Martes, 13 Agosto 2019 02:38

Muda de piel / Saúl Martínez /

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Muda de piel

Saúl Martínez

 

Desperté agitado y mi primer reflejo fue buscar mi arma. Acostado y adolorido miré para todos lados y a los pocos segundos me di cuenta que estaba en un hospital. “Cálmese, señor, todo está bien, está en el Seguro de Tijuana”, me dijo una enfermera que sujetó los hombros empujándome contra la cama mientras las patas rechinaban en el piso de linóleo. Comencé a calmarme y con los jadeos disminuyendo pude observar una pequeña mesa que tenía al lado de la cama, en la que solo había una botella de alcohol para untar, torundas de algodón, un catéter y lo que parecía mi cartera y mis cigarros. Cabrón, sí estaba en un hospital. A uno de los compañeros de la enfermera que iba entrando a la habitación le dijo con un gesto que ya no era necesaria su ayuda. Unos segundos después, la mujer regordeta y chaparrita salió del cuarto.

Las punzadas en mi cabeza arreciaron cuando la recargue de vuelta en la almohada. Traté de entender cómo había llegado ahí, pero las palpitaciones solo me hicieron cerrar los ojos y llevarme las manos a la cara. El aroma a formol, medicinas o quién sabe qué químicos me atascaron la nariz. Solo pude pensar en lo que me dijo la enfermera. Pero, ¿Tijuana? ¿Cómo chingados llegué a Tijuana? Al menos sabía dónde estaba, solo me faltaba saber qué día era y por qué me sentía todo puteado. ¿Dónde está mi arma?”, le pregunté a la enfermera cuando regresó al cuarto con una jeringa lista para clavármela en el brazo. “Eso no lo sé, oiga, y ya cálmese, ahorita viene un doctor a hablar con usted”, me respondió la señora sin verme a los ojos. Enfundada en una filipina color pistache, la mujer le quitó la tapa a la jeringa y limpió mi antebrazo con una bolita de algodón alcoholizado. La luz del sol entraba con madres por la ventana, pero dentro de la sala de recuperación el aire seguía bien pinche helado y sobre todo, hediondo a químicos y medicinas. Siempre asocié esos aromas con la muerte.

Traté de recordar y me esforcé por comprender, pero el dolor de cabeza me lo impidió. Lo que sea que haya tenido esa jeringa me hizo sentirme amodorrado. Mi malestar general iba disminuyendo y me costaba mantener los ojos abiertos, los sentía cada vez más secos y más pesados. Antes de caer rendido, intenté reconstruir lo último que mi memoria me permitía.

Me habían mandado a cumplimentar una orden de arresto por un robo con violencia. Ajá. Luego subí a la unidad con Ramírez. Ok. Fuimos al rancho en Tecate donde se supone que encontraríamos a un asaltabancos prófugo de Mexicali. Bien. Me tocó manejar, agarramos carretera temprano y nos acercamos a la entrada de un rancho, donde un hombre flaco de barbas canosas limpiaba el pastizal con un rastrillo. Sí. ¿Y luego qué? ¿Qué más? ¿Qué? ¿Eso fueron disparos? Balazos. Sí, fue eso. Finalmente me rendí tras unos breves segundos de agitación. No pude hilar más pensamientos. Me rendí al sueño.

 

Este tal “Poblano”, el asaltabancos, ya le traíamos la huella. Lo investigamos por tres robos en los bancos que están dentro de las tiendas Coppel, unas pinches tiendas con nada de seguridad y por más que se los hemos dicho, nomás no entienden. Hasta parece que quieren que estos cabrones les roben con lo fácil que se las ponen. En fin, al comienzo de las investigaciones de los casos que se habían denunciado meses antes, nunca nos pasó por la mente que estuvieran ligados entre sí. Más menos, siempre eran unos veinticinco mil pesos el botín. En los tres asaltos pensamos que los sospechosos eran distintos. Una mujer pelirroja, un cholo y una viejita. El error del “Poblano” fue haber dejado la peluca canosa en uno de los autos en los que huyó y que encontramos en el canal Tulichek. Al cabrón se le quedó un pelo en esa madre y cuando lo mandamos con los peritos lo pudimos identificar. Cuando supimos que andaba de vestida, nos pusimos a revisar los videos de circuito cerrado de otros casos. En todos los asaltos usó la misma

arma, una Desert Eagle con unas cruces grabadas, muy raras para estos rumbos. Las piezas del rompecabezas fueron embonando solitas. El caminado, alguna postura, la manera de sostener de lado el arma, la forma del mentón. Al final, por ese pelo lo identificamos. Antes de eso estuvimos como pendejos buscando a tres personas distintas.

 

Comencé a recobrar poco a poco la consciencia y la lucidez. Ramírez subió al cuarto a verme. Traía un collarín y un cabestrillo que le ayudaba a sostener su brazo derecho. Quise recomponer el rostro para preguntarle qué había ocurrido, pero su cara trataba de contener una carcajada burlona. “¿De qué te ríes, cabrón?”, le pregunté. “No mames, pareja, te ves bien chistoso en esa bata sin calzones, cabrón”, me respondió con una risa burlona que luego se convirtió en quejidos por un dolor en las costillas. “Ándale cabrón, síguete riendo”, reviré. “¿Qué fue lo que pasó, eh?”, le pregunté. “Híjole, pareja ¿en serio no te acuerdas?”, me cuestionó antes de sentarse en una silla al lado de la cama, estirar los pies y acomodarse el cabestrillo luego de un breve gimoteo. “Si me acordará no te estuviera preguntando, cabrón”, le respondí enojado. Se le borró la sonrisa de la cara, tomó algo de aire y comenzó a hablar.

Su explicación, duró menos de cinco minutos. Cuando nos acercamos con el señor que rastrillaba el pastizal a la entrada del rancho para preguntarle por el “Poblano”, notamos que una serpiente de cascabel se había escabullido inexplicablemente al interior de la cabina de la camioneta. La fobia que les tengo me hizo pisotear los pedales de la patrulla en un intento de evitar una mordida. Luego pisé el acelerador a fondo. También saqué la pistola y le comencé a disparar al suelo buscando matar a la culera. En mi episodio de pánico, la camioneta enfiló en dirección desconocida a alta velocidad. Chocamos contra una enorme piedra que adornaba la orilla de la carretera y que marcaba la entrada a la finca. Yo no llevaba el cinturón de seguridad

por si tenía que bajarme a prisa de la camioneta, ya saben, en caso de tener que actuar en la inminente detención. Por eso me llevé la peor parte cuando la cabeza se me estrelló en el parabrisas, aunque la bolsa de aire igual me dejó adolorido el torso. Mi compañero sí traía puesto el cinturón de seguridad y solo resultó con algunos golpes, nada grave. Tendrá que usar collarín y el cabestrillo por unos días. El jefe ahora anda valorando si debo pagar los daños de la patrulla y los de Asuntos Internos me abrieron un expediente, por si hay responsabilidad qué deslindar. Pendejos. Lo peor de todo fue que la serpiente había salido ilesa y había logrado escapar, al igual que el asaltabancos que buscábamos, según lo que me dijo Ramírez. Malditos.

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Saúl Martínez

Saúl Martínez

 

(Mexicali, 1984) es periodista y fotógrafo de profesión. También es escritor y narrador de cuento corto. Ha publicado textos en las revistas digitales El Septentrión, Shandy, Cinosargo y Bitácoras de Vuelo. También ha sido incluido en el libro de novela negra Baja Noir (Editorial Artificios, 2018) con el cuento Seis Días de Tormenta. Estudió Ciencias de la Comunicación en la UABC y ha participado en talleres de creación literaria con escritores como Elma Correa, Oscar de la Borbolla, Franco Félix e Imanol Caneyada. Aún cree que puede terminar un par de libros de novela que tiene pendientes. Facebook: https://www.facebook.com/saul.martinez.reportero

Twitter: @elsaulmartinez https://unaplumazurda.wordpress.com/

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