Martes, 10 Diciembre 2019 03:05

Jacques Vincent, « LITERATURA DE ESTACIONES » Traducción de Marceau Vasseur y Miguel Ángel Real

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Jacques Vincent, « LITERATURA DE ESTACIONES »

Traducción de Marceau Vasseur y Miguel Ángel Real

 

Ella me dice bromeando: tú tienes miedo de sedentarizarte y yo soñaba que me iba de viaje dejando mi morada a cielo abierto.

El agua de las lágrimas recogidas con paciencia se derrama sobre un andén. Un altavoz anuncia: retraso prolongado, sin precisar la duración. La suerte está echada y surgen las líneas de un texto tan esencial que desaparece enseguida. En la sala de los pasos perdidos el altavoz profetiza mientras un relojero se olvida de la hora y se duerme sin poder recomponer los pedazos.

Yo la miro alejarse y sigo esperando, pero ella no se da la vuelta y deja su lugar a la escritura.

Dicen que los cielos de Noruega son aún mayores que los de la Puerta de Montreuil. Mientras entro con alivio en un pliegue del tiempo entre Burdeos y Le Mans, Vladivostok y Los Ángeles, Gdansk y Seattle, se ofrecen los refugios en donde podría escribir el libro ideal. Tal vez hubiera debido afeitarme, hacerme más presentable, no para las cámaras de seguridad sino para mostrarme digno de los árboles, de los océanos de donde vengo, de la página que me acoge y de la que ignoro todo.

En la conversación, alguien declara que no le gusta la gente que da rodeos de manera indigna en torno a sus deseos, aquéllas y aquéllos que evitan las miradas de sus miedos, y luego añade como una confidencia: la cuestión espera en el interior de una casa que guarda abiertas las puertas de sus habitaciones para que nos refugiemos hasta que nos hayamos inventado.

La ausencia ya ha sido anunciada en el andén A, donde los castaños comienzan a oscurecer. Es el fin del verano. Apunto en mi libreta que entre ayer y hoy no hay más que el espesor de una hoja.

Tan cerca de estar lejos en el desfile de las letras de los paneles anunciadores cuya combinación nos designará en breve, ¡huyamos, amor mío, hacia lo que no esperamos! En este tren ebrio encallado en la orilla de un río nunca tendremos una suerte semejante. La corriente que nos enlaza ha separado el vagón de los raíles inmóviles y nos arrastra hacia otras vidas.

En la estación desierta, con el hocico pegado al tope de un andén de llegada, una locomotora resopla. Como para tranquilizarla, tiendo mi mano sobre su flanco caliente mientras que, bajo nubes moradas que se estiran, otros trenes confían los relatos de sus fugas a los pasajeros adormecidos.

Unos días antes de un viaje, recorro distraído los estantes de mi biblioteca en busca del libro que satisfaga por completo mi deseo de lector. La obra abierta en cualquier página se leería en un orden cualquiera, con cada lectura despertando un nuevo sentido. El diálogo de las palabras haría aparecer una carne. Habría también dibujos cuya presencia viva sería lo bastante familiar para tranquilizarme y lo bastante extraña para tensar mi deseo. Aún lo espero, a pesar de mis años.

¡Oh Diablo, sepárame, divídeme en mil viajeros esparcidos por los andenes de destinos nunca anunciados, fragméntame en miles de palabras! Tras su rigidez, nada teme tanto el futuro liso como nuestros porvenires.

La espera tiene sus pasadizos secretos, sus inmediateces que abren otras lejanías donde no nos esperamos; las palabras, esas intrusas, los recorren a veces para liberarse.

 

(Texto publicado en francés en 2015, en la revista Dissonances).

 

 

 

 

LITTÉRATURE DE GARES

 

 

Elle me dit en plaisantant: tu as peur de te sédentariser et je rêvai que je partais en

voyage en laissant ma demeure à ciel ouvert.

L'eau des larmes recueillies avec patience se renverse sur un quai. Un hautparleur

annonce: retard prolongé, sans précision de durée. Les dés sont jetés et

surgissent les lignes d'un texte si essentiel qu'il disparaît aussitôt. Dans la salle des

pas-perdus le haut-parleur prophétise pendant qu'un horloger oublie l'heure et

s'endort sans recoller les morceaux.

Je la regarde s'éloigner en espérant encore mais elle ne se retourne pas et

laisse la place à l'écriture.

On dit les ciels de Norvège plus grands encore que ceux de la Porte de

Montreuil. Alors que j'entre avec soulagement dans un repli du temps entre

Bordeaux et Le Mans, Vladivostok et Los Angeles, Gdansk et Seattle, s'offrent les

gîtes d'où je pourrais écrire le livre idéal. J'aurais peut-être dû me raser, me rendre

plus convenable, non pour la vidéo-surveillance mais pour me montrer digne des

arbres, des océans d'où je viens, de la page qui m'accueille et dont j'ignore tout.

Dans la conversation, quelqu'un déclare ne pas aimer les gens qui tournent

indignement autour de leurs désirs, celles et ceux qui évitent les regards de leurs

peurs, puis il ajoute en confidence: la question attend à l'intérieur d'une maison qui

garde ouvertes les portes de ses chambres pour qu'on s'y réfugie le temps de

s'inventer.

L'absence est déjà annoncée sur le quai A où les marronniers commencent à

brunir. C'est la fin de l'été. Je note dans mon carnet qu'entre hier et aujourd'hui, il

n'y a que l'épaisseur d'une feuille.

Si près d'être ailleurs dans le défilement des lettres des panneaux annonceurs

dont la combinaison nous désignera bientôt, fuyons, mon amour, vers ce que nous

n'attendons pas! Dans ce train ivre échoué sur la berge d'un fleuve jamais ne

retrouverons pareille aubaine. Le courant qui nous enlace a détaché le wagon des

rails immobiles et nous entraîne vers nos autres vies.

Dans la gare désertée, mufle collé au butoir d'un quai d'arrivée, une motrice

souffle. Comme pour la rassurer j'avance la main sur son flanc chaud tandis que,

sous des étirements de nuages violets, d'autres trains confient les récits de leurs

fuites à des passagers ensommeillés.

Plusieurs jours avant un voyage, je parcours distraitement les rayons de ma

bibliothèque à la recherche du livre qui satisferait totalement mon désir de lecteur.

L'ouvrage ouvert à n'importe quelle page, se lirait dans n'importe quel ordre,

chaque lecture éveillant un nouveau sens. Le dialogue des mots ferait paraître une

chair. Il y aurait aussi des dessins dont la présence vive serait assez familière pour

me rassurer et assez étrange pour tendre mon désir. Je l'espère encore malgré mon

âge.

Ô Diable sépare-moi, divise-moi en mille voyageurs répandus sur les quais de

destinations jamais affichées, fragmente-moi en milliers de mots! Derrière ses

raideurs, le futur policé ne redoute rien autant que nos avenirs.

L'attente a ses passages secrets, des aussitôt qui ouvrent des ailleurs où l'on

ne s'attend pas, les mots, ces intrus, les empruntent parfois pour se délivrer.

Visto 2398 veces Modificado por última vez en Miércoles, 11 Diciembre 2019 04:55
Jacques Vincent

Jacques Vincent, (1950) ha sido arquitecto, compaginador, ilustrador y profesor de artes aplicadas. La poesía y la práctica de la escritura han sido constantes en su trayectoria, con colaboraciones en las revsistas Verso , Traversées, Hopala !, Contre-allées, Dissonances, Triages, Rehaut, y en catálogos de exposición. Lector y “contador” en compañía de músicos, anima el Collectif trente minutes d'insomnie (30minutesdinsomnie.com) que interviene con regularidad en un café-librería de la localidad bretona de Douarnenez para dar a conocer voces de poetas, algunos de ayer pero sobre todo los de hoy.

Ha publicado “La gazelle de Thomson”, (éditions RAZ (2019)). Su libro “Les passagers” va a ser publicado en breve.

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