Martes, 30 Octubre 2018 06:09

Una cara de venganza / Waldo Contreras López /

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Una cara de venganza

Waldo Contreras López

 

 

No podía sentirse más afortunado según él. Tiene una buena posición económica y un buen lugar en el gobierno federal. Se había encontrado con la mujer de su vida a quien conoció en su va y viene de oficial del ejército, en las calles de Dios quien siempre lo ha socorrido. La encontró a ella, investida en sus ropas de mujer soltera y con hijos y, con su orgullo tapándole una tristeza en su rostro; la encontró como mujer en ese cuerpo necesitado de caricias, en esos ojos queriendo encontrar un lugar en donde posar sus noches para cerrarlos a gusto y abrirlos con certeza; y se encontró a sí mismo en su necesidad de paz para una sola mujer y darle todo lo que él fue y es. No fue difícil a sus cuarenta y cinco años, había sobrevivido mal al tedio de las caricias eventuales en pueblos abandonados y ciudades desconocidas; no fue difícil además pues aquella mujer tenía ese “no se sabe qué”, aparte de ser hermosa con su rostro y con sus carnes aun macizas.

Era un profesional muy respetado entre su gente, valiente como pocos, justo como nadie. Certero con las armas y en decisiones para operativos militares importantes; colérico e implacable contra quienes consideraba enemigos de sus ideales. Se sentía afortunado sí, pues a pesar de haber traicionado a su escuela de hombre de honor colaborando a favor del crimen organizado esto le fue perdonado por sus superiores al matar de un solo disparo de rifle a uno de los capos más temibles por la milicia y por la sociedad.

Había recuperado lo único que valía la pena desde siempre y tenía que darle sentido a todo lo bueno que le estaba sucediendo en su carrera y sus ideales de hombre hecho y derecho.

La conoció en una fonda del mercado municipal de una ciudad del pacífico. Un lugar alegre ahí, bullangero y colorido siempre, un lugar en el cual una persona sencilla podía sentirse a gusto con tanta fiesta. A ella de inmediato le llamó su atención la buena percha y su mirar de hombre seguro, su poca palabra y sus ojos de venado melancólico color gris los cuales se perdían en sus ojos que eran como ver caer una triste lluvia.

Cada visita era más feliz y llegó el día en el cual se encontraron platicando sobre el futuro, tan serios, a la orilla del mar. Y llegó el día en el cual se vieron juntos compartiendo un mismo techo en un barrio populoso de la capital del estado.

Vicente apenas era capaz, y muy poco, de ocultar su felicidad: feliz en los desayunos, en las compras del supermercado; feliz en los operativos militares peligrosos, en las cenas en familia, en las noches de desvelo y desafueros carnales. A ella por su parte se le veía muy a gusto aunque a veces, en el despacio correr del tiempo en la cotidianidad hogareña se le veía pensativa, con el rostro en ocasiones en una mueca de coraje contenido; el daba cuenta de ello, la observaba taciturno y silencioso y entonces le preguntaba y ella le contestaba con desdén mal disimulado: “nada”, con sus ojos en un lugar lejano.

Y los niños eran felices sin duda, todos estudiando en escuelas de medio burgués, bien vestidos con sus ropitas de marca, bien comidos con buena despensa surtida y con lujos dignos de su clase:

videojuegos, televisores pantalla-plasma, Smartphone y tabletas electrónicas. No le amaban pero al menos le apreciaban.

Y un día de cumpleaños festejaban en un restaurante de mariscos de esos con instalaciones caras. Reían y disfrutaban todos juntos y ellos, de forma disimulada, se comían a miradas entre cucharada y plática.

Y de repente todo cambió, la niña mayor se puso pálida al tiempo que sus ojos se encontraban con los de su madre quien tenía el gesto crispado de odio, su mirada vibraba en modos extraños para él. Una mujer irreconocible.

-¿qué pasa mi amor? Te ves muy mal.

-no pasa nada –le contestó con desdén, como siempre, pero esta vez sazonado con mucha ira.

-¿cómo qué no? Te vez furiosa, algo malo pasa…

-ya deja esto por favor, no llames la atención…

El guardó silencio y buscó una respuesta en la niña mayor pero solo encontró su mirar en el plato de aguachile y su boca ceniza y temblorosa. Miranda estaba igual, pero con sus mandíbulas trabadas de ira. Los niños se hundieron en una tristeza bárbara para su edad.

Cuando llegaron a casa Miranda y su hija mayor se encerraron a llorar; él se quedó con los más pequeños viendo televisión; aunque estos últimos estaban más relajados notó que ambos miraban a la puerta del cuarto, como obedeciendo a una costumbre muy arraigada en sus almas infantiles.

Pasaron los días y él vivió en medio de una felicidad tensa la cual dependía mucho de los cambios de humor en su joven esposa. Y al paso de los meses la felicidad se le fue aguando inundada por las lágrimas cada vez más cotidianas de su amada y la desolación espesa que le provocaba su silencio.

Y un día fue ella quien ya no pudo más. Fúrica, asqueada y borracha del hastío de tanto negarle las caricias le gritó como jamás lo había hecho, le dijo entre llanto convulso que él era un hombre bueno, que lo amaba, pero que ya no podía más con el peso que estaba cargando sola y con mucho miedo. Él la tomó en sus brazos como tampoco jamás lo había hecho y hasta creyó que al fin volvían a recuperarse uno al otro: “a ver Miranda, cuéntame ¿qué es lo que te pasa?”

Y entonces ella le soltó el peso que traía encima desde meses atrás.

Y le hablo sobre su hermano menor, un joven de apenas veintitrés años, todo lleno de vida y alegría, todo pleno de ganas de ser alguien. Un joven locuaz y hablador. Un muchacho como muchos, quien buscando mejores oportunidades económicas se había vuelto sicario.

Ella le contó que ese jovencito había sido la última persona de su familia a quien en verdad amó como a nadie de su sangre, a parte de sus hijos. Le contó que ambos se habían cuidado desde chicos y compartían juntos la pena de ver morir a su madre en un accidente automovilístico que marcó para siempre a todos sus hermanos. Le dijo entre sus lágrimas cálidas y sus sollozos reposados que él siempre se perdía durante meses pero cuando volvía a quien primero buscaba era a ella y le llenaba el solar materno de música de banda en vivo, de comida la despensa y el refrigerador de carnes y los bolsillos de buen dinero. Pero sobre todo le llenaba de alegría su corazón, orgulloso de su pequeño hermano a quien veía como a un hijo. Era lo único que se tenían ambos, los que se procuraban el encuentro siempre.

Y le contó que una tarde soleada en la cual festejaban un aniversario más de la muerte de su madre llegaron a su casa un grupo de hombres armados preguntando por él. A ella y a sus hijos los postraron de rodillas y a su hermano lo golpearon hasta el desmayo y luego lo recargaron contra la barda del patio para fusilarlo. Ella le contó que les suplicó hasta la humillación que por favor no se lo mataran, que ese muchachoera lo único que tenía en el mundo y que era un gran hermano muy bueno y generoso. Uno de los hombres se quitó la capucha y le mostró su rostro picado de acné, su sonrisa burlona y llena de placer. Él le dijo:

“Este jovencito mató a mi padre y a mi hermana menor de edad, los mató con los ojos vendados, atados de pies y manos; los mató como a los perros siendo que ellos nada le debían. Este niño cobró seis-mil pesos por ejecutarlos de esa forma, vieja pendeja, cállate el hocico mejor ¿crees que lo voy a perdonar nomás porque tú lo dices? Ganas me dan de chingarte!

Le describió que el hombre alistó su rifle y le apuntó a la cabeza, la hija mayor se levantó para arrebatarle el arma a aquel despiadado para evitar la ejecución y fue derribada por un golpe de pistola en la cabeza.

Le contó también que el jefe de los sicarios le sentenció con burla y carcajadas: “mira lo que les pasa a niños cagados como este por andarla haciendo de huevudos matoncillos”, según le describió, su hermano le suplicó piedad con la voz quebrada por el miedo; ella seguía rogando postrada de rodillas y como respuesta escuchó el disparo y sintió claramente como la sangre de su hermano le salpicaba el rostro.

En los primeros momentos de su desmayo vio como el cuerpo del joven se derrumbaba decapitado por la fuerza de la bala enorme de mata-policías, y vio también a su hija desmayada, quien había tratado de nuevo arrebatar el arma al sicario con la valentía de sus quince años, con su mano izquierda hecha pedazos a causa de una bala.

Le contó que desde entonces no había podido encontrar la paz, que ya casi había olvidado las sensaciones abrumadoras de aquel día de pesadillas.

Y le contó que aquel día en el restaurante de mariscos vio entrar al verdugo de su hermano, de su hija mayor, de la mente de sus hijos infantes y de su corazón.

Le dijo que no podía dormir de miedo y que ya no podría vivir feliz pensando en la mirada burlona de aquel sujeto, aquel día domingo de fiestas.

Vicente se la tomó a la tranquila. Decidió darle lugar al tiempo para que ella olvidara su tormento. Los primeros días de aquella confesión trató con todas sus fuerzas que ella se refugiara en él, pero Miranda le fue agrandando el desdén, le fue tratando con desprecio y por último con odio. El también intento refugiarse en ella tratando de entender su propio dolor pero tampoco lo consiguió, su dolor no se parecía en nada al de ella.

Trato de refugiarse en los niños quienes también comenzaron a despreciarlo, después en horas de trabajo, en tardes solitarias de música ranchera y por último en el alcohol.

Y pasaron muchos meses desde aquel día. Y aquel hogar feliz del pasado ya solo era una casa fría, sin risas, sin patio de juegos y sin pista de baile para dos enamorados.

Y un día Miranda lo vio llegar en su camioneta, totalmente alcoholizado y con un brillo resoluto en sus ojos de borracho, sin alguna otra emoción en su rostro moreno. Lo vio dirigir sus pasos arrastrados por la tristeza hacia ella y le oyó decir: “vamos, tengo a tu hombre”. A Miranda se le iluminaron los ojos en un furor de loca. Vicente notó como la boca de ella antes petrificada por el enconado desdén ahora estaba transformada en una sonrisa horrible.

-vamos, lo tengo en la casa de tu madre allá en ese pueblucho.

-qué feliz me has hecho Vicente, jamás olvidaré esto que haces por mí y por mis hijos.

-me imagino Miranda, pero lo hago porque te amo, como todo lo que hice antes a tu lado.

Ella lo abrazó tan fuerte, tan febrilmente, que le echó su cuerpo a temblar. Luego ella llamó a los niños y les ordenó que subieran a la camioneta –vamos mi amor-le ordenó- es hora de que terminemos con esto.

“Terminemos”.

Se quedó pensativo un rato y le contestó: “sí, es tiempo de que esto se acabe para ti y para mí”.

Vicente se subió a la camioneta y abrió una lata de cerveza, encendió el motor y puso a sonar su disco preferido de música ranchera para relajarse: “vámonos, a alejarnos del mundo, donde no haya justicia ni leyes ni nada nomás nuestro amor”. Miranda tomó también una lata de cerveza, subió la canción a todo volumen y le lanzó una sonrisa feroz.

Llegaron a aquella casucha de pueblo, el solar materno de su amada hundido en el abandono. Ella se bajó con otra cerveza en la mano, ebria de una felicidad exagerada y contoneándose como hembra en celo. Cuando divisó al motivo de su odio postrado de rodillas soltó una carcajada sonora y tétrica la cual tuvo el poder de erizarle los cabellos de la nuca a Vicente. Miranda se plantó gozosa ante el antiguo verdugo de su familia, se burló de él mientras lo vapuleaba y lo escupía, luego tomó un enorme palo seco y empezó a golpear al hombre sin asomo de misericordia hasta dejarle la cara y la cabeza hechas una carnicería. Los niños evitaban ver con todas sus fuerzas la escena, horrorizados con sus ojos infantiles y temblando de miedo. Cuando Miranda se cansó de golpear a aquel sicario se volvió hacia Vicente, sudando a chorros, con el

respirar acezante y la mirada desorbitada le ordenó: “¡ya mata a este perro mi amor!”. Vicente observó a los niños que sollozaban sin atreverse a levantar los ojos para mirar aquella escena de espantos, luego miró a aquel hombre abatido a golpes suplicando por su vida y luego la volvió a mirar a ella quien le sonreía con maneras de hiena:

-llévate a los niños de aquí, Miranda-

-¡no! –le gritó furiosa- quiero que ellos también vean como muere este perro, que vean como se desangra igual que mi hermano, tal y como les tocó ver aquel día!

-estás loca Miranda, ellos no –le replicó Vicente con voz pausada y queda.

-¡estúpido poco hombre! ¿No tienes huevos o qué? ¡Mátalo! ¡Mátalo, pero ya culón!

Él la miró con tristeza para después abofetearla hasta dejarla en el suelo, luego se dirigió hacia los niños con paso lento y los desenmarañó de su abrazo, tomó al niño por los hombros y mirándolo a los ojos le dijo: “has algo por tu madre” y le puso una enorme pistola automática en sus tiernas manos. Miranda levantó la cara del suelo con la mirada perdida en una excitación de demente, se incorporó con su sonrisa ensangrentada, observó al niño y con voz temblorosa y siseante como la de las víboras le ordenó: “mátalo hijo, demuéstrame que ya eres un hombre, demuéstrale a este asesino y a este guacho apestoso quien eres”. El niño temblaba de miedo y pegó un fuerte respingo cuando escuchó el grito imperativo de su madre enloquecida: “¡mátalo!”. Juanito tragó saliva y apuntó el arma a la cabeza de aquel hombre, cerró los ojos y disparó.

Vicente escuchó el estampido de la bala sin inmutarse, vio caer muerto a aquel sicario sin ningún tipo de pesar en su corazón, oyó a Miranda carcajearse como loca, vio a las niñas quienes lloraban enlazadas de nuevo en un abrazo convulso, y vio a Juanito a quien se le iba la vista, perdiendo su cabeza en los vericuetos de su inocencia que empezaba a agonizar. Agachó la cabeza y dirigió sus pasos arrastrados de tristeza para alejarse de la visión caricaturesca de aquella escena, se subió a la camioneta y encendió el motor y la echó a andar despacito, alejándose de aquella casa. Pero a unos metros sintió el asedio del remordimiento y la cosquilla del deseo de volver por ellos, se arrepintió de inmediato y sacudiendo la cabeza para deshacerse de la pesadilla que aun presenciaba en sus pensares agarró una cerveza y la bebió con avidez; puso a rodar de nuevo la camioneta y de nuevo estuvo a punto de devolverse pues era que recordó había dejado su pistola en las manos del niño; y recordó la inocencia con la cual Juanito miraba el cadáver de aquel infortunado, y recordó el despacio llorar de las niñas abrazadas y casi le ganaba el corazón otra vez; se quedaba pensando si valdría la pena cuando escuchó otro disparo y los nervios se le crisparon como minutos antes.

Esperó escuchar la carcajada de Miranda, loca de furor ante una nueva tragedia en su vida pero en cambio pudo reconocer el llanto a gritos de los niños, y pudo reconocer el grito vociferante de la hija mayor quien decía llorando: “¡mamita! ¡No, mi mamita!”

Tragó saliva, trémulo de miedo y asco. Arrancó la camioneta, encendió el estéreo y empezó a sonar aquella canción que tanto le gustaba: “vámonos, donde nadie nos juzgue, a alejarnos del mundo, donde no haya justicia ni leyes ni nada”… y su mente retrocedió a los días en los cuales sus ojos de venado melancólico se perdían en aquellos mirares que fueron como ver caer la lluvia, cuando se hundía en aquella piel olorosa a jabón corriente, retrocedió con sus pensamientos hasta las tardes de días felices, los desayunos alegres, las compras amenas del supermercado, las cenas y los desvelos de desafueros carnales, las tardes de bailes románticos sobre la pista dominguera, los juegos de niños en el traspatio. Sonrió entre sus lágrimas y pensó que había valido la pena conocer a su amada como pocos hombres pueden conocer a una mujer. Acompañó al cantante en la última frase de la última estrofa de la canción: “nomás nuestro amor”; y luego se recargo en el volante de la camioneta para echarse a llorar como un niño.

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Waldo Contreras López

Nacido en Culiacán Sinaloa  el 21 de noviembre de 1975. Tuvo un breve paso  por la escuela de lenguas y literatura hispánica de la Universidad  Autónoma de Sinaloa. En el 2007 termina sus estudios en la Facultad de Psicología de la misma Universidad. Comienza a escribir de manera incidental desde la edad de 25 años y lo sigue haciendo hasta la fecha. Gusta de la narración y la poesía vivida. La mayoría de sus temas abordan lo festivo, trágico y sórdido de los barrios citadinos.

 

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