Martes, 30 Junio 2020 05:45

Atisbos sobre la obra poética de Roberto López Moreno

Escrito por
Valora este artículo
(1 Voto)

 

Atisbos sobre la obra poética de Roberto López Moreno

   Luis Alfaro Vega

 

“El lenguaje esconde y a la vez revela el carácter de los hombres.”

                                                                                              (Catón, Dísticos 4,20)

 

 

 

 

 

Contenido:

                                                                                                          Pág.

Atisbos sobre la obra poética de Roberto López Moreno

Aspectos generales………………………………………………  2

Alusiones al libro: Manco y loco, ¡arde! ………………………  13


 

ASPECTOS GENERALES

 

Del abanico de expresiones artísticas del ser latinoamericano nace y se desarrolla la obra poética de Roberto López Moreno. Su abordaje de la palabra escrita convoca y suscita sensaciones y saberes que vienen de la pintura, de la escultura, de la danza, de la música, y por supuesto, de la literatura.

En el devenir de su magia creadora engulle, como un gozoso embudo, los suspiros, las formas, los decires, los ensueños, los haceres, de la experiencia del habitante ancestral de estas luminosas tierras, de las que extrae, resaltando y enriqueciendo los pormenores básicos, aquellos íntimos y cabales, que solazan nuestra identidad.

La obra poética de Roberto López Moreno transpira humanidad. Posee la argucia poderosa del don creativo: nuevas palabras, recreación inédita de las imágenes interiores y exteriores del yo poeta. Su obra no está bajo el prisma de un modelo doctrinario, no responde a límites paradigmáticos establecidos, su faena literaria, que es multitemática, multifónica, articula desarticulando a la vez que desarticula articulando los aspectos esenciales del quehacer humano, fertilización del espíritu del hombre de todos los tiempos.

Su poética vibra mostrándonos la enramada de una cosmovisión que, aunque es suya, original, contiene la savia de una raza antiquísima, de la cual su ontología se nutre, de la que aprovecha, como materia prima: la intuición, los sentimientos, la consciencia de ser y estar en un instante y espacio determinados.

 

Roberto López Moreno sopesa los apuntes culturalmente establecidos, observa, considera, compara, propone, su pluma no se queda en superficialidades, va a la entraña, remueve límites, abarcando y perturbando con una poética imaginativa y peculiar.

De la impronta sutil del alba, de la furia lumínica del mediodía, del vértigo de la noche desentierra las imágenes que se cuecen en el ardor de su privilegiada memoria, una memoria que abarca los desgarradores gritos de una población que avanza a tumbos en un tiempo de multifacéticas zozobras, pero que también abriga larguísimos silencios que incuban esperanzas, rumorosos silencios apretados de benévolas vivencias, silencios que el alma, con su vector de terquedad fertiliza, porque es su albur, porque es lo que dicta la retentiva anímica que circula en la sangre.

En su libro Morada del colibrí expone:

La tierra es sabia. Sobre su piel prehistórica

            el alma es su fuerza vertical, su poder alzándose,

            voltio convertido en concepto.

 

Habitante de un tráfago antropológico único, templa desde su palabra la magnánima iconografía de una vitalidad social que se resiste-creando, que crea-resistiendo, que sueña con un porvenir forjado desde el propio vientre, con las lágrimas y el jugo esencial que le corre por las venas.

En la poesía de Roberto López Moreno, su yo, como sujeto social, está de cuerpo presente, no se escurre, ni vacila al afrontar los fenómenos. El tonelaje de sus poemas es su circunstancia inmediata, elementos cercanos que la hacienda de su cerebro ha procesado para ser, estar, denunciar, proponer, con conocimiento crítico, en un momento y un lugar específicos.

Diversidad de ajustes y desajustes, lugar para el desaliento agrio por la desigualdad material (desequilibrio histórico en detrimento de los que arañan la tierra, los que, en disposición natural, están más cerca de ella), lugar para las manifestaciones, acciones a fondo para dar sentido a la huerta, para que su belleza esté en producción y reproducción de su sentido vegetal y cultural.

En una concepción amplia, la poesía de López Moreno es un efluvio histórico haciendo crónica de los diversos modos y variantes del discurrir del homo sapiens, la unidad como sujeto histórico cualitativo y determinante.

Leamos estos versos del libro Ábrara:

            Nos ha tocado ser la fuente de los iniciantes,

            los primeros constructores sobre el tiempo nuevo.

            Y aquí estamos, ya, ahora,

            con nuestra vida, nuestros muertos,

            dos mil golpes de sangre hacia adelante

            en renovación del fuego,

            en el ascenso a su radiante cúspide.

 

Frente al devenir del desequilibrado mundo, Roberto López Moreno propone el paraíso de la tierra, las respuestas francas, de caligrafía humana, que desde allí se encarnan. No pretende con su poética otra cosa sino cumplir con su cuota existencial, llegar al punto de partida, los versos para decir el origen, espacio y tiempo de una circunstancia humana desde abajo, en colocación trascendente, aunque por lo común, históricamente marginada, pero central y primaria.

Versos del libro Morada del Colibrí:

            soy el amor, la libertad, el hombre.

            Soy esta voz que está creciendo.

            Me llamo Siqueiros, Demetrio el ferrocarrilero,

            José Revueltas me llamo. Me llamo el mundo.

            Donde hay un hombre preso yo estoy preso.

 

            Sin pretender asumirse como salvador, pero sí en la intención de formar parte –como ineludiblemente, constitutivamente forma parte–, el poeta se suma a la vorágine del desgarramiento colectivo en busca de equidad.

En el libro Morada del colibrí avisa:

            Yo soy mi casa, soy su madera, su alegría.

            Mi casa habla, busca la música para tocar las cosas.

            Son muchos los muertos que han crecido la loma que mi casa habita

            –cal recia es la de los muertos–

            esta loma ha crecido tanto, tanto,

que mi casa casi roza las estrellas.

 

El dolor está presente en su percepción de mundo, al poeta lo desgarra la impar distribución de los bienes materiales, la circunstancia aparentemente normal de que algunos tengan qué comer y otros no. La impotencia se agita en su mente de homo sapiens cuya vertebración psíquica trasciende el ego, consciencia que asume que el yo está en destino de lo colectivo.

Roberto López Moreno nos llama la atención sobre lo que sucede dentro de la cerca, en lo inmediato, en su amado México, que también es el mundo, en los cuerpos y en las mentes de los que allí están, con el corazón ardiendo, vertebrando un fuego de panal, la esperanza de un por-venir, una pradera florida en la quepamos todos.

A contrapelo de sociológicas modas ideológico-partidarias, en que aparecen máscaras socialdemócratas, socialcristrianas, ecologistas, humanistas, para ocultar los fines particulares que persiguen, el poeta se asume de cuerpo presente en la transversalidad de la historia.

En Morada del colibrí confiesa:

            Yo estuve preso en la penitenciaría de México

            y sólo por dolerme de los días,

            de la ceniza amarga de donde brotan las heridas de mi patria,

            del motín adolescente incubado en el vacío de los derechos ciudadanos.

 

El poeta sabe que el prójimo, ese individuo que modela la historia, está presente en todos los caminos, en todas las horas del vertiginoso recorrido. Su animalidad orgánica está presente, no hay niebla, hielo o fuego que lo extinga, el líquido sólido de su carne se yergue por sobre emperadores, reyes, presidentes. Allí está el campesino, el obrero, el cantor.

Las cardinales preferencias del poeta, están en íntima relación con la axiología rural, derivación del alma en trascendencia campesina, sesgo primitivo y puro, consubstancial con una realidad que modela el mundo.

En sus libros deviene la templanza, en explanación coincidente con la literatura, de solazarse con la música, vibración armónica que recorre las distancias, que se cuaja en el alma multiplicando ternuras y deseos genéticos en la sangre. La música es uno de sus bastiones, pedestal del que parte a la periferia, y al que retorna porque forma parte consustancial con su ser. La música, agitación agraciada del Cosmos, códigos sublimes para el desahogo, pero también para la denuncia, imágenes desdobladas con una misma sombra, elementos vivos que ostentan sus versos, de bandera altruista.

El pensamiento expuesto, con su carga de sentimientos, es en referencia creadora de elementos cercanos, asumidos y puestos a disposición desde su sensibilidad en atributo humano, con toda la licencia de germinación y término, que en este espacio y tiempo confluyen. Roberto López Moreno realiza constantemente evocaciones a la gestación, transmutación de flora y fauna cercana a los sentidos: porosidades, tonalidades, musicalidad atrapada en la memoria, que continuamente deslumbra, y es referencia ineludible en el oficio de escritor.

La ola masiva de los poetas contemporáneos incursiona en una voluntad creativa liviana, muy personalista y en muchos casos abstracta, en una dirección de razones que lindan con lo metafísico, construcción metafórica de íntimas señalizaciones, principios de espejo y neblina. Roberto López Moreno no, él va al fondo con el color de la cultura popular, sin eludir los fenómenos de nomenclatura ideológica. Él asume y muestra la corriente social de frente, sin ambages, y en ese escaque insiste, porque es el equilibrio de su espíritu, el sujeto histórico categorial: el núcleo social.

En Morada del colibrí:

La carne empieza a levantarse,

como espuma de la tierra.

Es nuestra herencia una red de agujeros

—circular visión de los vencidos—

pero también la guacamaya invidente

granjeándose los ojos, la lengua.

Ahora nos levantamos

vino rojo, refugio, salitre, ventanas a pique,

ligaduras tremoladas, los albores y la camaradería.

 

La multifacética corriente de su poética señala diversas vertientes temáticas, una de ellas, marginal si se quiere, pero en indispensable contingencia, es Dios, la relación Hombre-Dios. Esa relación no es para el poeta un bosquejo categorial inamovible, por eso nos invita a imaginar despliegues de reacomodo y hasta de ruptura. Nos invita a escuchar la música que tintinea en la sangre, sugiriéndonos más inventiva en relación al tema de lo divino, propendiendo más a una relación mancomunada, antes que impositiva o excluyente.

En el libro Ábrara pregunta:

¿Y si volviendo a nombrar las cosas

fundamos de nuevo el mundo?

¿En qué punto de la novedosa relación

habremos de colocar a Dios

si es que va a existir otra vez entre nosotros?,

¿en el aire del ave?,

en las válvulas y pistones del movimiento?,

¿en el sexo de la flor?,

¿en la erecta furia de la llama?,

¿en la impaciente espera del polvo?

¿En dónde -oh, duda- para hacerlo

cumplirnos su servicio?

 

Este poeta de poros abiertos, habitante atento y perspicaz de esta furia natural, nos lleva, sobre un ala bucólica multicolor, a conmovernos de regocijo ante el variopinto paisaje que siempre ha estado ahí, y que nosotros, ciegos en el abismo de una impuesta enajenación, hemos ignorado.

Roberto López Moreno sustancia una mirada valiente del ser latinoamericano, desnudándolo de cuerpo entero, colocándolo frente a sí mismo, para que, dejando en el intrincado pasado los protervos ludibrios, vislumbre y se apropie del escenario social que merece.

El poeta alude, en un juego dialéctico particular de su pluma, a las estrategias culturales y los paradigmas mecánicamente impuestos. Es la suya una denuncia permanente de la falsa materia de origen de la sociedad. Es su brega la propuesta de cotizar una categoría sociológica más cercana al hombre, más inmediata en su devenir de fraternizar lo inmediato disponible.

En sus libros, de vertiente diversa —poesía, narrativa, ensayo— el poeta se mueve en el asunto cardinal de trascender los reflejos que empañan la esencia de los seres humanos, y así, con una desinhibida empuñadura anímica y conceptual, alcanzar el fondo de lo que somos, la esencia de lo eminente que nos define, pero que, por inopia de individuos conducidos a la miseria material, estadio en el que apenas sobrevivimos, o por una conducción educativa que nos enajena, se nos escapa. Quedando siempre al margen de nosotros mismos, siempre a la orilla, inhabilitados para alcanzar y presentar el máximo potencial.

En el libro Décimas Lezámicas expone:

HARAPOS de medio tono

calcinado en buganvilias,

enhebradas hemofilias

abonan ardiente abono.

Con las voces del encono

pradera sobre pradera

revisa la sombra austera

desde el amargo segmento,

lumpen redescubrimiento

en cada llama primera.

 

López Moreno nos pone en guardia del devenir histórico, con su rica didáctica señala los hilos de conducción de la plataforma ideológica dominante, ese palpitante monstruo que, con todos los mecanismos tecnológicos a su haber —cine, televisión, periódicos, internet— nos lanza al fondo de la historia, sustrayéndonos la savia de la fraternidad humana, imponiéndonos un articulado corpus de antivalores, caracterizado por el individualismo. Ese proceso continuado de desenriquecimiento de los sentidos, de adormecimiento del vivo barro del alma que nos va tornando en seres pasivos y dispersos.

El poeta desarrolla lo categorial del ser humano, activa y expone, con imágenes poéticas, el enigma de la existencia que está en la sangre y en los huesos, la cuestión de origen de que somos sujetos de la historia, que la historia somos nosotros.

La literatura de Roberto López Moreno resuma criterios de hondo sentir amistoso, entrañable. Es la suya una tendencia poética que propende a la libertad de pensamiento, pero una libertad concatenada en beneficio del ser humano. Él, en su poesía y en su prosa abre puentes con la filosofía, la psicología, la sociología, la historia.

En Ábrara expone:

Niño

que empezaste a envejecer antes de tu nacimiento,

no sufras esa lápida,

dale las gracias al ábrara

porque en ella volverás

a niño antes del niño,

tornarás a nacer en los segundos

antes de tu alumbramiento,

no sufras esa lápida,

el ábrara la habrá de levantar en vilo.

 

Poeta esencialmente, asume de frente la efeméride de la vida, sabiéndose organismo que huele y roza, que llora y canta, en identidad biunívoca con el medio, en exhalación consciente frente a los seres humanos, la sociedad, sus asuntos, sueños, frustraciones.

Sin rebuscamientos, desnudando la realidad en su histórico goteo, el poeta traza su verdad, una verdad inmediata y franca, como la verdad de los primeros poetas chinos, o la poesía de los núcleos indígenas, que deviene estricta y directa, estructurando, con el difícil esquema de la síntesis, un pensamiento sin ambages.

Veamos esta estampa en el libro Décimas Lezámicas, referida a lo cotidiano del hogar, la cocina:

Entra el sol a la cocina

y con su cuchillo de oro

rebana luz poro a poro,

la madera de la harina,

el alcohol sobre una esquina,

el aceite entreverado,

el vapor aceitunado,

el aullido del vinagre,

el diente necio del bagre

y su salero dorado.

 

El poeta se abastece de la policromía del entorno, hace referencia a ella, la usa, así para tensar sucesos personales, como para formular contingencias colectivas. Conoce a fondo la atmósfera del ser mexicano que lo rodea, y con ese rico andamiaje cultural referencia a los seres humanos en la multiplicidad de pensamientos y actitudes. El abanico de elementos de los que hace crónica es amplio, variaciones de la materia que le llega al olfato, al gusto, a la vista, al oído, al tacto: polvo con colores, epidermis en cosquilleo, barro con sonidos, la constituyente del alma modelada desde allí. 

El horizonte del poeta decanta una psicología de escenario multifacético, principio de identidad donde se encuentran los datos de su poética, enorme corral donde la fenomenología lírica transcurre, compleja vastedad orgánica, distendido territorio en cantidad suficiente para abastecer el alma, para vertebrar su esencia, en continuo descubrimiento y asombro, fundando, como acción-reacción, en expedición conjunta, un complejo teorema poético. El ser humano está en el centro de su discurso, es la razón básica que discurre en su poesía: el vuelo íntimo, afectuoso, de apegamiento a los impulsos de la sangre, y el grito seco, de contenido sociológico, en cognición de la dimensión colectiva.


 

ALUSIONES AL LIBRO:

Manco y loco, ¡arde! La historia que no se ha escrito

 

            La particularidad de este libro radica en que colisiona con un tema conocido: el universo del libro insignia de la lengua española, Don Quijote de la Mancha, y de su emblemático autor, Miguel de Cervantes Saavedra, pero desde una alquimia verbal y expositiva de singular originalidad.

El autor nos conduce a rememorar personajes y pasajes de la inmortal novela, desde un enfoque alucinante, mostrándonos, que lo que antes nos pareció obvio, posee una energía adicional, una potencia de impulsos, pensamientos, sentimientos y valores que antes nos determinamos.

            Porque, a fin de cuentas, en el lento tránsito de los siglos, esta novela es:

la luz de toda sombra establecida.

            Manco y loco, ¡arde! es un libro de poesía cargado de un imperativo estructural, la noción de que ese personaje de indumentaria sencilla y abollada que recorre los caminos desfaciendo entuertos, posee una carga de contenido antropológico, el hecho incuestionable de que incorpora en su visión al ser humano en general, en su aliento y en su desaliento de todo tiempo.

Manco y loco, ¡arde!, es una exacerbación de la humanidad a partir de la exaltación de la obra de Cervantes. En ella están contenidos los portentos del homo sapiens: las más bajas y las más altas erupciones del espíritu. Las concepciones todas están allí, el abanico de las relaciones humanas deviene completo: miserias, egoísmos, altruismos, utopías, locuras. Roberto López Moreno sustancia el fondo sin adulterar los personajes. Con humor, a veces con ironía, entresaca apuntes en ejercicio de nuevos sentidos, mostrándonos que la magnánima obra sigue viva.

            Así transcurre el libro, conduciéndonos a una valoración distinta de los mismos hechos, mostrándonos el paisaje que antes leímos, pero en una tormenta de adicionados elementos, enriquecidos de aristas conceptuales, filosóficas, pero también humorísticas, que aluden a lo sencillo humano, a lo pedestre de un momento histórico determinado.

Este libro es sin duda una de las cimas de su creación. Texto donde su intelecto queda al descubierto, donde sustancia su conciencia frente al mundo. Poemas que trazan razones y sin razones, recuperando las características primigenias y de trasfondo, de una de las torres más altas de la literatura universal: El Quijote. Desde diversos ángulos, con amplitud de personajes y perspectivas, nos muestra un punto de vista revelador, aportándonos datos, rumbos, intenciones que estaban y no percibíamos o que no estaban y él agrega con justicia y tino. 

Refiriéndose a Cervantes señala:

            Su cuna no era manca.

            Después lo iba a mordisquear la vida.

 

 

            Y es que, en aquel tiempo como en éste, la supremacía de unos individuos sobre otros y sus fatales contingencias devienen como dolorosa verdad, enconosa espina que continúa zureando en la herida más abierta del homo sapiens: el ego expresado en el deseo del poder, la preeminencia sobre el otro. Y esa fue precisamente la motivación señera del anciano flaco, caballeresco: salir al mundo a desfacer entuertos.

Y ese singular personaje, arropado de armadura, era un ser sensible, ardiendo soledades vertía su ímpetu justiciero en beneficio de la colmena. Pero, con tantas caídas y palizas, se hacía evidente un dejo de impotencia, la sospecha de que sus actos devienen insuficientes para enderezar el rumbo de los acontecimientos, por eso:

            desconsoladamente se sentó a llorar

            en una de las espirales del viento.

 

            Roberto López Moreno sabe que el paisaje anímico que se ventila en la imperecedera obra de Cervantes es una realidad inmediata, próxima y colmada de lo hondo del espíritu de los seres humanos. A pesar de los quinientos años de haber sido concebida, es una representación abarrotada de esas minucias anímicas que el paso del tiempo no modifica. Hechos y circunstancias que podrían escribirse en piedra.

 Las mujeres y los hombres se enamoran como acto repetido en todo tiempo. Don Quijote llegó a la venta e idealizó a la mujer que olía a ajo y a estiércol de corral. López Moreno aborda la utópica relación desde la óptica más inesperada, pone a Aldonza Lorenzo, con sombras de vanidad, a decir:

            Yo, Aldonza Lorenzo,

            enloquecí a aquel hombre.

            Entré Dulcinea en su cerebro,

            guié su brazo,

            su voluntad,

            la dirección endeble de su rienda.

            Sus hechos fui,

            el filo que desde él atravesaba el viento,

            la rotación del mundo

            sobre el local Toboso.

 

La información de que dispone don Quijote sobre la amada, es una nebulosa, dispositivos adyacentes, y no necesariamente sutiles o de seda, en supuesta armonía “clásica” con el tema, sino que, fiel a su atributo rústico, colisiona con elementos ásperos, en bruscos movimientos que él trueca en aluviones favorables a su ansia.

Enfoque original que lo delata, evidenciando un sentimiento tierno, en fondo poroso, sí, pero diciendo su sentir con imágenes cálidas, de reigambre respetuosa en lo referente a las mujeres.  

No solamente el rostro femenino en la venta del camino aparece en la novela de Cervantes, otras mujeres decantan su presencia, una de ellas la sobrina Isabel, y López Moreno no la deja de lado, de ella dice:

            mujer sin rostro y sin edad,

            que contiene la edad de las mujeres

           

Dios no está ausente en la obra de Miguel de Cervantes, y en su recreación del libro, López Moreno nos conduce a ese requiebro con una referencia y un giro particulares:

            En un atajo dio con Dios.

            Reclamó la ausencia de su brazo.

            ¡Ojo por brazo! gritó iracundo.

            Atacó a Dios, molino de molinos.

            Loa hizo cíclope de cíclopes.

            Bajó humildemente el punzón oxidado,

            sin sangre alguna en el mellado filo.

            Desde entonces

Dios anda tuerto por donde anda.

 

            Y más adelante, en otra original referencia, acota:

            Entonces Don Quijote buscó a Dios;

            ya eran tres

            en el océano oscuro:

            un manco lanza izada transparente,

            Don Quijote ardiendo soledades

            y la fiebre amarga de ambos

            asistida por Sancho

            el escudero.

 

            Sancho Panza es otro punto focal del discurso, López Moreno alude a este personaje en los siguientes términos:

            Sancho, tú,

            no envenenado por letras,

            vendado que tanto miras

            atado al destino de las ensoñaciones,

compañero de fatigas y apaleos,

 

Hay un elemento histórico que al poeta Roberto López Moreno le obsesiona, es la circunstancia de que Miguel de Cervantes Saavedra perdiera una mano. Múltiples son las referencias a este hecho singular, veamos algunas:

Tenía sólo una mano

para medir la vida.

Era inmensa tal mano.

           

En otro poema:

            el manco que a mi lado llora

            seca de mi rostro la escandalosa afrenta.

           

En otro:

            La fiebre empezó en la mano herida.

           

Una más:

            El manco nunca llega.

            Estaba desde siempre.

           

Otra:

            El entusiasmo del manco

            chisporrotea a dos manos.

           

Después:

            Yo, manco entre las sombras

            escribo este relincho

            en el que reconozco mi dolor

            como el dolor de todos.

           

            Y esta:

            Aquí yace un hombre.

            Perdió un brazo y lo rehízo en la batalla.

 

            Una más:

            con su única mano

            tocó la frente del universo.

 

Y no olvidemos el título del libro:

            Manco y loco, ¡arde!

 

Los poemas de este particular libro hacen referencia al rico universo humano que Miguel de Cervantes incluyó en su inmortal obra, donde no está exento el amor, la envidia, la ambición, la maldad, la benevolencia. Es decir, donde hay un acopio de los pormenores de los individuos que pisamos la esférica voluta que flota en el espacio, hogar de todos, canica espacial que llamamos Tierra.

Son hechos que, aunque estén ambientados en un momento histórico determinado, recogen, con fidedigna minuciosidad, los avatares del devenir del homo sapiens de todo tiempo.

 El poeta López Moreno, como nos sucede a algunos de los lectores comunes, se ve seducido por los intríngulis anímicos que se exponen en la novela, idealismos que colisionan con la realidad, primitivos anhelos de posesiones materiales fáciles (despojo de botines, soñadas ínsulas), que nos pintan desde adentro. Pero entre tanto anhelo, el anhelo de la justicia se yergue como una de las banderas cardinales, hilo conductor que guía al personaje principal con desesperación, sin claudicar en su afán, y que lo induce a emprender acciones en las que incluso expone la vida.

Otro tema que pende a lo largo del magnánimo texto es el de la locura, entusiasmos que vienen y van desde la locura. La locura, que es la cordura aludida desde su otra dimensión, la nube que permanece suspendida al lado del paisaje principal, en el otro primerísimo plano.

Los poemas de Manco y loco, ¡arde!, son poemas de seducción, de encanto y de desencanto por el accionar del individuo, yo, tú, él, todos, esa marea que va haciendo crecer la civilización, que va llenando de contenido las bibliotecas de la historia, que va dejando una huella en las arenas del tiempo.

Sin duda la obra de Miguel de Cervantes dibuja la civilización humana, iconografía de un ser vivo que es consciente de sí mismo. Aportándonos claves en simplicidad jocosa, el manco nos susurra al oído, que los seres humanos somos inagotables, una pasión aún por descubrir.

La eternidad de la novela de Cervantes es un hecho contundente, López Moreno lo justifica así:

El de larga lanza

velaba en sus silencios,

desde los futuros.

 

El autor de Manco y loco, ¡arde!, nos lleva a un rodeo por esa obra, para exponernos otros elementos, señales que él ha vislumbrado al lado, y atrás, que están ahí, en el inagotable trajinar de esos entrañables personajes de los que nos hemos enamorado. Emblemas de la historia.

 

                                                                                                          abril de 2020

Visto 787 veces Modificado por última vez en Miércoles, 01 Julio 2020 05:13
Luis Alfaro Vega

Luis Alfaro Vega nació en Santa Bárbara de Heredia, Costa Rica, el 27 de abril de 1961. Es licenciado en sociología por la Universidad de Costa Rica (UCR). Ha publicado obras como «Poética de la muerte» (Editorial Oro y Barro, 1998), «Libo» (Ediciones Colección Acosta, 2000), «Cabálicas» (Ediciones del Valle, 2006) y «Luces y sombras de otro tiempo» (Corporación Educativa para el Desarrollo Costarricense, 2009). Su novela «Los tristes pájaros del parque»» fue publicada por Ediciones Oblicuas de Barcelona en 2018. En 2019 la Editorial Montemira publicó su novela «El legado». 

1 comentario

  • Enlace al Comentario Mauricio Vega Araya Domingo, 12 Julio 2020 01:17 publicado por Mauricio Vega Araya

    Excelente reseña del poeta López Moreno por todo un maestro de las palabras. Gracias.

    Reportar

Deja un comentario

Asegúrese de introducir toda la información requerida, indicada por un asterisco (*). No se permite código HTML.

Invitados en línea

Hay 6146 invitados y ningún miembro en línea