Miércoles, 17 Enero 2018 07:01

CUADRILÁTERO / Silvia Fernández Díaz /

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CUADRILÁTERO

CUADRILÁTERO

Silvia Fernández Díaz

 

—¡Está acabado! —dice William al entrar en la cocina.

En un rincón, dos mujeres desgranan mazorcas en un barreño. Sus manos se detienen, levantan la barbilla y lo observan con curiosidad. William pisa una baldosa agrietada y se mueve hacia adelante y hacia atrás. Voltea su sombrero y, al recogerlo en el aire, la baldosa rechina con una regularidad lapidaria. La madre se acerca una mazorca a los labios y enseguida apunta con ella hacia el pasillo.

—Jim está durmiendo.

—Eso se lo creerá usted… Está en el club de la ciudad celebrando la derrota.

La madre, con una mirada incrédula, se vuelve hacia la chica.

—Ve a su dormitorio. No lo oí salir. Lo hubiera sentido.

El hombre avanza. Se sitúa ante de la chica y utiliza el sombrero de barrera.

—Quieta, Emily. ¿Qué pasa madre? ¿Acaso no me cree? Si yo digo que no está es que no está. ¡Y me alegro! —Se ríe—. No sabe, madre, cuánto me alegro. Precisamente de él tenemos que hablar.

La joven, al verse acorralada, mira de reojo a la madre y se vuelve a sentar. La mujer arranca tres granos de maíz. Los deja caer en el barreño.

—Tú dirás… Pero no lo oí salir.

—Ya lo sé, por eso mismo. Esta casa necesita un poco de orden. Y más después de lo de ayer.

—¿Qué pasó? Jim nos contó que fue mala suerte. Hizo lo que pudo, peleó con ganas, pero el contrincante era más ágil que él. Si le vieras con el labio partido, un ojo igual que una baya. Emily tuvo que curarlo.

—Sí, yo lo curé.

—Parece un adefesio. Le he visto tras la cristalera del club. Sus dos amigotes lo sostenían como si estuviera borracho. Apenas se mantenía en pie.

—Lo hará mejor la próxima vez. Tan solo es su primera pelea.

—¡Eso sí que no, madre! No lo compadezca. ¿Sabe cuánto habría ganado en esa pelea? ¿Sabe lo que ha perdido? Con ese dinero usted podría haber dejado de vivir en este rancho. Y ella hubiera podido casarse. ¿No te gustaría casarte, Emily?

La chica se encoge de hombros. Recoge dos granos de la falda, uno se le cae al suelo. Lo pisa. Se ríe con rubor.

—Pero, William… Ni siquiera tengo novio.

—Claro que no. Cómo vas a tener novio viviendo en esta pocilga. Como vas a tener novio si te pasas las horas aquí, pendiente de madre, con el puñetero maíz. Si el inútil de tu hermano hubiera ganado la pelea, te juro que ya no viviríamos aquí.

—¿Dónde viviríamos, Willie?

—En el rancho de Strong. Ese viejo murió sin familia y el rancho está en venta. Estuve viéndolo el otro día. Allí huele a leña quemada y a hierba. Aquí apenas se puede respirar. —Durante unos segundos se tapa la nariz con el sombrero—. Si Jim hubiera ganado la pelea, ahora mismo estaríamos en el rancho de Strong. Usted, sin hacer nada, como una reina sentada en el porche. Y tú, hermanita, eligiendo entre el montón de pretendientes que esperarían en la puerta para llevarte el sábado a bailar.

—¡Déjate de tonterías! Jim no pudo hacer otra cosa. Dice que ese hombre era una mala bestia, que se plantó delante de él y empezó a golpearlo como a un saco. Que el árbitro debió detener la pelea, pero no lo hizo. Si lo hubieras visto, no hablarías así. Traía la ropa llena de sangre.

—A mí es otra sangre la que me importa. El labio se le curará, seguro que el ojo se le deshincha, ¿pero no se acuerda de mí? ¿De la sangre que perdí en el accidente del tractor? ¡Maldita sea! ¿Qué piensa madre? —Se pone a la altura de la silla en la que la mujer

está sentada y la mira directamente a los ojos—. Si yo pudiera trabajar ni usted ni Emily estarían aquí desgranando maíz para cebar a los cerdos. Por mucho que los ceben, nunca ganaremos lo necesario para irnos de aquí. Si trabajase, hace años que nos hubiéramos ido.

Emily se levanta y se dirige hacia él que se incorpora.

—¿Qué podemos hacer, Willie?

—Aquí necesitamos un hombre. Jim ya ha demostrado lo que es. Estiércol. Un saco de estiércol.

—¡No hables así de tu hermano! No te lo consiento.

—¡Esta sí que es buena! A él le consiente perder la pelea, escaparse de casa, emborracharse en el club. —Gira el sombrero aplastándolo—. Y a mí no me consiente decir que es estiércol. Pero, ¿sabe qué, madre? Lleva razón. No es estiércol. Es mierda.

La madre se pone de pie y, temblando ligeramente, le amenaza con una mazorca.

—Si quiere que me vaya, me voy. Lo traeré arrastrando. Y delante de todos diré lo que pienso de él, lo que usted no consiente que diga. Siéntese, madre, siéntese y siga desgranando maíz en esta pocilga.

William se dirige hacia la puerta. Emily le sigue desatándose el delantal.

—Espera. Me voy contigo.

—¿Adónde te crees que vas? —La madre se interpone en el camino.

—Con él. Lleva razón. Quiero vivir en el rancho de Strong, ir a baile del sábado. Jim tiene la culpa.

—Si te vas a venir conmigo arréglate un poco, anda. No puedes ir de pordiosera. Se reirían aún más de nosotros. Bastante vergüenza pasamos gracias a Jim. Te espero aquí afuera, fumando un cigarro en el porche. Aquí dentro me ahogo.

 

**********

 

Por la noche, la chica aparece en casa. Las mejillas rojas, muy rojas. Con las sandalias en la mano cruza de puntillas el pasillo y, al abrir la puerta de su cuarto, la madre sale del suyo con una palmatoria en la mano.

—¡Qué susto, madre! Si parece un fantasma… —dice riéndose—. No me había dado cuenta hasta hoy.

—¿Se puede saber de dónde vienes a estas horas? ¿Dónde está Jim? ¿Lo viste? ¿Y William? ¿Dónde está William? ¡Contéstame!

—Fui con Willie al club. Jim ya no estaba. Pero sí el hombre de la pelea. Me quedé con él, madre. Todo el tiempo. Echó una moneda en la máquina y estuvimos bailando Love for sale —tararea la música.

—¡Deja de cantar! ¿Y Jim dónde estaba? ¿Y William?

—Me prometió que el sábado me llevaría al baile. Estuvimos ensayando mucho rato. Toda la noche.

Acerca la luz a la cara de Emily.

—Dime. ¿Dónde están?

—Me enseñó el dinero. Un sobre lleno de dinero. Dijo que fue muy fácil ganarlo. Que Jim no sabe pelear, eso dijo. —Se recoge el pelo en una coleta y lo deja caer—. Es tan simpático.

—Contéstame —dice la mujer, intentando agarrar la melena de la chica.

—¡No me ponga la mano encima! —Emily la empuja. La cera cae y una lágrima quema el camisón de la madre—. Nunca. Nunca más. El sábado bailaré con Miles. Luego me casaré con él. Pasaré todas las noches sin dormir, diciendo Miles en la oscuridad.

Emily da un pequeño brinco.

—¡No me hables así! Pareces una perra en celo.

—Usted ya no me manda. Ahora solo haré caso a Miles. Willie me ha acompañado hasta la verja y luego se volvió a la ciudad. Tenía un asunto pendiente, eso dijo.

 

**********

 

La madre prepara el desayuno en la cocina. Oye un golpe. Desde la ventana solo puede distinguir la espalda de un hombre caído. Las rodillas en los peldaños de la escalera de entrada y una mano agarrándose a la barandilla.

—¡Jim, Jim!

Sale corriendo de la casa, pero, ante la puerta, se detiene.

—¡Ah, eres tú! ¿Y tu hermano? ¿Qué te ha pasado?

—No tengo ningún hermano.

—¡Qué idioteces dices! Dime ahora mismo dónde está o no entras en casa.

—Me da igual, madre. Lo que quiero es una casa. Vivir en esta pocilga o no vivir, ¿qué diferencia hay? Esperaré que Emily se case. Me iré al rancho con ellos.

—Estáis todos locos. Me vais a volver loca. —Se aproxima a él—. Por última vez, dónde está Jim.

—Entre en casa. Aquí hace frío. —Intenta incorporarse inútilmente—. Déjeme descansar.

La madre entra en la casa. Comienza a dar vueltas de una estancia a otra, sin saber qué hacer, adónde ir, hasta que Emily sale del cuarto.

—¿Qué ha sido ese golpe? Lo oí desde la cama. Es Miles, ¿verdad?

—¡Vais a acabar conmigo!

—¿Dónde está, madre? ¡Es Miles, lo sé! —Sonríe—. Ha venido a buscarme.

—Que venga a buscarme a mí. Que me lleve enseguida. Quiero irme con tu padre.

Emily la mira rudamente y se aleja de ella. Se dirige hacia la entrada y ve a William en el suelo. Caído. Se agacha para levantarlo, pero él se resiste.

—Iré a por un botiquín para curarte las rodillas.

—Ni se te ocurra. Déjame en paz. Dejadme todos en paz.

Emily dirige la vista hacia la carretera. Comienza a andar indecisa. Luego con mayor rapidez, sin reparar en nada, caminando por la cuneta durante los tres kilómetros que la separan de la ciudad.

Tiene que hablar con Miles.

Es lo único que repite durante todo el camino.

Que tiene que hablar con Miles.

Y lo ve justo a tiempo, abandonando el hostal, con una maleta gris. La maleta que se mueve de un lado a otro, con tanta ligereza como si fuera la pluma de un ave.

—Miles, Miles. ¿Dónde vas? —No oye respuesta alguna—. Anoche dijiste que te quedarías conmigo.

—Eso fue ayer, querida.

Coloca la maleta ante Emily. La chica retrocede unos pasos.

—Pero ayer bailaste conmigo y me prometiste…

—No me importa lo que creyeras. —Su mano grande aprieta el asa—. Adiós.

Le oye silbar. Emily persigue los silbidos cada vez más lejanos. Tiembla sentada en la acera, con las manos en la cara. Ignora por cuánto tiempo, lo mismo le da. Hasta que alguien le agarra las muñecas.

—Hace fresco para estar aquí. Vamos a casa.

Solo distingue un labio con sangre reseca.

—No quiero vivir en esa pocilga.

—Te lo ordeno.

—Tú tienes la culpa.

—Yo solo perdí una pelea. —Se acaricia el labio dolorido—. Vayamos a casa y pregúntale a tu querido hermano. Es él quién te ha metido esas ideas absurdas del rancho, ¿verdad? Pregúntale a costa de qué, de dónde quería sacar el dinero para comprarlo.

Empuja a Emily de los codos. Se resiste. Arrastrándola consigue cogerla en brazos. Aunque su hermana patalea durante todo el camino, a Jim no parece importarle. Lo que le molesta es el aire en la cara, la quemazón en el ojo, el escozor en el labio. Pero no la suelta hasta llegar al umbral. Ella corre hacia la casa y, sin detenerse, pasa junto a William que está en la mecedora fumando.

Estira una pierna, como si pretendiese apagar el cigarrillo, en el mismo instante en que Jim sube el último escalón, tropieza con la zancadilla y cae. Inmediatamente, la madre sale de la cocina con un trapo muy sucio en las manos. Ve a William tirándose de bruces sobre su hermano, dándole un puñetazo y después otro más. Grita. No la escuchan. Se agacha para separarlos, pero resulta imposible. La mujer cae y, en el suelo, oye la voz fatigada de Jim: «Querías arruinarnos. A ella y a todos, ¿verdad?».

A su edad, no es sencillo levantarse. Hay que buscar un apoyo y, aún así, la madre tarda un buen rato en lograr ponerse en pie. Examina las rodillas magulladas, mientras sus hijos siguen peleándose, propinando patadas y puñetazos. Luego solo ve remolinos de arena y polvo arracimados en el porche, remolinos que se cuelan por la ventana de la cocina. Poco a poco, se desvanecen los resuellos. Casi a la vez que Love for sale empieza a sonar en el viejo gramófono. Y Emily, en un rincón, con la mirada perdida en las mazorcas, las aplasta al ritmo de la música. A puñetazos.

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Silvia Fernández Díaz

Silvia Fernández Díaz (Madrid, 1967) es Diplomada en Profesorado de E.G.B. Desde 2004, compagina el trabajo administrativo en la Comunidad de Madrid con la escritura. Ha formado parte de la Segunda promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores (2010-2012).

         Ha obtenido diversos premios y menciones en concursos literarios, como el VII Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor o en el II Concurso de Microrrelatos convocado por el Hotel Montreal de Benicàssim, en febrero de 2017, con el relato «En el pretil del puente». También ha participado en diversas publicaciones.

         En solitario, El reflejo del eclipse, libro inédito de cuentos, fue finalista en el Premio Caja España, 2010. Con Solo con hielo (Talentura, 2014), su primer libro publicado, ha sido finalista del XII Premio Setenil al mejor libro de relatos publicado en 2015.

           

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