Martes, 30 Octubre 2018 06:48

La desbocada / Diana Luz Soto /

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La desbocada 

Diana Luz Soto

 

 

El origen de la palabra yegua se deriva del latín

“equus” o “equa” que significa femenino..

 

 

 

 

(Segundo lugar, del premio interno de cuento de la Escuela de Escritores de Veracruz Sergio Galindo de SOGEM)

 

A la yegua la conocí  en una fiesta una noche de viernes. Fue extraña la manera en que hicimos contacto. Llevaba el cabello todo amarrado, echado para atrás; pero vaya cabellera la que tenía esa mujer; abundante, vasta, espesa. Parecía la  frondosa cola de un caballo;  fue por eso que le apodé la yegua. Después la demás gente ya le llamaba así también, pero que a nadie se le olvide que fui yo quién le inventó ese apodo a la muy puta.

En fin, volviendo al punto; fue extraña la manera en que establecimos contacto por primera vez: yo estaba parado a un lado de la barra de las bebidas esperando al que el retardado que atendía me sirviera el ron que le había pedido desde hacía 20 minutos.

Mientras esperaba, ella llegó y se acercó al bar tender, se veía imponente. Me sentí ligeramente intimidado, sin embargo traté de actuar con naturalidad. Ella no paraba de hablar y hablar y carcajearse y manotear y de recargarse de cualquier hombre que tenía a la mano. Me pareció una mujer escandalosa y vulgar, pero por algún motivo había algo en ella que no me hacía repelerla del todo. Cuando estaba por irme de ahí, se las arregló para meter las puntas de su coleta en mi vaso, cuando se giró para ver qué era lo que pasaba, me pasó la greña por la cara dejándomela toda húmeda. En otras circunstancias yo habría reaccionado de manera agresiva, pero ésta vez mi respuesta fue diferente: solté una carcajada al ver su sorpresa y me pasé la mano por el rostro para secarme las gotas de agua. Ella toda apenada y en un intento desesperado por ayudarme, buscaba servilletas cerca y hacía ademán de querer limpiarme, pero no atinaba hacia dónde dirigir su mano y terminó soltando una risotada nerviosa y a carcajeándose conmigo también. Nos miramos por unos segundos y desde ese momento supe que sería mi crucifixión.

Aquello del accidente termino por convertirse en el pretexto ideal para terminar hablando el resto de la noche.

Hubo un  breve descanso a nuestra charla, ella se acercó al medio de la pista, sus nalgas lucían sensacionales, ameritaban un trofeo en definitiva. Se veían tan suaves y jugosas como un gran durazno gordo y maduro. Sus piernas no se quedaban atrás, eran inmensamente largas y firmes y sus muslos….- ¿Para qué hablar de sus muslos?- si es obvio que poseía el cuerpo de una venus latina.

Sus movimientos no podían ser más que sensuales, te incitaban de inmediato a querer ir hacia ella. Era como si cuando bailaba ella irradiara una fuerza magnética tan poderosa que no dejaba ninguna otra opción más que dejarte llevar por ella. Terminamos con los pies pulverizados de tanto baile y esa fue la primera vez en mucho tiempo que me sentía tranquilo y relajado.

Cuando estábamos fuera del lugar, la yegua me preguntó a donde iría.

-Voy a mi casa. –Respondí

- ¿Quiéres venir conmigo?

- Ay, lo dices en serio, es que no quisiera que pensaras mal de mí, yo no soy de “esas”.

- ¿Esas qué? le pregunté.

-Ay porque te haces tonto si bien qué sabes de que hablo.

- No entiendo exactamente a que te refieres.

….si hay una cosa que me repugna de las mujeres es que se hagan las mustias cuando saben perfectamente que es lo que quieren y que lo conseguirán. Esa conducta de disimulo permanente en la mujer me asquea. Eso o que se porten como mocosas cuando ya son unas adultas. Cómo sea, a fin de cuentas ésta sí que es MUY MUJER y así como estaba de borracha no podía permitir que se fuera sola. No quería ser el responsable de que terminara descuartizada en una bolsa de basura negra como alimento para los perros callejeros. Así que la tomé de la cintura y caminé con ella a mi lado, poniendo todas mis fuerzas y mi resistencia para que no se callera o se golpeara con algún poste.

Estaba por amanecer, pero el cielo seguía oscuro, se veía como un agujero siniestro, la calle estaba completamente solitaria. Estaba comenzando a lloviznar, así que tuve que acelerar mi paso y el de ella también.

Así fue durante el resto del camino. Llegamos a mi departamento y yo deseaba con las pocas energías que me quedaban que alguien me asesinara para ya no sentir el cansancio que sentía. Justo después de subir el último escalón fue cuando me vino ese pensamiento. Abría la puerta con una sola mano mientras con la otra hacía malabares para que la yegua no se me cayera. La empujé y la metí a ella a rastras, hasta el sillón y solo ahí fue cuando me di cuenta de que había perdido una zapatilla en el camino.

-Seguramente seré yo quien termine pagando por esa cosa-. Pensé.

Le estaba quitando los aretes y toda la porquería que traía colgada en la cara y de repente ella abrió los ojos, me miró como queriendo poseerme y de una, comenzó a besarme como si fuera el último beso que fuese a dar en su vida.

Pensé en abofetearle, pero la verdad me gustó sentir su saliva tibia y embriagante, me gustó su olor animal.

Le bajé las medias de un solo golpe y le apreté las nalgas casi al punto de exprimirlas. Ella comenzó a pasar su lengua con ligeros toques por la punta de mi pezón y fue en ese momento preciso que supe que era hombre perdido.

Me puso muy bestia sentir la temperatura de su cuerpo; era como si químicamente (en el sentido literal que se refiere al fenómeno químico) estuviéramos diseñados para hacerlo.

La muy sucia me pidió que le atara las muñecas y la pusiera boca abajo, mientras ella erguida me mostraba el mejor ángulo de su culo. CARNE, CARNE y más CARNE por donde quiera que mirara:

-¿Cómo un simple hombre mortal como yo podría resistirse a montar a ésta yegua desbocada?

La tomé de las caderas que desde lejos la hacían ver como un jarrón de porcelana china y luego la embestí. Comenzó a gemir. Después le di otra con más fuerza, puso cara de delirio, y la tercera… Esa sí que no se la esperaba…

*Sonó en la radio (por algún motivo había una radio ahí que no era mía) que el volcán de Acate nango en Guatemala acababa de hacer erupción y había aniquilado a la mitad de la población. La locutora tenía voz sensual y decía que era la erupción más fuerte en los últimos años, y que ésta había obligado a las autoridades incluso a cerrar el aeropuerto internacional. La mayoría de las víctimas murió de “asfixia por sofocación”.

Me levanté del sofá, me subí los pantalones y fui a lavarme las manos para quitarme toda la suciedad de encima. Me aseguré de dejar todo en orden y totalmente limpio. Me puse ropa nueva, busqué las llaves del apartamento, tomé a la yegua entre mis manos y la conduje a rastras hasta la entrada y luego la eché a la calle de un puntapié como quién quita una piedra del camino.

Él acababa de entrar al Royalty, era la primera vez en 9 meses. La yegua anda cojeando de la pierna izquierda y está fichando con un tipo de pelo cano. Trae un vestido parecido a los que se ponía antes, sí ese,  cuando no tenía ese horrible hoyo en el muslo izquierdo.

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Diana Luz Soto

 

 

(Segundo lugar, del premio interno de cuento de la Escuela de Escritores de Veracruz Sergio Galindo de SOGEM)

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