Jueves, 30 Marzo 2017 23:59

Setenta y tres años después / Waldo Contreras López /

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Setenta y tres años después.

Por Waldo Contreras López

 

Vita nunca se dio cuenta cabalmente como fue que el mundo comenzó a acabarse, como fue que el tiempo que se escapa y los alcances de su cuerpo se fueron reduciendo al chasquido de sus huesos y músculos; a tal grado estaba reducida que sus fuerzas y las horas apenas le alcanzaban nomás para comer sin hambre dos veces al día y sentarse a ver cómo es que el sol se arrastra sobre el cielo o bajo las nubes en su eterna salida y entrada del mundo.

Ya no era aquella vieja menuda y fuerte de caminar raudo, silencioso, de  huesos con resistencia para horas y horas de trabajo en la huerta, en la enorme milpa, en el corral y el gallinero y en el sacar y sacar agua de la noria a pura cubeta. Ya no era la misma ni en el carácter.

Cuando Demetrio murió hacía ya poco más de quince años ella tenía aun el humor agrio y siempre dispuesto a la lamentación, al regaño y a los largos espacios silenciosos, perdida en sus vericuetos mentales hechos de penurias y trabajo duro. Toda una vida bajo el techo de aquella casa que en estos días está casi para caerle encima.

Antes de la muerte de su compañero jamás se dio un momento para la apertura del corazón a sus hijas y sus nietos en las ya lejanas visitas de terremoto que les hacían en los días de semana santa, navidad y los tiempos de aguas; más bien al contrario siempre les tenía a todos un retortijón de boca, una mala palabra y una disposición en el carácter para que todo esa gente, incluido su marido, cayeran en la cuenta que lo único que ella deseaba en el mundo era que todos se largaran por la puerta más grande del solar, la puerta de trancas.

A sus nietos e hijas les escondía las empanadas de calabaza, las tortillas hechas a mano, los chicharrones de puerco, los coricos, los quesos oreados y “cuajadas”; les escondía también la caja de monedas del estanquillo y los dulces del mostrador; llenaba de tiliches la silla arcaica de peluquero para que los niños no se pasearan en ella y se divirtieran con su gira y gira de tornillo. Pero a Demetrio le iba peor, le cicatrizaba  la comida y las caricias y hasta el vaso de jugo o la taza de café.

Vita sentía a veces un malsano placer cuando veía que Demetrio agarraba a los nietos a la fuerza y los sentaba uno tras otro sobre la silla de peluquería y los dejaba horribles con sus cortes de convicto.

Se complacía a las escondidas en asustarlos con historias de terror, en regañarlos hasta por estornudar y enseñarles las cajas de galletas para luego guardarlas bajo llave en el telarañoso ropero.

Le llenaba el pecho de rabia sorda el ver correr a tanto niño tras las gallinas, los cerditos y los chivos; le molestaba que le dejaran los árboles frutales pelones, las pencas de nopal rayoneadas con sus nombres y llenos de corazones y de amor; le molestaba la buena salud, el buen comer y el ánimo festivo de toda esa prole salida de sus entrañas.

Pero en esos días también empezaba a mostrar lo que sería en un futuro a corto plazo, no una vieja amargada sino más bien una abuelita solitaria y triste.

Y es que a Vita se le entristecía la mirada de vez en cuando, se le mojaba y se le perdía en vericuetos remotos de su existencia; era quizás que se paseaba con esos ojos de capulín en los días de su juventud quimérica en los cuales era ella poco menos que una reina, una hija de hacendado advenedizo, la hija preferida de mamá Paz, la jovencita que tenía el mejor vestido en las fiestas patronales, la mejor peineta, la mejor pulsera y sus aretes, el mejor caballo con la mejor silla de montar; tenía además a los galancitos más guapos. Se le perdía la mirada en el recorrido de los sucesos que la pusieron en la entrada de aquel laberinto de carencias y de trabajo de sol a luna, de llenadera de hijos y aguantadera del grito en las noches de sexo.

A Vita jamás se le oyó contar leyendas de princesas ni de soldados valientes, ni de amores fantásticos. Según ella decía, jamás podría mentir. Las princesas no existen, los hombres son unos cobardes mentirosos y verriondos incapaces de nada, inútiles hasta para hacerles sentir amores a mujeres como ella. Ella les vivía su amargura y no perdía el tiempo ocupándose de contarla a viva voz a unos rijosos niños citadinos. Esa triste y amargada anciana solo tenía tiempo para hablarle a sí misma de su vida pasada, presente y mal afuturada; Vita empezó a sentirse triste cuando notó que toda esa bola de gente salida de su carne y que era sangre de su sangre en realidad iban a visitar y disfrutar al demonio que tuvo durante cincuenta y ocho años por esposo; ese rufián bueno para la cháchara, la mentira y el emboruque, el violín y la garganta cantante bien afinada por la botella de brandy o mezcal; para contar sus aventuras en los llanos o páramos y los cuentos infantiles.

El rencor recalcitrante de Vita se empezó a entonces a escaldar al paso de los años a tal grado que en el mundo ya quedó poco de lo que a ella le alegraba o le compusiera el ánimo y le diera espacio para pensar en cosa buena. Fue a partir de ese día cuando su tiranía comenzó a crecer al igual que se ensanchaban los espacios de tiempo en los cuales su mirada se perdía y se entristecía.

Pero en el fondo, muy en el fondo, Vita no era mala, solo era mala facha, como decía Demetrio de ella entre risas para provocarle ira pues era él y nadie más que él quien mejor la conocía.

Vita conoció y se enamoró de Demetrio Salvador Ríos en una fiesta patronal celebrada en un pueblo mezcalero de Durango, sucumbió a sus ardores de niña púber nomás con verlo de lejos sentado en un banquito con la pierna cruzada y tocando el violín mientras le alegraba el ojo a toda mujercita. Ahí estaba Demetrio con su sonrisa de medio lado y su voz dulzona, y las invitaba a hundirse en lo profundo de sus ojos claros. Señoritas y maduras, de buen y mal ver revoloteaban a su alrededor con patética codicia; y es que ese hombre no era común, ese hombre no era normal, ese Demetrio Salvador era el diablo en forma de hombre, de hombre bello: buena estatura, brazos poderosos de nervaduras de acero, espalda ancha y vientre plano, cintura estrecha, piernas gruesas y largas, musculosas; pié chico, cabeza cuadrada, mentón ancho, cara angulosa, tez blanca y boca grande de labio grueso y una mirada penetrante de ojos azules, cabello negrísimo y lo peor: cantaba hermoso peor más: tenía una miel deliciosa en sus palabras atrevidas, un humor siempre dispuesto a la mujer para endulzarles la dulzura del corazón.

 

Y Vita lo miraba desde lejos, lo miró durante días a través del abejorreo de las descaradas y la segunda fila de mujeres decentes y entre los brazos de las putas de baja estofa y poca braga. Lo miraba con el corazón encogido de ira, de dolor, de amor, Vita lo espiaba desde adentro de su corazón amordazado por la decencia y el miedo.

Lo miraba y lo miraba; y un día él la miró; la miró con sus ojos feroces y una sonrisa de burla, vita trató de desviar la mirada pero no pudo embrujada por sus ansias, y entonces Demetrio le lanzó un beso sonoro y vulgar con sus labios expertos de besar las putas. Y desde ese día ella ya no pudo sosegarse con nada: su corazón le daba tumbos a toda hora y se le paralizaba nomás de oír su canto a lo lejos, se le montaba en la garganta nomás de oírlo reír entre las mujeres. Y lloraba con el dolor de su pubertad en el corazón apenas inaugurándose en un amor de poca madre; lloraba por oír sus palabras lindas y sin dirección, por su zalamería mentirosa; Vita quería que esa miel llevara el rumbo de su nombre, de su nombre lleno de su carne la cual se le achicharraba sílaba por sílaba en su propio jugo y lumbre.

Entonces Vita lo odió de amor; llegó a odiarlo con tanto amor que se juró un día cobrarle la afrenta de ser tan pirujo con todas menos con ella; y tanto elucubraba el cobro que se pasaba las noche sin dormir rumiando el acto redentor de su corazón. No dormía abrazando sus muñecas y besándolas en la boca de Demetrio Salvador, les escupía sus caritas de vinil, les hablaba barbaridades sexuales y groserías de muerte hechas de ese amor-odio incontenible, las llamaba putas y les deseaba lo peor del mundo, les clavaba las uñas en sus ojos inanimados, toda febril, toda insomne con la piel prieta ardiéndole al bombeo poderoso de su corazón quinceañero; sus catorce-casi quince que se le antojaban suficientes; se la hacían demasiados ya como para tener que soportar el estarse revolcando sola en esa cama llena de lumbre y plena del vacío de Demetrio, tan vacía como sus años pasados; esos casi quince y su peso abrumador recién revelado y lleno de dolescencia, vacíos por tanto merecer siendo tan inmerecida; sus casi quince imposibles ya de contener, un día más era imposible de aguantar, ya no se podía con una noche más de sufrimiento.

El peso palpitante de su vientre casi le impedía caminar, sus entrañas llenas de mariposa e hilos de colores que se paseaban sin misericordia le provocaban cosquillas que casi le hacían desvanecerse en un delicioso sopor, el rumor de sus huesos calcinados por su sangre que hacía “Zum…zum…”en sus oídos le hacían sufrir hasta acostada. Vita sufría su cuerpo el cual le clamaba amor de hombre por primera vez en su vida.

Y la ocasión de cobrarse tanto agravio le llegó como mandada por el demonio.

Se organizó su fiesta de quince años con cuatro meses de anticipación; se hablaba de toretes, peleas de gallos, mezcal recién salido de la canaleta, invitados de todos los pueblos, muchachas envidiosas en edad de merecer y guapos mocetones. El cuarteto musical de Demetrio Salvador Ríos sería el amenizador del evento. A Vita le cambió el ánimo bajo el sol desde entonces y el semblante se le desfiguró; y aunque las noches seguían siendo igual, la luz del día la transformaba a la pobrecita, y cuando escuchaba el canto sentido de su amado-odiado dedicándole canciones a las mujeres mayores su mirada pensativa se tornaba cruel y su sonrisa se torcía en una mueca de perra sonriente a punto de comer filete.

A Demetrio le encantó esa lucha silenciosa, esos estira y afloja, pero cuando notó que la pasión de aquella estaba por encima de sus experimentados treinta y un años de rodar de cama en cama, cuando sintió en su pecho la angustia de que esa sonrisa de perra feroz era demasiada para su forma de sonreír matona de mujeres, cuando notó que el fulgor de los ojos de Vita ponían una nube en sus miradas de macho alfa azules como el cielo, mejor comenzó a evitarla.

Demetrio la evitaba de todo corazón y no porque su pasión lo enterneciera sino más bien porque esa brasa desmandada le trababa el ánimo de puro miedo. Tanto miedo le provocaba esa niña menuda que el sentimiento del canto se le iba al devisarla y evitaba hablar en voz alta en su presencia.

Para Vita sus cosas de la noche seguían; de hecho seguían peor. Seguía revolcándose en el atole caliente de su sangre que hacía que sus horas a oscuras transcurrieran despacias; pero lo peor era que el odio se le había ido y el amor se le había multiplicado. Vita ya no lloraba con sus vísceras llenas de mariposas e hilos de colores ni con su hígado lleno de la hiel de  la rabia y la fiebre hormonal, ella lloraba entonces con la pura alma; lloraba porque entonces estaba enamorada del ser humano más tierno del universo, estaba enamorada como las niñas se enamoran de un gatito desolado y miedoso.

 

Por su parte Demetrio pensaba en ella en serio, pensaba en ella como en una mujer amable por primera vez en su vida de trashumante. Se desveló con otro ánimo y con ganas de pensar cosas rosas, con una extraña sensación de incertidumbre que saboreaba porque le era desconocida a su edad. Pensaba más en Vita como lo hacen los quinceañeros y no como un hombrón con tanta y tanta cama perfumada por mujer. Se dio cuenta por primera vez en su vida que su lecho nocturno había estado siempre solo pero que ahora empezaba a inundarse por una ternura y un amor. Sentía tanto amor dentro de él que por primera vez en su vida cedió a la tentación de abrazar la helada almohada para darle su tierno calor y entibiarle las mejillas con sus besos.

 

El día veintidós de  agosto de mil novecientos cuarenta y dos las nubes estaban tan cerca de la tierra que se podía sentir su peso sobre los hombros de todos los habitantes de aquel pedazo de mundo, se podía sentir el recorrer ruidoso de la carga eléctrica por la superficie del pellejo y la humedad helada en las narices.

Las campanas de la capillita de Topia doblaban a fiesta sacramental pero a Demetrio Salvador le parecía que tenían una resonancia luctuosa y tétrica bajo aquel cielo de perros. Respiró hondo cuando vio a Vita salir de la iglesia blanca de ropa como una paloma, blanca del rostro como las vírgenes de cerámica de los grandes templos del mundo y blanca de sus labios resecos y temblorosos; y sus ojos eran más blancos aun, su mirada refulgía como la luna bajo aquella semipenumbra del cielo, un brillo triste acompañado de una sonrisa de ferocidad mal-forzada. Demetrio desvió sus ojos de aquel espectáculo de miedo bajo las nubes cuajadas de lluvia y comenzó a tocar el valse del vino, mujeres y canto; tragó saliva y casi se tragaba el mundo de lo dura y angustiante que fue la pasada de ese líquido ácido y sabroso a centavo, su tráquea emitió un sonido de convulsión y le preguntó a dios con toda la fuerza de su pensar como chingados le iba a hacer para cantar en la fiesta.

 

Vita bailaba del brazo de su padre y en un momento de la danza le pasaron ambos a centímetros y ella le sacó la lengua y le regaló una mirada de desprecio y aun así se dio a la maña de aventarle a sus pies un papelito, se lo aventó de forma caricaturescamente disimulada. Demetrio lo recogió al termino del vals y lo des tendió con maneras teatrales, como para que todos se dieran cuenta; el papel envolvía el ojo de una muñeca, un ojo azul como los suyos y el recado decía: “te amo maldito depravado y si tú  no me amas te mandaré sacar tus ojos putos”. Se guardó el ojo en el bolsillo, arrojó la carta al suelo y la pisó con exagerado desdén cuando ella lo observaba de reojo; notó como el rostro se le desencajó de muina y la admiró por el dominio que tenía de sí misma para evitar mirarlo y matarlo con el cuchillo ardiente de su alma subajada: “quieres guerra pinche niñita caliente, guerra tendrás hija de tu reputa madre” pensó Demetrio con la mandíbula trabada de furor y los ojos cuajados de lágrimas

 

Demetrio supo que el fin de tanta incertidumbre estaba cerca cuando tocó el último acorde de “el vals de sjosala”. Vió entonces que Vita soltaba la mano de su padre y se encaminaba hacia la tarima sobre la cual estaba ubicado su grupo de perdularios. La vio con sus pasos, con su andar frívolo y su percha altiva y mirada desdeñosa. Cuando estuvo a un metro de él se regocijó de burla, se relamió los labios y le dijo:

-Bésame mucho

-¿Qué? ¡Claro que sí!

-Bésame mucho, la canción idiota. A mí jamás me besarás ni en sueños perro roñoso.

-Verás que sí.

-Verás que no.

Vita se alejó riéndose de su cara de idiota, moviendo sus caderas incipientes de la adolescencia y tirándole un beso de gesto inexperto pero coqueto mientras le guiñaba un ojo con una picardía muy natural.

A Demetrio se le puso el ánimo bravo a partir de esos instantes agónicos. Se juró a sí mismo que no acabaría la oscuridad de la noche sin antes besar esa boca olorosa a hierbabuena, que no saldría el sol sin antes acariciar esa piel prieta y aterciopelada, aromatizada por jabones y perfumes europeos.

 

 En el cuarto descanso musical Demetrio se encaminó a orinar la cerveza que había bebido a las cuadras del fondo y entonces la vio; la vio llegar apresurada y pararse tras el granero, vio cómo se levantaba el vestido color blanquísimo que fosforecía bajo la luz de los relámpagos, vio cómo se bajaba los calzones, la vio acuclillarse y escuchó el zumbido sordo del chorro de orina dando contra el suelo. No perdió un segundo y casi corría para sorprenderla en esa disposición tan inmejorable.

 

Vita sintió sus pasos y cuando él ya estaba a medio metro de su cuerpo apenas hacía un instante que se había subido las pantaletas, Demetrio la observó trémulo, con su mirar amiedado, se aproximó con un dedo contra los labios. A ella se le puso la piel de gallina y se le deshizo en un agua helada cuando aquel hombre de sus sueños la levantó del suelo con sus brazos poderosos para sacarla del pozo de miedo en el cual estaba. Vita sintió sus labios, noto como temblaban al apretarlos con los suyos, ella le rodeó la cintura con sus piernas elásticas mientras se dejaba devorar por el cuello. El temblaba de la cabeza a los pies y casi se desmaya cuando la voz enronquecida de calentura de ella le resopló en el oído: "ámame pero ya". Él la recargó en la pared del granero y le levantó el vestido de quinceañera, le hizo las pantaletas a un lado y cuando su ser empezaba a impregnarse del olor a sardina de su entrepierna escuchó el nombre de su doncella en voz de otro hombre:

-¡Vita! ¡Vita! ¿Dónde chingados andas pues?

-¡Estoy orinando papá! -contestó ella en un grito enojado.

Vita escuchó el trueno de la risa de sus amigas, el sonido convulso de la carcajada aguantada de Demetrio y casi escuchaba el crepitar del rubor ardiente de sus mejillas. Él se reía de buena gana con una mano en la boca, destensado ya de sus nervios y le dijo con seriedad teatral y burlona: "mejor vete niña, no vaya siendo que termines meándome", ella lo abofeteó furiosa y se encaminó con su paso altivo, acomodándose los calzones.

 -Esto todavía no termina Vita

-Esto nunca terminó de comenzar perro roñoso -le dijo ella sin voltear a verlo.

-Terminará algún día, mal o bien pero va a terminar.

-Quédate sin dormir años pensando en eso si es tu gusto, de mí no volverás a tener algo desde este minuto en adelante.

-Verás que sí

-Verás que no, roñoso estúpido.

 

Llegó sofocada a donde estaba su grupo de amigas, trataba de concentrarse en vano en sus charlas desabridas, trataba de reír, de sonreír y palabrear con ellas pero el cerebro nomás le alcanzaba para buscar la sombra de su amor entre los árboles y las cercas empalizadas. Un relámpago formidable surco de sur a norte el techo de nubes opresivas y lo miró, lejano, pensativo, fumando un cigarrillo.

 

Habían pasado setenta y tres años pero Vita lo recordaba como si todo hubiera sucedido apenas hacía unas horas. La tarde de su domingo de recuerdos era muy parecida a la de aquel veintidós de agosto del año cuarenta y dos, con el ambiente cargado de electricidad y el aire helado de humedad. Todo era triste, triste ver a los pájaros en sus nidos y sus polluelos que piaban de miedo ante el embate del viento a su rama, tristes las gallinas que le devolvían con mirares expectantes sus formas de llorar y estar sola, triste oír el canto del grillo en su refugio solitario,  triste el croar de la rana agradecida por las dádivas húmedas del cielo, triste el canto ululante del búho acompañando la música suave de los aires pasando por entre las tejas y la orquesta milenaria de las hojas de los árboles acariciándose entre ellas.

 

Setenta y tres años tuvieron que pasar para darse cuenta que aquello que según ella nunca había comenzado ya estaba a punto de acabarse. Setenta y tres años después y el amor que ahora sentía se le acabaría con su muerte y nomás; sentía tristeza pues hacía quince años que admitió que amaba de verdad a aquel hombre al cuál intentó por todos los medios amargarle su existencia de enamorado. Tuvo que admitir que el amor de él era superior pues lo comenzó a extrañar nomás le echaron la última palada de tierra encima. Nomás saberlo muerto lo comenzó de verdad a amar.

 

Lamentó no haberlo admitido setenta y tres años atrás, el día aquel en el cual Demetrio la encontró en las orillas del río, indefensa y aculonada por el recuerdo del azuzo en días pasados contra aquel macho enamorado: la encontró sola después de días y días de acoso implacable, silencioso, y aun teniéndola a su merced Demetrio le seguía teniendo miedo a aquella mujercita. Ella trató de huir nomás para ponerle emoción al asunto pero cuando sintió que la lazaba y la tiraba al suelo con la fuerza de sus brazos supo que la noche de amor no sería como aquella bajo las nubes opresoras tras el granero, Vita se paró y se le quedó viendo aturdida por la emoción y el golpe, embelesada y borracha de miedo, y entonces Demetrio la tomó por los cabellos, ebrio de amor y de mezcal y la subió en peso al caballo.

Lo que Vita jamás pudo superar ni en su juventud, ni en su madurez, ni en su ancianidad fue el sentimiento de los celos: celos de todas las mujeres incluidas sus hermanas, celos de las vacas en el corral, de las gallinas y las chivas, celos de la milpa, la botella de vino y el violín. Sentía celos porque todo en su conjunto le perdía horas de marido. Le corroía el celo y la rabia debido a sus años reflejados en el espejo que le enseñaba las arrugas de su rostro y la flacidez de sus senos, celos de la vida a favor de él, de la salud de ese hombretón para quien los años de trabajar y trabajar no habían podido arrebatarle el vigor de macho.

Sintió celos de sus hijas y luego de las hijas de sus hijas; y a pesar de tanta mujer en el mundo el amor estaba por encima de temores y su rabia, y aguantaba sumisa, callada. Y a pesar de tanta mujer y tanta vida a Demetrio tampoco se le desgastó el eje que sostenía el cariño inmenso por aquella mujer tan agria, tan carente de la miel de su ternura. Vita lo siguió odiando de amor hasta el día en el cual su Demetrio Salvador se le murió. Lo odiaba de celos y lo amaba por lo que provocaba sus celos; lo odiaba porque lo veía dormir tan a gusto siendo que ella siempre deseaba que no durmiera acongojado por el conocimiento de que ella, su Vita, no lo amaba. Lo amaba con odio al verlo dormir tan seguro de su amor, cansado de comerse su boca e impregnarse de su aroma recóndito a sardinas. Ella hubiera sido feliz con saber que todas las mujeres del mundo, incluidas sus hijas y las hijas de sus hijas, nomás lo odiaran y no como ella quien tenía el corazón por un lado y la mollera por el otro.

 

Pero cuando vio que bajaban el horrible ataúd, con su amado-odiado Demetrio recostado dentro a la tibia tierra, sintió que su cabeza se liberaba de ese peso que no le permitió ser feliz como debió haber sido ni le permitió hacer feliz como debió haber hecho a aquel pobre infortunado amador; vio como le echaban la última palada de tierra encima y se dio cuenta que nomás le quedaba el puro corazón y su conocimiento del amor.

 

Entonces lloró como nunca lo había hecho, lloró porque se dio cuenta que estaba sola con sus nostalgias empezando a florecer como locas, sus nostalgias brotando colorinas y frondosas alimentadas de tanto amor malgastado. El odio y los celos habían muerto con Demetrio y solo le quedaban las remembranzas bellas de los motivos de sus celos: el recuerdo de la sonrisa matona, su mirada de cielo y la miel de sus palabras; le dolía que estuviera muerto por todo eso y porque además sabía muy bien que él le había amado con toda su alma.

 

Y setenta y tres años después, en aquella tarde lluviosa de domingo de recuerdos, se arrepintió de no haber bramado de placer cuando Demetrio arremetía en ella con tierna hombría, con dulzura poética, con sus miradas de muerto en vida; se arrepintió de no haber amanecido recargada en su pecho peludo, de no alargar las noches en pláticas de enamorados; se arrepintió de no verlo en la mesa a la altura de las sillas en los desayunos, las comidas y las cenas, de no bañarse a jicarazos junto a él, de no permitir que la tumbara en el suelo de la troja y le arrancara grititos y risitas de hembra alegre; se arrepintió de no haber disfrutado como dios manda de aquel portento.

 

Una vieja nostálgica, en eso se había convertido. Sola con sus achaques seniles del cuerpo y del corazón, su corazón que le sacaba muchas lágrimas al atardecer. Una vieja reducida a la impiedad de sus huesos y músculos, a la mala calidad de su apetito y digestión, a las tarantas al amanecer.

 

Setenta y tres años después cargando tanto tiempo sobre sus huesos. Y su corazón marchito y nostálgico quedó reducido a vaciarse sobre la blancura burlona de un cuaderno. Y ahí anotaba los sucesos más relevantes de su vejez de mujer jodida; en el describía con palabras burdas y tiernas sus tribulaciones y sentires, las visitas cada vez más esporádicas y piadosas de sus hijas y vecinas. Y las describía a sus hijas libres de impurezas, sin rencores absurdos; hablaba de ellos con tristeza, con toda la dulzura que desde hacía décadas les venía debiendo; escribía y se daba cuenta a medida que llenaba la libreta, que ellos eran lo único bueno que le quedaba en el mundo lleno del vacío de su amado Demetrio.

Y a medida que se le acababan las hojas blancas y llenas de ese vacío burlón que de ella se despedía, fue exagerando las descripciones de cariño a sus hijas y nietos, lo que quedaba de su estirpe, esquiva y llena de vida. Y al paso de las hojas se le reveló la verdad y no sintió sorpresa ni se le amargó el ánimo cuando cayó en la cuenta que les exageraba su cariño porque no los amaba sino que más bien porque sentía que tenía que pagarles a ellos todo el amor que a su Demetrio le quedó debiendo. Era como si su corazón fuera la libreta y cada hoja un latido de su alma; una libreta la cual tenía que llenar lo más posible de muestras de cariño malgastado, antes de que las hojas se le acabaran.

 

La menor de sus hijas fue la primera que se dio cuenta que aquella anciana triste estaba acercándose a la hora de morir cuando en una de sus visitas esporádicas Vita le contó los detalles más recónditos de su corazón cicatero. Lo supo cuando le dijo que la amaba tanto y que por favor la visitara más seguido, se dio cuenta cuando le pidió con un ansia mal disimulada y una mano en el corazón que en su próxima visita le llevara una libreta, la más grande que le fuera posible, pues era que con tantos años encima y una casa tan solitaria ahora el tiempo le sobraba y quería escribir un diario.

 

Vita quería continuar el diario que dejó inconcluso antes de cumplir sus quince años de edad, cuando en su vida solo había color de rosa, muñecas de vinil y juegos infantiles; cuando su vida carecía de ojos azules, sonrisas matonas, canciones bonitas y palabras de miel. Cuando su alma carecía de hombres que incendiaban las cobijas con su ausencia, cuando su corazón aun no conocía el dolor.

Llenar libretas de ese tipo de vida, de ese tipo de años en los cuales estaba reducida a solo imaginar el mundo, setenta y tres años después.

Visto 4489 veces Modificado por última vez en Martes, 18 Abril 2017 05:02
Waldo Contreras López

Nacido en Culiacán Sinaloa  el 21 de noviembre de 1975. Tuvo un breve paso  por la escuela de lenguas y literatura hispánica de la Universidad  Autónoma de Sinaloa. En el 2007 termina sus estudios en la Facultad de Psicología de la misma Universidad. Comienza a escribir de manera incidental desde la edad de 25 años y lo sigue haciendo hasta la fecha. Gusta de la narración y la poesía vivida. La mayoría de sus temas abordan lo festivo, trágico y sórdido de los barrios citadinos.

 

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