a ti ideas que te hacen pensar: Quisiera escribir esto. Apunta la idea en un cuaderno, graba la idea como una nota de audio en tu móvil. Apunta cuantas ideas vengan a tu mente.

2. Una vez tengas la idea que quieras novelar, harás un argumento, en una sola cuartilla. Busca no pasarte de las 27 líneas que forman una cuartilla. En ella vas a desarrollar el argumento. Dirás de qué trata la novela. Te lo contarás a ti mismo. Te dirás qué pasará. (Tú aún no sabes cómo la vas a contar, pero dirás todo lo que quieres que ocurra). Lo harás para que tú mismo sepas qué es lo que pasará en tu novela. Buscarás que todo aquel que lea tu argumento tenga ganas de leer la novela.

3. Ya que tengas el argumento, éste te hará desarrollar los capítulos de tu novela. De esta forma lo que harás será capitular tu novela. Piensa en esto: para que tengas un libro necesitas al menos 60 cuartillas, menos de 60 cuartillas forma un cuadernillo (plaquette). Considerando que necesitas 60 cuartillas, entonces dividirás el argumento que has escrito en 6 capítulos de 10 cuartillas. Necesitas escribir los títulos de cada uno de esos capítulos. Tu plan ahora será escribir 6 capítulos de 10 cuartillas cada uno. Recuerda que para ser breve se necesita un gran esfuerzo, no creas que escribir poco es fácil. Se dice que un padre quiso escribirle una carta a su hijo. Cuando el hijo leyó la carta, esta constaba de 18 páginas. Al final de la misma el padre le decía: Te he contado todo esto porque no he tenido tiempo para sentarme a escribirte a conciencia. Apenas tenga tiempo te escribiré solo una cuartilla.

4. Una vez que tengas el argumento de la novela, y tengas los seis títulos de tus capítulos, entonces harás el argumento de cada uno de esos capítulos. Buscarás responder: ¿qué pasa en cada capítulo? Harás lo mismo que al inicio del ejercicio, harás que el lector tenga ganas de leer ese capítulo. De esta forma tendrás toda tu novela bocetada. Sabrás qué ocurre en cada capítulo, y lo que vaya ocurriendo en cada capítulo será lo que dará luz a la historia de toda tu novela. Recuerda que cada argumento apenas debe estar contado en una sola cuartilla. De esta forma tendrás una cuartilla del argumento general, y tendrás igual 6 cuartillas extras de los argumentos de cada capítulo. Como es muy seguro que desde el primer argumento general hayas soltado el nombre de algunos personajes, la capitulación te podrá hacer contar cada capítulo desde la mirada de un solo personaje, o ser más creativo y contarla desde la mirada de varios personajes. Cada capítulo podrá ser contado por un diferente personaje.

5. Una vez que ya tengas esas 7 cuartillas, ya tendrás el esqueleto completo de tu novela. Puedes con cada idea que tengas armar los proyectos de novela que quieras, y tener esas 7 cuartillas para cada una de tus novelas.

6. Siempre ten cada capítulo de tu novela en un archivo separado. Esto para que te dediques cada que puedas a escribir y mejorar cada uno de tus capítulos. Luego escribirás 10 cuartillas para contarnos lo que dijiste en los argumentos que pasaría en cada capítulo. Cada vez, y para cada capítulo, vos podrás dedicarte a sólo 10 cuartillas (quizá te pases de cuartillas, eso no importa, lo que no debes hacer es escribir menos de 10 cuartillas, a menos que tengas más capítulos).

7. Una vez que tengas esos 6 capítulos, si la historia lo requiere, construye los argumentos para los capítulos extras que necesites y requieras. Primero el argumento, y luego escribir las 10 cuartillas.

8. Una vez que ya tienes toda la historia contada en tus capítulos, entonces quitarás los títulos que creaste para ellos y podrás cambiarles el orden, el capítulo que antes era uno podrá ser el seis, o el diez, dependiendo de cómo quieres que el lector la conozca en su versión final. Y sólo tendrás que escribir los conectores necesarios. Puedes suprimir o dejar los títulos, puedes incluso no tener capítulos. Una vez con todo el esqueleto, la ventaja será que tú tendrás la decisión final.

Te deseo suerte. Ya quiero leer tus argumentos, como también leer tus novelas.

 

 

Mátenlas a todas. No dejen ni una viva.

Adán Echeverría.

 

 

El tiempo de la sangre ha llegado. El tiempo de acabar con todo. Armagedón es el nombre de cada una de nosotras, hartas ya de vivir bajo el puño de la violencia. La puta de Babilonia guarda silencio, espantada, vilipendiada, macerada en su espíritu aterrado. Lilith vuela de nuevo, tiene sed de venganza, sus gritos son la tocata en fuga que nos levanta del camastro, rompe nuestras cadenas, nos abre la celda, nos quita el grillete, nos arranca las costras del dolor y el miedo. Cada escoba es el arma, el símbolo que como insulto nos han lanzado, ahora será herramienta para defendernos. Cada tacón puntiagudo será afilado para usarse en la cacería, en la persecución. Cada brassier será mordaza, de cuerda para maniatar, de horca para la justicia. Las mujeres sabemos usarlo todo. Nos hemos preparado. Por más cinco siglos hemos sabido parir en silencio, y prepararnos en la sangre y el fluido, tuvimos que aprender a llorar en silencio, a educarnos a escondidas, a morir en silencio y ahora tuvimos que aprender a encendernos. Estamos Hartas. Esto es el Hartazgo. Hemos sabido lamernos las heridas, y las heridas de los nuestros, de todo a nuestro alrededor, de todo aquello que alguna vez quisimos y de lo que todavía queremos.

Nos violan en la infancia, en la primera infancia, en el vientre. ¿Qué de erótico tenemos cuando somos bebas y olemos a caca, mocos y leche materna? ¿Qué de erótico tiene nuestro cuerpo, la cortada, la enorme raja que les alienta a penetrarnos así, cuando somos indefensa? Podemos crecer indefensas, pretenden que crezcamos indefensas, nos obligan a crecer indefensas, quieren que crezcamos domesticadas, inofensivas. Nuestra raja primero, nuestra sangre luego, nuestro ano, nuestra boca. Acaso nuestros huecos no sirven más que para ser hurgados noche y día, vida y muerte, dolor y quemadura. Acaso no existe la piedad para nosotras. Los huecos que tenemos, lo huecos que parecemos. ¿Somos hueco sin memoria?

Hemos aprendido a amarnos entre nosotras, a querernos sucias, a querernos agresivas, a querernos musculosas, a reconstruir nuestro cuerpo, grasa músculo, grasa músculo, nada débil, ni nuestra risa, ni nuestra voz, nada que les haga creer que somos la debilidad encarnada, nada que les haga creer que no regresaremos el golpe, aprendimos a armarnos entre nosotras. Juntas somos un arma de destrucción, si es necesario.

Queremos que los huecos de ellos también se llenaran de dedos, que escurrieran sangre, se llenaran de vergas, de palos y bates, de todo lo que sea posible introducir en ellos. ¿Acaso piensan en lo que siente una niña de 0 años, una niña de 1, 2, 3, 4... 14 años cuando meten sus dedos, meten sus manos, meten palos, botellas, cuando muerden su nuca, cuando azotan su puño contra los pequeños huesos que aún no terminan de desarrollarse?

¿Y quién nos cuida? No lo hacen los adultos de la casa, no lo hacen los adultos de la escuela, no lo hace los adultos de la fiscalía, menos los perros policías, los lobos policías, los monstros policías, los sarna-policía, porque nos violan en la calle, en el carro patrulla, nos secuestran, nos entregan a los secuestradores, nos dejan tiradas en los moteles, nos regentean, sabedores de la impunidad nos lanzan al desagüe, nos lanzan a la basura, en la brecha, en el monte, para que nuestros cadáveres sean descarnados por las bestias y las aves de rapiña.

Los recuerdos de la mujer que ha sido violada permanecerán toda la vida en su memoria, en el olor de su cuerpo, al cerrar los ojos, presas siempre del insomnio y del terror, siempre perseguidas por el cuerpo de los violadores, mientras que a estos malditos apenas 15 años como máximo para que sean sustraídos de la sociedad. Los liberan y vuelven por nosotras, al tomar el autobús, al ir a la escuela, al bajar del metro, al caminar por las calles iluminadas, al andar en grupos Los violadores, los depredadores sexuales presumiendo que se cogieron a cuánta niña pudieron; ahí, usando el músculo para doblegar maricas, sacándose la reata para hacer que otro hombre de barba crecida y rasposa se la meta en la boca, y les haga terminar.

El tema para los hombres tiene que ser siempre llenarlo todo de semen, en el semen se les escapa la vida, como sus máximas victorias, en la expulsión del semen se basa toda su creatividad, en ello se basa todo deseo de permanencia, toda su maldad apenas alcanza para lastimar mujeres y niñas y ancianas. Creen que el semen que lanzan sobre la mujer, sobre la anciana, sobre la esposa, la novia, la amante, la hija, la ahijada, la prima, o cualquier maricón sobre el que quieran correrse, es la marca de su hombría: Me he cogido a tantas, ¿y tú?

Basta; devolveremos el golpe, devolveremos la punzada, devolveremos las penetraciones, los empalaremos si es necesario, por las calles, para que todos los vean, en tu casa, en tu familia, mataremos, arrancaremos penes, morderemos brazos, lanzaremos granadas sobre todos aquellos que intenten violar a una mujer,

apretaremos cuellos, los envenenaremos por abusar de un niño o niña, lastimar a una anciana, robar, secuestrar a una jovencita.

Este es el reto y el punto final, la línea que nos debes cruzar, esta es la claridad del pensamiento. No habrá camino de regreso, no importa la cárcel, nada importa ya, quemaremos edificios públicos; estamos hartas y quemaremos las oficinas que guardan violadores, iglesias que someten pensamientos, diputaciones que se asocian con los pornógrafos y los giros negros; es la hora de la sangre, se acabó el lagrimar en silencio aguantando el dolor.

Tengan miedo, cuiden a sus hijos varones, cuidan cada cosa que digan, cada cosa que escriban, somos marabunta, somos jauría, somos cardumen, piara, manada, somos la muerte que se cierne sobre las ciudades en busca de los penes colgantes. Claro que buscamos venganza, claro que ya no queremos el diálogo, ¡estamos hartas, no lo entienden! Claro que todo ha terminado ya, se acabaron las reuniones, la niña de Azcapotzalco fue la última mujer violada sin una respuesta violenta, por cada mujer habrá hombres muertos; empecemos por los propios, los cercanos.

Aléjense, reconstrúyanse o aténganse a las consecuencias de sus propios actos, de sus decisiones. No hay hombres inocentes, no hay penes inocentes, no hay miradas de varones que sean inocentes. Muerte al varón, seremos íncubo, seremos bruja, seremos hoguera que lo incendie todo.

Página 1 de 6

Invitados en línea

Hay 7333 invitados y ningún miembro en línea