Adán Echeverría

Adán Echeverría

Adán Echeverría. Mérida, Yucatán, (1975). Investigador Posdoctoral en el Instituto de Investigaciones Oceanológicas de la UABC. Doctor en Ciencias Marinas. Columnista en el Periódico impreso El Vigía, y en portal cultural La Piraña (https://piranhamx.club/) Premio Estatal de Literatura Infantil Elvia Rodríguez Cirerol (2011), Nacional de Literatura y Artes Plásticas El Búho 2008 en poesía, Nacional de Poesía Tintanueva (2008), Nacional de Poesía Rosario Castellanos, (2007). Becario del FONCA, Jóvenes Creadores, en Novela (2005-2006). Ha publicado en poesía El ropero del suicida (2002), Delirios de hombre ave (2004), Xenankó (2005), La sonrisa del insecto (2008), Tremévolo (2009), La confusión creciente de la alcantarilla (2011), En espera de la noche (2015), Trapacería y fiesta (2017); los libros de cuentos Fuga de memorias (2006) y Compañeros todos (2015) y las novelas Arena (2009) y Seremos tumba (2011). En literatura infantil ha publicado Las sombras de Fabián (2014).

 

 

Nombre: Adán Echeverría

Doctor en Ciencias por el Centro de Investigaciones y Estudios Avanzados del IPN.

Posdoctorante en el Instituto de Investigaciones Oceanológicas de la UABC

Dirección: Calle Isla San Pedro No 1436, entre Isla Tortuga e Isla San Lorenzo, Fraccionamiento Villas del Roble, C.P. 22842, Ensenada, Baja California

Email: adanizante@yahoo.com.mx romeodianaluz@gmail.com

Tel Cel 646 270 4993

 

 

 

En el borde del país.

Adán Echeverría.

Matamoros, Tamaulipas, diciembre 2019.

 

Durante mi carrera literaria he tenido a bien combinar algunos esfuerzos más por las letras que el sólo hecho de escribir: impartir talleres literarios desde el año 2003 en el Instituto de la Juventud de Yucatán, seguir impartiéndolos en Campeche, en Morelia, Ensenada y ahora en Matamoros, Tamaulipas, y desarrollando mi labor como diseñador gráfico de algunas revistas escolares, hasta ser el diseñador y editor de la revista Navegaciones Zur, a partir de su número 31 y hasta que dejara de imprimirse en el año 2009; ser el diseñador y editor de los últimos números del suplemento cultural El Juglar de lo que entonces era el ‘Diario del Sureste’, y como editor de revistas (Esta humanidad tan llena de grietas, y luego delatripa: narrativa y algo más, del 2013 al 2018), así como de cuadernillos de poesía (de 2005 a 2014) y de libros de ciencia y de

Así mismo he desarrollado las compilaciones y antologías siguientes: Venturas, nubes y estridencias. Poetas jóvenes de Yucatán. (Instituto de Cultura de Yucatán y el Instituto de la Juventud de Yucatán, 2003), autores ganadores del Primer Premio Estatal de Poesía Jorge Lara 2002; con Ivi May, Nuevas voces en el laberinto: novísimos escritores yucatecos nacidos a partir de 1975 (Instituto de Cultura de Yucatán, 2007); con Armando Pacheco, Del silencio hacia la luz: mapa poético de México: poetas nacidos en el período 1960-1989 (Ediciones Zur y Catarsis Literaria El Drenaje, 2008); con Mario Pineda, Karst. Escritores de la península yucateca en 2016. Antología. 21 autores nacidos entre 1971 y 1996. (Catarsis Literaria El Drenaje); y ahora Justo en el borde, compilación de textos de escritores nacidos o radicados en Matamoros, Tamaulipas en 2019 (Catarsis Literaria, 2019).

Este trabajo me ha permitido conocer la geografía literaria del México que me ha tocado vivir. Coincido con lo que señalara el crítico José Luis Martínez (1918-2007): “En las revistas hacen nuestros escritores sus primeras armas; allí se forman y de allí parten para más ambiciosas empresas”. Y es que, de las revistas, ya sea de mi pasión por leerlas, como en los momentos que me ha tocado armarlas, editarlas, coordinarlas, dirigirlas, he estado en contacto con las obras y con los autores. He visto nacer los primeros poemas y cuentos de autores que con el tiempo se fueron consolidando, ganando presencia en medios literarios, obteniendo becas, o ganando premios literarios. Pero, sobre todo, y a lo que más aspiro, dando a conocer su trabajo literario cada vez a un número mayor de personas.

En octubre de 2018 fui levantado en la ciudad de Matamoros, por dos malandros. Chamacos que no cumplían siquiera los 22 años. Luego de que me pasearon en el vehículo y de que me iban golpeando para que no levantara la cara, se robaron mi celular, mi notebook y mis cédulas profesionales (me dejaron el dinero en la cartera, y también me dejaron mis tarjetas bancarias), me bajaron en un terreno alejado y me dieron una estropeada; el objetivo era claro: que yo me fuera de la ciudad. Gracias a la fuerza de voluntad de mi esposa nos quedamos en Matamoros. Conté con el apoyo de muchas personas (siempre somos más los buenos, aunque no tengamos armas). Continué con el taller de apreciación y creación literaria en el Instituto Regional de Bellas Artes de Matamoros, lo cual me permitió conocer a los jóvenes escritores de esta región (jóvenes escritores, cuyas edades van de los casi 20 a los casi 70 años). Pude constatar que muchos de ellos han leído poco, pero tienen mucha hambre de leer más. Tienen muchas cosas que escribir y comunicar, y lo han hecho, aún desde antes de mi llegada. Logré que nos pusiéramos exigentes con los textos. Que no fuéramos condescendientes con el trabajo de los compañeros, que mirarán separada la obra que se presenta en la mesa, de la vida de los autores que las recrean. Que no entablaran diálogos a la hora de exponer sus comentarios críticos sobre la obra de los compañeros y, sobre todo: que los autores no tuvieran la necesidad de explicar el por qué de sus textos antes de leerlos.

He intentado que todo comentario crítico sea sobre los textos. Sobre nuestras creaciones literarias tenemos que ser implacables, pegarles duro, revisarlas hasta el cansancio. Pero, sobre todo, hay que leer. Leer y mucho. Leer cada día un poco más. Y son esas lecturas las que les han ido mostrando las diferentes técnicas narrativas, las diversas formas poéticas de la literatura universal. El resultado, a un año de comenzar a apretarnos el ojo crítico cada día un poco más, ha sido tener algunos textos listos para poder mostrarlos al público lector.

El resultado de este año de trabajo lleva por título “Justo en el borde, compilación”, y en él se reúnen la obra de 15 autores: Alicia Leonor (1968), Ana Ayala (1969), Arturo Martínez (1971), Beatriz M. Mérida (1980), Brissa Ochoa (1990), Édgar A. Rivera (1989), Eva Rodríguez (1971), Félix Martínez (1962), Gabriela Escobar (1968), J.R. Spinoza (1990), Martín Hernández (1965), M.G. Olvera (1971), Mónica Robles (1969), Pedro Hernández (2000), Viviana Carvajal (1952). Se presentan poemas y relatos de temas variados que van del intimismo a la fantasía; temas de una fuerza sensorial que alienta tanto el amor, el desamor, la pasión, por la familia, por la sensación de redescubrir al otro, al que nos lee, al que está presente a nuestro alrededor. Lo curioso es notar que los autores no tienen una fijación respecto de la violencia ejecutada por los grupos del crimen organizado, que en el imaginario nacional tanto permea cuando se menciona el nombre de Tamaulipas.

Insisto: en las ciudades fronterizas, en Matamoros, Tamaulipas, somos mucho más los buenos, los que quieren educarse cada día más, los que quieren compartir con el mundo sus pensamientos, sensaciones, emociones, planos sensoriales, ideas e imaginación; una limpia y clarificadora imaginación.

Adán Echeverría.

Matamoros, Tamaulipas, diciembre 2019.

 

 

 

 

 

 

Alicia Leonor

 

Alicia Leonor. Tamuín, S.L.P., 1968. Radicada en Matamoros, Tamaulipas, desde 1990. Licenciada en Administración de Empresas y Contaduría Pública. Poeta, narradora. Promotora de lectura. Asiste a los talleres del Ateneo Literario José Arrese desde 2014. Participa en el Taller de Apreciación Literaria del Instituto Regional de Bellas Artes de Matamoros. Ha participado en diferentes recitales y festivales de escritores nacionales y del Valle de Texas U.S.A. En “Letras en el Estuario” organizado por ALJA Ediciones. En el 2do Encuentro Internacional de Poetas y Escritores llevado a cabo en San Luis Potosí y Real de Catorce. Sus textos se incluyen en las Antologías “Tengo una soledad” (ALJA 2015), Ciudad de palabras. Poemas para andar por las calles. (ALJA 2016). “Visión de un instante” (ALJA 2017). “Voces Unidas en Real de Potosí” (2019).

 

 

 

 

 


 

 

Mi voz sin palabras

Dice que soy sensible, cálida, a veces ardiente.

Me mira a los ojos, sonríe, y apoya su mano entre mis muslos,

sin peso, sin movimiento.

Hay noches en las que sus dedos

prefieren el camino más largo hacia mi cuerpo.

Y lo siento como lluvia tenaz que parte en dos la roca.

 

Soy el punto donde el tenue manantial explota y nace luego fuerte.

La noche se inunda, me quedo quieta.

Despierto, es otoño.

 

 

 

Asíntota

Camina en línea recta, avanza varias cuadras,

quiere cruzar la misma calle en ambos sentidos.

Absorta, observa el semáforo en verde, amarillo,

luego rojo, luego verde, luego rojo,

se queda quieta y de nuevo

camina las mismas cuadras avanzadas.

Regresa, pisa sus pasos, siente gotas caer.

Moja el dedo del corazón de su mano izquierda.

Los demás caminan sin rumbo.

Ahora avanza en círculo

mira el camino que ellos no eligen.

Cuelga sus pasos en el poste del semáforo.

Seca al sol las sandalias, que nunca le han gustado.

Suaviza la semana para encontrar

las siete diferencias entre lunes y domingo.

Sigue caminando, a veces en círculo,

otras en vertical   descalza  en lo que encuentra

otras sandalias otras calles otras cuadras.

 

 

 

Arranco las hojas del calendario

La vida me aprieta. Es tres o cuatro tallas menor de lo que deseo.

Limpio miserias y las convierto en letras.

Mi diafragma jadea colocando cada coma, cada signo, cada punto

y aparte.

Ardo, porque arder es intentar vivir.

Vivir es dudar y llueve. La lluvia mutila mi carne.

El dolor es un gigante que me envuelve en el desequilibrio,

así resisto los hostigazos, la mediocridad.

 Coloco el corazón en mi cabeza. Le cedo a un ciego mis ojos.

Invaden lentamente los acúfenos mis oídos.

Se convierte en cemento mi garganta.

Coloco el punto final y muero cada noche.

 

 

 

Las frases que inventas

Siempre termino en lo más oscuro del bosque

zambulléndome desnuda en el lago.

La dosis de viento me gusta, los cambios en el paisaje.

Abro los ojos, descubro la vegetación,

no tiene nada que ver con la de ayer.

Gracias al sol, y a las nacientes hojas de los árboles

tengo la certeza de que la vida comenzará de nuevo.

Mi calendario, las hojas, los números, las fechas

siguen el orden y equilibrio de la imaginación.

Sé que empiezan nuevas vidas; pero estoy de paso.

Como la intemperie, miro el cielo esperando la lluvia.

Cansa partirse en dos como la manzana de mi desayuno.

Me reivindica la noche, y elaboro la pócima secreta.

Al amanecer mi sangre se vuelve efervescente,

 mis tendones quedan cortos a esa anticipación, ese deseo.

Me doy cuenta de que nada debe depender de un día.

Ni la cordura, ni los horarios, tampoco las frases que inventas.

Lo irreal, lo imposible, son piedras para lanzar al fondo del lago

y recuperar esa imagen impresa, ese anhelo de tatuarse.

Todo es cuestión de tiempo para desaparecer el remolino.

Y volver a atrapar el verdadero reflejo de la palabra.

 

 

 

Ella

desea ser otra, no sabe correr y siempre usa zapatilla.

De viernes a jueves llora su talón derecho.

Se toma el tiempo para verse sentada frente al peinador.

para verse en todos los espejos de su casa.

Le dicen taciturna y dramática.

Algo le aprieta, la empuja, y sus sonrisas se inclinan cuesta abajo.

Le dicen que su voz suena hueca, que sus ojos solo traen niebla.

Ya no ríe, se pierde sin moverse. Se baña en vino tinto, en llanto

y otras aguas. Se escribe cartas y nunca las envía. Nadie las leerá,

acaso nunca hubo remitente. ¿Para qué escribirse otra carta

si ha olvidado la dirección de la destinataria?

 

 

 

Rictus

Somos tan extraños que no comprendemos la vida,

asumimos que ella es la extraña.

Y sentimos que los días de primavera son superficiales

para que los disfruten los inconscientes, los árboles,

los parques de pequeños jugando a la pelota.

Ellos que todavía no tienen el corazón rugoso.

Porque los que ya lo tenemos, soportamos el otoño

que acalla las cosas.

Dejamos que nos abrace la noche,

con su lluvia fría en la sangre.

Pasamos la vida sumidos en el desasosiego,

aprendiendo a ser imitadores,

ensayando esa mueca para que parezca risa.

No queremos despertar sospechas. Y aunque, muchas veces,

no logremos dominar ese arte y nos azota la lluvia con más fuerza,

buscamos desesperadamente la protección del paraguas.

Bajo la lluvia queda la risa congelada

al ver extrañados la vida que tan rápida,

tan velozmente se nos pasa.

 

 

Siempre

Algo de mí te reclama.

Murmura en mi oído: sé el mezcal que embriague mi lengua,

no quiero oler mis miedos.

Recorre la planicie de mi cuerpo, deseo tu templo.

Sé siempre el umbral que me espera.

Ofrezco este otoño mío al tuyo que comienza

mi sangre con su aroma y su color inconsistente,

mi ascendente en marte, mi canto y mi alarido,

mi silencio moribundo, mi callado renacimiento.

Te ofrezco la armonía de mis caderas, la cadencia de mis letras.

Y te prometo, para siempre, vivir a diario en Venus.

 

 

 

La confianza

Me enteré cómo se rompe la confianza.

Había pensado que se desplomaba como Aquiles

tropezando agónico.

Pero no es así, no.

La confianza en un momento se atomiza.

Se agrupan demonios sobre el bien alado,

y el centro del mundo se derrama en mil galopes.

Ni una espina logra penetrar algún órgano viviente.

Ni un pistilo anuncia primavera futura.

Se resquebraja el centro del tiempo y lo que queda de la flecha

es su gélido trayecto

que se diluye en cadáveres y coyunturas inconexas.

Como si la voluntad fuese una astilla desprendida del hueso

un náufrago que se desprende de su barca.

Y de ahí a nacer en otro naufragio distinto.

Otra mujer cuyos ojos son dardos apuntándole al futuro.

¿Este hueco en mi cuerpo es el futuro?

¿Esta sonrisa flotando que se burla?

Sé que no vendrá ninguna respuesta.

 

 

 

Al perderme en el torrente de las emociones

se exaltan mis sentidos, sangra mi corazón,

llueven mis ojos, no paran de llover.

El invierno hela mis huesos,

me hiela completa.

Pero siempre hay algo que me guarece

de esa desesperación concurrida.

que me acompaña en esa coyuntura;

el de turno, el que cambio tan seguido

y a quien a veces vuelvo porque me llena y satisface,

me transporta a los placeres no vividos,

que hasta la muerte me será fiel,

mi libro en turno.

 

 

 

 

 

Tiempo

Sigo viva, pero el tiempo escapa.

Mis secretos —dolores mudos— contradicen mis sueños.

El tiempo traspasa las entrañas de la noche,

me apresa,

deja huellas en mi frente,

estrías en mi cuerpo,

vacío que lastima

por la ilusión que escapó

Y me dejó un camino sin crepúsculo

sin mapas, ni brújulas que me guíen;

no hay noches febriles que celebrar,

la ley de la ironía ha fragmentado el templo.

Sigo viva sin poder distinguir

si soy real o la farsa de mí misma.

Vivo en gerundio regular —ando, yendo—

y solo uso un antifaz que esconde

ausencias.

 

 

 

En cada una de tus salvajes alboradas.

atrápame con bríos, refúgiame en el túnel de tus sueños

en la profunda raíz del almendro, en el rayo de luz.

Gózame como ese libro que atesoras.

Quiero estar en cada verso y al final, siempre al final

saborear tus letras al viento del otoño que me desnuda.

Que mis harapos caigan como hojas de árbol.

descorcha el erotismo acumulado,

tatúa tus caricias en mi carne,

tira piroclastos que enerven mis sentidos

deja correr en mis entrañas

la lava ardiente de tu sexo.

 

 

 

Te pido que no me imagines vestida.

imagíname desnuda, sin nada que estorbe tu malicia.

No quiero que la imagen se difumine,

deseo ser recuerdo, tu puta más furcia;

quiero que lleves mi nombre tatuado,

que tu boca me llame a la lujuria,

en cada cama donde duermas.

 

Quiero que me odies, me ames, me extrañes,

sin pronunciar te amo.

Quiero sentirte en travesía por mi cuerpo

que gimas conmigo, que goces conmigo.

Y si un día te sientes herido, ahí estaré para sangrar tu herida,

frotarlas en mi carne y sellar nuestros íntimos deseos.

Y si desfalleces ahí estaré, contarás con mi locura,

con mis monstruos; aprenderé a amar los tuyos.

Y cuando hagamos el amor, promete

que desharemos este maldito y profundo desamor.

 

 

 

Soy la equilibrista que flota en la cuerda,

con la oscuridad abordo. Levanto la mirada,

disfruto el hermoso globo blanco que alumbra la noche.

Mi cordura es frangible y mis sueños subjetivos.

Siento el fracaso y no he sido amada,

¿Qué importa si en el otoño caigo herida?

Reposaré mi invierno bajo lluvias sabor a óxido.

Porque soy la equilibrista. Lanzaré al vacío mi pesadumbre.

Me despojare de vaciedades, de falsas poses.

La sombra de la noche me abrazara,

y juntas renaceremos al terminar el invierno.

 

 

 

Ki wuatey.

El tam tam va en un crescendo hipnótico. Baña su cuerpo la desesperación. No encuentra ninguna manera de escapar, solo distingue la punta brillante de obsidiana que se alza amenazante. En medio de la noche, un grito desgarrador. Despierta, la frente está empapada de sudor, lágrimas bañan su rostro, el cuerpo tiembla sin control.

Itala no puede desprenderse del sueño que altera su vida. Por la mañana, al estar tomando el desayuno para salir a trabajar, le cuenta a su esposo de la pesadilla recurrente. Él, le pide que deje de perder el tiempo con esa afición por los relatos fantasiosos.

Durante las juntas de trabajo, Itala de manera inconsciente comienza a garabatear su agenda, la llena de trazos incomprensibles. Manolo, su compañero, observa; y le pregunta qué significan los trazos. Ella le cuenta la pesadilla. Él se muestra interesado y le pregunta cuándo comenzó a tenerlos. Itala hace memoria. Descubre que fue a raíz de un viaje que hicieron a su pueblo natal; decidieron visitar un sitio arqueológico recién abierto al público llamado Tamtoc. Conforme se acercaron al lugar, comenzó a sentir cierto nerviosismo, su estómago se contraía, su corazón palpitaba con desasosiego, y sentía en la garganta un nudo inexplicable.

Al llegar, lo primero que observó fue la escultura de una mujer mutilada, yacente en una plancha de piedra. Surgió un llanto incontrolable.  Mientras el guía avanzaba y les narraba la historia del lugar, Itala caminaba atrás, con la sensación de reconocer el lugar, cada camino le parecía haberlo recorrido antes. Y hasta inclinarse para levantar unas piedras le pareció familiar.

Al adentrarse en la maleza, junto al rio, el guía señaló a lo alto, lo que ellos suponían era un mirador, invitándolos a subir. Ella se niega a hacerlo alegando cansancio, pero en realidad, estaba siendo presa del miedo. Mientras los demás subieron, Itala se recostó en el pasto. Recuerda haber dormido y soñar que aparecía un hombre mayor ataviado como los antiguos indígenas de ese lugar. Le dijo que era su padre, y expresaba felicidad porque estaba de vuelta en casa. Los gritos de su familia la despertaron y sin comentar nada emprendieron el viaje de regreso.

— ¿Sabes qué recuerdo?

—Dime

—Una voz profunda que gritaba ¡Ki wauatey! ¡Ki wuatey! No tengo idea que significa, pero la recuerdo con total claridad.

Al día siguiente, Manolo le comenta lo que ha investigado sobre el grito que recordaba en sueños.

—Es increíble, Itala; en Tenek la lengua de los huastecos Ki wuatey significa: “Pasen a la siguiente”.

Itala decidió buscar librarse de sus pesadillas y regresar a Tamtoc. Al llegar, siente que el viento la empuja hasta el pie del mirador, descubriendo entre la maleza, el paso hacia un desfiladero.

Sin saber qué la impulsa; replegándose a la pared, avanza paso a paso. El camino parecía estar a la medida de sus pies. Siguió avanzando sin saber a dónde. Sentía que el corazón le estallaba, como el tam tam que escuchaba en sus pesadillas. Al llegar a un hueco cubierto de hierba cavado en la pared, descubre un trono de piedra, que los antiguos habitantes construyeron, para que el monarca contemplara desde ahí la planicie, donde se ejecutaban los sacrificios humanos.

Al sentarse en él, comenzó a escuchar un rumor lejano que se fue convirtiendo en un torrente de gritos ensordecedores. Sintió que su mente se nublaba y sólo percibía una luz a lo alto, que reflejaba el brillo de un puñal alzándose sobre su cabeza.

Itala intenta gritar, levantarse, pero manos rudas la aprisionan. Durante un segundo el puñal se detiene y cae sobre ella atravesándole el corazón. Lo último que percibe mientras caen en un abismo de oscuridad, es la obsidiana que se alza sangrante y la voz del sacerdote que ordena ¡ki wuatey!

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

Ana Ayala

 

 

 Ana Ayala. Originaria de Ciudad de México (1969), empresaria y escritora, radica en la Ciudad de Matamoros, Tamaulipas desde hace 25 años. Ha participado activamente en colectivos culturales, talleres y diplomados de creación literaria. Miembro benemérito del taller literario Rabindranath Tagore en Cuba. Su obra ha sido publicada en diversas antologías nacionales e internacionales.

 

 

 

 Estaciones

Llegaste cual primavera, abriendo botones yertos,

libando la miel ajena, tejiendo nidos inciertos.

Cosechaste viejos sueños; semillas que esparció el viento,

vestigios de quimeras que deja el paso del tiempo.

Más el verano llegó y junto a él, partiste, dejando atrás el amor.

Te vestiste de invierno. El frio invadió la morada y no te importaron

los ruegos; solo dejaste falacias nacidas de juramentos.

¿En qué inhóspita ladera enterraste los recuerdos

que enraizaron en la tierra y dieron frutos tan secos?

 

 

 

Otoño

Furtivo llegas y traes contigo al viento,

desplazando al verano y anticipando el invierno.

Es época de nostalgia; de aferrarse a los recuerdos,

de recoger hojas muertas, de árboles sin savia dentro.

Vislumbro ya el ocaso. Ya no está en la rama el nido,

el aire silba en mi alma; dime, ¿cómo te olvido?

 

 

 

Soy mujer

Soy una mujer sin poses moldeada sobre la arena,

con el polvo de los siglos atrapado entre las piernas.

Tiempo que dejo su marca y por el camino rueda,

soy el vientre de la noche y quien criba lo que sueña.

Soy la braza sobre el hielo donde se esconde la culpa,

que convertida en vapor entre la niebla se oculta.

Soy cántaro que se entrega desde que sale del pozo

y a cada gota de vida, el cántaro muere un poco.

Soy el eco de la tierra ¡Soy el canto! ¡Soy el trino!

Soy el olor a madera, fuego que calienta el nido.

Soy mano que firme escribe, pluma que no se cansa,

silencio que dice todo, tinta que destila el alma.

Soy el grito y soy la sangre de la llaga de mis versos

vertidos sobre una hoja de frágiles pliegues densos.

Metáfora que se entierra en la arena de la rima,

luz revuelta de memoria ¡Soy la mujer y la niña!

Entre pecados y rezos soy la que SOY Y SERÉ…

La que perfuma sus miedos mientras desnuda su ser.

 

Lo que no ves…lo que al tacto de tu pupila es fisura.

Es que soy tú y eres yo; porque somos mujer…

¡Solo una!                         

 

 

 

En silencio

Quiero morir en silencio, desnuda sobre la hierba, sentir en mis pies la tierra y el olor a junco seco. Quedarme en la frontera de la noche, entre sus fauces, que se duerma para siempre la mañana en apenas un instante.

Quiero morir en silencio sin los cuchillos del ruido. En la turgencia del rio donde al fondo de un libro yacen mis ojos, como desiertos. Quiero sumergirla en agua, que se disuelva tu imagen y libere mi mirada.

Quiero cruzar el velo de la bestia que es la noche, si la muerte me da vida. ¡Vivir es un derroche! Quiero ventanas abiertas que la aurora me refresque y el viento apague mi vela mientras me besa la frente como lobo solitario que se detiene en la orilla, para sentir en su rostro el silencio, la caricia. Todo será en un momento y nada habrá sido cierto. Vivir después de haber muerto. Y morirme de silencio.

 

 

 

Fragilidad

Estaba aturdida, la falta de comida y agua hacían estragos en su cuerpo y en su mente; el miedo invadía cada poro, cada arteria y hacía eco en cada latido como tambor que anuncia el desenlace final.

Y lloro, lloro sin lágrimas, lloro hacia adentro sintiendo la sal que quemaba sus venas y que traspiraba, arrancando a su paso lo que le parecían pedazos de piel mientras sentía como se erizaba cada centímetro de su cuerpo.

Se arrellanó en la cama contrayéndose en posición fetal, su boca tenía un saber acre, a metal oxidado y sus labios se pegaban por la sed extrema. Se sentía impotente, vulnerable, pisoteada, denigrada…y sola, profundamente sola…y se hundía cada vez más en la inconciencia…

De donde fue arrancada por el estruendo de una patada en la puerta de entrada que estallo en pedazos…el tiempo se detuvo y los segundos pasaron en cámara lenta, las astillas de madera volaron por el aire y apenas alcanzo a incorporarse unos centímetros; su mente trastornada intentaba comprender que sucedía, cuando los vio frente a ella.

El más absoluto terror por tantos días albergado repto de su estómago a su pecho arañando su esófago a su paso y una bocanada de nauseabundo olor que saturo su boca y salió por su nariz, precedió la entrada de los 3 hombres que le apuntaban. Pero no vio sus armas, con las pupilas dilatadas su mirada estaba fija en los ojos simiescos y la sonrisa torcida de quien, ahora sabia, le apodaban “Las chanclas”. Sintió un vértigo estomacal, su onda expansiva se extendió a todo el cuerpo y una fría sensación lacero su pecho…Si, era tal como le recordaba, como tantas noches los dedos descarnados del miedo y el asco le habían dibujado en su mente; con tanta precisión que habían quedado tatuados en sus recuerdos.

Un escurrimiento frio le recorrió la columna y erizo su pelo que podría jurar que se blanqueó en ese mismo momento…le vio avanzar hacia ella y el más absoluto terror le hizo encogerse, achicarse, sus rodillas tocaron su pecho y cerró los ojos con fuerza. Un sonido estridente, como matraca, taladro sus oídos; su vista se nublo …y soltó la orilla de la conciencia dejándose caer en el abismo, el hoyo negro que tragaba todo el miedo y el dolor en la más completa fragilidad y soledad del ser.

Se sintió liviana, incorpórea, girando, girando, negro, profundo…y desapareció…

 

 

 

Cuando cae la noche

Una familia había sido encontrada muerta en el interior de su casa, las cerraduras de la propiedad permanecían intactas, sin rastros de violencia o lucha aparente, y aún se desconocía la causa.

Al llegar la noticia a sus oídos, Camila imaginó lo sucedido. Y tuvo la certeza, de que nunca descubrirían la causa del rictus de terror que, sin duda, presentaban sus rostros.  Sintió un estremecimiento ante la proximidad de la muerte.

Quería permanecer a salvo, pero no podría seguir escapando.  Y por una fracción de segundo, los dedos de su mano izquierda se movieron, como si hilos invisibles tirarán de ellos.  Sin pensarlo siquiera salió volando, en su mente tenía grabada la dirección de la casa; y algo superior a ella, le exigía comprobarlo. Necesitaba pruebas, esta vez le creerían y por primera vez le darían la razón, y tal vez ahora le ayudasen a acabar con todas. Porque no debía quedar ninguna viva, ¡ni una sola!

Las conocía, estuvo en el lugar de donde provenían durante toda una noche.  Presenció escondida, las habilidades para agruparse y su capacidad de camuflaje para evitar ser vistas. Se preparaban para atacar…y recordarlo conmocionaba su cerebro, que, en respuesta, lanzaba descargas eléctricas a recorrer su piel, provocándole escalofríos; para regresar después por el torrente sanguíneo hasta la cabeza, abultando las arterias de la frente.

Las imágenes invadieron su mente…y regreso a aquella tarde en la casa paterna, donde todo inicio. Corría feliz junto a sus hermanos mayores, enarbolando espadas de cartón, con paliacates en la cabeza y un parche que cambiaban de ojo cuando el sudor les daba picazón.

Habían pasado la tarde exterminando invasores y reforzando barricadas, con palos y cubetas; mientras realizaban abordajes a barcos que divisaban, trepados en los árboles…desde donde podía ver de reojo, y cada vez con más miedo; el cobertizo de madera con techo de lámina, causante de muchas noches en vela, tratando de descifrar los extraños ruidos provenientes de sus entrañas, ¡porque siempre supo de donde salían!

El viejo cuarto se encontraba en el corazón, de lo que le parecía una selva circundando el patio trasero de la casa donde vivían; más allá del lavadero con su gran pileta, los rosales y gladiolas de su madre y el piso empedrado que el padre mantenía, limpiando cada domingo, a salvo de los avances de la maleza y sus habitantes. Era el límite permitido y debía traspasarlo…

Llegó la hora, y aún atemorizada estaba lista para la prueba de valentía que le habían impuesto, quería ser parte del “comando especial” creado por sus hermanos. Su misión era simple, pasar la noche sola, encerrada en el viejo cobertizo. Desearía nunca haber ido.

Después de esa noche, siempre intentó prevenirlos, y por ello la tildaron de “enferma” por mucho tiempo; pero ahora que se habían cobrado las primeras víctimas ¡ya quería ver sus caras pidiendo disculpas!

Y seguía ahí, con la obsesión que opacaba el miedo, buscando con una linterna cualquier evidencia, cualquier rastro…Pudo entrar sin problemas y le pareció raro para una casa donde se acababan de cometer asesinatos, pero no le importó.

Continúo revisando minuciosamente…Termino la planta baja y se encontraba en la recamara principal, cuando las escuchó. El sobresalto la hizo soltar la linterna que al caer se desarmó, dejándola a obscuras. El pavor la paralizó, doblando sus rodillas se dejó resbalar replegando la espalda contra la pared, el oído se le agudizó amplificando el sonido.

Permaneció expectante, mirando de un lado a otro, horadando la obscuridad…y las vio, sabía que iba a encontrarlas, pero nunca imaginó a tantas; se dirigían a ella moviéndose al unísono. Instintivamente abrazo las piernas contra su pecho, podía escuchar a su corazón latir con fuerza. Sus ojos enrojecieron a causa de diminutas arterias que reventaron y no pudo evitar el temblor que invadió todo su cuerpo, se acercaban cada vez más…

En alguna parte dentro de sí misma, surgió un grito golpeando su cerebro y desgarrando a su paso las cuerdas bucales.  El alarido provocó que los perros aullarán, los niños soltarán el llanto; y los pájaros alzarán el vuelo en un solo movimiento; opacando al sol y convirtiendo el día en noche por unos minutos…aunque ella no se enteró, ya no estaba ahí, su mente había volado junto a las aves.

Una ráfaga de aire frio partió en dos su espalda, su frente se perló de pequeñas gotas de pegajoso sudor, el temblor se hizo cada vez más intensó hasta convulsionar. Abrió los ojos de golpe y el impacto de la revelación colapso los músculos de su faringe. Las fosas nasales se cerraron cortando el flujo de oxígeno a su cerebro…

En un abrir y cerrar de ojos el pequeño cuarto se llenó de movimiento, médico y enfermeras corrían de un lado a otro acercando aparatos y maniobrando, la pequeña luz roja continuaba encendida, y el sonido que emitía la pantalla cambio de intermitente…a fijo.

El doctor salió al pasillo donde esperaba ansiosamente la familia de Camila, y al ver su semblante, comprendieron.

El coma inducido para aliviar las crisis de la paranoia que padecía desde niña no había tenido el resultado esperado.  El miedo irracional terminó con su vida.

 

 

 

 

 

El secreto

Sucedió una tarde de verano. El sol contagiado de pereza no acababa de retirarse; como cuando no abandonas una aburrida reunión, solo por no querer levantarte de tu asiento.

Igual que todos los jueves, se habían dado cita en la casa de Lolita, quien había preparado café y galletas para convidarles. Y entre mordisco, sorbo, puntada y chisme; ocurrió lo inesperado. 

—Anda tú a saber qué diablos pasó por su cabeza –le dijo esa noche la anfitriona a su nuera, mientras rellenaba de agua el pocillo del café.

Pese a haber repetido ya, varias veces el mismo estribillo; sus ojos no habían perdido el brillo de excitación de quien saborea las palabras, deleitándose al recordar la escena.

—Pues sí, en un segundo y sin decir ni “agua va”, Carito lo confesó… ¡Tengo un amante!— Concluyo Lolita.

Y era cierto, en un santiamén las cabezas incrédulas habían volteado, las bocas se abrieron, las miradas, como imanes, se encontraron; y en el grupo de mujeres que deshilaban las servilletas en la clase de costura, se instaló un silencio embarazoso, tan espeso, que hubiera podido cortarse de tajo.

Doña Juana fue la primera en levantarse y balbuciendo palabras ininteligibles acerca de algo que había olvidado hacer esa mañana, se precipito hacia la puerta; lo que marco como banderín de salida, la rápida despedida y huida de la escena del crimen, de todas las mujeres, dejando a su paso sillas desordenadas; y uno que otro lienzo de tela o carrete de hilo, tirado por entre las patas de los sillones de madera, de la reducida sala.

Solo Lolita se quedó ahí, pasmada… y lo único que atino a decir antes de que saliera la susodicha, deshecha en llanto, fue:

—¡Pero muchacha! ¿En que estabas pensando? —reprochándole con la mirada. 

Acto seguido, se levantó recogiendo la bolsa del hilado que había resbalado de sus piernas y colocándola a un lado, sobre la mesa, caminó hacia el perchero de la entrada, tomó su bolsa y salió, deseosa de compartir el suculento bocado, que aún no acababa de degustar.

La noticia corrió rápidamente rellenando los huecos de la historia; y es que, ahí donde la ven, Carito Mendoza era una mujer respetada y adonde quiera que fuera, era bien recibida.

Pese a tener ya 10 años sola, nunca había dado de que hablar; regresaba siempre a casa antes del obscurecer, llevaba su largo cabello recogido sobre la nuca, usaba vestidos holgados —aunque eso no ocultaba la redondez y firmeza de sus formas— y su único maquillaje era una linda pero recatada sonrisa, que escondía con frecuencia bajando la cara.

Pero a partir de ese día, todo cambio.

Primero fue algo bochornoso pero soportable, las mujeres en la calle en cuanto la veían, desviaban la mirada fingiendo ir distraídas para no saludarla, cuchicheaban entre ellas y proferían ahogadas risitas burlonas. Y los hombres le dedicaban sonrisas maliciosas acompañadas de largas miradas libidinosas que la recorrían de arriba abajo, produciéndole una horrible vergüenza y la sensación de querer esconderse.

Y no es que la gente no supiera de su relación con Don Gregorio, pero una cosa era hacerlo discretamente y otra muy distinta, volverlo público y anunciarlo así ¡a lo descarado!  ¡Los secretos tenían su razón de ser!

Y no, definitivamente por más que se le apreciara, había formas decentes que debían ser respetadas, porque si no, como decía doña Eulalia, ¿adónde íbamos a ir a parar?  Y ella sabía muy bien de que hablaba, porque solo Dios; y doña Chole su vecina, sabían cómo había sido posible sacar adelante “decentemente”, a los 9 hijos que le había dejado su difunto —y bien encomendado a todos los santos— Justino (aunque para hacerlo se hubiera tenido que “desaparecer” muchas noches a la semana en las que la mencionada vecina cuidaba a sus hijos).

Carito, siendo huérfana, siempre se había sentido cobijada por el pueblo y más aún cuando Pedro, su marido, partió para los Estados Unidos, abandonándola. Razón por la que, azotada por los remordimientos, aquella tarde había explotado confesando su pecado, aunque casi al momento de escupir las palabras, se arrepintió por no haber guardado el secreto.

Y es que, lo que había iniciado hacia seis meses como un acto de caridad desinteresada de parte del generoso Don Goyo, treinta años mayor que ella, se convirtió en una “maldición”, cuando él decidió meter mano bajo su falda, poniéndose agresivo ante su negativa; y sometiéndola con rudeza alegando defender los “derechos” que le correspondían.

Carito aprendió en poco tiempo, todo lo que no había aprendido en dos años con su joven esposo y que nadie mencionaba en la clase de costura, “cosas” que llenaban su alma de sentimientos encontrados, confusión y culpa…

Pero cuando después de varias semanas de encierro auto infligido, salió. Y lo único que recibió fueron advertencias de esposas celosas e información completa de lo que decían y pensaban de ella en el pueblo, a través de “inocentes comentarios bien intencionados” escuchados al pasar, y recibió la humillación del padre Mateo, quien, al descubrirla entre sus feligreses, altero su sermón para dirigirle palabras denigrantes respecto al pecado capital de la lujuria; algo dentro de ella, se transformó. Y el agobio de tantos meses, se convirtió en cólera e indignación.

Esa noche se bañó lentamente y por primera vez, se miró al espejo con la cara levantada, como hacía mucho tiempo ya no la tenía, soltó su abundante cabello sobre los hombros y dejo caer la toalla que la cubría, despojándose de su pudor.

Contemplo su cuerpo desnudo, sin sentir vergüenza de su carne y le gusto lo que vio. Observo su boca y cerrando los ojos se relamió los labios recordando…sintiendo el olor y sabor agridulce hacia poco descubierto y que le parecía ahora, impregnado en ella. Abrió los ojos y dirigió la mirada a sus turgentes pechos erguidos, igual que su frente, toco sus obscuros y duros pezones, expectantes…recorrió con sus manos la curvatura de su cintura, la voluptuosa cadera; se giró ligeramente para observar mejor sus redondeados glúteos, sus fuertes y definidos muslos, su abultado pubis… y una oleada de calor recorrió su vientre, haciéndola sentir una involuntaria contracción muscular…

Cuando más tarde, escuchó los característicos golpes de su amante a la puerta, lo recibió desnuda y sonriente. Y más tarde, al despedirse, todo había cambiado. Él bajo los ojos ante ella, sin decir palabra; le entregó el dinero que le había pedido y asintió a su solicitud de hacer correr la voz entre sus amigos, pidiendo como única condición que guardaran absoluto secreto. Con el tiempo, Carito se convirtió en “Doña Carolina Mendoza”, y su nombre se encuentra escrito en la entrada del dispensario y de la biblioteca municipal, como corresponde a los hijos pródigos y bienhechores de toda respetable ciudad.

 

 

 

 

 

 Arturo Martínez

 

 

Arturo Martínez. Guadalajara, Jalisco, 1971. Radica en H. Matamoros desde el año 2000. Ha sido misionero, obrero, vendedor, celador, publicista, catedrático, asesor financiero e inmobiliario, tallerista literario con Jorge Caballero, disfruta cocinar e ir al cine, estar con su familia y en silencio, es psicólogo y prepara su colección de libros. Participa en el Taller de Apreciación Literaria del Instituto Regional de Bellas Artes de Matamoros.

 

 

 


 

 

Esenio

La presencia de Emmanuel es imponente, las blancas investiduras que cubren el cuerpo recio y flexible del hombre de 30 años anticipan la ceremonia.

—Emmanuel, bienvenido. ¿Cómo te sientes? —pregunta el anciano, mientras le abraza; igual va cubierto con ropa de ceremonia.

—Hoy me retiro y empezaré mi último viaje, Gran Maestro.

—Así sea, todo se ha preparado. Dime ¿cómo te sientes?

—Muy bien. Si ustedes están preparados, iniciaré la obra.

—Estamos preparados y sabemos que a ti ya te esperan —le dice mientras cubre de aceite los pies y manos de Emmanuel—. La virtud acompaña tus palabras y por ellas unos cambiarán, pero por ellas todos seremos juzgados el último día.

Mientras acomoda sus ropas, Emmanuel pregunta:

—Maestro, sabemos que el derramamiento de sangre al final sucederá. ¿Entienden mis hermanos que muchos no aceptarán el nuevo mensaje y que tampoco comprenderán el sacrificio final?

—Es inevitable que así suceda, aun de entre los elegidos algunos se perderán —continúa hablando el anciano—. Para que la ley se cumpla y el testamento nuevo entregue su herencia, es necesaria la muerte del testador.

—Tu vida será exaltada y se enaltecerán tus enseñanzas —mientras clama el anciano, cubre cuidadosamente con un manto hermoso los hombros de Emmanuel.

—Gran Maestro, que mi voluntad sea Su Voluntad.

—Tus santos hermanos y ángeles te acompañaremos, aun cuando no puedan vernos, siempre estaremos contigo; así sea, hasta el último momento.

—Me encontrarán con los enfermos a los que sanaremos —dice Emmanuel y es Él quien ahora unge al anciano—, viviré entre los más pobres y los despreciados, nunca tendré morada fija; quienes me acompañen serán mis amigos y testigos, caminaremos juntos, siempre acechados por sacerdotes y romanos, fanáticos y opresores, artistas de la mentira, muchos.

—Así sea. —le contesta tomando un nuevo aliento—. Hemos visto tu gracia crecer y llevas contigo el ministerio de sanidad. Tus palabras son fruto de la sabiduría y las cubres de poder singular —dice el anciano mientras se ciñe las ropas—. Permitirás que sus oídos te escuchen y sus ojos contemplen sin comprender.

—Revelarás tu destino, primero a los doce que te han mostrado; luego ellos salarán la tierra y con sangre legará el testimonio a todas las naciones.

—Ahora mismo nuestro hermano que clama en el desierto prepara el camino —dice Emmanuel.

—Sí, después de ti, otros más que enviaremos, caminarán juntos. Y acontecerá que tu nuevo nombre les será revelado, y así todo hombre, mujer y niño conocerá tu obra.

—Y quienes acepten la redención, proclamarán con fe la santidad de tu nombre, dando testimonio y frutos dignos de arrepentimiento, para que así recibamos larga y nueva vida a tu lado. —habiendo dicho esto, el anciano cae rendido sobre sus rodillas.

—¡Bendito!, Cordero de los lomos, ¡José! —exclama, mientras lo alza Emmanuel—. ¡Hosanna mi alma!

El Gran Silencio que se extiende hasta hoy, inició en ese instante.

 

 

 

 

 

Anatemas

Fría vida con los cuerpos prestados.

Malditos con prevaricación necia,

solo queda cerrar los párpados.

 

Tontos caminantes en común ausencia,

viendo como el tiempo al cuerpo engaña,

mientras compartimos cruel presencia.

 

Falsos inmortales inician la hazaña,

Viajan libres por sendero franco;

Inteligencias burlando la guadaña.

 

Todos los colores suman blanco,

todos mis pecados suman cero,

mientras veo por cristal opaco.

 

Sin expansión, el colapso es certero.

Ellos contemplan el acto final.

Ausencias vivas, en segundo cero.

 

Del estancamiento celestial,

la materia en desarrollo tardío,

retorna con inercia espacial.

 

Los dioses eliminan con hastío

rastros de la última creación,

copia fiel de su corazón impío.

1010011010 otra simulación.

 

 

 

 

Día del Escritor en Matamoros 2019.

Adán Echeverría.

 

 

Este 20 de diciembre de 2019 celebramos en Matamoros, por segunda ocasión, el Día del Escritor. Celebración que aprendí a realizar todos los 20 de diciembre desde el año 2001, año en que apareciera mi primer poemario El ropero del suicida. Ese año los compañeros del Centro Yucateco de Escritores, A.C., en la ciudad de Mérida, de donde soy originario, me invitaron por vez primera a celebrarlo. Este ha sido mi Día del Escritor número 19, 14 veces lo celebré en Mérida, 1 vez en Morelia, 2 veces en Ensenada, y por segunda ocasión en Matamoros, Tamaulipas, a donde llegué a vivir en julio del año 2018.

Este año celebré la aparición de mi cuadernillo “Ciudad Abierta”, y compartí la celebración con Félix Martínez que este año sacara su primer libro “360 grados”; además José Rodolfo Espinoza celebró la aparición de su libro de cuentos “Para destruir el final”, además de la obtención de la beca del PECDA Tamaulipas. En esta ocasión nos acompañaron, además de mi esposa Larissa Calderón que siempre me acompaña, mi hijo Dante Andrés, José Rodolfo Espinosa Silva, Ronnie Camacho Barrón, Saúl Rodríguez Guerrero, Jorge Luis Caballero, Rosalba González Silguero, Arturo Martínez, Daniel Barrera Blake, Francisco Madrigal, Ruth Martínez Meraz, Félix Martínez, María Guadalupe Olvera Zavala, María Bárbara Compeán Escobar, Elizabeth Martínez Compeán, Édgar A. Rivera y Martín Hernández Torres.

 

 

La reunión para celebrar el Oficio de Escribir se llevó a cabo en el Café Librería Horus, que durante el año ha sido recipiendaria de Talleres Literarios, charlas de literatura, presentaciones de libros, y ha reunido a compañeros escritores y lectores de al menos los cuatro diferentes talleres de literatura de la ciudad, así como de promotores de lectura.

 

 

 

Para iniciar la reunión les hablé de Elvia Rodríguez Cirerol, la persona que ha comenzado esta celebración en Mérida en la mitad de la década de los 90s del siglo pasado. La amistad, el deseo de promover la lectura y la escritura, y de reconocer a sus compañeros de letras, la llevaron a invitar a su casa a los creadores de la ciudad de Mérida. La tradición ha continuado en su memoria, y a mi me ha tocado extenderla a los lugares donde me ha tocado vivir.

El Día del Escritor celebramos el oficio de escribir, el escribir como nuestra segunda profesión. Ésa que nos quita el sueño, nos hace levantarnos de la cama para continuar con la idea que lleva todo el día dándonos vueltas en la cabeza. Porque es justo cuando tienes que levantarte de madrugada, cuando necesitas arrancarle tiempo al trabajo, cuando rehúyes la compañía de las personas para tener esos momentos para ti y la hoja blanca, cuando te descubres escritor. Cuando te das cuenta de que las letras forman parte de tu vida. Pasan de los libros en tus lecturas a ocupar tu mente, pasan de las historias que lees, alguien te cuenta, o experiencias que vas viviendo en el día a día, y como piden salir, brincar hacia la hoja en blanco, en donde habitarán por siempre.

Porque escribir es un acto noble, es un acto que puede enloquecerte en la vanidad y el ego, o puede hacerte compartir con los demás todo aquello que tienes que decir, que te ahoga por dentro, y necesitas contar como cuento, poema, novela, minificción, ensayo, comentario crítico y más.

Gracias, compañeros, por hacer de este Día del Escritor en Matamoros, el momento tan agradable que ha sido. Empecemos ahora otro año de escrituras y lecturas. De muchas lecturas. ¡Feliz 20 de diciembre! ¡Feliz Día del Escritor!

 

 

De la quema de brujas a la quema de libros.

Adán Echeverría.

“Yo nunca me equivoco en mis actos,

pasa que no tienes la capacidad de entenderlos.

 

Todos los libros nos dejan algo, incluso el decir: “¡Qué libro tan malo, jamás vuelvo a leer a este autor!” Y en esta diversidad lectora es en donde ponen sus cimientos las ferias del libro, las bibliotecas, las librerías, la historia del libro, y el poder de la lectura.

Volver a ver a jóvenes mexicanos quemar libros, en esta ocasión afuera de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, Jalisco, es de una total pena. ¿Qué pobre educación permea sobre las personas que presentan su odio sobre los objetos? Ya alguna vez Beatriz Preciado había dicho: “Todo lo que causa placer es un dildo, incluso el pene”. Y desde esa objetualización del placer sexual es cuando se da por terminado el Falocentrismo. Nos hace falta leer tanto.

Quemar un libro habla de Censura. La Censura es un signo de violencia. La violencia es lo que las sociedades buscamos erradicar del imaginario colectivo, de la educación de los niños y de los jóvenes. No podemos seguir pensando en la necesidad de resarcir todo el daño que se ha causado a la mujer, a los homosexuales, a los migrantes, a los pueblos originarios, cargando la violencia como estandarte, porque nos convertimos justo en aquello que nos ha causado tanto daño.

La quema de libros es algo que no podemos permitirnos como sociedad. Ellas queman libros que hablan de “Como curar la homosexualidad”. Un tema tan estúpido. En qué te convierte pelear con un estúpido.

Ya en 1564, la iglesia católica publicó el “Index librorum prohibitorum” que, en español se refiera al “Índice de libros prohibidos”: una lista de aquellas publicaciones que la Iglesia católica catalogó como libros perniciosos para la fe y que los católicos no estaban autorizados a leer. ¡En 1564!, hace apenas un poco más de cuatro siglos. En una época en que la Santa Inquisición torturaba y mataba mujeres acusándolas de brujas, gracias al manual conocido como: “Malleus Maleficarum”, escrito por los monjes Kramer y Sprenger; y de pronto, hoy volvemos a esas épocas, al tiempo en que lo que no nos gusta hay que quemarlo. ¿Acaso no podemos darnos cuenta, que los que se sienten afectados van a reaccionar en nuestra contra? ¿Acaso creemos que aquel que consideramos El Monstruo, se va a poner a llorar por nuestras marchas y cantos, y dejará de hacer maldades? Estamos nalgueando al toro, en marabunta, en jauría, esperando vencerlo por la fuerza, pero el toro ante el acecho igual reaccionará.

¿Qué se ha logrado con el simbolismo de la quema de esos libros? ¿El autor de aquellos libros lo entendió y sacará sus libros del mercado?

Los que están contra de quienes quemaron el libro, y jamás hubieran leído tales conceptos, ahora irán a leer ese libro. Triste sería que, por este acto, las ventas de aquel libro, cuyo tema es “Curar la homesexualidad”, aumentara, porque ahora muchos corran a comprarlo, y el libro comience a tener un número tal de ventas que ni el autor ni los editores hubieran esperado. Ergo, el autor escribirá más y más textos sobre lo mismo.

Los libros no son más que un mercado también. La sana crítica lectora pudo hacer que aquellos libros se quedaran en el olvido.

En una época del fácil acceso a cualquier tipo de tema en el internet, en verdad creemos que la quema de libros ¿cambiará el concepto de quienes creen en dichos temas? La censura es un arma de doble filo. Cada vez que yo Censuro al Otro, siento las bases para que un día, las autoridades de un pueblo tengan las herramientas para censurarnos a nosotros. Tienes que pensar que Tú eres el Otro para los demás. Y los demás un día podrán censurarte a ti.

Apréndete este Mantra: “Podré no estar de acuerdo con tu forma de pensar y lo que dices o escribes; pero defenderé hasta la muerte tu derecho a pensarlo, decirlo y escribirlo”.

 

 

Volver al inicio, encontrar la paz.

Adán Echeverría.

 

 

360 grados se denomina el libro que como ópera prima presentó la tarde-noche de este viernes 22 de noviembre el escritor Félix Martínez en el café-librería Horus. Tuve la fortuna de acompañarlo en esta presentación, a donde también concurrió el escritor Rodolfo Espinoza, que fungió como presentador del evento.

Félix se acercó desde este marzo de 2019 al taller de apreciación y creación literaria que lleva poco más de un año sesionando en las instalaciones del Instituto Regional de Bellas Artes de Matamoros. Desde que comenzó a asistir, pocas han sido las semanas en las que Félix no se acerque con un poema o algún relato para leernos y ponerlo en la mesa de operaciones del taller, para que los asistentes podamos opinar sobre su trabajo, y hacer las indicaciones necesarias para que el texto vaya tomando camino, y que posteriormente el autor, en la tranquilidad de su tiempo pueda hacer los cambios que considere pertinentes luego de haber escuchado a los demás compañeros.

Ése es el actuar de nuestro taller literario (de todo taller literario), llegar con una obra de manera semanal (disciplina de escritor), presentarlo ante los ojos lectores de los compañeros (tener humildad para ponerlo a disposición de los demás), no explicar de qué va la historia, ni discutir con los compañeros, solamente leer la obra. Que el texto se defienda solo, es la sentencia, y todos juntos nos sumamos a esa idea. Ya será después, en los cafés, las charlas fuera del taller, donde los autores podemos dar luz de cómo ha sido el proceso creativo. La disciplina de Félix es bárbara, como es la de Rodolfo, como empieza a ser igual en Lupita Olvera, quienes se han propuesto presentar textos semanales, lo que habla de la disciplina de escritor, para robarle tiempo a sus actividades de todos los días y poder trabajar en su obra.

El libro que nos convocó la tarde del viernes 22 de noviembre, reúne una época del autor. Textos que fueron naciendo en su totalidad bajo la mirada y guía del maestro Ramiro Rodríguez, durante los últimos 4 años. Textos: relatos y poemas, donde Félix Martínez ha puesto una parte de sí, de sus vivencias, de sus amistades, su familia, sus amores: hijos, esposa, hermanos, padres, tíos, haciendo que cada historia, cada poema, cada relato tenga ese toque de ternura, aun cuando el tema del que se trate pueda resultar en la violencia del sinsentido, la envidia, el rencor como en el relato “El viaje”.

El autor nos regaló, mientras comentaba sobre la creación de la obra, a preguntas que el auditorio le iba haciendo, de esas anécdotas que le hacen escribir, que le hacen traer a la hoja blanca las emociones que se recorren su sangre, salpicando cada una de sus células, lo que promete en convertirlo en un autor literario hasta que las fuerzas le alcancen. Anécdotas que le impulsan a seguir en el oficio de escritor, cuando puede constatar que alguna de sus obras pudo mover la fibra de algún lector, como lo ha hecho ya en alguna ocasión. Porque eso es la literatura, ese espacio para el reconocimiento de nosotros mismos en las historias que leemos de los otros. Para, por medio del lenguaje, reconocer al otro que somos nosotros mismos, desde los personajes que se construyen.

Félix lo presiente, lo intuye, e incluso estoy seguro que lo sabe. La literatura es ese acto comunicativo, que nos permite llegar a los ojos y la vida del otro, y desde ese momento pasar a formar parte de muchas vidas. Nuestros personajes, nuestras historias, llegan a ser parte de la vida de aquellos que alguna vez nos leen. Y el objetivo se cumple, cuando aquel lector reconoce la historia que se amolda a su forma de ser, que le mueve las emociones.

En este caso, la presentación de Félix Martínez, me ha hecho sentir ternura, calma e incluso paz, esa paz que se siente al disfrutar de los textos que conforman parte del libro 360 grados (Catarsis Literaria, 2019).

 

Testamento.  / Félix Martínez.

Estos son mis bienes que heredo:

Una casa sin paredes ni techo.

Para mirar la extensión les dejaré el cielo,

donde podrán ver las nubes cambiantes

las estrellas.

Les dejo el mar con sus tesoros

la luz, el cálido sol, para que se extienda

a sus noches frías. Dejaré el albedrío, un bien

heredado de mis padres.

Podrán escoger creer en un Dios benigno,

que está en cada huella, en todos los ojos,

o asegurar que existe lo que está en el horizonte.

Dejo un cheque portador de conocimiento

háganlo efectivo en libros. Ellos abrirán

sus mentes a otros mundos distantes.

El tiempo no se rige por los días o años.

Éstos se acortan cuando pausas la vida

y reciclas el pasado.

Mi mayor riqueza

fueron momentos en familia.

Cuiden sus activos,

separen valores de las posesiones.

Les dono mis sueños y quimeras;

mantendrán despiertos sus sentidos.

Disfrútenlo todo, llénense de sol, lluvia, ríos,

caminen veredas, suban la montaña,

lean ese libro para que vean que el mundo

nunca fue cuadrado.

Este es mi legado,

tomen posesión,

es suyo el universo.

 

 

 

La perorata dentro de la creación.

Adán Echeverría.

 

 

“Perorata” es el más reciente libro de cuentos del autor Luis Felipe Lomelí (Jalisco, 1975), editado con el apoyo del Sistema Nacional de Creadores de Arte, bajo el sello de Casa Editorial Abismos este 2019. En los créditos señala que ocho cuentos: Arandas, Verde era el color que era, La nueva era, Gabriel se puso malo otra vez, El espantapájaros, El Informante, Epístola del asesino y Somos gente de mar conformaron el libro que obtuvo el Premio Nacional de Literatura “Gilberto Owen” 2017, otorgado en junio 2018 por el Instituto Sinaloense de Cultura. Pero el libro consta además de siete cuentos más para fundar un cuentario de 15 cuentos en 200 páginas.

En verdad que me considero —ahora— un pésimo lector, porque en verdad que me costó mucho leer el cuento ‘Arandas’, el cuento con el que se abre el cuentario. Un cuento de 22 páginas que se alarga demasiado, apuntando para que el lector busque condolerse de la soledad del personaje que ha visto morir asesinada a su esposa bajo las balas de unos sicarios, utilizando un intento de intimismo poético que no le favorece al texto, que permite que uno se conduela de la pérdida del viejo, menos cuando una de sus preocupaciones es cómo avisarles a sus hijos por el teléfono móvil. El texto tiene graves errores de redacción, como en el siguiente ejemplo: “Ahora vengo, viejita, dice volviendo el rostro y abre la puerta. La deja abierta porque eso no es todo, no basta con mantenerse despierto aunque sea lo primero” (Sic)

Supongo que el autor intenta decir que lo primero es ‘mantenerse despierto’, pero en la literatura no se trata de suponer sino de decir y dejar las cosas claras. Y luego avienta frases y oraciones que en la intención poética resultan muy cursis: “para producir el milagro de una pequeña flama”; ¿en serio?, ¿encender un cerillo es un milagro? Y a lo largo de ese trabajo lanza otras como: “Frente a él está la pirámide de piedras y; al otro lado, la pala, el bote de cloro vacío y el hacha talacha”. A lo largo del texto (sus 22 páginas) utiliza 6 veces “hacha talacha”, ¿es en serio? ¿acaso en su investigación se topó con esta herramienta y decidió que la usaría mucho? ¿Acaso el oído no le permite escuchar la rima interna, como para usarla a propósito? El humor involuntario en el que se transforma la palabra mueve a risa en vez de que conduela. O construcciones como: “Sube a la azotea para relojear los ranchos aledaños, para ver si hay presencia de las camionetas o de los hombres armados en alguno de ellos”. O el hecho de meter una palabra del caló argentino como “relojear”, en el texto que narra, lo cual no deja claro el lugar en el que la historia se desenvuelve. Porque el personaje dice al menos dos veces “¡Chingado!”, una palabra coloquial mexicana. ¿Entonces?

Al parecer, y tal como lo indica el título del cuentario, la perorata es lo que pretende funcionar, el mucho hablar, el mucho parloteo interno del personaje.

¿Quién narra esta historia? Al parecer el que narra es precisamente Luis Felipe Lomelí, y eso es algo que se observa dentro del transcurso de la lectura del texto. No parece que el texto sea narrado desde el personaje, el cual no termina de sentirse, aunque se intente construir, no me ha importado la muerte de su esposa, o que lo estén vigilando para que no la entierre, o que lo hayan amenazado para que no lo haga. Nada de eso termina de parecer verosímil. Mucho menos los atisbos de poesía que presenta como: “Ayer le cerró los párpados para que el sol no le quitara el sueño”. ¿Por qué el personaje hablaría con esta poesía? Pues porque el que habla es Lomelí, no el personaje, no el narrador, sino el autor.

Aun así, necesitaré darle otras lecturas, porque en verdad que ahora me siento muy mal lector, puesto que el libro ha sido premiado a nivel nacional, lo que significa que a un jurado les pareció en verdad trascendente frente a todos los otros muchos cuentos que se presentaron al concurso, y de seguro a todo mundo les gustan estos cuentos, excepto a mí.

“Verde era el color que era”, es un cuento interesante, se deja leer, pero igual intenta arrancarnos el moco lacrimógeno con el tema de los desaparecidos y del cómo todos poco a poco sufrimos esta violencia que permea por todos lados en México sin poder dejar de intentar tener una vida normal, ahogando nuestros recuerdos para poder seguir siendo funcionales en sociedad.

Lo que parece interesante de este cuento es su estructura, cercana a la narraturgia (esa fusión de narración y dramaturgia, que prescinde —para la escena— de las acotaciones, lo que lo hace de lectura ágil.

Seguiremos explorando el libro de cuentos de Luis Felipe Lomelí, pero me pareció interesante hacer estos comentarios con el fin de hacerle ver esos errores de los editores en su poco cuidado de la obra.

En un país sumido en una Guerra desde el año 2006 (es claro que la violencia siempre ha estado presente en la historia de México, debido al saqueo continuo que adolece nuestro país), los cuentos de Luis Felipe Lomelí, en este libro vienen a demostrar que los escritores llevan en la piel y en el ánimo. Sucede que a veces el exceso poético no es necesario en la construcción del intimismo. Para estos primeros dos cuentos, el intimismo se ha visto rebasado por los excesos poéticos que he comentado arriba.

 

Miércoles, 18 Septiembre 2019 04:15

Leer en los aeropuertos Adán Echeverría.

 

Leer en los aeropuertos

Adán Echeverría.

 

Mi trabajo me hace viajar en ocasiones. Matamoros tiene la tragedia de ser una ciudad fronteriza a la que no le interesa mucho tener intercambios con la Ciudad de México o el sureste del país. Consciente de que su mundo económico tiene su base en el Norte (Monterrey, Saltillo) o del otro lado del Río Bravo, ha menospreciado tener un aeropuerto que sea funcional. Una línea aérea única en el aeropuerto de la ciudad, hace que los matamorenses tengan que viajar a Reynosa para tomar el avión, o ir a Monterrey. En Reynosa tampoco se soluciona el asunto, la aerolínea de tarifas económicas apenas hace un único vuelo los miércoles, jueves y viernes. Volver de la Ciudad de México un viernes en la noche se hace complicado. Deja uno el hotel a las 13 horas y tiene que esperar en el aeropuerto hasta las 20 horas para abordar. Y eso si no se nos atrasan los vuelos, como ha ocurrido en muchas ocasiones. Uno vuelve a Matamoros a eso de la 1 de la mañana del sábado.

Cuando uno es lector saber utilizar las horas. Las librerías son una muy buena oferta en el aeropuerto de la CDMX, y sabedor de ello me di a la tarea de conseguirme el nuevo libro que reúne los cuentos del escritor uruguayo Mario Levrero (1940-2004), pero —para no variar— el encarado de la librería dice que no tiene idea de quién es dicho autor. Tuve que deletrearle su apellido, para que me diga: “Ah, es con UVE, no con BE. No tengo ningún título con su nombre”, lo cual me pareció una tragedia, porque encontré dos reseñas de este libro incluso en la revista que la aerolínea pone a disposición de los pasajeros. Así que tuve que buscar para ver qué libro podría llamar mi atención.

Intento que mis lecturas me permitan usar los libros para ilustrar ejemplos en mis tardes de taller literario, y me topé con una Antología de la prosa breve mexicana, titulada “El vuelo del colibrí” (coedición de Secretaría de Cultura y Editorial Atrament, 2018), coordinada por Beatriz Espejo, y cuya selección de textos corrió a cargo de Ana Rosa Suárez Argüelles, Halina Vela y la propia Espejo, y cuenta con una nota introductoria de Jesús Gómez Morán.

A los 44 años, y después de quince años de impartir talleres literarios, dirigir revistas de creación literaria, editar revistas y libros, uno lee de forma diferente. Quise saber quiénes estaban incluidos en el libro, cuál era el alcance; y con revisar un poco vi la primera enorme ERRATA. El último autor que se enlista en la página 320 es Armando Alanís, y dice que nació en 1986.

En México uno se topa con dos autores con el nombre Armando Alanís, un narrador y microficcionista, y el gran poeta de Nuevo León que incluye en su firma su segundo apellido: Pulido, quien es el creador del proyecto Acción Poética. Uno tiene que valorar muy poco a los escritores mexicanos contemporáneos para no saber esto. Ninguno de los dos Armandos Alanís, es nacido en 1986. Ninguno. Así que quise ver su ficha, que encontré en la página 265, y efectivamente se trata del narrador y microficcionista, nacido en Saltillo, Coahuila en 1956.

El error no queda solamente como anécdota de edición, sino que al final de las “Justificaciones previas”, en las páginas 15 y 16, y firmadas por Beatriz Espejo, menciona: “El primer escritor que aparece nació en 1803 y el último en 1986”, lo que hace evidente que Beatriz Espejo no conoce el libro que coordinó, puesto que corregido el error de la fecha de nacimiento de Arnando Alanís en su ficha, la antología no contempla a ningún autor nacido en 1986, haciendo que Alberto Chimal nacido en 1970 sea el escritor más joven que fue incluido.

Más adelante incluyen el cuento “Días de Feria”, de Carlos Martín Briceño, del cual dicen al menos dos veces, primero en la página 104, y después en la página 324 que es un texto inédito, cuando pertenece al cuentario “Al final de la vigilia (Editorial Dante, 2002), que además ha sido recogido en la antología que junta su obra titulada “De la vasta piel” (Editorial Ficticia, 2017), un excelente texto breve de Carlos, que los yucatecos que conocemos su obra reconocemos de manera inmediata. Pero que en una antología nacional señalen que es un texto inédito, me hace creer en la falta de profesionalismo respecto de los antologadores que acompañan a Beatriz Espejo en este proyecto. Uno puede encontrar hasta diversos ensayos publicados en diversas revistas, como el de Mauricio Carrera en la revista Casa del tiempo, donde se habla de la obra de Martín Briceño y se menciona el cuento que se incluye en esta antología coordinada por Espejo. Pero más allá de estas erratas, que evidencian la soberbia —y falta de profesionalismo— que siempre validará a algunos antologadores, y muchos compiladores, uno tiene que quedarse con las obras, los autores y sus obras. Razón que tiene que importarnos más a los lectores.

Al mismo tiempo, y aprovechando los atrasos en el aeropuerto, me di a la tarea de comenzar a leer “Perorata” (Editorial Abismos, 2019), es el más reciente libro de cuentos del autor Luis Felipe Lomelí (Jalisco, 1975). Y tengo que reconocer que me costó mucho leer el cuento ‘Arandas’, con el que se abre el cuentario. Más allá de que en la siguiente entrega presentaré el análisis de este libro, no puedo dejar de apuntar alguna línea de ese cuento que me parecen errada en su redacción, la reproduzco tal como está publicadas “La deja abierta porque eso no es todo, no basta con mantenerse despierto aunque sea lo primero”. (¿Y?) Sin embargo, hay que añadir que el cuento ‘Verde era el color que era’, es un cuento interesante que promete, por lo que abundaremos en esta lectura.

 

 

Pasos para escribir una novela.

Adán Echeverría.

 

El siguiente método fácil ha hecho a muchos de mis alumnos construir sus proyectos de novela, novelar sus historias, y obtener satisfactorios trabajos, desde que daba clases en la Escuela de Escritores, hasta ahora que doy talleres a distancia o presenciales. Espero te sirvan:

Partamos siempre de que para todo escritor se necesita talento y dedicación. La dedicación tiene que estar acompañada de la disciplina; esto implica que uno tiene que tener la disciplina para dedicarse a valorar el oficio de escritor. Hay que tener horarios para escribir y horarios para leer. Pues buscar y encontrar el tiempo para leer es lo más importante en esta carrera de escritor. Uno debe leer al día, lo menos unas 50 cuartillas, esto implica al menos un cuento largo, o un buen fragmento de novela.

Para escribir una novela puedes seguir los siguientes pasos.

1. Apunta las ideas que tengas para contar una historia. Todo lo que vives, escuchas, piensas, te cuentan, observas, te dará las ideas necesarias. Se escribe para llenar esos vacíos de lo que tú mismo gustas de leer. Por ello cuando lees, cuando alguien te cuenta algo, cuando vives algo, vienen a ti ideas que te hacen pensar: Quisiera escribir esto. Apunta la idea en un cuaderno, graba la idea como una nota de audio en tu móvil. Apunta cuantas ideas vengan a tu mente.

2. Una vez tengas la idea que quieras novelar, harás un argumento, en una sola cuartilla. Busca no pasarte de las 27 líneas que forman una cuartilla. En ella vas a desarrollar el argumento. Dirás de qué trata la novela. Te lo contarás a ti mismo. Te dirás qué pasará. (Tú aún no sabes cómo la vas a contar, pero dirás todo lo que quieres que ocurra). Lo harás para que tú mismo sepas qué es lo que pasará en tu novela. Buscarás que todo aquel que lea tu argumento tenga ganas de leer la novela.

3. Ya que tengas el argumento, éste te hará desarrollar los capítulos de tu novela. De esta forma lo que harás será capitular tu novela. Piensa en esto: para que tengas un libro necesitas al menos 60 cuartillas, menos de 60 cuartillas forma un cuadernillo (plaquette). Considerando que necesitas 60 cuartillas, entonces dividirás el argumento que has escrito en 6 capítulos de 10 cuartillas. Necesitas escribir los títulos de cada uno de esos capítulos. Tu plan ahora será escribir 6 capítulos de 10 cuartillas cada uno. Recuerda que para ser breve se necesita un gran esfuerzo, no creas que escribir poco es fácil. Se dice que un padre quiso escribirle una carta a su hijo. Cuando el hijo leyó la carta, esta constaba de 18 páginas. Al final de la misma el padre le decía: Te he contado todo esto porque no he tenido tiempo para sentarme a escribirte a conciencia. Apenas tenga tiempo te escribiré solo una cuartilla.

4. Una vez que tengas el argumento de la novela, y tengas los seis títulos de tus capítulos, entonces harás el argumento de cada uno de esos capítulos. Buscarás responder: ¿qué pasa en cada capítulo? Harás lo mismo que al inicio del ejercicio, harás que el lector tenga ganas de leer ese capítulo. De esta forma tendrás toda tu novela bocetada. Sabrás qué ocurre en cada capítulo, y lo que vaya ocurriendo en cada capítulo será lo que dará luz a la historia de toda tu novela. Recuerda que cada argumento apenas debe estar contado en una sola cuartilla. De esta forma tendrás una cuartilla del argumento general, y tendrás igual 6 cuartillas extras de los argumentos de cada capítulo. Como es muy seguro que desde el primer argumento general hayas soltado el nombre de algunos personajes, la capitulación te podrá hacer contar cada capítulo desde la mirada de un solo personaje, o ser más creativo y contarla desde la mirada de varios personajes. Cada capítulo podrá ser contado por un diferente personaje.

5. Una vez que ya tengas esas 7 cuartillas, ya tendrás el esqueleto completo de tu novela. Puedes con cada idea que tengas armar los proyectos de novela que quieras, y tener esas 7 cuartillas para cada una de tus novelas.

6. Siempre ten cada capítulo de tu novela en un archivo separado. Esto para que te dediques cada que puedas a escribir y mejorar cada uno de tus capítulos. Luego escribirás 10 cuartillas para contarnos lo que dijiste en los argumentos que pasaría en cada capítulo. Cada vez, y para cada capítulo, vos podrás dedicarte a sólo 10 cuartillas (quizá te pases de cuartillas, eso no importa, lo que no debes hacer es escribir menos de 10 cuartillas, a menos que tengas más capítulos).

7. Una vez que tengas esos 6 capítulos, si la historia lo requiere, construye los argumentos para los capítulos extras que necesites y requieras. Primero el argumento, y luego escribir las 10 cuartillas.

8. Una vez que ya tienes toda la historia contada en tus capítulos, entonces quitarás los títulos que creaste para ellos y podrás cambiarles el orden, el capítulo que antes era uno podrá ser el seis, o el diez, dependiendo de cómo quieres que el lector la conozca en su versión final. Y sólo tendrás que escribir los conectores necesarios. Puedes suprimir o dejar los títulos, puedes incluso no tener capítulos. Una vez con todo el esqueleto, la ventaja será que tú tendrás la decisión final.

Te deseo suerte. Ya quiero leer tus argumentos, como también leer tus novelas.

 

 

Mátenlas a todas. No dejen ni una viva.

Adán Echeverría.

 

 

El tiempo de la sangre ha llegado. El tiempo de acabar con todo. Armagedón es el nombre de cada una de nosotras, hartas ya de vivir bajo el puño de la violencia. La puta de Babilonia guarda silencio, espantada, vilipendiada, macerada en su espíritu aterrado. Lilith vuela de nuevo, tiene sed de venganza, sus gritos son la tocata en fuga que nos levanta del camastro, rompe nuestras cadenas, nos abre la celda, nos quita el grillete, nos arranca las costras del dolor y el miedo. Cada escoba es el arma, el símbolo que como insulto nos han lanzado, ahora será herramienta para defendernos. Cada tacón puntiagudo será afilado para usarse en la cacería, en la persecución. Cada brassier será mordaza, de cuerda para maniatar, de horca para la justicia. Las mujeres sabemos usarlo todo. Nos hemos preparado. Por más cinco siglos hemos sabido parir en silencio, y prepararnos en la sangre y el fluido, tuvimos que aprender a llorar en silencio, a educarnos a escondidas, a morir en silencio y ahora tuvimos que aprender a encendernos. Estamos Hartas. Esto es el Hartazgo. Hemos sabido lamernos las heridas, y las heridas de los nuestros, de todo a nuestro alrededor, de todo aquello que alguna vez quisimos y de lo que todavía queremos.

Nos violan en la infancia, en la primera infancia, en el vientre. ¿Qué de erótico tenemos cuando somos bebas y olemos a caca, mocos y leche materna? ¿Qué de erótico tiene nuestro cuerpo, la cortada, la enorme raja que les alienta a penetrarnos así, cuando somos indefensa? Podemos crecer indefensas, pretenden que crezcamos indefensas, nos obligan a crecer indefensas, quieren que crezcamos domesticadas, inofensivas. Nuestra raja primero, nuestra sangre luego, nuestro ano, nuestra boca. Acaso nuestros huecos no sirven más que para ser hurgados noche y día, vida y muerte, dolor y quemadura. Acaso no existe la piedad para nosotras. Los huecos que tenemos, lo huecos que parecemos. ¿Somos hueco sin memoria?

Hemos aprendido a amarnos entre nosotras, a querernos sucias, a querernos agresivas, a querernos musculosas, a reconstruir nuestro cuerpo, grasa músculo, grasa músculo, nada débil, ni nuestra risa, ni nuestra voz, nada que les haga creer que somos la debilidad encarnada, nada que les haga creer que no regresaremos el golpe, aprendimos a armarnos entre nosotras. Juntas somos un arma de destrucción, si es necesario.

Queremos que los huecos de ellos también se llenaran de dedos, que escurrieran sangre, se llenaran de vergas, de palos y bates, de todo lo que sea posible introducir en ellos. ¿Acaso piensan en lo que siente una niña de 0 años, una niña de 1, 2, 3, 4... 14 años cuando meten sus dedos, meten sus manos, meten palos, botellas, cuando muerden su nuca, cuando azotan su puño contra los pequeños huesos que aún no terminan de desarrollarse?

¿Y quién nos cuida? No lo hacen los adultos de la casa, no lo hacen los adultos de la escuela, no lo hace los adultos de la fiscalía, menos los perros policías, los lobos policías, los monstros policías, los sarna-policía, porque nos violan en la calle, en el carro patrulla, nos secuestran, nos entregan a los secuestradores, nos dejan tiradas en los moteles, nos regentean, sabedores de la impunidad nos lanzan al desagüe, nos lanzan a la basura, en la brecha, en el monte, para que nuestros cadáveres sean descarnados por las bestias y las aves de rapiña.

Los recuerdos de la mujer que ha sido violada permanecerán toda la vida en su memoria, en el olor de su cuerpo, al cerrar los ojos, presas siempre del insomnio y del terror, siempre perseguidas por el cuerpo de los violadores, mientras que a estos malditos apenas 15 años como máximo para que sean sustraídos de la sociedad. Los liberan y vuelven por nosotras, al tomar el autobús, al ir a la escuela, al bajar del metro, al caminar por las calles iluminadas, al andar en grupos Los violadores, los depredadores sexuales presumiendo que se cogieron a cuánta niña pudieron; ahí, usando el músculo para doblegar maricas, sacándose la reata para hacer que otro hombre de barba crecida y rasposa se la meta en la boca, y les haga terminar.

El tema para los hombres tiene que ser siempre llenarlo todo de semen, en el semen se les escapa la vida, como sus máximas victorias, en la expulsión del semen se basa toda su creatividad, en ello se basa todo deseo de permanencia, toda su maldad apenas alcanza para lastimar mujeres y niñas y ancianas. Creen que el semen que lanzan sobre la mujer, sobre la anciana, sobre la esposa, la novia, la amante, la hija, la ahijada, la prima, o cualquier maricón sobre el que quieran correrse, es la marca de su hombría: Me he cogido a tantas, ¿y tú?

Basta; devolveremos el golpe, devolveremos la punzada, devolveremos las penetraciones, los empalaremos si es necesario, por las calles, para que todos los vean, en tu casa, en tu familia, mataremos, arrancaremos penes, morderemos brazos, lanzaremos granadas sobre todos aquellos que intenten violar a una mujer,

apretaremos cuellos, los envenenaremos por abusar de un niño o niña, lastimar a una anciana, robar, secuestrar a una jovencita.

Este es el reto y el punto final, la línea que nos debes cruzar, esta es la claridad del pensamiento. No habrá camino de regreso, no importa la cárcel, nada importa ya, quemaremos edificios públicos; estamos hartas y quemaremos las oficinas que guardan violadores, iglesias que someten pensamientos, diputaciones que se asocian con los pornógrafos y los giros negros; es la hora de la sangre, se acabó el lagrimar en silencio aguantando el dolor.

Tengan miedo, cuiden a sus hijos varones, cuidan cada cosa que digan, cada cosa que escriban, somos marabunta, somos jauría, somos cardumen, piara, manada, somos la muerte que se cierne sobre las ciudades en busca de los penes colgantes. Claro que buscamos venganza, claro que ya no queremos el diálogo, ¡estamos hartas, no lo entienden! Claro que todo ha terminado ya, se acabaron las reuniones, la niña de Azcapotzalco fue la última mujer violada sin una respuesta violenta, por cada mujer habrá hombres muertos; empecemos por los propios, los cercanos.

Aléjense, reconstrúyanse o aténganse a las consecuencias de sus propios actos, de sus decisiones. No hay hombres inocentes, no hay penes inocentes, no hay miradas de varones que sean inocentes. Muerte al varón, seremos íncubo, seremos bruja, seremos hoguera que lo incendie todo.

 

 

De antologías y libros colectivos.

Dr. Adán W. Echeverría-García.

 

¿Cuál es esta necesidad, este impulso, este deseo, de aparecer publicado en algún libro colectivo? ¿Acaso nos ha hecho mal aquel adagio popular de: ‘para decir que has vivido tienes que haber tenido un hijo, plantado un árbol y escrito un libro’? ¿Qué nos alienta a publicar libros sin ton ni son, en verdad la promoción de la literatura, la cultura, guardar en papel la memoria de los otros, o tal vez, y únicamente, el dinero?

Yo en verdad espero que no sea el dinero lo que alienta a ciertos editores. Y lo digo porque desde la edición independiente, editar y publicar libros no es gran negocio, no te harás rico con ello. En muchas ocasiones algunos escritores-editores, aprovechan el apoyo económico de quienes pagan por publicar un poema o un cuento, para lograr ellos mismos publicar su propia obra. También se encuentran aquellos autores que son al mismo tiempo promotores culturales que organizan Encuentros de Escritores, en los que cobran por la participación de autores de todo el país, o de autores extranjeros radicados en México, para nombrar su Encuentro como “internacional” con la intención de dar realce a sus eventos.

El autor paga para poder asistir al Encuentro, y la cuota que pagó le asegura salir publicado en uno de esos libros colectivos. Lo triste es el desnivel de la obra que aparece publicada en esos libros, que las más de las veces va de bajo a medio en cuanto a su contenido estético, en lo que al arte literario se refiere.

Muchos alumnos del Taller Literario me preguntan ¿si es correcto participar en dichos Encuentros por los que pagan su cuota, y si aquellos libros colectivos, valen la pena? La respuesta que les doy siempre es la misma: Dependerá del objetivo que persigues como Escritor. La búsqueda que cada autor tenga para el desarrollo del oficio de escritor. Si lo que quieres es que tus textos sean leídos, o sólo que sean publicados. ¿Quiénes son los lectores de esos libros colectivos? En ocasiones, ni siquiera los mismos participantes de aquellos libros leen los textos de todos los participantes con los que comparten páginas. ¿Entonces cuál será el logro como autor?

Y esto ocurre porque las más de las veces, los promotores culturales-escritores-editores y hasta antólogos de dichas obras publicadas ni siquiera juzgan las obras, no las revisan, y mucho menos las corrigen antes de publicarlas. Eso requiere oficio, lecturas, escoger entre lo bueno y lo malo. Y o no quieren ser quienes juzguen, o simplemente no quieren dejar fuera a nadie porque eso ocasionaría merma económica en el negocio.

Aun así, hay autores que aprovechan para publicar las obras que han trabajado en el Taller Literario, y quieren participar leyendo sus textos en los Encuentros, conocer a otros autores, convivir con ellos, y darse la oportunidad de visitar nuevos lugares. Y eso me parece correcto.

Porque antes de los promotores culturales-escritores-editores lo real es que cada autor que participa de esos libros colectivos es el verdadero responsable de las obras que presenta para asistir a esos Encuentros, y aparecer en dichos libros.

Autores que asisten a uno o dos talleres, que en cada taller tiene la disciplina de corregir sus trabajos, de presentar textos en cada sesión, y de ir leyendo nuevos materiales de autores reconocidos que le permitan mejorar cada día más.

Pero pensar que todos los autores que participan en dichos Encuentros (a los que asisten no por selección sino por pagar la cuota que les piden, además de pagar sus boletos de avión, o irse manejando en carretera, pagar su hospedaje en cualquier ciudad de la República mexicana, asumiendo siempre todos los gastos necesarios), pensar que todos los que asisten tienen esa constancia y disciplina, es ser en verdad cándido en el pensamiento, todo un romántico de la literatura.

¿Qué es lo que quieres como autor? ¿Cuál es tu objetivo en la literatura, cuál es tu búsqueda? La comunicación del pensamiento siempre será lo principal en el uso del lenguaje, pero el artista tiene la obligación —además— de buscar hacer del lenguaje y de la palabra, la herramienta necesaria para la expresión artística, y esto deviene en buscar siempre la estética, el decir las cosas de la mejor forma, el siempre preguntarse: ¿es lo mejor que lo puedo decir? Revisar, leer, trabajar, tallerear sus propios textos antes de presentarlos a cualquier Encuentro, a cualquier antología, a cualquier revista, y a cualquier libro colectivo.

Cada quién tendrá que asumir esa responsabilidad.

 

 

Tan sólo un verso de los poetas mexicanos. Parte 2.

Adán Echeverría.

 

 

Para seguir registrando algunos de los versos de los poetas mexicanos nacidos entre 1960 y 1989, y que fueron considerados en el Mapa Poético de México publicado en el año 2008, me animo a presentarles un verso de poetas de la Ciudad de México. Los versos que acá les presento pertenecen a poemas que fueron incluidos en dicha compilación.

Ciudad de México. Zaría Abreu Flores: “en el bravo río de tu saliva nadan trasatlánticos de acero”. Flor Aguilera García: “En este libro de las horas dibujo yo mi jardín de delicias”. Gustavo Alatorre: “Era suya la violencia de las rosas”. Alejandro Alonso: “En las formas del fuego revive la mirada de la bestia”. Odette Alonso Yodú: “Tengo un extraño miedo de que nada me salve”. Luigi Amara: “Hay puertas que son una extensión de la pared”. José Enrique Argoytia Miranda: “Voy por mis catacumbas preguntando por ti”. Cuauhtémoc Arista: “Muchas niñas se pierden en el mismo lugar donde despiertan”. César Arístides: “El gesto de mi padre se hunde en los escombros”. Luis Armenta Malpica: “Y vuelvo a ser un árbol: el punto de donde parte el sueño a las alturas”. Adriana Arrieta Munguía: “Vagamos sin brújula entre lo que nombramos compasión y mentira”. Gabriela Balderas: “Un colibrí derrama polen sobre mis ojos”. Manuel Becerra Salazar: “Me destruí en sus caderas con esa enfermedad tan parecida al tango”. Ricardo Bernal: “Si cierro los ojos soy un punto en el centro exacto del mapa”. Raúl Blanqueto: “Qué sucederá cuando la libélula se confunda con el diablo”. Mónica Braun: “Virgen de catorce años, fiera insomne”. Alí Calderón: “Mi muchacha es el verano”. Laura Calderón: “Imposible dejar de mirarte cuando la noche es sol y no se puede callar a la sirena”. Sirac Calvo Mejía: “La lluvia hace una herida y deja la cicatriz donde surgen los árboles”. Rodrigo Cano Márquez: “Trágate mi corazón abórtalo cuantas veces quieras”. Guiomar Cantú: “Las mujeres mestizas cantan y llenan sus cántaros de agua ordeñan a sus hombres en la madrugada”. Jade Castellanos: “Decir adiós sin conocerte todavía, cuando tan sólo comenzaba a imaginarte mío”. Diana Castilleja: “Abren una por una, miran su pulpa, sus formas, sus hendiduras, reconociendo otros sitios humanamente femeninos”. Silvia Eugenia Castillero: “amar para encerrarnos entre paredes de madera a escuchar una voz añeja”. Rodrigo Castillo: “Ahí donde hiede la misericordia está cristo”. Tonatiúh Catalá: “Las palabras se preñan de árboles”. Ibet Cázares: “En ti comienzo y vuelvo a ti multiplicada”. Rocío Cerón: “Nada quedará cuando el invierno haya vuelto”. Abraham Chinchillas: “Hasta que la misericordia me alcance en un aplauso”. Andrés Cisneros de la Cruz: “Para escribir sobre ángeles hace falta curtirse la espalda”. Jennifer Clement: “Afuera el color azul cuervo de la lluvia nocturna”. Dalí Corona: “Éste es un amor de calle solitaria”. Fernando Corona: “Hoy quiero vivir, vivir y ser un viaje”. María Cruz: “Es amargo el sabor de esta noche que cruza mi pecho con su tormenta de ceniza”. Manuel Cuautle: “Pequeño qué hijo de puta te enseñó a prostituir tu infancia”. Marcos Davison: “La voz hecha de roca se hunde en el silencio como en agua quieta”. Lucía de Luna: “Y yo miro llorar al cielo y no lloro”. Gerardo Escalante Mendoza: “Cierra los ojos y duerme en las manos del enemigo”. Rose Mary Espinosa: “Tengo la vergüenza de quien se desnuda y la tristeza de quien pierde una contienda porque nunca quiso competir”. Mariano Fernández: “Ahora el beso es luz y navaja”. Jorge Fernández Granados: “Aquel verano donde rompimos los frascos delicados de la infancia”. Malva Flores: “Todo es perfecto si lo miras de golpe”.

Y perfectos son los poemas cuando están bien construidos, cuando el oído nos permite atraparlos de forma inmediata y guardarlos en nuestra memoria. Espero que algunos de los versos acá presentados sean impulso para que te acerques a los poetas mexicanos, a estos y otros autores, que descubras el mundo que los poetas nos presentan.

¿Qué te han parecido? No dejes de recordar siempre, que todo texto literario debe contener al menos tres principios básicos: imagen, ritmo y sentido. Espero que estos versos, te inviten a conocer a los autores de la poesía mexicana.

 

@Adanhombreave

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