Martes, 12 Noviembre 2019 06:50

Luz revelándose / MIGUEL TONHATIU ORTEGA /

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Luz revelándose

MIGUEL TONHATIU ORTEGA

 

 

 

Retorno al mismo espacio

donde las lecturas de día

se resuelven con lámparas fijas;

se leen, como yo las leo,

en forma de antiguas historias.

El eco de esquina a esquina

aborda el segmento de sonido

de un trozo de relato

descrito en pasado anterior:

con una taza de café en las manos,

hecha de un brillo matutino e imberbe;

una frígida luz revelándose

ante los nubarrones exiguos y el sol:

son las ocho.

Amaneció la superficie húmeda

como si la lluvia tuviese un rencor escondido,

como si la noche, como si la lluvia, como si el rencor,

como si el día o la nube fueran determinantes para escribir.

 

Las palabras no existen,

sólo es mi eco.

 

 

 

 

 

 

 

Cuerpo desnudo en Uruguay

 

I

 

¿Hubo ciudad para ti,

en ese bosquejo de formas:

el concreto y la naturaleza

que renunciaban por ver a la muerte?

 

Pudo, quizá, no existir vuelo

que tuviera el fondo de Chet Baker

y la trompeta inusual para seguir la música

sobre la orografía; los ríos y ciertos mares.

 

Tu cuerpo fue un árbol frondoso y sutil,

en marzo desprendió su aroma

único (vuelta), impelido por la forma del aire.

 

Fue la gracia, el tintineo del aire

y el fruto cayó lejos del durazno;

y tus manos como cuerpo desnudo en el Uruguay

ya no poseían sentido franco.

 

 

 

 

 

 

 

 

II

 

Se revelarán las piedras en tu jardín.

El mármol afilará el brillo del amor,

nunca estuvo dirigido al sitio del encuentro.

 

Mis palabras secas sólo son útiles

ante un viento inmortal que niega la pérdida.

 

Hay un canto en una habitación vacía:

lo trazas para siempre y el sol lo valida.

 

Volverán las hojas de un cuerpo de otoño;

no estaremos, entonces,

porque el viento tramará venganza

por este encuentro fallido,

nunca llegó al puerto alguno:

bajar las escaleras, mirar tu maleta;

eran sólo una parte del sueño

(ningún mago celeste pudo interpretarlo).

 

 

 III

 

La ciudad no era para ti,

Chet Baker se oye en el ambiente.

El mapa no permanecerá más sobre la mesa;

las efigies de tu jardín ya no se moverán,

sabrás que fui yo por ese viento,

nunca cesó de agitar el árbol

de ese jardín ficticio en que respiras.

 

 

Un cuadro antiguo[1]

 

 

Aparece en el suelo,

el cuadro donde un Cristo y su luz

emanaban desde una habitación vacía.

 

Otra vez, escuchaba,

la madera entre crujidos;

la cual los artesanos

teñían en retablos de óleo:

dominaban los nudos del benjuí,

la luz dentro del círculo:

cierta herida punzaba interminablemente.

 

Y el hombre hacía un movimiento

en dirección a la llaga: ¿Cristo?

 

Yo era uno que alumbraba

y veía mal,

miraba la luz

no tan próxima:

la luz, dije.

El vértigo era para ella:

una antorcha,

y algunos hombres;

la imagen de los aceites;

luego, la luz, el cuerpo y la llaga.

El olor de parafina.

 

Tomás, como yo, tocó la herida,

la luz me cegó.

Había nudos en los colores:

“Es cierto”, dijo Tomás.

Yo sólo pude decir que sí,

nunca más volví a ver el cuadro.

 

 

 

 

Caza del toro

Mugía el cielo nocturno.

Tomas Tranströmer

 

 

Animal mestizo como su fruto,

sumergido en un odio antiguo,

dormía a la intemperie,

la luna su luz:

un célebre día,

una bestia es un espejo.

 

Animales salvajes para ti,

para un cielo innecesario; eres el toro,

y el firmamento restañe,

la luna mata con sus astas desde anoche;

 

vuelve a tus ojos rojos con un arma sagrada,

baja la colina, intacto,

esconde cierto mugir y cierto odio:

el filo saldrá de la vaina durante el día;

 

estoy seguro:

será en tu contra.

 

 

 

 

El sonido de tu cuerpo al caer

 

 

Cuando Mi funny Valentín ya no resulta

en el cielo cerrado de las calles sin amor:

Haz dicho que ninguna nota sobra en el jazz.

¿Qué hiciste?

La trama de la historia en Francia indica:

Aún se escuchaba la trompeta en los bares del centro

cualquiera reconocería tu sonido entre el polvo.

 

No he vuelto por las mismas calles

Y luego, la metadona, hace tiempo;

mi corazón sonaba al ritmo de esa trompeta.

 

Escuché tu música,

aquella noche, Gerry Mulligan te acompañó.

Una mujer negra bailaba conmigo.

He olvidado,

He dejado atrás la piedad del poema.

Me devora la historia

Y tu tocas la trompeta con toda calma:

Autumn leaves” suena y desintegra las hojas.

He olvidado quién soy,

no deseo escribir, hermano.

Algo de Ámsterdam,

algo de ese vacío en el edificio

tu cuerpo vuelve a tierra.

Aunque un hombre como tú se lance

desde la ventana del hotel.

(porque la metadona no fue suficiente):

Autumn leaves

y el último sonido de tu cuerpo al caer:

he olvidado quién eras, Chet.

 

 

 

ALONE TOGETHER

(Chet Baker y Bill Evans)

 

Justo así con tu sonrisa,

Cuando aún no construías

El mundo con el sonido de la trompeta

(un regalo de tu padre).

 

Aún el susurro no delibera

“me han dejado solo”, dices,

El saxofón responde y yo creo que sí.

 

No han muerto aquellos

Que te escucharon en Europa.

No eres tan viejo.

LA trompeta deja a la luz vulnerada:

El tiempo posee el miedo

De cometer el erro al pasar a través del sonido:

En los metales dorados, Chet.

¿Qué se escucha? ¿Son las percusiones?

El aliento es un dios.

Abre la puerta al fin, silencio;

Nadie se espera la vuelta,

 La trompeta utiliza la mudez como arma

Solo develada en el periplo de un sueño.

Chet Baker, sí, silencio, sí Chet…

 

 

 

El sol no ha dejado de llover

 

Se han hecho matemáticas

Con el polvo sobre los muelles;

La insana quietud del viento se revela:

No volverá jamás.

 

Si un guarismo cubriera

Toda significación del viento,

Si por soplo entendiéramos un número

Enlodado, seco o revuelto

Entre las cosas viejas del mundo.

 

El viento sí,

El viento sedicioso

Levanta cualquier rebelión sobre la tierra.

El aire, padre, ahoga cualquier murmullo

Como agua destilada por siglos en una colina olvidada

- nos resulta imposible reconocerlo como hombres.

 

En la laguna, el viento azotaba

Los candiles con hachones

Y movía la hierba con serpientes.

 

El hombre confundía

El amor con el bambú.

 

Es que era el viento mismo

El que ha visto la caída de las eras

Y sus hermosas ruinas:

Era el viento asiático del alba.

 

Como alimento del fuego,

El fuego se convierte en su hijo devoto y solo:

Silente, enamorado de la materia.

 

El viento imbécil que hostigas la tierra,

Viento de vuelta al laberinto de Asterión,

El viento de mi mesa, en mis manos.

 

Este viento que me hace inortal

Por un instante seco.

 

Las matemáticas lo tocan todo,

pero desconocen

el viento es sabio sediento,

aun viejo puede vencer.

Silencio, silencio, viento.

 

[1] Basado en La incredulidad de Santo Tomás de Sebastián López de Arteaga (1610-1652).

 

 

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MIGUEL TONHATIU ORTEGA

MIGUEL TONHATIU ORTEGA

 

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