Miércoles, 14 Junio 2017 06:41

LOS INSTANTES / Marcos Reyes /

 

 

LOS INSTANTES

 Marcos Reyes

 

 

A veces las personas toman ciertos escapes del lugar en el que habitan. Salen a explorar un cráter, dan paseos solitarios en la playa, se enclavan en retiros espirituales dentro de algún pedazo de selva virgen, o ejecutan rituales de apareamiento bajo la luna. En fin, cualquier método es útil sí es capaz de producir la sensación de auto exilio.

Desde hace algunos años, Darío había escuchado de aquél sitio al cual ahora se dirigía. Varias amistades y materiales fotosensibles se lo habían descrito como un pequeño lugar; parcialmente desolado según la temporada, de acceso intrincado y donde algunos raspones resultantes, tras uno que otro tambaleo, eran necesarios para llegar al riachuelo. Finalmente sus ojos podían presenciarlo, pero ¿qué lo había llevado esta vez a realizar dicho acto?

“El tiempo es un elemento necesario en nuestras vidas, indispensable más bien” – pensó.  Había malgastado acorde a sus creencias más de veinte vueltas al sol y aun llevaba un reloj de bolsillo deslucido a todas partes. Sentía una desesperada actitud hacia el dominio de ciertos instantes; en ocasiones quería que el acontecimiento se prolongará indefinidamente, pero en otras quería que sus desgracias fueran ínfimas, desapariciones inmediatas.

Este viaje era una respuesta a sus ansiedades, o al menos eso creía. Se había marchado de casa con apenas un ridículo aviso: “¡Nos vemos!”- informó de una manera nada extraña a sus compañeros de morada, a quienes obviamente no pareció importarles en lo absoluto ese anuncio desganado, cotidiano y casi exclusivamente un producto de algunos buenos modales aprendidos en épocas tempranas, los cuales únicamente reproducía por buena praxis.   

Aquél reloj había pertenecido a su abuelo, quien lo había recibido a manera de pago tras unos trabajos realizados en una importante fábrica de su ciudad; la historia que le contaron no era tan complicada: los dueños no querían pagarle y dicho objeto fue lo mejor que pudo negociar. Luego lo obtuvo su padre, quien lo portaba como un símbolo preciado de aquellos años de una próspera producción industrial, eventualmente llegó su turno de recibirlo. Para Darío, el significado del objeto había cambiado también;  por una parte no le parecía reducto de la precariedad y el abuso laboral del que fue perpetrado ese hombre que poco conoció, ni tampoco sentía el orgullo ni la añoranza que su viejo transmitía por el humo y las máquinas, es más ni siquiera creía que los ladrillos de barro y grandes canteras le hubieran proveído alguna imagen digna de recordar.

Por el contrario, se sentía atado por dichas manecillas y la cobertura metálica, que se rehusaba a perder del todo su brillo original. Había crecido con una rigurosidad cuasi militar en casa de sus padres con la cual nunca estuvo cómodo, pero tampoco refutó. Unos años después se marcharía. Darío  empezó a creer en el tiempo y su desgaste de manera sutil inicialmente, viendo su reloj cada cierto tiempo, unas pocas veces al día hasta desarrollar una fe ciega en aquel objeto que le ordenaba a donde trasladar sus pasos. Sus consultas fueron aumentando gradualmente hasta haber desarrollado una meticulosa obsesión con los cálculos exactos entre la cantidad de pasos y minutos que destinaba a cada traslado o actividad, en los días en que se sentía como un campeón retador, también contaba los segundos.

Ahora se encontraba rodeado de vegetación abundante, un verde intenso rodeaba su mirada y escuchaba el sonido del agua al deslizarse por encima de las piedras creando un concierto en su andar poco caudaloso. Él contemplaba, se ponía un poco inquieto, se había prometido a sí mismo olvidar la existencia del reloj en aquella expedición y esa decisión le causaba estragos en sus principios de ansiedad. Sin embargo, estaba decidido a pasar algunos días en ese lugar, no quería volver, tampoco le sobraban motivos para hacerlo. Los últimos meses le habían resultado complicados, la relación con su padre no era la mejor y lo cierto es que aquellos chicos con los que habitaba tampoco eran completamente de su agrado, los toleraba pero aprovechaba cualquier excusa para permanecer encerrado en su cuarto, salir a hurtadillas por comida y evitar conversaciones que sobrepasaran los tres minutos, en ello era sumamente estricto.

Había sacado sus cálculos, doscientoscuarenta segundos le parecían suficientes para decir lo que se tuviera que decir, y aun así tener un margen para silencios incómodos, resultantes de una charla en la que ninguna de las dos partes quiere en realidad estar involucrado. De esta manera daba tiempo para esos lugares comunes: ¿Cómo has estado?, ¿Cómo te fue en el trabajo?, ¿Qué tal se encuentran tus padres?, ¿Has visto a –ingrese nombre del amigo que poco se ve pero que alguna vez juntos conocieron-?, ¿Viste que calor está haciendo? Y obtener sus justas respuestas y proseguir.

La situación del río le daba margen a no tener que participar de ello, no había visto rastros de otras personas a la redonda y pensaba que podría permitirse más de tres minutos consigo mismo, incluso estaba logrando olvidar que las manecillas aún se movían dentro de su mochila. No obstante, seguía siendo presa del desencanto: “otro chico sin dirección alguna, desperdiciando verdaderas oportunidades” habrían pensado una buena cantidad de personas que lo conocían. 

Se sentía aburrido, fatigado, desilusionado, incluso el mecer despacio de las aguas le provocaba frustración, había ido ahí para hallar la calma, pero “la calma no es quietud” –pensó. Ni tampoco podía hallarse contenida en el engranaje de alta precisión que daba vida a sus tic-tocs. Sacó el reloj de su mochila y en acto ritual lo cogió fuerte para hundirlo en el agua. Primero suave y despacio sintiendo como el líquido cristalino empezaba a fusionarse en la imagen de sus números y distorsionarla, hasta que en un episodio lleno de extraña fuerza comenzaba a adentrarse cada vez más, sentía como la leve corriente iba inundando el corazón del objeto, deteniéndolo de a poco. El puntual mecanismo se resistía a dejar de lado su misión dictatorial, hasta que en un último arrebato Darío lo sumergió en frenéticas y repetidas ocasiones. Se detuvo cuando sintió que él también se había detenido. Pensó en lanzarlo lo más lejos posible, emulando escenas vistas en películas donde los protagonistas arrojan piedras contendiendo, luego pensó en lo ridículo de la idea. Simplemente lo dejo caer de su mano. Tampoco quería competencias.  Tenía que matarlo todo.

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Miércoles, 14 Junio 2017 06:10

Los barrios  / Waldo Contreras López /

 

Los barrios 

Waldo Contreras López

 

barrio#1.

 

Si hay algo que se resiste a cambiar aun con el largo paso de los años es el aspecto de las cosas; lo mismo sucede a las personas, el aspecto jamás les cambia.

Hay una lejanía temporal entre aquellos días de mi juventud precoz y mi edad adulta madura, una distancia hecha de veinte años. He caminado toda mi vida por estos andurriales y aun con sus cicatrices marcadas estos barrios me siguen pareciendo igual a aquellos de mis entonces dieciocho años de edad. Y no es que el color de sus casas jamás haya sido repintado o no le hayan re pavimentado sus calles ni replantado sus jardines públicos, a estos parques de los atardeceres, por ejemplo, si le han cambiado sus columpios, resbaladillas y suben-bajan; a estas calles si les han modernizado sus farolas del alumbrado público y el empedrado que existía en los años ochenta fue arrancado para embellecer la colonia con pavimento hidráulico de interés social a guevos.

Pero estas calles tienen una personalidad propia que les hace reconocerlas como algo vivo y festivo, todo esto no puede ser posible sin la personalidad de la gente que las camina. Así, la panadería tiene el mismo aspecto cálido y sonriente de las madres en la cocina de sus casas; el expendio de cerveza de la calle principal evoca la misma amenaza que produce el aspecto de un sicario borracho, drogado y encabronado; la humilde carpa con su carreta de hamburguesas y perros calientes de “la Vero” provoca el mismo rechazo y náusea que portan los vagabundos tronados de la cabeza por el abuso de la metanfetamina, esos enfermos que portan en sus ropas el infierno, el asco, la grasa con pelos y su pellejo hediondo a carne echada a perder, igualito que las viandas de esa mujer  que suda y suda ante la plancha llena de manteca y polvo. Los gimnasios varoniles exhalan un tufo a testosterona joteril, anabólicos, albúmina de huevo, proteínas sintéticas y atún, siempre el atún; los clubes de zumba y bicicleta estacionaria provocan desaliento al pasar por sus aceras, el mismo desaliento que producen las mujeres después de su inmisericorde actividad física vigorosa sobre las camas de cuartos de renta o casas matrimoniales, esas mujeres sudorosas y agitadas con su mirar bravo y sonrisa satisfecha.

Se ve lo alegre en los mercados municipales, lo trágico en las decadentes carpas teatro de las colonias pobres, la derrota del alma en sus cantinas, lupanares y llongos; la ternura femenina en los jardines hogareños, la indomable presencia masculina en los cofres abiertos de los carros y debajo estos. Entonces, obviamente, las personas por acá son variopintas, seres únicos, universos que conviven, comparten un espacio y se toleran. Repito, todos tienen un aspecto variado y colorido, una variedad rica: prietos feos, güeros quesones, flacos u obesas, lampiños y greñudos, rapados y barbones, nalgonas sin chichis o chichonas sin nalgas, putonas o decentes, a pata o en camioneta, amantes o granujas, adictos o abstemios, ojetes o filántropos. Todos diferentes, todos de mirar de frente, eso sí, sus miradas brillan sobre la tuya aunque estén tristes o alegres. La comunidad heterogénea de los barrios pobres de la ciudad; esta ciudad aparte, apestosa y polvorienta y su gente que evidencian diferencias con el resto que es un grupo reducido; ese resto que no conoce la quemadura del sol o el sudor comezonoso en las verijas y sobacos, el hambre por las noches y el desvelo en las mañanas; esos pocos que tienen todos el mismo aspecto ingenuo: el cutis arrebolado en sus mejillas, cuero fino lustrado de buenas comidas y buen beber, mirada certezica y voz imperativa pero ánimo culón; muchas mujeres poco amor, mucho hombre, mucho dinero, poco amor; la ecuación perfecta para el crecimiento, mantenimiento y sanidad en las cuentas guardadas de los bancos.

Ambas sociedades armantes de esta locura urbana, la heterogénea y la homogénea se toleran pero no conviven; uno odia la mugre y el sobaco comezonado de sudor y el otro detesta la limpieza jabonosa y aromática de cosméticos caros europeos del pellejo lustroso y bien comido-bebido del ricacho sin amor: “somos puro amor, los pocos son mucha plata, plata fría. Yo duermo de  calor, chiquitita” leí en la barda ruinosa de un panteón montado en el plan de un cerro, un panteón de cruces de palo y flores de papel.

Sí, en los barrios bajos se lee el amor en todos lados; en las paredes de los bodegones de la central de abastos: “tu silencio me apuñala, Elena”; en los baños públicos de los supermercados: “busco pene con amor, llámame aquí 66726961305416”,”el agente de seguridad de la bodega de recibo hace el amor con la cajera de perfumería en la bodega refrigerada de frutas y verduras”.

 En estos barrios se ve el amor mal correspondido de las mujeres que trabajan bajo el sol inclemente de la media mañana; hembras morenas: frente y nariz, hombros y brazos quemados de días y días de rezolanas de primavera-verano, otoño-invierno; esas mal señoras mal amadas que se quejan de la ingratitud del borracho golpeador: “yo lo quiero tanto, a pesar de todo”. Se ve también en los campos de batalla machista el amor incomprendido de los hombres; esos hombres con pañuelo en cuello, gorra mugrosa, hombro y mano callosa, pies cuarteados por la salitre y los días de mal clima, dientes quebrados por las peleas al calor de la fogata y el fuego del alcohol y la alegata de mostrar quien es más cabrón; labios partidos por puño ajeno y resacas malcuradas; voz rasposa y estentórea que dice: “me parto la madre y a mi mujer no le importa, y aun así la quiero y mucho” en estos barrios con esas mujeres dueñas de esos hombres se puede ver el amor a los hijos malcomidos cargados en hombros, el amor en sus ropas de segunda, en sus cabellos cenizo desnutrido, en sus rodillas chorreadas y el moco burbujeante en la nariz; sus boquitas y ojotes que sonríen al ver llegar a la madre o al padre muertos de cansancio y desencanto que se encantan cuando están los tres cenándose los tamales con leche o en días buenos: café y coca-colas.

 

 

Los barrios #2.  

 

 

Para la ciudad el día comenzó con una lluvia de estropicio. Fuertes vientos y enormes masas de agua azotando los techos del barrio me arrancaron de mis sueños (como una mujer mojada a despertarme)

En mi patio trasero hay inundación, hay ramas rotas y hojas reverdecientes caídas de mis árboles gigantescos; mis plantas de ornato y florales se ven con sus hojas gachas, deprimidas, abrumadas por el pesado golpear de miles y miles de gotas heladas; mi cuarto socavado en sus cimientos está siendo invadido por cucarachas y grillos que salen de entre las grietas del piso buscando las partes más altas de las paredes, huyendo en su temor insecto a la inmersión y la muerte en medio de la oscuridad.

Son las once de la mañana y no he podido salir a las calles las cuales, con estas aguas del cielo, están convertidas en patios de perros. Me conformo.

Me conformo con una taza de café desabrido de la pobreza en mi alacena. Tengo un lujo, tengo un estéreo el cual aun toca aquellos discos compactos color cromo, esos fetiches de la ya muerta era digital de los años noventa; y las bocinas aun suenan bien. Suenan un larga duración que contiene a las grandes bandas de Jazz americano, el bello swing de las orquestas de la marina; esas orquestas norteamericanas fueron armadas para tocar alegría en los enormes, silenciosos y fantasmales buques de guerra de la pelea imperialista siempre-eterna; estás orquestas tocan las fibras de la alegría, el glamour y la luminosidad de lentejuela y oropel, fueran hechas para el baile. Mi estéreo suena: suena a “in mood”, “american patrol”, “chatanooga choo choo” “moonlight serenade” y “tuxedo junction”¡ y etcétera y etcétera! ¡Todos esos grandes temas del “american song book!”

Recupero ánimos y me asomo a la calle a buscar una esperanza: nada; la cortina opaca y sonora de la lluvia triste y helada me dice: “hoy no” ¿por qué?

No hay aves en el cielo; veo gente caminar apresurada-apesumbrada, mujeres corriendo a la velocidad de sus tribulaciones recónditas; estas mujeres corren estúpidas, desgreñadas y descalzas, como si con ello impermeabilizaran sus cuerpos que se ven graciosos al sacudirse debido al peso de sus nalgas y sus senos espléndidos; veo señores arrastrando sus ojos junto con sus pies, sus zapatos mojados, el aire taciturno, tristes de lluvia en su mollera. Y, ¡qué curioso! No veo algún perro divirtiéndose bajo esta inclemencia de los tiempos; no hay ninguno en estos patios suburbanos y los perros siempre se divierten a pesar de los relámpagos y truenos.

Yo estoy algo triste. Yo solo necesito que dejen de caer mil millones de billones de gotas de lluvia por un buen espacio de tiempo, unos quince minutos que me permitan salir de esta casa y caminar sin amarguras y charcas de agua hasta algún lugar en donde haya gente que quiera hablarme de su mundo; una cantina, por ejemplo; un lupanar (mucho mejor) o un mercado en donde haya mujeres y hombres soportando el rigor de su pobreza ante un mal día.

Dios santo, qué fea está mi casa hoy ¡encerrado por el clima riguroso! Pero no debo lamentar tanto, ni tengo grandes planes desde hace meses, no tengo grandes planes desde que me quedé sin compañía femenina; la compañía femenina es por sí misma una ilusión para hacer planes y acomodar los días para cortos y largos plazos. No hay, por ejemplo, en mis futuras intenciones, al menos una muchacha frívola por ahí, esperándome en alguna esquina o llongo para darnos diversión sin compromiso que dure más de cinco horas; debo agregar además que las muchachas frívolas no comen, beben o fuman sexo; ellas hacen todo esto con dinero o por dinero y yo ando muy miserable de bolsillo en estos días. Cielo de mi vida, deja de caer de esta forma ¡por favor!

Y ahora estoy convaleciendo de encerrona en mi cama. Ha llegado mi vieja gata para darme un poco de su silenciosa compañía, se hecha a mis pies con aires de esfinge egipcia, con ese aire serio y su semi-sonrisa en su hocico, con ese mirar atónito característico de todos los felinos.

A mi gata le importa un carajo la lluvia, ella no es una vaga porque es una hembra operada de sus trompas de Falopio gatunas; mi vieja gata no siente la urgencia de salir a buscar sexo o amor así que, me acompaña porque me quiere de gata a humano, con esa dependencia de sus tripas ansiosas de comer ese horrible alimento de harina prensada y dura como las piedras. Ella ignora que yo daría lo que fuera por no estar viéndola en esta cama y en este momento; mi gata ignora, por supuesto, que yo no estoy capado y necesito salir a la calle para quemar un poco de energía libidinal de cualquier forma posible.

Mi pobre gata, pobre de mí; me maúlla la infortunada, me maúlla a mí, un desventurado resguardándose de la crueldad del cielo.

Y mi estéreo sigue sonando, suena ahora a las maneras de Duke Ellington y su gran orquesta negra de música poderosa; este negro inenarrable de las teclas de marfil (el piano es ahora un gran hombre “de color” (o de todos los colores que puedan sacársele a los pianos) sonriendo con sus enormes dientes musicales en blanco y negro) me ha animado a salir y enfrentar estas calles vaporosas y resbaladizas. Ahora sigo sin planes pero me animo a vagar, solo comeré un poco de carne frita que me regaló mi vecino, beberé una gran taza de café soluble y saltaré a bordo de este mundo tan bello que resplandece bajo el cielo gris y lloriqueante: papapapapári-ri-ri-rí fu fufufuáfaaaaaaa-a-a-a-ah! Suena una trompeta que parece hablar y decir con su voz chillona: “anda por ello” y el tambor de músculo africano me arenga como a un guerrero con su tamtamtam pum pumtata taz! Tacatatacatá tacatá-ta-tam!. Llenare mi panza de carne y café e iré a la calle a buscar sonidos de voces no tan pretensiosas y sin el encanto improvisado del gran jazz americano, voces llenas de alma que claman oídos para una gran historia bajo las lluvias.

Pues bien, aquí estoy rodando sobre la rueda elíptica de las calles (te acercas y te alejas del centro de los sucesos mientras giras y giras alrededor de estos) y me he ganado una buena historia (las historias que uno escucha no son tan interesantes si uno no conoce muy bien a los protagonistas): El cuida carros de un bar en el cual trabajaba se llama Jorge (Jorge “milpa” apodado (mil-panochas), es que siempre, entre los incidentes cantineros salidos de su boca, agrega sin venir al caso: “hoy agarraré una buena panochita para coger”) me cuenta un incidente breve pero lleno de energía narrativa. El relato de su jefe, un hombre cincuentón y amargado por cargar con una amantucha veintisiete años menor que él; Rigoberto, un hombre obeso y piel blanca (la piel blanca le hace mal a los obesos, según mis gustos refinados), un hombre malhumorado quien a todo lo que vea con un cacho de humanidad lo epiteta con el nombre de “mierda”:

-mi hija de quince años ya anda en malos pasos –comentó una joven cantinera adicta al alcohol y a las metanfetaminas.

-siembra mierda y obtendrás mierda siempre –responde Rigoberto con un dejo de burla en su acento.

Y hay un pleito entre la desgraciada “malilla foquemona mierda (epiteta Rigoberto)” y el “histérico, panzón rabo verde (epiteta Susana, la cantinera)”.

Y ese hombre tan triste y payasesco, con sus gafas de fondo de botella se rinde ante su apocado carácter y murmura entre dientes después de darle un largo trago a su cerveza Bud Light: “un día, todos ustedes, saltarán contra mí como alacranes. No puedo echarlos a la calle pues les haría un mal; tengo que aguantarlos con sus pinches vicios y encima me gritan, se levantan para darme la contra …eso me pasa por haber sido buena gente desde el principio, ya no hay marcha atrás, no hay lucha contra ustedes. Me dan lástima a pesar de todo, bola de culeros”

Termina su discurso de jefe atormentado y da un manotazo a la barra de su cantina, coge unas monedas de la caja registradora y pone a sonar música en la sinfonola, Vicente Fernández canta: “por tu maldito amor”. Vicente Fernández, el charro de Huentitán le viene bien y se tranquiliza. Y este buen hombre, dueño de un buen bar de mala muerte, que dispone de dinero y mujeres, un hijo de papi que todo lo tiene y lo que no tiene lo alcanza ¿qué va a saber de la lluvia, del mal taco y de las calles? Este buen hombre no conoce, por supuesto, las verdaderas disputas que suceden sobre el pavimento duro y ardiente de los barrios, los barrios brutos como la realidad cotidiana. Ignora que hay peleas más interesantes que las originadas por su histeria cincuentona de hijo de papi sin amor. Por ejemplo, este perro bajo la lluvia cree que yo quiero arrebatarle la cena, su banquete de tortillas remojadas, acedas y cagadas por las moscas de la miseria; me ladra fúrico como le ladraría a su peor enemigo-macho alfa perruno.

Ya cayó la noche. Hay luces, hay brumas.

Bueno, estas imágenes de la noche con sus luces y sus coches fantasmales no tienen algo especial nomás al verlos en esta instantánea fotográfica que describe apenas un momento, que intenta contener y eternizar un suceso visual que ya ha muerto tras el fluir de la vida. Pero para mí ese es el meollo del asunto, el nudo que si lo tocas se desata; tienes que estar ahí para sentir de verdad y más allá de tus ventanas sensibles foto-visuales, eso es lo que me interesa que sepas, porque en estas imágenes fotográficas tú no puedes oír la voz que cuenta una historia… solo tienes que estar ahí porque:

Los coches:

Yo soy la voz de la fotografía, la memoria fotográfica que habla para ser oída: atención, escucha, escucha; hay historias dentro de los coches bajo la lluvia; brevedades intensas y llenas de energía.

Regreso a casa después de nueve horas de vagar bajo la tormenta parida por las crueles “cabañuelas” que azotan el mundo cada tantos años. Los pies me arden de cansancio y humedad; siento en mi garganta el preámbulo de un feroz resfriado, mis pantalones están mojados hasta las rodilleras, mis zapatos de bota borboritan agua lodosa y hacen un sonido de conflagración sexual pene-vagina; y mi pecho, mi alma comienza a helarse sin la visión y el sonar de las voces cálidas dirigidas a mí. Me detengo sobre una acera solitaria y oscura, bajo mi paraguas que casi se colapsa por el peso de tanta agua; miro el veloz arroyo en lo que está transformada la avenida que atraviesa estos barrios suburbanos, miro como esa larga culebra de agua se ilumina y alborota por las luces y las ruedas de los automóviles que aun circulan a pesar del mal clima que azota desde el amanecer (buenos reductos estos carros, reductos motorizados y cálidos, tan cómodos e íntimos con sus asientos reclinables y el sonido romántico de sus programas radiales transmitiendo a través del equipo estereofónico de alta fidelidad y sonido surround; y uno de estos vehículos se detiene frente a la luz rojiza del semáforo; puedo sentir la calidez que emana de este, el calor emitido de su cofre que arroja al aire un vapor crepitante y blanquisco, escucho la voz cronista de un locutor de la radio universitaria: conozco al locutor, habla del gran jazz y del mal clima neoyorkino, de la eterna humedad de la calle cincuenta y dos. Me encanta la voz reposada y de aire antiguo del buen “Concho” Beltrán, me gusta su programa “la marcha de los reyes negros”, lo escucho apenas difuso a través de la tonada, el ritmo y el canto de la lluvia, la música retumbante y luminosa de las nubes. El coche zumba su motor, escucho el sonido monótono de los limpia parabrisas eléctricos que avienta el agua del vidrio a sus costados; y entonces veo que una mano pálida se recarga contra el vidrio de la ventana del copiloto y limpia vapor condensado contra este; una mano pequeña y hermosa, de formas finas y largas uñas; y de entre la oscuridad brumosa e íntima veo como aparece el bello rostro de una mujer, feliz y seguro, con unos ojos ajenos a la heladez de la intemperie que me azota. Esos ojos me miran, recorren mi figura con brillo sorprendido como si mi ser fuera la aparición de un fantasma citadino que le observa con sus ojos vacíos y desde la nostalgia impalpable, helada e irreal de la muerte hasta la pesada y caliente realidad de los vivos.

Y nuestras miradas se han encontrado durante cinco segundos robados a los veinticinco contenidos dentro de la caja de control de tráfico del semáforo; y la teoría de la relatividad del tiempo se manifiesta en todo su poderío ante mis ojos y el mundo desaparece con sus nubes, sus lluvias y sus luces; solo el carro, la chica y yo dentro de los cinco segundos más largos del día. Y aparece un universo nuevecito y rutilante, lleno de preguntas, de dudas, certezas y miedos.

¿Qué por qué estoy afuera bajo esta lluvia, muchacha sin nombre?:

Yo soy pobre y no tengo un buen amor que me acalide el ánimo, no tengo a alguien que me abrace, me diga: “mi amor, mi vida” y todas esas palabras tibias, no tengo a alguien de esa forma a mi lado como lo tienes tú. Vago en las calles buscando al menos el calor en mis piernas, buscando el calor de una presencia, una voz, algo humano que pueble mis noches insomnes; imágenes y sonidos, y sonidos de voces que me ayuden a construir ciudades y personas bellas e inmortales. Busco un motivo para calentar mis manos como lo hacen los vagos de los basurales ante la luz de una fogata. Voces, imágenes e historias para llevar al callejón enorme sin salida que es mi alcoba, mi orbe miserable; mi urbe ficticia, solitaria; mi reducto helado, el faro de mi vida naufragada; mi vida sin caricias ni presencias palpables y hablantes; un país fantaseado a la orilla del mundo en donde solo hay mares con sus olas oscuras.

¿Qué por qué estoy tan solo, muchacha anónima de manos bellas?:

Yo no tengo un buen falo automotriz, ni un gran falo bancario y ningún gran falo de cemento, ladrillo y yeso fincado sobre patios de barrios ricachones; yo solo tengo mis manos, muchacha, mi mente solitaria y mis miradas en el vacío que son mis ilusiones ¿ves?, no tengo algo de lo que te puedas agarrar con placer y gana psíquica; ni siquiera tengo amigos para presentarte (todos se han retirado a sus vidas de cabeza sentada, me rechazan por ser tan inestable). Muchacha, yo solo tengo una casa fea, una gata vieja y malhumorada, un perro muerto de hambre y un jardín con flores salvajes que nadie compra, vende o quiere.

Estoy aquí como fantasma de las calles soportando los rigores infames del cielo porque mi casa es solitaria y me duele, esa vieja casa me hace dolor y me saca a patadas de sus cuartos.

…y el tiempo y su relatividad vuelve a ser el mismo de cinco segundos, de seis segundos antes y la luz del semáforo y el ahora rostro verdoso de la mujer través del vidrio me deja varado en algún lugar de mi soledad. La muchacha través del vidrio. El vidrio del coche es una pantalla incidental y vivida a través de la cual una mujer y alguien más están viendo un programa televisivo que quizás no sea su favorito pero al menos les resulta gratificante y entretenido; se me figura que ella está frente un televisor viendo una escena acerca de las calles, la lluvia y los fantasmas vagabundos, me está viendo en un programa televisivo y hasta me puedo imaginar la sinopsis kitsch de algún editor joven y hipster: “un ángel fugado mediante la piedad de las nubes, un ángel vagabundo de las calles bajado por la escalera luminosa de un relámpago, el espíritu de un vago de los cielos y los universos, un ángel sin alas en busca del amor”. Por momentos me siento ridículo y protagonista de una serie cursi universitaria que les dice que hay personas que viven momentos siempre peores que cualquiera de los que ellos mismos son capaces de soportar.

Yo no estoy tan mal bajo esta lluvia; estoy ante una pantalla panorámica que me enseña miles de historias, mejores historias que cualquiera de las que grafican las series televisivas de cualquiera de los cien canales de la televisión de paga. La mujer deja de mirarme. Pude ver que una mano también blanca, regordeta y peluda se plantó sobre su hombro desnudo, pálido y terso; vislumbré un rostro masculino: cara cuadrada, con barba cerrada semi crecida, vi una boca sensual que le decía algo a la mujer, ella sonríe y hace un gesto afirmativo para luego regalarle un beso. El automóvil arranca y me abandona…y yo, yo me quedo varado en algún lugar de mi soledad… en algún lugar de mi soledad.

 Otro automóvil pasa veloz y me salpica de agua, un auto compacto de narco junior con música a todo ruido que suena un narco corrido.

Solo camino un par de calles más y estoy a las puertas de mi casa; siempre mi casa; siempre me espera en la noche con los ojos oscuros de sus ventanas abiertos, sus cortinas polvorientas, su piso de cemento pulido, sus paredes que hieden a moho y desprenden cáscaras de pintura; mi casa con su olor a abandono, a ropa sucia, a nidos de cucaracha y perro remojado; mi vieja casa con su techo que filtra agua a goterones y chorros, goterones y chorros ,mientras no pare de llover; este refugio con su piso hundido, con sus lagartijas y sus grillos que gritan en las madrugadas metidos entre los cimientos socavados por las hormigas. Mi casa sin mujer cálida y perfume, sin amantes, abandonada a las sabandijas, mi casa llena de fantasmas del pasado y el presente que es en sí un regalo bueno o malo ¡qué terrible está mi casa esta noche! ¡por favor, que alguien venga a visitarme!

Mi alcoba es un patético refugio hecho para evadirme del tedio del silencio: tengo las paredes rayoneadas con citas de poetas, frases de libros y dibujos. Hablo con Jack Kerouac, con Carlos Prospero, Aureliano Buendía, Melquíades, Gunter Grass, Gabo, Cortázar, Quiroga; con mis sobrinas que dejan sus deseos de amor tintos con crayola de cebo, con mis vecinos que intentan que la soledad sea menos, hablo también conmigo mismo en estas paredes; mi cuarto parece el pabellón de un manicomio: una cama destendida, mugrosa y apestosa a sudores añejos, un escritorio miserable adornado con fotos, lapiceros primorosos, libros despastados, taza de café y pastillas para el dolor de cabeza, una silla estilo colonial, un sofá cama ocupado por bultos de ropa sucia, un abanico, un sombrero colgado de un clavo, una manita de madera para rascarse la espalda, dibujos de mi pequeña niña que me visita cada vez menos frecuente, zapatos y calcetines regados por el piso, discos compactos de música rock y jazz …y una ventana que da al traspatio lleno de sombras y miedo por las noches y sus sombras proyectadas por la luna, este patio que en el día se ve tan vivo con sus árboles enormes, sus flores y pájaros que le cantan a la vida que es tan dura; y yo en medio de todo esto luchando por darle sentido práctico a tanta cosa con su peso abrumador de tanta existencia.

…como me haces falta prieta, mi amor, mi vida.

Lo peor de esta casa es que no estás hoy, ni estuviste nunca ni estarás jamás. Mi prieta linda, mi amor ¿a dónde te has ido llevándote el pedazo de mundo que me pertenecía?

 

 

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Lunes, 12 Junio 2017 03:43

¡Sólo mátalo! / SERVANDO CLEMENS /

 

 

¡Sólo mátalo!

 

SERVANDO CLEMENS

 Antes de que saliera el sol Jonás estaba llegando al palacio presidencial, donde lo esperaba su compañero Jeff. Los dos portaban su traje correspondiente a la guardia presidencial.

—El gran día llegó —dijo Jonás—. ¿listo?

—Listo —contestó Jeff—. Por la patria.

—Por la patria —repitió Jonás.

     Ese día se anunciaría el reforzamiento de la seguridad del palacio y del incremento de escoltas que resguardarían al mandatario. Asimismo, se entregarían los automóviles blindados y las nuevas armas procedentes de Estados Unidos (para seguridad del pueblo, decía el gobierno).

—¡Señores! —ordenó el jefe del cuerpo de seguridad—, tomen sus lugares, quiero a todos atentos. Sin sorpresas.

—¿Pasa algo extraño, señor? —preguntó Jonás.

—En absoluto —dijo el jefe—. Pero hay que estar atentos. Usted sabe lo del domingo pasado con los manifestantes del zócalo.

     Durante los últimos tres sexenios de mandato del presidente, había desaparecido miles de personas. Nunca se esclarecieron los hechos.

—¿Escondiste el arma? —dijo Jonás.

—Si —respondió Jeff—, relájate, no te preocupes.

    Jonás y Jeff habían planeado el atentado durante dos años. Antes de eso, estuvieron entrenando seis meses en el extranjero. Pretendía que la república fuera libre y soberana. Querían sembrar la semilla de la libertad y heredar un mejor mundo para sus hijos. El país estaba sumido en la pobreza extrema. Los medios de comunicación eran manipulados por el mismo gobierno. Había rezago educativo y además era el país más corrupto de Latinoamérica. Primer lugar en algo a final de cuentas.

—¿A las siete sonará la alarma? —preguntó Jeff—, ¿seguro están sincronizadas?

—Por supuesto —aseguró Jonás—. A esa hora habrá fuegos artificiales.

     El país era rico en recursos naturales. No obstante, el 80% de la población estaba hundida en la pobreza, el 20% restante vivía con lujos. Había pocos ricos y muchos pobres.

—¡EHH! —gritó el jefe—, dejen de estar secreteando par de maricones de mierda. El señor presidente está a punto de llegar.

      También era la nación con mayor índice de discriminación.

—Quince minutos —Alertó un anciano de la limpieza. También estaba infiltrado.

—Llegó el señor presidente —dijo el jefe—. Vigilen las ventanas.

    El presidente arribó en su lujoso automóvil blindado. Iba escoltados por diez gorilas entrenados en Irak.

     Por nuestros padres pensó Jonás. Los papás del joven habían sido raptados de su casa. Sufrieron torturas y vejaciones. Al final fueron ejecutados con un tiro de gracia. Ellos eran representantes del partido político contrario. Estaban haciendo mucho ruido en los medios de comunicación. Salían en noticieros internacionales informando la situación del país. El asesinato de los padres de Jonás fue adjudicado al narcotráfico, un ajuste de cuentas. Se dijo que eran parte del cártel del norte, el más temible de la república Revolucionaria.

     La república Revolucionaria tenía diez millones de habitantes. Pero la guerra por el poder, aunada a la guerra contra el narcotráfico, había dejado un millón de muertos. Era como una malaria que estaba acabando con la gente, con la gente más pobre principalmente.

Sonó la alarma justo a las siete.

—Se llegó la hora —dijo el anciano que trapeaba los pasillos. El viejo sacó de un escondite un rifle automático y acabó con una ráfaga con siete guardias de seguridad. El jefe de seguridad mató al anciano de un tiro en la cabeza. Se detonaron las bombas y el caos se hizo presente. Afuera se escuchaban detonaciones y lanzaban gases lacrimógenos contra los manifestantes.

    Jeff, debajo del marco de una puerta disparaba y acababa con los distraídos escoltas que se quitaban los escombros de encima.

—¡Cuidado! —gritó Jonás.

    El jefe disparó su arma contra Jeff, pero el joven alcanzó a tirarse al piso. Jonás acribilló al jefe a una distancia de seis metros pintando las paredes de sangre.

     Jonás y Jeff avanzaban hombro con hombro acabando con todo lo que se les pusiera enfrente. Nada importaba. Debían acabar con el dictador.

    Estaban a punto de tumbar la puerta de la oficina presidencial, pero Jonás recibió un tiro por la espalda cayendo de rodillas. Jeff contratacó abatiendo al agresor.

—¡No… amigo! —dijo Jeff sollozando.

    De las comisuras de los labios de Jonás escurría abundante sangre. Al final lanzó un escupitajo de sangre y gritó:

—¡VENGANZA!

—¡Justicia! —replicó Jeff.

—¡Sólo mátalo! —fue lo último que alcanzo a decir Jonás y se derrumbó de cara al piso encima de un charco de sangre.

    Jeff pateó la manija de la puerta y logró abrirla. Dentro de la oficina había nubes de polvo y escombros. A su lado derecho el último escolta yacía bajo una viga. De un rincón el presidente se levantaba con una herida en la frente y un brazo fracturado. Jeff apuntó hacia el presidente.

—¡Muchacho! —Dijo el mandatario—. ¿Acabaste con todos los terroristas?

—¿Terroristas? —preguntó Jeff.

—¡Felicidades! Fue un gran trabajo. Acaba de salvarme la vida, muchacho.

—Emmm —dudaba Jeff con el arma en la mano.

—Por sus actos heroicos lo nombró nuevo jefe del cuerpo de seguridad nacional, es un honor, comandante —hizo un saludo militar.

—Señor…

—Vienen grandes oportunidades —aseguró el presidente—. Me cercioraré de que tu familia tenga lo mejor.

Jeff bajó su arma.

—Además, mandaré a tus hijos a estudiar al extranjero.

—Gracias señor presidente. será un verdadero honor.

    Jeff y el presidente se saludaron y se dieron un abrazo fraternal.

 

     Un día después de los atentados, Jeff fue arrestado por alta traición a la patria. Era un traidor imperialista según el presidente. Su familia tuvo que huir a la frontera sur. Se llevó un juicio y fue sentenciado a la horca. El cuerpo de Jeff duró dos días colgado en el zócalo de la capital. Los cuervos se posaron sobre los hombros de Jeff y se le sacaron los ojos.

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Lunes, 12 Junio 2017 01:09

Caprichos / Carlos Martín Briceño /

 

 

 

Caprichos

 Carlos Martín Briceño

                                                                                                                                      Para Ana García Bergua

 

Observas tus bostonianos; el mismo modelo de siempre. Sólidos, chatos, las agujetas bien amarradas. ¿Empolvados? “A un hombre con clase se le reconoce por el calzado”, de nuevo la voz de tu madre, carajo, y luego las explicaciones a la sirvienta por el interfón: sé que éstas no son horas, soy el vecino de atrás, necesito hablar unos minutos con su patrona.

       Estás incómodo en el sillón de mimbre de esta casa ajena: juguetes desperdigados, tenis de niño en la sala, ropa por doquier y un penetrante olor a gato. Te gustaría ponerte de pie y salir, pero la idea de enfrentar a Laura sin una solución te obliga a quedarte. Años viviendo en esta colonia y nunca habías tenido problemas. Muros altos, rejas eléctricas, plantas trepadoras. Un barrio distinguido, silencioso, donde nadie está dispuesto a compartir su intimidad.

       Y de pronto, de la noche a la mañana, canciones de Timbiriche, música para idiotas. Y este hedor...

       Ni hijos ni mascotas, en eso sí estuvieron de acuerdo: una buena residencia, automóviles del año, viajes al extranjero, esas fueron sus prioridades. Laura. Ya no era la misma. Diez años y quedaba poco de aquella muchacha libre con quien te divertías tanto, con la que recorrías cada miércoles los bares del centro histórico hasta la madrugada, bebiendo cervezas y mojitos al dos por uno para terminar desayunando tortas de lechón al horno en el mercado, entre perros callejeros, mendigos y trasnochados. Entonces los unía algo más que la apariencia.

       “El matrimonio es un organismo criminal: despierta las ganas de matar en los cónyuges”, solía decir tu madre. Cuánta razón tuvo, y la abandonó tu padre.

       Por eso no te sorprendió encontrar a tu mujer esta noche frente al televisor, con una copa de vino en la mano, mientras desde la cocina llegaba el tufo del pargo que en el horno se consumía sin remedio.

       —¿Qué pasa?

      Laura te miró y movió la cabeza de un lado a otro. —¿No oyes?

      —¿Qué?

      —¡Coño! ¡Haz algo o llamo a la policía!

       Volvió a ocuparse de su copa, la mirada fija en la pantalla, en sus admiradas mujeres de Sex and the city.

       Era cierto. Las mismas melodías idiotas que, desde el fondo de esta casa, vuelven más incómoda tu espera en el sillón de mimbre.

       Sientes ganas de orinar, hambre. Cruzas una pierna sobre la otra. ¿Por qué dejó quemar el pescado? Hace mucho no sentías arder tan intenso tu estómago. Y eso que tratas de seguir las órdenes del gastroenterólogo.

       —Nada de alcohol ni picante y procure respetar los horarios de cada comida.

       ¡Si fuera tan sencillo!

       ¿Y si te marcharas sin más? ¿Qué pensaría la vecina? A Laura tendrías que inventarle algo convincente.

       —Por gente como tú el mundo está de cabeza.

       Así te lo echa en cara tu mujer cuando no reclamas el mal servicio de algún restaurante, el descuido con que planchan tus camisas de lino en la tintorería, las reiteradas ausencias del mozo-jardinero.

       Y aunque en este caso su queja sería justa, dudas si vale la pena. La vecina apenas lleva tres semanas en la colonia. No es una manera agradable de conocerse. ¿Será madre soltera? O divorciada, como dijo el mozo. Tu mirada busca alguna clave, algún retrato de familia, pero desde aquí, adonde han pedido que esperes, sólo alcanzas a ver una serie de reproducciones de pinturas de Van Gogh.

Soy un desastre y sin ti yo estoy perdido

Tus vacaciones estropean mis sentidos

Soy un desastre y me siento confundido

Quiero decirte que ya basta de caprichos

  Soy un desastre, soy un desastre, soy un desastre sin ti

    

       Con más fuerza llega el estribillo imbécil. Han abierto alguna puerta. Timbiriche, otra vez Timbiriche. ¿Por qué le gustará tanto a la gente? Escuchas pasos y el ardor en tu estómago recrudece.

       Delgada, pelirroja, pecosa, plana de pecho, pero con nalgas que desdicen su edad, le calculas más o menos los mismos años que Laura. Aunque, admítelo, está en mejor forma. Trae el pelo lacio, húmedo, como recién salida de la regadera. Te parece que huele a flores, a bosque, Green Wood de Victoria Secrets, qué casualidad, la misma crema que usaba Laura. El aroma se esparce y suaviza el hedor a orines de gato. Te la imaginas desnuda: pechos duros, talle adolescente, piernas largas, suaves. ¿Será rojo el pubis? Te levantas y extiendes una mano.

       —Buenas noches, perdón por la hora. Augusto Isunza, su vecino. Nuestros patios colindan.

       Un débil apretón.

       —¿Qué desea?

       Titubeas. Ni siquiera dice su nombre. Y atenderte ahí, de pie, sin invitarte a pasar a la sala te parece una manera elocuente de decir: vaya al grano, no tengo su tiempo.

       —Es un poco embarazoso —dices al fin. El resto de tus palabras se atora en tu garganta.

       La mujer sonríe un poco. Una sonrisa fingida, burlona. ¿Se habrá percatado de tu nerviosismo? Está cruzada de brazos, pero mantiene las manos como si pretendiera darse calor a sí misma. Observas las uñas carcomidas, la cutícula rosácea, los pellejos que afean sus dedos. “Deja de comerte las uñas”, has vuelto a tu infancia. “Mira nada más cómo tienes las manos”. Mamá. ¿Desde cuándo no la visitas? “Siéntate bien”. Sólo ella era perfecta. “No suenes la boca”. Invariablemente vestida con sus almidonados vestidos de lino, el pelo recogido en una coleta, maquillaje discreto, olorosa a Yves Saint Laurent. “Saliste a la familia de tu padre, qué remedio”. Tanto tiempo testigo de sus desplantes no te volvió inmune, pero alguien tenía que costear tus estudios con los Legionarios de Cristo. Aún no puedes recordarla sin sentir una rabia profunda que cobra forma en este ardor estomacal.

       —¿Sí? ¿Qué desea? —repite tu vecina, impaciente.

       Se trata de esa música para tarados que a diario ponen aquí a todo volumen, qué otra cosa iba a ser, desearías contestar, pero tu atención se desvía hacia el pasillo: obeso, vestido con ropa brillante y una capa pringada de lentejuelas, se acerca un niño mongoloide. Nerviosa, la mujer abandona su hostilidad.

       —Saluda al señor, Nico. Es nuestro vecino.

       —Buenas noches —voz gangosa como si tuviera gripa.

       Con razón. Entiendes todo. ¿Qué debes hacer? ¿Sonreírle? ¿Acariciarle el pelo? ¿Decir algo cursi? Su mirada acuosa te desconcierta.

       —¿Quieres ver mi show?

       La pregunta te confunde. ¿Escuchaste bien?

       Vine a pedirle a tu chingada madre que baje el volumen a tu jodida música, deberías decir, pero en lugar de eso contestas con parquedad.

       —Sólo vine a hablar un momento con tu mami.

       El niño insiste:

       —¿Vas a ver mi show?

       ¿Qué se imagina? ¡Vamos, dibújame un cordero! Aquel pasaje de El principito siempre te desesperó. Segundo año de primaria, examen selectivo y te tocó leer en voz alta. Ojos y oídos del salón puestos en ti. Y se te tuvo que trabar la lengua en aquella parte. ¿Cómo podía el aviador aguantar a ese niño malcriado en medio del desierto? Ahora, otro Principito te mira delante de la madre cómplice. Coño.

       —Nico, ve a tu cuarto, no molestes.

       —¿No quiere ver mi show?

       Muerdes tus labios. La gastritis empeora. Sonríes con nerviosismo.

       —¡Dios mío, Nico! El señor tiene prisa —el tono de la madre ha perdido por completo el desdén del principio. —¡Por favor, por favor, es rapidito! —el chamaco insiste, busca tus pupilas con su mirada, se acerca hasta a ti, toca las mangas de tu camisa: ¿verdad que si quieres ver mi show?

       Sientes en tu mano derecha la presión de sus dedos regordetes. ¿Cómo negarse? Ellos esperan. Entonces una voz diferente a la tuya, pero que sale de ti, de tu culpabilidad ficticia, se deja oír:

       —Por mí adelante.

       Sorprendes a tu vecina, quien se queda mirándote, extrañada. El niño da media vuelta y corre emocionado hasta el cuarto del fondo. El volumen de la música aumenta.

Quiero decirte que ya basta de caprichos

Soy un desastre, soy un desastre, soy un desastre sin ti

       —No tiene porqué, de veras —dice ella, recobrando su tono inicial.

       Encoges los hombros por respuesta.

       Instalado en un sillón afelpado de la sala bebes un café demasiado cargado para tu gastritis. Con una voluntad asombrosa, el chamaco coordina sus pasos al ritmo de la música. Cada vez que el líquido caliente cae en tu estómago, el ardor se agudiza. Llevas casi diez minutos observando. La madre, de cuando en cuando, aplaude y lanza vivas con entusiasmo fingido. Tienes ganas de vomitar. No sabes si es por tu enfermedad o por el espectáculo. La acidez te obliga a cambiar a cada rato de posición en el asiento. Toses, carraspeas, truenas los nudillos de tus manos. Quisieras largarte, pero, ¿por qué no te levantas? ¿Será la cercanía de esas piernas prometedoras lo que te mantiene pegado al sillón? Jalas aire y el hedor a gato, mezclado con el perfume de la mujer, va directo a tus narices. Ni siquiera traje el celular para avisar, piensas, y este niñato lleva casi un cuarto de hora con sus pendejadas. Miras tu reloj: Laura debe estar furiosa. A estas alturas ya se habrá bebido la botella. Tu vejiga está punto de estallar. Lo único que deseas es salir. Por eso, cuando la música termina y el Principito hace reverencias teatrales y marcha al cuarto del fondo, te pones de inmediato de pie. También la mujer se levanta, va hasta ti, puedes sentir el aroma dulce de su piel.

       —De veras lo siento y se lo agradezco —el tono de su voz es menos áspero—. No tenía porqué.

       —No se preocupe.

       —Vino a pedir que bajáramos el volumen de la música, ¿verdad?

       Permaneces en silencio. Ella está tan cerca que casi respiras su aliento tibio. Es muy guapa, más que Laura. ¿Cómo puede ser madre de este niño?

       —Bueno, mi mujer quería llamar a la policía.

       —¿De verdad?

       —Sí.

       —Gracias por intervenir.

       —No se preocupe.

       —¿Y usted tiene hijos?

       La pregunta, a quemarropa, al principio resulta inesperada; pero con firmeza, casi en confidencia, comentas:

       —Desde que nos casamos mi esposa y yo decidimos no tenerlos. Ahora difícilmente.

       Ella abandona su pose. Se pasa la mano por el pelo un par de veces. Un brillo en el fondo de sus ojos te dice que la acabas de remontar al pasado.

        —Tampoco quería. Cuando supe lo de Nicolás quise detenerlo, pero mi marido se opuso.

      Silencio. Calladito te ves más bonito, piensas.

      —No lo pudo soportar. Se fue a los pocos meses de haber nacido Nico.

       La sientes cercana. Sigues nervioso, pero esta confesión te anima a lisonjearla.

       —Yo no hubiera dejado sola a una mujer como usted.

       Ella se ruboriza. Calla, como asimilando el comentario. ¿Fuiste demasiado lejos? Tu estómago bulle. La gastritis cobra el atrevimiento.

       —Olvide lo que dije. A veces hablo de más. Es tarde, será mejor que me vaya.

       —Le acompaño —agrega, con recuperada compostura.

Tu vejiga no da más. En el baño orinas sentado para no salpicar los bordes del inodoro. Desde aquí, sólo escuchas el susurro de la televisión encendida. Ni un ruido adicional ni un reclamo que indique la presencia de Laura.

       Laura. Laura. Habrá que ocuparse de ella.

        En el camino de regreso a casa anticipaste la escena. Y además el dolor abdominal es cada vez peor. Escuchas las campanadas del reloj de la sala. Las once. ¿Llevabas tanto tiempo fuera?

       En la cocina buscas las pastillas en las gavetas. El olor a pescado aún impregna la estancia. Al cabo, dos tabletas bastan para que el alivio llegue a tu estómago. Mueres de sueño. Si por ti fuera, irías directo a la cama, pero ella no te lo perdonaría. Sin darle más vueltas diriges tus pasos hacia el estudio, abres la puerta y la encuentras. Duerme, como siempre, sentada, boquiabierta frente al televisor encendido, la cabeza hacia a un lado, la copa vacía en el descansa-brazos del sillón. La observas.

       ¿Por qué chingados no tiene el pubis rojo? Su ronquido intermitente y la botella vacía validan la profundidad del sueño. Sin embargo, en el momento en que apagas la televisión y te acercas, despierta.

       —Vamos a la cama, es tarde –dices.

       Entonces se cuelga de tus hombros y te besa. Su lengua busca con avidez la tuya. El aliento a vino choca a tu olfato.

       —Cabrón, tardaste demasiado. Cógeme, quiero un hijo tuyo.

       Obedeces.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

 

Una hora de eternidad

Matías Mateus

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                             “Cuando cortejas a una bella muchacha,

una hora parece un segundo.

Pero si te sientas sobre carbón al rojo vivo,

un segundo parecerá una hora.

Eso es relatividad".

 Albert Einstein

 

 

Minuto 1

 

 

 

—¿Desea algo más, caballero? —repitió el mozo, al igual que en las noches anteriores.

—Así está bien —contesté con austeridad y esperé la cuenta.

Volví a la noche dentro del café, allí, inmerso en esa negrura me sentía cómodo. Seguramente el interior del líquido frío guardaba una estrecha relación con la sustancia cobijada bajo mi espesa calvicie.

Cuántas incógnitas palpitarán en el consciente del mozo, cada vez que me siento delante de él a mirar cómo se enfría el café. Sin dudas, su curiosidad deber tener dimensiones extraordinarias.

Doy fe de que se referirá a mí con un apodo ingenioso y a esta altura tenga un sinfín de conjeturas incapaces de desnudar lo que habita en mi interior, aunque yo tampoco soy idóneo para decodificar con precisión el sentimiento que hace tiempo me embarga.

Lo único inobjetable es la bondadosa propina que siempre le dejo.

 

 

 

 

 

Minuto 2

 

 

 

Pobre tipo, algo jodido debe haberle pasado, pensé. Algún día voy a sentarme a su lado y le preguntaré qué lo trae aquí noche a noche a ver cómo se le enfría el café.

Apagué las luces del boliche, cerré y caminé hasta la parada del ómnibus

—Aunque el local esté desierto, nunca lo cierres antes de la una ¿Me entendiste? —me dijo el dueño cuando me dejó de encargado.

—Usted es el jefe —respondí sin darle mayor importancia.

No tenía necesidad alguna de llegar temprano, pero tampoco me seducía quedarme dentro de esa pocilga. Me reí al recordar a uno de los personajes de Hemingway, cuando le decía a su compañero, si no temía llegar a su casa antes de lo previsto.

Se me ocurrió que luego de la resignación solo queda transcurrir. Se acercó el ómnibus y titubeé en hacerle seña o no. Finalmente me decidí, extendí el brazo y encomendé mi suerte a todos los santos para encontrarla profundamente dormida al llegar.

 

 

 

Minuto 3

 

 

 

Es imposible verse al espejo y encontrar algo limpio cuando la mentira se abre paso a trompadas. Incluso proteger esa pizca de dignidad, que te grita diciendo: Sí, tenés razón. Todo es mentira y nada cambia en lo más mínimo.

Una masa grasosa con olor a cerveza, que mea fuera del wáter; con el grito desaforado de gol los domingos por la tarde como única sensación genuina. Al menos así empecé a verlo poco tiempo después de habernos casado. 

En adelante, preferí abrirme de piernas, para que la sangre de la juventud haga revivir los placenteros años de otrora y experimentar los orgasmos que en veinte años, Cara de morsa, con su pija mal oliente, jamás me hizo sentir. Soporté esa cadena de mentiras para protegerme bajo su techo de la intemperie y de la chusma cuando un pendejo le devuelve la vida a mi desflecada vagina. Es más fácil aferrarse al amoldado prototipo que data de tiempos inmemorables, que comenzar una vida como la gente. 

 

 

 

Minuto 4

 

 

 

No es la primera vez que veo al gordo Cara de morsa a menos de una cuadra de la casa. Cada vez que lo cruzo queda mirándome mal. Estoy seguro de que sospecha lo de su mujer conmigo. Mejor no vuelvo más.

—Andá, Santiago, antes que llegue el gordo —me dio un beso y metió unos billetes en mi bolsillo—. Mañana pasá un ratito antes y convídame con lo que consigas.

—Dale, Beatriz —saludé y me fui. Aunque comprendo que con el gordo está mal, me jode el papel que me hace jugar. Agradezco que dos por tres me mata el hambre y me de algunas monedas para mis cositas, pero creo que no vale la pena arriesgarse tanto.

Entré a casa en silencio, no anda bien mamá y le cuesta descansar. Le dejé plata sobre la mesita de luz, le di un beso en la frente y salí. Hace días no hablamos con la vieja, cuando llega yo estoy durmiendo y viceversa. Para peor papá tuvo que embarcarse nuevamente. Su cabeza debe volar por mi culpa. Como si ya no tuviera suficiente.

 

 

 

Minuto 5

 

 

 

—¡Santi! —grité. El interminable ruido del goteo y los metales chocándose entre sí me aturdían—. Mi amor ¿Estás en casa? —El goteo dentro de mi cabeza se acentuó luego que llamé—. Dónde se habrá metido este chiquilín.

Bajé los pies al piso y vi algunos billetes doblados sobre la mesita. Siempre me deja algo, pero desconozco el origen del dinero.

—Vení acá, hijo de puta —escuché que alguien decía en la calle—. Te voy a matar, la concha de tu madre —corrí un poco la cortina para ver y escuché un balazo a metros de la puerta.

Volví la cortina al lugar y me dejé caer sobre la cama. El sonido en mi cabeza me enloquecía. Las goteras, los metales y ahora el gemido que provenía del otro lado de la pared.

Dejé pasar algunos segundos y volví a asomarme por la ventana.

 

 

 

Minuto 6

 

 

 

¿Dónde metí las llaves? ¿Dónde carajo dejé las llaves? Es demasiado tarde como para volver a la calle a buscarlas.

—Abrime —susurré, tratando de no llamar mucho la atención en el silencio de la madrugada—. Abrí que me mandé flor de cagada —parecía que no había nadie adentro—. Soy yo —insistí más fuerte—. Abrí, dale.

Me asomé hasta la vereda para ver si las encontraba. Era inútil buscarlas en la oscuridad.

Qué pelotudo que fui, con qué necesidad disparé, no hacía falta. Eso me pasa por encajarme de más, quedo a mil y termina jugándome en contra. Le hubiese dado un culatazo o una trompada. Si me agarran, después de esto, seguro no salgo por un buen tiempo. De las anteriores pude zafar, pero de esta difícil.

—Abrí —volví a decir pegado a la puerta cuando llegué—. Abrí que se pudrió todo.

 

 

 

Minuto 7

 

 

 

Estaba decidido. Era inadmisible una vuelta atrás. Pase lo que pase, no puedo retornar a esa casa. Toda la noche esa manga de faloperos golpeando la puerta.

Por culpa del delincuente ese, voy a terminar en cana o bajo tierra.

Si el macho de mi vieja no se empedó esta noche, debe estar dormida. Como para no estar metida en algo así, me crié con un alcohólico golpeador, con esos antecedentes no puedo pretender otro panorama. Me arrepiento no haber aceptado la invitación de mi tía de mudarme con ella y haber estudiado una carrera para ganarme la vida.

—Hola, mami —me gritó un tipo desde un auto—. ¿Estás perdida? Subí que te llevo —caminé sin mirarlo—. No tengas miedo, bebé —volvió a decir.

Tantos años cara a cara con la violencia me prepararon para estos momentos. Apagó el motor y bajó. Metí la mano en el bolsillo y de reojo calculé la distancia. Cuando estiró el brazo para alcanzarme giré el cuerpo con la navaja en el aire.

 

 

 

Minuto 8

 

 

 

La herida pudo ser peor si no levantaba el brazo con rapidez. Sin pensar en el dolor, la hice caer al suelo con la mano herida y le di una patada en sus costillas. La escupí con odio y me fui del lugar.

Los chorros de sangre ensuciaron el interior del auto, me detuve un momento, procurando hacer un torniquete con la remera para evitar una mayor pérdida de sangre.

“Quisieron robarme, estaba parado en un semáforo e intentaron bajarme del auto por la ventanilla”, empecé a delinear en mi cabeza. Busqué con la mano sana debajo del asiento, ahí estaba. Abrí la botella, tomé un largo trago de whisky. Se me nublaba la vista por el punzante dolor y la cantidad de sangre que había perdido.

—Por acá —me atajó una enfermera, cuando me vio cruzar tambaleante por la puerta de la emergencia—. Tranquilo, hombre —dijo la misma voz que me recibió, pero no alcance a entender lo que me preguntaba.

 

 

 

Minuto 9

 

 

 

Otro borrachín que viene con el cuento del asalto. Después de saturarle la herida al fulano, salí a fumar. A pesar del NN que entró con la mano envuelta en la remera, fue una noche sin mayores sobresaltos. Al menos en lo estrictamente laboral. Tiré un pucho, encendí otro y seguí mirando las estrellas que se debatían con las luces de la ciudad.

Quién me habrá mandado meterme en este rollo. Un trago de camaradería, por qué no. Ese trago se convirtió en otro al día siguiente, que vino acompañado de una línea. Nunca había probado, volví al irremediable “por qué no”. Ya no tenía vuelta atrás y me desperté desnuda en un telo.

El resto, sencillo. La nueva, una atorrantita que entró y ya quiere trepar encamándose con cuanto médico se encuentre en la vuelta, todos los lugares típicos por donde pasa el imaginario colectivo, sin tener la menor idea de nada.

—¿Tomando aire? —me dice empalmándome el culo con la mano.

 

 

 

Minuto 10

 

 

 

Primero se te abre de gambas y luego saca matrícula de princesa. Prendí un pucho y di algunos pasos con dificultad. Que pisotón me encajó la hija de mil puta. Al sacarme el zapato y la media vi que tenía tres uñas quebradas. Eso pasa cuando les viene el ataque de dignidad y justo uno anda en la vuelta. Ya se va a arrepentir la zorra. Salí a la vereda para reacomodar el andar, no podía regresar a la guardia rengueando y darle el gusto de verme disminuido. Cuando le muestre el videíto que grabé con el celular, se va a dar cuenta con quién se metió.

—Buenas noches, doctor —me saludó, Natalie. Otra perra con el complejo de doncella—. Alimentando el vicio —dice.

—Como dice el refrán, en casa de herrero cuchillo de palo —se rio como la primera vez que le hablé con la intención de levantarla—. ¿Y a usted, qué la trae por la acera? —pregunté sintiendo un palpito en el pantalón.

 

 

 

Minuto 11

 

 

 

Qué gil es el pobre. Un poquito de pie y jura que todas las minas están murta por él.

—Por suerte, yéndome a casa —lo saludé con una guiñada y una sonrisa provocadora, dejándolo con una erección a medio camino—. Hasta mañana, doc.

—Imbécil —dije para mí, detrás escuché un balbuceo con tonalidades de invitación. Seguí mi camino desestimándolo. Es extraño el sentimiento que me genera su patética estampa de lover boy, en ocasiones disfruto mofarme de esa actitud, más cuando puedo alimentarla y dejarla por el piso de inmediato; pero es tan grande el asco que me da, porque la insinuación está palmo a palmo con el acoso. Todo el día con los ojos pegados en las tetas como si acabara de salir de la cárcel.

—Buenas noches, señor —le dije al conductor cuando me subí al taxi. Después de decirle la dirección me recosté en el asiento y cerré los ojos masticando la bronca que me genera pensar en esa clase de idiota.

 

 

 

Minuto 12

 

 

 

Dejo a la muchacha y voy a buscar al relevo, pensé. Qué jornada larga, por Dios. El tránsito cada vez está más complicado y la calle más jodida, se hace insoportable la noche.

—Acá está bien —me dijo. Le mostré la tarifa— Quédese con el cambio.

Intercambiamos gracias y buenas noches y se bajó del taxi. La miré mientras recorrió los metros que la separaban de la puerta. Qué hermosa mujer.

Abrió la puerta, miró hacia la calle y saludó con una sonrisa radiante.

Despabílate, Juan, me dije. No está saludándote, es tu imaginación

Por las dudas sonreí y le devolví el saludo animosamente.

—¿Está libre? —me preguntó una parejita que pasó.

—No, muchachos. Estoy esperando a la chica —mentí y los dejé ir.

Volví a mirar hacia la casa y vi cómo se perdió detrás de la puerta. Medité un par de segundos y apagué el motor.

 

 

 

 

Publicado en Novelas por entrega
Miércoles, 10 Mayo 2017 06:58

La apuesta  / Víctor Valle /

 

    

 

    La apuesta                                                

Víctor Valle

 

La anécdota que refiero aquí, no es otra que la historia que dio origen a mi nombre de pila. A semanas de mi nacimiento, mi padre se encontraba jugando una partida de póker con su viejo amigo Eduardo.

Era la última mano de la noche y mi padre se sentía afortunado, sin embargo, no tenía nada con que respaldar esa suerte; se le habían terminado las fichas.

Ante la insistencia de mi padre, a su amigo Eduardo se le ocurrió una solución creativa. Podría apostar el nombre de su hijo recién nacido. Si perdía tendría que ponerle el nombre que Eduardo escogiera.

Lo demás es historia, cuando tomé conciencia de mí mismo, ya me llamaban Pedro Víctor Hugo.

 

 

El adiós

 

-¡¡Que bello cielo para este infierno tan grande!!-

Exclamo ella mientras la luz del atardecer le bañaba el rostro con una luz rosada; sus ojos eran blancos, domados ya por el velo de la muerte;

-No llores hijo mío, no llores porque me voy…-

Los dedos huesudos se alargaron como una rama mecida por el viento y tocaron el rostro del niño empapado de lágrimas; la mujer quiso decir otra cosa pero todo terminó en un silencio.

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Miércoles, 03 Mayo 2017 03:00

RÉQUIEM PARA UN OLVIDO /Ileana Mayanin/

 

  

 

 

 Réquiem para un olvido

 

Ileana Mayanin

 

 

 

 

LÍA

 

 

¡Vamos a la playa Lía! ¡Vamos a hacer castillos de arena! vamos a comprar un barco de papel! vamos donde no nos alcance la vida, el mundo, la sociedad, ¡vámonos! Toma tu muñeca pelirroja y llevémosla lejos de aquí, ponle sus zapatitos negros, esos le gustan, ¡Lía sonríe! que vamos a ir a donde no necesitemos de personas, donde nadie nos lastime como la última vez, ponle su vestido de tafeta verde y peina su cabello. Vamos Lía no llores, ¡sonríe! que nos espera la vida, ¿te acuerdas como nos divertíamos con el fleco feliz y tu papa Jojlos? ¡Todo era maravilloso! Lía daremos un paseo con el barquito y veremos atardeceres y cantaremos el niño robot. llévate algunos libros, le harán falta a tu muñeca, límpiale su carita y lleva esa caja musical para que la pongas en su pecho y pueda cantar. No te preocupes Lía, esa cajita cabe muy bien porque tu muñeca no tiene corazón... No te olvides de la bolsita de terciopelo rojo que está cerca de tu muñeca. ¡Anda Lía! date prisa que se hace tarde y me da miedo la noche. Cántame Lía… El cielo se está poniendo oscuro.

Lía cuando terminemos nuestro paseo, regresaremos a la playa y cuando estés ahí, saca el polvito de la bolsita de terciopelo rojo, en la arena haz un castillo con ella. Cuando llegue la noche canta Lía, canta fuertemente y déjame ir con el mar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LAS SIRENAS

 

 

 

Hace un siglo tenía la edad de quien ve el futuro como un sueño. Acobardada por varias sacudidas decidí continuar sin que ningunos ojos bellos ni ninguna sonrisa hermosa distrajera mi caminar y como dice Joaquín Sabina en una de sus canciones: “Y la vida siguió como siguen las cosas que no tienen mucho sentido pero no fue siempre así. Una vez llego alguien que habitaba en el olvido, ahí donde todos conservan ese mismo rostro ilusorio hechos de papel maché color blanco con labios rojamente sobrepuesto, ahí donde todos son nada. Era alguien que me conocía un siglo antes y tenía la sonrisa de ayer, abrí el corazón, busqué entre su sonrisa a la persona que conocí ¡lo encontré! ¡Lo encontré! ¡Gritaba enardecida! Él me contó sobre los mil mares que atravesó como Simbad. Las sirenas que casi lograron hundirlo en los mares azules, y como con gran valentía había triunfado. Admiré cada una de las batallas que había ganado, yo escuché tan atentamente como pude. Pensé que si los dos proveníamos del olvido podríamos mantenernos firmes y no regresar a ese sitio lleno de miedo y soledad. Nadie vuelve ahí (al menos no entero) habíamos jurado mantenernos completos, sin lastimarnos. Yo no sabía que al paso del tiempo las sirenas toman formas humanas, voces humanas, recursos inagotables que usan para cobrar deudas, yo debía una de ellas en un mar muy lejano que ni siquiera recordaba. me gritó en la cara que del olvido nadie escapa y que de ahí provenía, que no era más que un reflejo de él mismo y que absolutamente nadie se iba sin pagar. Arrancó de mi pecho el corazón de un solo movimiento.

No pude reaccionar, fue tan súbito que ni siquiera pude sentir dolor (eso vino después) solo me senté a lado de mi corazón destruido y me disculpé con él, lo acaricié y le hablé, le dije que no podía repararlo, que tenía que irme, que no conocía un remedio que lo sanara. Fumé con él y le regalé también parte de mi memoria para que no se quedará completamente solo, les dije que regresaría de vez en cuando para ver si alguien volvía por ellos, y me fui... Siempre me voy, solo que ya sé de dónde vengo y la vida sigue como siguen las cosas sin sentido.

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Lunes, 17 Abril 2017 07:27

TRIPOLAR / EL SEIS /

 

 

 

TRIPOLAR

 

EL SEIS

 

 

Soy un tipo extraño, vesánico; me confieso partidario de la frenología. Además siempre he considerado un hombre “precursor” a Franz Joseph Gall, de la conducta humana, de sus múltiples funciones, y maravillosas problemáticas. Un “elegido” para buscar entre los “castillos de la ciencia”, la escalera “escondida”, que sin duda, nos llevará al conocimiento de la complicada mente. Aunque me gustaría añadir en este espacio que, Gall, tiene o presenta ciertos rasgos específicos (fácil de localizar) en su testa, que lo ponen como una evidente víctima de una terrible enfermedad mental. Y además presenta algunas protuberancias craneales, y las medidas topográficas de su cerebro (según un estudio realizado por el que escribe), son por mucho las de un ser enfermizo y mórbido. Estaba “bendecido” por un tipo de demencia, que hace “pensar” a quien la padece: que él es un ente sano y brillante e intelectual.

Las teorías “poéticas” de Jung, me siguen causando un interés desmedido. Hasta he considerado su trabajo más relacionado con la liturgia del arte, que con el conocimiento de la razón humana. Su veneración por la literatura budista y védica, es para él hasta una forma especial de religión, salvadora del “alma” personal y colectiva de Occidente. Es un buscador incansable (tenaz), que se sumerge en la aguas cristalinas (“sacrosantas”) de Buda, Brahma, Vishnú, Kali, Rama, y demás, (corrientes orientales). Donde cree encontrar: una sanidad mental (“eterna”), llena de mantras, yoga,  que puedan llevar al hombre si no a la “iluminación”; si cuando menos, a la “normalidad” psicológica.          

E inclusive me considero un freudiano clásico, con todas las ventajas o locuras que conlleve esta aseveración. El trabajo psicoanalista de nuestro estimado Sigmund, es en verdad la mejor “obra literaria” que jamás haya leído. Está escrita en una bella prosa críptica, simbólica, alegórica, que hace que cualquier ávido lector, llegue al clímax intelectual y estético al leer cualquiera de los libros del insigne “padre” de la psiquiatría moderna.

Desconfío de los nuevos teóricos del psicoanálisis, de sus métodos inconclusos, y hasta de su capacidad personal, para llevar a cabo semejante empresa. También señalaré que han perdido su alma “artística”, y se ahogan en el mar del eclecticismo. La mayoría no se atreve o no puede realizar un trabajo “completo” o general de la psique, con los riesgos que esto implica. Seres amorfos que no se aventuran (o se comprometen) de forma seria y formal, a buscar otros caminos, otras vías, para rescatar la salud del “espíritu”, “alma”, que se encuentra atrapada en la celda de la sin razón.

Tengo una tendencia (agrado) clara y precisa por ciertas etapas específicas de la “maldita y/o bendita” antigüedad. Además me intereso (de sobremanera) por algunas circunstancias de los individuos, donde éstos, se encuentran atrapados en su mayoría… en el siguiente status: La locura funcional; y por una selecta minoría, que ha sido “iluminada”, por eso que llaman la demencia, desvarío, delirio, y hasta han llegado a recurrir (para señalarlos) a la expresión cruel y despiadada: Vesania.

Yo soy un claro ejemplo de un desquiciado, muchos “estudiosos” de mi conducta me han diagnosticado con este título y algunos con epítetos de mayor “relevancia”. Mis gustos son de un orden exquisito y hasta “espiritual”. Nunca podré olvidar los cinturones de castidad (“objeto moral”); que algunos hombres utilizaban para dejar en buen resguardo a sus mujeres, para que no fuesen presa de los “abomínales” celos y la desconfianza. Individuos que tenían que partir a un viaje de negocios; o ser partícipes de alguna guerra necesaria (inevitable); o realizar un “vuelo” psicológico, hacia el “país abstracto” de la preocupación marital, y convertirse en víctimas del amor desmedido, patológico. Aunque a mí me interesa como objeto de placer, me levanta las más bellas pasiones, y los sentimientos más mórbidos. Considero a estas damas “sometidas”: unas golfas involuntarias, que hacían maravillas con sus manos, con sus cálidas bocas, con sus eróticos anos, y con esos pechos henchidos del máximo placer… Lo que menos importaba era  la famosa llave o los servicios del cerrajero. Todo era un ritual de sexualidad incomparable.

También hacen explotar mi cerebro “en estado de interdicción”, cuatro monjas de hermosura suprema, de piel extremadamente blanca, de ojos azules, y cuerpos perfectos. Recluidas en algún convento del Medievo: revolcándose en alguna celda austera, y de piadosa construcción material. Teniendo como testigo principal de sus inquietantes y encendidas pasiones a la madre superiora, la cual, espera con desesperación, ser convidada a semejante festín de placer desmedido y pleno. Mientras se escucha el sonido límpido de una campana llorona, y los repetidos cánticos y rezos que invaden el entorno “sagrado”… Y ¡ahh!, el olor exquisito del incienso místico; los cirios ardientes, donde las flamas muestran rostros de diversas formas y actitudes…

Me vuelve loco la vestimenta de la mujer antigua; siempre y cuando fuese guapa y de un cuerpo antojable y primoroso. Nos dejaban mucho a la imaginación y a la dominante pasión del hombre sexual. Vestidos largos, frondosos, de diversas telas, y algunos aditamentos para resaltar la belleza. En realidad era muy poco lo que podía mostrar al eterno enamorado o al vidente furtivo, pero… ellas (apasionadas por naturaleza) sabían como excitar a sus fieles admiradores, y lo más importante así mismas.  Cuando el “calor se sube a la cabeza”, las féminas son expertas en las lides sexuales. No usan ropa interior, verbigracia: el reglamentario sostén, y el menos encantador calzón, haciendo que la ropa del exterior, las acaricie todas; mientras sentadas, quizá leyendo una novela de amor, sus cuerpos vibran como un violín antiguo. El pretendiente llegaba a visitar a su “prometida”, amante o amiga, y esperaba el momento oportuno, para levantarle ese vestido “incómodo”, y poder ver en toda su plenitud el divino cuerpo ardiente de la mujer deseada. No existe mayor “objeto” de veneración que el cuerpo excitado, trémulo, palpitante, y lleno de pasión desmedida, hasta la locura, de la mujer en espera de un coito. Ella, es la iglesia, y el hombre el feligrés… Los sonidos de pasión de diez hembras en brama, son la mejor melodía que mis oídos jamás hayan escuchado.

En este momento que estoy hospedado (voluntariamente) en el manicomio de una ciudad, donde todo el día llueve tristeza, y el viento trae consigo un puñado del más cruel dolor… escribo estás líneas incoherentes, y oscuras, negras. Pero qué le vamos a hacer, si tan sólo soy un hombre de mediana edad, que padece de alucinaciones, y de cierto dolor psíquico. Tengo junto a mis huesos (de plata) a la psiquiatra, que desnuda y excitada, me dice: ¡Te amo! Una enfermera de nombre Nubia, que me está lamiendo el falo erecto, y exclama: ¡Me vuelves loca! La médica general (de algunos 26 años) que inquieta nos besa a todos los copartícipes de la sesión sexual, mientras aúlla: ¡Oh, oh! Tenemos vino francés, cigarros verdes, y una lluvia de “polvos cósmicos”. 

Yo estoy bien, perfecto, hasta sublime. Lo único que no recuerdo (ahora) es mi nombre, ni siquiera mi número de paciente… Todo vibra al compás del amor sexual. Y hasta las paredes blancas del lugar donde me encuentro, se abren de piernas, mostrando todo el esplendor de su vagina cálida. Todo huele a pasión a frenesí, el cual se impregna en mi piel, como una sanguijuela. Mis mujeres en estado de arrebato amatorio, despiden un aroma muy parecido al de Afrodita, cuando sale desnuda del embravecido mar, buscando mis brazos… Hasta la luna desnuda, presa de una fogosidad explosiva, se desprende de su sitio habitual, y cae en la cama de mis enardecidos deseos. Hoy todo se mueve (en este momento) entre caderas perfectas, pechos rosáceos y de diversos tamaños, pieles de diferentes tonalidades y esencias, talles disímiles, piernas bien torneadas, glúteos de ensueño, clítoris en fuga, vulvas húmedas, labios carmesí, y lenguas serpenteantes.       

Y ustedes, hombres normales, medianos, promedio, buenos ciudadanos, ¿cómo se encuentran?

 

(Copyright)     

 

 

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

 

 

Deberías casarte conmigo

 Óscar Garduño Nájera

 

 

Recuerdo el momento justo en que se lo propuse. Estábamos en su casa, luego de comer, sentados en un especial sillón rojo que arropa nuestros mejores momentos. Se sonrojó. Omití advertirlo. Luego comenzó a reírse. Enseguida me percaté que se trataba de una risa nerviosa que parecía bailar de a pegadito con sus aún ruborizadas mejillas. Le pedí que no se burlara de mi propuesta. Hablé de la seriedad que puede tener un hombre en sus palabras, al menos en las mías, en las que en ese momento le ofrecía como un ramillete de aventurados sueños.

No lo hago. Eso fue lo que me contestó mientras yo contenía las ganas para irme encima de ella y darle no un beso, cientos, contarlos, como cuando cierras los ojos y cuentas mientras los otros se esconden. En ocasiones un beso ayuda demasiado a tomar una decisión. Pero no iba a poder ni con los cientos de besos, tocaría sus piernas, sus senos, guardaría otra buena tanda de besos para su cuello, su espalda, sus nalgas, sus pies.

            Como ocurre en las novelas de misterio no me dijo que no, pero tampoco me dijo que sí. Cambió inmediatamente el tema y me preguntó si me gustaba el pulque de mango que se servía para deleite de los comensales.

            Pensé en una llamada telefónica que se había dado entre los dos apenas unos cuantos días atrás. En ella me había expresado su miedo al compromiso. Me lo dijo entre sollozos. Califiqué tal miedo como el síndrome de la Cenicienta: cuando una mujer siente que una relación va en serio prefiere salir, poner de pretexto al tiempo, y huir de ahí para poner su cabeza, su corazón y su independencia a salvo.

            Y ya se había salvado en dos ocasiones. Una de ellas con anillo de compromiso incluido. Esta historia y el anillo darían para un cuento. Pero no voy a entrar en detalles. Me quedo con la parte donde devolvió el anillo tras una relación de más de diez años. Conmigo apenas llevaba un año y algunos meses. Y creo que en algún momento… no, no lo creo, lo aseguro: pasé por lo mismo, es decir, por un espantoso miedo a lo que significaba una relación formal, no digamos ya de casamiento sino de noviazgo. Y de manera estúpida intenté huir, darle la espalda, también me enganchaba al síndrome de la Cenicienta. Pero volvía. Regresaba a su lado. Tal y como debe ocurrirle a los adictos cuando no consiguen dejar la droga. Porque cuando un amor como el de ella te embiste con tal fuerza, altera todos tus sentidos, te emocionas, vas por la vida sintiéndote el hombre más feliz con un “te amo” en el organismo. Dudo mucho que exista un hombre que no haya cometido estupideces por amor. Y las mías eran así.

            Dejé la propuesta en el aire. Ahí se quedan las palabras cuando dices algo importante. De ella depende si estira el brazo y las toma como quien toma un foco luego de cambiarlo, o si sopla tan fuerte que consigue mandarlas hasta un lugar donde seguramente se encuentran amontonadas las palabras que pierden sentido alguno.

            Me pidió tiempo. Ya unos días atrás lo había hecho en la mesa de una cervecería. La frase con que me lo pidió fue hermosa tanto por su construcción como por su significado. Déjame enfrentar esta vorágine que se me viene encima. Tendrían que haberla escuchado con el tono de su voz para estar de acuerdo conmigo. Caminábamos los dos por una desértica calle del Centro Histórico a altas horas de la noche. Esa palabra, vorágine, alcanzó a ir por entre la arquitectura colonial, atravesó quién sabe cuántas paredes, rozó cientos de cuerpos, subió y bajó, dio tres vueltas completas a un también desértico Zócalo y llegó a mis oídos lo mismo que una manada de elefantes. Detuve nuestro caminar, la miré de frente y le pedí un abrazo de esos que dicen son inolvidables. Llegamos a la esquina y nos despedimos con un gélido beso en las mejillas.

            Antes de llegar a casa pasé a comprar cervezas, bebí toda la noche, lloré frente a una imposible escritura, porque no era capaz siquiera de hilar una palabra, estaba la computadora encendida, escuchaba a Jorge Drexler y fue una de las noches más patéticas de mi vida, pero también fue una de las más lúcidas porque encontré lo que quería: resultados.

Vorágine, volví a pensar mientras me dirigía al Centro Cultural del Bosque a ver la obra de teatro de un amigo luego de salir de su casa. También pensé en cómo nuestra generación, a diferencia de la de nuestros padres, es tan pusilánime que le tiene tanto miedo a una relación formal, tal vez porque no estamos dispuestos a pagar el precio que eso significa, tal vez porque es mucho más cómodo permanecer en una zona de confort que nos ha funcionado durante años, y que nos puede funcionar hasta la muerte.

Cuando escuchamos a nuestros padres nos sorprendemos al enterarnos cómo fue que se conocieron y lo pronto que decidieron contraer nupcias. Además que eran demasiado jóvenes, lo cual nos lleva a pensar que cometieron la peor locura que se puede cometer a esa edad. Yo al menos no haría la misma locura que mis padres, piensa uno; no obstante, resulta que ya ni siquiera estás tan joven como para que una acción así, la de contraer nupcias, se convierta en una locura. Pero no aprendemos la lección y creemos que la juventud nos habrá de durar toda la vida.

Sin duda, nuestros padres tenían una educación distinta donde si no seguías los valores morales en turno eras calificado casi como traidor a la patria. Sin embargo, esas “locuras” que llevaron a cabo es lo que para fortuna nos trajo al mundo, por lo tanto, bien visto, no era una decisión tan disparatada. Todo lo contrario, nuestros padres sí pagaron el precio de tener y mantener una familia y se dieron a la tarea de sacarla adelante. Se rompieron el lomo para que al menos lo más básico no nos faltara. Se dieron a la tarea de aprender que en ese amor que se habían jurado pueden existir diferencias que en ocasiones parecen abismales, pero que se resuelven con valentía y no con cobardía. Respetándose y dándose a respetar.

La pregunta no debería ser por qué no se separaron nuestros padres cuando comprobaron que no eran el uno para el otro, cuando había un padre desobligado y alcohólico y una madre cuyo síndrome de Marga López la llevaba a resistir estoicamente cada uno de esos golpes de la vida de los que habla César Vallejo; la pregunta debería ser la misma respuesta: por amor, porque existe algo más allá que el ser humano intenta, inútilmente, comprender a diario, porque no hay una teoría que sea cierta en torno al amor, porque se puede hablar de atracción, de química, etc., pero cuando llegamos al amor doblamos las manos.

En cambio, nuestra generación se ha vuelto egoísta y mezquina. Y conforme pasa el tiempo vemos cómo también se vuelve más egocéntrica. Nos preocupamos por nosotros. Y luego por nosotros. Y al final por nosotros. Y a partir de aquí que se jodan los demás. Somos una generación que en lugar de crear, destruye, y que cuando se trata del amor nos da mucha hueva, pero tratamos de sacar ventaja, de ser “emocionalmente más inteligentes”, o lo que signifique tal estupidez, como si de un juego se tratase, un juego de lo más miserable y egoísta donde no eres capaz de entregarte por completo porque desconfías hasta de tu propia sombra.

Y entonces nos sentimos orgullosos de nuestras traiciones y de nuestras mentiras. Y si damos con una persona honesta no le creemos, porque seguramente esconde intereses personales. ¿Estamos dispuestos a pagar el precio por una familia? No, porque inventamos que eso es para gente anodina, porque inventamos que eso es restarle valor a nuestra independencia, cuando en realidad es un complemento, porque, como hombre o como mujer, qué hueva estar con una sola si puedes estar con varias a la vez y hacer de tus sentimientos un gran puño de mierda, ¿a eso estamos dispuestos?, ¡claro!, es mucho más sencillo que tratar de entender el compromiso y el precio que nuestros padres pagaron para traernos al mundo.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Domingo, 16 Abril 2017 06:58

ESTAFADOR / AGUSTIN MONSREAL /

 

 

ESTAFADOR

AGUSTIN MONSREAL

 

Infeliz Ulises, lo esperé más de veinte años de noches en doliente duermevela, de mañanas desiertas, sin oasis, de crepúsculos de retraída fidelidad. Por eso, en cuanto supe que regresaba, pensé dejar de lado la modestia conyugal y entregarme sin freno a las opulencias amatorias: imaginé un encuentro frenético, insensato, tempestuoso. Así que cuando llegó me puse ante sus ojos: resplandeciente, combativa, enardecida, incapaz de disimular mi júbilo: mírame, soy tuya. Pero no lo conmovió la audacia de mi vestido, la delicadeza de mi perfume, el resplandor de mis adornos y joyas. Me arrojé en sus brazos y lo besé toda yo transformada en una cuenca ansiosa de vaciarse. Respondió con titubeos, con evasivas, con secas sonrisas forzadas. Falto de disposición, de energía, desalentadoramente fatigado y precario, prefirió las palabras a las caricias: qué guapa estás, y qué bien que te conservas, tan lozana, tan bella. Me he conservado para ti, le expresé. Él sonrió penosamente y me esquivó preguntando cómo está todo, la casa, los muchachos, musitando vengo rendido, muy cansado, tantas fatigas en el mar, tantas batallas. Reprimí una imprevista necesidad de llorar y, en vez de sentirme humillada, me llené de ternura y compasión por él. Pasaron los días y yo ofreciéndole la fiebre de mi desnudez, y él rehusaba, repetía qué guapa, qué lozana, qué bella, pero no respondía a mis insinuaciones ni a mis acometidas francas. Mi obstinación resultaba contraproducente: lo fastidiaba y lo ponía de mal humor: en su mirada hacia mí había despecho, hurañez, hostilidad: parecía como si el corazón se le hubiese endurecido y trajera en su interior una epidemia de tristeza, de soledad. Un impedimento absoluto que no lo dejaba reconocer en mis brazos su refugio, el consuelo para sus agobios. Me sentí responsable de su desesperación y redoblé los esfuerzos, los mimos, los cuidados. Mi sola presencia, sin embargo, le provocaba un suplicio que desalentaba cada vez más mi entusiasmo, reducía mis ensueños, defraudaba mis esperanzas. Y yo, herida, atormentándome en silencio con oscuras sospechas, examinaba los contornos de mi cuerpo frente al espejo buscando los motivos del rechazo, de la decepción. Y, aunque su desagrado me ofendía, opté por hacerme la desentendida, dándole oportunidad de recuperarse y recuperarme. Él se pasaba las tardes enteras dirigiendo sus pupilas al cielo con nostalgia, con honda melancolía. Inexperta en el rechazo, me volví más humilde, más sumisa, más alerta a las señales para conocer cómo derribar las murallas entre su piel y mi piel, cómo terminar con las horas de oprobio que desquiciaban mi orgullo, y lo herrumbraban. Acabé experimentando una sincera lástima por él, tan destemplado, tan abatido, tan sombrío. Un día, no sé si con rabia o con resignación, fingí dignidad y le dije que lo dejaba en paz. Él, entonces, me confesó: fueron muchos años de vivir entre varones, la soledad en los barcos, las noches de frío en las playas, los terrores antes de cada combate, y yo sin poderlo creer, mi Ulises, mi hombre, ahora me salía con que ya no lo era, que su timón había virado de rumbo, que sí me amaba aunque su apetencia estaba en otra parte, y mencionó un nombre, y acabó yéndose otra vez, con él, le puso un terrible punto final a mis ilusiones, me soltó de sus manos y me quedé sola de nuevo, hundida en la vergüenza, humillada, expuesta a las murmuraciones, a la maledicencia, y lo peor: culpándome, martirizándome en el infierno de mi propio resentimiento, en la duda inagotable, en la incertidumbre perpetua: ah, en qué fallé, Dios mío, en qué fallé.

 

 

DE LAS BUENAS COSTUMBRES

 

 

I

 

El sol apenas tibiecito asoma su curiosidad por la ventana. Tu cara sonríe por toda tu cara. El aroma del café me llama. En un descuido, mientras preparas el desayuno, te dejo caer la humedumbre párvula de unos besos en los hombros, en el cuello, en los labios. Conforme corre el día, siento un barullo en tu sangre y en mi sangre. Y como quien se aventura por las puertas de un milagro, te espío por encima de la blusa, por debajo de la falda. Tu mirada recoge y guarda las intenciones de mi mirada. El juego se repite y mis labios se recuestan ora en las descuidadas palmas de las manos, ora en los brazos que se erizan y tu voz amorosa murmura mira cómo me pusiste chinita chinita. Y otra vez mis labios saborean la pulpa de tus labios, sazonan lo que habrá de frutecer dentro de unas horas. Salimos a comer. Caminamos un rato, platicamos, disimulamos lo que nuestros cuerpos traman. Regresamos. Cada quien se dedica a lo suyo, leemos, trabajamos, hablamos por teléfono. El cielo del atardecer adormece los párpados, y entonces una sonrisa desde el sillón de enfrente los pone en alerta y ahí están los muy adolescentes yéndose junto con mis dedos a recorrer la geografía de tu cintura, a deslizarse traviesos por uno de tus empeines, demorándose en tus rodillas, enracimándose sobre tus muslos que se inocencian igual que si asomaran al misterio por primera vez. Así se prolonga la jubilosa espera, aunque los corazones ya están locos de alegría, ya hierven de amor. Con el vino nocturno, tus labios ceden a la voluntad del beso y a partir de él inicio el adulcedumbrado recorrido de caricias al entusiasmo de tus pechos, la disposición de tus caderas, el fervor de tu santuario; las pulsaciones de mi ave hinchándome, encumbrándome en ráfagas de locura, hasta que nuestros cuerpos se encuentran por fin con el alma desnuda y estallamos de luz y de alegría y celebramos la mayoría de edad de la alta noche.

II

Despierto y veo a mi mujer salir de la cama, ponerse la bata, las zapatillas; veo sus piernas desnudas, macizas, hermosas; experimento una leve irradiación de deseo; a lo largo de la mañana, mientras estoy en la sala, leyendo, observando de cuando en cuando los acontecimientos del jardín -el follaje de los árboles mecido por el viento, los pájaros revoloteando entre las ramas y las flores, picoteando el pasto, las ardillas y las lagartijas corretear y saltar a sus anchas-, mi mujer pasa varias veces delante de mí limpiando, acomodando objetos: la contemplo, ora franca, ora disimuladamente: ha embarnecido, ahora es una mujer regordeta, un tanto espesa, pero no cabe duda: todavía atractiva, apetecible; el empuje del deseo vuelve a punzarme, acompañado de una especie de ternura; en varias ocasiones me levanto, con cualquier pretexto (o sin él), detengo su trajinar y la beso, morosamente, en los labios, en las orejas, en la nuca, en los hombros; ella, resplandeciente de cariño, responde a mi enjundia con una leve sonrisa complacida que intensifica mi vehemencia; después de la comida, mientras lava los trastes, le junto mi cuerpo a su espalda, siento cómo se estremece, palpo sus pechos, su vientre, aprieto su cintura, recorro su cuello con mi boca, lo humedezco; ella entrecierra los ojos y sonríe, sencilla, mesurada; por la tarde nos sentamos en la sala, tomamos café, vemos el jardín, platicamos; como al descuido, alguna de mis manos frota sus muslos sobre la falda; en cualquier momento, nos abrazamos y nos besamos profundamente; hundo la cara, y oprimo el tibio encanto de sus senos; volvemos a besarnos, luego se levanta y se mete al baño; yo, en tanto, camino de un lado al otro, enamorado e impaciente; cuando sale, apacible y fresca, trae puesto un camisón ligero, un olor a vainilla, los cabellos aún húmedos; mi tacto comprueba la ausencia de ropa interior; percibo cómo los vellitos de su piel se engríen con el roce de mis dedos, con la apetencia de mi carne que procura su carne; de pie nos besamos ávidamente y nos demoramos en un abrazo cadencioso que nos va empujando a la recámara; el deseo, el aroma a vainilla, la desnudez minuciosa, el amor que ya no puede más, y luego los cuerpos fatigados, suspirantes, complacidos; nos volvemos a vestir, cenamos viendo una película en televisión, nos preparamos para dormir, nos acostamos; nuestras caras se ponen frente a frente, sus ojos en mis ojos, mi sonrisa en su sonrisa, te quiero, yo también te quiero mucho, hasta mañana, que descanses, que tengas lindos sueños, apago la luz y sintiendo su cuerpo pegadito a mi cuerpo, me duermo.

 

 

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